Capítulo 2
QUÉ?
Nerviosa, Terrie soltó la copa sin querer. El contenido se derramó sobre su falda antes de que el cristal se hiciera añicos en el suelo.
–¡Mire lo que ha hecho!
Se daba cuenta de lo irracional de su comportamiento, pero no podía controlarse. Especialmente, teniéndolo tan cerca. Sus ojos no eran negros, sino de color bronce, con unos fascinantes puntitos dorados.
–Perdone, signorina.
La voz era incluso más atractiva que la cara. Pura miel, con un toque grave, ronco, terriblemente masculino.
–Perdone…
El extraño le hizo un gesto al camarero y, antes de que ella pudiese reaccionar, estaba limpiando las manchas de vino de su falda.
Aquello era terrible. El roce de sus manos hacía que le temblasen las piernas como si fuera una colegiala. Y cuando el extraño secó una mancha en las medias, Terrie se apartó, incómoda.
Estaba muy cerca, demasiado cerca. Si respiraba profundamente, podía oler la colonia masculina.
–No es nada…
–Pero se ha manchado la falda…
–¡No es nada! –exclamó ella, con más fuerza de la necesaria–. Además, es un traje barato.
–Al menos deje que la invite a otra copa.
–De acuerdo.
Terrie se sentía tan aliviada cuando dejó de tocarla que hubiera aceptado cualquier cosa. El extraño la llevó hasta una mesa y le hizo un gesto para que se sentase en el sofá de terciopelo granate.
–Era vino blanco, ¿verdad?
Su falda no fue la única víctima en el episodio de la copa. También le había manchado a él los pantalones… y claramente no eran unos pantalones baratos. De hecho, llevaba un traje gris de corte perfecto, seguramente de diseño italiano.
–No hay necesidad… no tiene que molestarse.
–No es molestia –le aseguró él–. Al contrario, es un placer.
Aquellas palabras deberían haberla tranquilizado. Desgraciadamente, ejercieron el efecto contrario. Se sentía incómoda, como si alguien le hubiera quitado una capa protectora de piel.
De cerca era simplemente demasiado. Demasiado guapo, demasiado grande, demasiado masculino para cualquier mujer con la suficiente cantidad de hormonas. Y su instinto femenino se puso en alerta máxima.
–De verdad, no hace falta…
–¿De qué tiene miedo?
–¡Yo no tengo miedo!
Pero su nerviosismo desmentía esas palabras.
–Entonces, puedo pedir la copa ¿no? –sonrió él, haciéndole un gesto al camarero.
Aunque era una pregunta, lo había dicho como si fuera una orden. Y una orden que debía ser obedecida sin rechistar. Pero el impulso de rebelarse murió cuando aquellos ojos de color bronce se clavaron en ella.
–Gracias –consiguió decir.
–De nada.
El camarero llegó unos segundos después con la copa y Terrie intentó sonreír.
–No quiero que piense… quiero decir que normalmente no dejo que un extraño me invite.
¿Estaba tan nerviosa como parecía o era un cuento?, se preguntó Gio. La mujer que lo había mirado descaradamente unos minutos antes no podía encontrarse tan incómoda.
Seguramente, al haber despertado su interés decidió cambiar de táctica, prefiriendo actuar como presa en lugar de cazadora. Y él le seguiría la corriente. Aunque, como los dos estaban buscando lo mismo, no veía la necesidad.
–Tampoco yo suelo invitar a una desconocida.
Aquella chica tenía clase. Alta, esbelta, elegante, con el pelo rubio ceniza y complexión de porcelana, tenía un toque exótico para un hombre que, como él, estaba acostumbrado a las bellezas italianas.
El olor de su cuerpo, mezclado con el de un perfume con toques de jazmín, lo excitaba.
Pero ir deprisa sería un error. La noche podría ser mucho más interesante si se tomaba su tiempo antes de conseguir lo que quería.
Y la conquista final sería, como resultado, más dulce.
–¿Por qué no nos presentamos? De esa forma, dejaremos de ser desconocidos. Me llamo Giovanni Cardella, pero mis amigos me llaman Gio.
Su acento era precioso, muy cálido y suave; nada que ver con la ordinaria solidez de su idioma.
–Terrie Hayden.
–Encantado –sonrió él, ofreciéndole su mano.
Respirando profundamente para controlar los nervios, Terrie la estrechó y, de repente, se le quedó la mente en blanco. Tanto que no oyó lo que decía.
–¿Perdón?
–¿Terry no es un nombre masculino?
–Es Terrie, escrito con «i» latina, no «y» griega. En realidad, me llamo Teresa. Pero nadie me llama por mi verdadero nombre.
–Yo lo haría. Terrie no te pega mucho, pero Teresa…
En sus labios, el nombre parecía completamente diferente. Tenía un sonido musical, encantador, que la hizo sonreír.
–Te llamaré Teresa.
Si seguía hablando de esa forma, podría llamarla lo que quisiera. Su sonrisa la hacía sentir como si estuviera bañada por el sol del Mediterráneo.
–¿De qué parte de Italia eres?
–Sicilia. De Palermo.
Claro. Ser italiano le daba ese aire de elegante sofisticación. Y Sicilia había añadido un toque de peligro a su mirada.
–Me han dicho que Italia es un país precioso. La verdad es que no he tenido muchas oportunidades de viajar, pero me encantaría.
–Quizá ahora que has decidido dejar tu trabajo tengas oportunidad de hacerlo.
–¿Dejar mi…? ¡Estabas escuchando la conversación!
–No estaba escuchando, es que hablabas en voz alta.
Lo había hecho a propósito para que él lo oyera, estaba seguro. Después de mirarlo descaradamente le había dicho al camarero que se quedaba un rato en el bar… porque estaba aburrida.
Quería ligar con él, no había duda alguna.
Y si no era así, se sentiría decepcionado. No tenía tiempo para jueguecitos, no tenía tiempo para los «dos pasos adelante y uno atrás» de la seducción.
Gio sabía lo que quería de aquel encuentro y, estaba seguro, ella también. Entonces, ¿para qué perder el tiempo?
–Cena conmigo.
–¿Qué?
Aquello la había pillado por completo desprevenida.
¿Por qué parecía tan sorprendida?, se preguntó Gio. Quizá estaba yendo demasiado aprisa, quizá no esperaba que fuese tan directo.
Pero él no estaba de humor para convenciones, ni para frases amables que no llevaban a ninguna parte.
–Cena conmigo… ¡Por favor, mia bella, no pongas esa cara! Solo te he pedido que cenemos juntos, no que te acuestes conmigo.
A Terrie empezaba a darle vueltas la cabeza. No había pasado ni media hora desde que vio a aquel hombre por primera vez en su vida. Ni siquiera veinte minutos desde que él le devolvió una mirada llena de desdén. Y entonces aparecía por detrás, brindaba con ella…
–¿Quieres que cene contigo?
–¿Tan raro te parece?
–Después de cómo me has mirado hace un rato… pensé que no querías ni verme.
–Ah, eso… –Gio tuvo la buena educación de hacer un gesto de disculpa–. No era por ti. Estaba enfadado con otra persona. Había quedado aquí, pero me han dado plantón.
Otra mujer, por supuesto.
Tenía que ser otra mujer. Le habían dado plantón y quería aprovechar el tiempo.
–Vaya, muchas gracias. Sabes hacer que una chica se sienta como el segundo plato.
–Come? –exclamó él–. No, no, te equivocas. Había quedado con un hombre, era una reunión de trabajo. Me llamó hace un rato para decir que no podía venir.
–Entonces, ¿estás solo?
Lo que quería saber era si la invitaba a cenar porque le gustaba, pero la pregunta parecía una intrusión en su vida privada.
–Completamente. Soy un extranjero perdido en Londres…
–Por favor…
–¿No me crees?
–No creo que estés más perdido que yo. De hecho, juraría que conoces Londres tan bien como Palermo.
–Eso es verdad.
La afirmación iba acompañada de otra de esas sonrisas que la dejaban con las rodillas temblorosas.
–¿Lo ves? Yo tenía razón.
–Pero sigo estando solo y prefiero cenar acompañado. He reservado mesa para dos y sería una pena no usarla… ya que tú también estás buscando compañía.
Lo de «buscar compañía» había sonado fatal. Terrie estaba a punto de echarse atrás, pero aquellos ojos de color bronce eran irresistibles.
–Mira, yo…
–Per piacere –la interrumpió él, con voz ronca–. Por favor, cena conmigo.
Debería decirle que había quedado a cenar con sus amigas. Iba a hacerlo, pero cuando abrió la boca dijo todo lo contrario: –De acuerdo. Cenaré contigo.
Si hubiera visto una expresión de triunfo en la cara del hombre se habría echado atrás. Si lo hubiera visto sonreír como un cazador después de conseguir su presa, habría ido a cenar con Claire y Anna el bufé frío incluido en el seminario. Aunque con toda probabilidad lo lamentaría siempre, al menos se sentiría a salvo.
Porque no se sentía a salvo con Giovanni Cardella.
Sin embargo, él no sonrió como si hubiera ganado una batalla; solo rozó su mano suavemente, durante un segundo, como para darle las gracias.
–¿Nos vamos?
Eso la desarmó. El gesto fue muy breve, como un roce de alas de mariposa. Y la dejó confusa e insatisfecha. Quería más, mucho más.
No sabía si era por culpa de esas absurdas sensaciones o simple coincidencia, pero al levantarse se le torció un tacón. Afortunadamente, Gio, moviéndose rápidamente, la tomó por la cintura.
–¡Cuidado!
Estaban tan cerca… ¿iba a besarla? Terrie estaba segura de que él había leído esa pregunta en sus ojos, que habría leído en ellos el deseo. Y ese deseo la dejaba atónita, porque nunca había sentido nada así en toda su vida.
Se había sentido atraída por muchos hombres, incluso alguna vez se preguntó si estaba enamorada, pero ninguna de sus relaciones duró demasiado. Ninguna echó raíces, ninguna floreció para convertirse en algo más profundo, más…
¿Permanente?
Aquel pensamiento la sorprendió. Uno no se enamora de alguien a simple vista, después de haber intercambiado un par de frases. Esos sentimientos tardan tiempo en crecer y ella no conocía a Giovanni Cardella en absoluto.
–Gracias.
No sabía si era el tropezón o aquellos tontos pensamientos, pero la voz le salió temblorosa.
Estaban tan cerca, su proximidad la afectaba de tal forma que, sin pensar, Terrie levantó una mano y tocó su cara, sintiendo bajo los dedos la piel suave, la barba que empezaba a crecer.
–Gracias –repitió, asombrada de sí misma.
–De nada –murmuró él tomando su mano.
Lo había dicho con un tono… Terrie no podría definirlo. No lo entendía.
Y entonces Gio inclinó la cabeza y besó su mano. Suave, casi tiernamente.
–Gio…
El nombre le había salido como un suspiro, como un susurro, y se quedó atónita al notar que sus ojos se habían llenado de lágrimas. Lágrimas de confusión y de placer. De aterradora sensibilidad a todo lo que aquel hombre le hacía.
¿Se daba cuenta él? ¿Sabría que para ella, acostumbrada a los torpes coqueteos con chicos de su edad, la galantería italiana era irresistible?
Un segundo antes había deseado un beso. La imagen de aquel hombre besándola en la boca apareció en su mente como un relámpago. Pero había besado su mano y la delicadeza del gesto tenía más poder sobre sus sentimientos que el beso más apasionado.
–Me encantará cenar contigo –consiguió decir, para expresar de alguna forma sus sentimientos.
–Pensé que ya estábamos de acuerdo en eso.
El asunto estaba yendo exactamente como él quería, pensó Gio mientras salían del bar.
Terrie… qué nombre tan raro. Terrie había dejado de aparentar que necesitaba ser persuadida y los dos entendían cuál sería el final de la noche.
Un momento antes quería que la besase; lo había visto en sus ojos. Pero un beso no era lo que él tenía en mente, al menos no un beso en los labios.
La única mujer a la que había besado en los labios desde la muerte de Lucía era Megan. Gio sonrió, pensando en su cuñada. Megan había llevado mucho amor a la vida de su hermanastro y también a la suya. A Megan podía besarla en los labios. Y a su madre. A nadie más.
Desde luego, no pensaba besar a aquella chica en los labios. Teresa era una extraña a la que había conocido en un bar. Era solo un revolcón y ella lo entendía.
Por un momento tuvo dudas, pero el «sí» a la cena, el ensayado tropezón que la había hecho caer en sus brazos, le aseguraron que estaba en lo cierto. Teresa sabía lo que estaba pasando.
A partir de aquel momento, todo iría como la seda. Una cena, una charla entretenida, los correspondientes halagos, una botella de vino, la última copa…
Tomarían esa última copa en su habitación. En la de Teresa. Y después de la copa, se irían a la cama.
Aquella noche. Solo aquella noche.
Y al día siguiente, se marcharía… solo.