CAPITULO VII

No tenía por qué haberse preocupado. Los saqueadores no podían aceptar la presencia alerta de un habitante de la ciudad entre ellos. Sus altos jefes sabían de la existencia de un tal Waldron, que había logrado salir de Newark cuando iniciaron su extraño ataque la ciudad. Pero esto, consideraban, había sido fortuito. Lo que no podían imaginar era que ese mismo Waldron supiera contrarrestar las armas o el instrumento que convertía los lugares habitados en estáticos y mudos parajes de terror cataléptico. El sonido de unos disparos en la noche podía ser achacado a la inexperiencia de sus subordinados en el manejo de armas que no les eran familiares. Aun en el caso de que uno de los asustados y serviles testigos hablase de la muerte de los oficiales, sólo podían decir que uno de los suyos había disparado contra ellos, dado que Waldron iba recubierto por la cota de escamas: uniforme y distintivo de los invasores. Tampoco creerían que un solo hombre se atreviera a acercarse a la ciudad siniestrada, y mucho menos que lograra volver a ella.

El camión se alejó rápidamente del lugar de los disparos. Waldron encendió y apagó los faros dos veces para ver el camino que llevaba. Pocos minutos después subía a la carrera por la pendiente que terminaba en la estatua de Lincoln. Al coronar la subida, Steve detuvo el vehículo, tratando de descubrir posibles perseguidores. Nadie les había seguido.

Bajó del camión, sacó algunos de los cuerpos atiesados y los escondió entre las sombras. Reemprendió la marcha Y, un buen trecho mas allá, hizo lo mismo. Repitió la operación hasta dejar el vehículo vacío de su lastimera carga, llevó el camión hasta la parte alta de la ciudad, desde donde se veían las luces de otras poblaciones cercanas. El alumbrado de las vecinas villas no era el acostumbrado, puesto que todos los moradores con medios para abandonarlas lo habían hecho. Waldron pensó que la gente que se movía y vivía todavía en aquellos poblados, podrían ver el reflejo de los focos desde el lugar en que se hallaba. Encendió los faros, dándoles su máxima intensidad, y volvió a apagarlos. Hizo esto repetidas veces para llamar la atención de los seres que, en la distancia, pudieran estar prestando atención. Finalmente los dejó encendidos, y abandonaron el lugar a pie, escondiéndose entre las sombras. Era de esperar que alguien se diera cuenta de que en Newark había atisbos de vida.

Durante su carrera hacia la colina, Waldron no había olvidado su propósito inicial. Dejó el camión en lo alto, porque allí no podía ser visto por los saqueadores. Pronto, pensó, se iniciaría una caza despiadada para prender al culpable de la muerte de los dos hidalguillos.

Si todos los de su clase llevaban látigos que usaban tan cruelmente, como había tenido ocasión de ver, no sería imposible que existiera ente los invasores una indecible división de castas. La actitud del primer oficial que matara Waldron, daba a entender que las castas que se consideraban superiores ejercían una rudeza sin parangón sobre las clases inferiores. Los tenían aterrorizados por completo.

Una hora después de abandonar el camión, antes de que éste fuese localizado y sus luces apagadas, Waldron había franqueado la puerta trasera de la residencia del Profesor Hamlin. Entró en ella seguido de Lucy. Ambos se encontraron incómodos. Les venció la sensación de que, al entrar subrepticiamente en la morada del Profesor, llevaban a cabo un acto punible. La oscuridad en el interior de la casa era más acentuada que fuera de ella. Lucy sugirió que el Profesor pudiera estar en su comedor, dada la hora en que se desencadenó la «epidemia».

Waldron encendió una cerilla y Lucy se precipitó a correr las pesadas cortinas de la pieza. Sobre el manto de la chimenea y sosteniendo una vela, había un candelabro. Steve prendió el candil e iluminó el aposento. El Profesor Hamlin, grave, canoso, austero, solemne por naturaleza, estaba sentado a la mesa y, en el momento de quedar paralizado, se llevaba una cucharada de sopa a la boca. Su brazo se había inmovilizado a mitad de camino, entre plato y labios. La sopa que contuviera la cuchara se había secado. La continuidad de la pose era grotesca. Waldron ajustó un generador al cuerpo del digno hombre de ciencia y lo hizo funcionar.

El Profesor se movió completando el gesto, que empezara cuarenta y ocho horas antes, de llevarse la sopa a la boca. Encontró la cuchara vacía y sus ojos expresaron el más profundo e inconcebible asombro. Se dio cuenta entonces de que la única luz que alumbraba la escena provenía de la llama de una vela. Había, además, en su comedor un individuo cubierto por una extraña armadura. Y una chica… Ambos le miraban insistentemente. Tardó unos minutos en reconocer a Waldron a través de sus excéntricas trazas y mucho más en comprender la historia que éste le contó. No tenía idea del tiempo transcurrido. Tuvo que mirar por la ventana para cerciorarse de que Newark estaba a oscuras. Con la ayuda de una linterna descubrió los cuerpos petrificados de sus servidores y entonces empezó a creer la fantástica versión que, de lo ocurrido, le daba Waldron. Para acabar de convencerle, Lucy indicó a los estáticos peces tropicales que el Profesor tenía en un acuario doméstico. Sacó a uno de ellos de su elemento y, al recibir las corrientes de alta frecuencia que protegían a la muchacha, empezó a moverse, tratando de escurrirse desesperadamente. Lucy volvió a depositarlo en el tanque de agua y tornó a quedar inmóvil, firme. Ante esto el Profesor dio a las palabras de Steve todo el crédito que merecían.

—Lo que me decís —murmuró—, es imposible según los conceptos preconcebidos de nuestra cultura, pero es, aparentemente, cierto. Straussman, entonces, tenía razón. Sé que el profesor Blair se sentía fuertemente inclinado a aceptar los principios de su teoría. ¿Qué sabes de tu padre, querida?

—Está en ese mundo que atisbamos —dijo amargamente Lucy—. A donde van a parar los camiones; y la gente que se llevan.

—Me presentaré ante ese cordón militar —continuó el Profesor— que decís rodea la ciudad. Me daré a conocer y demostraré a las autoridades que todos esos cientos de miles de seres no están muertos. Este aparato de tu invención, Steve, será evidencia suficiente para convencerles de la posibilidad de reavivar a los catalépticos. Uno o dos regimientos de soldados con generadores similares a éste, darían buena cuenta de esos granujas. ¿No crees?

—Podrían hacerlo, no cabe duda —repuso Waldron convencido—. Pero, Profesor, vaya con mucho cuidado al acercarse a nuestras líneas. ¡Todo el mundo está asustado! Disparan antes de hacer preguntas.

El Profesor Hamlin se levantó decorosamente de su asiento. Se puso el sombrero y el gabán con pausada dignidad y se dirigió hacia la puerta. Lucy apagó la vela. Salieron a la calle y, ante la puerta principal, vieron a una pareja de estudiantes petrificados. Habían estado cambiando impresiones cuando les cogió la paralización y cayeron al suelo, uno al lado del otro.

El Profesor Hamlin encendió temerariamente una cerilla para verles la cara.

—Hemos de terminar con todo esto —dijo.

—En este momento, se están llevando cargamentos enteros de bellas mujeres a ese mundo nefasto suyo —dijo Waldron—. Cuando…

—Acabaremos con sus desmanes y también con ellos —aseguró el Profesor.

Lucy y Steve le acompañaron hacia el lugar donde, según sus cálculos, estaban apostados los soldados que debían evitar las infiltraciones. El paseo fue largo, pero el Profesor llevaba la iniciativa y Waldron recordó la voluntad demostrada por este hombre singular cuando, años atrás él, Steve, trabajaba bajo sus órdenes. Durante el camino hizo toda clase de preguntas con respecto al desastre, que Waldron contestó punto por punto. Finalmente vieron las llamas de una hoguera en medio de la calle.

—¡He ahí el cordón! —exclamó el Profesor Hamlin—. ¡Ya era hora! Empiezan a dolerme los pies de tanto andar. Me acercaré solo, Steve. Y no creo equivocarme si te digo que dentro de doce horas se habrán tomado las medidas adecuadas para acabar con esta terrible pesadilla.

—Por si acaso, no mencione mi nombre, Profesor —recordó Waldron procaz—. Por una estúpida asociación de ideas me consideran el culpable de lo que ha sucedido y llaman «epidemia».

Con venerable gesto, el Profesor estrechó las manos de los dos jóvenes.

—Dese a conocer antes de llegar demasiado cerca de la tropa —continuó Waldron—. Tendrá usted que discutir con ellos y convencerles. Tienen orden de disparar contra cualquiera que intente abandonar el área infectada.

—No dispararán contra mí —aseguró confiado el Profesor.

Fue precisamente lo que hicieron. Y Waldron y la muchacha tuvieron que presenciarlo. La austera figura del hombre de ciencia se alejó de ellos, camino de las llamas que fulguraban en la distancia. Algún tiempo después le oyeron hablar. Se dirigía a alguien de una forma bastante peculiar, como si conferenciara en una sala de estudios.

Se encendió un foco y un rayo de luz recortó la impresionante silueta del Profesor. Este agitó las manos en el aire y avanzó. Una voz lejana profirió un aviso tajante. El Profesor Hamlin detuvo su marcha. La voz volvió a gritar. Evidentemente conminaba al Profesor a que retrocediera. Este replicó indignado y se adelantó deliberadamente e imponentemente.

Desde donde se hallaban, Lucy y Waldron vieron una ráfaga de chispas y oyeron el ratatatá característico del repiqueteo de un fusil ametrallador. El profesor Hamlin cayó al suelo, donde quedó inmóvil.

El espectáculo anonadó a los dos jóvenes. El reflector se movía de un lado para otro, buscando nuevas víctimas. Repasó un punto determinado y volvió a inundarlo de luz. Había algo que se confundía con los contornos de una figura humana. Las armas automáticas volvieron a bramar su mensaje de muerte. Era solamente un tronco de árbol desmochado. El proyector, satisfecho, prosiguió su búsqueda.

—El próximo boletín de noticias —murmuró Waldron disgustado— anunciará la muerte de un individuo que, saliendo de la ciudad atacada, trataba de forzar el bloqueo. El mundo creerá que alguien, que se recobró de los efectos de la epidemia, intentaba salir del área infectada y tuvo que ser matado. La gente de Fran Dutt, sin embargo, considerarán que el traidor entre ellos quería escapar para evitar el castigo. ¡Lo único que hemos logrado es que matasen al Profesor Hamlin!

Momentos después, añadió:

—Los de atrás pueden haber oído los disparos. Marchémonos de aquí.

Se internaron en la oscuridad, abandonando el lugar donde habían despedido al Profesor Hamlin.

La situación seguía siendo tan desesperada como antes.

Waldron se hallaba al borde de la ofuscación. Él solo no podía luchar contra los invasores. Se encontraba ante un problema, que el mundo llamaba «la nueva epidemia», que no podía abandonar. Lamentaba profundamente que sus esfuerzos para combatir el desastre dieran como único resultado la muerte del Profesor. Pero eso había sido culpa de la cerrazón de sus propios compatriotas y de hábiles maniobras de aquellos que estaban apostados entre ellos.

—No se me ocurre nada —se lamentó—. Acerquémonos a algún automóvil y veamos qué dice la radio.

Se alejaban del cordón militar en ángulo recto. La mayoría de los coches que hallaban a su paso tenían las baterías desgastadas o estaban demasiado destrozados. Más adelante encontraron unos cuantos aparcados, pero estaban cerrados y para utilizar la radio de alguno de ellos hubiera sido preciso romper un cristal. Este proceder podría delatar su posición, cosa que no les interesaba lo más mínimo. La bien organizada fuerza de saqueo habría destacado, a buen seguro, exploradores para investigar la causa de los disparos que perturbaran recientemente el silencio de la noche. Teniendo en cuenta que dos de sus oficiales habían sido asesinados con armas de fuego, cualquier detonación tenía importancia y había que averiguar su procedencia.

El silencio de la ciudad era exasperante. A esta distancia del centro, no se oía siquiera el zumbido de los camiones que, cargados de botín, salían de este mundo. La desolación era aún mayor al recordar que todas las casas estaban ocupadas por personas sumidas en un sueño hipnótico singular del cual no se sabía dónde, cómo, cuándo, ni si volverían a despertar. Las caliginosas calles estaban llenas de seres en idéntico estado y alrededor de ellas se movían las furtivas sombras de los causantes de la hecatombe. A todo esto se venía a sumar otro factor embarazoso, el acordonamiento de los límites de la población por tropas con órdenes de matar a quien intentara abandonar la ciudad de los muertos.

Waldron continuó inspeccionando todos los coches que hallaba a su paso. La mayoría estaban tan accidentados que resultaba imposible abrir sus puertas. Finalmente dio con un descapotable cuya capota estaba plegada. Se introdujo en él y, en un rincón, encontró una lámpara de pilas.

—¡Una linterna! —susurró—. Esto puede sernos muy útil.

Manejó las clavijas del radiorreceptor y se oyeron una sucesión de apagados chasquidos a los que siguieron unas notas musicales. Waldron redujo el volumen a su intensidad mínima y esperó. Había sintonizado con la emisora de Nueva York que, como todas, radiaba música entre boletín y boletín. La orquesta dejó de tocar y el aparato gruñó por alguna interferencia atmosférica. Waldron manipuló el volumen. De pronto una voz lejana decía:

… no ha aumentado. El procedimiento de contagio tiene perplejos a los más eminentes expertos en epidemiología. Los microscopios electrónicos no reflejan indicio alguno de los microorganismos aplicados. Las placas de cultivos introducidos difícilmente en los lugares afectados no dan fe de ninguna bacteria o virus desconocidos. La virulencia de la epidemia, no obstante, no ha decrecido en los lugares infectados. Un grupo de periodistas sometidos a cuarentena, por su anterior contacto con Waldron, se ha constituido voluntario de un experimento peligroso. Varios de ellos sometieron la idea de su posible inmunidad y pidieron se les dejase acercarse a la ciudad siniestrada, partiendo de distintos puntos.

Uno de los informadores, Nick Bannerman, del Mensajero, interpretó las palabras de Waldron como indicios de que la malignidad de la epidemia era menos aparente en la periferia de los lugares contaminados.

Equipado de un transmisor-receptor se internó por el camino elevado de Pulaski con intención de descubrir los primeros efectos que la epidemia produce en el cuerpo humano. Dijo que retrocedería al notar los síntomas iniciales. A las cuatro de la tarde de hoy se internó en terreno epidémico, manteniéndose en contacto con los médicos por medio del aparato transmisor-receptor antes mencionado. La última noticia que de él se tuvo fue cuando aseguraba no notar síntoma alguno. A media frase dejó de comunicar, enmudeciendo, y no se ha vuelto a saber nada de…

La voz de la radio continuó su cantinela hasta dar por terminadas las noticias. Waldron cerró el aparato. Estaba pensando. El contraste del silencio era tan intenso que las palabras del anunciante siguieron retumbando en sus oídos un buen rato. Todo a su alrededor estaba a oscuras. Hacia el Este, el cielo reflejaba un fulgor que apenas traslucía la niebla. Era la reverberación de las enésimas luces de la ciudad de Nueva York que, reflejadas en lo alto, devolvían su mutilación débilmente a través de la distancia.

—Un transmisor-receptor —murmuró Waldron—. ¡Sí pudiera agenciarme uno!

Se produjo un ruido a unas dos manzanas de donde se hallaban. Era un sonido metálico. Lucy buscó, inquieta, la mano de Steve. Este se paró súbitamente y retuvo a la muchacha. A corta distancia se movía media docena de hombres. Cruzaron la calle y desaparecieron.

—Ha faltado poco para que nos vieran —musitó Waldron—. Debería llevar esta armadura debajo de mis ropas. Entonces, si se acercaban demasiado, con hacernos los tiesos salimos del aprieto.

Todavía les quedaban generadores. Puso uno en funcionamiento y se quitó el jubón de escamas, mientras Lucy vigilaba atentamente, para volvérselo a poner debajo de sus vestiduras. Hecho esto, dijo:

—Deberíamos tener otra armadura como esta para ti. Si logro sorprender a uno de esos canallas, la tendrás —y añadió—: ¡Diablo! He disparado todos los cartuchos del revólver. ¡Es preciso que encuentre otro! El de algún guardia de la circulación servirá. Sin saberlo, el pobre, me sacará del apuro…

—Dijiste algo de un transmisor-receptor —recordó Lucy.

—A eso vamos. ¡Cuidado! —exclamó en un suspiro.

Había aparecido otra patrulla de los invasores. Pero esta no estaba tan cerca de ellos como la otra y pudieron seguir su camino cautelosamente. En el transcurso de una milla vieron varias más.

—Debe haber unos dos mil hombres expoliando la ciudad —murmuró Waldron—. Y la mitad de ellos estará tratando de dar con nuestro paradero. No saben exactamente a quién buscan. Esa es nuestra suerte. Puede ser un traidor, un rebelde o alguien como el Profesor Hamlin. No. A él no le han mencionado todavía en los boletines. Creerán que el causante de la muerte de los dos oficiales era un traidor.

La persecución del desleal no les llevaría, por el momento, a examinar todos y cada uno de los cuerpos tendidos por las tenebrosas calles de Newark, sería una tarea demasiado onerosa. No obstante, la búsqueda debía ser desesperada. La llevaban a cabo en plena oscuridad, evitando luces y ruidos, para que el mundo exterior no advirtiera que lo que tomaba por una epidemia desconocida era en realidad un saqueo alevosamente premeditado.

Lucy y Waldron tuvieron que moverse con cautela extraordinaria para esquivar las patrullas. Cruzaron el río sin ser descubiertos. Al otro lado del puente, lejos del centro, no había camiones ni neblina. En la oscuridad de la noche se podía percibir vagamente la blanca cinta del Pulaski Skyway que reculaba hacia otros parajes. En uno de los cruces, Waldron divisó a un policía de bruces en el suelo, al lado de su motocicleta. Se apoderó de su arma y cuantos cartuchos pudo encontrar.

Emprendieron el camino por el Skyway en dirección a Nueva York. La ascensión, con ser peligrosa, no preocupaba a Waldron. Los invasores, persistiendo en su idea de pasar inadvertidos, se limitarían a saquear únicamente el centro de Newark. No se atreverían a deambular por las afueras del área escogida por el pillaje. No les interesaba que, desde lejos, se columbrara movimiento alguno. Cualquier punto visto desde otro no inmovilizado todavía, tenía que aguardar su turno. La carretera se elevaba ahora por encima de los prados y, lejos, muy lejos, se distinguían luces. Las estrellas centelleaban su fulgor en el cielo como si se asombraran de lo que sucedía en la Tierra. Continuaron la ascensión por la amplia calzada. Lucy, fatigada, caminaba con trabajo. Waldron se detenía ante todas las motocicletas caídas que lograba descubrir. Si pertenecían a policías de tránsito, cargaba con los revólveres que encontraba y hacía acopio de municiones.

Iba ahora armado hasta los dientes. Pronto llegaron a lo alto, pero la caminata parecía no tener fin. Lucy tropezó dos veces y cayó a la tercera. Estaba desfallecida de cansancio. Waldron divisó a lo lejos el brillo de una hoguera y se detuvo. Abrió la portezuela de un coche, que había chocado contra las defensas de la carretera antes de pararse, y extrajo al solitario y tieso conductor. Acomodó a la muchacha en el interior del vehículo y dijo:

—Este es el camino que emprendió Nick Bannerman a pie y portando un aparato transmisor-receptor de radio. Quédate aquí mientras voy a ver si lo encuentro. No será tarea demasiado difícil. No temas, no me acercaré a nuestras líneas.

Lucy debía de haberse alarmado, pero no lo hizo, exhausta, y la voz de Waldron no llegó hasta su entendimiento porque, al sentarse, quedó dormida. Creyó que sólo unos minutos más tarde Waldron volvía a despertarla. Intentó aclarar sus ideas desesperadamente. Salió del coche y se hubiese caído de no sostenerla Steve.

—He encontrado a Nick —dijo—. Ven conmigo. Míralo.

Lo que siguió le pareció a Lucy parte de una pesadilla de la cual sólo se daba cuenta parcialmente.

Desde la puesta del sol, ella Y Waldron habían cubierto más de quince kilómetros. Se dio cuenta únicamente de que alguien la tendía cuidadosamente sobre una superficie suave y mullida y las últimas palabras que oyó fueron las de Waldron que decía:

—Aquí estaremos seguros. Duerme tranquila. Nick y yo tenemos mucho de qué hablar.

Cuando despertó no supo si eran las primeras horas de la mañana o las últimas de la tarde. Reconoció voces masculinas y percibió el reconfortante aroma de café recién hecho. Abrió los ojos y vislumbró a Waldron con aspecto cansado, pero sonriente.

—¿Has descansado bien? —preguntó.

—Sí, gracias —repuso. Intentó levantarse, pero le dolían todos los músculos del cuerpo—. Steve —se quejó—. Me duele todo.

—Te pasará en cuanto des un par de pasos —repuso Waldron—. Tenemos café y salchichas. Date prisa. Conocerás a Nick Bannerman, al fin. Cuando te lo presenté en la carretera estabas dormida.

Lucy se enderezó con alguna dificultad. Miró a su alrededor y vio que estaban en el interior de un garaje. Waldron la acompañó al despacho del taller, de donde provenía el fragante olor de café. Nick Bannerman estaba friendo salchichas en un hornillo de alcohol y se levantó al verlos entrar.

—En bonito lío estamos metidos, ¿eh? —dijo a modo de saludo—. Me cansé de estar allá en la cárcel, esperando a que decidieran si habían de matarme o no y, como Steve me había dicho que no se trataba de epidemia alguna, resolví hacer una heroicidad. Me presenté como conejillo de indias. Creí que notaría al menos unos síntomas antes de irme a pique, pero no fue así. Andaba carretera adelante, atento a mis sensaciones, las cuales comunicaba por radio, y, de pronto, vi a mi lado a Steve, quien me aplicaba este armatoste a la vez que me contaba cosas imposibles. ¡Total, henos aquí!

—Hemos forjado un plan para acabar con estos bandidos —dijo Waldron—. Esta vez no nos fallará.

—O, por lo menos, eso esperamos —interpuso Nick—. Mi transmisor-receptor resulta inútil. No hay nadie a la escucha. Que nos oigan es requisito indispensable para que lo podamos usar provechosamente. En defecto de este medio de comunicación, hemos ideado otro que vamos a poner en práctica dentro de poco.

Sirvió café y bebieron en silencio.

—Debo de estar horrible —dijo Lucy, mesándose los cabellos, y preguntó seguidamente—: ¿Qué es lo que pretendes hacer, pues, Steve?

—Nick anduvo husmeando por ahí y encontró un par de magnetofones. Tuvimos que ajustarlos para que funcionaran con baterías. Hace media hora grabamos el mensaje que va a oír el mundo.

—No volvimos al centro —dijo Nick entregando a la muchacha un emparedado de salchicha—. Nos hemos quedado en la periferia, porque los teléfonos de este sector tienen su central en la ciudad de Jersey. ¿Comprende, Lucy?

—No hay comunicación telefónica entre Newark y Nueva York —aclaró Waldron—. Los compatriotas de Fran se apoderaron de la central, a las primeras de cambio. Pero nada pueden hacer con las centrales de teléfono de Jersey, porque esa ciudad no está bajo su dominio.

—¡Ah! ¡Comprendo! —exclamó Lucy—. ¡Podéis telefonear desde aquí con cualquier punto del exterior!

—Yo ya lo hubiera hecho —manifestó Nick—. Pero Steve es un tipo desconfiado. Dijo que media hora después de telefonear no sé qué de unas ratas, en Nueva York, el lugar a que se refirió fue atacado por la paralización. Este Fran Dutt, por lo visto, tiene amigos influyentes en todas partes. Sus compatriotas se enteran de las noticias a medida de que éstas acontecen. Si nos pusiéramos a charlar por teléfono desde aquí, nos cogerían en un abrir y cerrar de ojos. ¡Poseen un buen servicio de espionaje! Por lo tanto no vamos a hablar; descolgaremos un auricular antes de marcar cierto número, y lo colocaremos al alcance de las palabras en la cinta magnetofónica, la cual irá desgranando el reportaje más sensacional del siglo. Y entonces saldremos corriendo, antes de que lleguen las fuerzas policiales de los invasores.

Parecía un plan perfecto. A prueba de fallos.

Waldron añadió:

—Y para asegurarnos mejor, llamaremos a Filadelfia. Marcaremos el número de la Oficina de Prensa Reunida de esa ciudad. Cuando tengan la noticia, la extenderán por todo el país a través de su cadena de periódicos, antes de que Fran y los suyos puedan evitarlo. ¡Los espías, infiltrados en Nueva York, se enterarán de lo sucedido por la prensa matutina!

La idea no era mala. Precautoriamente esperaron a que llegara la puesta de sol. Era más fácil escurrirse entre las tinieblas que a plena luz del día. Escogieron uno de los coches del garaje, se aseguraron de que estaba en orden y bien abastecido de carburante, luego, revisaron sus armas. Redujeron el tedio de la espera comiendo salchichas y bebiendo café, provisiones que había cogido Nick de una charcutería, en su salida de exploración al amanecer. Los tres estaban contentos. Todo lo que tenían que hacer era descolgar el auricular de uno de los teléfonos automáticos y…

La noche cayó, finalmente, pero esperaron a que la oscuridad fuera completa.

De pronto, percibieron un sonido disconforme. Los tres palidecieron a la vez. Era un ruido de muchos pies, hollando el suelo en marcha desordenada. En el garaje reinó un silencio de muerte. Waldron sacó su revólver y Nick asió el suyo, esperando acontecimientos.

Los pasos se iban acercando sin prisas, sin titubeos. Progresaban ostensiblemente hacia el garaje. Llegaron a su altura y siguieron adelante, camino de otro lugar. Provenían de una partida de cuarenta o cincuenta individuos. Todos llevaban puesta la característica armadura de escamas de los desconocidos invasores. El tropel de sus pisadas se fue perdiendo paulatinamente, en la oscuridad de la noche y, en la calle, volvió a reinar el silencio.

Transcurrió un buen rato antes de que Nick Bannerman se atreviera a hablar. Preguntó nervioso:

—¿Qué diablos estarán haciendo aquí?

Su presencia en aquella parte del terreno, dominado por ellos, no era de extrañar teniendo en cuenta el inminente desarrollo de futuros acontecimientos. Pero el trío del garaje estaba demasiado preocupado con su suerte, para buscar una razón que respondiera a la concentración de elementos de los invasores a lo largo de la periferia de Newark.

El cerebro de Waldron había estado desesperadamente ocupado con los peligros inmediatos y la frenética precisión de hallar la razón de la «epidemia», así como el modo de contrarrestarla. Había intentado transferir sus conocimientos a gente que pudiera hacer buen uso de ellos y, por tanto, no había tenido tiempo para anticiparse a posibles sucesos venideros.

No obstante, no se concebía que los invasores-saqueadores, forasteros, en rigor de otro mundo, se conformasen con apoderarse de, y saquear, una ciudad única para volver luego a su punto de partida. Tendrían que retirar el increíble artilugio que paralizaba todo vestigio de vida en los humanos, o mantenerlo en marcha. Si lo retiraban se vería el saqueo y se inferiría el uso de alguna clase de arma o instrumento. Si seguía funcionando, alguien descubriría, a la larga, su modo de operar y manejo.

Habiéndose apoderado de una ciudad, los invasores no podían retirarse. Tenían que seguir adelante. Si pensaban extender la paralización para apoderarse de más terreno, tendrían que aprestar sus avanzadillas para ocupar dicho terreno tan pronto cayera bajo su extraño influjo. Los componentes de los pelotones de vanguardia serían los encargados de cortar las comunicaciones telefónicas, la fuerza eléctrica, etc., y estar alerta por si se declaraba algún incendio de proporciones peligrosas para el logro de sus fines.

La partida de hombres siguió su camino y no volvió a aparecer.

—No haremos uso de este teléfono —murmuró Waldron—. Estos merodeantes bandidos podrían descubrirnos. Volveremos atrás. Llevaremos un aparato magnetofónico cada uno, Nick, y si es preciso correr, habremos de hacerlo.

Nick tragó manifiestamente la saliva que no quería pasar por el nudo que se le había hecho en la garganta. Pensaba en los cincuenta hombres que acababan de pasar ante el garaje.

—Sí, sí, claro —dijo ausentemente. Y más concreto, exclamó—: ¡Mal haya con esos apestados! ¡Qué susto me han dado! Lograron asustarme, Steve, ¡y no me gusta que me asusten hasta ese extremo!

Media hora más tarde salían del garaje en el que Lucy había descabezado un sueño mientras Nick y Waldron arreglaban los aparatos grabadores para que transmitieran su mensaje.

Los tres se movieron con extrema precaución en la silenciosa oscuridad. Tardaron otra media hora en llegar a una tiendecita abierta, en la intersección de dos calles. Colocaron uno de los grabadores al lado del teléfono, conectaron las pilas y lo dejaron a punto de emitir, sólo había que darle marcha. Una manzana más lejos hicieron lo mismo con el otro magnetófono, esta vez en una carnicería.

Waldron levantó el auricular y escuchó. La central telefónica daba la señal de marcar. Giró el disco, formando el número que le indicara Nick. Oyó la llamada al otro lado del hilo y una voz aburrida que decía en tono rutinario:

«Prensa Reunida. Diga.»

—Tome nota —dijo Waldron—. Conectamos un reportaje magnetofónico de Nick Bannerman y Steve Waldron. Llega desde la ciudad de Newark. ¡Procure no perder ni una palabra! Lo repetiré dos veces.

Nick puso el grabador en marcha y el aparato habló en el silencio de la noche:

Habla Nick Bannerman, del Mensajero estoy en el interior de lo que se supone foco epidémico que incluye a Newark. He contraído los extraños efectos de la mal llamada epidemia y me he recuperado de ellos. Voy a contaros cómo sucedió.

Salieron de la tienda de expedición de carnes. Waldron cerró la puerta tras de sí, firmemente, para que las palabras del aparato no pudieran ser oídas desde la calle, y se precipitaron hacia el lugar donde habían dejado el primer aparato. Nick descolgó el teléfono. Prestó atención y percibió claramente la señal de la central. Marcó el número del Mensajero.

Mensajero, recepción. ¿Diga? —contestó una voz conocida.

—Soy yo —declaró Nick—. Nick Bannerman. No pierdas una palabra de lo que te voy a decir. ¡Escucha!

El magnetófono empezó:

Habla Nick Ban…

Y Nick, absurdamente, colgó el auricular.

—Es inútil, Steve —dijo—. Acaban de cortar la comunicación. ¡Esos apestados controlan todos los teléfonos de esta área! ¡Y no deben de hacerlo desde muy lejos! ¡Salgamos de aquí! ¡Vamos!

Salieron corriendo a la calle. Waldron cogió a Lucy por la muñeca y la arrastró tras de sí. Los tres se precipitaron desesperadamente calle abajo para alejarse lo más posible de la esquina. En el implacable silencio, sus pisadas sonaban a redoble de mil tambores.

Al ruido de sus pisadas vino a sumarse, de pronto, otro sonido poco alentador. Se acercaban coches, muchos coches, que viajaban a oscuras. No era posible conducir sin luz a la velocidad que indicaba el zumbido de sus motores. Y sin embargo, los vehículos avanzaban a velocidad de vértigo y en la más completa oscuridad.

—¡Noctoscopios! —exclamó Waldron acercándose a Nick—. ¡Con razón me preguntaba cómo iban a esa velocidad! ¡Van equipados con noctoscopios!

Corrieron unos cuantos pasos más y se tumbaron en la acera.

—¡Quieta! —jadeó Waldron a Lucy—. ¡Hazte la paralizada!

Un noctoscopio era un artificio inventado para dar la réplica a los tiradores apostados en tiempo de guerra. Transformaban los rayos infrarrojos en luz visible que se reflejaba sobre una pantalla en el interior del coche. El conductor, con la vista fija en ella, podía conducir a través de la más completa oscuridad. El aparato captaba las diferentes temperaturas de las calles y de los muros de los edificios, para reflejar sus contornos, en distintos grados de intensidad lumínica, sobre la pantalla.

A una manzana de donde se hallaban tendidos apareció la borrosa sombra de un automóvil. Iba cargado de hombres con armadura de escamas. Pasó cerca de los postrados y frenó a unas cien yardas de distancia. Se apearon cuatro individuos y el coche reanudó su marcha desenfrenada para apostar más perseguidores en otras intersecciones.

Waldron sudaba profusamente. Exudaba porque se había creído perdido. Y en realidad sólo se habían salvado por el más puro de los azares. Porque, estando vivos, sus reflexiones en la pantalla del aparato de rayos infrarrojos eran más brillantes y visibles que las de los demás seres petrificados que había por los contornos. El conductor, en sus prisas por acordonar el sector, no había reparado en las figuras tendidas en la acera. El noctoscopio reflejó unos cuerpos tibios, al igual que el «tercer ojo», el órgano perceptivo del calor, con el cual localizan las víboras a los animalitos de sangre caliente en sus escondrijos y recovecos de los bosques.

Los cuatro hombres apeados del vehículo a corta distancia de los fugitivos se desplegaron y empezaron a caminar, alejándose de ellos.

Se detenían para tocar a todas y cada una de las yertas figuras que encontraban a su paso. Investigaban incluso los coches atascados y averiados. Buscaron por todos los rincones, usando linternas que reflejaban una luz azulada. Afortunadamente no iban equipados con aparatos de rayos infrarrojos. Les habían avisado que la persona increíblemente activa y astuta que tenían que apresar se escondería de ellos pretendiendo ser una víctima atiesada más. Los cuatro hombres se perdieron en la distancia, cumpliendo el cometido que les había sido asignado. Waldron tardó un buen rato en ponerse en pie. Por suerte el acordonamiento del sector había empezado a unas yardas más allá de donde había logrado llegar él, su carrera a través de la noche. Veinte minutos más tarde volvían a estar en el garaje de donde habían partido y en el cual habían trabajado tan esperanzadamente con los grabadores magnetofónicos. Retornaron al lugar porque lo conocían y era peligroso permanecer en la calle. Un tenue olor de café permeaba todavía el local. Lucy empezó a tiritar.

—¡Hemos de hacer algo, Nick! —exclamó Waldron desesperado—. Hemos de…

Volvieron a oír pisadas en el exterior. Esta vez provenían de dos pies únicamente. Un individuo bajaba por la calzada, en la misma dirección que llevaron los otros. Llegó a la puerta del garaje, la abrió y entró en el taller.

Los fugitivos escucharon la voz de Fran Dutt.

—¡Lucy! ¡Steve! —llamó.

No recibió contestación. Los tres permanecieron mudos e inmóviles.

—¡Contestadme! —exigió Fran procurando no elevar demasiado el timbre de su voz—. ¡Sé que estáis aquí!, os he descubierto con un detector de onda corta. Los dirigentes no han pensado en eso todavía. Yo formaba parte del grupo que pasó por aquí hace un rato. Mi detector reflejó las vibraciones eléctricas de vuestras defensas contra la paralización. Lo mismo que hace ahora. No os denuncié a los míos, como podía haber hecho. Soy vuestro amigo… ¡Steve, Lucy! He de hablar con vosotros.

Silencio. Finalmente surgió la voz de Waldron amenazante.

—Te estoy apuntando con un revólver, Fran —dijo—. Acércate y habla. ¡Pero habla en voz baja!

Fran se aproximó al despacho y cerró la puerta del mismo tras de sí. Se iluminó la cara con la linterna de luz azulada que portaba. Sus facciones mostraban gran cansancio.

—He estado preocupado por ti, Lucy —dijo con gran amargura—. ¿Estás bien?

Bajó el foco para ver a la muchacha, el haz de luz iluminó a ésta y a sus compañeros.

—¡Vaya! —exclamó—. Ya sois tres, ¿eh? No has perdido el tiempo, Steve. —Colocó la linterna en el suelo, sin apagarla, para que iluminase la estancia—. Recibimos una llamada de alarma de no sé dónde —continuó—. Los demás fueron para allá y yo aproveché la coyuntura para venir aquí. He de reconocer que todo este asunto es peor de lo que imaginé pudiera ser, Steve. Están saqueando la ciudad, llevándose vuestras mujeres para entretenimiento de los dirigentes. ¡Es terrible! Me horroriza pensar que puedan coger a Lucy. ¡Es preciso buscar un lugar seguro para ella, Steve!

Waldron guardó su revólver y tomó asiento sobre un viejo bidón de gasolina. Fran Dutt se retorcía las manos con gesto de atormentado desespero.

—Bien —dijo Waldron—. ¿Que solución propones para la seguridad de Lucy? Por mi parte he hecho cuanto ha estado a mi alcance para…

Fran hizo un movimiento brusco y traicionero.

—¡Esta! —dijo.

De algo que sostenía en la mano partió un fogonazo. Del generador que protegía a Nick Bannerman saltó un chispazo azulado. El arma de Fran volvió a disparar contra Waldron.

Lucy exhaló un grito. Nick cayó grotescamente al suelo en la compostura que tenía de pie, afectado por el extraño tétano que el mundo llamaba epidemia. Waldron permaneció rígido sobre el bidón en que estaba sentado. Sus músculos se habían congelado y su mirada estaba fija en un punto indeterminable. Al ver lo sucedido a Steve, Lucy rompió en sollozos.

—Mejor hubiera sido que me hubiese matado al entrar, porque te quiero, Lucy, y no soporto verte sufrir —dijo Fran amargamente.