Isabel

Hace un día que no duermo. Sin embargo, Ethan se porta de fábula. Durante toda la tarde hablamos sobre lo que ocurrió en Roma, y me recuerda aquella vez en que él fastidió una misión y la mujer que debía defender murió.

—El Tribunal no te culpa. Tú no pusiste la bomba en la bandeja, Isabel —me repite una y otra vez—. Recuérdalo.

Se hace tarde y se va, preocupado por su madre. Está peor de lo habitual y nadie entiende por qué. Me arrepiento de agobiarlo con mis problemas cuando él ya tiene bastante con los suyos. Subo a mi habitación y me tumbo en la cama, y al cabo de poco tiempo empiezo a dormitar.

Sueño con Arkarian. Su cara, su mirada dulce y su melena de un azul intenso logran reconfortarme, como siempre. Me dejo arrastrar a un estado de semiinconsciencia, como si no estuviera ni despierta ni dormida. Él es exactamente tal como lo recuerdo: alto y esbelto, tranquilo, fuerte, listo para lo que se tercie, siempre al mando de la situación. Sus ojos me atraen hacia él y me pierdo en ellos en el acto, aunque en realidad me pierdo en una dulce sensación de calidez, confianza y seguridad. Se aproxima a mí y esboza una sonrisa. Le acaricio el pelo y me maravilla no sólo su color tan fuera de lo corriente, sino su sedoso tacto. Y, por primera vez tras un largo día, me relajo.

Sin embargo, el sueño cambia y aparece mi viejo enemigo Marduke, aunque es un hombre que no se parece en nada al que yo recuerdo. Ha cambiado, ha adoptado la forma de una extraña bestia, cubierta casi completamente por un pelaje abundante que le cubre también la frente y las sienes, lo que me provoca un escalofrío de repugnancia.

Arkarian y yo nos separamos cuando aparece. La cabeza me da vueltas al percibir un olor nauseabundo que reconozco como la maldad que ha residido en este hombre desde que eligió servir a la Diosa. Marduke contiene a Arkarian con un solo dedo y la energía verde y salvaje que irradia. Sonríe y su media boca y su ojo centelleante parecen reír con más fuerza que nada.

Mi corazón sabe a ciencia cierta, sin abrigar la más remota duda, lo que va a ocurrir, y el miedo que se apodera de mí me obliga a agacharme y formar un ovillo, con las rodillas apretadas contra el pecho. Intento despertarme, hacer algún sonido. Matt está durmiendo en la habitación de al lado y las paredes son finas. Jimmy está al otro lado del pasillo con mi madre. Pero los únicos sonidos son los que se oyen en mi sueño: los gemidos aterradores de Arkarian al ser torturado. Ahora lo veo, en una habitación oscura iluminada por unas antorchas, atado a un potro de tortura medieval. Estiro las manos para alcanzarlo.

—¡Arkarian! —exclamo, pero la distancia entre nosotros parece crecer más y más.

Marduke se ríe. Lo oigo en mi corazón y en mi cabeza, y veo por qué: en la Ciudadela aparecen las cuatro criaturas que secuestraron a Arkarian. Una se vuelve y me mira con unos ojos rojos y brillantes. Bate unas alas de lo más raras, se alza en el aire y gruñe con la satisfacción de un cerdo.

Marduke ladra una orden y dos de esas criaturas hacen que el potro estire los huesos de Arkarian hasta casi romperlos.

—¡No! —grito, y me revuelvo en la cama. Tengo que despertar de esta pesadilla que siento en lo más hondo del estómago. Pero no se trata en absoluto de un sueño, sino de una visión de lo que ha ocurrido en otro mundo—. ¡Soltadlo!

Marduke habla, arrastra las palabras como si tuviera una lengua desproporcionadamente grande. Aun así entiendo de sobra lo que dice. Y me hace gritar con más fuerza mientras intento golpearlo con manos y pies.

Alguien me sacude, me ayuda a salir de la pesadilla. Abro los ojos y veo a Jimmy, que está agarrándome de los hombros, y a Matt, que me grita a la cara para despertarme. Mamá parece preocupada y retuerce entre las manos la parte de arriba del pijama.

—Cielos, ¿qué le pasa? Últimamente tienes muchas pesadillas.

Intento calmarme para que mi madre no piense nada raro de mí. No sabe nada acerca de mi doble vida, y así es como debe ser por su propia protección, pero el corazón aún me late desbocado mientras intento comprender lo ocurrido. La misma persona ya se había puesto en contacto antes conmigo a través de mis sueños.

Tengo que contárselo a Jimmy y a Matt, pero sobre todo a Jimmy. El sabrá lo que hacer, a quién decírselo. Gracias a Dios que ha vuelto. Su buen humor es toda una bendición en un momento tan malo.

Pero antes debo tranquilizar a mamá. Me incorporo y le pido a Jimmy que me suelte.

—No os preocupéis, ya estoy bien. Sólo ha sido una pesadilla, eso es todo.

Intento decirle con la mirada a Jimmy que tenemos que hablar, y él le sugiere a mi madre:

—¿Por qué no preparas un poco de chocolate, cariño? Siempre va bien para una noche de insomnio. ¿Qué te parece, cielo?

Mamá me mira con una mano en la garganta.

—¿Te apetece, hija? ¿Un tazón de chocolate?

—Oh, sí, mamá, me encantaría.

Se muestra reacia a irse y toca a Matt en el brazo.

—Ve tú, hijo. Haz para todos.

Tengo que hablar con Jimmy y no puedo esperar hasta que mi madre vuelva a la cama.

—Pero mamá, él no sabe hacerlo como tú. Matt lo prepararía en el microondas. —No puedo creer lo que estoy diciendo. Parezco una niña malcriada—. Por favor, mamá...

Al final accede y en cuanto sale por la puerta me giro y agarro a Jimmy por la camisa.

—¡No está muerto!

—¿Quién no lo está? —me pregunta Matt—. ¿De qué estás hablando?

Tengo que susurrar el nombre, pues pronunciarlo en voz alta me da un miedo mortal.

—Marduke.

—Pero, Isabel, todos lo vimos morir. Tan sólo has tenido un sueño, cielo.

—Ha ocurrido mientras dormía, pero no ha sido un sueno, Jimmy. Te aseguro que está vivo. Tan vivo como tú y como yo —afirmo, aunque me corrijo al instante—. Bueno, no tanto como tú y yo. Ha cambiado. Es como si se hubiera convertido en una especie de monstruo. En un animal. —Estoy empezando a parecer demasiado histérica para que me crean—. Mira, el año pasado hizo lo mismo. Llegó hasta mí a través de mis sueños. —Sacudo la cabeza—. No sé cómo lo hace, quizá sea uno de sus poderes. Pero lo he reconocido enseguida. Quería decirme algo.

Matt entrecierra los ojos y unas arrugas de preocupación le surcan la frente.

—¿Qué ha dicho? ¿Corres peligro?

De pronto lo tengo claro, pero debo apresurarme. Oigo a mi madre abajo, que ya está apagando las luces. Ha hecho el chocolate más rápido de su vida.

—Creo que era una invitación.

Jimmy lo entiende rápidamente.

—Te está invitando a que vayas al inframundo.

Matt toma su propia decisión.

—¡Es una trampa! Lorian tiene razón, no debemos arriesgar ninguna vida para rescatar a Arkarian.

La emprendo con Matt, como si yo fuera una serpiente y mis palabras el veneno.

—¡Lorian no tiene razón! —Los pasos de mamá se oyen cerca, pero aún no hemos acabado con esto. Jimmy vuelve la cabeza hacia la puerta justo cuando mi madre llega a lo alto de la escalera, y entonces cierra la puerta de golpe.

—Date prisa, Isabel. No voy a mantener la puerta cerrada en las narices de tu madre durante más de lo estrictamente necesario. ¿Qué quieres que haga?

—Debes hacerme llegar a ese mundo, Jimmy.

—¡Ni hablar! —grita Matt.

No le presto atención y mantengo la mirada fija en Jimmy, pero lo único que él hace es negar con la cabeza.

—No tengo el poder necesario, Isabel. Tiene que hacerlo un Inmortal.

Pero esa respuesta no es lo que quiero oír. Vuelvo a agarrarlo de la camisa y acerco su cara a la mía.

—No digas tonterías, Jimmy. He visto el trabajo que has hecho en la ciudad. Tú tienes poderes.

—Todos tenemos poderes, por eso formamos parte de la Guardia. —Matt tose al oír eso; tanto Jimmy como yo pasamos de él. Sólo está impaciente, y yo también lo estoy por obtener la ayuda de Jimmy. La ayuda de quien sea. Luego me obliga a soltarle la camisa y añade—: No poseo los poderes que necesitas.

Mamá llama a la puerta con un pie.

—¿Cielo? ¿Matt? Que alguien abra la puerta.

Mi hermano se levanta.

—Ya voy, mamá —dice, y se acerca poco a poco.

—Entonces encuentra a alguien que me ayude a atravesar la brecha —le exijo a Jimmy mirándolo fijamente de nuevo.

—¿Para provocar la cólera de Lorian?

—¡Pues sí si es necesario!

Entrecierra los ojos mientras piensa en mi petición. Arkarian es un amigo de confianza desde hace mucho tiempo, alguien a quien Jimmy respeta por completo. A él también debe de dolerle la decisión de Lorian de no aprobar una misión de rescate. Matt abre la puerta y mamá entra con una bandeja y cuatro tazas de chocolate caliente y humeante. Mientras lo deja todo sobre el tocador, Jimmy me susurra al oído:

—Tienes que hablar con lord Penbarin. A ver si puedo organizaros un encuentro. Pero tienes que entender las consecuencias de tu acto. Lo que piensas hacer es traición, desobediencia de una orden directa. Isabel, podrías morir por esto.

Por primera vez desde el secuestro de Arkarian siento un destello de esperanza. Yo siempre he sido una chica de acción, y ahora tengo un plan que sé que funcionará. Cuando todo esto acabe, aceptaré el destino que me corresponda, pero de momento nadie va a detenerme.

Mamá se acerca y me da una taza de chocolate. Parece muy preocupada. Debe de creer que estoy enferma. Cojo la taza y noto una fuerte punzada de dolor. Tengo claro que no quiero morir y no volver a ver jamás a mi familia. Ni hacer sufrir a mi madre. Pero ¿cómo puedo dejar a Arkarian en ese lugar, en las manos de un loco, sin tan siquiera tratar de ayudarlo? La respuesta es sencilla: no puedo. Si la muerte es un riesgo, estoy dispuesta a asumirlo. Por él. Sólo por él.

Observo a mi madre mientras se sienta a los pies de la cama y me obligo a sonreír para calmarla. Pero la sonrisa empieza a desmoronarse cuando la inseguridad intenta apoderarse de mí, aunque logro sobreponerme. Este no es el momento para tener dudas. Entonces vuelvo la cabeza hacia Jimmy y le susurro:

—Si así tiene que ser... que así sea.