CAPÍTULO 7

A la mañana siguiente, Harrison despertó y desayunó, mal, a causa de que no había café, y al poco salió en misión comercial. París en 1804 era una ciudad de medio millón de habitantes. No tenía ferrocarriles. Carecía de policía, en el sentido moderno de la palabra. Excepto algunas avenidas determinadas, las calles ignoraban la pavimentación. No tenía farolas; ni electricidad, ni gas, ni petróleo, ni siquiera iluminación pública a velas o a aceite. Suministraban los alimentos exclusivamente carretas de granja, crujientes y cuyos ejes no conocían el engrase en toda su vida, excepto la comida que llegaba bajando por el Sena en barcazas y que era distribuida por carretones increíblemente lentos. No tenía suministro de agua potable. Habían pozos y cisternas y cubos, seguro, pero nadie que pudiese evitarlo bebía jamás agua. La razón era que entonces no se presentaba ninguna objeción para utilizar los pozos con el propósito de ahogar perritos y animales por el estilo y casi toda el agua de pozo era increíblemente maloliente y sucia.

Ni siquiera en París habían autobuses tirados por caballos, la ciudad carecía de alcantarillas. Sus calles no tenían indicadores, porque sólo una pequeña parte de la población sabía leer y escribir y los carteles hubieran sido del todo inútiles. En todo aquel extenso manicomio no había ni siquiera un albañal, ni ningún modo práctico de hacer fuego como no fuese el eslabón y el pedernal. Tampoco habían sellos de correos en toda Francia y el tejido de algodón resultaba prácticamente desconocido. Toda la tela era de lino, de lana, o, raras veces, de seda. En el planeta entero nadie había concebido otra forma de energía que no fuese la hidráulica o la de tracción animal, excepto en Holanda, donde algunas personas obtenían movimiento de los vientos mediante los chirriantes molinos. En toda Francia, sin embargo, cada caballo de fuerza de energía utilizable, excepto los molinos hidráulicos, estaba proporcionado por una cabalgadura y sólo tres personas vivas entonces habían logrado concebir un navío de vapor, y una de ellas vivía a la otra parte del océano, en América.

No parecía que tal ciudad pudiese existir en un cosmos en el que los seres humanos tenían intención de sobrevivir. Los hombres habían inventado las ciudades, en apariencia, con algo de la invencible y equívoca tozudez que en la era propia de Harrison les había hecho construir bombas atómicas. Parecía que a través de todos los siglos la humanidad trataba inquieta de preparar su propia extinción. Era difícil pensar de París como algo que no fuese un vasto mecanismo para el desarrollo y la propagación de enfermedades. El coeficiente de mortalidad era increíble por lo alto. La ignorancia de las prácticas higiénicas resultaba inimaginable. Y en una ciudad cuyos barrios más aristocráticos estaban invadidos por enjambres de moscas, la idea de prevención de las enfermedades no existía y el lavado del rostro y del cuerpo se hacía por razones cosméticas solamente. Nadie, ni siquiera los cirujanos, soñaban en lavarse para cumplir con la más abstrusa idea de limpieza. Los barrios pobres eran como cubiles de bestias y sus habitantes tendrían mucho de la cualidad del medio ambiente que les rodeaba.

Pero aún así, las cosas eran mejor que en los viejos tiempos. Hubo una época en que se decía que París podía olerse viento a abajo a treinta leguas. Ahora apenas se podía detectar a más de quince, pero para Harrison la mejora no era perceptible.

Dejó la posada con Albert siguiéndole, llevando al hombro las alforjas de Dubois. Harrison veía como los ciudadanos de París iban a sus asuntos. Algunos eran recios, bien alimentados y complacientes. Otros parecían como halcones por lo flacos, que era respuesta razonable al estado de cosas de aquel tiempo. Habían mendigos, habían niños efectuando el trabajo de basureros. A juzgar por su aspecto famélico, no era una ocupación remunerativa.

Los dos, Harrison y Albert, marcharon casi sin decir palabra desde el barrio de la clase media en el que se alzaba la posada hasta un distrito de la clase media superior, en donde no se veían establecimientos hoteleros. Aquí la gente iba mejor vestida. Se veían menos mendigos. La mendicidad no es un oficio remunerado allá donde la gente vive bien. En algunas esquinas existían piedras en la calzada para cruzarla. Al poco llegaron a una calle más amplia que las corrientes. Tenía la superficie empedrada, lo que constituía un hecho notable.

- Esto - dijo Harrison por encima del hombro, ya que Albert le seguía respetuosamente detrás, como todo sirviente -, esto es, probablemente, la calle que buscamos.

- Pues, sí, m’sieur - dijo Albert animoso -. París ha cambiado mucho desde que lo vi la semana pasada, pero creo que se trata del Boulevard des Italiens. El perfumista que usted busca debe tener su tienda en esa dirección.

Señaló con la mano. Harrison aceptó la indicación. Giró hacia allí, Albert siguiéndole como antes. Un carruaje grande y recio, tirado por cuatro caballos, bajó atronador por la calle. Iba acompañado por jinetes, criados con librea preparados para defenderlo contra los granujas en el crudo medio ambiente del exterior de la metrópolis, o para apartar cualquier tráfico que se interpusiese en el camino del vehículo. Habían otros jinetes en la calle. Los cascos sonaban al golpear en las piedras del suelo. Había una silla de manos, ocupada por un hombre barbudo, con cuello de encaje. Estaba…

Harrison dijo de pronto:

- Albert, acabas de afirmar que París ha cambiado.

- Sí, m’sieur, es muy diferente, en realidad.

Harrison le preguntó, con una especie de áspera curiosidad.

- ¿Cómo lo explicas? St. Jean-sur-Seine, en este lado del túnel de m’sieur Carroll, es muy diferente también. ¡Debes pensar en alguna pequeña explicación!

Tenía a Albert detrás, pero, en cierto modo, adivinó que el ladronzuelo se encogía de hombros.

M’sieur, usted sabe que fui ladrón de profesión. Yo dije que me he retirado, excepto en momentos estrictamente de aficionado. Pero estoy profesionalmente jubilado, m’sieur, y puesto que no necesito luchar más tiempo contra la competencia, he adoptado una afición como pasatiempo. Lo extraño de que usted me habla encaja admirablemente con tal afición. Si usted piensa que debe explicarme todo este asunto, le ruego que no lo haga.

Harrison parpadeó. Continuó la marcha. Albert le seguía. Un grupo de quizás una docena de jinetes vino calle abajo, los cascos de sus caballos armando un fuerte estrépito. El uniforme de los caballeros era lujoso, pero sucio y desplanchado. Evidentemente los trajes de gala se utilizaban también como equipo de trabajo.

- Cuando me retiré, m’sieur - dijo confortablemente Albert -, resolví que cambiaría todo lo que no me gustó de mi vida de ladrón. Para conseguir el éxito, comprenda, tenía constantemente que planear, que anticipar, que prever. ¡Nada hay más fatal para un ladrón que verse sorprendido! ¡Debe anticiparse a todo!

- Lo comprendo - dijo Harrison. Una trompa de cuerno sonó. Nadie hizo el menor caso.

- Por eso mi afición como jubilado - continuó Albert -, en lugar de evitar sorpresas, me hace buscarlas. Me he convertido en un aficionado… un degustador de sorpresas. Empiezo a vivir una vida de aventura, tal como me lo impedían las exigencias de mi profesión. Cada mañana me diré a mí mismo: «Albert, en cualquier instante podrá ocurrir cualquier cosa improbable». Y ese pensamiento resulta delicioso, pero, por fortuna, no es del todo cierto. ¡Resulta terriblemente difícil prepararse sorpresas uno mismo! Pero cuando Carroll me llevó por primera vez a través de su túnel… Ah, ¡estaba aterrorizado! Pero me obligué a recorrerlo de nuevo. ¡Cualquier cosa que ocurriese terminaría en una sorpresa! ¡Y así fue! Me sorprendió el extraño St. Jean-sur-Seine que encontré. Me sorprendieron los trajes, los habitantes, cuando no pude regresar, cuando usted me llamó, cuando M. Carroll me compró las monedas de oro que yo había adquirido. ¡Todo era asombroso! Mientras no tenga explicación para este milieu, m’sieur, encontraré sorpresas. ¡Puedo decir que es sorprendente descubrir lo que es prácticamente un paraíso para un ladrón competente! ¡La gozo con todo esto, m’sieur Harrison! Lamentaría infinitamente ser capaz de anticipar los acontecimientos aquí, como no se puede evitar hacerlo en el St. Jean-sur-Seine del otro lado del túnel de M. Carroll.

Cincuenta metros por delante, un peatón, con librea, sostenía las riendas de dos caballos. La librea era elegante. Harrison se había fijado en otros sirvientes uniformados, pero todos parecían claramente franceses. Aquel era distinto. A Harrison le recordaba las pinturas de Goya. Dedujo origen español al atuendo del lacayo.

M’sieur - dijo Albert tras él -, ahí está la casa del perfumista.

Los caballos se encontraban delante de la tienda que buscaban. Harrison asintió y se adelantaron. Entró en el establecimiento.

No era un comercio corriente. Parecía un salón para recibir a personas de alcurnia. Habían alfombras, cuadros. Una escultura y cortinas de seda. Pero era una tienda, porque un hombre vestido como un burgués acomodado escuchaba pacientemente mientras otro individuo de pelo negro, con traje de montar, le reñía fríamente por no haber logrado cumplimentar cierto pedido. El hombre moreno con altivez contenía su cólera, pero en un francés con acento español estaba haciendo pasar un mal rato al perfumista.

- Pero, m’sieur Ybarra - decía con educación el comerciante - la propia emperatriz envió a un sirviente para asegurarse todo el perfume especial que yo poseía. ¡Lo desea exclusivamente para sí! ¡No podía negarme a obedecer su orden! ¡Pero cuando llegue más…!

- No tengo por costumbre discutir con un mercader - dijo con frialdad el hombre moreno-. ¡Pero sí digo esto! ¡La señora Ybarra ordenó que le proporcionase ese perfume especial! ¡Y usted obedecerá o mis lacayos le harán arrepentirse de su fracaso!

Harrison se había sobresaltado un tanto al oír el nombre de Ybarra pronunciado por el perfumista. Un segundo impulso le hizo mirar con fijeza a aquel individuo. Había un cierto parecido familiar entre el cliente de la tienda y Pepe.

- Perdón - dijo con educación -, pero quizás pueda resolver esta dificultad.

El hombre moreno le miró altivo. Harrison se dijo a sí mismo que este arrogante joven era el posible tatarabuelo de Pepe. Resultaba una sensación rara. Habló con tono plácido.

- Viajo por Francia por placer - eso no era cierto, pero difícilmente podría explicar su verdadero propósito -, y hace unos pocos días me detuve en una posada…

Contó la historia que ya tenía preparada de antemano. Dijo que había encontrado a un pobre diablo de mercader en la posada, estornudando, con dolor de cabeza y en lamentable estado después de un encuentro con los bandidos. Tuvo que esconderse en un río para escapar y volvió a la posada con su preciado género, pero aún seguía temeroso de que los ladrones le atacasen solamente para saquearle. Así que le había rogado a Harrison, como caballero a quién los bandoleros dudarían en robar, que llevase su tesoro a París, en donde estaría a salvo.

- Su tesoro, según me dijo -añadió amistoso Harrison -, era perfume. Quizás…

El perfumista miró con fijeza las alforjas. Albert se las entregó y se retiró respetuosamente contra la pared.

M’sieur, ¿se llamaba Dubois, el comerciante?

- Es probable - contestó Harrison -. Me parece que sí. Era un hombre bajito, regordete y triste.

- ¡Ah, m’sieur Ybarra! - exclamó el perfumista -. ¡Esto es providencial! Permítame que me asegure. -Abrió las alforjas y olisqueó rápidamente un frasquito tras otro -. ¡Pues sí! ¡El perfume que madame la Emperatriz ha elegido exclusivamente para sí! - Se volvió a Harrison -. ¡M’sieur, mi agradecimiento no tiene límites! ¡Ahora podré servir a m’sieur Ybarra hasta colmar sus deseos! ¡Le ruego que me cite algún modo en que pueda mostrarle mi gratitud por su condescendencia con este Dubois!

Harrison contestó suavemente:

- Sería feliz si proporcionase a M. Ybarra lo que desea. Pero, con sinceridad, estoy muy ansioso de conocer a un tal M. de Bassompierre. Si entre sus clientes…

El hombre moreno, el antepasado de Pepe, dijo con dignidad:

- Yo le conozco. Ha estado en París. Ahora no está aquí. Espero verle dentro de una semana.

El corazón de Harrison le dio un vuelco al principio de la afirmación. Luego se sintió amargamente desalentado. El perfumista le miró con agudeza antes de ofrecer con tacto a Ybarra lo que prefiriese del contenido de las alforjas. Se le ocurría a Harrison, a pesar de su desencanto, que el deseo del comerciante por vender el perfume especial de la Emperatriz a otra persona procedía del hecho de que Josefina compraría ansiosa toda su existencia, pero pagar era otra cuestión.

Ybarra, con enorme dignidad, ordenó que todo el perfume de la Emperatriz fuese entregado a su esposa. Madame… la señora… Ybarra se mostraría satisfecha. Añadió con descuido que su mayordomo tenía órdenes de pagar el precio en oro, contra entrega. Lo que era una muestra de grandeza. El oro era un tesoro en París a causa de la guerra inglesa. Antes de marcharse, aseguró profundamente a Harrison que informaría a M. de Bassompierre que M. Harrison de les Etats-Units deseaba urgentemente hablarle.

Se fue, pero antes de que Harrison pudiese hacer lo propio, el perfumista le hizo un gesto suplicándole que se quedara.

M’sieur - dijo cálidamente -. Estoy profundamente en deuda con usted.

- Entonces puede darme un recibo - contestó Harrison con amabilidad.

- ¡Pues, claro! - El perfumista redactó el recibo con una pluma de ave -. Y le pagaré la mercancía…

- Cuando Dubois venga a cobrar, páguele - dijo Harrison. No quería participar en ninguna transacción comercial de madame Carroll -. Yo no me dedico a ese negocio.

El perfumista reflexionó. Luego habló con el máximo cuidado.

- Usted deseaba conocer a m’sieur de Bassompierre.

¿Todavía no ha presentado sus respetos al embajador americano?

Cuando Harrison negó con la cabeza, el perfumista dijo, todavía con mayor cuidado:

- Le sugiero que haga eso, m’sieur. Quizás le dé algún valioso consejo.

- ¿Acerca de la reputación de M. de Bassompierre? El perfumista se encogió de hombros.

- Estoy en deuda con usted - repitió-. Simplemente le ruego que visite al embajador americano. No quiero decir nada más.

Hizo una reverencia. Harrison salió. En la calle dijo a Albert:

- El hombre que queremos encontrar tiene tan mata reputación que incluso un comerciante me dice que es mejor que haga preguntas sobre él antes de llegar a conocerle. ¡El muy diablo!

Hizo el mismo comentario a Carroll cuando regresó a la posada, cerca de la puesta del sol. Por aquel tiempo se sentía deprimido. Estaba impaciente con la desesperación por hacer algo acera de de Bassompierre. Comprendía que, dentro de una semana, casi cualquier minucia en el estado de cosas de este período podía producir catástrofes en su propia era… y en la de Valerie.

- Dentro de una semana - dijo Carroll consolador -, tendremos que trasladarnos a una dirección más respetable y sobornar al criado de Ybarra para que nos indique cuándo vuelve de Bassompierre. Harrison, hoy disfruté.

Harrison habló inquieto, sin prestar atención.

- Una semana… cualquier cosa podría ocurrir en una semana, allá de dónde vinimos. ¡Un cambio de la historia entre el ahora y el tiempo en que hemos nacido!! ¡Ya ha cambiado por lo menos dos veces y en cada ocasión ha recuperado su ser antiguo, pero…!

- Me ocupo de eso - contestó Carroll con suavidad -. ¡Empiezo a creer que puedo manejar a de Bassompierre! ¡Pero todavía deseo descubrir lo del otro túnel del tiempo! ¡Mire, Harrison, visité hoy a Cuvier, el naturalista! ¿Qué nombre cree usted que le di como presentación?- sonrió-. ¡Dije llamarme de Bassompierre! ¿No ve usted la intención?

Harrison le miró, abrumado. Carroll sonrió más ampliamente.

- ¡Piense! Cuvier me recibió, un tipo espléndido, recio, de barba gris, con un magnífico sentido de su propia importancia. ¡Mi nombre era de Bassompierre! Le felicité por su eminencia. Le dije que llevaba viajando varios años, pero que a mi regreso a Francia sólo oí hablar de su fama. Indiqué que nadie daba importancia especial a Napoleón, comparándolo con Cuvier. Se esponjó. Se iluminó. Comenzamos a hablar de historia natural. Discutimos la recapitulación de las formas primitivas en el embrión en desarrollo. Hablamos de la metamorfosis de los insectos. ¡Pasamos un rato infernal, Harrison, por lo divertido! A pesar de mi desilusión y desgracia, nací para ser profesor de colegio, de Universidad, y hablamos de majaderías. ¡Causé una estupenda impresión en Cuvier! ¡No me olvidará! Dije que planeaba ir a los Estados Unidos para estudiar los pieles rojas. Casi me rogó que me quedase aquí y que conociese a sus confrères

Harrison interrumpió con estridencia:

- ¡Pero, fíjese… eso… eso…!

- Eso - continuó con tono amistoso Carroll -, significa que el real de Bassompierre será puesto de patitas en la calle de manera inicua si alguna vez intenta conocer a Cuvier. ¡Cuvier ya conoce a M. de Bassompierre! ¡A mí! No consentirá que nadie más utilice ese nombre. Mañana visitaré al Marquis de La Place, nosotros le llamamos Laplace. Hablaré de astronomía y le halagaré un poco. Cuando haya terminado, cualquier cosa que el auténtico de Bassompierre intente comunicar a un hombre tan instruido, será rechazada con indignación. ¿Comprende?

Harrison dudaba. No se sentía cómodo en la intriga. No podía calcular la efectividad de una conducta indigna. Pero, hasta ahora, sus propios esfuerzos no habían dado resultado. Por lo menos Carroll conseguía hacer algo. Estaba desacreditando por anticipado a de Bassompierre. Quizás por eso él, Harrison, encontró aquella dinamita intelectual de la Bibliothèque Nationale completamente olvidada. ¡Quizás este truco de Carroll impidió que las cartas de Bassompierre causaran el menor efecto!

Pero todavía existía el otro túnel del tiempo que descubrir a través del cual de Bassompierre consiguió la información que trataba de diseminar antes del adecuado tiempo.

Cedió. Conocía la frustración y la necesidad de tener paciencia. Y se sentía en extremo preocupado por Valerie. Ahora estaría imaginándosele en toda clase de peligros. Pensaría en bandidos y enfermedades, en durezas e infecciones. Quizás supiese que en este período se consideraba saludable que todo el mundo tuviera la viruela; como en fechas posteriores cada quisque sufría el sarampión. Estaría preocupada.

Es típico del varón romántico creer que la chica que adora sólo se preocupa por él. Las muchachas, a su vez, están convencidas que los jóvenes románticos sólo se interesan por ellas. Tienen razón. Harrison, por ejemplo, no temía la posibilidad de la guerra atómica en el tiempo del que provenía. La perspectiva le era tan familiar que no le molestaba en absoluto. De cualquier forma, nada sabía de una alerta amarilla producida por el fracaso de las radios de dos aviones supersónicos de pasajeros ocurrido simultáneamente. Jamás había oído hablar de contraataques casi lanzados porque una enamorada ballena macho salió del agua de un salto para impresionar a su dama ballena en la costa atlántica de Norteamérica. El radar había informado que la ballena era un posible submarino lanzador de cohetes y que se encontraba muy cerca.

En realidad, si la situación hubiese quedado sin resolver sólo durante cinco minutos más, el resultado habría sido una catástrofe ilimitada. Pero Harrison no pensaba en tales cosas. Se preocupaba porque Valerie estuviese preocupada por él y sudaba de angustia cuando se le ocurría pensar que la muchacha pudiera sentir un ligero mareo y encontrarse en un presente cambiado en el que aparecía casada con otra persona. Y que, luego, tal presente no cambiase para volver a su primitivo presente.

Como era de suponer, claro, un avión marítimo en patrulla había dejado caer una bengala en donde el informe del radar indicaba la posible situación del submarino. Fotografió los amoríos de las dos ballenas. Así lo informó. Y un avión de la patrulla Ártica interceptó uno de los mudos, pero adecuadamente iluminados aviones de pasajeros por encima del océano e hizo unas pasadas junto a él cuando no respondió a las señales de radio. El avión de patrulla le condujo de regreso a su aeropuerto de partida. Y el copiloto del otro avión mudo encontró un cable suelto en el equipo de su aparato y lo arregló y ya no hubo más condición de alerta amarilla.

Todo el asunto finalizó con una ponderada alabanza de los altos jefes militares al espléndido espíritu de eficacia al responder hombres y aviones a una emergencia supuesta, etcétera y etcétera. Así terminó el incidente.

Valerie ni se enteró siquiera. Su tía estaba en St. Jean-sur-Seine, cuidando a M. Dubois y la muchacha se veía por completo al frente de la tienda. No tenía nada que la preocupase, excepto una discrepancia de veintidós francos en el arqueo de la caja. Eso no era excesivo. Valerie realmente se preocupaba sólo de Harrison.

Y el resto del asunto del Túnel del Tiempo continuó de una manera típicamente irrisoria. Sólo cosas vulgares sucedían a las personas comprometidas, pero sucedían por razones evidentes. Había también algo inevitable en los diversos accidentes, como si el cosmos en realidad hubiese sido diseñado para que viviesen las personas y fuese posible sobrevivir a pesar de los serios esfuerzos de éstas para todo lo contrario.

Naturalmente, entonces, la vida de Harrison era una mezcla de lo impredecible y lo aburrido. Continuaba en 1804. En París. Se veía y se dejaba ver en convenientes lugares públicos y se le aceptaba con indiferencia como un viajero americano que debía ser rico para venir de un lugar tan remoto y salvaje como les Etats-Units. Mantenía alerta sus oídos con ansia febril en espera de alguna débil pista que ampliase la información que del siglo XX había trascendido al XIX. Si tal filtración se podía descubrir, entrañaría la existencia y el funcionamiento de otro túnel del tiempo.

La única cosa sospechosa fue que los chistes contados en los Estados Unidos casi doscientos años después, fuesen los mismos narrados en esencia en la Francia de Napoleón. Pero probablemente seguirían siendo idénticos un siglo más tarde y continuarían provocando carcajadas.

Carroll se lo pasaba mejor. Visitaba a destacados científicos. Se presentaba como M. de Bassompierre, que regresaba a Francia después de un largo viaje y que se mostraba lleno de reverencia hacia los hombres sabios de la época. Discutió de matemáticas con Lagrange y el hecho de haberse especializado en análisis estadístico le convirtió en un notable y maravilloso visitante perfectamente acogido con agrado. Habló de electricidad con Ampère y se llevaron tan espléndidamente que el francés le hizo quedarse a cenar y charlaron de los recientes descubrimientos hechos por M. Faraday en Inglaterra.

- He tenido cuidado - dijo a Harrison con satisfacción en la quinta noche de su estancia en París -. No les he dicho nada que no conociesen ya. Pero comprendo lo que les impulsa. Cuando dicen algo, sé lo que pretenden decir. ¡Y es patético ver lo agradecidos que se muestran ante la admiración de alguien que comprende sus méritos para ser admirados!

- Voy a enviar a Albert para que haga un trato con el criado de Ybarra - anunció Harrison intranquilo -. De Bassompierre debe estar de vuelta en la ciudad dentro de un día poco más o menos. - Añadió -. No puedo evitar preocuparme por Valerie. Siempre existe la posibilidad de que suceda otro resbalón del tiempo. ¡Lo sé! Hay un módulo de elasticidad en los acontecimientos históricos. Se pueden estirar, de hecho tanto como creen los historiadores, mas luego volverán a su posición primitiva. ¡Pero también tiene que haber un límite elástico, y si se les estira lo bastante, quizás ya no vuelvan a la normalidad! ¡El tiempo permanecerá estirado! Estoy pensando que podríamos volver y descubrir…

Hizo un gesto de impotencia. Todo lo que había ocurrido o que él hiciese fue casualidad o sentido común y se carecía de toda sensación de finalidad, de consecución. Ahora resultaba penoso simplemente sentarse y esperar a que el destino del mundo que conocía quedara decidido por algo que todavía no podía haber realizado.

Albert, sin embargo, parecía disfrutar de la vida. En ocasiones acompañaba a Carroll o a Harrison cuando iban a alguna parte que requiriese el acompañamiento de un lacayo. Una vez Harrison fue al teatro y vio a Thalma representando una traducción y refundición de la Escuela del Escándalo. Nadie mencionó su origen inglés. Harrison pensó que exageraba intolerablemente su actuación. En otra ocasión vio al Emperador, en un carruaje abierto, con una escolta de caballería, marchando como loco a no sabía qué lugar. Indudablemente vio otras figuras históricas, pero nadie se las identificó y él no las conocía. Que es lo que suele ocurrirle a cualquier forastero en cualquier ciudad. Pero eso no le divertía. Sólo Albert tenía el aire de quien ama la vida que lleva.

En una ocasión Harrison le preguntó, casi con envidia, si este París del otro lado del túnel seguía pareciéndole tan divertido como al principio. Albert se apresuró a responder:

- Ah, m’sieur, debía ser usted un ladrón retirado para darse cuenta de que sí lo es. ¡Las cerraduras son de una época primitiva! ¡Las cajas fuertes, igual podrían estar hechas de madera! ¡De tener una carreta, y no estar retirado, podría llenarla de cosas de valor sin correr ni pizca de riesgo!

- Mira, Albert - dijo Harrison con firmeza -. No puedes robar aquí. No podemos arriesgarnos a nada por el estilo. Nuestra misión…

Albert contestó con tono de reproche:

- ¿Pero no le confesé que estoy retirado? Claro que mi primera visita al St. Jean-sur-Seine de este lado del túnel… ¡comprenda, m’sieur! ¡Fue una emergencia! Necesitaba documentos de identidad. ¡Pero he actuado aquí sinceramente como aficionado! ¡Sería indigno aprovecharse! Estas cerraduras infantiles, esas prehistóricas cajas fuertes… ¡Me daría vergüenza! ¡Sólo he tenido una verdadera tentación desde que llegamos, m’sieur Harrison!

Harrison le miró con recelo.

- ¡Resístete a ella! - le previno -. ¡Podrías estropearlo todo! ¡Y la tarea que M. Carroll y yo tenemos que realizar es tan importante que no sé cómo recalcarte la necesidad de llevarla a cabo! ¡No nos podemos arriesgar a latrocinios aquí, Albert!

- Pasó el peligro - contestó Albert -. Cedí a la tentación dos horas después de las doce de la noche pasada. ¡Estrictamente como aficionado, m’sieur! ¡Todo ha terminado! ¡No me reproche! ¡Conseguí lo que ningún hombre de mi antigua profesión ha logrado en toda la historia! Una vez hubo un coronel Blood que lo intentó en Inglaterra, pero…

La sangre de Harrison pareció congelársele en las venas.

- ¿Qué hiciste?- preguntó.

M’sieur - contestó Albert, sonriendo -, me aventuré a entrar en el establecimiento del joyero que hizo la corona para la coronación del Emperador, y yo, m’sieur, tomé la corona en mis manos y me senté en el trono ya preparado para la ceremonia y… ¡me coroné a mí mismo, m’sieur! ¡Ningún ladrón en toda la historia, retirado o activo, ha tenido en sus manos la corona de un emperador, pudiendo además habérsela llevado tranquilamente, pero limitándose a ponérsela en la cabeza! ¡Pero yo lo hice!

Harrison trató de tragar saliva.

- La corona - le confió Albert -, era una pizca pequeña. Tendría que haberla arreglado para que me encajase. Pero, en todo caso, mi acción fue puramente la de un aficionado. Yo sólo perseguía una distracción. Así que la volví a colocar en su lugar y únicamente usted y yo conocemos el hecho. ¡Pero, considere, m’sieur! ¿Dónde sino a la otra parte del túnel de M. Carroll podría ocurrir tal cosa? ¡Aquí es verdad cualquier hazaña soñada… incluso que no me llevara esa alhaja!… ¡Todo puede suceder en este mundo!

Albert continuó con orgullo y Harrison trató de conservar la serenidad.

Ya tenía la terrible sospecha de que en cualquier instante podía hacer algo, incluso sin darse cuenta, que originase otra cosa y que esa otra cosa diese paso a otra más, etcétera, etcétera, hasta que, a mediados del siglo XX, toda Europa fuese completamente distinta a la Europa que él conocía. Y ahí es dónde residía especialmente el aspecto de pesadilla, si el futuro a partir de aquí, que era el presente tal como lo conoció, cambiaba, cuando volviese no conocería jamás a Valerie. O quizás él no habría llegado a nacer siquiera.

Cosa curiosa, sin embargo, sólo se preocupaba por los posibles desastres en la clase de peligro que había descubierto. Pero no se le ocurrió pensar en los muchos peligros más bien establecidos que el siglo XX no intentaba tampoco tener en cuenta. Como, por ejemplo, no le preocupaba en absoluto la guerra atómica. No pensaba en ella.

Pero entrañaba considerable peligro. Harrison se enteró sin interés de la explosión de una bomba atómica en China. Vivía entonces en su propia época y estaba absorto en su romance con Valerie. No se fijó en que se decía que la potencialidad atómica china era obra de un francés que decidió que los rusos eran políticos reaccionarios. Ignoraba lo cerca que estuvieron de una guerra nuclear cuando una ballena y dos aparatos de radio de sendos aviones se estropearon o coincidieron hasta provocar casi una alerta roja. Se había perdido la explosión de la segunda bomba china, lo que destacaba el mensaje de la primera; sin embargo, separado de Valerie por casi dos siglos, el verdadero peligro, el peligro mortal, la catástrofe segura que significaba el fin del mundo, tuvo lugar.

Los chinos hicieron estallar una bomba de cincuenta megatones. En menos de tres semanas de calendario el celeste imperio permutó su apariencia de gigante dormido por el carácter de una gran potencia con armas atómicas. Pero era distinta a las otras potencias. Sus gobernantes estaban fríamente dispuestos a perder la mitad o más de la mitad de su población en una guerra. Así que podían, y lo harían, iniciar una conflagración si alguien se les oponía.

Así lo dijeron, con franqueza. Para empezar, exigían la rendición de Formosa, sin garantía alguna para su población. Manifestaban que China era ahora la mayor de las grandes potencias y esperaban ejercer mucha influencia en el mundo desde aquel momento. Y deseaban que se rindiese Formosa como primer paso en el ejercicio de esa influencia.

Existía la dudosa posibilidad de que fuese una fanfarronada; de que no tuviesen las bombas atómicas necesarias para destrozar al resto del mundo antes de que el contraataque de represalia destruyera sus instalaciones. Si era un farol, debía ser desenmascarado. Si no lo era, la historia simplemente terminaría. Así que el resto del mundo se preparaba sombrío para actuar como si fuese una fanfarronada y así lo catalogaba. No quedaba otra alternativa que adoptar esa actitud o rendirse. Y lo último no valía la pena.

Harrison se encontraba en la posada cuando llegó Pepe Ybarra de St. Jean-sur-Seine con esas noticias. Pepe se había preparado para viajar con los otros. Ahora llegaba polvoriento y exhausto y pálido y les contaba lo último acaecido. Madame Carroll cuidaba a su hermano, aún constipado y tosiendo, pero que probablemente sobreviviría hasta que las bombas comenzasen a caer. Valerie sentía ansiedad por Harrison, pero Pepe estaba fuera de sí. Los chinos podían empezar una guerra atómica. Lo harían. Algún maldito renegado francés, huido de Rusia, había dado a China la bomba. Un fanático y loco francés. Y el mundo estaba condenado. Incluso la atmósfera de la Tierra se convertiría en ponzoñosa cuando las suficientes bombas hubieran estallado. Ningún animal, planta, musgo o líquen sobreviviría. Quizás ningún pez o crustáceo en todos los mares del mundo continuaría con vida. Podía ser que ni siquiera las criaturas monocelulares prosiguieran indiferentemente alimentándose de restos orgánicos, con pausas para multiplicarse por división, en las más profundas fosas de lo hondo del océano. Era cuanto menos probable que la Tierra muriese hasta la última partícula de virus semivivo que quedase en su firmamento. Y la historia terminaría.

Desde cierto punto de vista, esto zanjaría de manera perfecta la cuestión abstracta de si el universo tenía sentido o no. Si llegaba la guerra y la Tierra moría, es que no tenía sentido. El cosmos no había sido diseñado con especial solicitud para la raza humana. Si la humanidad podía destruirse a sí misma, era un acontecimiento al azar nada edificante ocurrido en un planeta sin importancia. Pero… aún estaban los túneles del tiempo. Había una sencilla razón para creer que, a través de los túneles del tiempo, se podía cambiar el pasado. Si cambiaba el pasado, el presente también cambiaría. Y si cambiaba el presente, el futuro quedaría modificado. Y puesto que parecía a principios del siglo XIX que la historia terminaría a mediados de XX… bueno… si el presente siglo XIX se pudiera cambiar lo bastante, quizás mudara el estado de cosas en el XX para que la historia durase unos cuantos capítulos más.

Pepe constituía una figura trágica, explicando la situación a Carroll y a Harrison.

- Pero podemos hacer algo - dijo con furia -. ¡Aún cuando no nos sea posible deducir qué resultado dará, seguro que no será peor que lo que está ahora a punto de suceder! ¡Empecemos cosas! ¡Hagamos cosas! ¡Es un juego, pero que se vaya al diablo! ¡No podemos perder y quizás ganemos!

Se volvió a Carroll.

- ¡Mire! - dijo con fiereza -. ¡Usted conoce la ciencia! ¡Dé algo a Napoleón… pólvora sin humo, fulminantes de percusión, dinamita! ¡Inicie nuevas industrias! ¡Déles máquinas de vapor! ¡Que tengan dinamos! ¡Muéstreles cómo prevenir las enfermedades y haga que puedan ponerse a trabajar en cómo curarlas! ¡Realice algo… cualquier cosa… por cambiar el futuro, por muy extraordinario que ese futuro resulte ser! ¡Cualquier cosa será mejor que lo que de otro modo ocurra!

Harrison estaba mortalmente pálido.

- ¡Bien! - contestó con llaneza -. ¡Ocúpese de eso, Carroll! Yo tengo que cumplir primero otra misión. Volveré…

- ¿Estás loco?- le preguntó Pepe -. ¡Tenemos aquí mucho trabajo!

Harrison comenzó a cambiarse poniéndose las ropas con las que un hombre viajando con caballos de postas sólo parecería un individuo con prisas.

- Seguro - contestó ceñudo -. ¡Tenemos que hacer muchas cosas aquí! ¡Pero Valerie no se encuentra en este tiempo! ¡Habrán bombas, devastación y radiación mortal en dónde se encuentra! ¡Voy a por Valerie!

- Pero…

- ¡Maldición! - exclamó Harrison con violencia -. Si estuviese con ella cuando comenzasen a caer las bombas, ¿no crees que trataría de meterla en un refugio atómico o dónde se encontrara a salvo?

- Pero no habrá lugar…

- ¿No?

Harrison se calzó sus botas de montar.

- ¿Puedes pensar en mejor cobijo contra las bombas atómicas o la radiación que el año 1804?

Cogió las toscas pistolas de pedernal que eran parte esencial del traje de viaje de un caballero. Con un gesto peculiarmente diestro, se aseguró de que estaban cebadas.