CAPÍTULO 11
A Harrison no le gustaba París. A Pepe le gustó menos. A Valerie no le gustó ni pizca. Habían malos olores. Habían sorprendentes diferencias en el estado social que había sido destruido en teoría por la revolución de 1790, pero que ahora fue restablecido por el emperador Napoleón. Era emperador de los franceses y no tardaría en ser coronado por el Papa. Esas cosas ofendían a Valerie. Y habían otras más.
Se alojaban, los cuatro, en el mismo edificio en que Ignacio Ybarra y su esposa vivían con notable grandeza. A aquella casa llegó un día un coche trayendo una chica morena con expresión de tristeza habitual. Era la chica que habían visto en la casa de postas, en el patio, cuando Albert robó trajes de mujer del portaequipajes del vehículo. Era una pariente huérfana de la familia Ybarra. El tatarabuelo de Pepe, que contaba en la actualidad un año menos que Pepe, generosamente la proveyó de una dote y la preparó en matrimonio. Había enviado a de Bassompierre para traerla a París, debidamente acompañada por madame de Céspedes, ahora se presentó para ofrecer sus respetos. Su expresión de tristeza resultaba impresionante. A Valerie no le gustaba aquella época. Pepe exploraba la ciudad inquieto. Carroll pasaba la mayor parte del tiempo con Talleyrand.
Llevaban en París dos semanas y Harrison estaba a punto de efectuar investigaciones urgentes para adquirir una hacienda en que Valerie y él pudiesen retirarse después de su matrimonio, cuando Carroll acudió animoso. Extendió uno de los periódicos del siglo XX, ahora arrugado y comenzando a amarillear. Parecía haber fascinado a Talleyrand. Leyó incluso una y otra vez los anuncios y cínicamente decidió que prefería el período en que naciera.
- ¡Harrison! ¡Mire esto!
Harrison leyó donde señalaba Carroll. Había comprado el periódico en el París del siglo XX, cuando regresaron a por Valerie antes de que cayesen las bombas. Era un apenado editorial hablando de la tragedia que representaba para Francia que uno de sus hijos, un renegado de renegados, hubiese proporcionado la bomba atómica a China. Por desgracia, era un científico nuclear francés, el que primero desertó a Rusia y luego, insatisfecho por la política reaccionaria de esa nación, volvió a desertar yéndose a China. El editorial daba su nombre. Se llamaba de Bassompierre.
- Talleyrand lo destacó - dijo Carroll -, y yo me fijé y deduje que este de Bassompierre podría ser mi tataranieto, pero que más probablemente sería el tataranieto del hombre que había estado suplantándome. Talleyrand se mostró muy cínico, pero con educación aceptó mi afirmación. ¿No comprende?
Harrison experimentó lo que podría llamarse un cierto alivio.
- Quizás es verdad… y, si es así, me alegro mucho. Pero…
- El periódico es un noble invento - dijo Carroll -. Ilumina, informa y, a veces, resuelve problemas. Yo tengo dos problemas, Harrison. Uno es que el tatarabuelo de Ybarra ha insinuado que consideraría con agrado un matrimonio entre madame de Céspedes y yo. Ella posee una dote moderada y con mi riqueza en rubíes y zafiros la unión sería perfecta. También parece que es una mujer amable.
Harrison dijo inquieto:
- Quizá no esté mal la cosa…
- Pero - continuó Carroll -, está Valerie. Sospecho que me considerará un bígamo. Lo que constituye mi segundo problema. Nuestro Túnel del Tiempo quedó destruido. Pero me gustaría saber si al causar la muerte de ese de Bassompierre, que robó joyas y perfumes, le hemos impedido tener un tataranieto renegado que huyese a Rusia y luego a China con un práctico conocimiento de cómo fabricar las bombas atómicas. Si impedimos que existiera y, por tanto, evitamos la guerra atómica, me daría por satisfecho. Pero sin un Túnel del Tiempo a nuestra propia era no hay manera de estar seguro. Me gustaría, Harrison, saber si he ayudado a evitar el exterminio de la raza humana.
- Pero no hay modo de construir un Túnel del Tiempo…
- A menos que conozcas un metal - dijo Carroll -, que no haya sido conturbado desde que se solidificó, luego de estar fundido. Pero por eso alabo a la prensa.
Volvió hasta la primera página del periódico. Colocó el dedo bajo el relato de la conflagración que había destruido la casa de madera más antigua de París. Aquella mansión antiquísima en la Rue Colbert que perteneció a Julie d'Arnaud, la amante de Carlos VII, en épocas pasadas. Aún seguía cubierta por el grueso tejado de plomo originalmente colocado sobre ella. El techo se había fundido, claro, a causa del fuego.
- Yo vi las ruinas - dijo Harrison -. Cuando iba hacia la tienda para tratar de convencer a Valerie… - Se detuvo -. Vi lo que parecía como una escarcha de hielo, sólo que era plomo del techo fundido, congelado y solidificado mientras goteaba. ¿Quiere usted decir…?
- Talleyrand - afirmó Carroll -, está de acuerdo que sería interesante descubrirlo. Pueden haber charcos de plomo solidificados entre las ruinas. Ha accedido a prestarme la casa, que todavía no se ha quemado aquí. Yo prepararé los necesarios aparatos técnicos. ¡Perfectamente sencillo!
Harrison dijo con añoranza:
- ¡Si al menos todo fuese bien y hubiese quedado cancelada la guerra! ¡A Valerie le gustaría muchísimo marcharse de aquí!
- Lo mismo que a Ybarra - dijo Carroll con benevolencia -. Yo no tengo motivos para marcharme y sí abrumantes para quedarme. Por un detalle, he de escribir unas cuantas cartas durante los próximos años Y por una razón que afecta a Ybarra - añadió incómodo -. ¡Maldición, si he de ser el tatarabuelo de Ybarra, me parece lógico llamarle por su nombre de pila! ¡Pero no me decido! ¡De todas maneras, creo que puedo fabricar un nuevo Túnel del Tiempo! Si no hubiese habido guerra, mejor. Y si ha terminado la amenaza bélica, Valerie, usted e Ybarra pueden volver a su propio tiempo, que ya no será el mío.
- ¿Le puedo ayudar en algo?- preguntó Harrison febril.