20 de junio

Cambio de mar

PARECÍA QUE NUNCA DEJARÍAMOS de andar, como si el puente se hiciera más largo a medida que nos acercábamos a nuestro destino. Cuanto más avanzábamos, menos veíamos. El aire se volvió más luminoso, húmedo y pesado, hasta que de pronto llegamos al último tablón del muelle… y a lo que parecía un muro de niebla impenetrable.

—¿Hemos llegado a la Frontera?

Me puse a gatas y tanteé el borde del tablón. No había nada. Ninguna escalera Caster invisible. Nada.

—Un momento, ¿y si esto es un peligroso campo de fuerza o humo venenoso? —dijo Link sacando la cizalla e introduciéndola en la bruma. Al poco la sacó intacta—. Tal vez no lo sea. Pero es todo muy raro. Si atravesamos la niebla, ¿podremos regresar?

Como de costumbre, Link decía en voz alta lo que los demás estábamos pensando. Yo había llegado al final del muelle mirando hacia la nada.

—Yo voy a pasar.

Liv se ofendió.

—Apenas puedes andar, ¿por qué tú?

Porque nos habíamos embarcado en aquella aventura por mi culpa, porque Lena era mi novia, porque tal vez, aunque no sabía exactamente lo que era, yo era un Wayward.

Aparté la mirada y me topé con los ojos de Lucille, que tenía las garras calvadas en la camisa de Ridley. A Lucille Ball no le gustaba el agua.

—¡Ay! —Ridley dejó al animal en el suelo—. Gata estúpida.

Lucille avanzó unos pasos sobre los tablones del muelle y se volvió para mirarme.

Luego ladeó la cabeza, dio un coletazo y se marchó.

—Porque tengo que hacerlo.

Finalmente, no puede explicarme. Liv negó con la cabeza. A continuación, y sin esperar a nadie, me interné en la bruma detrás de Lucille.

Me encontraba en la Frontera entre dos universos y durante un segundo no me sentí ni Caster ni Mortal. Me sentí dominado por la magia.

La sentía, la olía, y el aire estaba inundado de sal, agua y sonido. La costa que había al final del puente ejercía una fuerte atracción y me sentía abrumado por un insoportable deseo. Quería estar allí con Lena. Más que eso, quería estar allí. No parecía haber un motivo o una lógica aparte de la intensidad del propio deseo.

Quería estar allí más que ninguna otra cosa.

No quería optar por un mundo, quería ser parte de ambos. No quería ver sólo un lado del cielo, quería ver el cielo completo.

Vacilé. Luego di un paso, un sólo paso, y salí de la niebla rumbo a lo desconocido.