Capítulo 7

 

TERRIE suponía que debía estarle agradecida. Al menos, había sido sincero. Pero no se sentía agradecida en absoluto. Le hubiera gustado ponerse a gritar. Incluso se sintió tentada de abofetearlo.

Pero aunque lo pensaba, aunque la rabia era como una explosión en su cabeza, no podía moverse.

Solo podía mirar la fotografía de su esposa.

Lo que la sorprendió fue que no fuese guapa en el sentido convencional. Era morena y tenía una sonrisa preciosa que su hijo había heredado, pero nadie podría llamarla «guapa» exactamente. No tenía tipo de modelo y sus caderas eran más bien anchas.

–¿Cómo se llama?

¿Por qué lo había preguntado? ¿Por qué quería conocer ese detalle? Su nombre la haría más real.

Pero aquello ya era terriblemente real. Saber el nombre de su mujer, dónde se habían conocido, cuándo nació Paolo… ¿haría que aquello fuera más soportable? ¿Sería menos el dolor?

–Se llama Lucía.

¿Por qué no le contaba toda la verdad? ¿Por qué no había dicho el nombre de su mujer en pasado?

Pero no podía soportar hacerlo allí, en la habitación, al lado de una cama de sábanas revueltas.

No había sido infiel a Lucía en el estricto sentido de la palabra porque ya era imposible, pero le había sido infiel a su recuerdo.

Porca miseria! Debería haberse ido sin decir adiós.

O, más bien, no debería haber pasado la noche allí. No debería haberse dejado llevar por sus más bajos instintos, no debería haber dejado que el deseo físico nublase su razón.

Pero la noche anterior no podía pensar; había sido como una bomba, una reacción que solo tenía que ver con su entrepierna, no con el cerebro.

Y por eso estaba metido en aquel lío.

–Lucía Paolina Cardella.

La clara mirada de Teresa contenía todo el reproche del mundo. Un reproche que se merecía. Pero ella sabía que solo era por una noche. No podía haber esperado nada más.

–Me alegro de que me lo hayas contado por fin.

Pero su tono decía exactamente lo contrario y la mano que sujetaba la fotografía temblaba tanto que amenazaba con romperla.

Scusi… la estás arrugando.

–¿Y qué?

Durante un segundo, se sintió tentada de romper la fotografía, pero decidió no hacerlo. No era culpa de Lucía que su marido le fuese infiel.

–Toma –murmuró, tirándola sobre la cama.

Ver con qué cariño la guardaba Gio en la cartera fue como una puñalada en su ya dolorido corazón.

–Lo siento.

–¿No crees que es un poco tarde para preocuparse? Habría sido mejor que lo hicieras anoche. O, al menos, podrías haber intentado lo de «mi mujer no me entiende».

–No sería cierto –murmuró él, mirando la fotografía–. Si quieres saber la verdad, Lucía siempre me entendió perfectamente.

–Pobrecilla… Siento que esté casada con un hombre como tú.

Las últimas palabras le salieron temblorosas, casi en un sollozo. Cuando miró a Gio, Terrie vio de nuevo aquella expresión indescifrable y no pudo contenerse más; las lágrimas asomaron a sus ojos y tenía que hacer un esfuerzo para no ponerse a llorar como una niña.

–¿O también ella tiene sus líos? ¿Es eso, Gio? ¿El vuestro es un matrimonio abierto?

–¡No!

Parecía horrorizado, como si aquella idea le rompiera el corazón.

No, eso no. Giovanni Cardella no tenía corazón. Si fuera así, no engañaría a su mujer.

–¿Estás seguro?

–Lucía nunca me haría eso. Ella tiene sentido del honor…

–¡Y yo también!

Gio parecía dudarlo. O, al menos, la miraba como si no la creyese.

–No suelo ir por ahí acostándome con hombres casados. Pero tú no tuviste la decencia de contármelo. ¡Me mentiste!

–No…

–No, en realidad no era una mentira. Sencillamente no me contaste la verdad. En lugar de hacerlo, decidiste distraerme con historias sobre tu cuñada que vive en Sicilia… donde supongo que también vive tu mujer.

–No.

–¿Entonces? ¡No, no me lo digas! ¡No quiero saber nada sobre ti, ni sobre tu mujer, no quiero saber nada en absoluto!

Pero estaba mintiendo. Quería saber por qué se acostó con ella. ¿De verdad solo había querido un revolcón, nada más?

–Teresa…

Pero el rico sonido de su nombre que unas horas atrás aceleraba su corazón era insoportable en aquel momento.

–¡No lo digas! No quiero excusas… ¡no quiero oír una palabra más! –exclamó Terrie, paseando furiosamente por la habitación–. ¿Por qué lo hiciste? ¿Cómo has podido hacerlo?

Mirarlo a los ojos fue un error. Un terrible error.

Porque en ellos vio algo peligrosamente parecido a… la compasión. Y eso era lo último que necesitaba de Giovanni Cardella.

Pero no podía ser compasión. No creía que Gio fuera capaz de sentir emoción alguna por nadie.

–¿Estás diciendo que tú no tuviste nada que ver? ¿Que lo de anoche fue solo cosa mía?

Eso estaba mejor. Prefería una pelea, prefería que intentara defenderse.

–¡No estoy diciendo eso!

Ella no era una cría y si se acostó con él fue por decisión propia, nadie le había puesto una pistola en el pecho.

–Pero al menos yo he dicho la verdad. No te mentí.

–¡Ni yo tampoco!

–¿Ah, no? No me dijiste que estabas casado, me llamabas «cara mia…»

–Anoche habría dicho cualquier cosa. Y seguro que tú también. En ese momento, todos decimos cosas que no sentimos.

–¡Para conseguir algo! Eso es lo que hacen los hombres: decir cualquier cosa para conseguir lo que quieren, ¿no?

–Yo…

–¡No intentes justificarte! Todo era mentira, ¿verdad? ¡Todo! Hasta… cuando me llamas «bellezza».

–No, eso no es cierto. Eres preciosa, Teresa. Y tú lo sabes.

Por un segundo Terrie lo creyó, pero enseguida se dijo a sí misma que eso era lo que él quería.

¿Iba a seguir escuchando mentiras? ¿Iba a seguir dejando que la engañase?

–No, de eso nada –murmuró, dando un paso atrás–. No quiero escuchar una palabra más.

–¡Por favor! –exclamó Gio entonces–. No te hagas la ofendida. Tú querías hacerlo tanto como yo. ¡Tú me trajiste a tu habitación!

–¿Qué quieres decir, que te seduje?

–No, pero los dos sabíamos para qué me traías aquí. Tú misma sugeriste subir a tu habitación en lugar de tomar café en el vestíbulo del hotel. ¿Qué esperabas?

–¡Te invité a tomar un café y tú pensaste que me habías comprado con una cena!

–¿Y no es así? –replicó él, furioso.

–¡No!

Gio pensaba que la había conseguido por muy poco, pero lo de la noche anterior le había costado mucho más de lo que él podría imaginar.

–Perdóname, pero no estoy de acuerdo. Los dos vimos una oportunidad y la aprovechamos. Eso es todo.

Una oportunidad para darse un revolcón.

Terrie no sabía qué le dolía más, la implicación de que se habría ido con cualquiera o la contraria, que si él hubiera tenido dónde elegir, quizá no la habría elegido a ella.

En realidad, se lo puso muy fácil. Desde que lo vio en el bar se había quedado fascinada como una quinceañera.

–Pues es una pena que no te tomases el brandy. Iba con todo lo demás, ¿no? –murmuró, tomando una de las copas–. ¿Quieres tomarlo ahora?

Sin pensar, le lanzó el contenido a la cara.

–¿Qué haces?

–¿Te gusta? –rio Terrie, viendo cómo Gio intentaba limpiarse el líquido de la cara, perplejo–. Ah, y como también has pagado por esta…

Sin darle tiempo a reaccionar, le tiró el contenido de la segunda copa.

–¡Maldita sea! –exclamó Gio–. Eres una…

–Ahórrate los insultos –le espetó Terrie, llena de ira–. Sé lo que piensas de mí y no me apetece oírlo otra vez. Anoche cometí un error y te aseguro que, de haberlo sabido, las cosas habrían sido muy diferentes.

Si hubiera sabido lo que iba a pasar, habría salido corriendo.

–Lo mismo digo –replicó Gio.

–No podemos dar marcha atrás, es demasiado tarde. Pero quiero que te vayas.

–Teresa…

–¡Ahora mismo! –gritó Terrie–. Quiero que te vayas y me dejes en paz.

Quería esta sola para lamer sus heridas en privado. Y estaba decidida a no llorar delante de él.

–Escúchame…

–¿No has tenido suficiente? Tengo aquí el café…

–No hagas tonterías. Ya me voy –suspiró Gio.

–¡Y no vuelvas!

–No te preocupes por eso. Prefiero meter la cabeza en la boca de un león hambriento antes que volver a verte. ¡Hasta nunca!

–¡Hasta nunca!

Fue lo único que pudo decir antes de que sus ojos se llenaran de lágrimas. Afortunadamente, Gio ya estaba en el pasillo para entonces.

El ruido de la puerta al cerrarse fue la señal de que, por fin, estaba sola. Sola y libre para expresar la volátil combinación de rabia, dolor y pena que amenazaba con partirle el corazón.

Tirándose sobre la cama, Terrie empezó a golpear la almohada, deseando que fuera el torso de aquel estafador. Los huesos que protegían su duro corazón.

–¡Te odio, te odio, te odio!

Gio se dirigió hacia el ascensor a grandes zancadas, dando las gracias al Cielo porque a aquella hora de la mañana el pasillo estaba desierto. No habría podido explicar qué hacía con ese aspecto y apestando a brandy.

¿Qué estaba haciendo?

La pregunta lo sorprendió cuando estaba pulsando el botón del ascensor.

¿Cómo se había metido en aquel lío?

Si le hubiera dicho a Terrie que Lucía había muerto, que era un hombre libre, ella no se habría sentido tan dolida, tan engañada.

Y tenía derecho a sentirse así, pensó cuando se abrían las puertas. Tenía derecho a sentirse estafada y herida al creer que estaba casado y que aquello solo había sido una aventurilla de una noche.

Pero él quería que creyera eso. Prefería que lo creyese un marido infiel, que las había engañado a las dos, a su mujer y a ella.

Mejor eso que la verdad.

Porque, ¿cuál era la verdad?

Las puertas del ascensor se cerraron y el ruido metálico le hizo darse cuenta de que estaba mirando al vacío.

Gio pulsó el botón de nuevo, furioso consigo mismo.

La verdad era que su calculado plan había fallado.

Lo de la noche anterior debería haber sido un revolcón puro y simple. Sin emoción, sin compromisos, sin discusiones.

Madre di Dio!

Gio se pasó una mano por el pelo, pero tuvo que sonreír al mirarse al espejo. Tenía un aspecto lamentable. Y con ese olor a brandy parecía un borracho. ¿Dónde estaba el abogado serio y contenido que ganó un caso en los tribunales el día anterior?

Aquella mañana, con su silencio, se había condenado a sí mismo más efectivamente que si hubiera ofrecido pruebas.

Le había escondido el detalle de que Lucía estaba muerta porque algo le impidió que lo dijera.

Y ese «algo» era que había querido que Teresa lo odiase. Así le dolería menos, se dijo. Se olvidaría de él y seguiría adelante con su vida sin recordarlo siquiera.

Quiso asegurarse de que no había vuelta atrás; que aunque, en un momento de locura, hubiera querido volver a verla, ella le daría con la puerta en las narices.

Y funcionó a las mil maravillas. Teresa lo había rechazado con la violencia que esperaba y era libre; sin ataduras ni compromisos.

Pero no le gustaba nada.

Dannazione! –murmuró, cuando se abrían las puertas del ascensor–. ¿Qué demonios me pasa?

Sacando la tarjeta del bolsillo como si fuera un arma, la introdujo en la cerradura con una fuerza que expresaba toda su frustración.

Una frustración debida a que no había marcha atrás. Y no era eso lo que quería.

En realidad, quería volver a experimentar lo que experimentó con Teresa aquella noche. Quería disfrutar de nuevo la pasión que había encontrado en ella. Quería disfrutar la calidez de tenerla en sus brazos.

Y era una terrible ironía descubrir que, por mucho que quisiera, ya no podría hacerlo.

Él mismo se había condenado.