CAPITULO VI
Waldron, cogido por sorpresa, no supo qué hacer. Cruzó un dedo sobre los labios y siseó, forma universal de reclamar silencio.
Es totalmente imposible tratar de adivinar lo que pasó por la mente del aparecido. Bajó la mano —en la cual sostenía, posiblemente, un arma— y adelantó la cabeza para ver mejor las facciones de quien, en la oscuridad, le conminaba a no hacer ruido. En aquel instante, el puño de Waldron salió disparado, llevando en sus nudillos toda la fuerza que pudo reunir su musculatura. No había luz suficiente para medir distancias pero el golpe, afortunadamente, dio de lleno en la mandíbula de su adversario, quien retrocedió aturdido. Waldron no esperó a que pudiera recuperarse. Se lanzó contra él y siguió golpeándole con incontenible saña hasta que cayó al suelo. Steve cayó sobre él y, a tientas, buscó el cuello de su enemigo. El ataque había sido tan rápido e inesperado que el individuo no emitió siquiera un gemido.
Algún tiempo después, Lucy oyó la voz de Waldron que susurraba:
—Lleva una especie de coraza. Un jubón hecho de escamas metálicas que le sirve de protección, como a nosotros los generadores. La armadura evita que le sobrevenga la rigidez. Si se la quito… ¡quedará paralizado como todos los habitantes de esta ciudad! Pero hemos de esconderlo.
Waldron se irguió y cargó el cuerpo inerte sobre sus hombros. Un sudor frío recorrió su espalda y perló su frente al pensar que el hombre que había abatido llevaba un artificio que le protegía contra el principio desconocido que convertía a la gente en imágenes inflexibles. Todos sus compañeros llevarían un artilugio semejante. Iban total y permanentemente protegidos. Lo único que resguardaba a Waldron de la catalepsia era un artefacto improvisado con pilas que, al menor golpe o movimiento brusco, podrían dejar de suministrar corriente a la frágil lengüeta que emitía las radiaciones de alta frecuencia. Ahora, aumentó su miedo al recordar que había luchado casi a brazo partido, amparado únicamente por un recurso tan inestable.
Dominado por esta sensación, no llevó muy lejos a su prisionero. Depositó su carga en el suelo, le quitó el casco apretado de escamas y lo ajustó a su propia cabeza. Luego, le despojó de la cota, también escamada, y dio instrucciones en voz baja a Lucy, para el caso de que, al ponérsela, quedara paralizado. Vestido de estas trazas se sintió más seguro. La vida de Lucy dependía de la suya y, si tenía que volver a luchar, prefería hacerlo en, más o menos, las mismas condiciones de sus adversarios.
Se agachó y tocó la cara de su víctima. Estaba dura como la piedra. El cuerpo de este hombre, compatriota de Fran Dutt, había cedido al peregrino poder que había convertido a la ciudad en un gigantesco lazareto. Waldron escondió a su ex enemigo lo mejor que pudo y se alejó del lugar con Lucy. No logró encontrar el arma de que fuera portador el despojado compatriota de Fran. Si era como las que él, Waldron, conocía, se habría destruido a sí misma al caer al suelo.
Steve se orientó por el apagado zumbido de los motores de los camiones que se dirigían, con las luces apagadas, hacia los emplazamientos comerciales de la ciudad. Pensó que los conductores tendrían vista de lince. Cogidos de la mano se encaminaron por una calle paralela a la dirección que llevaban los camiones. Atravesaron manzana tras manzana de casas, andando por entre una negrura sepulcral. Las estrellas eran invisibles a través de la neblina que lo envolvía todo. Waldron creyó oír otra caravana de camiones que iba a reunirse con la primera.
Siguieron avanzando en dirección del sonido, tratando de evitar los bultos y las siluetas que, en las aceras, a duras penas se vislumbraban. Sabían que eran de seres humanos convertidos en estatuas. Llegaron a un lugar bloqueado por una masa retorcida de metales que, en un tiempo, había sido un camión de transporte. El aire estaba saturado aún por la gasolina derramada. Rodearon los destrozos y prosiguieron su camino.
—No comprendo —susurró Waldron, forzando el oído para captar los sonidos que le traía la noche—. Están saqueando la población, pero tratan de hacerlo silenciosamente. Se llevan el botín a oscuras para no ser vistos desde el aire. ¿Por qué? ¿Adónde lo llevan?
Había varias y posibles explicaciones al enigma que se preguntaba, pero no era momento de descifrarlas. La primera reacción, por ejemplo, ante la noticia del desastre de Newark, había sido de una gran incertidumbre. La sospecha de que fuera el resultado de una acción comunista no se sostuvo. Se creyó también que pudiera ser el primer ataque a la Tierra de los Platillos Volantes, dando tema así a las historias y cuentos que sobre ellos se habían venido narrando a través de los años. Los compatriotas de Fran Dutt no podían adivinar qué clase de explicación se darían las autoridades con respecto a la «epidemia». La táctica del saqueo disimulado e invisible se debía, probablemente, a medidas de precaución. Pues una América aterrorizada y convencida del óbito de la población total de Newark no dudaría, dentro de su desesperación, en usar la bomba atómica contra los que creyera invasores provenientes del espacio exterior. Tal medida sería puesta en práctica si se observara cualquier actividad en la ciudad siniestrada, que acusara la presencia de seres ajenos a ella.
Lucy y Waldron llegaron a una intersección de calles, donde se abría una plaza triangular. En este punto la niebla parecía menos densa y la penumbra ganaba terreno a la oscuridad, aumentando ligeramente la visibilidad. O quizá la tenue claridad proviniera de un gran edificio situado en el fondo de la plazuela. Fuese por la razón que fuere, el caso era que, aquí, se podía ver los camiones cargados de botín girar y dirigirse pesadamente hacia el edificio del final de la plaza, de donde no volvían a reaparecer.
—Creo tener una idea de lo que está sucediendo ahí dentro —murmuró Waldron—, pero quiero estar seguro. Acerquémonos por la parte posterior.
Tardaron media hora en cubrir la corta distancia. La difusa claridad no provenía de pantallas iluminadas. Parecía escurrirse del interior de las instalaciones del gran edificio y era insuficiente para ser detectada desde lejos. Waldron se movió con infinita precaución por la sombra que imperaba detrás de la construcción. No había centinelas. Sacó el revólver y se acercó a una de las ventanas. Lucy, que estaba a su lado, le cogió de la mano… Steve pegó su cuerpo a la pared y miró por uno de los ventanales. La mano que sostenía la de Lucy se aferró sobre la de la muchacha. Apartó la vista de lo que le sobresaltara y, con un ademán, invitó a ésta a que mirara a su vez.
Lucy se encontró contemplando un salón exageradamente grande, cuyo techo distaba del suelo unos veinte pies. El pavimento, de cemento, estaba incrustado de trocitos de mármol y mica que lanzaban débiles destellos. Se veía claramente que en la entrada había existido una puerta giratoria que ahora estaba arrancada de cuajo para dar paso a la interminable sucesión de camiones que trasponían el edificio. Estos seguían entrando y sus conductores estaban atentos a las órdenes que recibían al entrar, emitidas en un lenguaje extraño y gutural. En el centro de la enorme estancia y a menos de medio metro del suelo, había sido erguida una espaciosa plataforma de madera que semejaba una gigantesca jaula. Las paredes laterales de la jaula estaban formadas por barras de metal pulido, de una pulgada de diámetro cada una. La especie de jaula no era cuadrada sino circular y las barras pasaban por debajo de la tarima, encerrándola en una espiral por uno de cuyos extremos entraban los camiones tras subir la rampa que llevaba a la plataforma.
Cuando los vehículos llegaban al centro de la espiral desaparecían, se evaporaban como la llama de una vela al soplar sobre ella. De la plataforma se desprendía una claridad azulada, cual si fuera un fuego fatuo extraterrestre. Por la rampa subía un camión lleno de maquinaria y tras él venía otro y otro y otro, en incansable procesión. Todos ellos cargados hasta su máxima capacidad. Los hombres que estaban en el local llevaban la extraña armadura que Waldron había arrebatado a uno de los suyos. Vehículo tras vehículo entraba por la espiral y desaparecía para dejar sitio al que le seguía.
La fantasmagórica luminosidad de la plataforma rielaba espectralmente. Se movía en mil ritmos pavorosos. Había momentos en que Waldron no creía estar viendo una refulgencia, sino un delirio filosófico.
Observó atentamente un lugar determinado de la claridad. La incandescencia iba y venía. Pero en su punto álgido reflejaba algo en su masa inestable. Era como si portara imágenes dentro de sí misma. Parecía una sucesión de intermitentes reflejos cinematográficos, como si un proyector cinemascópico proyectara su cinta sobre una pantalla de humo cuyos volúmenes, indeterminables y erráticos, oscilaran en su tamaño y períodos de aparición. La reflexión se veía un momento aquí y otro acá, desaparecía y volvía a reaparecer. En uno de estos vaivenes, Waldron vio la cara de un hombre claramente reflejada en la luminosidad. Desapareció y volvió a aparecer, pero el hombre había cambiado de posición. Un tinte azulado dominaba la imagen incompleta. Lucy se apartó de la ventana para mirar, perpleja, a su compañero. Los ojos de éste, fijos todavía en la extraña visión, fulguraban mostrando la profunda satisfacción que sentía.
—¡Steve! —murmuró la muchacha—. ¿Qué es lo que sucede ahí dentro?
—Esas imágenes que has visto —repuso Waldron en voz baja— son, en realidad, escenas del mundo de Fran Dutt. Nos vienen del otro lado del ámbito. Los camiones pasan a él y nos devuelven una llamita. Con una operación a la inversa es como vino aquí Fran. En caso de necesidad, a través de esa espiral, podríamos invadir ese mundo y recuperar las personas y cosas que se llevan a él.
Steve seguía mirando por la ventana. Lucy volvió a asomar la vista, sabiendo ahora el significado de las escenas fragmentarias que se reflejaban en la lumbre de la plataforma. Waldron había dicho que su padre estaría probablemente en ese lugar. Vio un planeta enigmático, que no era la Tierra y lo era, colocado en lo que se podía denominar cuarta dimensión y rodeado por las otras tres. Contempló la refulgencia con acentuada intensidad en espera de ver aparecer a su padre.
Pero las trémulas y vacilantes revelaciones, parecidas a las que podría reflejar la pantalla de un aparato televisor estropeado, sólo mostraban vistas fragmentarias de ese mundo desconocido hasta entonces, por los que se consideraban únicos habitantes del globo terráqueo. Lucy vio, intermitentemente, el brillo de unas antorchas, un camión que sólo dos minutos antes había desaparecido de la Tierra por entre los hélicos metales que circundaban la plataforma. Ahora estaba rodeado por seres parecidos a los humanos. Había desaparecido y, sin embargo, existía. No en este mundo sino en una tierra que ocupaba su mismo espacio.
—¡Vamos! —dijo Waldron en voz baja, apartándose de la ventana y tomando la delantera—. Lucy le siguió, atenta a cuanto le rodeaba. De no haber sido por esto, Waldron, embargado por el significado de lo que acababa de ver, se hubiera dirigido, inadvertidamente, hacia la línea de camiones. Los avisos de la muchacha le devolvieron a la realidad y se alejaron del edificio y sus contornos.
Aparte del ronroneo de los motores, camino de su desaparición, el silencio y la criminalidad les rodeaba por doquier.
—Una caravana de camiones baja desde Belleville y otra viene de más allá —dijo Waldron agitando el brazo en la oscuridad—. No pueden efectuar su pillaje fuera de esos límites por temor de que les oigan las patrullas que acordonan la ciudad. Voy a… —Steve interrumpió sus palabras, como si se acordara de algo—. ¡Claro! —continuó—. ¡El Profesor Hamlin! Lucy, a él le harán caso. Sé donde vive. ¡Vamos a buscarlo!
—¡Pero, Steve! Estará paralizado como todos los demás.
—¡Naturalmente! Pero podremos reavivarlo con uno de los generadores. ¡Es la única persona que puede sacarme del atolladero en que me han colocado mis congéneres!
Escogieron otra ruta para dirigirse a la casa del Profesor y, caminando por ella, Waldron volvió a ensimismarse en la significación de lo que había presenciado. Desde la primera llamada telefónica de Fran Dutt hasta este momento, todos los acontecimientos habían sido azarosos. Pero cada uno de ellos marcaba una etapa. Encajaba en la hipótesis que se había ido formando. Acababa de ver algo que era mucho más que mera materia hipotética. Era una revelación. Una explicación del porqué de todo el asunto.
Waldron contó a Lucy lo que tenía lugar, mientras sorteaban las figuras yacentes que moteaban las penumbras de la ciudad inmóvil. La gente paralizada y los desastres que iban dejando atrás ya no horrorizaban a Waldron. Despertaban en él un sentimiento de odio contra los causantes de una tal barbaridad. Relató a la muchacha lo que sabía y lo que, por cálculo de probabilidades, había adivinado. Explicó lo que no podía probar como cierto, no obstante serlo por la naturaleza de los acontecimientos. Había otro planeta que ocupaba el mismo espacio que la Tierra. La teoría de Straussman había resultado verídica. El tamaño del otro planeta debía de ser idéntico al de la Tierra y contenía los mismos elementos en igual proporción. Su atmósfera, sus océanos y sus nubes eran iguales a los de la Tierra. De ahí, pasó a sus especulaciones favoritas: si, ocasionalmente, habían tenido lugar intercambios biológicos entre las especies, la existencia en la Tierra de animales y plantas de origen desconocido tendría su explicación. Tales intercambios se habían producido en épocas de cataclismos. En tal caso se comprendería, también, que la gente de un mundo hubiese poblado el otro. Esto respondería a la semejanza entre Fran Dutt y sus compatriotas, por un lado, y los humanos, por otro. Como materia de meditación científica, la teoría de Straussman servía para especular sobre la existencia no sólo de dos mundos en un mismo ámbito, sino de tres, seis, dieciocho, cincuenta y cuatro…
—Tendremos nuevos mundos que explorar —dijo, pensando en el futuro—. Mundos como el nuestro; con océanos y continentes desconocidos. Encontraremos seres ignorados, plantas desconocidas y frutas jamás probadas por el hombre. Habremos de colonizar las nuevas tierras y crear otras fuentes de riqueza. Nunca, nunca más, habrá otra guerra entre naciones que…
—Sch… —murmuró Lucy, apuntando con el dedo hacia una claridad que se veía no muy lejos de ellos.
La luz provenía de una esquina, era azulada, muy difusa, y no reflejaba destello alguno. Waldron se detuvo en seco. Prestó atención y oyó voces que parloteaban en el indescifrable idioma en que se expresaban los individuos de la extraña armadura de escamas. Una de las voces espetó algo con arrogante aspereza y otra contestó con apocada humildad. Se oyó un ruido seco, como el de un latigazo, al que siguió un gemido contenido. La voz arrogante volvió a ladrar una orden y se hizo el silencio, y Waldron percibió otra voz, esta jactanciosa, de tono arrogante, contestó en chanza, como dirigiéndose a un su igual. Se escuchaban también las idas y venidas de múltiples pies que se movían céleres.
Waldron empujó suavemente a Lucy contra la pared indicándole que no se moviera de allí y se adelantó lentamente, procurando evitar cualquier ruido. Levantó el revólver que llevaba en la mano a la altura de su cintura, presto a usarlo en caso necesario. La índiga claridad le permitió sortear un grupo de yertas figuras que habían sido probos ciudadanos de Newark, paralizados ahora por el criminal ataque. Steve llegó hasta la esquina y miró desde ella. Su vista abarcó la marquesina de un cinematógrafo de la que sobresalían grandes letras, apagadas, que deletreaban el nombre de una artista de reconocida fascinación. En la acera había movimiento. La luz provenía de la entrada del local de espectáculos. Al lado del bordillo estaba parado un camión cargado de cuerpos femeninos en estado cataléptico. De pie, en el vestíbulo, hablaban dos hombres jóvenes de altivo aspecto. Portaban sendas cañas, a modo de látigo, de cuyas puntas pendían unos filamentos rematados en sus extremos con bolas de metal. Ambos individuos iban revestidos de la cota de escamas que protegía a todos los suyos, e incluso, ahora, a Waldron. Por su porte y sus ademanes parecían jóvenes oficiales o nobles de la comunidad de los saqueadores. Otros hombres, con la misma indumentaria, pero menos presencia, sacaban del cine más cuerpos de mujeres paralizadas. Todos eran, invariablemente, de chicas jóvenes que habían estado viendo el espectáculo cuando sobrevino la catástrofe.
Se apoderó de Waldron un furioso rencor que le nubló la vista momentáneamente. La sangre se agolpó en sus sienes y tuvo que ejercer un sobrehumano esfuerzo de voluntad para serenarse. Ahora había tres individuos cargando otras tantas mujeres en el camión. Hecho esto fueron a cuadrarse ante los dos oficiales, saludaron sumisamente y se precipitaron al local en busca de nueva carga. El saludo que hicieron ante los arrogantes jóvenes del látigo, no tenía nada de marcial ni guerrero. Más bien parecía la humilde salutación de un esclavo a su dueño.
Los dos jefecillos permanecieron en la entrada, en elegante holganza, charlando en su críptico idioma. Uno de los subordinados salió portando otra mujer joven. Los oficiales la inspeccionaron y uno de ellos arrancó el sombrero de la rígida cabeza para ver mejor las facciones de la muchacha. Otros dos hombres salieron del local con más carga para el camión. Waldron sintió posar sobre su brazo la mano inquieta de Lucy. Le había seguido.
—¿Qué hacen, Steve? —preguntó.
—Están cargando ese camión con mujeres indefensas por la paralización —repuso furioso—, para transportarlas a su mundo. Allí las devolverán a su estado normal para que les sirvan de esclavas, esposas o lo que sea. Mira, ahora están discutiendo sobre las dos últimas que acaban de traerles.
El debate entre los dos oficiales era llevado en tono zumbón. La última muchacha estaba sonriendo cuando le sobrevino la paralización y los dos del látigo argüían amistosamente sobre las dotes de la afectada fémina. En esto, uno de los subordinados tropezó y rozó ligeramente a uno de los hidalguillos el cual, ofendido, ladró una orden. El culpable —que al tocar a su jefe, había saludado con la humildad que de él se esperaba— adoptó la posición de firme y aguardó con los ojos cerrados. El temor cubría sus facciones. El látigo de puntas metálicas cayó sobre su rostro, repetidas veces, con rencoroso afán de herir. Los trozos de metal abrieron profundos surcos en la cara del castigado de donde empezó a manar sangre.
Waldron se asomó a la esquina y las detonaciones de su revólver crearon un revuelo en el silencio de la noche.
El del látigo se tambaleó con el brazo en alto y cayó. Su compañero rugió con furia inarticulada y buscó algo en su cintura. Waldron volvió a disparar, matándolo de un tiro.
Siguió disparando, elevando ahora la trayectoria de las balas que pasaban por encima de las cabezas de los subordinados. Estos gritaron y huyeron a la carrera con el miedo metido en sus cuerpos.
El eco de los disparos retumbaba por la ciudad silenciosa cual si fueran cañonazos.
—¡La he hecho buena! —exclamó Steve, furioso consigo mismo—. ¡Verás la que se va a armar ahora! Sube a ese camión. ¡Corre! ¡Hemos de alejarnos de aquí!
La ayudó a encaramarse al vehículo y abrió la llave de contacto mientras pisaba el botón de arranque. Creyó que las resonancias de los disparos no terminarían nunca. El eco reverberaba de casa en casa y de calle en calle, sin extinguirse.
Waldron, en su nerviosismo, temió que entre las sombras le acechara un ejército, presto a destruirle en el momento oportuno.