Kristina
Era un día de finales de abril y el mar estaba en calma y resplandeciente. Ella salió a buscar tesoros. Fue caminando lentamente por la playa con una cesta colgada en el brazo. No llevaba nada dentro.
Un año atrás, cuando inició sus expediciones, llenaba la cesta enseguida. Todo le parecía bonito y singular y por eso lo recogía, pero con el tiempo se había vuelto más selectiva. Le dio la vuelta a la concha de un mejillón y lo dejó donde estaba. Desenterró una gran pinza de centollo con la punta de su zapatilla deportiva. No, no todo lo que parecía peculiar lo era. Y precisamente en esa playa había cosas muy bonitas, pero cuando se las llevaba a la cabaña perdían todo interés.
Buscaba cosas en las que permaneciera el espíritu del animal o de la planta. Esas cosas tenían una voz. Cuando las sostenía en la mano y les daba la vuelta, había veces que incluso llegaban a hablar con ella. Hasta las piedras tenían un espíritu aunque no pudieran hablar, y eso era algo que había descubierto no hacía mucho tiempo. Las voces eran débiles y susurrantes y penetraban de tal modo en las profundidades de su alma que, para percibirlas, tenía que estar libre de pensamientos y de sentimientos.
Los objetos que había recogido ya no tenían vida propia. Eran restos, recuerdos. Solo mantenían la voz. Y las voces querían que ella hiciera algo con ellos. Querían que los ensamblara, que los pintara para que volvieran a ser útiles. Los convertía en criaturas y adquirían una vida nueva y tranquila, misteriosa y concentrada. Los objetos la querían por ser ella quien los había creado, y ella también los quería por ser sus propias creaciones.
Pero ese día todo estaba en silencio y la cesta vacía. Había accedido a la montaña desde el otro extremo de la playa. Se sentó en una piedra, rodeada de hierba, y se quedó mirando las islas que había a lo lejos, en el mar. Lamentó no poder llegar hasta allí. Había playas y acantilados en los que nunca había estado, objetos que hablaban sin que pudiera oírlos. Y suponía que más allá de las islas se extendería mar abierto.
En ese momento llegó un chico remando en un kayak. Apareció de repente por detrás de la parte más larga de la roca, en completo silencio, como si no fuera humano. Generalmente percibimos cuando alguien se acerca. Oímos sus pasos, su voz, su respiración, el roce de la ropa. El entorno los delata aunque se muevan con sigilo. Lo barruntan las aves, los árboles, la hierba. Toda la naturaleza se transforma al llegar una persona. Pero ese chico simplemente apareció, como aparece de pronto una figura que no habíamos visto antes en un cuadro, y había algo casi irreal en él.
Siguió el curso de la corriente en dirección a la playa. Remaba con fuerza, cortando con las palas la superficie del agua, en línea recta hacia donde ella estaba, viendo su imagen reflejada. El kayak tocó fondo. Él salió de un salto y arrastró la embarcación hasta la playa. Ella estaba tan tranquila sentada en la hierba de la playa que él no la vio. Se había quedado embelesada mirando la canoa blanca y estrecha. Una simple cáscara delgada, una cápsula vacía. Le parecía increíble que hubiera podido desplazarse por el agua en algo tan simple.
En cuanto se bajó del kayak volvió a ser persona. Sus pasos crujieron en la arena, se secó el sudor de la frente y resopló un poco. Pero su aparición silenciosa lo hacía especial, y ella no sintió miedo ni aversión por el muchacho.
Se dirigió a él, que se sobresaltó al verla. Tendría unos diecisiete o dieciocho años. Llevaba un chaleco salvavidas rojo.
Ella se interesó por el kayak. Le preguntó si era difícil de manejar, si eran caros y dónde podían adquirirse.
Él le respondió que no era tan difícil una vez que aprendías y que podía venderle el suyo si a ella le interesaba. Iba a irse de viaje y necesitaba dinero.
—¿Cuánto cuesta? —preguntó ella.
Él hizo una mueca como si estuviera concentrándose en una complicada operación de cálculo. Luego abrió las manos y propuso una cantidad.
Kristina se levantó de la piedra como un rayo y se fue corriendo por la playa, dejando la cesta.
—¡Espérame aquí! —gritó por encima del hombro.
Cinco minutos después ya estaba allí de nuevo con la suma requerida. Él le explicó cómo tenía que remar, y ella le dijo dónde estaba la parada de autobús. Él cogió el dinero y se fue andando por las rocas. Cuando se había alejado un poco se volvió, se quitó el chaleco salvavidas y lo incluyó en el precio. Ambos se echaron a reír, sorprendidos de lo fácil que había resultado hacer el negocio.
Remar era más difícil de lo que suponía. Al principio le resultaba casi imposible el simple hecho de meterse en el kayak. Una y otra vez iba a parar al agua helada, por lo que decidió posponer el entrenamiento hasta el mes de junio. Pero llegó una repentina ola de calor y el agua se fue calentando lentamente. Entonces empezó su entrenamiento en la caleta.
Cuando llegó el verano se atrevió con recorridos más largos. Cambió el horario y empezó a levantarse al amanecer. Se quedaba cerca de la orilla, casi rozando las rocas.
Sorprendía a la naturaleza de un modo que antes no podía. Aparecía junto a la garza que se posaba todas las mañanas en la misma repisa, que estiraba su cuello de serpiente y la miraba con asombro y, antes de que pudiera asustarse y emprender el vuelo, ella ya había pasado. Para la garza debía de ser tan irreal como lo fue ella para el muchacho cuando la vio. También sorprendía a algunas personas que dejaban sus barcos en calas inaccesibles y creían que estaban solos. Tomaban el sol desnudos, se besaban y hacían el amor.
Un día vio un visón nadando a pocos metros del kayak. La miraba receloso con sus ojos negros y brillantes. Ella se apoyó en el remo y durante unos minutos se desplazaron uno al lado del otro, el visón con la vista clavada en ella mientras avanzaba en el agua formando remolinos con las patas. De repente desapareció.
Dejó de usar la bicicleta para ir a la tienda y empezó a utilizar el kayak. Metía la compra debajo del asiento, junto a sus piernas, ya que en realidad no disponía de espacio para la carga.
Recorría la costa de arriba abajo, descubriendo otras playas, otros prados, otras montañas, y cuando volvía a casa solía llevarse algún nuevo hallazgo. Dejaba el chaleco salvavidas en casa. Lo usó las primeras veces porque el muchacho lo utilizaba para remar, pero ella sentía que quería hacerlo a su modo. Se había imaginado varias veces qué ocurriría si volcara, cayera al agua y perdiera el kayak. La idea no le asustaba lo más mínimo. Luchar contra las olas y el frío, debilitarse y finalmente ahogarse no le producía temor. Era una buena forma de morir, tal vez la mejor.
Se alejó de la costa y cruzó las aguas rumbo a las islas más próximas. Fue rodeándolas y vio desde allí que el mar se abría y se confundía con el cielo. Distinguió islas y algunos islotes a lo lejos.
Un día tranquilo de pleno verano, cuando el calor temblaba sobre el agua y ni siquiera una leve ráfaga de viento agitaba la superficie, se puso el biquini y se hizo a la mar. Fue remando hacia las islas, las dejó atrás y continuó en línea recta hasta los islotes. Podía oír a lo lejos los gritos de las aves que sobrevolaban la orilla. Al llegar se dio cuenta de que podía llegar a tierra fácilmente subiendo por las rocas inclinadas.
Los islotes se convirtieron en su lugar favorito, aunque no eran muchos los días con calma suficiente para que pudiera salir. Nunca veía a nadie, solo aves que habían hecho sus nidos allí, y además podía recoger plumón que guardaba en bolsas. Cuando volvía a casa después de un viaje así, siempre tenía que limpiar los excrementos de ave que había en el kayak.
Terminó el verano y en septiembre hizo mucho viento, pero a principios de octubre llegaron unos días despejados en los que el mar estaba quieto como un cristal oscuro, y el sol esparcía un resplandor dorado sin que hiciera calor. Ella los aprovechó todo lo que pudo. Se levantaba al amanecer, preparaba té y unos sándwiches y se hacía a la mar.
La inundaba una felicidad casi sobrenatural. Disfrutaba de lo que sentía en cuerpo y alma, de la cercanía del mar y del ritmo de los remos. No podía hacerse a la idea de que hubo un tiempo en el que no tenía kayak, un tiempo en el que siempre iba andando y se desplazaba con dificultad, notando la dureza del suelo bajo sus pesados pies. Lamentaba la llegada del invierno que iba a privarla de ese nuevo modo de viajar. ¿O tal vez podría seguir remando? Los esquimales lo hacían incluso en clima ártico. El invierno anterior no hubo hielo y tal vez este fuera también así.
Pero tras los días claros llegaron las tormentas de otoño. Y cuando se calmaban, el tiempo era tan frío, lluvioso y desapacible que solo efectuó unos pocos viajes a lo largo de las playas más cercanas y luego se llevó el kayak a tierra, lo puso encima de un tronco junto a una pared de la casa y lo cubrió con un trozo de lona.
Durante los días de invierno disponía de mucho tiempo para organizar lo que había ido recogiendo. La cabaña empezó a parecer cada vez más un taller donde también almacenaba el material para hacer sus obras.
Todas las paredes estaban llenas de estantes que ella misma había montado, en los que guardaba y seleccionaba los hallazgos. En varios cajones había restos óseos, dientes y cuernos de distintos animales. Trozos de piel de liebre, lana de oveja y crines de caballo. Había caracolas y conchas de mejillones, estrellas de mar secas y erizos, pinzas y caparazones de marisco, plumas y plumón junto a cáscaras de huevo. Había también trozos de madera, ramas, raíces, bellotas, piedras, plantas secas y hongos. Escarabajos muertos y mariposas, así como nidos de pájaro y avisperos.
Todo estaba en su sitio y ella cuidaba con esmero cada uno de los objetos.
Empezó a ir a la ciudad a comprar material. Latas pequeñas de pintura negra, roja, plateada y dorada en la tienda de bricolaje, ribetes y flecos en la mercería, hilo de cobre en la ferretería, cordones de cuero en la zapatería, papel de aluminio en la tienda de comestibles. Ese material también lo almacenaba en cajones y en cajas de cartón.
En otros estantes ponía las obras terminadas. Cosas raras rodeadas de un aura macabra de muerte y decadencia, a la vez que parecían vibrar con una vida misteriosa e inaccesible. Junto a la ventana estaban los únicos muebles que no había quemado: la mesa y una silla, donde pasaba las noches oscuras trabajando. Luego se metía en el nido de mantas y almohadas que tenía en el suelo. Antes de dormirse pensaba en el kayak que esperaba muy cerca, envuelto en una lona al otro lado de la pared y que, como ella, soñaba con el verano, el mar y las aves.