CAPÍTULO 4
Valerie sonrió animadora a Harrison y dijo:
- ¿Nos sentamos aquí?
Harrison asintió de inmediato, como habría asentido a cualquier cosa que ella hubiera dicho. Estaban en Bonmaison y a su alrededor se veía la atmósfera de excursiones, de tranquilo romance y de todos los asuntos naturales y ordinarios que son los únicos en verdad importantes. Muy abajo en el horizonte, hacia París, había en el firmamento una pincelada de blanco vapor. Incuestionablemente era la estela dejada por un reactor que volaba tan alto que resultaba invisible. Sólo podía verse aquel reguero de humedad condensada sobre los iones formados por las llamas. El reactor era parte de la patrulla de servicio permanente mantenida sobre París - y Londres y Nueva York, y casi todas las grandes ciudades del mundo - en el caso de que alguna persona con autoridad, en algún lugar, decidiese empezar la guerra. Pero eso no se aplicaba a Bonmaison. Era síntoma de la locura de los seres humanos en un cosmos evidentemente diseñado para que ellos viviesen, pero al que industriosamente se preparaban para hacer inhabitable.
Pero en Bonmaison uno no pensaba en tales cosas. Aquí, y en muchos lugares similares del planeta, la gente se adhería a una casi conspiración universal para fingir que las organizaciones internacionales y los acuerdos no habían hecho del mundo algo en realidad inseguro, y que las situaciones alarmantes que uno lee son sólo en la actualidad conciertos para que los periodistas tengan algo que imprimir.
Hoy Harrison no podía actuar completamente de acuerdo a esa conspiración. Encontró pruebas de que existían posibilidades que eran más horribles incluso que la guerra atómica. Si cambiaba la historia, si los acontecimientos pasados quedaban interrumpidos, si algún día los hechos ya sucedidos no hubiesen ocurrido y si ocuparan su lugar otros hechos completamente distintos, podría él no haber existido jamás. ¡Mucho peor, hasta Valerie podría no haber existido nunca!
Valerie había parecido elegir este lugar para reposar y hablar cómodamente, pero continuó mirando a su alrededor. Gentes sin importancia iban a Bonmaison para sentarse en la hierba, tomar helados y resolver tales cuestiones provisionales como hasta qué grado los afectos no paralelos justifican un descuido, y hasta qué otro uno debería ser práctico. De ordinario las chicas son seres prácticos. Pero se sienten desilusionadas si los chicos jóvenes no son urgentemente imprácticos.
Un carrusel emitía una alegre música a alguna distancia. Los niños viajaban en él, alborotadores. Habían barracones en donde los jóvenes se veían desprovistos de monedas de cinco y de diez francos mientras trataban de demostrar a sus compañeros su pericia en complicados y divertidos juegos. Habían lanchas en el pequeño y sinuoso arroyo, y bateleros en mangas de camisa remaban torpemente mientras enfrente suyo, en el otro asiento, sus correspondientes chicas les admiraban. Había estallidos de risa cuando Polichinela se comportaba sádicamente para diversión de la infancia inocente. Había otras parejas, muchas, que o ya se habían instalado cómodamente o que aún buscaban exactamente el lugar preciso para llevar a cabo el desarrollo de su romance.
- Quizás allí estaríamos todavía mejor - dijo Valerie reflexiva.
De nuevo Harrison asintió. La predicción de Pepe de que Harrison sería tolerado como amistad de Valerie había sido cierta. Madame Carroll sonrió con frigidez cuando Valerie le presentó como amigo de la infancia. Ahora habían salido juntos a Bonmaison y mientras que Valerie regresase antes de la puesta del sol, se les permitiría una escapada temporal de la rígida dirección de madame Carroll.
Valerie parecía contenta. Harrison, claro está, parecía enloquecido. Ella se dejó caer con gracia hasta el suelo y, le sonrió cálidamente.
- Ahora - murmuró -, ahora podemos hablar.
Y Harrison de inmediato encontró imposible el hallar algo que decir. La miró y sus modales al mirarla decían muchas cosas que Valerie pareció encontrar satisfactorias.
- Mi tía -observó ella ignorando su silencio-, se mostró muy complacida con el negocio de esta mañana.
Harrison logró formular la pregunta pertinente.
- Porque vino alguien a la tienda y compró mucho - dijo Valerie -. No como uno que compra por afición o como coleccionista de curiosidades, sino que en cantidad. Y formuló muchas preguntas sobre dónde se fabricaban las mercancías. Mi tía se mostró discreta. El insistió. Trató de sonsacarla. Intentó obtener alguna revelación. Y mi tía no le dio ninguna información.
Pepe también tuvo la idea de descubrir dónde se fabricaba el género de la tienda. Ahora lo sabía, lo mismo que Harrison. Ninguno de los dos se sentía más feliz por el conocimiento. Aparentemente Valerie no lo compartía. Se rió un poquito.
- ¡Ah, pero sí trató de descubrir dónde podría conseguir tales mercancías! ¡Dio rodeos, insinuaciones e intentó muchos truquitos! Dijo que le gustaría que le fabricasen una cosa especial. Mi tía le dijo que aceptaría su pedido. Luego confesó que en realidad era comerciante… como si mi tía no lo hubiera adivinado… y ofreció un buen precio por la información acerca del fabricante.
Pepe también probó algo de esa especie. Harrison escuchó emocionado el sonido de la voz de Valerie.
- Al fin - dijo satisfecha Valerie -, llegaron a un trato. ¡Las condiciones las puso mi tía! Es un famoso comerciante en arte de Inglaterra y América. Su negocio es muy floreciente. La tía le pedirá las cosas que él desee. El comerciante pagará con generosidad. Mi tía sospecha que las envejecerá probablemente de manera artificial y las venderá como verdaderas antigüedades. Ella no lo hace, porque no desea jaleos con las autoridades. Pero lo que haga el comerciante no es cosa suya. ¡Sin embargo, ha puesto un precio muy caro por todo el género!
Harrison murmuró. Valerie continuó:
- ¡Compró las mejores mercancías de la tienda! ¡La mayor parte de las que mi tío acababa de traer! ¡Le va a ser necesario efectuar otro viaje de inmediato para conseguir más!
- Quizá fue el buen humor causado por un gran negocio lo que le permitiese aceptar a dejar que saliésemos hoy - dijo Harrison.
- Mais non - contestó Valerie con sagacidad -. ¡Fue M. Carroll! Cualquiera, excepto mi tía, le tendría cariño. Pero él la irrita. ¡No es práctico y mi tía sí lo es por encima de todas las cosas! ¡Pero ni siquiera ella se atreve a ir demasiado lejos! El dijo que no debía ofenderte. Afirmó que tú eras importante para los probables progresos de la tienda. Dijo que si se te ofendía, tomaría sus medidas. ¡Ah, pero mi tía estaba colérica! ¡Permaneció pensativa todo el camino de regreso de St. Jean-sur-Seine! Le gusta dirigir. Le disgusta ser dirigida.
Harrison no quiso pensar, estando con Valerie, en St. Jean-sur-Seine y en las fantasmales posibilidades implicadas por la confirmación de todas sus más bien poco plausibles sospechas. Quería pensar sólo en Valerie. Pensando en Valerie pensaba también en el desastre que podía caer sobre ella.
Un soldado y una chica pasaron y Harrison consideró con morbidez cuál podría ser el resultado de unas cuantas cajas más de percutores colocadas en la historia de Europa y del mundo, si llegase a ocurrir que disparaban y hacían blanco antes de su tiempo normal.
Napoleón no era partidario de la idea de los submarinos, de eso estaba seguro. El americano Fulton lo había descubierto. Pero aceptaría al instante la ventaja de los detonadores de percusión para las armas sustituyendo los rifles de pedernal que usaba su infantería. Los pedernales en acción, fallaban tres veces cada diez. Cambiando simplemente los mosquetes por armas de percusión se incrementaría la fuerza de fuego de sus ejércitos en un equivalente de unos doscientos mil soldados más. ¡Napoleón no se perdería una ocasión así! No habría dificultades para fabricarlos. La tecnología de principios del siglo XIX era capaz de fabricar percutores una vez la idea y la prueba de su practicabilidad se conociesen.
¡Incluso una caja de esos percutores colocada en manos adecuadas en 1804 significaría que la invasión de Rusia en 1812 sería un éxito! Los ejércitos rusos no serían derrotados sino destruidos. No habría habido abdicación. Tampoco hubieran existido los Cien Días. En Waterloo jamás pelearían. Un millón de franceses no morirían antes de su momento razonable y en su lugar seguirían respirando hasta convertirse en padres en vez de los otros que quedaron y de quienes descendían los modernos franceses. Y, claro, la probabilidad exacta de que esas personas se casasen, quienes se habían casado en el pasado que Harrison conocía, y que tuvieran exactamente los mismos hijos que engendraron en el tiempo pasado, y de Valerie compartiendo su niñez y estando aquí en este momento en el césped de Bonmaison… sería probablemente inimaginable.
Valerie habló y él la escuchó con añoranza. Al poco hubo un movimiento cerca y alguien gruñó con satisfacción. Harrison alzó los ojos. Era Pepe impecablemente vestido, y junto a él se veía la figura mucho mayor de Carroll.
- Tenía razón - dijo Carroll arrastrando las palabras, dirigiendo a Pepe un signo de asentimiento con la cabeza-. Dijo que sabía dónde encontrarles. Yo ignoraba dónde vivía usted, pero él mencionó su hotel, así que le acompañé para localizarlo. - Ahora cambió su idioma al francés -. ¡Ah, Valerie! Confío en que seas tan amable como para no recordar haberme visto. Habría un gran disgusto innecesario. ¡Mis intenciones en París son de lo más inocentes!
Valerie contestó tranquila:
- ¡Pues claro! ¿Sabía usted que M. Dubois ha efectuado otro viaje inmediatamente? Alguien vino a la tienda, un famoso comerciante en objetos de arte y se llevó la mayor parte del género. Es preciso conseguir más.
Carroll se encogió de hombros.
- No veo que sea nada perjudicial. Harrison…
- ¿Qué?
- Ese de Bassompierre, necesito hablar con él. Por eso vine a París.
Harrison empezó a pensar con rapidez. De Bassompierre había nacido en 1767 y murió en 1858, a los noventa y un años. Pero…
- He encargado ropas y equipo para ese propósito - dijo con viveza Carroll -. Pero necesito que alguien me acompañe. Todo este asunto es hijo suyo. Espero que venga conmigo. ¿Lo hará?
Harrison tragó saliva. Luego miró a Valerie. Ella le devolvió la mirada como si no comprendiese. Harrison siguió mirándola.
- ¿Es en realidad posible hacer algo?
- ¡Naturalmente! - contestó Carroll -. Ybarra y usted tuvieron una singular experiencia, ¿recuerda? ¿Sobre la historia de Méjico? Eso prueba dos cosas… no, tres. Una que la historia se puede cambiar. La segunda es que alguien trata de cambiarla. La tercera es que incluso cuando se ha cambiado tiene tendencia a recuperarse, a volver atrás. Hay una especie de elasticidad en los acontecimientos. Su teoría de que las cosas que en un tiempo son hechos pueden dejar de serlo tiene cierta cantidad de malicioso sentido. Si algo ocurriese, y en consecuencia un hecho dado se convirtiese en inconsistente con el resto del cosmos, dejaría de ser un hecho. Se desvanecería. La historia se encierra sobre eso, como el agua oculta una piedra caída. Hay ondas, pero también éstas se apagan. La gente a veces recuerda, incluso escribe sus memorias, pero eso no resulta cierto ya.
Harrison escuchaba. Miró a Valerie. El aspecto de ella indicaba paciencia, como ocurre con una chica cuando se habla de algo que no tiene relación con sus intereses personales.
- Ustedes buscaban hechos de esa especie - continuó Carroll -, pero encontraron algo mucho más sencillo… a alguien que deliberadamente se imponía la tarea de cambiar el curso de la historia. Si no se le detiene, ¡extenderá el gran diseño de las cosas mucho más allá del límite elástico y estas cosas permanecerán cambiadas! ¡Por eso hay que hacer algo!
Harrison de pronto sintió ansias de conocer la opinión de Valerie en este asunto. Si ella creía que Carroll estaba loco, pensaría que él, Harrison, no padecía de menor demencia. Pero la expresión de la joven permaneció decididamente desinteresada.
- Así que, voy a discutir con él - continuó Carroll -. Tengo que encontrar también su Túnel y procurar destruirlo. ¡No podemos dejar que esa clase de cosas exista! ¡Dubois sería inútil para mí en una empresa como ésta! Jamás le podría hacer comprender la importancia de todo. Quiero que venga usted. El número de personas a quien se lo podría pedir… con una comprensión dada… es estrictamente limitado. Ybarra accedería, pero dice que no. Tuvo un antepasado…
- En total - afirmó Pepe con aire excusativo-, tuve ocho tatarabuelos. El que mencioné era uno llamado Ignacio Ybarra que pasó algunos meses en París en 1804. Hizo amistades allí más tarde cuando regresó como embajador del Méjico recientemente independiente…
- No quiere que le pase nada - acabó Carroll -, ni que le pase nada a él a través de un antepasado. ¡Es razonable! Pero yo quiero que vaya a tomarse medidas para un equipo adecuado a un acomodado americano que viaje en época de Napoleón. He elegido el sastre. Piensa que esos equipos se llevarán a Hollywood para un espectáculo de T.V. ¿Necesita dinero?
Harrison negó con la cabeza.
- Insistí - dijo Carroll con cierto humor -, en que debía tener acceso a la cuenta del banco de «Carroll, Dubois et Cie». ¡Mi esposa estallará de furia cuando descubra lo que he hecho! He pedido libros para investigar en de Bassompierre, sus memorias, etcétera. Ybarra ha sido lo bastante amable para desenterrar las fórmulas utilizadas para laissez-passer
Harrison asintió, más o menos intranquilo. Carroll dijo:
- Valerie, ma chérie. ¿Puedo contar de tu amistad para que no menciones que he venido a París? ¿De acuerdo?
- Pues claro - contestó Valerie. Le sonrió.
Carroll se marchó dando zancadas. Pepe le siguió. Harrison, mirándoles, advirtió por primera vez que Carroll se movía con cierta movilidad inconsciente, de modo que no podía haber pasado por un hombre sin importancia en cualquier período de la historia.
Entonces Valerie dijo nerviosa:
- ¿Tienes que ir a… dónde mi tío George va para comprar géneros de la tienda?- preguntó intranquila.
- Parece que va a ser necesario - admitió Harrison.
- ¿Cuánto tiempo estarás fuera?
Harrison sintió un alivio irracional. ¡El aspecto de su posible tardanza era lo primero que se le había ocurrido a la muchacha!
No había motivo actual para ilusionarse por ese detalle; encontraba que su lengua funcionaba con libertad aunque su respirar era inseguro. Pudo haber dicho las mismas cosas en cualquier otro momento y probablemente de manera más efectiva si las hubiese ensayado con anterioridad. Pero oyó como su boca decía cosas sorprendentes y apasionadas en una manera áspera y del todo inadecuada. Escuchó insistencias urgentes de que la había recordado desde su infancia y de que nunca podría pensar románticamente en cualquier otra mujer, y una buena cantidad de otras afirmaciones inconvincentes que él creía implícitamente mientras las formulaba.
Valerie no pareció ofenderse. Escuchó, aunque con todas las apariencias de ser víctima del asombro. Y, de pronto, el joven se vio anonadado por la realización de que se apresuraba con exceso y que ella quizás no le creyese. La miró con tristeza.
- Espero… espero que no te importe - protestó, presa del pánico -. Sólo que… tendría que decírtelo tarde o temprano…
Valerie se levantó.
- Creo que no deberíamos quedarnos aquí - dijo con algún remilgo.
Comenzó a alejarse. La siguió triste, sin fijarse en que no se dirigían hacia el carrussel ni a cualquiera de las otras partes más concurridas de Bonmaison. Marchó siguiendo los pasos de ella.
La joven se detuvo y miró a su alrededor. No pareció asombrarse al encontrar que habían llegado a un lugar donde no se veía a ninguna persona en absoluto. Pero Harrison sí que estaba estupefacto. La miró. Ella le sonrió débilmente.
De manera incrédula, Harrison extendió las manos y tomó las de ella. Valerie no se indignó.
Poco después tomaban un helado juntos. Valerie aparecía compuesta, aunque sus ojos brillaban un poquito.
- ¡Mi tía se pondrá furiosa! Pero se lo diremos a M. Carroll y él la obligará a aceptarlo.
En su emocionado estado del momento, Harrison se sintió impresionado considerando que esta observación era la más brillante, inteligente y admirable, de todas las posibles.
Cuando regresó a su hotel, Pepe le esperaba. Pepe tenía el ceño fruncido.
- ¡Fíjate bien! - dijo indignado -. He estado pensando en mi antepasado, el que estuvo aquí en 1804. Si le pasase algo
- Pepe - dijo Harrison hechizado -. Voy a casarme con Valerie. ¡Lo decidimos hoy!
- Si Carroll vuelve a 1804 - continuó Pepe llameante -, no se puede imaginar lo que ocurrirá. ¡Conoces la teoría sobre el que si un hombre mata a su abuelo en el pasado él no nacerá! ¡Pero no tiene que ser él! ¡Si «alguien» regresase en el tiempo y matase a mi antepasado, yo no nacería! ¡Y Carroll va a volver!
- Ella lo sabía - dijo Harrison feliz- lo supo nada más me volvió a ver, estaba convencida de que quería casarse conmigo. ¡En el mismo instante que me vio, Pepe! ¡En aquel momento me reconoció como su antiguo compañero de juegos!
- ¡Así que voy a correr el riesgo! - continuó Pepe con fiereza -. ¡Está también ese de Bassompierre! ¡Podría hacer estallar ese maldito Túnel del Tiempo, pero de Bassompierre parece ocupado en una tarea muy indeseable! ¡Así que voy igualmente! ¡Y procuraré que ninguno de mis antecesores sea asesinado!
Harrison continuó radiante.
- ¡Estupendo! - dijo, sin darse cuenta en realidad de lo que Pepe acababa de afirmar -. No se lo vamos a decir todavía a la tía de Valerie. Habría un estallido. Y de todos modos no sería justo para Valerie casarse antes de que yo haya hecho ese viaje con Carroll. Incluso podría ser peligroso. ¡No quiero que viva preocupada!
Pepe le miró con fijeza. Con dureza también. Luego dijo irritado:
- ¡Dios mío! ¡Por si este asunto no fuese lo bastante malo, ahora tenemos lunáticos metidos en el…!
Harrison se fue a dormir con aquel estado de seminarcosis emocional propio del hombre recién prometido. Literalmente estaba inconsciente a cualquier otra cosa importante que ocurriese en el mundo. Los periódicos de aquella tarde anunciaron una nueva crisis internacional. No hizo caso. Apareció la noticia de que, en la China Continental, el gobierno comunista había hecho estallar su primera bomba atómica.
El significado del acontecimiento era, claro, que los comunistas chinos formaban parte ahora de las naciones que amenazaban la precaria paz mundial. Hubieron reuniones de gobiernos en todo el planeta, y los dirigentes se mostraron impresionados y acusaron el peligroso acontecimiento. No se esperaba que los chinos tuvieran la bomba tan pronto. Los individuos que más parecían saber acerca del asunto imaginaban que no la habían creado ellos mismos por entero. Existían abundantes indicios de que alguien escapó de los rusos, afirmando que este país era de un conservadurismo reaccionario en su política, y dio a Pekín la información que hizo posible la bomba. Incluso, se conjeturaba la hipótesis de que el desertor había escapado originalmente desde Francia a Rusia. Se establecieron especulaciones de adónde aquel tipo, cuya identidad se sospechaba fundamentalmente, podía escapar para traicionar de nuevo.
A las personas no recién prometidas, la explosión de una bomba atómica efectuada por los comunistas chinos parecían un asunto muy grave. Ciertos grupos desempolvaron su «mejor rojo que muerto», exhibiendo las pancartas para efectuar nuevas demostraciones de su reacción ante la noticia. Por otra parte, la inmensa mayoría del mundo se preparó ceñuda para adoptar una posición exactamente opuesta.
Pero Harrison durmió como un tronco. Despertó a la mañana siguiente con un apetito extraordinario y el mejor de los humores. Trató de imaginarse una excusa que le permitiese visitar la tienda de «Carroll, Dubois et Cie.», y sintió pena al verse incapaz de conseguirla. Fue al sastre y se mostró notablemente estúpido mientras los empleados le enseñaban telas y estilos y demostraron asombro al ver que un supuesto actor de la televisión no se interesaba en aquellos géneros.
Más tarde, sin embargo, M. Dubois le visitó.
- M’sieur - dijo el hombrecillo agitado -, mi hermana y yo imploramos su ayuda. ¡Ha ocurrido la cosa más horrible y criminal! ¡Mi hermana está medio loca de pena! ¡Está acongojada! ¡Suplicamos su ayuda!
Harrison le miró parpadeando.
- ¿Qué es lo que pasa? ¿Qué ha sucedido? ¿Qué puedo hacer?
- Usted sabe que nuestro negocio es de naturaleza extraordinaria - le explicó Dubois. Su voz temblaba y Harrison juzgó que debía haber pasado una terrible media hora con madame Carroll -. Pero, lo que quizás usted no sabe es que, mi cuñado ha admitido que planea un viaje al… ejem… al lugar en donde yo compro el género para la tienda. ¿No lo sabía? ¡Pues de inmediato se dará cuenta de que es inconcebible! ¡Resulta horrible sólo de pensarlo! ¡Sería ruinoso! ¡Mi hermana está muy apenada!
Harrison alzó las cejas.
- Siento que se encuentre tan mal - dijo con el tono más tranquilizador que pudo -, pero después de todo, eso no es cosa mía.
- Los preparativos para mis viajes -protestó Dubois -. ¡Son muy delicados! Las relaciones comerciales que establecí… deben ser cuidadas con gran circunspección. ¡Si se llegase a conocer la naturaleza de nuestras operaciones, bien aquí o… en el otro extremo, el resultado sería el desastre!
- Más probable sería la incredulidad - dijo Harrison -. Nadie va a aceptar la verdad, incluso aún cuando la oigan. ¡Nadie podría ni imaginarse tal cosa!
Dubois agitó sus temblorosas manos.
- No quiero discutir, m’sieur. No discuto. Pero le suplico que nos ayude a evitar la ruina. ¡M. Carroll no debe realizar ese viaje!
- ¡Pero si no es cosa mía! - protestó Harrison -. ¡Nada puedo hacer para modificar los planes de Carroll! ¡Yo no tengo la menor influencia!
- ¡Pues sí que la tiene, M’sieur! ¡No se haga el inocente! ¡Ha hablado a madame Carroll de usted! ¡Desea que se le trate con distinción! ¡Lo ha ordenado! ¡M’sieur no se da cuenta de la enormidad que ha cometido ya M. Carroll y es imposible discernir que otras enormidades planea!
Harrison no contestó. Dubois se secó la frente.
- M’sieur, ha retirado del banco casi la quinta parte de los beneficios acumulados del negocio. ¡Ha retirado el dinero del banco! Mi hermana ha sacado el resto y lo ha colocado en donde él no le pueda poner las manos encima, pero, m’sieur, si quiere hacer eso… - Dubois parecía a punto de ahogarse -. ¡Debería ver a mi hermana! ¡Da lástima! ¡Casi tengo miedo que pierda la razón! ¡Mon Dieu, uno se asusta al ver la violencia de su sufrimiento!
Harrison volvió a redactar aquellas palabras a su manera. M. Dubois se vio guiado toda su vida por la energía de su hermana, hasta el punto de que no podía imaginar nada más terrible que verla trastornada. Era comprensible que ella no quisiese que Carroll viajase por donde su hermano se aventuró con tanta estolidez. Pero seguro que el peor de todos los crímenes era el haber sacado el dinero del banco, cuando madame Carroll controlaba los beneficios, quizás para entregarlo a cualquier persona o invertirlo en algún negocio en el que ella careciera de influencias.
- Todavía - dijo Harrison -, sigo sin comprender qué puedo hacer.
M. Dubois lloró. Literalmente lloró. Madame Carroll le tenía tan aterrorizado durante toda su vida que se había convertido en un pelele.
- ¡M’sieur, utilice su influencia con él! Mi hermana, en su desesperación, me ha autorizado a prometerle que hará cualquier cosa por favorecerle a usted. ¡Le he abierto mi corazón! ¡Temo por la cordura de mi hermana si M. Carroll lleva a cabo su diabólico plan! ¡Por tanto, le hablo de Ma'mselle Valerie! Siempre ha sido deseo ardiente de mi hermana agenciarla una situación segura, con una fortuna substancial, para que pueda vivir feliz. ¡M. Carroll ha puesto ese deseo en un peligro extremo! ¡Se ha llevado la quinta parte de los beneficios de la tienda! ¡En efecto, ha robado a Ma'mselle Valerie un quinto de la fortuna que heredaría de mi hermana! ¿Comprende lo que quiero decirle?
- No - contestó Harrison.
- Ma'mselle Valerie es la más encantadora de las muchachas - continuó suplicante Dubois -. Virtuosa, inteligente, cariñosa. Será heredera de mi hermana. ¡Y con tacto se podría convencer a mi hermana de que accediese a darle permiso para que se casara con…!
Harrison se sobresaltó.
- Lo que sucedería en el caso de un aspecto financiero muy favorable - se atropelló Dubois en su desesperación -. Lo único que se necesita es que convenza a M. Carroll para que abandone su loco proyecto, para que devuelva el dinero que ha tomado y deje que las cosas sigan exactamente como antes. ¡Nada más que eso, m’sieur! ¡Y quedará usted situado para toda su vida!
Harrison contó hasta diez. No se molestó siquiera en pensar en el hecho de que Dubois simplemente le proponía que si obedecía a madame Carroll implícitamente en esto y en los demás asuntos durante el resto de su vida, ella podía… ¡podía!… dejarle algo de dinero, además de fomentar un acuerdo como el que Valerie y él ya habían establecido personalmente. Resultaba casi ridículo, aunque no del todo.
- Tendré que pensarlo - dijo. Quería que Dubois volviese a su hermana dándole noticias que la tranquilizasen un poco. Así que continuó-: Hablaré con Carroll y averiguaré lo decidido que está. Será preciso… ¡Tranquilícese, por ahora, M. Dubois! Trataremos de este asunto más tarde.
M. Dubois arguyó vehemente. Al poco, se levantó para marcharse.
- Permítame que se lo diga, m’sieur - dijo desesperado -. ¡Mi hermana está tan apenada que no puede fijar sus pensamientos! Temo por su salud si M. Carroll continúa con este propósito descabellado. Aún más, temo…
Pero se interrumpió mientras se daba una palmada en la boca. Se marchó confuso. Y Harrison comprendió que estaba genuinamente asustado. No tenía imaginación para ver las escalofriantes posibilidades que Harrison, Carroll y Pepe advertían, solamente ellos entre la población humana de la Tierra. Estaba atemorizado. Y Harrison de pronto se dio cuenta de que Dubois temía en realidad por su deducción de lo que haría madame Carroll si su marido, Carroll, empleaba el dinero tomado para utilizar su Túnel del Tiempo con arreglo a sus propios propósitos. Es lugar común entre los estudiantes de criminología que los asesinatos se cometen más a menudo por dinero que por cualquier otro motivo. También es lugar común el que la cantidad de dinero puede ser insignificante. Para madame Carroll, el dinero ganado por «Carroll, Dubois et Cie.» era objeto de una pasión tan genuina como comprensible, una pasión de una mujer celosa. Aquella mujer era capaz de un crimen pasional, por dinero.
Así que Harrison, con disgusto, se preparó para efectuar otro viaje a St. Jean-sur-Seine. Tenía que prevenir a Carroll. Tenía que lograr que Valerie comprendiese…
¡Pero era preciso hacer algo acerca de de Basompierre en la época de Napoleón Bonaparte! ¡Era necesario actuar de manera definitiva! Sus actividades solamente podrían proseguir si uno creía que el cosmos carecía de sentido; que no había ningún motivo particular en la civilización, que la raza humana no importaba porque era sólo un accidente, imprevisto y sin significado alguno.
Siempre han habido personas que creyeron en esto y que trabajaron muy seriamente por crear un estado de cosas que no permitiese la supervivencia de la humanidad. Probablemente siempre existirán seres así. Sin embargo, con toda claridad, si se equivocan no triunfarán. Si la gente es importante, si se ha concertado que ellos sobrevivan, si el cosmos ha sido diseñado para ser su vivienda, debe haber algún mecanismo de seguridad construido e incorporado para impedir su exterminación.
No obstante, no parecía que Harrison, Carroll, Pepe, madame Carroll, Valerie y M. Dubois juntos formasen en verdad algo tan importante.
Al contrario.