ETHAN
La ceremonia de iniciación de Isabel sale bien. Arkarian sobre todo está que no cabe en sí de alegría.
—¡Son los mejores dones que han concedido a alguien en seiscientos años!
Isabel no puede evitar que se le contagie su emoción. Yo también estoy contento por ella. Al fin y al cabo es mi aprendiza. Así que después de la ceremonia Arkarian decide que tenemos que celebrarlo. Nos lleva a caballo a ver una famosa obra de teatro griega, una tragedia escrita hace doscientos años por un dramaturgo llamado Sófocles. Arkarian nos explica cada escena a medida que se va representando la obra. Isabel está extasiada. La obra es muy plástica y emotiva y posee una intensidad bastante perturbadora, e Isabel sale sonriendo mientras se seca las lágrimas.
En el camino de vuelta al palacio, Arkarian se desvía para que podamos conocer algunos de los edificios de esta antigua ciudad estado. El Partenón, construido hace dos siglos, es sin duda el más impresionante. Construido totalmente con mármol, se trata de un monumento erigido en la cima de la Acrópolis en honor de los dioses, cuyas altas columnas se alzan hacia el cielo.
En cualquier otra ocasión me habría encantado visitar los lugares más famosos de la ciudad y asistir a la representación de una obra de teatro, pero hoy tengo un gran nudo en el estómago que me impide disfrutar de nada. Mi juicio va a tener lugar mañana al amanecer y corre el rumor de que durará varias horas. ¿Qué piensa hacer el Tribunal para que dure tanto? ¿Cuántas pruebas y cuántos testigos tienen contra mí?
Cuando desmontamos, un sirviente se lleva los caballos para cuidar de ellos y Arkarian nos conduce al interior del palacio, un lugar mucho más fresco. Al llegar al espacioso vestíbulo me pone un brazo sobre un hombro.
—Cálmate, Ethan. Olvidas el gran respeto que te guarda el Tribunal. Están contentos con tu trabajo, te aplauden, se ríen contigo.
Sus palabras me reconfortan y durante el resto de la tarde, mientras Isabel y yo pasamos el rato en el tranquilo patio del palacio, intento seguir su consejo. Pero me cuesta mucho. Yo he nacido para llevar esta vida. Llevo en la sangre ser un miembro de la Guardia. Nunca había estado tan seguro de algo. ¿Qué ocurrirá si me lo quitan?
Después de una cena ligera, Isabel sube a su habitación y yo me voy directo a dormir porque estoy agotado; sin embargo, tengo la sensación de que acabo de cerrar los ojos cuando Arkarian empieza a sacudirme.
—Levántate, Ethan. Ya casi ha amanecido. No puedes llegar tarde, el Tribunal ya se está reuniendo.
Me pongo rápidamente la ropa negra que me han proporcionado, la capa en último lugar, y me tapo la cabeza con la capucha. Mejor si nadie me ve la cara. Pero Arkarian no piensa lo mismo.
—No puedes ponerte la capucha, Ethan. Lo sabes de sobra.
Mascullo un gruñido de queja, pero hago lo que me ha dicho y lo sigo por el largo pasillo hasta las puertas de la sala del Tribunal. De repente noto como si mis manos fueran inservibles, como si no estuvieran pegadas a mis brazos, de forma que me las agarro para hacer desaparecer esa irracional idea.
—Tranquilízate, Ethan —me recomienda Arkarian—. No seas tan pesimista.
—Quiero las alas, Arkarian.
—Lo sé. Y las tendrás.
Lo miro a la cara y arqueo las cejas.
—¿A pesar de lo ocurrido?
—El Tribunal te juzgará con justicia, Ethan. Ha sido tu primera infracción, y ha sido pequeña.
Se abre una puerta lateral y aparece Cárter vestido de color marrón; se acerca a nosotros.
—¿Y si hubiera cometido una segunda infracción desde entonces? —le pregunto a Arkarian en un susurro.
Se pone pálido y no necesito ser un Vidente para leerle el pensamiento. Le abro mi mente y recuerdo lo que ocurrió en clase con Isabel, cuando le enseñé el trozo de papel en el que había garabateado su puesto. Me agarra de un codo como muestra de apoyo silencioso cuando Cárter se detiene ante nosotros.
—Arkarian, Ethan, volvemos a encontrarnos, y en unas circunstancias de lo más interesantes...
Todos los músculos de mi cuerpo se ponen en tensión. ¡Cómo me gustaría darle un puñetazo en toda la cara a este hombre!
Arkarian carraspea para que no piense ese tipo de cosas y sigo su consejo antes de que cualquiera de las personas que hay al otro lado de la puerta me puedan leer el pensamiento también. Que yo sepa, Cárter no es un Vidente. No puede saber lo que pienso. Sin embargo, los nueve miembros del Tribunal sí que lo son. Las puertas se abren hacia dentro y los tres nos volvemos para entrar. En ese instante Isabel llega corriendo por el pasillo.
—¡Esperad!
Arkarian sacude la cabeza y le dice:
—Te he preparado un día tranquilo de baños y masajes de relajación...
Isabel mira a Cárter y le dedica un saludo incómodo con la cabeza. Él arquea las cejas, como si la presencia de mi aprendiza confirmara lo que sospechaba, y se inclina levemente.
—No olvides mis palabras, Isabel.
Arkarian me mira con ojos inquisitivos y yo me encojo de hombros.
—No sé de qué habla.
Cárter sonríe burlonamente y nos dirige un pequeño gesto de saludo antes de entrar en la sala del Tribunal. Arkarian lo mira fijamente, pero se acuerda de Isabel, que se encuentra junto a nosotros, incapaz de estarse quieta.
—Arkarian, no quiero pasar un día tranquilo de baños y masajes. Quiero ver lo que ocurre. Quiero estar ahí dentro. Por Ethan —añade, y baja la vista para observarse las manos entrelazadas.
Arkarian deja escapar un largo suspiro y cierra los ojos para concentrarse. Estoy seguro de que se está comunicando con alguien, supongo que con Lorian, para pedir permiso. Enseguida abre los ojos de nuevo.
—Se te permite observar el proceso con la condición de que no murmures ni una palabra. ¿Lo entiendes? Da igual lo que oigas o cómo le vaya a Ethan. ¿De acuerdo, Isabel?
—Lo prometo.
—Bien. Ahora, Ethan, ha llegado el momento de enfrentarse a esta dura prueba. El único consejo que puedo darte es que calmes tus pensamientos y que dejes tu mente abierta. Recuerda los dones que te concedió el Tribunal. Búscalos y reanima tu espíritu.
Intento asimilar esas palabras, pero mi corazón late con tanta fuerza que lo oigo como si hubiera cambiado de sitio y estuviera en algún lugar entre las orejas. Al final lo único que puedo hacer es seguir a Arkarian hacia el interior. Me conduce hasta el centro del círculo, hace aparecer un taburete para que me siente en él y luego abandona el centro de la sala y se sitúa tras un atril de cristal colocado sobre una plataforma de mármol. Pone las palmas de las manos sobre la superficie de cristal, como si quisiera absorber fuerza de ella, e inicia la declaración que ha preparado. Empieza hablando sobre mi carácter aventurero y valiente y la seriedad con la que he asumido mi nuevo papel de instructor. Señala que ese entusiasmo, combinado con la intención de portarme bien para que el Tribunal me concediese las alas, me llevó a cometer la acción por la que se me está juzgando.
En un determinado punto de su amable discurso me doy cuenta de lo que está haciendo: pretende cargar con la responsabilidad de mis errores. Está intentando que el Tribunal lo culpe a él.
Arkarian me lanza una mirada vehemente con la que trata de decirme que no revele mis pensamientos. Pero no puedo hacerlo. No puedo quedarme de brazos cruzados y permitir que asuma la culpa de mis errores. Imposible. De forma que intento acallar sus palabras con mis pensamientos contrarios y explico que fue mi insensatez, mi intento por impresionar a Isabel, mi estupidez la que me llevó a infringir una de las reglas de la Guardia.
Arkarian sigue hablando en mi defensa, pero ahora está exasperado. Cuando acaba, Lorian le da las gracias y le pide que se siente. Obedece, pero antes me lanza una mirada de advertencia para que me calle.
Cárter es el siguiente en declarar. No tiene preparado un discurso, lo cual me sorprende, porque pensaba que se moriría de ganas por mostrar su desaprobación. Sin embargo, espera a que le pregunten. La primera pregunta hace referencia a mi infracción del código. Relata más o menos lo que ocurrió, desde su punto de vista como profesor de la clase en cuestión, claro.
—¿Alguien más fue testigo de lo ocurrido? —inquiere Penbarin desde su asiento, que está a la derecha de Lorian.
—Sólo una chica llamada Rochelle Thallimar. Estaba en una buena posición y vio lo ocurrido.
¡Oh, no, Rochelle no! Esperaba que nadie más me hubiese visto. Este asunto va a acabar peor de lo que esperaba, lo presiento. Arkarian me mira para decirme que no pierda la esperanza.
—¿Tenemos instrucciones acerca de esa chica?
Lady Devine responde a Penbarin.
—La madre falleció en un extraño accidente doméstico cuando Rochelle sólo tenía cinco años. Su padre era, y aún es, un hombre violento. —Al oír eso me quedo paralizado—. Rochelle vivió con su padre durante muchos años y siguió sus pasos inquietos por todo el país. Él se casó dos veces más, y Rochelle se lleva bien con su última madrastra. Hace dos años le salvó la vida cuando impidió que su padre la golpeara hasta matarla con un bate de béisbol. La mujer recibió tantos golpes en la cabeza que cayó en coma y no se despertó hasta al cabo de quince días. —Se oyen murmullos de sorpresa por toda la sala. Isabel se queda boquiabierta y veo que en sus ojos hay asco—. Gerard Thallimar fue acusado y sentenciado. Actualmente está cumpliendo una condena de ocho años. Rochelle volvió a mudarse, esta vez con su madrastra, que se encuentra en proceso de recuperación, a Verdemar —aquí lady Devine se detiene para poner sus pensamientos en orden y continúa—, o sea, a Ángel Falls, con la esperanza de poder empezar una vida nueva.
No sabía nada de eso. Por un lado quiero oírlo y por otro siento como si estuviera invadiendo la vida privada de Rochelle, por lo que una parte de mí quiere que lady Devine se calle.
Pero no lo hace.
—La rodea una pesada cadena de negatividad, lo que podría ser el resultado de su complicada infancia o de algo más siniestro.
—¿Cuál es su conclusión, lady Devine? —inquiere Lorian.— Esa chica tiene una mente fuerte... —¿Por qué especulan de esta manera?, no me parece justo— y creo que alberga en su interior un gran potencial para crear maldad. Siento...
—¡Basta! —grito sin poder reprimirme, y al mismo tiempo me pregunto por qué defiendo a una chica que ni siquiera me gusta, la misma chica que rompió a propósito mi amistad más larga; pero sea lo que sea lo que le ha ocurrido, es asunto suyo. La infracción que cometí en clase no debería haber provocado que se analizara su vida privada con tantos prejuicios.
Lorian me mira.
—¿Tienes algo que decir, Ethan?
Respiro profundamente.
—Rochelle no es mala.
—¿Por qué estás tan seguro?
—No lo sé —contesto con sinceridad—. Quizá por mi instinto. No lo sé. Pero conozco a esa chica.
—Dinos lo que sabes de ella.
Mierda, ¿por dónde empiezo? No puedo contarles... Detengo mis pensamientos antes de que revele cualidades desagradables del carácter de Rochelle.
—Es una persona tozuda y hace cosas que la mayoría de la gente no haría, pero no creo que eso se deba a que sea mala. En mi opinión, sólo hace eso para crear confusión.
—Ethan, no sería necesario que existiera la Guardia del Tiempo si la Diosa del Caos no hubiera empezado a crear confusión hace miles de años. Parece que Rochelle encaja a la perfección en el plan final de la Diosa.
—No, Rochelle no es mala. No puedo explicarlo, pero lo sé.
—Tienes que darnos algún argumento.
—Es un presentimiento. Disculpadme, es lo único que tengo.
—Hum.
Lorian decide cambiar de tema y le pregunta a Cárter si alguien más vio la infracción.
—No —responde, y carraspea—. Pero la segunda infracción fue presenciada por todos los miembros de la clase.
Esas palabras provocan una oleada de murmullos por toda la sala. Lorian le ordena a todo el mundo que se calle con una mirada enérgica. Le pide a Cárter que se explique, y éste saca la nota arrugada en la que están escritas las palabras «Maestro de la Verdad» con mi letra y explica que la encontró sobre un pupitre, a la vista de todo el mundo.
Unos cuantos miembros del Tribunal se ponen a murmurar entre ellos y me da la impresión de que los demás los imitan, pero mentalmente. Todos están llegando a la conclusión equivocada.
—¡No ocurrió así!
Arkarian me advierte con una mirada penetrante.
Isabel se levanta como si tuviera la intención de entrar en el círculo, pero Arkarian la agarra de la cintura y la obliga a sentarse de nuevo.
—¡Silencio! —Lorian hace que toda la sala se calle—. Ethan, tu versión de los hechos, por favor.
Respiro profundamente e intento recuperar la calma. Necesito que todos me crean, que entiendan que no tenía intención de revelar públicamente el puesto de Arkarian. Que no ocurrió todo lo que Cárter ha contado. Tampoco quiero implicar a Isabel, aunque no la acusarían de obrar mal ya que es mi aprendiza y yo soy el responsable de todos sus actos.
—Nadie debía ver el papel salvo mi aprendiza, y no habría llamado la más mínima atención si Cara Caimán... —me callo, inmóvil en mi taburete. No me atrevo a mirar a nadie; el silencio es ensordecedor. Trago saliva y continúo como si no hubiese soltado esas palabras despectivas—, si el señor Cárter no hubiese armado tanto jaleo. Yo fui con cuidado...
—¿Con tanto cuidado como cuando Isabel te vio hacer el truco con el bolígrafo? —me pregunta Lorian, que ya sabe la respuesta.
—Admito que entonces cometí un error, pero nadie más de la clase vio lo que había escrito en el papel.
—¿Te atreves a jurarlo?
¿Me atrevo? ¿Fui lo bastante cuidadoso?
Lorian se vuelve hacia Cárter, que se ve más o menos obligado a corregir lo que ha dicho.
—Es posible que la palabra en sí no fuera vista por nadie salvo Ethan, Isabel y yo. Aunque en ese momento desconocía que Isabel había sido elegida para formar parte de la Guardia. Tenía mis sospechas, pero...
Lorian levanta una mano y Cárter se calla.
Después de un breve silencio, durante el cual sospecho que los miembros del Tribunal han expresado su opinión sin hablar, Lorian me sorprende al pedirle a Cárter su opinión personal sobre mí y si piensa que estoy preparado para que me concedan el poder de volar.
Arkarian se levanta de un salto.
—¿Por qué no me preguntan a mí? Hace años que conozco a Ethan, su forma de pensar y sus hazañas. Sé cómo es por dentro.
Lorian le indica con un movimiento de la mano que se calle.
—Tal vez sea cierto, pero Marcus también conoce a Ethan desde hace muchos años y pasa mucho tiempo con él en clase. Además, tú ya nos has dado tu opinión con todo lo que has pensado sin querer. Alto y claro.
Arkarian, avergonzado, como es normal, se sienta sin añadir nada más y Lorian le hace un gesto con la cabeza a Cárter, que me mira con los ojos entrecerrados como si me estuviera evaluando.
—Desde mi punto de vista —empieza a decir mientras yo resoplo y deseo que acabe rápidamente— el chico tiene un potencial enorme. —Esas palabras me pillan por sorpresa. Lo miro a los ojos para averiguar de dónde sale ese cumplido—. Siento, y veo hasta cierto punto, una gran fuerza, valor, ímpetu y habilidad. —Asombrado, compruebo que Penbarin, Arabella y los demás asienten y murmuran, mostrando que están de acuerdo—. Sin embargo, creo que aún le queda mucho por aprender, algo que logrará con la madurez que alcanzará. Por lo tanto, considero que Ethan Roberts no está preparado para obtener sus alas.
Cárter se retira entre una oleada general de susurros y con el agradecimiento del Tribunal. Abandona la sala y entonces se hace el silencio. Sé que todos los miembros se están comunicando entre sí. Arkarian e Isabel me miran preocupados pero sin perder la esperanza. Al cabo de un rato que parece una eternidad, Lorian se pone en pie y me indica con una señal que lo imite. El inmortal se me acerca y me pone ambas manos sobre la cabeza. Estalla un relámpago y una luz cegadora inunda la sala. Intento no parpadear. Lorian me está concediendo un don.
—Cuando recibiste los dones de las casas no eras más que un niño. Con esta luz renuevo esos dones...
Lorian da un paso atrás y la luz ahora sólo me cubre la cabeza y los hombros. Siento un cosquilleo en el cuero cabelludo, como si unas pequeñas descargas eléctricas pasaran rápidamente por mi cabeza y se extendieran al resto del cuerpo. Una fuerte visión atraviesa mi subconsciente y me hace recordar el día que cumplí cinco años, cuando los señores de las casas se inclinaron sobre mí y me concedieron sus dones. Los veo claramente de nuevo: lady Devine, con su melena roja, que le llegaba casi hasta el suelo, acariciaba mis rodillas temblorosas. «Animación», me susurra, y esta vez lo entiendo. Tengo una afinidad con todo lo que es real e irreal. Por eso puedo mover objetos y crear ilusiones. El don de la animación realza los poderes que he heredado. Meridian es el siguiente: se acerca hasta mí poco a poco y me concede el don de la cordura, algo que necesitaba desesperadamente en aquel momento. Luego viene Brystianne con el don del perdón, y sir Syford me concede el don de la ilustración para que un día sea capaz de compartir mis conocimientos. Elenna me ofrece habilidad física y seguridad. Alexandon, de la Casa del Llanto, me da valor, tal y como se lo dio a Isabel. Arabella, con su piel translúcida y gélida, parece flotar al acercarse a mí, mueve las manos sobre mi pequeña cabeza y me ofrece el talento de ver la realidad más allá de la decepción. Entonces Pembarin, el último, se acerca lentamente, consciente de que su enorme tamaño asustaría a un niño. Sonríe y acaricia mi cara infantil. «Perspicacia y confianza en ti mismo», recuerdo que me dijo.
Sacudo la cabeza mientras la luz se alza sobre mí y desaparecen mis recuerdos de niño. Miro a mi alrededor y veo que todo el mundo sigue sentado donde estaba, pero persiste la sensación de que cada uno de los señores ha penetrado en mi mente de algún modo.
Lorian se me acerca sin que me dé cuenta.
—Y ahora te renuevo mi don —dice el inmortal poniéndome una mano sobre la cabeza—. Te ofrezco la luz de la madurez para que te llene y refuerce tu espíritu interior.
Cuando pronuncia esas palabras, mi cuerpo tiembla como si hubiera sido alcanzado por un rayo. Durante un segundo siento como si fuera a perder el conocimiento. Entonces Lorian inclina levemente la cabeza.
—Ethan Roberts, según decisión unánime de este Tribunal, no se te degradará de la categoría de instructor que te habíamos concedido recientemente. —Recupero el equilibrio, y una sensación de alivio me recorre todo el cuerpo. Esas palabras me infunden la esperanza de que no todo está perdido—. El cargo de instructor es uno de los más importantes de la Guardia. No todos los miembros son capaces de asumir la responsabilidad de alimentar el crecimiento de nuestros futuros ejércitos. —¡Sí! Son muy buenas noticias. Pero parece que demasiado, porque de repente la voz de Lorian adquiere un tono muy serio—. Sin embargo, el poder de volar es algo completamente distinto, y por eso, muy a su pesar, este Tribunal se ve obligado a dictaminar que no se te concederán las alas ni ahora ni el día de tu próximo cumpleaños.
No puedo evitar preguntar:
—¿Entonces cuándo me las concederán?
El inmortal me mira con unos ojos que hace que me entren ganas de echar a correr. Intento aguantar su intensa mirada. Mi cuerpo entero tiembla a causa del esfuerzo. Entonces Lorian dice lentamente, para que pueda oír y entender todas las palabras:
—La decisión de negarte las alas es indefinida.
Es la peor sentencia que se haya dictado jamás.