Isabel
Tardamos un par de días en llegar a la montaña de hielo negro, aunque resulta difícil asegurarlo sin sol ni luna. Y nuestros relojes no funcionan aquí, y tampoco las linternas. Las pilas, que sólo duran unas horas, se han gastado hace tiempo. John nos ha enseñado a hacer unas antorchas que duran mucho, quemando una sustancia que desenterramos del suelo. Intento no pensar de qué está hecha. Su nauseabundo olor me proporciona suficientes pistas.
He aprendido mucho acerca de este lugar gracias a John, que sabe muchas cosas, aunque no puede recordar cuánto tiempo lleva viviendo aquí ni dónde vivió antes. Lo único que no cambia mientras atravesamos diferentes zonas es el riguroso tiempo. Me pregunto si en este lugar existen las estaciones; tal vez hayamos tenido la mala suerte de llegar en invierno.
—El frío es algo que no siento y de lo que no tengo recuerdos —nos explica John—. Pero para responder a tu pregunta, a veces todo queda cubierto de hielo, salvo los valles más exuberantes.
Al referirse a valles exuberantes pienso en los distintos árboles y tipos de hierba que vemos.
—¿Cómo es posible que crezcan las plantas aquí, sin luz ni calor?
—Allí donde hay una voluntad de sobrevivir, una necesidad, un deseo... —Se encoge de hombros y recuerdo las miles de luciérnagas de colores brillantes que vimos al poco de llegar—. Pero hay una luna —continúa diciendo, y me sorprende—. Allí. —Señala un lugar en el lejano cielo—. Una vez al mes, durante unos minutos, se alza lo suficiente para bañar la tierra con su intenso resplandor rojo, concretamente el jardín del señor.
Miro en la dirección que señala, pero la montaña es demasiado alta y la oscuridad absoluta, lo que me recuerda nuestra vulnerabilidad.
—¿Puedes verla, Isabel? —me pregunta Ethan.
Sacudo la cabeza. El cansancio está empezando a afectarme. Y la falta de comida no ayuda. Ahora sólo nos toca una pequeña ración de fruta seca.
—No veo nada encima de la montaña.
—¿Y tú, John?
—Tengo una vista pésima. ¿De qué me sirve, al vivir aquí, en la oscuridad?
Sin embargo, en esta oscuridad hemos visto cosas que sé que permanecerán en mi memoria durante toda mi vida, algunas de las cuales me causarán muchas noches de insomnio. Como por ejemplo los cientos de criaturas distintas. Algunas con rasgos humanos como ojos y manos, o cuerpos enteros, aunque de aspecto esquelético. Otras con cola, la piel curtida o alas que funcionan de verdad. Atraídas por nuestras antorchas, se acercan en manadas para comprobar quiénes son esos extraños viajeros. Algunos incluso nos siguen durante un kilómetro o dos. Por suerte, como tenemos a John con nosotros, suelen dejarnos en paz. La única criatura que aún no hemos visto es la que profiere ese alarido lastimero. John dice que es un pájaro con garras y pico largos y unos ojos como los nuestros. Aún me estremezco cada vez que lo oigo, e intento no imaginarme sus ojos.
Al cabo de unas horas nos encontramos, por fin, ante la montaña; y vista tan de cerca corta la respiración. No es que nunca haya escalado una montaña, pero jamás lo había hecho en una oscuridad tan rotunda, y jamás lo había intentado con una de hielo. ¿Dónde demonios vamos a encontrar los puntos de apoyo para los pies? Este hielo es demasiado liso y hay unas caídas increíbles.
—Imposible —murmuro, apocada y cohibida ante tanto poder y fuerza—. No podemos escalar esto.
—Bueno, ¿y ahora qué hacemos? —pregunta Matt.
Nadie parece tener ninguna idea.
—¿Y qué hay de mi hermana? —me pregunta Ethan—. Nos ayudó antes.
Ahora Sera es nuestra única esperanza, pero hasta el momento siempre ha establecido los contactos ella, y hace tiempo que no da señales. Esta habilidad psíquica todavía es muy nueva para mí. No sé hasta dónde puede llegar. A duras penas entiendo cómo funciona.
—Intentaré ponerme en contacto con ella —digo, presa de las dudas y sin prometer nada que no estoy segura de poder conseguir.
Como no deseo alejarme mucho por mi cuenta, tomo mi antorcha y me quedo cerca de nuestro campamento improvisado. Me siento con las piernas cruzadas, envuelta en la cálida capa de lady Arabella como si fuera una manta. El aire aquí es mucho más frío que en cualquier lugar donde hayamos estado hasta ahora, y el suelo está congelado.
Cierro los ojos, respiro hondo varias veces y libero tanta tensión como puedo. Sin saber qué hacer a ciencia cierta, me dejo guiar por mi instinto. Visualizo el resto de nuestro viaje tal y como Sera me lo mostró, voy más allá de la montaña y el lago y me transporto hasta el templo blanco en forma de pirámide, como si me encontrara ante la puerta de entrada.
—¿Sera, me oyes? Soy Isabel. Necesito tu ayuda. Necesito que me enseñes cómo cruzar esta montaña.
No esperaba que mi sencilla petición surtiera efecto, o al menos no tan rápido, por lo que su asombrosa respuesta me pilla desprevenida y retumba en mi cerebro. Cuando ha acabado, me levanto y me tambaleo durante unos segundos.
Matt y Ethan se acercan corriendo.
—¿Estás bien? —me pregunta mi hermano rápidamente.
—Sí, estoy bien.
Lo miro a la cara, y luego a Ethan. ¿Cómo les cuento la prueba que debemos pasar y lo que ocurrirá si fracasamos?
Pero Ethan lee la expresión de mi rostro.
—Desembucha de una vez. Hemos llegado muy lejos, ahora no vamos a dar la vuelta y abandonar.
Les hablo de un camino secreto.
—Atraviesa el hielo. Al parecer, lo único que tenemos que hacer es recorrer ese camino hasta que lleguemos al otro lado.
—Eso es demasiado fácil —dice Ethan—. ¿Dónde está la trampa?
—Bueno, según Sera, nos enfrentaremos a nuestras verdades interiores. Mientras mantengamos la concentración y no nos alejemos del camino, todo irá bien.
Ethan no se traga mi versión suavizada.
—¿Qué ocurre si no superamos la prueba?
—Bueno..., pasaremos a formar parte de los pasillos de hielo de la montaña permanentemente.
—¿Permanentemente? —pregunta Matt con la voz forzada—. ¿Quieres decir...?
—Para siempre. —Dicho lo cual, intento desviar su atención. Pensar en lo que nos queda por delante sólo nos pondrá más nerviosos y nos hará más proclives a cometer un error—. Según Sera, tenemos que darnos prisa.
—¿Qué más ha dicho? —me pregunta Ethan.
—No ha hablado conmigo exactamente, pero he notado una sensación de apremio durante nuestra conexión. Ha sido muy fuerte.
Ethan comienza a recoger nuestras cosas, aunque aún tiene la cabeza puesta en el reto al que debemos hacer frente.
—¿Cómo voy a concentrarme? ¿Sabemos qué forma adoptarán nuestras verdades interiores, o incluso qué son?
Ethan le da una de las mochilas a mi hermano, quien responde:
—Tú tan sólo intenta mantener la mente libre de toda emoción negativa.
—Ah, vale, eso está chupado —replica Ethan en tono sarcástico. Luego se queda reflexionando un momento y después le pregunta—: ¿Qué sientes cuando piensas en Rochelle?
Matt le lanza una mirada fulminante, como si tuviera ganas de pegarle un puñetazo. Creo que no va a responder, pero de pronto murmura:
—Me pongo furioso.
—¿Y cuando piensas en que perteneces a la Guardia?
Mi hermano niega con la cabeza.
—Creo que el Tribunal cometió un error y que no soy un Elegido.
¡Abriga demasiadas dudas! ¿Cómo demonios va a pasar ese reto? Entonces se me ocurre una idea al recordar su reacción cuando se encontró con cierta persona en el colegio, hace poco.
—¿Qué sientes cuando piensas en Neriah? —Ethan arquea las cejas al oír mi pregunta, pero asiente levemente. Él también ha visto que mi hermano está loco por esa chica. Matt adopta una expresión soñadora—. Pues piensa en eso. Olvídate de tus problemas. Olvídate de todo. Céntrate en la imagen de Neriah y no permitas que ningún pensamiento negativo entre en tu cabeza, ¿de acuerdo?
Echamos a andar en la dirección que me ha indicado Sera, hacia un lugar que parece un muro de hielo y que, de hecho, está formado por varias paredes que se solapan. Entre esos muros en forma de zigzag hay un camino.
Antes de empezar, Ethan me aparta a un lado.
—Deberías encabezar el grupo. —Mi primer instinto es discutir, pero sabe lo que estoy pensando. Sabe que estaré preocupada por Matt—. Yo me ocuparé de él. Si noto que se está metiendo en líos, tiraré de él y me quedaré a su lado. Tú sigue adelante con John y rescata a Arkarian. —Es un acto desinteresado, pero no me sorprende. Le doy un abrazo y él me lo devuelve con fuerza. Su apoyo me hace sentir que todo saldrá bien. Cuando nos apartamos me dice—: Estarás bien. Y Matt también. Lo que pasa es que en este momento tiene tantas dudas que no puede ser él mismo.
Mi hermano se acerca; debe de estar preguntándose por qué tardamos tanto. Me obligo a esbozar una falsa sonrisa, pues lo último que quiero es provocarle más dudas.
Por fin los cuatro nos ponemos en marcha por el camino zigzagueante, conmigo al frente seguida de John, Matt y Ethan. Como no sé cuándo va a empezar la prueba exactamente, empiezo a controlar mis pensamientos y elimino todos los negativos. Me digo a mí misma que no puedo volverme, da igual lo que me encuentre. Que los demás me vieran la cara y percibieran temor u otro sentimiento desagradable podría afectar a su concentración. Echo a andar con una antorcha encendida en las manos y unas cuantas de repuesto a la espalda. Cada paso que doy me cuesta un gran esfuerzo. Intento respirar lentamente y mantener la cabeza libre de dudas.
El camino es en realidad un túnel que atraviesa el hielo. No estoy segura de cuándo empieza a cambiar ni de cuando siento que se acumula tensión. Pero al cabo de poco el túnel se abre y un valle se extiende ante mí. No esperaba ver nada tan imponente, así que me pilla por sorpresa. Pero el valle se transforma en un abrir y cerrar de ojos y el camino se convierte en un puente bajo el cual cruza un arroyo que desemboca en un lago. En ambas orillas hay mesas de barbacoa y columpios y toboganes para niños. ¿Dónde estoy? Tengo la clara sensación de que he estado aquí antes. Intento recordarlo.
Pero un poco más adelante hay alguien en el puente, delante de mi camino. Es un hombre, apoyado sobre los codos, que mira el arroyo que fluye alegremente por debajo de él. El impulso de volverme para comprobar que los demás se encuentran bien es muy fuerte, sobre todo porque ahora me gustaría ver la reacción de Matt. Creo que ese hombre es nuestro padre.
A medida que me acerco, el hombre vuelve la cabeza y veo que es, efectivamente, nuestro padre. Mi corazón late despacio pero con fuerza. ¿Qué está haciendo aquí? ¿Y por qué el puente y todo lo demás me resulta tan familiar? He estado aquí antes, la certeza es casi absoluta...
De pronto siento el ansia irreprimible de hacerle la pregunta que me ha corroído las entrañas desde que tuve esa visión sobre él, pero no quiero distraerme. El peligro es demasiado grande. ¡Y no debo alejarme del camino!
A pesar de todo, cuando me he acercado lo suficiente, no puedo evitarlo.
—El último día que estuvimos juntos me dijiste que te ibas porque te sentías engañado. ¿Quién te engañó?
Ladea la cabeza y esboza una sonrisa de arrepentimiento. A mí me cae una lágrima e intento mantener la mirada clara. Tengo que recordar que no puedo detenerme durante demasiado tiempo, pero mis pies no se moverán hasta que haya obtenido la respuesta a mi pregunta.
—Tu madre —se limita a contestar.
—¿Cómo? —Mi voz suena muy rara, como si saliera de lo más profundo de mi cuerpo o procediera de un lugar muy, muy lejano. Él suspira.
—Ojalá no tuviera que irme. Y tú, cariño, debes seguir adelante con tu vida. Olvida esta conversación. Es la última vez que hablaremos.
Lo agarro del brazo.
—¡Papá! ¿Qué pasó? —Durante un segundo dejo de respirar. ¿Era ésa mi voz? ¡Pero si parecía la de una niña! ¿Qué está ocurriendo? La temperatura desciende a mi alrededor. Una ráfaga de viento helado me azota la cara—. ¡Por favor, papá! ¿Qué ocurrió?
Él estira la mano para acariciarme, toma un mechón de pelo que me tapaba los ojos y me lo pone detrás de la oreja.
—Cuando me casé con tu madre ya estaba embarazada. —Me pone ambas manos sobre los hombros—. Quiero a tu madre, Isa, os quiero a todos, pero esta mentira es muy dura para mí. ¿Sabes lo que es un secreto? —Asiento con la cabeza, incapaz de hablar, ya que los labios me tiemblan demasiado—. Tu madre tiene secretos conmigo. Secretos con los que no puedo vivir más. —Y entonces me dice—: Matt no es hijo mío.
Se desata una racha de fuerte viento que me levanta la capa y me distrae. Cuando vuelvo a mirar, mi padre ya no está. Me doy la vuelta en su busca, pero sólo hay oscuridad. Una sombra pasa por encima de mí y alzo la vista. ¡Un muro de hielo desciende hacia mí! El viento se convierte en un vendaval gélido y se me apaga la antorcha. Quedo sumida en la más absoluta oscuridad. El aire se vuelve tan frío que me cuesta respirar.
—¿Qué está pasando?
Levanto una mano y toco hielo. Las paredes se están moviendo y oigo voces. Es gente que grita y está muy cerca. Me deslizo hacia abajo debido a la presión de una montaña que se cierra a mi alrededor. Tumbada en el suelo, encuentro una abertura, ¡pero se está cerrando rápidamente! Me arrastro y se me queda enganchada la mochila. Tiro de ella tan rápido como puedo. Los gritos se vuelven más fuertes. Sigo arrastrándome a ciegas. Al final una ráfaga de aguanieve me golpea la cara y me doy cuenta de que estoy fuera.
Me pongo en pie tambaleándome y echo a correr. ¡Matt no es hijo de mi padre! Sigo corriendo hasta que ya casi no puedo respirar. ¿Qué significa eso? Cada paso me causa un mayor dolor, ya que trago aire helado. ¿Cómo es posible que yo no lo supiera? Si mi padre me lo dijo hace tantos años, ¿puede que se lo dijera también a Matt? ¿Acaso mi hermano enterró ese dato en lo más profundo de su memoria, tal como hice yo?
Rodeada por la oscuridad, me detengo. ¿Qué demonios estoy haciendo?
Me doy la vuelta, lentamente, asegurándome de que estoy siguiendo la dirección exacta por la que he venido. Y, con sumo cuidado, poniendo un pie delante del otro, ando hasta que con mis propias manos palpo un muro de hielo.
Agotada, me siento en el suelo y espero. Al cabo de poco tiempo por el camino veo salir la antorcha de John, que ilumina toda la zona. Parece tenso y asustado, y me acerco hasta él.
Se pone en cuclillas; sus cortas patas están temblando. Me pregunto qué verdades, recuerdos o demonios han salido a su encuentro.
—¿Estás bien? —le pregunto muy preocupada. Decido ocultar mi propia experiencia, de momento. Ya tendré tiempo para pensar en ella dentro de poco.
Al reparar en la respiración entrecortada de John, no puedo evitar preguntarme cómo es posible que una amistad forjada en tan poco tiempo pueda tener la misma fuerza que una construida tras varios años de convivencia. Y pensar que al principio no confiaba en él...
—La verdad es, Isabel, que he visto muchas cosas. Cosas que me han recordado otra época, otro mundo, hace mucho tiempo. Y sí, estoy bien..., ahora. Creo que estoy bien de verdad.
Sus palabras y el alivio que siente despiertan mi curiosidad.
—¿Qué has visto, John?
—Bueno, creo que eso es privado —responde, pero aun así me lo explica—. He visto a una mujer. Una mujer preciosa. Era mi esposa. —Agita una mano en el aire—. La quería mucho. Era mi esposa, ¿sabes? —Me mira a los ojos—. ¿Te he dicho que esa mujer era mi esposa?
Asiento y sonrío, con la esperanza de que eso lo anime a continuar. Resulta obvio que la experiencia lo ha afectado mucho; tartamudea casi continuamente. Pero cuando prosigue, su historia me horroriza.
—Era preciosa. Incluso muerta era preciosa. La quería tanto que no podía permitir que él la tuviera.
Me humedezco los labios e intento formular la pregunta que bulle dentro de mí:
—¿Cómo murió tu mujer?
Mira fijamente al frente y responde:
—La asesiné. La maté. Le clavé un cuchillo en el estómago. —Mueve un brazo e imita el movimiento varias veces—. Le di siete cuchilladas. Y luego agarré el cuchillo y me lo clavé aquí —añade, y se golpea el pecho con un puño. Una lágrima le cae por la mejilla, en silencio.
Mientras permanezco sentada, tiritando de frío y envuelta en mi capa, no hago más que preguntarme qué tipo de lugar es éste, el último lugar donde una desearía quedarse atrapada. De repente se apodera de mí la irrefrenable necesidad de salir de aquí y me siento mareada. En este instante aparece Ethan dando tumbos y sosteniéndose la cabeza con ambas manos.
Me acerco corriendo a él, que se deja caer en mis brazos.
—No podemos volver por ahí. —Mueve la cabeza de un lado a otro—. Tiene que haber otro camino, ¿vale?
—¿Quieres hablar de ello?
No responde, por lo que insisto un poco, pensando que tal vez lo ayude a liberarse del trauma.
—¿Has visto el asesinato de tu hermana?
—No.
—¿Ha tenido algo que ver con tu madre?
Su silencio y su negativa a dar explicaciones me desconciertan. Pero es su decisión, así que le acaricio un brazo para que sepa que tiene a una amiga, aquí mismo, a su lado, tal y como él ha hecho siempre conmigo. Me pone un brazo sobre los hombros y me dice:
—He visto a Rochelle. He visto su cara en el muro. ¿Te has fijado en él? Está lleno de gente. ¡Creía que estaban muertos, pero gritaban, Isabel! —Me quedo callada y él continúa en un tono más suave—. Rochelle era una de esas personas, y me gritaba para que la salvara. —Me mira a los ojos—. ¿Qué crees que significa?
Sinceramente, no tengo ni idea.
—Mi experiencia ha sido un recuerdo, así que no lo sé.
—Tengo que saberlo, Isabel. Tengo que averiguarlo, si no, ¿cómo podré volver a dormir jamás? ¿Significa que Rochelle tiene problemas? ¿Cómo puede ser esto una verdad interior? ¿Y qué dijo John acerca de este reto? ¿Que íbamos a enfrentarnos a nuestros demonios?
—A lo mejor ha sido un reflejo de tu preocupación por ella. —Me mira extrañado y me explico mejor—: Creo que estás enamorado de ella.
Se aparta de mí.
—¡No tienes ni idea de lo que hablas!
Quizá él tenga razón y yo no, pero me he fijado en cómo la mira. Además, él es el primero en acudir en su ayuda y, si es necesario, hasta en su defensa. Pero Ethan no está preparado para admitirlo, ni tampoco está listo para aceptar la verdad. Quizá por ese motivo ha visto a Rochelle en el hielo. Ella lo quiere. Bueno, eso es lo que yo creo. Y como él no la corresponde, ella siempre estará perdida para él.
Ethan se queda callado. Y en este silencio noto una sensación extraña, como si hubiera perdido parte del brazo, un pulmón u otra cosa. Ethan se da cuenta en cuanto nuestras miradas se cruzan.
—¡Oh, no! ¿Dónde está Matt? Debería haber salido. Ha entrado antes que yo, pero no lo he visto. En cuanto la situación se puso fea, no pensé más en él. Ni en nadie más.
—Debemos volver a buscarlo. ¿Y si se ha quedado encerrado en el muro? —Entonces me acuerdo—. ¡Mi mochila está ahí dentro! ¿Qué herramientas vamos a utilizar ahora?
—Encontraremos alguna forma de solucionarlo —dice Ethan. Se fija en John, que está hecho un ovillo cerca de nosotros, y lo llama, pero de pronto ve algo por el rabillo del ojo—. ¡Mira!
Es Matt, que sale de la montaña. Aparece por el camino, silbando, como si no tuviera ni una sola preocupación.
—¿Matt? —Me paro cuando estoy a punto de darle un abrazo, pero hay algo en él que me lo impide. Y no se trata de lo que acabo de saber. Quizá no tengamos el mismo padre, pero seguimos siendo hermano y hermana. Intento averiguar en qué ha cambiado. Es su mirada, levemente vidriosa, como si se sintiera abrumado por algo, algo que lo ha dejado sin habla—. ¿Estás bien?
Me mira y sonríe.
—Oh, sí. ¿No ha sido fantástico?
—¡¿Eh?! —exclamamos Ethan y yo al unísono.
Matt mira hacia atrás.
—Lo de ahí dentro. ¿No os ha parecido precioso? ¿Y qué me decís de las cascadas? Espléndidas. Y las flores... Jamás las había visto. Y aquellas mariposas..., ¿no eran de unos colores increíbles?
Ethan sacude la cabeza.
—No lo sé. Yo no he visto ninguna mariposa.
—Estás de broma, ¿no?
Matt parece sorprendido, pero luego abre las palmas de las manos y suelta veinte mariposas o más, de todas las formas y tamaños y de colores brillantes. Revolotean a nuestro alrededor durante un rato, como si no quisieran marcharse. Al final, tras dar una vuelta alrededor de los hombros y la cabeza de Matt, como si compartieran una despedida en secreto, se van. Con el movimiento de sus alas crean una increíble variedad de colores, algunos de los cuales sería incapaz de nombrar.
Ethan me mira intentando formular alguna pregunta. La extraña y eufórica experiencia de Matt lo ha sorprendido ya que no ha tenido nada que ver con la suya. Ni con la mía ni con la de John.
Yo también desearía hacer muchas preguntas, pero una rara energía se apodera de mí y veo un fogonazo de luz cegadora. Es otra visión. Sé de inmediato que es de Sera, pero no tiene la misma claridad que en ocasiones anteriores. Esta vez noto una gran tensión, y si no me equivoco, ha sido generada por un sentimiento muy intenso de miedo o angustia.
Cuando se acaba miro a Matt y Ethan. Sé que voy a tener que guardar mis preguntas para más adelante.
—Algo va mal. Tenemos que darnos prisa.
—¿Qué has visto? —me pregunta Ethan con gran preocupación.
—No he visto nada, sólo lo he sentido.
Matt recupera su mirada normal.
—¿Pues qué has sentido? —me pregunta.
—Principalmente miedo. El de Sera. Estaba temblando.