ISABEL
Paso de la Ciudadela a mi cama con la fuerte sensación de que alguien está observando la transición. Abro los ojos y veo encima de mí los de mi hermano. Es imposible que sepa nada, desde luego, pero después de la experiencia que acabo de soportar tengo los nervios de punta. Ver a Matt sentado en mi silla de plástico verde con los ojos serios y oscuros clavados en mí me causa tal impresión que se me escapa un grito. Entonces reparo en que tiene algo en la mano y con creciente horror descubro que se trata del cuaderno con la Profecía apuntada. ¡Maldición! Decido que el único modo de salvar el tipo es fingir histeria y gritar más fuerte.
Mi madre y Jimmy llegan corriendo a mi habitación y estrellan la puerta contra la pared al entrar como una exhalación.
—¿Qué ocurre? —me pregunta mamá.
—¿Has sido tú, tesoro mío? —exclama Jimmy.
Estas dos personas son lo último que tengo en la cabeza en este preciso instante. Debo conseguir que Matt me devuelva el cuaderno y olvidarme del asunto. La cara de Arkarian se me aparece ante los ojos. ¿Qué diablos pensará cuando se entere de lo descuidada que he sido?
Actuando como si Matt me hubiese despertado de un sueño profundo, me incorporo hasta quedar sentada con la intención de chillar «¡Matt, déjame en paz!», pero la primera palabra que sale de mis labios no es el nombre de mi hermano.
—¡Arkarian! —grito a todo pulmón. ¡Oh, no! ¿Acabo de llamar a Arkarian? Trato de recuperar la compostura con rapidez—. Quiero decir..., Matt, ¿qué demonios haces aquí?
Casi me matas del susto. ¿Qué te pasa? —le pregunto, tratando de distraerlo y todos empiezan a hablar a la vez.
Matt se levanta con la mano en alto y el cuaderno agarrado con dos dedos, en un intento de imponer silencio. Al final mamá y Jimmy se calman y Matt se vuelve hacia mí.
—He venido hace un rato para preguntarte una cosa, pero dormías. Cuando me iba a marchar, me he fijado en este cuaderno, que estaba tirado en el suelo.
—Y que no has podido evitar leer —añado yo, una suposición correcta.
—Quería preguntarte algo sobre él, y he intentado despertarte. —Se vuelve hacia mamá y Jimmy—. ¿Sabéis lo profundo que tiene el sueño Isabel? —Sin esperar respuesta, se gira bruscamente hacia mí—. Me ha costado media hora. Te juro que pensaba que estabas muerta. ¿Y qué demonios es Arkari...? ¿Cómo es esa palabra que has gritado? ¿Tiene algo que ver con estas anotaciones tan raras? —Señala el libro con una leve inclinación de cabeza.
El contraataque, decido, es la mejor opción para despistarlo.
—No sé de qué me hablas. Si he gritado algo es porque estaba soñando, por supuesto. ¿Y a qué viene este numerito? Es obvio que no estoy muerta. La próxima vez que te dé por husmear en mi cuarto por la noche no me despiertes, ¿vale? Me gusta dormir tranquila. —Me pongo de rodillas y le arranco el cuaderno de la mano—. ¡Dame eso! No es más que un estúpido poema que he escrito y que no me hace gracia que leas. Yo no revolvería en tus cosas, por cierto.
—No era mi intención. Se te debe de haber caído al suelo al dormirte.
—Da igual. No tenías derecho a leer mis pensamientos íntimos.
Me lanza una curiosa mirada y replica con voz pausada:
—Tus pensamientos íntimos son muy extraños, Isabel.
—No me importa. Al menos son míos. ¿Ahora podemos irnos todos a la cama?
Jimmy expresa enseguida su aprobación.
—¡Qué buena idea!
—No hasta que obtenga unas cuantas respuestas —dice Matt con obstinación.
—Estoy cansada, Matt. No sé lo que te tiene tan alborotado, pero supongo que puede esperar hasta mañana, ¿no?
Jimmy vuelve a intentarlo.
—Todo parece diferente por la mañana, Matt. ¿Por qué no te acuestas?
Matt le dedica una mirada hostil y grita con todas sus fuerzas:
—¡Tú no me das órdenes!
Todos nos callamos. El malestar que le produce a Matt la posición de Jimmy dentro de nuestra casa se ha ido acentuando cada día. Reparo en la mirada de Jimmy y trato de decirle con los ojos que ceda, que yo puedo lidiar con mi hermano, sobre todo ahora que tengo el cuaderno a buen recaudo bajo la almohada.
Mamá le da a Jimmy un tironcito de la mano.
—Vamos, cariño.
Salen. Matt me da la espalda y se acerca a la ventana. Levanta la persiana y revela una luna casi llena; de repente la habitación resplandece con su brillo. En mi estado de agotamiento tanta luz resulta demasiado. Sin pensar me tapo los ojos con la mano. Matt lo nota.
—¿Qué te pasa?
—Nada, es la luz.
Mira a su alrededor y después el cielo nocturno por la ventana. Entonces pienso en cómo debe de ver él la habitación: en penumbra casi total. Señala el cielo.
—Pero si sólo es la luna...
Bajo el brazo y trato de no bizquear.
—Es que estoy cansada, ¿vale? Y ahora, ¿qué mosca te ha picado? ¿Por qué has venido a mi habitación, para empezar?
Se deja caer en la silla de plástico verde, que emite un irritante chirrido.
—Quiero saber lo que pasa.
—Nada. Dormía profundamente, eso es todo.
Me observa con los ojos entrecerrados y unas arrugas de intriga en la frente.
—Me refiero a lo que pasa contigo y con Ethan.
—Ah. —Tengo que relajarme antes de hacerle sospechar sin otro motivo que mi estupidez—. Bueno, la respuesta sigue siendo la misma: nada. Nada de nada.
—No se puede estar tanto tiempo con alguien como estás tú con Ethan, casi todos los días, y que no signifique nada.
Después de lo que ha ocurrido, de que Ethan me haya salvado la vida —aunque no me han quedado completamente claros todos los detalles porque ahora mismo tengo la cabeza un poco patas arriba—, me parece que nuestra relación por fin está empezando a despegar. Los momentos que compartimos entrenando en las colinas que bordean el lago son increíbles, lo más divertido que he hecho en mucho tiempo. En cuanto a nuestros viajes al pasado, nada puede superarlos. Ni siquiera que me apuñalen en el pecho me convencerá de lo contrario. Por acto reflejo me paso la mano por el punto que hace poco ha perforado el puñal de Ethan. Matt malinterpreta el gesto.
—¿Cuándo vas a admitir la verdad, Isabel? —Alzo la vista hacia él y entonces añade—: Mírate. Estás peor que una niña en la edad del pavo.
Retiro la mano, me ajusto la manta en torno a las rodillas y el pecho y me tomo mi tiempo para elegir las palabras necesarias para quitármelo de encima.
—Mira, Matt, Ethan y yo sólo somos unos amigos que trabajan juntos en un proyecto. Ésa es la verdad. —Bueno, parte de ella, se entiende. Un proyecto tan colosal que espero que trabajemos juntos durante mucho tiempo. Pero no es eso lo que Matt necesita oír—. Te seré sincera, Matt. Ethan me cae muy bien. Es muy simpático y no es en absoluto el tipo raro que tú me pintas.
Él empieza a discutir y levanto una mano para cortarlo mientras cruzo los dedos de la otra bajo la manta. Luego añado:
—Pero ahora me doy cuenta de que mi obsesión por Ethan era sólo un enamoramiento infantil.
Matt asiente con la cabeza, convencido al parecer de que le digo la verdad. Suspiro, me relajo por fin y decido apartarlo del tema antes de que me maree con más preguntas.
—He estado buscándote. ¿Has estado con Rochelle esta noche?
—Un rato, pero me ha dicho que estaba cansada y que quería acostarse pronto, así que me he acercado a casa de Dillon. He pensado que tal vez él supiera algo de ti y de Ethan.
—¿Por qué preguntarle a Dillon sobre nosotros?
—Muy sencillo: tú no me cuentas nada. Y por raro que parezca, Dillon sigue siendo amigo de Ethan, y los amigos hablan.
—¿Y qué te ha contado Dillon?
Se encoge de hombros con desánimo.
—Nada en realidad.
Sacudo la cabeza. Mi hermano está obsesionado... con asfixiarme. Pero no quiero dar alas a esta línea de conversación.
—Eres demasiado serio para la edad que tienes, Matt. Debes divertirte más.
—Puede que tengas razón —replica con un suspiro. Se levanta de la silla con ayuda de los brazos y se inclina sobre mí—. Siento haberte asustado. No tendría que haber tratado de despertarte. Pero es que las palabras de ese cuaderno me han provocado una inquietud que no podía quitarme de encima.
Lo dice en un tono muy melancólico, y como yo quiero que deje de pensar en el cuaderno, le doy un reconfortante abrazo.
—No pasa nada. Lo que me ha asustado ha sido despertarme y encontrarme con tu cara.
Me devuelve el abrazo, en un momento de hermandad poco habitual que hace años que no compartimos.
—Caramba, gracias. Qué cosas más bonitas me dices.
Cuando se retira me asalta un olor conocido que me sacude el cuerpo entero con un escalofrío.
—¿Qué es ese olor?
Se endereza y olisquea el aire.
—¿El qué? ¿Te refieres al olor a flores?
Asiento con la cabeza sin decir palabra; mi lengua parece el doble de grande. El aroma floral me recuerda demasiado el perfume que dejaba a su paso la asesina del dormitorio de Abigail Smith. Hago un poco de saliva y trato de tragar.
—Sí, a ese perfume... ¿Por qué hueles así?
Se encoge de hombros y se encamina hacia la puerta.
—No es perfume. Pero si te gusta, intentaré conseguirte un poco. Son las gotas para los ojos que usa Rochelle, por la alergia. Le encantan, y dice que además van fenomenal para los ojos cansados. Y es verdad, yo mismo las he probado hoy.
Me obligo a respirar.
—¿De verdad?
—Sí, se las prepara por encargo un herborista que no es de aquí. —Lo observo sin habla mientras desliza la mandíbula a la derecha y luego a la izquierda, un gesto nervioso que ha perfeccionado con los años—. Se hacen con una flor muy especial. Un lirio gigante, me parece.