Un compás
El portón. Los arcos. (Para un andaluz, la felicidad aguarda sienta pre tras de un arco). Los muros blancos del convento. Los ventanillos ciegos bajo espesas rejas.
Rechinaban los goznes mohosos, y un vaho de humedad asaltaba al visitante adelantando sus pasos sobre la tierra cubierta a trechos por la hierba, que manchaban de amarillo aquí y allá los jaramagos. En la alberca el agua verde reflejaba el cielo y las ramas frondosas de una acacia. Sobre los aleros cruzaban raudos los vencejos, ahogando su grito entre las hendiduras del campanario.
Por la galería, tras de llamar discretamente al torno del convento, sonaba una voz femenina, cascada como una esquila vieja: «Deo gratias», decía. «A Dios sean dadas», respondíamos. Y las yemas de huevo hilado, los polvorones de cidra o de batata, obra de anónimas abejas de toca y monjil, aparecían en blanca cajilla desde la misteriosa penumbra conventual, para regalo del paladar profano.
En la vaga luz crepuscular, en el silencio de aquel recatado rincón, el exquisito alimento nada tenía de terreno, y al morderlo parecía como si mordiéramos los labios de un ángel.