ISABEL
Cuando el Tribunal dictó sentencia, Ethan juró que se esforzaría al máximo para que recuperaran la confianza en él. Durante la última semana me ha preparado principalmente para mi primera misión real, aunque Arkarian se niega a darnos ni una pista de dónde y cuándo va a tener lugar. Así que nos entrenamos todos los días en nuestro lugar favorito, un pequeño claro que hay en el extremo más alejado del lago y que está rodeado por montañas boscosas y precipicios. Es un sitio en el que tenemos bastante privacidad, sobre todo ahora que ya casi ha llegado el invierno y ha empezado a nevar.
He hecho grandes progresos con la espada y Ethan se está centrando en mejorar mi capacidad para desarrollar los dones que me concedieron en la ceremonia de iniciación. De momento, el único que se ha revelado es la capacidad para ver claramente bajo cualquier luz, cortesía de Arabella de la Casa del Cielo y el Agua. Leer a la luz de la luna cuando estoy sentada en mi habitación es una experiencia emocionante. Pero el otro poder psíquico que se supone que tengo de nacimiento aún nos evita, lo cual provoca una gran frustración en Ethan. Por lo menos mis poderes de curación han mejorado, aunque muy lentamente, para mi gusto. Es el primero, y de momento el único, poder que tengo, así que me gustaría que estuviera a punto en caso de necesidad.
—¿Ves? —me dice Ethan mientras esquiva de nuevo la punta de mi puñal romo—. ¡Más rápido, Isabel! No todos tus enemigos van a esperar a que adivines en qué dirección te van a atacar.
—Eres muy gracioso, Ethan. ¿Qué te parece esto?
Hago como si fuera a atacarlo por arriba, amago una estocada baja, y acabo apuntándole a la yugular. Él levanta las manos y da un paso atrás.
—¡Hum, qué bien te he enseñado!
—Si no tuviera los dedos tan congelados te clavaría este puñal en la garganta.
Se ríe y echa unos cuantos troncos secos al fuego.
—¿Te apetece una taza de chocolate?
—Sí, por favor.
Al final hemos acabado trayendo provisiones para matar el hambre y no tener frío. Hoy toca chocolate en polvo.
Me agacho junto a Ethan mientras prepara las tazas y me caliento los dedos en el fuego. El crujido de unas ramas nos asusta y pegamos un salto.
—¿Has oído eso?
Ethan asiente con la cabeza sin decir nada mientras se levanta y mira alrededor con el entrecejo muy fruncido. Entonces veo al responsable de nuestro susto. Un pequeño conejo marrón se ha atrevido a salir de su madriguera, seguramente para calentarse junto a nuestra hoguera, o quizá haya olido el chocolate.
—Mira ahí, Ethan —digo señalando el límite del claro. Ethan observa al conejito y frunce aún más el entrecejo—. ¿Qué pasa?
—Creo que está herido. Fíjate en cómo se inclina un poco hacia un lado. ¿No tiene sangre en las patas traseras?
Me levanto para verlo mejor, con cuidado de no asustar a la tímida criatura, pero al parecer mi preocupación no es necesaria. El conejo se acerca lentamente hacia mí y no se detiene hasta llegar a mis pies. Lo miro boquiabierta, y luego a Ethan.
—¿Te lo puedes creer?
El conejo se sienta sobre las patas de atrás, mueve las delanteras y me mira con sus ojitos redondos de una forma suplicante que parece casi humana.
Lo tomo con delicadeza ya que resulta evidente que está herido.
—Quiere que lo cures —afirma Ethan—. Nota que eres una sanadora.
—¿De animales?
—¿Por qué no? Si tienes un don, ¿quién dice que debería estar restringido sólo a humanos?
—¡Vaya! ¿Y qué le ocurre al conejo?
Ethan sonríe.
—La sanadora eres tú, Isabel. Averigúalo.
Me siento en el suelo con las piernas cruzadas, me pongo al animalillo en el regazo y procuro no moverlo innecesariamente. El conejito se queda inmóvil, limitándose a mirarme con esos ojos redondos y suplicantes. Le paso las manos por encima de las patas, las palpo con delicadeza, y enseguida encuentro un hueso roto y noto los tejidos y ligamentos desgarrados.
—¿Cómo ha podido sucederle esto en el bosque?
—Hum, buena pregunta —contesta Ethan, que se agacha junto a mí, aunque observa el bosque con atención en busca de señales.
Yo me pongo manos a la obra con el conejo: intento calmarlo con suaves susurros y deseo que los tejidos dañados, los ligamentos y los huesos se curen. Mientras lo hago, lo veo todo en mi cabeza, el hueso que se suelda, la sangre que regresa a las venas, los tejidos inflamados que se curan sin dejar cicatriz... El animal da una sacudida, salta de mi regazo y huye a una velocidad increíble en la misma dirección por la que ha venido.
—Yo creo que está curado —dice Ethan con voz un poco asustada.
—¡Es alucinante! He visto cómo se curaba todo en mi cabeza.
—A lo mejor ésa era tu gran traba. Visualizarlo. —Mientras habla se pone en pie y se acerca hasta los límites del claro.
Yo también me levanto y me acerco a él.
—¿Qué te pasa, Ethan?
—No lo sé, tengo un presentimiento.
—¿Como el que tuviste en el juicio?
Me mira con cara triste y me arrepiento al instante de lo que he dicho. No quería recordarle el tema del Tribunal y la defensa que hizo de Rochelle. Esos recuerdos están demasiado recientes como para comentarlos. No ha dicho ni una palabra.
Se vuelve y empieza a apagar el fuego.
—Deberíamos irnos.
—¿Lo que te inquieta es lo del conejo?
—Sí y no. No me preocupa que el conejo haya venido a buscarte; a veces los animales notan estas cosas mejor que las personas. Lo que me da mala espina es el daño que se ha hecho.
—Aquí arriba no hay nadie, Ethan. ¿Quién iba a subir? Hace demasiado frío.
—Nosotros hemos subido, ¿no? Y ese conejo no se ha roto la pata solo.
—¿Quién le iba a hacer algo así a un animal tan mono?
—A lo mejor la pregunta no es quién, sino qué. —Ethan apaga el fuego en pocos segundos y luego añade—: Recoge tus cosas. Vamonos de aquí antes de que aparezca algún animal salvaje que quiera rompernos una pierna.
No sé si lo dice en broma o en serio, sólo sé que de repente tiene mucha prisa. Su instinto ha vuelto a presentarse. En un momento recojo mi jersey y las otras cosas que he traído. Bajamos por la montaña y estamos a medio camino cuando me doy cuenta de que me he dejado lo más importante de todo: mi mochila, donde tengo todas las cosas del colegio. Hoy hemos venido aquí directamente después de clase, para aprovechar al máximo la luz del sol.
—Tengo que volver.
Ethan no para de andar.
—¡Ni hablar! Es demasiado tarde.
—Me he dejado la mochila.
—¡¿Qué?! ¿Cómo has podido ser tan...?
—Se me ha olvidado y ya está. Tú sigue. No tardaré mucho si corro.
Me agarra de un brazo cuando me vuelvo.
—Olvídalo, Isabel.
—Necesito la mochila para ir a clase mañana.
—Ya vendremos a buscarla por la mañana.
—Pero no es impermeable. La helada y la humedad lo dejarán todo empapado. Se estropearán los libros; eso por no hablar de si nieva. Sólo me llevará diez o veinte minutos.
Mis argumentos no lo convencen.
—No, Isabel. No vamos a volver. Dijiste que confiabas en mí, así que demuéstralo.
Bajamos todo el rato en silencio. Cuando llegamos a mi casa entro directamente. Una vez dentro, miro por la ventana hasta que ya no puedo ver a Ethan, espero un minuto más y me obligo a contar segundo a segundo. Cuando ya estoy segura de que está de camino a su casa, salgo corriendo afuera. En esa montaña no hay nada; nos entrenamos allí casi todos los días. Ethan sólo está nervioso porque la herida del conejo era muy poco habitual. Pero a lo mejor se la ha hecho él solo. ¿Cómo lo vamos a saber? Además, Ethan ha estado muy serio desde el juicio de Atenas y ha cumplido muy estrictamente los códigos y las reglas. Está sacándolo todo de quicio.
Llego a la cima jadeando después de correr cuesta arriba durante casi todo el trayecto. Empieza a oscurecer, pero aún puedo ver claramente, la luz tenue ya no supone ningún obstáculo para mí. Para sorpresa mía, el don que me concedió Arabella es cada vez más fuerte. A este paso voy a tener que aprender a controlarlo para no usarlo cuando suponga un estorbo más que una ayuda.
Echo un vistazo a mi alrededor, pero la mochila no está en el sitio donde la he dejado. ¿La habrá movido Ethan en algún momento? No lo recuerdo, pero lo dudo, ya que estaba demasiado ocupado siguiendo sus planes. ¿Entonces dónde está? Se me eriza el vello de la espalda cuando noto una sensación maléfica en el pecho. ¿Será una manifestación del don del sexto sentido que me concedió Lorian?
Un ruido de hojas a mi derecha hace que me estremezca y pone todo mi cuerpo en tensión. Estoy al borde de un ataque de nervios e intento ordenar mis pensamientos. A continuación otro ruido, el crujido de unas hojas al ser pisadas, resulta muy real y entonces me convenzo de que hay algo ahí, algo que transmite una sensación de maldad.
—¿Ethan?
En realidad no lo estoy llamando porque sé que en este momento estará metido en la bañera, entrando en calor, tal y como debería estar haciendo yo, pero necesito oír mi voz y el sonido de un nombre conocido. Quizá esta sensación de maldad que percibo sea sólo producto de mi imaginación.
Una sombra cruza los árboles que hay a mi derecha. Está oscureciendo muy rápido mientras yo estoy aquí paralizada por el miedo; me cuesta respirar y mi corazón late desbocado, pero la oscuridad no afecta a mi sentido de la vista. La sombra se mueve rápida y furtivamente, sobre todo para su tamaño, ya que parece grande. A medida que se acerca adquiere una forma más reconocible. Es un hombre, un hombre grande, alto y ancho de espaldas, que lleva unas botas de cuero y un abrigo de piel ceñido con un cinturón con tachuelas de plata. Llega al límite del claro y se dirige con paso pesado hacia donde me encuentro. Lleva mi mochila en una mano. Abre los dedos y la deja caer al suelo.
«Huye. ¡Huye ahora! Si te giras y echas a correr quizá tengas alguna posibilidad de escapar mientras bajas por la montaña.» Tengo la extraña sensación de que ese hombre no me seguiría, pero mis piernas se han vuelto muy tercas y han decidido no moverse. Ese hombre debe de estar usando algún tipo de poder contra mí.
Se acerca más, estoy al alcance de su mano, y al verlo me siento aturdida y mareada.
—Te he visto antes —me dice. Tiene una voz áspera y gutural—. Nos hemos encontrado en tus sueños.
—¿Qué quieres?
Ladea la cabeza y contesta:
—Llevarte a un sitio donde siempre es medianoche.
—¿Qué? No lo entiendo.
Endereza el cuello y se pone una mano enguantada sobre la cabeza. Me doy cuenta de que lleva una máscara y se la va a quitar. Las sensaciones que emite el rostro que hay bajo la máscara me dan arcadas. Mi estómago se contrae y hace que me doble por la mitad. La cara del hombre es espantosa, ya que tiene una parte llena de cicatrices y le faltan ciertas zonas.
Me levanta el rostro tomándolo por la barbilla con un dedo enorme.
—¿Me entiendes ahora?
—Yo... Yo sólo veo a un hombre furioso y amargado.
Ruge con tanta fuerza que tengo que taparme los oídos para que no me dañe los tímpanos. Creo que es precisamente el rugido lo que me libera de esa sensación de parálisis. No necesito ningún sexto sentido para saber lo que me conviene ahora. Agarro mi mochila lentamente y empiezo a retroceder, aumentando la distancia que me separa del hombre deformado y hostil que está ante mí.
El me lanza una mirada astuta y de complicidad con su único ojo, que es amarillo.
—No puedes huir de mí, Isabel. —El hecho de que sepa mi nombre me produce escalofríos—. Puedo encontrarte en cualquier lado, incluso en tus sueños. —Y añade en tono burlón—: Pregúntaselo a Ethan. Dile que puede encontrarme a través de sus ilusiones. Dile que vendré.