ISABEL
Como Ethan y yo ya conocimos a Ricardo II, al cual, sin embargo, nunca nos presentaron adecuadamente, debemos usar de nuevo las identidades de Hugo Monteblain y lady Madeline de Dartmouth, aunque sólo los nombres son los mismos. Se supone que el rey no será muy antipático con nosotros ya que nuestro señor es un gran partidario de su majestad, que está perdiendo aliados rápidamente en un mundo que se muestra bastante hostil a que él imponga su derecho real a su antojo. Ha desterrado a muchos condes y nobles importantes, entre los que se encuentra el famoso hijo de Juan de Gante, Enrique.
El padre de Ethan, Shaun, tal y como me ha pedido que lo llame, adoptará la identidad de un familiar lejano del abuelo del monarca, el rey Eduardo III, y su misión consiste en ganarse la confianza de Ricardo II en el poco tiempo del que dispone. Dirá que ha vivido la mayor parte de su vida en Francia, ya que un país que Ricardo desea controlar debería servir de ayuda.
Jimmy será William, el falso paje de lord Hamersley. Ellos parten ya para llegar unos días antes que nosotros. Cuando se han ido, Arkarian nos explica a Ethan y a mí que debemos olvidarnos de cualquier impulso anterior de ayudar al rey Ricardo II.
—Vuestra misión para protegerlo ha finalizado —recalca—. Debéis dejar a un lado vuestros sentimientos. Recordad que el objetivo de esta noche no consiste en proteger al rey, sino en aseguraros de que la Historia siga su verdadero curso.
—¿Entonces qué tenemos que hacer? —pregunta Ethan.
—A lo mejor tu padre y Jimmy necesitan que les echéis una mano, igual que Isabel te necesitó en la última misión. Marduke podría aparecer por sorpresa. Ve con cuidado, vigila a tu padre y también a Jimmy. Recuerda que Marduke anda vagando por donde no debería: el pasado. Ya es bastante malo que la Orden del Caos interfiera en la Historia, pero la aparición de Marduke no está justificada.
Entiendo lo que dice Arkarian.
—Está usando la Orden para satisfacer sus propias ansias de venganza.
—Y por lo visto, a la Diosa le parece bien —añade Ethan.
Arkarian se atusa su melena azul.
—Eso dice él. Según parece, ella se ha dejado engañar por su encanto. —El mero hecho de pensar en esa posibilidad me produce escalofríos—. Aun así —prosigue Arkarian—, no debéis preocuparos de eso ahora. Tenéis que llevar a cabo vuestra misión, y cuando regreséis, celebraremos una reunión estratégica aquí. Entonces nos enfrentaremos a Marduke y a sus partidarios.
Arkarian me aparta un momento y me susurra al oído que el Tribunal está considerando la posibilidad de concederle las alas a Ethan si esta noche todo sale bien. Casi me pongo a gritar de la emoción.
Ethan se acerca.
—¿Qué cuchicheáis vosotros dos?
—¿Puedo contárselo?
—Luego —responde Arkarian—. Ahora marchaos y tened mucho cuidado.
Con esa advertencia final se despide de nosotros y nos manda a la Ciudadela, donde Ethan y yo nos vestimos rápidamente con una ropa elegantísima. Esta vez mi pelo es de color berenjena intenso y lo llevo recogido en un moño alto, salvo por unos cuantos rizos que me caen sobre los hombros. Tengo la piel más blanca y muchas pecas, mientras que la de Ethan es de un tono aceitunado; además, tiene una melena negra y abundante que le llega hasta los hombros.
Nos miramos en los espejos, impresionados y algo divertidos. Me paso una mano por la falda de color verde esmeralda, deleitándome con el tacto de la seda, y la levanto para verme los pies. Voy calzada con unas botas de cuero de color marrón claro.
Ethan me mira y lanza un silbido.
—¡No está mal!
Le pego un golpe en el hombro, pero me pregunto en silencio si hay algo más detrás de ese cumplido. Parece que todo lo que hago de un tiempo a esta parte, sobre todo desde mi última misión, es intentar adivinar lo que Ethan siente de verdad por mí, más allá del mero hecho de que sea mi instructor, más allá de lo bien que nos lo pasamos juntos. Después de que me salvara la vida me siento muy unida a él, pero hasta ahora no ha cambiado su forma de actuar conmigo. Ni siquiera ha intentado besarme una vez. Estoy empezando a pensar que estamos destinados a no ser más que amigos, y que tal vez él aún siente algo por Rochelle. Aunque parezca extraño, pensar que sólo seremos amigos me reconforta, ya que aprecio la amistad de Ethan por encima de cualquier cosa, y, bueno, en las últimas noches, cuando cierro los ojos, no veo la cara de Ethan en sueños, sino la de alguien que tiene los ojos de intenso color violeta.
—¡Venga! —Ethan me arrastra hacia la puerta, donde hay una escalera que nos lleva a una habitación de un piso superior.
Desde esta habitación saltamos juntos y aterrizamos en un rincón del Gran Salón del Palacio de Westminster. Hay una bulliciosa actividad y nadie repara en nosotros.
Yo aterrizo bien, esta vez con los brazos pegados a los lados. Ethan me sonríe.
—¡Muy bien!
La emoción de haber logrado aterrizar bien por fin, así como la euforia de volver a estar en el pasado, hacen que la cabeza me dé vueltas. No puedo aguantar más y le digo lo que desea oír.
—¿Te acuerdas de cuando Arkarian me ha susurrado una cosa al oído hace un momento?
—Sí.
—Me ha dicho que si esta misión sale bien, el Tribunal está meditando la posibilidad de concederte las alas como recompensa.
Mis palabras lo pillan totalmente por sorpresa. Me agarra de los hombros, colocándome frente a él, y me mira fijamente boquiabierto.
—¡No me lo puedo creer! —exclama—. ¡A lo mejor consigo mis alas! ¡Sí, sí, sí! —Me levanta en volandas y se pone a girar.
Le propino varios golpecitos en un hombro al darme cuenta de que he elegido un mal momento para decírselo. Debería haber esperado a que estuviéramos a solas.
—¡Bájame! Nos está mirando todo el mundo.
Me deja en el suelo, con una sonrisa de oreja a oreja, y comprende lo que ocurre cuando ve que hemos llamado la atención de toda la gente. Me da un golpe suave con el codo y señala con la cabeza la entrada del salón. Suelto un pequeño grito de asombro cuando el rey Ricardo II en persona, cuya atención también debemos de haber llamado, echa a andar hacia nosotros. Los cortesanos se apartan para dejarlo pasar.
—¡Mira lo que has hecho! —le susurro.
—¿Lo que yo he hecho? Si no me hubieses dado la fantástica noticia de mis alas...
—¿Cómo iba a saber que me tomarías en brazos y...?
El rey se detiene ante nosotros. Ethan hace una gran reverencia y yo una genuflexión.
El monarca nos indica con un gesto que nos levantemos y después de mirarnos durante un instante ladea la cabeza.
—A vosotros dos os conozco. No es la primera vez que nos vemos.
Ethan y yo nos dirigimos una mirada rápida de preocupación. ¿Cómo ha podido reconocernos? Sólo nuestros ojos son los mismos.
—No lo creo, Majestad —dice Ethan—. Permitidme que me presente...
Pero no puede, ya que el rey levanta una mano para ordenar que se calle.
—No os molestéis. Espero que hoy os encontréis mejor. Los sirvientes tardaron todo un día en adecentar mi habitación la última vez que estuvisteis aquí.
Ethan y yo nos miramos asombrados.
—Sabía que volveríamos a encontrarnos —dice el rey Ricardo asintiendo con su real cabeza.
El monarca se vuelve y nosotros nos quedamos observando su vestimenta de terciopelo, y a continuación hace una leve señal con la mano para indicarnos que lo sigamos.
Pasamos por entre la multitud que se aparta para abrirnos camino. Shaun y Jimmy deben de estar entre los cortesanos, pero no podemos buscarlos con descaro. Nos invitan a que nos sentemos a la mesa principal, sobre una tarima, a ambos lados del rey y su jovencísima esposa, una niña de nueve años, que se llama igual que yo, aunque su nombre se escribe de modo distinto.
Al cabo de poco descubro que la reina Isabella sólo habla francés. Apenas prueba la comida y toma un par de sorbos de vino. Como estoy sentada junto a la joven reina, intento darle un poco de conversación, pero tengo la cabeza puesta en el rey y Ethan y en lo bien que se llevan, ya que no han parado de reír y de beber mucho vino.
La cena transcurre con placidez. Entre unos platos y otros vienen unos bufones para animar la fiesta. Noto que alguien no les quita ojo al rey y a Ethan. A medida que avanza la noche esa sensación se vuelve tan fuerte que no puedo dejar de mirar a todos lados para ver si puedo descubrir de quién se trata.
Luego un hombre se acerca hasta mí, habla un instante con la joven reina en su lengua materna, la hace reír y me susurra:
—Hay dos de ellos aquí, una actúa como sirviente. —Lo miro asustada a los ojos. Debe de ser Shaun. Me devuelve la sonrisa, pero me sigue advirtiendo—. La mujer ya ha pasado dos veces junto a ti. En una de esas ocasiones te ha echado veneno de su anillo en la copa de vino.
—¿Qué? ¿Me lo he bebido?
—William te la ha cambiado mientras hablabas con la reina.
—Ah. Recuérdame que le dé las gracias. ¿Y el otro? ¿Dices que hay dos?
—El otro es un hombre. Sospecho que es el jefe de la misión, y la mujer su ayudante. William me ha informado de que también es el brazo derecho de Marduke. Se ha disfrazado como el consejero principal del rey, lord Whitby. Acaba de salir del salón para organizar una reunión con el rey y su consejo. Es el que tiene una barba muy poblada.
—Entonces supongo que será lord Whitby quien aconsejará al rey esta noche.
—Sin duda. Se ha ganado el favor del monarca, tarea que no resulta sencilla en estos momentos. Ricardo II confía en pocas personas. De momento he tenido suerte, ya que cree en mis vínculos con su abuelo.
—¿Qué tenemos que hacer Hugo y yo esta noche mientras tú estás en la reunión?
Shaun mira de refilón al rey y a Ethan, que están hablando cordialmente, y arquea las cejas.
—Creo que deberíais observar. ¿Cuándo habéis hecho tan buenas migas con el rey?
—Cuando Ricardo tenía diez años y lo salvamos de un intento de asesinato.
—¿Os vio y os recuerda?
—La misión no salió tal y como estaba planeada porque tú intentaste despertar a Ethan en ese momento.
—Ah, ya veo.
El rey ve a Shaun, lo llama con la mano y le presenta a Ethan. Hablan durante un rato hasta que el rey Ricardo anuncia a los invitados que se va a retirar para reunirse con sus consejeros. Antes de marcharse le pide a Ethan que lo acompañe y luego habla con su joven esposa en francés. Ésta parece aliviada de que no la vayan a necesitar más esta noche, pero, antes de que pueda irse, su marido le sugiere que haga de anfitriona un rato más y que me enseñe el palacio, los jardines y los patios.
Personalmente, me encanta la idea de que me muestren los terrenos y las habitaciones del Palacio de Westminster, pero Ethan se acerca hasta mí y me aparta a un lado.
—Si no os importa, señor, lady Madeline posee una gran astucia, sobre todo para una mujer. —Le pego una patada en la espinilla desde detrás—. ¡Ay! Y... y le encantaría... —intenta recuperar el equilibrio, ya que mi patada ha sido más fuerte de lo que yo quería— poder asistir a la reunión de esta noche. Si vos lo permitís, por supuesto.
El rey Ricardo me mira fijamente.
—Como ya fui testigo de vuestros increíbles talentos una vez, sería para mí un gran placer disfrutar de vuestra compañía esta noche, milady. Concedednos el favor de acompañarnos. Hay espacio de sobra en la mesa.
Así pues, los tres seguimos a Ricardo. Subimos por una escalera sinuosa y recorremos un largo pasillo hasta llegar a unas puertas de madera tallada. En el interior de la habitación reinan el calor y el humo. En el centro hay una mesa grande de forma ovalada y doce sillas de respaldo alto a su alrededor. Cinco hombres de distintas edades están sentados hablando hasta que ven entrar al rey y se ponen en pie rápidamente. Las puertas se cierran y el hombre de la barba poblada, que se encontraba de pie algo alejado de la mesa, saluda al monarca con una gran reverencia. El rey lo presenta como lord Whitby y también nos presenta a Ethan y a mí al resto del consejo. Los hombres hacen una leve inclinación y nos sentamos los diez. El arrastrar de sillas sobre el suelo pulido resuena en toda la sala, que tiene los techos muy altos.
La conversación empieza con el asunto que más preocupa a Ricardo: ¿es un momento apropiado para ir a Irlanda? La mayoría de los lores de la mesa están de acuerdo con lord Whitby: no es el mejor momento para abandonar Inglaterra. Los argumentos que aportan tienen mucho sentido, pero entonces Shaun recuerda al rey el principal motivo por el que quería ir, y lo importante que resulta en estos momentos que el rey restablezca su autoridad en Irlanda.
Lord Whitby replica y le recuerda al monarca las ambiciones de su primo Enrique. Shaun se mantiene en calma pero a la vez firme en sus argumentaciones. El debate es cada vez más acalorado y lord Whitby está muy nervioso. El rey Ricardo niega con la cabeza y pega un puñetazo en la mesa.
—¡Basta! —Entonces, para sorpresa de todos, me mira directamente—. Deseo conocer la opinión de la encantadora lady Madeline, que ha presenciado la reunión y ha analizado la situación en silencio. Me salvó la vida en una ocasión, por lo que sé que sólo desea lo mejor para mí.
Sus palabras me dejan atónita y sin habla. Todo el mundo clava la vista en mí. La mayoría tienen los ojos abiertos de par en par a causa de la sorpresa, lo cual es normal, teniendo en cuenta que el rey acaba de pedirle opinión a una dama. Una dama a la que han conocido hace unos minutos. Por descontado, me doy cuenta de la responsabilidad que ha recaído sobre mí. Si Ricardo se va a Irlanda ahora, Enrique, hijo de Juan de Gante, regresará a Londres desde el exilio, algo que no puede hacer mientras el rey siga aquí. Y lo que ocurre después está en los libros de Historia: Enrique reunirá apoyos, y mientras Ricardo esté en Irlanda lo destronará y lo meterá en la cárcel, donde lo dejará morir de hambre.
Por mucho que no quiera ser la causa de la muerte de Ricardo, tengo que hacer lo apropiado según la Historia. Para eso estoy aquí. De lo contrario habrá consecuencias graves.
Ethan me mira con los ojos entrecerrados, como si también estuviera pensando en qué le ocurrirá a Ricardo si nuestra misión acaba con éxito. Y a juzgar por la súbita mirada de horror de su cara, no ha comprendido hasta ahora que el objetivo de esta misión es lograr que Ricardo sea destronado y muera, para que Enrique IV pueda ser coronado rey.
Parece como si Ethan fuera a impedirme hablar. De pronto, breves instantes antes de que abra la boca, me viene a la mente una imagen fugaz de lo que piensa hacer. Levanto una mano y se lo impido antes de que pueda pronunciar ni una palabra, y le presto toda mi atención al rey.
—Me honráis, señor. —Inclino la cabeza y luego miro a su alteza real a los ojos—. Creo sin duda que debéis hacer lo que os dicte el corazón, confiad en vos y en vuestro plan original de llevar a cabo una expedición militar. No permitáis que estos hombres de gran sabiduría os impidan hacer lo que creéis que es mejor. Haced lo que sintáis aquí. —Me pongo una mano en el centro del pecho.
El rey se sienta y suelta un suspiro que sólo puede considerarse como una muestra de gran alivio. Asiente con la cabeza.
—Así lo haré, lady Madeline. Mi más sincero agradecimiento por facilitarme tanto la tarea de tomar una decisión.
Lord Whitby se levanta de la silla de un salto con los brazos en alto, hecho una furia.
—¡Esto es un escándalo! Majestad, ¿cómo podéis confiar en la palabra de una simple mujer?
El rey Ricardo se ofende por mí.
—Puedo hacerlo, sin duda. Y como soy el rey, os pediré que abandonéis la sala, lord Whitby, si no sabéis comportaros con educación y no dejáis de insultar a mi invitada. Estoy harto de vuestras charlas y falsas afirmaciones de las últimas semanas. Creo que intentáis influir en mi decisión. Id con cuidado o acabaréis en el exilio con Bolingbroke y Thomas Mowbray.
Lord Whitby se da cuenta de que su misión está fracasando y empieza a asustarse. En una acción que sorprende a todos los que estamos en la sala, desenvaina su espada. El resto de los hombres, incluido Shaun, se ponen en pie y sacan sus armas para defender al monarca.
Pero lord Whitby, sin inmutarse, me apunta con la espada.
—Sé quién sois —dice entre dientes, y durante un breve instante me pregunto si lo sabe de verdad—. Sois una embaucadora. ¡Deberían juzgaros por brujería! —Y al rey le dice—: Majestad, os ruego que no os dejéis engañar por las tentaciones de una mujer bella y encantadora.
Él no se da cuenta, por supuesto, pero acaba de dedicarme un gran cumplido, como si yo pudiera tentar a un rey con mi... ¿Qué ha dicho? Sacudo la cabeza.
Lord Whitby intenta que el monarca cambie nuevamente de opinión.
—Majestad, ¿no habéis oído mi consejo? El encanto de una mujer supondrá vuestra perdición. ¿Es así cómo deseáis ser recordado por la Historia?
—¡Bellaco insolente! —exclama el rey Ricardo—. ¿Cómo os atrevéis a sugerir que...?
—¡Supondrá vuestra muerte! —grita lord Whitby.
El rey levanta una mano.
—Envainad todos vuestras espadas. Sobre todo vos, lord Whitby. Aquí nadie quiere hacerme daño. —Mira directamente a lord Whitby y le dice—: Iré a Irlanda con mis ejércitos tal y como tenía planeado. Es lo que deseo. —Nos dedica un gesto con la mano a los demás—. Ahora marchaos y dejadme solo.
Todos los lores se levantan y dos de ellos instan a lord Whitby a que guarde su espada, amenazándolo con atravesarlo con las suyas, y le recuerdan que lo superan en número.
Lord Whitby, claramente angustiado ahora que parece que su misión está condenada al fracaso, envaina la espada y sale de la habitación hecho una furia.
—¿Lo seguimos? —le pregunto a Ethan, que traga saliva y parece que está medio aturdido.
—Acabamos de convencer al rey Ricardo de que emprenda un camino que lo conduce a la muerte.
—¡Para eso hemos venido aquí! Piensa en la alternativa —exclamo para convencerlo.
La sala se queda vacía cuando el rey llama a sus sirvientes para que lo ayuden a prepararse para el viaje a Irlanda; acto seguido anuncia que tiene intención de partir de inmediato. Shaun le explica a Jimmy, que está esperando fuera, lo bien que ha ido la reunión y el papel que he desempeñado yo. Jimmy me da una palmadita en la espalda.
—¡Bien hecho, milady! Ahora debemos apresurarnos y regresar para prepararnos para nuestro encuentro con Marduke.
—¿Y qué hacemos con lord Whitby o quienquiera que fuera? —le pregunto—. Muy contento no estaba cuando salió de la habitación.
—Se ha ido.
—¿Estás seguro? —le pregunta Shaun a Jimmy.
—Oh, sí, lo he seguido. Se ha reunido con la criada y han saltado por esa ventana. —Señala el vano que hay al final del pasillo. Nos acercamos hasta él y miramos hacia abajo. Hay una altura de tres pisos—. Han desaparecido en pleno salto.
Shaun nos reúne en una habitación, y como está vacía podemos llamar a Arkarian, que nos llevará de vuelta a la Ciudadela en un segundo. Pero antes de que Shaun abra la boca para decir su nombre, Ethan retrocede hacia la puerta.
—Id vosotros, yo tengo que comprobar algo.
Su acción, su extraña manera de actuar, despierta la curiosidad de todos.
—¿Qué tienes que comprobar exactamente? —le pregunto, cada vez más preocupada. Ethan tiene los ojos demasiado abiertos, como si hubiera sufrido una conmoción o estuviera a punto de hacer algo muy estúpido.
—Sólo... Sólo quiero asegurarme de que el rey se va, eso es todo. Luego me reuniré con vosotros. Intentaré no tardar demasiado.
—Pero el hombre que era lord Whitby, o su ayudante, la envenenadora, no se lo impedirán ahora. Se han ido —le explico, y añado, aunque es algo que sabe de sobras—: No pueden regresar al mismo año. El rey se va esta noche, ya se oye cómo están reuniendo los ejércitos ahí fuera. Nada puede salir mal. Y, recuerda, tenemos una cita con Marduke.
—Lo sé. ¿Crees que me he olvidado de él?
—Pues deberías tenerlo más en cuenta.
Shaun se acerca a Ethan.
—¿No te han preparado para no establecer vínculos con nadie?
Ethan replica a su padre en tono burlón:
—No me une ningún vínculo con el rey Ricardo. Tan sólo estoy haciendo mi trabajo y asegurándome de que sale bien. Eso es todo.
—Tu trabajo se ha acabado. Ahora tenemos que enfrentarnos a Marduke.
—Sí —añade Jimmy—. A Marduke y a cinco de sus guerreros. Sin duda, lord Whitby y la criada serán dos de ellos, y tendrán muchas ganas de revancha. Si no, ¿por qué tenían tanta prisa en marcharse? Necesitamos que vengas con nosotros para estar más igualados en número.
Ethan asiente con la cabeza.
—Estaré ahí. Os lo prometo.
Retrocede y se va sin decir nada más. No necesito usar mi sexto sentido para saber que Ethan tiene algo en mente que le va a acarrear un montón de problemas.