Capítulo Séptimo

Soames finalizó su actuación en el programa después que él, Gail y la capitán Moggs relataron su encuentro con la nave. Las narraciones fueron guiadas hábilmente por las preguntas de Linda Beach. Soames se sintió como un tonto, pues las cosas que a él le parecían importantes, aparentemente no tenían ningún interés en televisión, no se le permitió puntualizar nada con exactitud, pues sólo se buscaba lo sensacional. Gail, también, se vio frustrada. Quiso preparar a la gente para que gustaran de los niños cuando se presentaran, pero la orientación del programa deseaba que produjeran sorpresa solamente. La capitán Moggs fue la única que estuvo a la altura de la ocasión. Se reveló en la dramática fraseología de sus respuestas, que concordaron perfectamente con el resto de la estupenda producción.

Cuando Soames terminó, quiso quitarse del medio. No estaba del todo sorprendido — después de todo, fue ensayado —, pero se hundió en la tristeza. Fue un circo en vez de lo que él hubiese llamado una ajustada presentación de los hechos, aunque casi todo lo que se dijo era real. Necesitaba salir. Fue detrás del escenario, lejos de las cámaras. Después escapó del estudio mismo.

No había, naturalmente, ningún auditorio, pero el lugar pululaba con gente sin corbata, que se precipitaba como loca de un lado a otro, como renacuajos, evitando ágilmente ser enfocados por la cámara. Se estaba mejor en el corredor vacío, fuera del estudio. Cuando hubo pasado un recodo o dos, se sintió mejor aún. De repente se encontró mirando a la multitud que estaba frente al Edificio de Comunicaciones.

Era una muchedumbre inquieta ahora. Las ventanas del primer piso estaban repletas de aparatos de televisión, y los que se encontraban cerca podían ver el programa y oírlo por los altoparlantes colocados afuera, en la calle. Pero este conglomerado era de una clase especial, no se habían juntado para ver la presentación sino a los monstruos extraterrestres en carne viva, o piel, o escamas o lo que fuera su apariencia. Se supo que los monstruos habían llegado y que no se les podía ver directamente. La multitud fue arengada por oradores y personas que se autollamaban defensores de la humanidad. Se sintieron estafados.

La mayor parte de la muchedumbre estaba constituida por adolescentes.

Soames miraba hacia abajo, preocupado. La ventana se encontraba algo lejos del estudio, varias vueltas y revueltas en los innumerables corredores que conducían a todas partes. Se oía un monitor de televisión en algún lugar cercano. Pudo escuchar a Linda Beach conversar con un eminente científico francés. Los niños habían sido presentados en el momento que él se dirigía hacia donde ahora estaba. El eminente científico estaba iracundo. Quería saber a toda costa de cuál planeta o sistema de estrellas los niños decían venir. Se le notaba claramente desilusionado e incrédulo porque los niños eran humanos. Linda Beach explicó, en forma encantadora, a él y al mundo, que al no conocer ninguna lengua terrestre, no estaban capacitados para responder. No pareció muy convincente.

En la ventana, Soames reconoció lo extraña que era esta muchedumbre de afuera. Una multitud ordinaria, que buscara sólo satisfacer una curiosidad, contendría un considerable porcentaje de mujeres. Esta no. Se sentían gritos que Soames oía débilmente. Los oradores peroraban, dando opiniones subjetivas acerca de los monstruos del espacio, obviamente en la creencia que sus palabras estaban más allá de toda discusión y que debían ser llevadas a la acción de inmediato. Varios de estos oradores se hacían la competencia. Algunos tenían hinchas a su alrededor que demostraban su anuencia, ya sea aplaudiéndolos o voceándoles su aprobación. Soames divisó también, por lo menos, un grupo de divertidos colegiales que bien pudieran haber sido organizados por una revista humorística juvenil. Blandían carteles:

¡Monstruos espaciales vuelvan a casa! ¡La Tierra es para los humanos! y ¡Humanos del mundo, unios!

El desatendido aparato monitor, colocado en algún rincón del pasillo, daba una reproducción excelentemente modulada del programa que salía al aire. Un físico italiano reemplazaba al científico francés. Preguntaba si los niños estaban calificados para ser navegantes espaciales. Soames escuchaba sin prestar mayor atención. Se dio cuenta que si los niños, desgraciadamente, no eran convincentes como visitantes del espacio, mucho menos plausibles serían en sus verdaderos roles de fugitivos del tiempo.

Se veía mucho adolescente entre la multitud. Los colegiales surgían aquí y allá, haciendo demostraciones en favor de la alegría. También había miembros juveniles de grupos menos inocuos — pavoneándose, conscientemente nefastos — pertenecientes a organizaciones conocidas como los Maharajás, y los Cometas y los Toppers. Se miraban unos a otros desafiándose.

Las voces se enfurecían. Los colegiales pretendían cantar algo que les pareció una canción satírica:

Odiamos a todo agresor del espacio. Como odiamos a todos los revoltosos. Con los medios que nuestros abuelos construyeron y llevaron el mundo. Los perseguiremos hasta que lleguen a Sirio. Con furia delirante...

En el plano de su demostración probablemente parecería divertida pero no agradó ni a los Maharajás ni a los Cometas ni a los Toppers.

Un científico ruso siguió al italiano. Voló a Nueva York especialmente para la ocasión. Hizo preguntas elaboradas y cargadas de intención. Habían sido preparadas como efectos de propaganda por gente que, a su modo, era tan diestra en relaciones públicas como los productores del programa. Linda Beach usó de todo ese encanto que había vendido jabón, vitaminas, automóviles y sopas. Soames escuchó el duelo desde el aparato monitor.

De súbito, en la calle, un ladrillo cayó entre los colegiales. Más ladrillos volaron sobre los que estaban organizando una demostración relámpago, con los Defensores de la Humanidad. Los silbatos de la policía empezaron a sonar. Un vidrio de una ventana se quebró. Un colegial, de pronto, se encontró con la cara llena de sangre, y una cuña de Maharajás se metió rencorosamente entre el grupo de cantantes blandiendo cinturones y garrotes, solamente por llevarse los honores de haber comenzado un tumulto. Pelearon atravesando la multitud de estudiantes, hasta toparse con la banda de Cometas que se encontraba cerca. Un eco inmediato les respondió. Los oradores que discutían fueron empujados. El tumulto estalló entre los miembros de un grupo que hacía demostraciones contra los extraterrestres. La reyerta se propagó a los individuos. Por ahí un par se abofeteaba el uno al otro o usaba armas menos inocentes que los puños. Por allá, un grupo se batía indiscriminadamente. Un núcleo de adherentes a un orador particularmente robusto de pulmones, luchaba con indignación profunda contra cualquiera que no compartiera sus propias ideas.

La sirena de los coches de policía ululó. Las máquinas de escuadrones de policía llegaron veloces cortando el tránsito de las calles y convergiendo rápidas en el centro del tumulto. Las sirenas producían violentos resurgimientos en la multitud. Hubo una fuerte acometida en esta dirección al oír sonar la sirena de ese lado, y luego, una presión igual en otro sentido, mientras los reflectores horadaban la oscuridad y un bramido creciente llegó desde otra dirección. Algunos timoratos treparon por la muralla de piedra de Central Park, saltaron dentro y cesaron de inmediato de formar parte del alboroto. Pero no todos. Muchas personas al ser empujadas se apoyaban contra las puertas del vestíbulo del edificio de Comunicaciones. Un Topper fue aplastado contra un policía, los brazos del oficial estaban tan apretados por el estrujamiento general que los tenía completamente inmovilizados. El Topper ejecutó un acto de infinita osadía — de lo que se vanagloriaría por meses en la confitería que servía de cuartel a la banda —, ¡fue alejado del policía por el movimiento del tumulto, pero se quedó con la pistola del oficial!

Sacó la pistola al aire y apretó el gatillo, vaciandolo. El tiroteo produjo un pánico fuera de todo lo imaginable. Más vidrios se quebraron y el terror golpeó a la gente apretujada, que buscaba afanosa su escape. Se desbordaron dentro del vestíbulo del edificio de Comunicaciones al ceder los cristales de las puertas y la gente jadeante se arrastró dentro, empujada por el irresistible enjambre que se encontraba detrás.

Los miembros de los Toppers, de los Cometas y los Maharajás consideraron el vestíbulo como punto muerto. Se precipitaron escaleras arriba, buscando la puerta de salida a la callejuela oculta. Se toparon con un laberinto de corredores; les invadió el pánico.

La invasión de un edificio ocupado es algo serio. Corrían por los pasillos alfombrados, llegaban a un extremo sin salida, abrían puertas al azar, corrían afuera otra vez y chocaban con el resto que hacía otro tanto. Una corriente de temor se agolpaba en las escaleras de bajada del vestíbulo, hasta la sofocación. Luego venía un desconcertado río que subía para evitar el ahogo, y parecía que todo el edificio pululaba con gente que nada tenía que hacer ahí.

Pero algunos de ellos eran fanáticos. Y en tal tumulto eran anónimos. Se leía un aviso, en el aire, encendido sobre la puerta, fuera del estudio, en el cual la emisión para todo el mundo estaba en su apogeo. La gente abrió la puerta.

Los telespectadores oyeron la trifulca cuando las pomposas preguntas formuladas por un ganador anterior del Premio Nobel fueron silenciadas por los gritos. Esta no era una invasión planeada. Era una acometida totalmente caótica de gente medio histérica que había sido estrujada por una multitud que oscilaba sin sentido, empujada dentro del vestíbulo de un edificio con gente que se apiñaba más allá de lo tolerable y que pudieron escapar en medio de una gran confusión, cayendo en un estudio donde se estaba transmitiendo. Los seres sin corbata y los ayudantes de escenografía se apresuraron a arrojarlos fuera. Pero el ruido crecía más y más alto, mientras Linda Beach trataba afanosamente de disimularlo. No era fácil. De hecho, era imposible. Un orador de la calle se dio cuenta que se encontraba en el lugar de iniquidad, desde el cual los monstruos que él había estado denunciando, fueron mostrados al mundo. Gritaba como un demente. Los ayudantes del escenógrafo se concentraron en él mientras un miembro de los Toppers saltaba ágilmente detrás del montaje central y se desbocaba. Otros lo imitaron, algunos con más, otros con menos éxito. Uno de ellos, soberbiamente osado, se encontró arrinconado por un asistente del Director y dos porteros y se escurrió triunfante, cruzando el lugar sacrosanto al área del campo visual de la cámara. Corrió detrás de Linda Beach que sonreía placentera y hablaba con voz aguda para cubrir el jaleo que se oía a sus espaldas. El Topper estiró la mano al pasar — era muy admirado por los otros Toppers por su destreza en este ejercicio —, Linda Beach se tambaleó, desapareciendo su collar, y este singular delincuente juvenil se perdió en la multitud cerca de la puerta, abriéndose camino hasta perderse en el embotellamiento de afuera.

La policía de los carros escuadrones metieron mano en el asunto. Dispersaron la muchedumbre de la calle. Invadieron el vestíbulo y empezaron a arrojar la gente fuera, disminuyendo así la terrible presión. Alguien sacó dos mujeres desmayadas hacia un lado. Un hombre con un brazo quebrado hablaba volublemente.

El vestíbulo comenzaba a verse parcialmente vacío. Los fugitivos del pánico salían a la calle donde se les ordenaba seguir moviéndose. Cosa que hacían gustosos.

Y Soames llegó al estudio. Peleó su camino hacia allá con un apasionado empuje, porque Gail se encontraba entre esta multitud lunática que podía aplastarla. Se apresuró y entonces la vio parada con una compestura precaria, pero fuera del camino de todo. Fran se agarró fuertemente a su brazo. Sus ojos ardían. Empujó algo sobre Soames y frenético repetía la única palabra de su escaso inglés que parecía encajar. La palabra era: ¡Trate! ¡Trate! ¡Trate! Enlazó la cintura de Soames y colocó algo a su alrededor.

Abruptamente, Soames tuvo la convicción de que se estaba volviendo realmente loco. Se detuvo solo en el estudio donde el tumulto casi había terminado. Pero, cosa extraña, se podía mirar a sí mismo desde el nivel de su propio pecho. También, cuando bajó al vestíbulo del edificio de Comunicaciones, mezclándose allí con la raleada multitud, permitiendo ser arrastrado a la calle, se vio rodeado por gente más alta que él. Esa parte consciente lo llevó al aire libre y lo movió suavemente hacia el este. Esa parte de él puso su mano en su bolsillo — pero Soames no tenía nada que ver con la acción — y palpó cosas ahí. Había una cadena de bordes afilados y objetos con facetas sobre ella. Había un cinturón con medallones metálicos incrustados en él.

—¡Trate! — gritó Fran desesperado —. ¡Trate!

Y de repente Soames se dio cuenta. Escuchó los ruidos de la calle a través de los oídos de otro, vio la calle por los ojos de otro. Simultáneamente se vio en el estudio a través de los ojos de otro ser, de Fran. Y esto explicaba la conducta de los niños con los perros, y las lecciones de inglés y otras informaciones que todos parecían conocer cuando uno las sabía. Los niños no eran telépatas. No podían leer en la mente de otros. Pero alguno, o todos los medallones decorativos de sus cinturones, los habilitaba para compartir las impresiones sensuales de cada uno. Eran, a la vez, emisores y receptores de impresiones sensoriales. Y era por eso que Soames, que tenía el cinturón de Mal en su cintura, podía ver lo que Fran veía, y oír lo que Fran oía y también vio, oyó y sintió lo que un miembro de los Toppers, de pelo grasiceto, vio, oyó y sintió con el cinturón de Hod metido en su bolsillo, al lado del collar de Linda Beach, que fuera arrancado de su cuello frente a las cámaras.

Pero no había indicios de que el joven de pelo grasiento viera, oyera o sintiera lo que Soames. Tal vez era porque no usaba el cinturón, sino que lo tenía en el bolsillo.

—¡Bien! — se dijo Soames —. ¡Lo recuperaré!

Se precipitó hacia la puerta del estudio. Los agentes del servicio secreto que fueron asignados para proteger a los niños, como estorbaran se les envió afuera mientras duraba la audición. Volvieron inmediatamente, después de la invasión y ahora ayudaban a los asesores a mantener el orden. Soames tocó a uno en el hombro.

—Los chicos han sido robados — murmuró en el oído del agente —. ¡Objeto secreto! ¡Tenemos que recuperarlo! ¡Puedo hacerlo! ¡Venga conmigo!

El agente del servicio secreto lo siguió de inmediato. Y Soames se abrió paso en medio de gente asustada que aún vagaba desvalida. Corrió escaleras abajo. Un policía se movió para controlar su carrera, y el agente del servicio secreto, jadeando, se identificó y le pidió ayuda. El policía abandonó todo y los siguió.

Soames necesitaba cerrar sus ojos para ver lo que el Topper veía. Los apretó mientras corría tres pasos. El Topper caminaba ahora. Se juntó con dos compinches más. Soames escuchó su voz, hasta sintió el movimiento de sus labios y de su lengua, a medida que hablaba. Se jactaba de haber arrebatado el collar de Linda Beach y un extraño cinturón de uno de esos chicos que usaban trajes tan graciosos.

Cincuenta metros más allá, dos Toppers más se juntaron con el fanfarrón. También tuvieron que tragarse la historia. El Topper sacó de su bolsillo parte del botín para probar su jactancia. Miraron, se pavonearon y gritaron ante otros de sus compañeros.

Soames dio vuelta a una esquina, sin previo aviso. El agente y el policía perdieron una docena de pasos. Soames corrió adelante. Había un grupo de adolescentes en la acera de la Octava Avenida. Pertenecían a lo que la policía, resignadamente, llama la edad delincuente. Había cerca de una docena de ellos.

Soames se hundió entre la banda. Sin una palabra, tiró al suelo al que guardaba en su bolsillo el cinturón de Hod y el collar de Linda Beach.

Su reacción fue instantánea. Los Toppers estaban en un grupo cerrado. Soames cayó encima de uno. Los otros reaccionaron atacándolo, como una acción refleja. Lo marcaron, lo patearon viciosamente, en esa forma mortífera y sofisticada de un asalto asesino que permite hacer el máximo de daño en el mínimo de tiempo, de manera que da lugar para huir antes que llegue la policía.

Pero un agente y un policía venían en camino. Golpearon. Los Toppers se volvieron para pelear, y en cambio, volaron a la vista de los dos adultos que administraban castigo a los que estaban a su alcance y trataban de golpear a los demás.

Los dos oficiales pusieron a Soames sobre sus pies. En segundos había sido malamente abatido. Sacó el cinturón de Hod del bolsillo del agresivo y ahora pálido socio de los Toppers, que estaba a medio estrangular y temblando, luego cogió el collar. Torpemente palpó otra vez y encontró dos o tres piedras perdidas.

—Muy bien — dijo espesamente —. Lo tengo. Lo devolveré a los niños.

El policía se llevó al Topper. Soames y el agente del servicio secreto se volvieron al estudio. El programa todavía continuaba. Soames, exhausto, tendió el cinturón a Hod, y se sacó el otro que Fran le había colocado. Se lo devolvió a este último. Los ojos de Fran centelleaban aún, pero miró a Soames con infinito respeto. Tal vez hasta con un poco de gusto. Y Soames levantó el collar para que Linda Beach lo viera, aunque ella estaba todavía delante de la cámara.

Linda Beach era una ejecutante fogueada. Sin pestañear siquiera, cambió el tema de lo que estaba hablando, llamó a Gail para que indicara a los niños que hicieran una demostración de los dispositivos que trajeran del barco, y vino hacia donde estaba Soames. Contó las piedras rápidamente, haciendo preguntas mientras tanto.

Él se lo contó. Necesariamente, habría salido a la luz. Los niños poseían dentro de sus cinturones dispositivos que producían un efecto parecido a la telepatía. Pero que no era telepatía. Sin duda, los aparatos podían conectarse o desconectarse. Conectados ligaban los sentidos de aquellos que los usaran, no así las mentes. Cada uno veía lo que los otros veían, oía lo que los otros oían, y sentía con el resto. Pero los pensamientos no se compartían. Tal cosa no era confusa, si se acostumbraba a usarlo; dos hombres al trabajar juntos podían cooperar con una efectividad mil veces superior a aquellos que no lo tenían. Los niños al jugar juntos poseerían un grado de camaradería de otra manera imposible de conseguir. Y cuatro niños en un viaje desesperado, sin adultos para reconfortarlos, necesitaban esta cerrada ligazón con sus compañeros. Les daría coraje. Podían ser más decididos.

Linda Beach volvió a la escena y esperó que terminara la demostración del objeto de bolsillo que cortaba metal, ejecutada por Fran. Entonces, señaló para ser enfocada por su propia cámara y conectó el encanto. Mostró el collar. Dijo que había sido robado. Informó que los niños eran telépatas, y que al leer la mente del criminal, éste había sido seguido por las calles abarrotadas de gente, fuera del estudio, y así su collar pudo ser recuperado. No se refirió al tumulto. Dejó que se presumiera que el ladrón fue descubierto. Si alguien recordaba haber visto cuando se lo arrebataron, podría meditar acerca de esto. Ella no trató de explicar.

Repitió con entusiasmo y gratitud que los niños leyeron en la mente del ladrón que se había apoderado del collar, y que al identificarlo entre la multitud, el collar se pudo recuperar, porque los niños eran telépatas.

Es mejor decir algo que no es totalmente la verdad, pero que es perfectamente comprensible, a algo que es verdad pero que desorienta. Esta es una regla cardinal en televisión. ¡No desorientar nunca al teleespectador! Así, Linda Beach no confundió a su auditorio, haciendo una declaración muy acuciosa. Les dijo algo que podían entender. Hacía a los niños más convincentes, más como si fueran niños comunes y corrientes.

Sobresaltó a sus telespectadores de todo el mundo, sacándolos fuera de esa condición agradable que produjera el profesionalismo de la transmisión. Los levantó de su asiento, al resto se le pusieron los pelos de punta, se dieron cuenta que si los monstruos del espacio podían ver la mente de los humanos serían casi invencibles e infinitamente temidos. ¡No importaba ahora cuál era la apariencia de los niños, ya que se les había declarado en un programa oficial, que se trataba de monstruos extraterritoriales, los cuales estaban facultados para leer la mente humana!

Se armó una batahola.

Una vez dicho ya no podía ser retirado. Sería negado, pero se seguiría creyendo igual. En esferas más altas de gobierno, en todo el mundo, se produjo una ola intensa de odio hacia los niños y los Estados Unidos juntos, como para que todas las tensiones anteriores parecieran simples flirteos amorosos. En Rusia se creyó instantáneamente que todos los secretos militares estaban en proceso de ser arrancados de los cerebros rusos para ser entregados al ejército americano. La furia brotaba al sentirse inermes frente a tales acontecimientos. No existía manera de detener esa clase de espionaje, y una acción militar estaría totalmente demás, ya que los americanos tendrían conocimiento de antemano de todo lo que se intentara. En las naciones más tranquilas se notaba también un gran malestar y en algunas hasta terror. Y en todas partes donde existieran hombres que odiaran, o robaran o intrigaran — lo que sucedía en todos los sitios — la creencia de que los secretos no fueran tales para los niños, llenaba a esta gente de ira incontenida.

No ayudaba el hecho de que tal creencia fuera un disparate. Se esperaron importantes revelaciones de la transmisión. No era esto lo que se buscaba, pues era más espantoso que cualquier sentencia a fecha fija y a corto plazo. Aun los oficiales americanos estaban trastornados ante la idea de que los secretos militares fueran arrancados así como así, manteniendo una oculta esperanza de conocer, a su vez, los de otros ejércitos extranjeros.

El bajo mundo también estaba trastornado. Los niños podían aplastar uno de los negocios más beneficiosos al revelar sus detalles. Como sería el de detener el comercio de la carne humana y el tráfico de narcóticos. Hasta la gente común y corriente como Joe Doakes y John Q. Public temblaban ante la idea de que sus pecados mezquinos fueran descubiertos si los niños fijaban sus mentes sobre ellos.

Pero el odio más amargo de todos era el que sentían los oficiales de algunos aliados de América, que sentían que ahora cada una y todas las pequeñas traiciones que cometieran se llegarían a saber junto con cada plan inexorable que ellos formularan para la súbita destrucción de América.

De todas las empresas de relaciones públicas en la historia, el programa radiado a todo el mundo para presentar a los niños, fue el más desastroso.

Soames y Gail pudieron darse cuenta de lo absurdo de todo esto, sin ninguna esperanza de aclararlo o corregirlo. Había una cierta cantidad de complacencia en Estados Unidos, por supuesto. Muchas personas se consideraban sin importancia para que sus pecados fueran revelados. Esa gente reflexionaba que ahora América estaba a salvo de espías y traiciones, y que por lo tanto ellos podrían, sin peligro, ir un poco más lejos endeudándose. Algunos políticos debatían esperanzados si la espléndida habilidad de los niños justificaría una disminución en los gastos de defensa y como consecuencia lógica, una reducción de los impuestos, con la bendición de todos los políticos. Pero esta misma gente, que amaba la idea de lo que los niños pudieran beneficiar, sentían una marcada aversión hacia ellos, por temor a la elección de sus objetivos.

Muy poca gente habría sentido remordimiento aunque fuese formal, si algo mortal sucediese a los cuatro descastados, aunque el peligro pudiese retornar con su muerte. Ciertamente, fuera de Soames y Gail, no existía nadie que sintiera la más ligera vislumbre de cariño por ellos o de simpatía por su condición.

Volvieron rápidamente a la base escondida en las Rocallosas. Soames se quedó para curarse algunas heridas leves. También necesitaba ponerse en contacto con dos físicos que habían visto a los niños y se desesperaron, pero que ahora jugaban a ser descastados y celebraban satisfactorias consultas con gente escéptica, que se las arreglaba para aferrarse a gran cantidad de dudas. Mientras tanto, se produjo una hosca y enfurecida disminución de la tensión internacional. Ninguna nación se atrevería a planear a hurtadillas un ataque al estilo Pearl Harbour, si existiera el más ligero riesgo que América pudiese conocer cada detalle de antemano. Y nadie se atrevía a hacer amenazas por si Estados Unidos llegara a saber exactamente hasta qué punto eran genuinas.

La capitán Moggs voló, muy ocupada, de allá para acá, entre el este y la escondida base de proyectiles, a la cual habían vuelto los niños. Informó a Soames del despojo que sufrieron los niños al quitárseles sus cinturones adornados. Uno de ellos se abrió de alto abajo y las medallas redondas y cuadradas fueron examinadas. Una era, sin duda, la caja del aparato de contacto sensorial, con un sistema para conectarlo y desconectarlo. Contenía, además, un par de trozos de metal con formas excéntricas. Eso era todo. Al copiarlo, los duplicados no funcionaron. Los otros medallones parecían contener aparatos cuya aplicación se desconocía. Uno tenía una diminuta parte movible, pero lo que efectuaba era incomprensible.

—Somos salvajes — Soames le dijo ácidamente —. Si un hombre civilizado se encontrara entre salvajes, ¿qué harían con su reloj? ¿Con su lapicero? ¿Con su pañuelo? ¡Sin tener idea de contar el tiempo, o de escribir, o de nuestras ideas de refinamiento, tales cosas les parecerían tan sin sentido como su cartera, su libreta de anotaciones y sus monedas sueltas! Así, ¿cómo podremos nosotros adivinar la utilidad que le prestaban tales cosas a los niños, cuando estaban en casa? ¡Sencillamente, no podemos!

La capitán Moggs dijo con determinación:

—Será averiguado. Por supuesto que ahora toda la búsqueda está concentrada en los dispositivos de telepatía. Será desarrollado y dentro de poco, y esto es un secreto altamente confidencial, estaremos informados al detalle de las armas y de las deliberaciones de los otros países. ¡Será magnífico! ¡No tendremos más motivos para estar temerosos de un ataque, y podremos evaluar cada situación militar con absoluta precisión!

—¡Por favor! — contestó Soames, irritado —. Tengo una renta bastante baja. Usted misma me lo dijo. ¡No debería decir cosas como esas en mis oídos! ¿Cómo está Gail y cómo están los niños?

—Gail está perturbada —explicó la capitán Moggs—. Los niños están más nerviosos que antes. Gail insiste que la pequeña Mal pierde peso y que Hod ya no es el mismo niño alegre de antes. Zani está pálida. Y Fran...

—¿Qué?

—¡Él brilla! — contestó la capitán Moggs —. Pero estudian empeñosamente el inglés. No han sido interrogados nuevamente. Y sucede que la única gente que estaba deseosa de aprender algo de ellos, poseen secretos que no es útil que los conozcan los niños, asuntos de interés militar.

—¡Condenación! — replicó Soames —. ¡Los objetos no son telepáticos! ¡No transmiten pensamientos! ¡Sólo intercambian informaciones sensoriales! Y no hay tal peligro de que los niños averigüen algo por telepatía cuando ellos sólo pueden compartir las sensaciones de alguien que use el dispositivo especial. ¿Y qué harían con una información militar en caso de que la obtuvieran?

La capitán Moggs se puso misteriosa. Se marchó y Soames de nuevo maldijo la situación que él había creado. Pero aún no veía cómo pudo haber evitado destruir el aparato de alto poder de señalización cuando trataron de usarlo allá en la Antártica. Pero él no era feliz a causa de las consecuencias de su acto.

Se dio tiempo para ponerse en contacto con los físicos que fueron a la base de las Rocallosas. Estos encontraron, a su vez, otros científicos que lograron ponerse en el estado mental de un exiliado y que sabían que los dispositivos de los niños no era posible copiarlos, sino tratar de hacer algo que, aunque no fuera lo mismo, tuviera algo de sus propiedades. En cierto sentido era una decepción, pero deliberada, para poder esquivar un hábito natural de la mente educada. Un hombre entrenado, casi invariablemente trata de ver lo que puede hacer con lo que tiene y conoce, en vez de imaginarse lo que necesita y luego tratar de fabricar algo parecido, aunque tenga que buscar hasta el conocimiento que aplicará. Se necesita un tipo de mente especial para usar el truco de Soames. Era indispensable, por ejemplo, imaginarse ciertas limitaciones al operar con un dispositivo deseado, o el punto de mira constituía pura fantasía.

Pero Soames se encontró que la frustración reinaba hasta entre los hombres que habían tenido más éxito. Tenían nuevos dispositivos. Eran triunfadores. Constituían ciertamente, los principios de una nueva clase de progreso no enteramente derivado del presente, y sin duda, no imitado del de los niños. Pero los dispositivos no se usaban. Su existencia no debía ser revelada, porque cualquier cosa con diseño sin precedente iba a considerarse, sin duda, producto de la civilización de estos niños, y los Estados Unidos insistentemente afirmaban que era imposible obtener cualquier dato de ellos. Pero esto no se podría sostener si una serie de adelantos técnicos empezaran a aparecer en todo el país.

El desagrado por América subió hasta nuevas alturas. Algunos signos de sospecha comenzaron a mostrarse en la conducta de las naciones antiamericanas. Antes de la transmisión se había preparado un truco sucio en su contra. Se desarrolló con éxito, y no fue descubierto sino hasta mucho más tarde. Alguien ensayó otro. No se previo ni se detuvo. Desde los países donde existía un antagonismo muy grande hacia los Estados Unidos partió una idea de lo más animada y tentadora. Pero nadie se atrevió a creerla por completo aún.

Entonces, Fran desapareció. Se desvaneció en el aire. En un momento se encontraba en la custodiada base de los Rockies, y al instante siguiente había desaparecido. Tres líneas separadas y electrificadas servían como valla, protegiendo el área de cualquier intrusión, con centinelas y puestos de observación. Pero Fran desapareció como si no hubiera existido nunca. No era fácil imaginarse una fuga. Su inglés era bastante limitado. Su ignorancia acerca de la modalidad de la América actual, era abismante. No tenía esperanza de esconderse o encontrar comida, mientras no contara con algo. Por otra parte, era imposible pensar que hubiera sido secuestrado desde la base secreta. Mas, si él contaba...

Soames se trasladó a las instalaciones de las Rocallosas. Se encontraba en una posición muy desfavorable, ya que era responsable de la presencia de los niños.

Nadie tomó en cuenta las consecuencias que habría tenido si el hubiese permitido que hicieran señales a su raza. Pero esto sólo era una muestra de la ingratitud del mundo. Por lo tanto, se le desaprobaba. Pero existían algunos físicos que estaban creando aparatos y diseños que podrían significar mucho si alguien se atrevía a usarlos. Esos físicos respaldaban a Soames con su programa entero, por eso era deseable que fuese tratado con algún respeto. De esta manera cogió un avión que le llevó hasta la base en la montaña.

La atmósfera estaba cargada, se dio cuenta instantáneamente cuando el avión tocó tierra. Los matorrales sobre ruedas que se movían a un lado sobre la pista pintada de verde, volvieron a su lugar antes que el avión cesase de rodar. La ladera del cerro que se levantaba reveló cañones antiaéreos, listos para salir y entrar en acción, en caso de percibir cualquier alarma de origen aéreo. Cuando saltó del avión, inmediatamente lo rodearon guardias armados y le acompañaron hasta que obtuvo una tarjeta de identificación. Las precauciones de seguridad eran bastante estrictas en el pasado, pero ahora eran de una rigidez casi absurda.

La tensión y el desgaste se encontraba por doquier. Ningún lugar que sea estrictamente confidencial puede ser sitio de descanso, aunque un hombre haya trabajado ahí durante largo tiempo y se haya acostumbrado. En esta base — ni siquiera se admitía su existencia — la tensión que se sentía era extrema.

Soames nunca había visto más allá de la cancha de aterrizaje, la caverna-hangar y los túneles que llevaban directamente a los alojamientos que se les asignara, y el ascenso de trescientos pies que conducía hacia la soñolienta aldea. Tampoco vio más que eso esta vez. Pero un policía le acompañó hasta sus apartamientos, y esperó que Soames entrara, luego cogieron el ascensor juntos y el agente le escoltó todo el camino hasta la superficie.

La tienda general estaba vacía. El vigilante se quedó ahí hasta que Soames se perdió entre los edificios singularmente tranquilos. Llegó antes de la puesta del sol. La tarjeta de identificación y la visita a su alojamiento le tomó algunas horas. Cayó la noche. Se veían luces dentro de las casas sin ocupantes. La aldea sólo era un escenario actualmente ocupado por Gail y el resto de los chicos. El grupo de las familias de los sargentos y de otros se vieron obligados a abandonar el lugar. Las precauciones casi histéricas en el subterráneo pusieron nervioso a Soames. Se figuró que, aunque Gail y los niños pudieran ser los únicos habitantes de la aldea, esto no quería decir que no estuvieran vigilados u observados. Si antes existían rejas electrificadas y puestos de observación, ahora sería mucho más exagerado. Nadie acompañaba a Gail y a los tres niños que estaban con ella. Se encontraban completamente solos, pero, sin embargo, en un sentido estaban menos solos que antes.

Soames frunció el ceño. Se trataba del miedo a la telepatía. Los niños poseían medios de comunicación que los capacitaba para compartir sensaciones, no así pensamientos. Pero era difícil notar la diferencia para alguien que nunca usara un comunicador sensorial. Y nadie que creyera que los niños poseían poderes telepáticos, al quitárseles un dispositivo mecánico o electrónico, quedarían desprovistos de estas facultades. Los niños eran sospechosos de leer en la mente de los demás, de estrujar cerebros, de extraer los secretos militares más concienzudamente guardados en las mentes más seguras. Así, ninguna persona deseaba estar cerca de ellos. De hecho, nadie que poseyera alguna información confidencial estaba permitido en su vecindad.

Soames se encontraba furioso cuando se acercó a la cabaña. Las luces estaban encendidas. Gail, ansiosa, aguardándole al lado del prado.

Se sobresaltó cuando la vio.