Capítulo 11
EL SOL se había puesto cuando volvieron a la villa.
Habían cenado en un maravilloso restaurante en Palermo, antes de tomar la estrecha carretera que llevaba hasta la casa de Gio. El calor del día dio paso a una fresca brisa y, en la oscuridad, la casa parecía increíblemente silenciosa y vacía.
–Resulta raro no tener que hablar en voz baja para no despertar a Paolo –sonrió Terrie–. ¿Siempre ha tenido tantos problemas para dormir?
–No, los problemas empezaron cuando cumplió un año.
Gio tiró las llaves sobre la mesa y se acercó a la puerta del jardín para mirar la piscina.
–Hasta los doce meses dormía tan profundamente que ni un terremoto lo hubiera despertado. Pero entonces las cosas cambiaron.
–Seguramente notaba que faltaba algo en su vida –murmuró Terrie.
Y si un niño que apenas había conocido a su madre sufría tanto su pérdida, no podía imaginar el sufrimiento de Gio.
–Así es.
Lo había dicho como un suspiro, como algo que le salía del corazón.
Gio se volvió entonces y Terrie tuvo la extraña sensación de que estaba mirándola por primera vez.
–Espero que lo hayas pasado bien esta noche.
–Lo he pasado muy bien –contestó ella con total sinceridad–. Nunca había estado tan cerca de un volcán.
El viaje hasta el Etna había sido maravilloso. A los pies del enorme volcán había olivos, limoneros, nogales… sobre una de las laderas quedaban las ruinas de un antiguo pueblo. Y desde arriba, visto desde un funicular, el paisaje era sorprendente, casi como el de la luna.
–Es un sitio aterrador, pero me alegro de haberlo visto. ¿Cómo dijiste que los sicilianos llaman al Etna?
–Mongibello. Viene del árabe. Pero algunos lo llaman simplemente montagna.
Gio hablaba como si distraído. Claramente, estaba pensando en otra cosa.
–¿Quieres una copa? –preguntó Terrie, incómoda.
El día había sido muy agradable. Gio estuvo relajado, un guía encantador y un agradable compañero durante la cena.
Pero desde que llegaron a la casa parecía incómodo.
–¿Vino?
–No, no quiero alcohol –contestó él.
No quería nada que nublase sus pensamientos. Durante todo el día se había sentido extraño. Era como si estuviera viéndose desde fuera.
Habían ido a sitios que conocía bien, incluso cenaron en su restaurante favorito. Pero todo le parecía diferente.
Y él se sentía diferente.
Solo podría describirlo como si el vacío que existía en su interior; el vacío en el que había vivido durante dos años, de repente no le pareciese tan vacío, tan oscuro.
No era solo por estar con alguien. Había perdido la cuenta de las veces que había ido con Cesare y Megan a los sitios que visitó con Lucía. Y siempre había sentido aquel vacío.
Sin embargo aquel día, una inglesa rubia y alta había llenado aquel vacío. Solo ella podía hacerlo.
Teresa.
Había abierto la boca para decir su nombre, pero no sabía qué decir.
–Haría un café, si esta vez lo tomásemos –rio Terrie entonces–. Aquella noche en el hotel y el día que fuiste a mi apartamento, lo dejamos sin probar. Quizá a la tercera va la vencida, ¿no?
Gio se encontró a sí mismo sonriendo.
–Mientras no me ofrezcas también una copa de brandy.
–Nada de brandy, te lo prometo –rio ella.
En la cocina, Gio se apoyó en la repisa observándola mientras echaba agua en la cafetera. Parecía una flor exótica y pálida con aquel vestido sin mangas del mismo tono turquesa que el bañador.
Se había sujetado el pelo con un moño y cuando inclinó la cabeza para medir las cucharadas de café, la fragilidad de su cuello lo afectó de una forma sorprendente.
No era solo deseo, sino una sensación extraña… una sensación protectora, una emoción que no podría explicar.
Incapaz de controlarse, se acercó para darle un beso en el cuello.
–Oh.
Terrie se volvió hacia él, con el ceño arrugado.
–¿Qué haces?
–Solo era un beso. Y no puedes quejarte porque… –Gio levantó las dos manos–. ¿Lo ves? No te he tocado.
Hablaba con tono burlón y eso la relajó.
–Ah, bueno, entonces no pasa nada –sonrió Terrie. Pero decidió aprovechar ese momento para intentar acercarse a él–. ¿Quieres que hablemos de Lucía?
Esperaba un rechazo. Estaba segura de que Gio se daría la vuelta, irritado. Pero simplemente se encogió de hombros.
–¿Qué quieres saber?
Terrie tragó saliva.
–Lo que tú quieras contarme.
Él empezó a pasear por la cocina, visiblemente agitado.
–Teníamos dieciséis años cuando nos conocimos…
Su voz sonaba un poco entrecortada, como si le costase trabajo hablar, como si no pudiera encontrar las palabras.
Terrie habría querido ayudarlo, consolarlo, pero intuía que no era el momento.
–La miré y supe que era la mujer de mi vida –Gio se pasó una mano por el pelo, mirando al vacío–. Cesare siempre dice que los hombres de nuestra familia se enamoran para siempre. Que solo nos ocurre una vez en la vida…
Terrie se alegró de que estuviera de espaldas en aquel momento porque así no podía ver su expresión, el dolor que asomó a sus ojos al oír aquello.
–Así ocurrió con Roberto y mi madre. Se enamoró de ella cuando todavía estaba casada con mi padre. Y Cesare esperó durante años para casarse con Megan. Le había hecho una promesa a su padre…
–Lo sé. Megan me lo contó.
Le había contado muchas cosas. Por eso sabía cuánto había amado él a Lucía. Y entendía aquel amor a primera vista. ¿No le había pasado a ella lo mismo en el bar? No pudo apartar los ojos de Gio y, desde entonces, no había podido apartarlo de su mente.
–También me contó que Lucía y tú amenazasteis con escaparos si no os dejaban contraer matrimonio.
Gio sonrió.
–La fuitina. Sí, amenazamos con eso. Nuestras familias pensaban que éramos demasiado jóvenes. Querían que fuéramos novios durante un tiempo antes de comprometernos, pero nosotros no teníamos ninguna duda.
–¿Qué es la «fuitina»? –preguntó Terrie.
Solo lo había preguntado porque no sabía qué decir. Le dolía escuchar aquella historia de amor, le dolía que Gio hubiese amado tanto a otra mujer.
–Es una antigua historia siciliana… dos amantes que huyen para demostrar a su familia cuánto se quieren. Era una forma de acostarse juntos sin arriesgarse a una condena moral.
–¿Y tú lo habrías hecho?
No necesitaba oír la respuesta. Estaba escrita en su cara, en sus ojos. Habría hecho eso y más si así conseguía estar con Lucía.
–Lo habríamos hecho los dos. Pero, al final, nuestros padres accedieron a la boda si yo prometía concentrarme en los estudios. Teníamos diecinueve años cuando nos casamos.
–Qué jóvenes.
–Sí, pero no podíamos esperar más… una locura, ¿verdad?
–Pero quizá intuíais que… quizá intentabais pasar el mayor tiempo posible juntos.
–Es posible.
Había tocado un tema muy doloroso, pensó Terrie al ver la expresión del hombre.
–Háblame de ella. ¿Cómo era?
¿De verdad quería saberlo?, se preguntó nada más hacer la pregunta. Pero curiosamente, cuando Gio empezó a hablarle de Lucía, sus recuerdos no le dolían como antes. La intrigaban porque le decían muchas cosas sobre él.
Supo cómo era de adolescente, lo que había trabajado para convertirse en abogado como su madre quería… supo que había mantenido a su mujer con su trabajo, a pesar de que su familia era rica. Descubrió los intereses que compartían, las cosas personales que hubo entre marido y mujer.
Pero también aprendió cosas sobre Gio. Cómo amaba, por qué amaba. Supo lo importantes que eran para él la fidelidad y la honestidad, cómo había solucionado los problemas, las pequeña decepciones de todo matrimonio.
Le habló de su alegría cuando Lucía le dijo que estaba embarazada, el momento mágico cuando nació su hijo. Le habló de sus sueños de tener una gran familia… sueños que, trágicamente, nunca se harían realidad.
Y supo cómo sufrió cuando murió su mujer.
En ese momento, Gio no se molestó en esconder las lágrimas; no sintió vergüenza y Terrie lo respetó más por ello.
Se le partía el corazón por él y por Lucía, que no había tenido tiempo suficiente para disfrutar de aquel amor.
No sabía cuánto tiempo se quedaron allí, hablando en la cocina. No sabía si habían pasado horas o días. Solo sabía que no se habría perdido ni un solo segundo, aunque a partir de entonces nada sería igual.
Porque cuando Gio terminó de contarle su historia de amor, Terrie supo lo que le estaba pasando.
Estaba enamorada de aquel hombre, desesperada, totalmente enamorada. Y como para Gio, el suyo era un amor único, irrepetible. Nunca volvería a sentir lo mismo por nadie.
Él había amado y perdido a otra mujer. Y, como resultado, su corazón nunca le pertenecería.
–¿Puedo hacerte una pregunta?
Gio parecía agotado, exhausto. Pero sus ojos estaban en calma. Era como si hubiera sobrevivido a una tormenta.
–Puedes preguntarme cualquier cosa.
Y, extrañamente, Terrie supo que era verdad.
–Aquella noche…
No tenía que especificar. Solo podía referirse a una noche, la noche que se conocieron.
–¿Sí?
–Dijiste que Lucía murió diez días antes del cumpleaños de Paolo. ¿La noche que estuvimos juntos era… el aniversario de su muerte?
–Sí.
–Oh, Gio…
Terrie apretó su mano y adivinó por la expresión del hombre que aquel gesto lo consolaba.
No supo quién se movió primero. Quizá lo habían hecho a la vez por un impulso desconocido.
Pero un segundo después estaban uno en brazos del otro. Terrie levantó la cara y Gio la besó. Fue un beso que pareció robarle el alma. No había tiempo para dudas, para nada que no fuera aquella caricia. Quería darle su amor, quería darle todo lo que había en su corazón para él.
Quería entregarse en cuerpo y alma.
Gio la abrazaba de una forma rara y, de repente, empezó a reírse.
–¿Qué ocurre?
–Nada de tocar –sonrió él–. Me diste órdenes muy precisas.
–¡A la porra con eso! –exclamó Terrie–. Aunque, ahora que lo pienso… –dijo entonces, restregando su cara contra la del hombre–. Quizá deberíamos seguir con las reglas. Pero solo para ti… yo puedo tocarte como quiera.
Lenta, seductoramente, empezó a deslizar los dedos por su camisa.
–Teresa…
Ella lo silenció poniendo un dedo en sus labios.
–Es mi turno. Me toca a mí.
Le quitó la corbata tomándose su tiempo, tentándolo, torturándolo… y entonces se dio cuenta de que Gio estaba muy quieto, casi como si no respirase.
–Sigue –murmuró él con voz ronca.
Terrie tiró de ambos cabos de la corbata para acercar su cara y le dio un beso largo y cálido en los labios.
–¿Lo ves? La paciencia siempre tiene su recompensa.
Le costó un gran esfuerzo apartarse, ignorar el clamor de su propio cuerpo, pero tenía un plan y pensaba llevarlo a cabo.
Terrie empezó a desabrochar lentamente los botones de la camisa, sintiendo los latidos del corazón de Gio bajo sus manos. Ocasionalmente se paraba para trazar círculos sobre la piel morena… cuando trazó primero uno y luego el otro pezón oscuro, Gio no pudo controlar un gemido.
–Teresa… –murmuró, agitado–. Déjame…
–No tocar, ya sabes.
Pero al mirarlo a los ojos cambió de opinión.
–Bueno, puedes darme un beso.
Fue un beso que la dejó sin aire porque, al no poder usar las manos, Gio puso en sus labios todo el ardor, todo el deseo que no podía disimular. La besaba con tanta fuerza que Terrie deseó que olvidase el juego, que la tomara en brazos y la llevase a la habitación.
Pero la resolución en los ojos del hombre le dijo que no había marcha atrás.
–Estoy en tus manos, carina. Pero ¿no crees que estaríamos más cómodos en el dormitorio?
Pero el dormitorio no era lo que Terrie tenía en mente. Era el mismo dormitorio que usó durante su matrimonio, el que había compartido con Lucía.
De modo que lo tomó de la mano para llevarlo al salón y, una vez allí, le quitó la camisa besándolo ardorosamente al mismo tiempo.
Cuando puso la mano sobre la hebilla del cinturón vaciló un momento, pero Gio sacudió la cabeza.
–No puedes pararte ahora, bellezza.
Y la potente erección, que Terrie sentía bajo su mano, añadió urgencia al comentario.
Una urgencia de la que se contagió ella misma, que le quitaba la ropa con manos temblorosas.
Solo entonces, cuando estaba desnudo y erecto frente a ella, Terrie empezó a quitarse su ropa. Cuando se volvió hacia él, desnuda, lo oyó contener el aliento. Era el sonido de un hombre a punto de perder el control.
–Teresa… ten piedad de mí.
Ella sonrió, triunfante.
–Ahora. Ahora puedes tocar.
Cuando sintió las ardientes manos del hombre sobre su cuerpo, Terrie perdió la cabeza. Sus dedos la acariciaban, la atormentaban, la poseían.
Sin dejar de besarla, Gio hizo realidad la fantasía de unos minutos antes; la tomó en brazos y la depositó sobre el sofá, cayendo sobre ella un segundo después. Dejándose llevar por una pasión abrumadora, le abrió las piernas con la rodilla, levantando sus nalgas con las dos manos para colocarla donde quería.
–Ahora puedo tocar –murmuró–. Ahora puedo tocarte… y puedo hacer esto…
Las últimas palabras fueron seguidas de una poderosa embestida que la hizo suya para siempre.
Un segundo después, Terrie había perdido el control, arqueándose hacia él, restregándose contra el cuerpo del hombre hasta que sintió un estremecimiento salvaje.
Ni siquiera supo que se había quedado dormida, pero cuando abrió los ojos Gio estaba despierto y la miraba con una extraña intensidad.
–Hola –murmuró, sonriendo–. ¿Qué ocurre? ¿Por qué me miras así?
–He estado pensando. ¿Y si te digo que no quiero que te vayas? ¿Que me gustaría que te quedases?
–Gio… ¿estás diciendo…?
–No, Teresa. No me pidas más de lo que puedo dar. Te daré lo que pueda… no me pidas más.
¿Sería eso suficiente?, se preguntó Terrie. Sintiendo lo que sentía por él, ¿podría aceptar algo menos que amor?
Pero entonces Gio empezó a acariciarla de nuevo y no pudo seguir pensando.
Y todo empezó otra vez.