14 de junio

Bajo el papel

—¿TODOS ÉSOS?

Marian había preparado tres pilas de paquetes de papel de estraza con cordón blanco y los había dejado en el mostrador de la entrada. Cogió el último y, como siempre, estampó dos veces el sello que decía: BIBLIOTECA DEL CONDADO DE GATLIN.

—Y además esos de ahí —dijo, señalando otro montón colocado en un carrito.

—Y yo que creía que en este pueblo no se leía.

—Se lee, sólo que nadie confiesa lo que lee. Por eso no sólo hacemos envío a otras bibliotecas, sino también a los domicilios. Sólo los ejemplares de préstamo, claro, y los lectores tienen dos o tres días para procesar las peticiones.

Genial. Temía preguntar qué había en los paquetes de papel de estraza, pero estaba completamente seguro de que prefería no saberlo. Levanté uno de los montones y gruñí.

—¿Estos qué son? ¿Enciclopedias?

Liv cogió el resguardo del libro de arriba.

—Sí. Concretamente, La enciclopedia de la munición.

Marian nos despidió desde la puerta.

—Acompaña a Ethan, Liv. Todavía no has tenido oportunidad de ver nuestro precioso pueblo.

—No hace falta que me acompañe.

Liv suspiró y empujó el carrito hasta la puerta.

—Vamos, Hércules, yo te ayudo a cargar el coche. No hagamos esperar a las damas de Gatlin, que estarán deseando leer su… —leyó otro resguardo—: Repostería de Carolina del Sur, del doctor Cook.

Dos horas más tarde habíamos entregado ya la mayoría de los libros y visitado el Jackson High y el Stop & Steal. Mientras recorríamos la calle principal, comprendí por qué Marian había insistido tanto en contratarme aunque en verano la biblioteca siempre estuviera vacía y no necesitara empleados. Quería que fuera el guía de Liv y mi tarea consistía en enseñarle el lago y el Dar-ee Keen y rellenar las lagunas entre lo que los habitantes de la zona querían decir y lo que realmente decían. Mi trabajo, fundamentalmente, consistía en hacerme su amigo.

Me pregunté qué pensaría Lena. Aunque tal vez ni siquiera llegara a enterarse.

—Sigo sin entender por qué tienen justo en la mitad del pueblo la estatua de un general que luchó en una guerra que el Sur no ganó y que, en términos generales, fue un fastidio para todo el país —dijo Liv. No me extraña que no lo entendiera.

—En estas tierras nos gusta honrar a los caídos. Hasta les hemos dedicado un museo. —No mencioné que ese museo era también el lugar donde, inducido por Ridley, mi padre había intentado suicidarse hacía unos meses.

Miré a Liv de reojo para seguir pendiente de la calzada. Exceptuando a Lena, no podía recordar cuándo había sido la última vez que había llevado a una chica en el Volvo.

—Eres un guía horrible.

—Estamos en Gatlin, no hay mucho que ver. —Miré por el espejo retrovisor—. Ni mucho que yo quiera enseñarte.

—¿Qué quieres decir?

—Un buen guía sabe qué enseñar y qué no.

—Retiro lo que he dicho. Eres un guía horriblemente desorientado —dijo Liv, sacando una goma elástica del bolsillo.

—En todo caso dirás que, como he nacido en el Sur, soy un guía horriblemente desnortado. —Como todos los míos, el juego de palabras tenía muy poca gracia.

—Lo que diré es que, en términos generales, estoy totalmente en desacuerdo con tu humor y con tu filosofía de las visitas turísticas —dijo Liv, que se estaba haciendo trenzas y tenía las mejillas coloradas a causa del calor. No estaba acostumbrada a la humedad de Carolina del Sur.

—¿Qué te apetece ver? ¿Quieres que te lleve a probar tu puntería con unas latas al viejo molino de algodón de la carretera 9? ¿Prefieres aplastar monedas en la vía del tren? ¿O seguimos la senda de las moscas hasta un tugurio grasiento y acaso peligroso para tu salud al que llamamos Dar-ee Keen?

—Si me das a elegir, me quedo con el tugurio. Me muero de hambre.

Liv soltó el último resguardo en uno de los dos montoncitos que había formado con ellos en la mesa de plástico verde.

—Siete, ocho, nueve. Lo cual, si no me equivoco, quiere decir que yo gano y tú pierdes. Y quita esa mano de las patatas. Ahora son mías —dijo tirando de la bolsa de patatas fritas para colocarla en su lado de la mesa.

—Qué acaparadora.

—Un trato es un trato. —En su lado de la mesa se acumulaban ya unos aros de cebolla, una hamburguesa, el Ketchup, la mayonesa y mi té helado. Yo sabía perfectamente cuál era su lado de la mesa porque se había encargado de trazar una línea de patatas fritas de parte a parte formando la Gran Muralla China—. «Buenas cercas hacen buenos vecinos».

Esta vez recordé haber oído la cita en la clase de lengua.

—¿Walt Whitman?

Liv negó con la cabeza.

—Robert Frost. Y quita las manos de mis aros de cebolla.

Ese tenía que haberlo recordado. ¿Cuántas veces me había citado Lena poemas de Frost de los que en ocasiones cambiaba palabras y versos para hacerlos suyos?

Nos habíamos parado a comer en el Dar-ee Keen porque se encontraba en la misma carretera que las dos últimas entregas: señora Ipswich (Guía para la limpieza del colon) y señor Harlow, cuyo libro (Chicas de revista de la Segunda Guerra Mundial) tuvimos que dárselo a su mujer porque él no estaba. Comprendí por primera vez cuán necesario era envolver los libros en papel estraza.

—No me lo puedo creer —dijo Liv mientras yo arrugaba la servilleta—, ¿quién me iba a decir que Gatlin pudiera ser tan romántico?

Había apostado por los libros piadosos, Liv por las novelas románticas. Yo había perdido por ocho a nueve.

—No sólo romántico, sino romántico y recto. Es una combinación maravillosa, es tan…

—¿Hipócrita?

—En absoluto, iba a decir «americana». ¿Te has percatado de que hemos entregado Coge la Biblia y Divina y deliciosa Dalila en el mismo domicilio?

—Creía que Dalila era un libro de cocina.

—A ti lo que te pasa es que te crees muy gracioso.

Me puse colorado al recordar el aturdimiento de la señora Lincoln cuando llamamos a su puerta para entregarle sus libros. No le dije a Liv que se trataba de la madre de mi mejor amigo y de la mujer más cruelmente recta del mundo.

—¿Así que te gusta el Dar-ee Keen? —dije, cambiando de tema.

—Me vuelve loca —repuso Liv dando a su hamburguesa un bocado tan grande que habría dejado en ridículo al mismísimo Link. A mediodía la había visto superar la dieta media de un jugador de baloncesto. No parecía importarle en lo más mínimo lo que yo pudiera pensar ni para bien ni para mal, lo cual suponía un gran alivio. En especial porque últimamente cuando estaba con Lena cada vez que abría la boca metía la pata.

—Así pues, ¿qué encontraríamos en tu paquete de papel de estraza, Ethan? ¿Libros piadosos, novelas románticas o ambas cosas?

—No lo sé. —Tenía tantos secretos que no sabía dónde meterlos, pero no estaba dispuesto a compartir ninguno.

—Venga. Todos tenemos nuestros secretos.

—No todos —mentí.

—¿Debajo del papel no habría nada?

—No. Supongo que sólo otra capa de papel. —En cierto modo deseé que fuera cierto.

—Entonces, ¿eres más parecido a una cebolla?

—Soy más parecido a una patata.

Liv tomó una patata y la examinó.

—Ethan Wate, señoras y señores, es una patata frita —dijo, y se metió la patata en la boca, sonriendo.

Me eché a reír.

—Vale, soy una patata frita, pero sin papel de estraza. Y no tengo nada que contar.

Liv removió el té helado con la pajita.

—Eso confirma mis sospechas. Ya no me quedan dudas de que acabarás en la lista de espera para llevarte prestado Divina y deliciosa Dalila.

—Me has atrapado.

—No te puedo prometer nada, pero te diré que conozco a la bibliotecaria. Y bastante bien, por cierto.

—Entonces, ¿me vas a enchufar?

—Te voy a enchufar, colega —dijo Liv y se rio. También me reí. Me encontraba cómodo a su lado, como si la conociera de toda la vida. Y también me divertía, lo que en cuanto dejamos de reírnos me hizo sentir culpable sin saber por qué. Cogió otra patata—. Todo lo misterioso me parece romántico, ¿a ti no? —No sabía qué responder, sobre todo teniendo en cuenta que en Gatlin abundaban los misterios—. En mi pueblo, el club está en la misma calle que la iglesia, y los feligreses van directamente de la segunda al primero. Hay domingos en que después de la misa, comemos en el club.

—¡Qué divino y delicioso me parece! —dije con una sonrisa.

—Casi, aunque no tan picante como Dalila. Eso sí, no tomamos bebidas tan frías —dijo señalando el té helado con una patata—. El hielo, mi querido amigo, es algo que nos gusta más en el suelo que en el vaso.

—¿Tienes algún problema con el famoso té helado del condado de Gatlin?

—El té se toma caliente, señor mío, directamente de la tetera.

Le robé una patata para señalar el vaso de té helado yo también.

—He de confesarte, señora, que para los baptistas sureños más estrictos, eso que tiene usted ahí es la bebida del Diablo.

—¿Por qué esta frío?

—Porque es té. Tienen prohibida la cafeína.

Liv se quedó muy sorprendida.

—¿No pueden tomar té? Nunca entenderé este país.

Robé otra patata.

—¿Quieres que hablemos de auténticas blasfemias? Tú no estabas presente en Millie’s Breakfast‘n’Biscuits, una cafetería de la calle principal, cuando nos pusieron galletas precocinadas. Mis tías abuelas, las Hermanas, montaron en cólera y estuvieron a punto de echar abajo el local. Imagínate, volaron las sillas.

—¿Son monjas? —dijo Liv metiendo un aro de cebolla en la hamburguesa.

—¿Quiénes?

—Las Hermanas. —Y otro más.

—No, son hermanas.

—Comprendo. —Y aplastó el pan.

—No creo.

Cogió la hamburguesa y le dio un bocado.

—Yo tampoco.

Nos echamos a reír otra vez. Tanto nos estábamos riendo que no oí acercarse al señor Gentry.

—¿Les ha gustado la comida? —nos preguntó limpiándose las manos con un trapo.

—Sí, señor —asentí.

—¿Qué tal esa novia tuya? —me preguntó como si esperara que hubiera recobrado el juicio y dejado plantada a Lena de una vez.

—Muy bien, señor.

Asintió decepcionado y volvió a la barra.

—Saluda a Amma de mi parte.

—Me parece que tu novia no le cae bien —dijo Liv. No sabía qué decir. Técnicamente, ¿una chica sigue siendo tu novia después de largarse en una moto con otro?—. Creo que la profesora Ashcroft la mencionó en una ocasión.

—Lena, mi… Lena, se llama Lena —dije con la esperanza de aparentar que el tema me resultaba tan incómodo como realmente me resultaba. Liv siguió en lo suyo.

—Probablemente la vea por la biblioteca —dijo, bebiendo un trago de té.

—No sé si irá. Estamos pasando una época rara. —No sé por qué dije eso. Apenas conocía a Liv y, sin embargo, me apeteció confesarlo en voz alta. Mi tensión se aflojó un poco.

—Seguro lo superan. Yo me paso la vida peleando con mi novio —dijo Liv con una sonrisa. Se esforzaba para que me sintiera mejor.

—¿Cuánto tiempo llevan juntos? —le pregunté.

Liv me respondió con un ademán. Su curioso reloj se deslizó por debajo de su muñeca.

—Oh, ya hemos roto. Era un idiota. No soportaba tener una novia más lista que él.

Quería dejar el tema novias y exnovios.

—Por cierto, ¿eso qué es? —dije señalando el reloj o lo que fuera.

—¿Esto? —Apoyó la mano en la mesa para que yo pudiera observar su macizo reloj negro. Tenía tres esferas y una sola aguja plateada en un rectángulo lleno de eses. Era como uno de esos aparatos que miden la potencia de los terremotos—. Es un selenómetro. —Me quedé como estaba—. Selene es la diosa griega de la Luna y metron en griego significa «medida» —explicó Liv con una sonrisa—. Veo que tienes un poco oxidados tus conocimientos sobre etimología griega.

—Un poco, sí.

—Mide la atracción gravitatoria de la luna —dijo y giró una de las esferas con gesto de concentración. Debajo de la aguja aparecieron unos números.

—¿Por qué quieres saber la atracción gravitatoria de la luna?

—Soy una astrónoma aficionada y lo que más me interesa es la luna. Tiene una influencia tremenda sobre la Tierra. Ya sabes, las mareas y todo eso. Por eso fabriqué esto.

Estuve a punto de atragantarme con la Coca-Cola.

—¿Que lo fabricaste tú? ¿Lo dices en serio?

—No te sorprendas tanto, no es tan difícil —dijo Liv, poniéndose colorada otra vez. La estaba incomodando. Agarró otra patata frita—. Estas patatas están realmente buenas.

Intenté imaginar a Liv sentada en la versión inglesa del Dar-ee Keen midiendo la atracción gravitatoria de la luna en una montaña de patatas fritas. Era mejor que imaginarse a Lena a lomos de la Harley de John Breed.

—Bueno, y ahora háblame de tu Gatlin, el pueblo donde beben té helado.

Yo, que conocía un lugar más alejado que Savannah, no podía hacerme una idea de cómo era la vida en otro país.

—¿Mi Gatlin? —Los puntitos rosados que le habían salido en las mejillas desaparecieron—. ¿Tú de dónde eres?

—De un pueblo al norte de Londres llamado Kings Langley.

—¿Cómo?

—Está en Hertfordshire.

—No me suena.

Dio un bocado a su hamburguesa.

—Tal vez te ayude saber que es el lugar donde inventaron el Ovaltine… ya sabes, la bebida de cacao… —suspiró—. Lo echas en la leche y es como un batido de chocolate.

Abrí los ojos de par en par.

—¿Leche con cacao? ¿Como el Quick?

—Exacto. Está buenísimo. Tienes que probarlo.

Me eché a reír y me salió Coca-Cola por la boca manchando mi gastada camiseta de Atari. Chica Ovaltine conoce a chico Quick. Me dieron ganas de contárselo a Link, pero se habría llevado una impresión equivocada.

Aunque sólo habían transcurrido unas horas, tenía la sensación de haber trabado una amistad sincera con Liv.

—¿Qué haces cuando no bebes Ovaltine ni fabricas artilugios científicos, Olivia Durand de Kings Langley?

Liv arrugó el papel de la hamburguesa.

—Veamos… sobre todo, leer e ir a clases. Estudio en Harrow aunque no es el famoso colegio para chicos.

—Ahora comprendo.

—¿El qué?

—Que hayas salido huyendo de ese sitio horroroso para pasar el verano en mi fantástico pueblo.

—Pues yo no lo comprendo.

—Ya sabes, como en inglés harrow quiere decir horroroso…

—No puedes resistir la tentación de hacer un juego de palabras por poco gracioso que sea, ¿verdad? —dijo Liv, sonriendo.

—Puede ser. Pero dime, ¿es un sitio horroroso o no?

—No especialmente. Para mí no lo es.

—¿Por qué no?

—Porque, para empezar, soy un genio. —Aseveró con la misma naturalidad que si hubiera dicho que era rubia o inglesa.

—Entonces, ¿por qué has venido a Gatlin, que no es precisamente un imán para genios?

—He venido dentro del Programa de Intercambio de Alumnos Superdotados entre la Universidad de Duke y Harrow.

—¿Y por qué desde Duke te han mandado a Gatlin? ¿Para ir a clase en el Summerville Community College?

—No, tonto. Para estudiar con la asesora de mi tesis, la célebre doctora Marian Ashcroft, verdaderamente única en su especie.

—¿De qué trata tu tesis?

—De las referencias a la reconstrucción de la comunidad tras la Guerra de Secesión en el folclore y mitología de la región.

—Por aquí llamamos a esa guerra la guerra de los estados —expliqué.

Se echó a reír, encantada. Yo me alegré de que a alguien el tema pudiera parecerle gracioso. A mí me resultaba embarazoso.

—¿Es verdad que en el Sur se ponen uniformes de la Guerra de Secesión y reviven las batallas?

Me levanté. Una cosa era que yo lo dijera y otra muy distinta oírselo decir a Liv.

—Es hora de irse. Hay más libros que entregar.

Liv asintió y recogió las patatas.

—Mejor no las desperdiciemos, ¿no te parece? —explicó—. Se las daremos a Lucille.

No dije que Lucille estaba acostumbrada a una dieta a base de pollo asado y verduras que, siguiendo instrucciones de las Hermanas, Amma le preparaba y le daba en su platillo de porcelana. No imaginaba a Lucille comiendo patatas llenas de grasa. Lucille era muy especial, como decían las Hermanas. Pero aún así le gustaba Lena.

Al dirigirnos hacia la puerta, a través del grasiento escaparate del Dar-ee Keen, vi el Fastback de Lena. Estaba dando media vuelta en el aparcamiento de grava. Era evidente que Lena había visto mi coche y que prefería marcharse.

Genial.

Me quedé parado en la puerta viendo desaparecer el Fastback por Dove Street.

Esa misma noche me quedé tumbado en la cama mirando el techo azul con las manos cruzadas detrás de la cabeza. Pocos meses antes ese era el momento de recostarme junto a Lena a leer, reírnos y comentar cómo nos había ido en el día, aunque cada uno desde su habitación. Casi había olvidado lo que era dormir sin ella.

Estiré el brazo y agarré el móvil de la mesilla. Desde el cumpleaños de Lena prácticamente no lo había utilizado, aunque estaba viejo y maltrecho, si alguien me llamaba, sonaría. Si alguien me llamaba…

Lo malo era que Lena no usaba el teléfono.

Me sentí como cuando tenía siete años, volcaba los puzzles en el suelo y al ver tantas piezas revueltas, me angustiaba. Cuando tenía siete años, sin embargo, mi madre se sentaba en el suelo y me ayudaba a componer de aquel embrollo una imagen completa y bonita. Me puse a reflexionar y di vueltas y más vueltas a las piezas de mi particular rompecabezas, pero no pude encajarlas. La chica de la que estaba perdidamente enamorado seguía siendo la chica de la que estaba perdidamente enamorado. Eso no había cambiado. Pero ahora esa chica, de la que, en efecto, estaba perdidamente enamorado, tenía secretos para mí y apenas me hablaba.

Y luego estaban las visiones. Abraham Ravenwood, un Íncubo de sangre que había matado a su propio hermano, sabía mi nombre y me había visto.

Tenía que encontrar la forma de juntar las piezas para encontrar cierta lógica. No podía volver a guardar el puzzle en la caja. Era demasiado tarde para eso. Ojalá alguien pudiera decirme dónde colocar las piezas, aunque no fuera más que la primera.

Sin pensar lo que hacía, me levanté y abrí la ventana. Al asomarme para aspirar el aire de la noche, oí el singular maullido de Lucille. Amma debía haberse olvidado de dejarla entrar. Estaba a punto de llamar a la gata para decirle que bajaba por ella cuando vi que estaba acompañada. Bajo la ventana, al borde del porche, Lucille Ball y Boo Radley se sentaban juntos a la luz de la luna.

Boo meneó el rabo y, a modo de respuesta, Lucille maulló. Estaban los dos sentados al borde de las escaleras del porche meneando la cola y maullando y parecía que mantenían una conversación civilizada como cualquier pareja una noche de verano. No sé de qué estaban chismorreando, pero debía ser muy importante.

Volví a tumbarme en la cama y, escuchando el tranquilo diálogo entre el perro de Macon y la gata de las Hermanas, logré conciliar el sueño.