CAPITULO IV
Waldron se puso en pie sin soltar el pequeño artificio que había construido. Sus manos apretaban el contorno con fuerza. No tenía la pistola del padre de Lucy. Se la había dado a la muchacha. La buscaría y se llevaría por delante a más de uno de los que se aproximaban. Odio y coraje se pintaban en su rostro. Bajó la vista hacia el objeto que sostenía entre sus manos. En su interior oscilaba una pequeña lengüeta de metal y creaba una chispa azulada al ir de un lado para otro. Waldron se movía, respiraba todavía, gracias a esa chispa y a las corrientes de alta frecuencia que generaba. Vio ante sí los otros generadores, gemelos del que sostenía. Se acercó al aparato de diatermia y dio la corriente eléctrica sin soltar su propio artificio. Cogió los reóforos, los aplicó al doctor y, con sumo cuidado, para evitar interferencias en su propio generador, le adjudicó una dosis de corriente.
El médico volvió en sí como si despertara de un sueño.
—¡Quieto, doctor! —dijo Steve en voz baja—. Acaba usted de sufrir los efectos de lo que llaman epidemia. No hable alto. Acérquese a la mesa y ponga en marcha uno de esos generadores pequeños, mientras yo le cubro con la corriente de alta frecuencia.
El médico miró a Lucy y levantó la cabeza como si escuchara.
—¡Sí! —exclamó Waldron—. ¡Es un silencio de muerte lo que nos rodea! Han paralizado toda la población. ¡Dese prisa!
El facultativo se movió como hombre acostumbrado a emergencias.
—¡Bien! —susurró Steve—. Acerque a Lucy hacia aquí, los reóforos no alcanzan hasta donde está.
El doctor hizo lo que se le pedía, rápidamente y en silencio. Waldron aplicó la corriente a la muchacha y ésta volvió de su letargo cataléptico. Miró a los dos hombres y trató de contener un escalofrío.
—¡Hola! —dijo Steve, tratando de ser casual—. Acaban de congelar esta población. Recoge el generador que te entrega el doctor y ponlo en marcha.
Retiró los hilos del aparato de diatermia. Lucy continuó respirando sin notar sensación anormal alguna. La corriente de alta frecuencia no producía trastornos en los pacientes.
Waldron cerró el interruptor del aparato de diatermia con cierto recelo. Los tres con sus generadores en marcha, siguieron manteniendo el equilibrio de sus sentidos.
Los pasos que oyera Steve volvieron a acercarse, incrementados ahora por un mayor número de pies.
—Han estado buscando el número de la casa —dijo—. Son los compatriotas de Fran Dutt, Lucy. Hemos de marcharnos con la máxima rapidez y silencio. No podemos hacerles cara. Doctor, a usted le corresponde sacarnos de aquí sin que se enteren de que estamos con vida.
Indicando, con el gesto, que le siguieran, el médico se encaminó a uno de los portillos que daba a su consultorio. Salieron a un pasillo en penumbra y descendieron por una escalera empinada. Waldron ayudó a Lucy a bajar. Finalmente, el doctor descorrió unos cerrojos y abrió, con infinita precaución, una puerta que comunicaba con el exterior. La frescura del aire nocturno acarició sus rostros. Tras ellos, y esta vez en el interior del edificio, oyeron fuertes pisadas que se precipitaban por el pasillo superior. Cerrando la puerta tras de sí, se adentraron en la noche con la mayor rapidez.
Por doquier se veían los estragos causados por la paralización que azotaba la pequeña ciudad.
Los faroles seguían encendidos y por las ventanas de las casas salían raudales de luz. Ningún ser humano se movía. Los fugitivos miraron por un ventanal y vieron a una familia entera sentada a la mesa, a punto de comer, cual si fuesen muñecos colocados en un escaparate. Pasaron rozando un coche parado con el motor en marcha, ocupado por dos personas jóvenes. Ella acababa de sentarse al lado de su novio, quien la había recibido con un beso. La paralización les había sorprendido en este acto y seguiría besándola hasta…
Más adelante, a buena distancia de la casa que habían abandonado, vieron a una mujer sentada en el pórtico de su humilde morada, acunando en sus brazos a una criatura. La madre permanecería arrullando a su hijo a través de la noche y durante días y noches sucesivas.
Ante ellos había otro coche aparcado, éste sin ocupantes. Waldron abrió la portezuela y miró en su interior.
—La llave está puesta en el contacto —dijo—. Precisamente lo que necesitábamos, doctor.
Subieron al vehículo y Waldron puso el motor en marcha. El zumbido de la máquina se dejó oír apenas. No fue preciso encender los faros, pues sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, a pesar de lo cual, tuvo que frenar repetidas veces para evitar arrollar bultos y formas yacentes en plena calle, cuyas siluetas informes no se discernían hasta estar casi encima de ellas.
Steve sabía que las formas eran de seres humanos y que a pesar de su condición, en su interior latía un hálito de vida.
Finalmente, en las estribaciones de la población, hallaron un puesto de gasolina profusamente iluminado, cuyos servidores habían estado escuchando la radio. Esta funcionaba a pleno volumen. Parado al lado de la bomba, había un gran turismo negro, vacío. Sus ocupantes habrían ido a estirar sus piernas o a apagar su sed, ya que en el lugar existía un pequeño quiosco de bebidas. Cerca de él, Waldron vio un grupo de personas tumbadas en el suelo. A una de ellas le sobrevino la paralización en el momento de soltar una carcajada y así había quedado.
—Nos apropiaremos de este automóvil —dijo Waldron con voz inflexiva—. Perseguido como me veo, por ambos bandos, necesito un vehículo rápido. Usted, doctor, quédese con éste que nos ha traído hasta aquí y diríjase a Nueva York. Lléguese a un hospital y devuelva a su estado normal a unas cuantas víctimas. ¡A ver si así alguien le cree! Es preciso convencer a las autoridades de que lo que nos ataca no es ninguna clase de epidemia. Haga que fabriquen un buen número de generadores de alta frecuencia para…
Waldron vio sus instrucciones interrumpidas por la voz del anunciante de la radio que decía:
… Durante catorce horas no ha habido noticias de que haya aumentado el área de los puntos infectados de Manhattan. Desgraciadamente no podemos decir lo mismo de Newark. El espacio atacado por la epidemia en dicha ciudad ha triplicado su tamaño. La primera expansión tuvo lugar a primera hora de la mañana y engolfó a un grupo sanitario del ejército. La segunda ocurrió al anochecer. Las víctimas causadas por esta nueva ola de toxicidad fueron unos periodistas que se creyeron en zona de seguridad. No obstante haberse instituido todas las medidas preventivas posibles…
—¿Se da usted cuenta —apuntó el doctor— hablando con Waldron —de que ningún Médico ha asegurado que lo de Newark sea una epidemia?
La voz de la radio continuaba:
… hay esperanzas de que la violencia de la epidemia decrezca, cosa muy frecuente en este tipo de enfermedades. Afectos a la administración sanitaria han dado a entender que pueda ser artificial…
—¡Hombre! —exclamó Waldron—. ¡Al fin se les ha ocurrido tener sentido común!
… dado que se sabía que Steve Waldron, el individuo que ha introducido el virus en Nueva York y causante de las desgracias ocurridas en Manhattan, estaba llevando a cabo investigaciones antibióticas. Se teme que haya podido producir una mutación rápida de algún organismo conocido, convirtiéndolo en el agente destructor que infecta los lugares donde reina ahora el silencio y la muerte. Es posible que haya perdido el juicio y esparcido los cultivos deliberadamente. La Dirección de Sanidad no se hace solidaria de esta opinión, pero ha dado órdenes tajantes tendentes a la detención del culpable. Los datos, descripción y facsímiles fotográficos de Steve Waldron han sido enviados a las comisarías policíacas de catorce estados. Se le debe arrestar, si es posible vivo para someterlo a interrogatorio. Pero a toda costa, se debe evitar que siga…
—Me precipitaba —dijo Waldron con pesadumbre—. Quisiera saber quién está a la cabeza de los asuntos sanitarios. Cuídese, doctor. No diga que me ha visto siquiera. Reanime esos cuerpos que van a enterrar con vida, vea que otros de su profesión hagan lo mismo y haga que corra la noticia.
—Lo haré —dijo el aludido, muy serio—. Trataré de llegar a Nueva York lo antes posible… ¿Viene conmigo la señorita Blair?
Waldron guardó silencio.
—No, no, gracias —dijo Lucy indecisa y preocupada—. Saben que voy con Steve. Me tomarían por apestada y me encerrarían… Steve y yo…
—Tiene usted razón —dijo el médico pesaroso—. Voy, pues, para allá. Hasta pronto.
Puso en marcha el primer coche robado y desapareció en la oscuridad de la noche, camino de Nueva York. Waldron, entonces, entró en el puesto y recogió todas las baterías que pudo encontrar, así como el material que precisaba para construir más generadores de alta frecuencia. Esperaba fervientemente que el doctor viera su gestión coronada por el éxito.
El doctor James Armsted alcanzó las afueras de Nueva York momentos después que la noticia de que la población de donde provenía había sido afectada por la «epidemia». Ante esta nueva el pánico de la gente aumentó considerablemente, momento que coincidió con la llegada del doctor a los arrabales de la gran ciudad. Al ver a un hombre solo, en un vehículo, la turba se lanzó contra él con frenesí de alienados. Le sacaron del coche a golpes y le dejaron, sin sentido, al borde del camino. Luego, continuaron luchando entre sí por la posesión del preciado premio a su felonía.
Lucy y Waldron, entre tanto, avanzaban, lentamente y en silencio, con los faros del turismo apagados, por un camino que había de alejarlos de la atmósfera emponzoñada de la población que abandonaban. Sólo usaban las luces piloto. Al cabo de unas millas, Steve se aventuró a encender las luces de cruce y aumentó la velocidad. Mantuvo ésta hasta que vio cruzar la carretera a un conejo, asustado por el brillo de los focos. Comprendió entonces que se hallaba fuera de la zona afectada y esto calmó sus temores con respecto al desgaste de las pilas que alimentaban los generadores que les protegían.
—Hemos salido del área de peligro —dijo y, al no recibir contestación de la muchacha, preguntó—: ¿Qué sensación notaste al quedar paralizada?
—Ninguna —repuso Lucy—. No me di cuenta de nada. Recuerdo haber estado viéndote manipular unos alambres y, cuando menos lo esperaba, me encontré en brazos del doctor y tú me aplicabas algo a las piernas. Fue como en un abrir y cerrar de ojos. No experimenté lapso de tiempo alguno.
—¡Menos mal! —exclamó Waldron—. Temí que toda esa gente petrificada pudiera ver, oír y sentir, en cuyo caso más les hubiera valido estar verdaderamente muertos. Mas, siendo como dices, no se enterarán de nada hasta volver en sí. ¡Hemos de dar gracias que así sea!
Aminoró la marcha y se acercó a la cuneta, mirando a los lados del camino.
—¿Qué buscas? —preguntó la muchacha.
—Un lugar adecuado para ocultarnos. Las pilas que tenemos van bien, gracias a ellas nos hemos salvado, pero son provisionales. Quiero conectarlas al acumulador, mientras estemos en el coche, para no gastarlas. Las necesitaremos cuando vayamos a pie. Además, estás cansada.
—Más debes estarlo tú —repuso Lucy solícita.
Steve encogió los hombros. No tenía sueño sino abatimiento. Empezaba a sentir ese entumecimiento que produce una gran fatiga muscular. Había vivido en constante tensión desde que saliera de Newark.
Frente a ellos, al borde del camino, se abría un sendero que conducía al bosque que bordeaba la carretera. No se veían en él señales de paso frecuente y Waldron metió el coche por la vereda para esconderse entre el arbolado.
—¡Bueno! —dijo cuando tuvo el turismo en la posición deseada—. Creo que aquí estaremos a salvo, por algún tiempo. Voy a revisar nuestros salvavidas y, después, intentaré dormir lo que queda de noche. Acomódate en el asiento trasero y trata de hacer lo mismo.
Lucy se trasladó a la parte posterior del vehículo y se arrellanó en el lugar indicado por Steve. Éste apagó los faros y trabajó en los generadores bajo la insuficiente claridad que emanaba del tablero de mandos del coche.
Durante un buen rato, el silencio fue turbado únicamente por los susurros de la brisa nocturna al pasar por entre las ramas de los pinos. Lucy permanecía quieta sin poder conciliar el sueño mientras Waldron fijaba alambres y ajustaba contactos. De vez en vez se oía un ligero zumbido que provenía de los generadores, al ser probado su funcionamiento.
Lucy se movió inquieta en su asiento. Transcurrió algún tiempo más durante el cual Waldron siguió trabajando silenciosamente. Lucy no pudo contener una pregunta que rondaba su mente desde largo tiempo.
—Steve… —dijo—. No hemos vuelto a hablar de papá. ¿Qué crees que puede haberle sucedido?
—Está en el suelo patrio de Fran Dutt —repuso Waldron—. Fran dijo que estaba bien y me inclino a creerlo.
—Pero… ¿dónde es eso…? ¿Qué país es?, ¿dónde está…?
Waldron frunció el entrecejo. Rascó las coberturas de unos alambres que manejaba y los unió enrollándolos entre sí.
—No es cosa fácil de explicar —dijo, lentamente—. Tu padre estaba investigando puntos de la teoría de Straussman, aparecida hará unos treinta años. En aquel entonces todos los hombres de ciencia del mundo se rieron de él porque expresó el concepto de que dos cuerpos u objetos podían estar en un mismo sitio a la vez. La compenetración es filosóficamente posible, pero, dijeron: de eso a considerarla físicamente realizable, media un abismo de estupidez. Cuando Straussman alegó poseer pruebas experimentales y estar dispuesto a mantener su aserto, volvieron a reírse y le ignoraron. Straussman desapareció. Se desvaneció en el aire. A nadie le importó su extravío. Su teoría permaneció en la oscuridad durante años hasta que, recientemente, alguien, no recuerdo quién, cayó en la cuenta de que dicha teoría anticipaba datos interesantísimos con respecto a la mecánica de las ondas. Entonces se supuso que, a fin de cuentas, el hombre no era tan estúpido. Pero no creo que se haya logrado entender totalmente su enrevesada lucubración.
—Recuerdo que papá dijo otro tanto. Estudiaba unas fórmulas que no lograba comprender del todo.
—¡Precisamente! Tu padre investigó la teoría y publicó una memoria sobre sus trabajos. Fue entonces cuando apareció el brillante Fran Dutt, admirado de los conocimientos del maestro, ¿recuerdas? Y tu padre le admitió como ayudante de laboratorio.
—Ofreció sus servicios a cambio del privilegio de trabajar con papá. Dijo que quería especializarse en la investigación científica y que la labor de papá, entonces, era poco trillada y muy indicada para empezar su carrera de investigador.
—¡Claro! —exclamó Waldron irónico—. Le movía el más puro de los ideales, como hemos tenido ocasión de ver. ¡Le enviaron aquí para que espiara la labor de tu padre!
Ajustó algo con unos alicates y prosiguió:
—En la pared de tu casa, hay un espejo. Si miras en él, verás otra salita en el lugar que ocupa la primera.
—Veré la reflexión —aclaró Lucy—. La misma sala reflejada en el espejo. ¿Qué tiene que ver esto con mi padre?
—Lo comprenderás en seguida. Dices que es una reflexión, y no otra habitación, porque no puedes introducirte en el espejo… El efecto del reflejo no se apropia de las cosas que muestra y por lo tanto no puede ser real. ¿Verdad? Imagínate, por un momento, que afectara cuantas imágenes absorba su plano. Entonces, aunque no pudieras entrar en ese plano, sería real, ¿no crees?
Lucy levantó las cejas y arrugó la frente.
—Sí…, supongo que así será —admitió dudosa—. Pero no comprendo…
—Straussman expone —atajó Steve—, que el hecho de que no podamos tocar una cosa, no quiere decir que no exista. Hay montones de cosas que no vemos y, sin embargo, sabemos que existen. La prensa que tira los periódicos de la mañana, el transmisor de televisión, de donde vienen los programas. La estrella compañera de Sirio. No vemos estas cosas y la última no puede ser vista. Pero, por sus efectos, inferimos sus existencias.
Lucy se movió incómoda.
—Existen efectos todavía inexplicados —prosiguió Waldron—. Como la dificultad en calcular la posición exacta de la Luna. La conocida anomalía de la órbita de Mercurio. Y muchos más si nos adentramos en el complejo mundo de las ondas. Straussman sugirió que estos efectos eran como la reflexión del espejo. Respondían a la materia, a la cual no se podía llegar, ni tocar, de una manera física ordinaria. Podríamos decir que es materia de otro plano dimensional, aunque en realidad no sea así. Straussman habló también de polaridades atómicas y de los planos de rotación de los electrones. Consideraba que todos los átomos de un trozo de materia dada deben tener todos sus polos en la misma dirección, so pena de que pierdan su cohesión; es decir, tienen que estar encarados hacia el mismo oriente, como un pelotón de soldados que hiciera ejercicios de instrucción. Si no es así, su esfuerzo, en vez de ser organizado, es anárquico.
—Pero, Steve, ¿qué tiene que ver todo esto con papá…?
—¡Mucho! Justo antes de desaparecer había trabajado en experimentos tendentes a demostrar si Straussman tenía o no razón. Si éste no se había equivocado, y tampoco estaba loco, su dichosa teoría mostraría la existencia de más de un tipo de materia. Probaría que hay por lo menos tres, seis, probablemente dieciocho, o posiblemente cincuenta y cuatro clases distintas de tierra, aire, agua y, por supuesto, fuego.
Lucy guardó silencio.
—Como un pelotón de soldados —continuó Steve—. En formación. Naturalmente no forman parte del sistema que está orientado hacia el norte. La tendencia de algunos es hacia el oeste. Unos pueden pasar a través de otros. Algunos están tumbados en el suelo, mirando hacia arriba. Si la separación entre las unidades es suficiente y los átomos de substancias sólidas mantienen entre sí una distancia relativa comparable a la de las estrellas ni tan siquiera se verían, al cruzarse los unos con los otros. Cambia los soldados por átomos, los polos atómicos por orientación y haz que los referidos polos tengan distintos puntos de atracción y entonces, según Straussman, comprenderás que las dos, tres o diversas clases de materia existentes no verán sensiblemente alterado el influjo entre sí, a no ser que una se acercara demasiado a la otra. Materia de una orientación dada podría pasar a través de otra, cuyos polos mirasen en dirección distinta. ¡La distancia entre los átomos es enorme! Si estuviéramos formados por una de esas materias, podría pasar a través de nuestro cuerpo una bala de cañón, sin que lo notáramos.
—¿Quieres decir —intentó especificar Lucy, tratando de comprender las explicaciones de Waldron— que sería como una de esas cuartas dimensiones a que hacen referencia las novelas? ¿Que hay otro mundo en el mismo espacio que ocupa el nuestro?
—Según Straussman tendría que haber otro mundo en nuestro ámbito universal. Aunque un planeta estuviese formado de una materia única, la presión central sería tan grande que algunos de sus átomos se verían estrujados y obligados a adoptar otra orientación. Esto daría lugar —en cierto modo— a otro mundo. Si la presión aumentara, algunos de esos átomos volverían a cambiar de posición en busca de espacio. Y así habría fuerzas que crearían mundos diversos, cuyos átomos buscarían distintos frentes para poder subsistir. Se presume que los soles y planetas extrapesados arrastran consigo por el espacio un gran número de compañeros de distinta orientación atómica. Así es como se explica Straussman el exceso de masa de la Tierra con respecto a la gravedad específica de la materia de que está hecha. La estrella compañera de Sirio viene a ser un ejemplo de lo que quiero decir. ¿Comprendes?
—Recuerdo haber oído hablar a papá de algo semejante —repuso Lucy desconcertada—. Pero no entendí, ni entiendo, una sola palabra de todo ello. ¿Qué tiene que ver esto con su desaparición?
—¿Recuerdas los ratones? —preguntó Waldron, y sin esperar contestación prosiguió—: Tenían cambiada la dirección de sus polos atómicos. Los átomos habían sido despolarizados artificialmente, y cuando recibieron una corriente eléctrica directa, desaparecieron. No se evaporaron para convertirse en nada, sino que se fueron hacia un lugar irreal para nosotros, pero muy verdadero para el mundo de donde proviene Fran Dutt. Al suministrar una dosis eléctrica a esos cuerpos, completé el cielo de alteración de los polos de sus átomos. Tu padre debió de entrar en ese mundo fantástico de la misma manera. Le paralizaron aquí para hacerle desaparecer de este mundo y reavivarlo en ese que ocupa el mismo ámbito que el nuestro y que, normalmente, no podemos ver. Debían necesitarle allí.
»Fran dijo que estaba vivo y bien. ¡Razones tenía para saberlo! A él le trasladaron a la inversa; es decir, de su mundo pasó al nuestro y probablemente esté en contacto directo con los suyos…
—Pero… —interpuso Lucy confusa—. ¿Otro mundo…? ¿La cuarta dimensión?
—Últimamente han desaparecido varios científicos de renombre —continuó Waldron— que habían llegado, casi, a desenmarañar puntos fundamentales de la teoría de Straussman. Esto resultaba peligroso para nuestros vecinos inmediatos y, por lo tanto, los raptaron. He logrado crear un aparato que, de ahora en adelante, evitará que se repitan estos raptos. Cuando desenmascare a Fran y a los suyos, demostrando que ellos son los causantes de las catástrofes ocurridas, estaremos en posición de usar su mismo truco a la inversa. Entonces podremos invadir lo que llaman su suelo patrio y darles su merecido por lo que intentan hacer con nosotros.
Lucy no contestó ni cambió de posición. Transcurrido un rato se inclinó hacia el asiento delantero y dijo:
—No entiendo nada, Steve, pero si tú dices que vas a hacer una cosa la harás. De eso estoy bien segura… ¿No quieres… no vas a darme un beso?
Waldron levantó la cabeza y le dio un beso.
—Vuelve a tu sitio y descansa —ordenó con fingida severidad.
Reanudó su tarea, manejando alambres y pilas en espera de que la muchacha conciliara el sueño. Con algunas de las piezas cogidas del puesto de gasolina, construyó otros dos generadores. La respiración de Lucy se tornó regular y acompasada. La noche y sus sonidos envolvían ahora al turismo y sus ocupantes. Waldron abrió la radio del coche, dio muy poco volumen y escuchó con la oreja pegada al altavoz.
… treinta mil víctimas más. Se considera que la epidemia ha estallado debido a la brusca mutación de bacterias cultivadas por Waldron en sus trabajos con antibióticos. Él es inmune y procede como un loco sembrando muerte y desolación a su paso. Fuentes oficiales reclaman su inmediata detención a cualquier precio. Se han cursado órdenes para que se le cace como a un animal salvaje, si ello fuera preciso…
Waldron encogió los hombros y cerró la radio.