Capítulo 1

UN CONCURSO QUE ABRE LAS PUERTAS DE LA INDIA

Cuatro muchachos, con sus bolsas de viaje al hombro, conversaban animadamente junto a una de las puertas de pista del aeropuerto de Barajas, en Madrid. Sobre el pecho llevaban idénticos escudos representando un jaguar.

—A mí, petardos, no —decía Julio, el más alto—. Cuando aparezcan esas chicas me largaré con la fuerza de un sputnik. ¡No aguanto a las chicas!

Los quince años de Julio eran más largos que una cuaresma, con brazos y piernas como remos.

—Realmente, la India es demasiado apasionante como para andarnos con engorros —objetó uno de sus compañeros, fuerte como la Gran Muralla China, con un rotundo movimiento de su roja cabeza—. Iremos mejor solos.

—¡Okey, Raúl! —exclamó Oscar—. Las chicas son más latosas que una lata oxidada.

Oscar no tenía más que diez años, pero jamás se guardaba su opinión. En seguida, añadió:

—Tenemos el derecho a pasarlo bomba, que para eso hemos ganado el concurso de redacción sobre la India, con este premio del viaje.

El cuarto del grupo, Héctor, alto, rubio y espléndido, sonreía burlón. En realidad Oscar no había hecho más que firmar el trabajo conjunto de los otros tres, aferrándose a sus privilegios como hermano de Julio.

—De acuerdo —dijo—; nos las arreglaremos para ir por nuestro lado, pero ¡ojo y no seáis gamberros!

Inmediatamente, como un cuarteto bien orquestado, todos levantaron sus diestras, declarando solemnes:

—¡«Los Jaguares» han hablado!

En aquel momento, uno de los secretarios de la Embajada de la India en Madrid avanzaba hacia ellos. Una chica pelirroja, chatilla y con gafas, en cuya cara chisporroteaban mil pecas, iba con él. El cuarteto hizo correr un expresivo codazo.

—¡Y va de petardo! —murmuró Julio.

El diplomático hizo pasar a la chica ante él:

—«Jaguares» —dijo con teatral sonrisa—, ésta es Sara, la flamante ganadora del concurso femenino. Es decir, las ganadoras son también cuatro, pero dos no han podido venir porque están con sarampión. La otra ha ido a comprar unas cosillas y vendrá ahora mismo.

En este punto, el diplomático interrumpió su presentación, hizo una pausa y se volvió hacia la chatilla, diciéndole:

—Sara, éstos son Héctor, Julio, Raúl y Oscar, los ganadores del concurso masculino. Espero que seáis buenos camaradas.

En aquel momento, los altavoces anunciaban el vuelo Madrid-El Cairo, primera etapa del viaje. Se cruzaron apretones de manos y «Los Jaguares», fieles a su promesa, echaron a correr hacia la pista, dejando atrás, muy atrás, a Sara. Y de pronto, a Julio se le ocurrió volver la cabeza y vio… una preciosidad. Una muchachita de larga melena rubia e inmensos ojos azules, tan deliciosa, que Julio dio contramarcha, atropellando a la gente. Los otros le imitaron. Al instante estaban junto a la recién llegada, que se había unido a Sara. Le preguntaron algo sobre si era la chica del premio y Julio, a la carrera, se lanzó a desembarazarla de su bolsa de viaje y varias cosas más. Luego le pasó todo a Héctor y se quedó con las manos libres y convertido en guía de la compañera de Sara. Héctor se lo traspasó a Raúl.

A la hora de acomodarse en el interior del reactor armaron una barahúnda espantosa. En la batalla establecida para sentarse junto a la rubita, Héctor y Julio se anotaron el tanto. Raúl tuvo que ir al otro lado del pasillo y situarse junto a Sara, con Oscar a la derecha de ésta.

Cuando la nave se elevó en el aire ya se habían contado todo lo más importante. La rubia se llamaba Verónica y tenía doce años, lo que sorprendió a los muchachos, que le habían calculado catorce. Sara era un año mayor. Ellas supieron asimismo las edades de todos y que los dos hermanos eran hijos de un conocido diplomático costarricense destacado en Madrid. Llevaban siempre el distintivo del jaguar y de ahí que, cuantos les conocían, les llamasen «Los Jaguares».

Y mientras hablaban por los codos los tres del lado de la izquierda y Raúl estiraba el cuello hacia las butacas de la parte opuesta del pasillo, Sara, como consumada maestra del interrogatorio, le había dado a Oscar la vuelta como a un guante y estaba al corriente de la solemne decisión de «Los Jaguares», olvidada como por arte de magia al ver a Verónica.

Aprovechando oyente tan atenta, Oscar fanfarroneaba lo suyo, destacando su gran papel dentro de «Los Jaguares». La verdad es que, como todos, se hallaba muy excitado por el fascinante viaje emprendido. Lo que ignoraban era que iba a ser… ¡épico!

Efectuaron escala técnica en El Cairo y aprovecharon a charlar largo y tendido. Sara dijo:

—¡Lo que me gustaría viajar en elefante!

—Pero si llegas a caerte… —apuntó su compañera—. En la India deben acechar muchos peligros. ¡Uf, lo que me ha costado convencer a mamá para que me dejaran venir! Los de la embajada le aseguraron que en todo tiempo estaríamos acompañados y vigilados.

—¡Pues vaya un panorama! —rezongó Julio—. La sal y pimienta de estas cosas son los imprevistos.

¡Ay, Julio estaba tentando a la suerte!

—Lo peor de todo será entenderse con la gente —exclamó Oscar, que era muy amigo de lucirse—. Con eso de que hablan ochocientos cuarenta y cinco idiomas…

—Calla, mico —le espetó Julio lanzándole un papirotazo—. La gente culta habla inglés y nosotros, mejor o peor, también; así que nos entenderemos.

—Más peor que mejor —suspiró Raúl.

Verónica miraba con preocupación hacia el vagón de equipajes, temiendo que su maleta se perdiera. Nadie observó que algo sucedía allí…

• • • • •

El reactor sobrevolaba el cielo de la capital de la India, la vieja Delhi, a la que se une Nueva Delhi, la ciudad construida por los virreyes.

—Bajo nuestros pies —dijo Héctor a las chicas—, se extiende una nación mayor que Europa y la segunda del mundo por su población. ¡Es impresionante!

Unos minutos después abandonaban el reactor, en un aeropuerto que parecía una babel, con gentes llegadas de todos los lugares del mundo. De pronto, del modo más inesperado, algo saltó sobre Sara.

—¡Petra! —chilló, más que gritó, la muchacha.

Sus compañeros la miraron. Tenía en las manos una ardilla que, con la cola, le acariciaba la cara.

—¿Qué es eso? —gritaron a una «Los Jaguares».

—Es… Petra… —pudo decir Sara, atragantándose.

—Sí, sí; es Petra —confirmó Verónica.

Todos estaban atónitos y Héctor preguntó:

—¿Quieres explicarnos de dónde ha salido este animal? Anda, líbrate de él, porque junto a la aduana nos esperarán los de la Sociedad cultural.

—No puedo —dijo tímidamente Sara—. Petra me ha seguido y ya no habrá medio de quitármela de encima.

—¿Qué es eso de que te ha seguido? —preguntó Julio.

—Pues… soy la dueña de la ardilla y, no sé cómo, pero se presentó en Barajas.

—Puntualicemos —dijo Héctor—. Esta ardilla estaba en Madrid y aparece aquí…

Sara afirmaba, sin atreverse a mirar a nadie. Todos parecían tan acusadores…

—¿Tú no la habrás traído, eh? —terminó Julio.

Sara, con la cara roja, negaba repetidamente y daba su palabra de honor de no saber nada. Sospechaba que la ardilla se había escondido entre los equipajes y viajado con éstos a bordo de los reactores. Julio empezó a protestar, recordando con medias palabras la solemne decisión de «Los Jaguares», tomada en Barajas, reprochando la falta de cumplimiento por parte de sus amigos. ¡Y había sido el primero en faltar a ella! Héctor decidió:

—Sara, tienes que deshacerte de ese animalito.

Petra dio un respingo. No podía haber entendido al rubio muchacho, pero…

—Será difícil —terció Verónica—. Petra es tan liosa…

—¡Encima! —masculló Julio.

Raúl miraba a unos y otros como alelado. Le gustaban mucho los animales, pero las ardillas liosas, no.

—Liosa o no —añadió Héctor—, no pasarás con ella el control. Tendrías que presentar el certificado de embarque, el de Sanidad y, ¡qué sé yo! Ese animal podría introducir algún virus en el país.

—¡Petra está sanísima! —la defendió Sara.

Mientras la conversación tenía lugar, empujados por la gente, llegaron al control de aduana. En los ojos de «Los Jaguares» centelleaban rayos. Si hubieran podido fulminar a Sara con ellos… Y también a Petra…

¡Zas! Con el empujón de una señora obesa que vestía sari, la dueña de la ardilla se encontró ante el oficial de aduanas. Petra se había enroscado a su cuello y no se le veía más que la poblada cola. Sudando, temblorosa como un flan, Sara extendió su pasaporte. El oficial lo tomó. ¡Qué angustias, cielos!

Por fin, mirando a Sara, el oficial devolvió el documento a su dueña. Con un paso, se encontró ¡libre!

A su derecha, Julio dijo, amenazador:

—Pecosilla, no vuelvas a hacernos otra como ésta, o te tiramos al Ganges. Por suerte, ese tipo ha creído que llevabas una piel al cuello. ¡Con el calor que hace!

Petra había saltado a las manos de su dueña, con el aire más satisfecho del mundo. En el mismo momento, Héctor dio un empujón a Sara:

—¡Rápido! Tira ese bicho donde sea. Nos están haciendo señas desde allí y supongo que son nuestros patrocinadores de la Sociedad cultural…

«Los Jaguares» todavía no conocían bien a Sara ni, por supuesto, a Petra. Con un ligero ademán digno del más hábil prestidigitador, la no invitada había desaparecido en las profundidades de la bolsa de viaje.

En efecto, cuatro personas aguardaban a los ganadores del concurso. Dos caballeros, vestidos con un traje oscuro de sarga y una especie de gorrito militar blanco, se inclinaron sonrientes y ceremoniosos ante los muchachos. Después les presentaron a un matrimonio de mediana edad, vestidos a la europea, que, según dijeron, iban a ser sus acompañantes durante su estancia en la India. Eran mejicanos de origen y hablaban el castellano gracioso y dulce propio de los habitantes de aquel gran país.

Después de recibir calurosas felicitaciones, «Los Jaguares» y sus compañeras se encontraron en un inmenso automóvil y atravesando la ciudad nueva, la amplia y populosa Delhi, con soberbias construcciones modernas, algunas debidas al genio de Le Corbusier.

Una vez en el hotel, los Méndez (el matrimonio mejicano) acordaron estar allí a la mañana siguiente para iniciar la primera etapa del viaje, dentro de la India.