CAPÍTULO 9
Hubo tumulto cuando madame Carroll abrió la puerta del Túnel del Tiempo y les dio acceso a la casita en su propia era. Incluso M. Dubois bajó tambaleándose por la escalera con su camisón. Evidentemente madame Carroll seguía tratándole como a un inválido. La mujer exigió fieramente ver los artículos que Carroll debió comprar y traer consigo para su nuevo cliente, el opulento comerciante en arte. De manera ominosa empezó a abrir las alforjas que Carroll y Harrison trajeran. Su rostro adquirió un tono carmesí por la furia cuando descubrió que no había género para el negocio de «Carroll, Dubois et Cie.». Ni siquiera encontró dinero para el pago del perfume que M. Dubois escondió con riesgo de su vida. Entonces abrió un fardo que no era ninguna alforja y que Harrison no conocía, aunque probablemente lo había transportado. Desparramó su contenido y exhibió un sincero e impresionante furor. Porque el contenido de este bulto, entre todos los objetos imaginables, era… ropas de mujer.
Harrison estaba muy cansado, pero recobró su plena consciencia al ver prendas de mujer entre sus posesiones. Entonces recordó vívidamente el carruaje que viajaba hacia París y que estuvo en el patio de la posada en la tercera posta. Hubo cierta confusión, sin que supiese las causas, y luego la extracción del cubo de madera atascado en la cabeza del cochero que conducía el carruaje. Todos fueron a enterarse de la causa del escándalo.
- Eso es cosa de Albert - dijo a Carroll, mientras madame Carroll se levantaba acusadora con una furia y velocidad improcedentes -. Albert armó el escándalo para poder sacar esto del baúl del carruaje. ¡Probablemente se llevó una sorpresa al abrirlo!
Carroll asintió. Miró a su esposa, vociferante y congestionada. La tomó en brazos y se la llevó, mientras la mujer pateaba y gritaba, metiéndola en la cocina. Harrison le vio subir las escaleras. Oyó también un portazo. El chasquido de una cerradura. Carroll volvió a bajar.
- George - dijo al tembloroso Dubois -, ¿puedes decirme la fecha?- Miró por la ventana -. Incluso la hora es distinta - comentó a Harrison -. Tiendo a olvidarlo. Al otro extremo del túnel amanecía. ¡Cámbiese, Harrison! ¡Tenemos que coger el autobús de París!
Empezó a quitarse sus ropas del siglo XIX. M. Dubois, tembloroso, le ayudó a buscar las prendas del XX. Sacó también los vestidos de Harrison. Carroll dijo con deferencia:
- ¿George, qué es lo que hacen los chinos? ¿Ya han bombardeado Formosa?
M. Dubois se quedó boquiabierto. No podía imaginarse nada más improcedente… con su hermana furiosa y como loca, y gritando y pateando en el piso superior. Esa pregunta interesándose por cuestiones políticas en el Lejano Oriente era insólita.
- ¡Mi… hermana - dijo tembloroso-, temo por su salud! ¡Está… muy apenada…! ¡Ha estado aguardando ansiosamente recibir la mercancía de… donde yo compro el género para la tienda! ¡Está fuera de sí! Temo…
- Nos vamos a París - le dijo Carroll -. ¡Escúchame, George! Quizás vuelva esta noche, si alguien queda vivo. Luego devolveré a mi esposa hasta el último céntimo que me quede de dinero. ¡Escucha! ¡Devolveré… a… mi… esposa… hasta… el… último… céntimo… que… me… queda…! ¡Dile esto! ¡Dile que he gastado sólo parte del dinero! ¡Que le devolveré casi toda la suma que saqué del banco! ¡Estará furiosa, pero seguirá siendo una mujer rica y lo sabe! ¡Y sin mí no se habría enriquecido! ¡Voy a volver a cruzar el Túnel y quizás… es una posibilidad… todo seguirá como antes, excepto que yo viviré en el París de 1804 y te enviaré las mercancías que quieras para la tienda y que tú no tendrás que cruzar más el Túnel… y ella vivirá más próspera que nunca anteriormente!
M. Dubois se aferró a esa debilísima esperanza de calmar a su hermana.
- Eso… eso sería admirable - dijo aún temblando -. Pero, hasta que ocurra…
- Ella tendrá un genio infernal… ¡Claro! - Carroll buscó en los bolsillos del traje contemporáneo -. ¡Maldición! ¡Me los vació ella! ¡Por suerte metí mi dinero en otro banco! ¿Harrison, tiene usted dinero moderno para pagar el billete del autobús a París?
Un poco más tarde abandonaron la casa. Harrison recordó haber advertido que Pepe y Albert tenían que llegar todavía, probablemente dentro de doce horas. La ciudad de St. Jean-sur-Seine parecía notablemente familiar, porque su aspecto era semejante a ciertas partes del París de 1804. Habían modificaciones de detalles, tales como farolas callejeras, pero resultaba muy similar, triste, sin atractivo y también sin estropear.
El autobús aguardaba, con el motor en marcha. Harrison compró un periódico. La China continental había consentido en retrasar el bombardeo de Formosa. Decían hipócritamente que no admitirían cambio en su exigencia por la rendición, pero si el pueblo de Formosa prefería levantarse contra sus criminales gobernantes burgueses, el gobierno continental les concedería tiempo razonable para la rebelión. En efecto, ofrecían considerar con mayor amabilidad a la gente de la isla si antes de rendirse mataban a todos los que antagonizaban con los continentales. Darían un plazo de gracia de cinco días para que tuviesen lugar los asesinatos sugeridos…, si los posibles asesinos lo pedían de manera adecuada.
El resto de las medidas se refería a negociaciones, con rotundas afirmaciones del presidente de Francia, con los debates de las Naciones Unidas, la notable negativa de algunos países africanos de unirse a la protesta de estas Naciones Unidas, etcétera. Pero no era la historia en exclusiva que ocupaba la primera página. Había habido un incendio y con mucha elocuencia editorial se describía la destrucción de aquel antiguo edificio de madera en la Rue Colbert que era apreciadísimo por todos los franceses, porque allí vivió Julie d'Arnaud, la amante de Carlos VII de Francia. Se le consideraba como la construcción de madera más antigua que aún permanecía en pie en París y su techo había resistido las lluvias y tempestades de seiscientos años. También venía, en una página interior, una editorial acerca de la tragedia, para Francia, de que la amenaza china al resto del mundo se produjo a través de un científico francés, huido primero a Rusia y después a China. Pero Carroll no leyó esa editorial. Fue una desgracia. Citaba el nombre del francés.
Carroll se ocupó sólo de leer las noticias nucleares. Dejó el periódico a un lado.
- Será mejor que convierta en efectivo su carta de crédito - observó mientras el autobús seguía su marcha -. Si tenemos que pasar meses, posiblemente trabajando para el futuro desde el pasado donde estaremos, no será agradable tener que buscar empleo allá, en el XIX. No sé si le dije que había visitado a Gay-Lussac, el químico. Ese hombre imagina grandes cosas para la química. Claro, no cree que jamás se puedan sintetizar los compuestos orgánicos, pero tiene una idea de que las piedras preciosas algún día sí se podrán sintetizar. Está muy esperanzado en lo tocante a los diamantes artificiales.
Harrison continuaba pensando ansiosamente en Valerie. Dijo, distraído:
- Creo que ya se ha hecho.
- No en el caso de gemas - contestó pesaroso -. Si pudiésemos llevar unas cuantas al pasado…
Algo chasqueó en el cerebro de Harrison. La parte que había puesto a trabajar en lo de hacer dinero emitió un clamor que apagó al resto. Se quedó mirando con fijeza por la ventanilla del autobús. Si el universo no estaba especialmente diseñado para que viviesen en él los humanos, entonces aquellos campos serían de fino polvo o de barro, con árboles escuálidos y desnudos, con gestos congelados por encima del mundo en el que ya no había ni una porción verde. Las casas que los hombres construyeron serían dominadas por los vientos del desierto, que soplarían enloquecidos aquí y allá. Eventualmente se desmoronarían, pero no se pudrirían porque ya no quedaría viva ninguna bacteria que se pudiese alimentar en sus residuos. Habrían amaneceres y ocasos sin ojos que los contemplasen y sonarían los rumores del viento y de la lluvia y del trueno, pero no habría oídos que los escucharan.
Se volvió lentamente desde la ventanilla.
- Rubíes sintéticos - dijo -. Zafiros sintéticos. Esa es la solución. ¡A unos céntimos el quilate! Son rubíes y zafiros reales. Verdaderos. Simplemente no son naturales. ¡Y también hay ópalos cultivados! ¡Verdaderos! No son naturales. Son cultivados.
Carroll dijo con malicia:
- ¡Sospecho que a mi mujer jamás se le ocurrió pensar en eso! Sí. Conseguiremos unos cuantos. Pero no para comerciar. Sólo en caso de emergencia. No me importa que Albert robe, está en su naturaleza. Pero siento una ligera objeción moral que me prohíbe actuar como un comerciante.
Harrison no hizo comentarios. Sus pensamientos volvieron a Valerie.
El autobús llegó a París. Harrison fue hasta la oficina de la agencia Express. Adquirió a cambio de su carta de crédito varios fajos de billetes. Tomó un taxi para que le llevase a la tienda de «Carroll, Dubois et Cie.» Las calles seguían siendo las mismas. Había una barrera cruzando la parte frontal de una escena de destrucción causada por un incendio. Era aquella casa antiquísima de madera, antaño ocupada por la amante de un rey olvidado. De una flaca viga carbonizada pendía una forma metálica peculiar y reluciente. Era como un carámbano de hielo, excepto que en este caso se trataba de plomo del tejado solidificado tras fundirse.
Harrison vio carteles en los kioscos de periódicos. Rusia ofrecía una alianza con Occidente. La India meditaba un pacto de no agresión con China. Les Etats-Units anunciaban que el bombardeo de Formosa sería considerado como un acto bélico. Inglaterra intentaba negociar una fórmula de compromiso. Francia advertía al mundo que utilizaría el átomo en su propia defensa. Los países escandinavos se unían a Suiza proclamando su inalterable política de neutralidad. Alemania Occidental pedía bombas atómicas para su defensa. Pero la gente no se amontonaba para comprar periódicos. El público estaba acostumbrado a las crisis.
El taxi de Harrison se detuvo delante de la tienda. Había dentro un cliente de cierta edad. Charló amable e interminablemente antes de comprar un ejemplar del Moniteur del 20 de marzo de 1804. Mencionaba a su tatarabuelo. Confió alegremente que lo pondría amarillo con café y que envejecería su tacto con una plancha de hierro caliente y que lo pondría en un marco para que sus descendientes lo considerasen original.
Se fue, sonriendo para sí, y Harrison actuó como haría cualquier novio que no ha visto a su amada durante toda una larga semana.
En seguida explicó la situación. Valerie le sonrió y objetó que era preciso mantener abierta la tienda. No podía abandonar París. Harrison extendió el periódico y destacó que París probablemente no existiría más que un limitado número de días. Valerie le permitió besarla y dijo pesarosa que su tía se pondría frenética si se perdía dinero cerrando la tienda un solo día.
Cuando Carroll apareció al oscurecer, Harrison se encontraba en una situación altamente inestable. Valerie quería hacer lo que la pedía, pero estaba alarmada. Trató de cambiar de conversación. Le dijo que había presenciado parte de la conflagración cuando ardió el más antiguo edificio de madera de París. No quiso escucharla. Era preciso que la muchacha fuese a St. Jean-sur-Seine y cruzase el Túnel.
Pero la llegada de Carroll resolvió el problema. Carroll explicó que, aunque Harrison no estuvo presente en aquel momento, su tía deseaba que Valerie fuese de inmediato a St. Jean-sur-Seine para recibir instrucciones acerca de la tienda. Era, claro, una burda mentira. Harrison no se veía capaz de mentir a Valerie… por lo menos, todavía no, pero sintió pocas ganas de contradecir tan útil engaño.
Tomaron el autobús que salía de París a las siete en punto. Llegaron a St. Jean-sur-Seine. Valerie cumplidamente entregó a su tía la recaudación de la tienda. Madame Carroll se retiró con ella, inmediatamente, para contar el dinero y exigir informes precisos y detallados de cada transacción y venta.
Pepe y Albert llegaron más tarde, de 1804. Pepe estaba de nuevo dominado por una pasión de desesperada ansiedad. Los periódicos que Carroll había traído de París no eran tranquilizadores en lo más mínimo. El tono de todas las noticias recientes sugería que se presentaba otra crisis; una crisis grave y realmente abrumadora. Pero cada diario encontraba sitio en la primera página para una crónica acerca de la destrucción de la residencia de la amante de un rey fenecido tiempo atrás. Nadie afirmaba que la historia podía estar a punto de terminar. Que la raza humana se encontraba al borde de la extinción y que eso, por tanto, demostraría que el universo no estaba diseñado para que viviesen los seres humanos, porque iban a dejar de vivir en él. Pepe leyó y se puso al borde de las lágrimas. Tenía una abuela que vivía en Tegucigalpa, pero ese lugar no sería seguro para ella, como tampoco lo sería ningún otro sitio de la Tierra.
- Vi a tu antepasado - le dijo Harrison -. Le proporcioné perfume para tu tatarabuela.
No se le había ocurrido contárselo antes a Pepe. Pero Albert se interpuso cuando Pepe deseaba hacer una serie de preguntas más mórbidas.
- M’sieur, mis ropas de este período…
- Pregunta a Dubois - contestó Harrison -. ¡Alto! ¿Te vas a quedar en esta época? ¿Me refiero en este lado del Túnel?
- M’sieur - dijo Albert con tono sumiso -. Creo que lo haré. Posiblemente nunca haré nada más magnífico que lo que hice en la joyería, como usted sabe. ¡Me puse la corona de Napoleón antes de que se la ciñera el Emperador! Yo me quedaré aquí y meditaré en esa hazaña. ¡Incluso abandonaré contento mi afición! ¡Haré de mis recuerdos un nuevo pasatiempo!
- Lee estos periódicos - le ordenó Harrison -, y si no cambias de idea, tengo un puñado de billetes de banco con el que comprarte cuantas monedas de oro hayas ocultado.
- M’sieur - dijo firmemente -, m’sieur Carroll me explicó a mí lo de la Francia que queda a la otra parte del Túnel, ahora lo comprendo. Desgraciadamente, ahora soy capaz de anticipar los acontecimientos que ocurren allí. Incluso comprendo el intento de usted y de M. Carroll de cambiar el pasado para que el presente sea distinto. ¡Pero eso es impredecible! ¡Resulta imposible deducir a lo que dará lugar! Y yo ya no continuaré con mi afición, pero tendré el placer de observar. Como antiguo saboreador de las sorpresas permaneceré en este extremo del Túnel para ver qué es lo que sucede después. No me sorprenderá lo que ocurra y menos si no pasa nada. ¡Así que me sentiré feliz cambiando mis napoleones por el papel moneda de la moderna Francia!
Vació el contenido de sus alforjas particulares. Las monedas de oro parecían cubrir el suelo. Las amontonó en pilas con indiferencia mientras Harrison contaba los billetes de banco. Albert citó una suma, Harrison la pagó. Todavía le quedaba dinero. Harrison dijo:
- Puedes llevarte esto también.
- No, m’sieur - contestó con orgullo Albert -. Somos amigos. Si usted hace que me devuelvan mis ropas adecuadas para el momento presente, les dejaré y regresaré a mi retiro.
Dubois bajó por la escalera. Parecía precariamente aliviado. Su hermana estaba hablando con Valerie casi con tranquilidad. Incluso había determinado que Valerie llevase en la tienda el traje de mujer de 1804. Daría distinción al establecimiento. Y si Carroll quería residir en la era de Napoleón y suministraba géneros de aquel período, según requiriese la tienda, M. Dubois no tendría que volver a arriesgarse a otra pulmonía viajando por el pasado. M. Dubois estaba casi animoso, porque su hermana se veía menos agitada de lo que estuviera durante los últimos meses.
Devolvió a Albert sus pantalones de pana, la faja y la camisa a cuadros rojos. Albert se vistió y atiborró sus bolsillos con papel moneda. Marchó hacia la puerta. Entonces se detuvo. Regresó para estrechar las manos emocionadamente a Carroll, Pepe y Harrison. Luego, aparentemente de la nada, sacó un pedazo de papel muy doblado. Lo colocó en la diestra de Harrison.
- No lea esto - dijo con aire apurado -, hasta que me haya ido.
Fue rápidamente a la puerta, se volvió para mirarles con ojos húmedos y salió. Oyeron sus pisadas alejarse presurosas.
Harrison desplegó el papel. Toscamente escrito con una pluma en verdad improvisada, se leía:
«Monsieur: Tengo que confesar. Fui yo quien colocó el cubo en la cabeza del cochero y que robó el paquete del coche; más tarde me enteré por el posadero que el caballero de la capa negra era M. de Bassompierre. Luego no me atreví a revelarlo. Temía estropear sus planes. Le ruego me perdone.
Albert.»
Carroll dijo:
- ¡El diablo! ¡Nos perdimos un posible golpe de suerte! ¡Pero ya es tarde para enmendar! De todas formas regresaremos. Póngase sus ropas de 1804, Harrison. Ybarra, usted no tiene que cambiarse. Envuelva esos libros con aquel periódico. El periódico convencerá a de Bassompierre cuando le volvamos a encontrar. ¡Tiene mucho dinero en efectivo, Harrison!
Harrison alzó la vista. Estaba asombrado por lo que acababa de descubrir.
- Albert me dijo lo que le debía y le pagué. ¡Pero calculó los napoleones a seiscientos francos cada uno, en vez de mil doscientos!
- ¡Vaya ganga que le ofreció! - contestó Carroll con sequedad -. ¡Un tipo admirable! ¡Pero cámbiese! ¡Tenemos que ponernos en marcha!
Harrison se cambió. Y pensaba con morbidez que todavía no había logrado que Valerie accediera a adentrarse en el pasado como refugio a prueba de bombas atómicas, cuando la oyó bajar las escaleras del piso superior. Miró con añoranza la puerta de la cocina, adonde desembocaban las escaleras.
Ella cruzó la puerta sonriendo. Miró a Harrison buscando su aprobación. Llevaba el traje robado del carruaje en la casa de postas.
- Ma tante - dijo con indiferencia -, me ordenó que me probase el vestido que llevaré en la tienda. ¿Me sienta bien?
Harrison sólo podía balbucear. La angustia le dominaba. ¡Valerie no debía compartir el desastre que caería sobre la tierra! Recordaba los campos, las ciudades y las carreteras en el camino a París. Se los había imaginado como parecía seguro que serían si los acontecimientos en 1804 no se cambiaban de manera tan definitiva que la realidad pudiera cubrirlos haciendo como si nunca hubiesen existido. Se imaginó que todas las cosas vivas ya no vivían. Que los árboles estaban desnudos, sin hojas. Que la hierba ya no era verde. Que las ciudades estaban deshabitadas. Que toda tierra firme era o polvo inerte o espeso barro; que todos los mares estaban vacíos de vida; que el aire jamás llevaba ya el eco de los cantos de los pájaros o de los insectos, o de nada más a no ser el trueno, la lluvia o el viento y la resaca, que ningún oído podría escuchar…
- ¡Oye! - dijo con voz gruesa -. Cruza el Túnel conmigo, Valerie. ¡Necesito hablarte!
La joven le siguió sin hacer preguntas. Le previno de los síntomas que experimentaría durante el pasaje por el Túnel. Luego se encontraron en la fundición vacía, resonante, llena de ecos, que no existía en el mismo siglo de la casita.
Intentó explicárselo. Ella miró en su torno. Estaba estupefacta. La luz del día se filtraba por las rendijas de las ventanas condenadas de la fundición. ¡Pero en la casita era bien cerrada la noche! ¡Aquí era de día! Explicó la singularidad, dándose cuenta desesperadamente de que lo que la decía no era menos absurdo que lo que ella veía.
Carroll surgió entonces. Llevaba unas alforjas. Las dejó en el suelo. Asintió y dijo:
- Hay una discusión con tu tía, Valerie. Por algún motivo desconocido me siento responsable de ella. Trataré de convencerla de que se nos una. ¡Sólo el cielo sabe la razón!
Regresó por el Túnel y retrocedió hacia el futuro casi dos siglos. Valerie dijo intranquila:
- ¿Pero es éste el sistema que utiliza mi tío para proporcionar mercancías a la tienda?
- Sí, cruza todo esto - dijo Harrison -. Mira…
Intentó explicarlo de nuevo. La joven le puso su temblorosa mano en el brazo. Dejó de explicarse. Habían asuntos más urgentes que las explicaciones. Carroll regresó con más alforjas. Las dejó a un lado y dijo con sequedad:
- ¡Harrison, soy sólo tío de Valerie por matrimonio, pero creo que debería preguntarle cuáles son sus intenciones!
Harrison le juró la honorabilidad de sus proyectos y luego se apresuró a excusarse ante Valerie.
- La guerra ha empezado - dijo Carroll. Pero ante la violenta reacción de Harrison explicó -: No la guerra mundial. No la guerra atómica. Mi esposa está en acción. Le he dicho que quería que viniese por el Túnel porque tengo intención de que Valerie se quede ahí hasta que las cicatrices de la guerra se hayan cerrado. Ella ni se imagina tal cosa. No se ha molestado siquiera en rehusar. Está preparando una completa descripción en detalle de mi lo cura criminal.
Regresó. Valerie dijo temblorosa:
- ¿No crees que… debería ir a tranquilizarla?
- ¿Lo has logrado alguna vez?- preguntó Harrison -. ¡Mira! ¡Va a estallar una guerra atómica! ¡Pero Carroll, Pepe y yo tenemos una débil posibilidad de impedirlo! ¡No sabemos qué le pasará a este lugar, pero deseo que no te ocurra nada a ti! ¡No lo consentiré!
Pepe salió del Túnel llevando unas sacas. Las dejó en el suelo. Dijo apenado:
- ¡Dios mío, si Carroll la convence para que venga…! Hizo un gesto abrumado. Regresó. Valerie habló: -«Estoy» asustada. De mi tía. No… de ninguna otra cosa…
Quizás diez minutos más tarde volvió a aparecer Carroll. Le acompañaba M. Dubois. Este último habló agitado:
- ¡Valerie! ¡Tu tía te ordena que regreses, de inmediato! ¡Está agitada! ¡Está furiosa! ¡Nunca la he visto tan furiosa! ¡Vamos!
Valerie se agitó en los brazos de Harrison. El la abrazó con más fuerza. La muchacha dijo débilmente:
- ¡No… no puedo!
- ¡Pues tu tía te lo exige! ¡Amenaza… amenaza…!
Pepe salió del Túnel con un último paquete. Dijo con cierta aspereza:
- ¡Dice que si m’selle Valerie no regresa de inmediato la repudiará para siempre! ¡No quiere aguantar más este estado de cosas! ¡La abandonará y…!
Carroll intervino con amabilidad:
- Quizás tú puedas calmarla, Georges. Esto es más importante que dejar otra vez que se salga con la suya. Es preferible intentar hacérselo comprender.
Dubois volvió vacilante al mundo del futuro. Casi al instante la voz de madame Carroll les llegó. Era débil y amortiguada a través del paso por el tiempo, resultaba un simple murmullo. Madame Carroll gritaba con la fiereza y la furia totalmente incontroladas de una mujer de mal genio. Su voz sonaba distante, pero aguda. Luego comenzaron a salir volando cosas y caer dentro de la fundición. Eran las ropas del siglo XX que Valerie se había quitado para colocarse el traje que debería utilizarse en la tienda. La voz de madame Carroll chirriaba como la de un fantasma en un arrebato de cólera.
Luego se oyó un sonido peculiar, musical, lleno de ecos. Era como la cuerda de algún arpa increíble, pulsada una sola vez para dejar que el sonido gradualmente muriera. Pareció hacer que todo el suelo en los alrededores vibrase. Los cuerpos vibraron al compás. Todo acabó.
Carroll dio un salto, asombrado y colérico.
- ¡Condenación! ¡Me vio accionar un interruptor para hacer posible el Túnel! ¡Como amenaza lo ha cortado! ¡Y el Túnel se ha desplomado y no se puede construir de nuevo! ¡Estamos atascados aquí!