CAPÍTULO 2
Cuando Harrison despertó a la mañana siguiente, antes de abrir los ojos se dio cuenta de la presencia de un violento estado de emociones en conflicto. Por una parte, deseó vagamente no haber comenzado a escribir jamás una tesis doctoral que requería investigación en la Bibliothèque Nationale. Por otra, sentía una agradable sensación al recordar que, gracias a esa investigación, se sentó pensativo en donde Pepe le encontró y, como consecuencia, Pepe le llevó a la tienda de «Carroll, Dubois et Cie», en donde vio a Valerie y donde también ella le recordó con un placer cercano al afecto.
Ninguno de sus sentimientos encontraba justificación. La única explicación posible de sus descubrimientos requería o bien la aceptación de una idea que era evidentemente insana o que él abandonase su creencia de que el cosmos tenía sentido. En el asunto de Valerie… Pero nunca hay un motivo racional para que un hombre se alboroce cuando una chica linda existe y él la ha encontrado. Sin embargo, la experiencia es universal.
Cuando se hubo vestido, aún le costó trabajo asegurarse de que gozaba de su sano juicio. No obstante, después de tomar el café, sintió una clara alegría porque Valerie le había recordado. Vivieron en el mismo edificio cuando ambos eran niños. Los dos conocían a personas que ya hacía tiempo pasaron a mejor vida. Valerie recordaba al perrito negro que él poseyó más de una docena de años antes y él, por su parte, se acordaba de una gatita que la joven olvidara. Recordaron fêtes, recordaron la celebración de una víspera de reyes en la que Valerie fue nombrada reina, a la edad de once años, por virtud de obtener la rebanada de pastel con la sorpresa y recordaron las excentricidades del conserje a quien tomaban el pelo ocasionalmente. En general, todo fue evocado con un estupendo entusiasmo. Pero no hubiera sido probable que sintiesen un placer real tan grande, si, digamos, Harrison se hubiese casado con otra persona en los años intermedios o si Valerie se hubiese convertido en una mujer menos digna de admirar.
Ahora, hoy, Harrison acabó el café del desayuno y se mostró complacido al recordar que no tardarían en reunirse, en secreto, por culpa de la tía de Valerie, madame Carroll, que no aprobaba que conociese a hombres jóvenes, La perspectiva convirtió a Harrison en un ser del todo capaz de enfrentarse a un nuevo día.
Luego llegó Pepe echando chispas.
- ¡Los franceses son una raza noble! - dijo amargado -. ¡He estado haciendo preguntas sobre esos «Carroll, Dubios et Cie.», y lo que he averiguado es monstruoso! Me viste comprar ayer una cajita de rapé. Intentaba regalársela a mi abuela. Hubiera sido el obsequio indicado para llevarlo en el bolso, para guardar en él sus comprimidos contra la fiebre del heno. Pero la examiné. ¡Es un verdadero ultraje!
Harrison le miró parpadeando.
- ¿Qué le ocurre?
- ¡Se trata de una obra de arte! - exclamó indignado Pepe -. ¡Fue hecha por un artista! ¡Un artesano! ¡Si fuese antigua, resultaría de un valor inapreciable! Pero la sacaron de un cajón lleno de objetos similares; seguro que algunos inferiores, pero otros igualmente buenos. ¡Yo la compré por una insignificancia!
Harrison tornó a parpadear.
- Sigo sin entender…
- ¡Alguien la fabricó! - continuó Pepe -. ¡A mano! ¡Es un individuo capaz de trabajos magníficos! ¡Es estupenda! ¡Pero fabrica cosas para que las vendan «Carroll, Dubois et Cie.» como curiosidades! ¡Lo que constituye un crimen! ¡Se le debería encontrar y abrirle los ojos ante la estafa de que está siendo objeto! Tu Valerie dice que su tío, el señor Dubois, está frecuentemente de viaje para conseguir más género para la tienda. Ella no sabe donde va. Quizás recuerdes lo entusiasmado que me mostré y cómo pregunté dónde se fabricaban tales cosas. ¡Ella tampoco lo sabe! ¿No ves lo que está ocurriendo?
Harrison sacudió la cabeza. Se mostraba irracionalmente complacido por haber redescubierto a Valerie. Era algo tan improbable que jamás hubiera soñado que ocurriese.
- No tengo la menor idea de lo que me estás diciendo - advirtió.
- He hecho investigaciones - dijo Pepe -. ¡Se me ha dicho que una artesanía como la que entraña esa cajita de rapé haría rico a su fabricante! ¡Si fabricaba cosas de utilidad moderna y al gusto actual ganaría una fortuna! ¿Pero sabes lo que pagué por la cajita? ¡Seis mil quinientos francos! ¡Prácticamente veinte dólares! ¿No lo comprendes?
- No - admitió otra vez Harrison -. No lo comprendo.
- Esta madame Carroll y ese monsieur Dubois han encontrado a un artesano genial - dijo Pepe furioso -. ¡Ese artista es capaz de crear obras maestras y lo obligan a fabricar curiosidades! ¡Piensa en la pericia y en el trabajo que se ha malgastado construyendo esa cajita de rapé! ¡Piensa en lo que le han debido pagar para ofrecerla a la venta como una curiosidad de veinte dólares!
Harrison tornó a parpadear.
- Pero…
- ¡Qué estupidez! -insistió Pepe acalorado -. ¡Qué idiotez! ¡Como comerciantes, esa madame Carroll y ese m’sieur Dubois piensan sólo en lo mucho que pueden obtener de obras de arte en miniatura y ni siquiera las reconocen como tales obras de arte! ¡Piensan sólo en un beneficio mezquino! ¡Mantienen a un artesano de la máxima categoría produciendo joyas de artesanía para venderlas a los turistas ignorantes! ¡Como yo!
Harrison sintió que le dominaba una depresión muy familiar.
- ¡Naturalmente que Dubois no revelará en dónde consigue este género! -dijo Pepe desdeñoso -. ¡Alguien podría descubrir a este artesano y contarle lo que vale su pericia en realidad! ¡No es ilegal comprar el trabajo de un artista por pocos céntimos y venderlo a cualquier precio mientras se consiga beneficio! ¡Pero sí que es una estafa, aunque no esté condenada por las leyes!
- ¿Tan bueno es ese artista?- preguntó Harrison con tristeza.
- Hablé con un experto en tales cosas - bramó Pepe -, y dijo que sería imposible hacer un duplicado ni pagando diez veces lo que me costó. ¡Pero también dijo que no hay gran mercado para las cajitas de rapé! ¡Apuesto a que esos comerciantes son demasiado estúpidos para darse cuenta de que un trabajo como éste es distinto de cualquier otro producto que se venda como curiosidades!
Harrison tragó saliva. Experimentaba un recelo. Pero resultaba completamente irrealista pensar que porque se hubiesen presentado coincidencias improbables en un pasado inmediato, seguirían produciéndose más improbabilidades en una sucesión ordenada. No obstante…
- Pepe - dijo con tono de desgracia en sus palabras -, dices que se necesitarían semanas para crear tal cajita. ¿Cuántas viste y qué cantidad de tiempo se necesitaría para fabricarlas, a mano? Y también te fijaste en las armas. No son hechas a troquel. Son productos de artesanía. ¿Cuántos años de trabajo humano representan? Y habían unos cuantos libros en la tienda, encuadernados al estilo del período napoleónico e impresos en un papel que sencillamente ya no se fabrica. ¿Cuánto tiempo se necesitaría para fabricar el papel, fundir los tipos, imprimir y encuadernar esos libros? ¿Y cuánto dinero se invertiría en imprimir réplicas de incluso un solo número del Moniteur? ¡Hay semanas de ese periódico en el escaparate, sino meses! ¿Crees tú que unos pequeños tenderos podrían financiar todo eso? ¿Y te imaginas que la gente capaz de financiar tal empresa elegiría a «Carroll, Dubois et Cie.» para darle salida?
Pepe masculló un juramento. Luego reconoció:
- No lo consideré bajo esos aspectos. ¿Pero cuál es la solución?
- No tengo la menor idea - dijo Harrison infelizmente -. Es ridículo creer en la única explicación que lo aclararía todo.
- ¿Que alguien viaje desde el presente hasta entonces?- rezongó Pepe -. ¡Mi querido amigo, eso es una tontería! ¡Sabes que es una tontería!
- Estoy de acuerdo contigo - contestó pesaroso Harrison-. Pero jamás advertí que las tonterías impidan que sucedan cosas. ¿No has leído nunca sobre política?
- Reconozco que las cosas más estúpidas son las que realizan los gobernantes y los grandes hombres - admitió Pepe con dignidad -, pero no logro entenderlos. Sin embargo, si existe un sincero artista que trabaja por una miseria para que un tendero francés saque un pingüe beneficio de su inocencia comercial… eso sí que lo comprendo.
- ¿Y qué?- preguntó Harrison. En su interior luchaba contra la tendencia abrumadora de pensar en términos demasiado exagerados.
- Voy a volver a esa tienda - dijo Pepe muy serio -. No quiero hablar con tu Valerie, porque tú la viste primero. Pero sí diré que necesito que me hagan un trabajo en especial, aunque me será preciso discutir con el artesano. Esos tenderos verán la posibilidad de conseguir un beneficio extraordinario. Pagaré parte por anticipado. Se pondrán muy contentos. Y diré a ese artesano lo idiota que es por trabajar por lo que le pagan. ¡Le adelantaré dinero para que fabrique sus maravillas y las venda a los modernos millonarios! ¡Si es necesario, le enviaré clientes que le pagarán un precio adecuado! ¡Porque es un artista!
Harrison le miró alarmado.
- ¡Pero fíjate! ¡No puedes hacer eso!
- ¿Por qué no?
- ¡Oh, por Valerie! ¡Nos criamos juntos! ¡Y conozco a esa madame Carroll desde que era una virgen huesuda que trataba desesperadamente de conseguir un esposo conveniente! ¡Es la tía de Valerie, y si entonces era peor que un sargento, se me ha dicho que el curso de los años la ha empeorado! ¡Valerie vive con ella! ¡Ella no quiere que Valerie conozca a nadie porque si se casa su tía tendrá que pagar un salario decente para tener una empleada que le ayude en la tienda!
Pepe rezongó.
- ¡Hablaste con ella quince minutos y ya tienes una imagen completa de las dificultades de un romance con la muchacha! ¡No se aprenden tales cosas a menos que se haya pensado en solucionar esas dificultades!
Harrison contestó indignado:
- ¡Pero es una buena chica! ¡La quería cuando éramos niños! ¡Y, maldición, me sentía muy solitario! ¡No me interesa el romance en abstracto, Pepe! ¡Se tiene que ser francés o mejicano para pensar así! ¡Pero Valerie es una buena chica! ¡Y no quiero causarla disgustos!
- No se la permite conocer a jóvenes - dijo Pepe con tono malicioso -. ¿Has concertado con ella una cita, ejem, en privado?
- Bueno… sí - admitió Harrison.
- Y tú eres el que no quieres causarla disgustos -exclamó Pepe sardónico -. ¡Ah, bribón! ¡En quince minutos haces que te recuerde, te enteras de su vida trágica e infeliz y conciertas una cita! ¡Sí que trabajas de prisa, amigo mío!
Harrison contestó furioso:
- ¡Mira, Pepe! ¡No consiento eso! Yo…
Pepe agitó la mano:
- ¡Oh, estoy desvalido! ¡Lo reconozco! He tomado sobre mis hombros la tarea de rescatar a un experto artesano del peonaje servil a unos tenderos franceses, puesto que está siendo objeto de la peor de las esclavitudes. Pero tergiversas las cosas. Podrías contarle a Valerie mi noble propósito y ella se lo diría a su tía, lo que estropearía mi plan altruista. Así que haré un trato contigo.
Harrison le miró llameante. Pepe sonrió.
- Iremos juntos a la tienda. Otra vez. Puede que madame Carroll no esté. En ese caso hablarás con Valerie. Un soborno, ¿eh? Todo lo que haré es sembrar la idea de fabricación especial. Si ella o Dubois se encuentran presentes, daré un giro a la idea insinuando la posibilidad de un negocio del que yo seré la víctima. Entonces se mostrarán amables conmigo y contigo, porque eres amigo mío. Incluso pueden solicitar tu ayuda para dejarme sin blanca. Ellos…
- No resultará - dijo Harrison.
- Pero lo intentaré - contestó Pepe todavía sonriendo -. No puedes impedirme que lo intente. Pero te dejaré acompañarme si gustas.
Muy a regañadientes Harrison se puso en pie. Se sentía muy lejos de ser feliz. Una vez más se encontraba incapaz de rechazar las locas ideas que nacían de aquellos polvorientos y complicados documentos escritos a mano de la Bibliothèque Nationale. Eran demasiados fantásticos para darles crédito. Pero necesitaba con urgencia encontrar alguna excusa por la que rechazarlos. Necesitaba la excusa, aun más hoy, porque había estado intentando no pensar en la posibilidad de que si se podía visitar el pasado éste era mutable y si era mutable, el presente también lo sería. Y él, en persona podría desvanecerse como una bocanada de humo. Y Valerie también podría desvanecerse.
- Estoy loco - dijo con amargura-, pero vamos.
Pepe caminaba junto a él con un aire espléndido de autosatisfacción. Al poco descendían por Rue Flamel y pasaban ante el cafetito en donde se encontraron el día anterior.
- Si Valerie atiende el establecimiento -observó Pepe-, preguntaré si se me puede fabricar un artículo especial y, luego, me pondré a curiosear entre los objetos en venta mientras tú hablas. Si está su tía, yo me encargaré de toda la conversación.
- ¡Somos idiotas! - dijo Harrison-. ¡Zoquetes! ¡Cretinos!
- Si te refieres a mi altruismo - intervino Pepe animoso-, estoy de acuerdo. Pero si hablas de tu interés por una chica muy linda, entonces destacaré que nadie es más feliz como cuando hace el ridículo por una mujer. Y si además sus intenciones son honorables…
Llegaron a la esquina. Se acercaron a la tienda. Sólo estaba Valerie en el interior. Saludó a Harrison con alivio.
- ¡Me alegro mucho de que vinieras! - dijo casi sin aliento -. ¡Ha pasado algo y no me habría sido posible reunirme contigo como acordamos! ¡Y te olvidaste de decirme en dónde vives, así que tampoco te habría podido avisar!
Pepe dijo con benevolencia:
- ¡La providencia se las arregla para que beneficie a todos mis amigos! ¡Ma'mselle Valerie, yo soy el responsable de la presencia de su amigo!
Harrison se encontró añorando estar cerca de Valerie. La idea de que algo pudiera ocurrirla le resultaba intolerable. Los peligros más imaginarios, si la afectaban, eran abrumadores.
- Mi tía tuvo que ir a St. Jean-sur-Seine - explicó Valerie mirando a Harrison -. Su marido, M’sieur Carroll se encontraba… en dificultades. Se presentó una crisis en el negocio. El y mi tío M’sieur Dubois no estaban de acuerdo sobre el rumbo a tomar. ¡Pusieron una conferencia! Así que se fue a St. Jean-sur-Seine para decidir la cuestión. Y yo no puedo abandonar la tienda. Así que habría faltado a nuestra cita.
Harrison sintió gozo al comprender que Valerie no habría querido faltar a la cita.
- Volvamos al negocio - dijo Pepe con intensidad -. Desearía, Ma'mselle Valerie, encargar un objeto especialmente diseñado. El trabajo de su operario es soberbio. ¿No se podría concertar que me fabricase algo especial?
- Eso se lo podrá decir mi tía - dijo Valerie con educación. Pero sus ojos volvieron a Harrison -. Mi tío se ocupa de comprar género para la tienda, M’sieur Ybarra, pero la que dirige en realidad el negocio es mi tía. Tendrá que consultar con ella.
Sus modales resultaban estrictamente comerciales, excepto cuando miraba a Harrison. Entonces parecía satisfecha de vivir. El joven, por su parte, conocía la exquisita angustia de todo enamorado que desea ser absolutamente importante para una chica, cuando no puede creer que ella se sienta igualmente ansiosa de ser importante para él.
- Entonces echaré un vistazo por la tienda, si me permite - dijo Pepe -. Hay aquí reproducciones muy artísticas.
- Pues no son reproducciones - dijo Valerie -. Todos son originales. No hay dos cosas exactamente iguales. Los géneros están hechos a mano, como usted dijo, por expertos artesanos.
- ¿Pero dónde?- preguntó Pepe -. ¿Dónde los hacen? Valerie se encogió de hombros.
- Mi tío, M. Dubois, se guarda esa información para sí. El se marcha y, cuando vuelve, trae los artículos que necesita la tienda. Yo no sé dónde va. Mi tía jamás lo ha mencionado. Fue M. Carroll quien decidió que la tienda se llamase negocio de importación y exportación con el año 1804. Mi tía admitió que eso daba personalidad a la tienda. Pepe dijo:
- Hum. - Y empezó a husmear. Examinó una estantería repleta de brocados y los acarició con aire de conocedor. Poco después estaba mirando los libros que mencionase Harrison. No había más de una docena. Pasó las primeras hojas y murmuró para sí. Examinó las armas. Comprobó lo equilibrado de una pistola deportiva. Era de pedernal, pero su peso estaba repartido tan perfectamente como en los rifles deportivos más modernos. Un poco más tarde leyó un Moniteur. El papel era fresco, como el de los libros. Se quedó absorto.
Harrison encontró su lengua. Es, claro, característica de todas las personas en estados muy emocionales querer hablar de sí mismas. Harrison y Valerie tenían material para tal clase de conversación. Habían compartido recuerdos de una infancia razonablemente feliz, pero no quedaron confinados a ese tópico. Harrison escuchó mientras Valerie le explicaba que la muerte de sus padres la envió a un internado y que cuando acabó sus estudios sólo le quedaba su tía para cuidarla. La tía estaba entonces muy ocupada dirigiendo los negocios de su hermano, M. Dubois, pero de pronto nació el romance. Su tía se casó y hubo un ménage à quatre, con madame Carroll dirigiendo con firmeza los negocios de su marido y de su hermano, así como también a Valerie. Y las cosas no marchaban sobre ruedas. Pero luego, bruscamente, comenzó el negocio de importación con el año 1804. Se abrió la tienda e inmediatamente prosperó. Pero madame Carroll la regía con una firmeza singular, afirmando que debían efectuarse las economías más estrictas hasta que el negocio estuviese firmemente establecido. Y, claro, Valerie tenía que ayudarles.
- M'selle - dijo Pepe con una voz curiosamente apagada -. Me llevaré este número del Moniteur.
- Pues claro que sí, M’sieur Ybarra - contestó Valerie-. Todos están a la venta. Cien francos el ejemplar. Encontrará aquí los meses de marzo y abril de 1804.
- ¡Compraré éste! - dijo Pepe -. Del día 2 de abril.
- Llegan hasta el veinticinco, me parece - afirmó Valerie servicial -. Pero cuando vuelva mi tío traerá los últimos.
Pepe emitió un sonido inarticulado.
- Mi tatarabuelo Ybarra - dijo al cabo de un momento -, visitó París en la época de Napoleón. Peleó en duelo con el conde de Froude y recibió un corte en la oreja. ¡Aquí está el relato del hecho! Yo antes ignoraba los detalles.
- ¿De veras?- exclamó Valerie con educación -. ¡Eso es doblemente interesante!
Volvió con Harrison. Formuló preguntas acerca de lo que él había hecho y lo que sucedió en la última docena de años. Harrison se lo contó todo. A su vez preguntó por madame Carroll. La recordaba sin afecto. Había sido una persona ácida, incluso entonces, sin paciencia con los niños. Puesto que ahora constituía toda la familia de Valerie, descontando a su hermano, resultaría agradable enterarse de algunos detalles.
Valerie explicó algo divertida que sobre su tía recayó una pequeña herencia, una casita en la ciudad de St. Jean-sur-Seine y que su tía fue allí para asegurarse de que no le estafaban ni un solo franco, ni un simple céntimo. Dejó a su hermano en París. Luego ocurrió algo. Un Américain dijo Valerie, cayó enfermo en la ciudad. No había hospital. No había nadie que le cuidase. Puesto que su tía tenía que quedarse de todos modos en St. Jean-sur-Seine, se hizo cargo del cuidado de la enferma por un precio razonable. Obtendría un beneficio bastante elevado. Al poco volvió a París. Se casó con él. Era un tal M. Carroll y a Valerie le simpatizó muchísimo. Resultaba un ser muy inteligente. De hecho, en les Etats Units había sido profesor de una universidad. Pero ahora no tenía la plaza. Poseía un pequeño negocio. Eso seguro, pero no quería ejercer en una universidad, ni siquiera en un lycée. Sin embargo, resultaba un hombre muy agradable. Valerie lamentó que permaneciese en St. Jean-sur-Seine mientras madame Carroll dirigía la tienda en París.
Harrison salió del éxtasis con que había estado escuchando.
- ¡Espera! -dijo inseguro-. ¡Ese M. Carroll! ¿No se llamará Henry? ¿No fue profesor de metodología? ¿La Universidad de la que hablas no sería la de Brevard?
Pues sí. Era el profesor Henry Carroll, perteneciente a la Universidad de Brevard, quien dio allí cursos en métodos de investigación, incluyendo análisis estadísticos, cuando Harrison y Pepe no se habían graduado todavía. Se había casado con madame Carroll, la tía de Valerie, que era hermana de M. Dubois, quien se encargaba de las compras de género para «Carroll, Dubois et Cie.», importadores y exportadores al año 1804.
Harrison encontró asombrosa aquella noticia. Cuando Pepe, apenado, dijo que volvería más tarde con respecto a la cosa que quería que le fabricasen, Harrison se apresuró a concertar con Valerie la cita que hoy tuvo que ser aplazada. Luego salió de la tienda con Pepe.
- ¡Esto me hace ir de coronilla! - dijo Pepe con tono irritado -. He leído el relato del duelo de mi antepasado y tienes toda la razón. ¡No he visto nada que pudiese ser explicado de no haber hallado tú esos pocos detalles en la Bibliothèque Nationale! Pero yo no creo en tales explicaciones. ¡Me disgusto conmigo mismo! ¡No puedo decir por qué, pero ya he dejado de creer en nada, o quizás crea en todo! ¡No estoy seguro!
Harrison contestó:
- El Carroll de «Carroll, Dubois et Cie.» es el profesor Henry Carroll, que perteneció a Brevard. Seguimos un curso de análisis estadístico en su clase, como recordaste ayer.
Pepe se le quedó mirando. Luego dijo despacio:
- Recuerdo que le despidieron. Hubo algún escándalo que no habría sido escándalo si nos hubiese pasado a nosotros, pero que era asunto gravísimo para un profesor de análisis estadístico y materias por el estilo.
- ¡Pues vive en St. Jean-sur-Seine, esté dónde esté ese pueblo! - exclamó Harrison.
- Era un buen tipo - afirmó Pepe -. No suspendía a nadie sin tener buenos motivos.
- Un buen tipo en realidad -asintió Harrison -. ¿Qué es lo que te ha hecho cambiar de idea sobre el género de la tienda?
- No quiero admitirlo, pero… tienes razón. He cambiado de idea. No puedo decirte porqué. La acumulación de pruebas de que no todo lo que es insano resulta necesariamente incierto. Más que esto, noto que es necesaria la acción de alguna clase. Tenemos una prueba increíble de lo que es completamente creíble. ¿Qué vamos a hacer?
Harrison frunció el ceño. Estaba, por lo menos, tan transtornado como Pepe. Pero además, existía Valerie. A menos que la tienda pudiese explicarse completamente, más allá de todas las sospechas de que existía por encima de lo imposible, Harrison sentiría intranquilidad por sí mismo, pero mucho más por Valerie. Continuaría preguntándose lleno de pánico si él… y Valerie… quizá no acabarían viendo rescindido su nacimiento.
- Creo - dijo con incomodidad -, que será mejor que vayamos a ver a Carroll. Me parece lo más consecuente. Nos encontramos por casualidad. Lo que condujo al hallazgo de Valerie, también por accidente, lo que nos trajo de la misma manera casual a la situación en que ella me dijo dónde vive nuestro antiguo profesor. Parece una especie de sistema, de cosa predeterminada. Creo que deberíamos seguir su curso.
- No sabía que fueses supersticioso - observó Pepe.
- De todas maneras - dijo Harrison sin convicción -, como antiguos alumnos suyos, será natural que le hagamos una visita. Por así decirlo, para ofrecerle nuestros respetos.
- ¡Oh, sí! - contestó irónico Pepe -. ¡Oh, definitivamente sí! Paso la mayor parte de mi tiempo buscando profesores que solían educarme, para darles las gracias por sus esfuerzos y mostrarles su falta de éxito. Pero, en este caso, estoy de acuerdo. ¡Absolutamente!
- Cojamos un taxi - dijo Harrison-. La American Express nos dirá cómo podemos llegar a ese pueblo.
Caminaron hasta que apareció un cochambroso taxi parisién. Subieron en el vehículo con dignidad. El coche partió con esa escalofriante velocidad que afecta a todos los vehículos parisinos.
Durante el camino Harrison dijo reflexivo:
- ¿Sabes, Pepe, que estamos cometiendo una tontería? ¡Probablemente Carroll pensará que estamos locos!
- ¡Si lograse convencerme de eso, le estaría agradecido por toda una eternidad! - contestó Pepe.
Se hundió en el asiento. El coche continuó su marcha.
En algún lugar, muy alto en el cielo, un reactor daba vueltas y vueltas. En algún lugar, en alta mar, la tripulación internacional de un navío de superficie portador de cohetes de la N.A.T.O. efectuaba maniobras de lanzamiento, barriendo del cielo teóricamente todos los imaginarios proyectiles que a intervalos de veintidós segundos disparaba un enemigo también imaginario. Había submarinos atómicos bajo el casquete polar Ártico. Existían silos subterráneos preparados para disparar cohetes transcontinentales, si recibían órdenes autentificadas para hacerlo así. Se admitía oficialmente que existían bastantes cabezas de guerra atómicas para, al detonar, convertir toda la atmósfera de la tierra en letal para cuanta vida animal y vegetal existiese.
En un universo diseñado para que vivieran los seres humanos, deberían haber mecanismos de seguridad. La gente, dado su carácter, los hacía necesarios. Harrison y Pepe descubrieron dónde se alzaba St. Jean-sur-Seine y no tardaron en concertar el medio de transporte más adecuado. No se sentían dominados por ningún autosentido de misión, ni de que actuasen con particular sabiduría o con miras de causar un gran efecto. Quizás no habría motivo para tales sensaciones. Quizás su viaje era un simple acontecimiento que tenía que ocurrir.
Una decisión acerca de si los acontecimientos que les causaban tanto interés alcanzaban el valor o no de un mecanismo de seguridad, claro, dependería de si uno consideraba que el universo tiene sentido, o no lo tiene.