Isabel
Una vez en la orilla mi sexto sentido parece volverse loco a causa del miedo. Delante de nosotros se encuentra el templo, pero parece muy tranquilo. Demasiado. Echamos a andar hacia él. A medida que nos acercamos, me fijo en que es enorme. Se alza cientos de metros hacia un único punto. En otro tiempo debió de ser un lugar de adoración, y seguramente también de protección. Pudo haber albergado a mil personas.
Tengo las piernas extenuadas. Me cuesta una barbaridad seguir moviéndolas. Y en lo refrente a mi estómago, tengo la sensación de que alguien hubiera estirado mi intestino y le hubiera hecho miles de nudos antes de ponerlo otra vez en su sitio.
Ethan se acerca corriendo a mí.
—¿Te encuentras bien? —Asiento con la cabeza. De repente tengo el presentimiento abrumador de que, después de todo, voy a llegar tarde—. Frena, Isabel, ya casi estamos.
—No puedo, Ethan. Tengo miedo.
—Lo sé, yo también, pero a Arkarian no le servirá de nada que llegues exhausta. Va a necesitar... todas tus habilidades.
Lo miro, pero no me entiende. Ya estoy muy nerviosa.
—¿Y si mis habilidades no son lo bastante buenas? ¿Y si ya es demasiado tarde y él...?
Tengo que parar para recuperar el aliento y la calma, pero entonces Ethan me sujeta de los hombros y me dice:
—Todo va a salir bien.
Matt nos alcanza.
—¿Qué pasa?
Lo último que necesito es que mi hermano me agobie con sus preocupaciones, por lo que intento recuperar la tranquilidad.
—Nada, vamos —contesto, apremiando a todos y echando a correr.
Hay una serie de escalones de piedra pulida que conducen a las puertas principales del templo. Los subo de tres en tres, y antes de darme cuenta me encuentro sobre una plataforma mirando hacia un vasto interior vacío que, a primera vista, parece completamente desierto.
Alzo la vista y doy un grito ahogado al ver el techo, donde paneles de cristal grabado y colores vivos se extienden hacia un único punto en lo alto. Tengo una sensación de déjá vu que me desorienta brevemente. He visto este techo antes, en la Ciudadela, el día en que Arkarian fue secuestrado.
Matt se acerca a mí; tiene una mirada extrañísima.
- Déjá vu -susurra.
No sé por qué tiene la misma sensación. Por lo que yo sé, nunca ha estado en la Ciudadela, por lo menos no en esa parte. Pasa junto a mí medio aturdido, se detiene en el centro de la sala y empieza a mirar arriba, abajo, a todas partes. Estira las manos como si quisiera tocar una estructura invisible que hay ante él. Su extraño comportamiento me pone la piel de gallina.
Me vuelvo y paso la antorcha por las paredes exteriores en busca de señales de Arkarian, pero no veo nada salvo columnas y un inmenso vacío.
¿Dónde está?
Una ráfaga de aire glacial levanta mi capa y un escalofrío recorre mi cuerpo. Entonces lo veo.
—¡Oh, no!
Está tumbado en el suelo, frente a una hoguera que se apaga, al otro lado de la sala, absolutamente inmóvil. El miedo me paraliza.
Ethan se da cuenta.
—¿Dónde está? ¿Y dónde está...? —Ve a Matt—. ¿Qué hace?
—Ahí. No tengo ni idea. Vete a saber. —Le entrego la antorcha, asumiendo que su segunda pregunta hace referencia a dónde se encuentra su hermana—. ¿Me sujetas esto?
Mientras cruzo el brillante suelo de mármol y me acerco a Arkarian siento algo extrañísimo, ya que el sonido de cada paso resuena con fuerza en mis oídos. Es como si estuviera caminando por una plataforma de aire, una plataforma que me conduce a mi propia muerte. Aparto de mí esta sensación aterradora y me pongo a buscar señales de movimiento, cualquier cosa que me permita saber que Arkarian todavía vive. ¿A pesar de que está de espaldas a mí no debería poder ver cómo el pecho sube y baja al respirar? Pero no puedo. Está totalmente quieto. Los nervios se apoderan de mí, me ahogan, me nublan la vista.
—No puedo haber llegado demasiado tarde...
De cerca queda claro que a Arkarian le han pegado una buena paliza. Hay mucha sangre, moratones, tiene una herida abierta en el pecho, marcas de arañazos en un lado de la cara y, si no me equivoco, también de mordeduras, que cubren casi todas las partes descubiertas de su cuerpo. Incluso tiene la ropa hecha jirones en algunos lugares. Me pongo de rodillas, me seco el sudor de la cara y parpadeo varias veces para ver mejor. Lo agarro del brazo y, con una ligera presión, lo pongo de espaldas. Tiene los ojos abiertos y no parpadea, lo que me hace pensar, por un instante, que está muerto. Pero entonces inhala un poco de aire y sus ojos, vidriosos e inyectados en sangre, se mueven hasta cruzarse con los míos.
—Isabel... —Es tan sólo un susurro pronunciado por unos labios agrietados y secos, pero es suficiente para arrasarme los ojos en lágrimas. Tengo que hacer verdaderos esfuerzos para dejar de llorar—. Salvaos vosotros. Es demasiado tarde para mí. Lathenia te busca. Y también debéis saber que Mar...
Le pongo un dedo sobre los labios.
—No, no hables. Debes ahorrar energía. No pienso irme sin ti, Arkarian.
—Debes ir con cuidado...
Me doy cuenta de lo que está intentando decirme. Me deja de piedra que esté utilizando las escasas fuerzas que le quedan para asegurarse de que somos conscientes del peligro que corremos.
—Lo sabemos, Arkarian. Sabemos que Marduke ha logrado volver de entre los muertos.
Toma aire, lo que le causa una punzada de dolor, y pierde el conocimiento. ¿Cuánto tiempo lleva en este estado, sin poder casi respirar? ¿Cuánto tiempo lleva luchando su cuerpo para que sus células y órganos dañados reciban oxígeno?
Ethan se arrodilla junto a Arkarian y acaricia su pelo azul. Sin decir nada, traga saliva y me mira. No me hace falta ser Vidente de la Verdad para leerle la mente, escudriñar sus pensamientos, o lo que hagan los videntes. La preocupación de Ethan se refleja en su cara como si estuviera grabada en piedra.
—¿Puedes ayudarlo, Isabel?
Pongo mis manos temblorosas sobre el pecho de Arkarian. Primero tendré que ocuparme de sus pulmones. Se me nubla la vista de nuevo y la adrenalina me recorre el cuerpo, lo que me impide pensar con claridad y concentrarme.
Ethan nota que algo va mal.
—¿Te encuentras bien?
Como Arkarian tiene los ojos cerrados, resulta fácil pensar que lo he perdido. Siento que su corazón late lentamente bajo mis manos, pero ¿cuánto tiempo debe de quedarle? Sus heridas más graves son las que no puedo ver en la superficie. Necesito mis dotes de curación, ¡pero algo va mal! Parece que no funcionan. Intento visualizar de nuevo las heridas internas de Arkarian, pero no lo logro. ¿Cómo es posible? Para mí curar es un acto de lo más natural.
Siento un momento de verdadero pánico. La sala da vueltas a mi alrededor y todo adquiere un aspecto irreal. Me toco las sienes con ambas manos.
—¿Qué me pasa?
Ethan toma mis manos temblorosas.
—Necesitas recuperar el control de la situación. Estás desquiciándote.
—No puedo concentrarme.
—Sí que puedes.
Una única lágrima recorre una de mis mejillas.
—Tengo muchísimo miedo, Ethan.
Se acerca John, seguido de Matt. Sus botas resuenan al caminar sobre este suelo brillante. Casi es demasiado para mis nervios; además, su presencia aumenta la presión. Me vuelvo hacia ellos y les lanzo un grito que resuena con un deje histérico en la sala vacía.
—¡Idos! ¡Salid de aquí! ¡¿Podéis hacer el favor de dejarme sola?!
Matt se imagina lo peor.
—¿Hemos llegado tarde? —pregunta con un susurro.
Ethan niega con la cabeza.
—Tu hermana necesita recuperar la calma para poder usar sus poderes curativos.
Matt me pone una mano suavemente en un hombro.
—Puedes hacerlo. Le curaste a Ethan la mordedura que tenía en la pierna. Fíjate, ahora no queda ni cicatriz.
Ethan me recuerda otra ocasión.
—Curaste a mi padre después de que Marduke lo apuñalara en el corazón. Y lo hiciste bajo la amenaza de la inminente muerte de tu hermano.
Pero sus palabras caen en saco roto porque en este lugar, y en este momento, mientras pasan unos valiosísimos segundos que podrían significar la diferencia entre la vida o la muerte de Arkarian, mis poderes curativos han desaparecido.
—¿Por qué no puedo curarlo, Ethan?
—Tienes que distanciarte, enfrentarte a ello de un modo distinto. Controla tus emociones. Isabel, tú lo quieres.
Matt aparta la mano como si le hubiera picado un insecto venenoso.
—¿Quieres a Arkarian? Pero... no es como nosotros.
Ethan le lanza una mirada fulminante a mi hermano antes de ayudarme a concentrarme en Arkarian.
—Isabel, te hemos preparado para hacer justamente esto. No pienses en nada más. No dejes que tus emociones te bloqueen.
Respiro hondo, exhalo el aire lentamente, cierro los ojos y pongo las manos sobre el pecho de Arkarian. Esta vez aparece ante mí una imagen de ligamentos desgarrados, articulaciones dislocadas y costillas rotas. Una de ellas le ha perforado un pulmón.
De algún modo, consigo mantener el control y visualizar las curas que debo hacer. En primer lugar, extraigo la costilla rota, la uno con la otra mitad, sello la fisura del pulmón y lo lleno nuevamente de aire.
Obtengo la primera recompensa, ya que Arkarian respira hondo. Pero aún me queda mucho por hacer antes de poder decir que está completamente curado. Al menos ahora que he empezado sé que sólo es cuestión de tiempo.
Vuelvo a ponerle las manos sobre el pecho y le curo las heridas, las articulaciones y los ligamentos. También tiene varios órganos vitales encharcados de sangre y fluido. Mientras redirijo la sangre a los tejidos adecuados, encauzo el exceso de fluido hacia los ríñones. Pero aquí me encuentro con un grave problema, ya que estos órganos vitales han dejado de funcionar, debido, con toda probabilidad, a las magulladuras y la hinchazón. Curarlos me va a costar un tiempo valiosísimo.
Apenas soy consciente de los ruidos que hay a mi alrededor, pues permanecen lo bastante alejados para no molestarme. Estoy profundamente concentrada.
—Tienes que darte prisa, Isabel —me apremia Ethan, que ha regresado ya de donde quiera que hubiera ido—. El templo está rodeado por perros. Enormes. Y parecen muy hambrientos.
Aun así me lleva bastante reducir las magulladuras y la hinchazón de los ríñones de Arkarian. Tardo tanto que por momentos pienso que es imposible, que estas células dañadas no se van a..., no se pueden curar.
Ethan regresa por segunda vez.
—Isabel, siete perros rodean el templo.
Mi concentración es tan profunda que por un instante no soy consciente de lo que me dice. Al final consigo iniciar el proceso de curación de los ríñones, que al menos vuelven a funcionar. Una vez sanadas las peores heridas internas de Arkarian, su recuperación debería ser cuestión de minutos. Lo noto con todas las fibras de mi ser, aunque, de momento, Arkarian no ha vuelto en sí. Miro a Ethan al darme cuenta de que sigue aquí, aguardando a que hable con él.
—¿Qué has dicho?
—Los perros, Isabel. Lathenia no debe de andar muy lejos. Eso o está jugando con nosotros.
Durante un breve instante me pregunto qué espera de mí. Estoy exhausta y aún me queda mucho por hacer antes de que Arkarian se encuentre lo bastante bien para poder regresar con nosotros.
—Ocúpate tú de eso —le espeto—. Hagas lo que hagas me parecerá bien, ¿vale? Somos un equipo, ¿no?
Al principio parece un poco perplejo por mi respuesta, pero luego se va contento consigo mismo. Dejo de darle vueltas a su extraña reacción y me pongo manos a la obra de nuevo para curar a Arkarian.
Al cabo de unos instantes el rugido de un león furioso rompe mi concentración. Doy un respingo y alzo la vista. ¡La sala está llena de leones que tienen pinta de estar muy hambrientos! Hay una docena como mínimo. Uno me pilla mirándolo y me lanza un rugido que hace que se me ponga la piel de gallina y todos los pelos de mi cuerpo de punta. ¿Qué demonios está ocurriendo?
Miro a Ethan y entonces entiendo que los leones son creación suya. Fuera, los perros de Lathenia gruñen. Están muy cerca y por ese motivo Ethan ha creado la ilusión de los leones.
Ethan hace restallar un látigo y las fieras profieren un fuerte rugido. Otro restallido y echan a correr hacia la puerta para alejar del templo a los perros.
No puedo reprimir un grito ahogado de admiración. Ethan me oye y asiente con la cabeza.
Matt y John se acercan y se arrodillan junto a mí.
—¿Qué tal van las curas? —me pregunta mi hermano.
—Ya casi...
Pero no puedo acabar la frase porque noto un par de manos frías. Agacho la mirada y veo que Arkarian se está incorporando y me agarra las manos con fuerza. Sus ojos de color violeta pestañean mientras intenta recuperar la visión y me sonríe.
—Eres increíble. —Verlo en este estado, no solamente recuperado, sino... verlo vivo y saber que va a ponerse bien me llena de felicidad. Los ojos se me llenan de lágrimas y me esfuerzo por contenerlas. ¡No tengo intención de desmoronarme ahora! Se sienta y me abraza con fuerza y añade—: Pensaba que te había perdido.
Por el rabillo del ojo veo que Matt frunce el entrecejo. Intento no analizar la mirada de mi hermano; no es nada extraño que exagere sus reacciones en todo lo que me concierne. Por fin Arkarian está bien de nuevo. ¡No va a morir! Y si logramos salir de este sitio de una pieza, tal vez también nosotros sobrevivamos.
Después de abrazarme con fuerza Arkarian me mira a la cara y me limpia las lágrimas con las puntas de los dedos.
Luego inclina la cabeza hacia delante hasta tocar la mía y me besa. Al principio nuestros labios se rozan suavemente. Luego aumenta la presión y el beso se convierte en una mezcla de dulzura y pasión.
No quiero que termine nunca.