Capítulo 3

 

QUÉ haces en Inglaterra? No pareces un turista y antes has dicho que tenías una reunión de trabajo.

Gio asintió con la cabeza.

–Soy abogado. Había quedado con mi amigo para hablar sobre un caso que estoy llevando en los tribunales.

–¿Y qué tal va?

–Hemos ganado.

Lo había dicho con total tranquilidad, sin darse aires, sin falsa modestia.

Por supuesto que había ganado. Gio daba la impresión de no haber fracasado jamás.

Un escalofrío de aprensión recorrió la espalda de Terrie. No le gustaría enfrentarse con Giovanni Cardella en los tribunales. Intuía que sus interrogatorios serían mortales, sus preguntas rápidas como el mordisco de una cobra. De hecho, no le gustaría enfrentarse a Gio en ninguna situación porque sería un oponente formidable.

–¿Era un… caso importante?

La pregunta le había salido entrecortada porque su mente traidora eligió aquel momento para crear la imagen de otro tipo de «enfrentamiento» con Gio. Por unos segundos, se imaginó aplastada contra aquel torso atlético, estrujada por esos brazos musculosos que la chaqueta del traje no podía disimular.

–Bastante. Un caso de fraude internacional… ¿de qué te ríes?

–De nada, no estaba riéndome.

Terrie se puso colorada. Estaba tan nerviosa que tuvo que tomar un sorbo de vino para recuperar la compostura.

–Estabas sonriendo.

–La verdad, me siento un poco como Cenicienta. Este sitio… –Terrie señaló alrededor: el mantel de lino, las velas, las copas de cristal francés, los camareros elegantemente uniformados.

–¿Te gusta?

–Sí, claro. La verdad, no esperaba pasar así la noche.

De repente, se acordó de Anna y Claire. Debería estar cenando con ellas, compartiendo un bufé frío, pensando en hacer la maleta para marcharse a la mañana siguiente.

–Si me pellizco, seguramente todo esto desaparecerá como por arte de magia.

–¿Y yo me convertiré en una calabaza?

–No, claro que no –rio Terrie–. El Príncipe Azul no se convirtió en una calabaza. Siguió siendo un príncipe para siempre.

–¿Así es como me ves, como un príncipe azul?

¿Lo era? ¿Era lo que parecía? El compañero encantador, la amabilidad personificada, el hombre que llenaba su copa, que estaba atento a todos los detalles. ¿Ese era el auténtico Giovanni Cardella o tenía otra cara? ¿Y el hombre que se batía el cobre en los tribunales?

–Desde luego, eres encantador cuando quieres.

–¿Cuando quiero?

–Tengo la impresión de que intentas serlo conmigo. Que estás…

–¿Y por qué no? –la interrumpió Gio–. Eres una mujer muy guapa. ¿No es normal que intente ser amable, que intente agradarte, hacerte sonreír?

–Debo admitir que no estoy acostumbrada –murmuró Terrie–. Los hombres que conozco no son tan elegantes, tan refinados. Y no tienen dinero para traerme a un sitio como este.

–¿Y el dinero es muy importante para ti?

Teresa hizo una mueca de disgusto al percatarse del sarcasmo. Pero Gio estaba seguro de que era una mueca ensayada. De modo que no quería dejar las cosas claras… Muy bien, de acuerdo, pensó. Parte de la atracción que sentía por él se debía al dinero, sin duda, pero prefería aparentar que era algo más profundo.

Aunque él no iba a dejarse engañar.

–Yo no he dicho…

–Eres tú quien se ha descrito como Cenicienta. Tengo la impresión de que no estás acostumbrada a sitios como este. ¿Me equivoco?

–No –admitió Terrie–. No suelo cenar en restaurantes tan caros, ni alojarme en hoteles como este. Lo paga la empresa para la que trabajo.

–¿La empresa para la que has decidido que ya no quieres trabajar?

–Eso es –asintió ella–. Sospecho que esta será la única oportunidad de vivir rodeada de lujo durante algún tiempo. No se puede esperar que aparezca un padrino rico todos los días, ¿verdad?

Observando aquellos ojos azules, Gio sintió un deseo tan salvaje que tuvo que cambiar de postura. Pero si lo que Teresa buscaba era un «padrino» rico se había equivocado.

–¿Hace un momento era el Príncipe Azul y ahora soy el Padrino?

Terrie soltó una carcajada.

–Quizá eres las dos cosas.

Desde luego, el «Padrino» le iba a las mil maravillas. Terrie observó la mano bronceada del hombre, en contraste con el inmaculado mantel de lino blanco.

¿Cómo sería una caricia de esos dedos largos, tan masculinos? ¿Sería suave, tierno, o exigente? El instinto le decía que Gio sabía cómo amar a una mujer. Que sabría excitarla, hacerla gemir de placer…

¿Qué estaba haciendo?, se preguntó. ¿Por qué pensaba esas cosas? Nerviosa, tomó la copa de vino. Tenía la garganta seca.

–Por supuesto, supongo que esto es normal para ti –murmuró.

–Mi trabajo me lleva por todo el mundo.

–Qué suerte tener un trabajo tan emocionante.

–No lo creas –dijo él, encogiéndose de hombros–. Cuando has visto un hotel, los has visto todos. Y normalmente tengo tanto trabajo que no me da tiempo a hacer de turista.

Y así era como le gustaba. La verdad era que no necesitaba trabajar. Gracias a la empresa familiar que dirigían su hermanastro Cesare y él, eran económicamente independientes.

Pero el trabajo llenaba las largas horas del día. Ese era el objetivo: acabar agotado para no pensar, para no recordar.

–Qué pena. A mí me encantaría viajar…

–Estoy aquí para trabajar –la interrumpió Gio–. Y después de un largo día en los tribunales, lo último que me apetece es ver monumentos.

Quizá así entendería que no estaba dispuesto a invitarla a un crucero por el Mediterráneo.

¿Le importaba que estuviese tan obviamente interesada por su dinero?

No, en realidad, le daba igual. Quería compañía femenina… aunque solo por una noche. Por eso le daba igual qué fuera lo que le gustaba de él. Porque con esos ojos azules, la melena rubia y esa boca tan invitadora, era la mujer más sexy que había visto en mucho tiempo.

La luz de las velas acentuaba los reflejos dorados de su pelo, el brillo nacarado de su piel. ¿Se habría dado cuenta de que, cuando se inclinaba hacia delante, podía ver el nacimiento de sus pechos?

Claro que sí. De hecho, sospechaba que era un movimiento estudiado.

Lo estaba haciendo de nuevo en aquel momento. Y Gio hubiera deseado que se quitase la chaqueta para ofrecerle una mejor panorámica.

–No te estoy pidiendo que me lleves de viaje –dijo ella entonces, con expresión suspicaz.

–No, claro que no.

Su respuesta no sonó genuina, pero le daba igual. Gio levantó la botella.

–¿Más vino?

–No, gracias.

Terrie empezaba a sospechar que había bebido más de lo conveniente. El alcohol y el calor del restaurante empezaban a marearla y decidió quitarse la chaqueta.

¿Habría leído sus pensamientos?, se preguntó Gio, irónico.

Sus movimientos para quitarse la prenda, la forma de echar los hombros hacia atrás y los pechos hacia delante, hicieron que le hirviera la sangre en las venas.

–¿Quieres postre?

–Me encantaría, pero estoy a dieta. No me tientes –sonrió Terrie, tocándose la cintura.

Si alguien estaba tentando a alguien, era ella. Aquel gesto era absolutamente premeditado.

–Tienes una figura perfecta y lo sabes. ¿Quieres que te regale los oídos?

–No estaba intentando…

Había algo en la sonrisa de Gio que la ponía nerviosa, pero su mirada la mantenía hipnotizada.

–¿Qué quieres que te diga, que eres preciosa? Pues lo eres. ¿Quieres que te diga que tu piel es perfecta, como la piel de melocotón?

También podría decirle que estaba deseando quitarle la blusa para darse un festín con los ojos, con la boca…

–Oh, por favor –sonrió Terrie, tomando su mano–. No exageres.

–¿No me crees?

–No. Solo intentas halagarme.

–Nunca intento halagar a nadie.

El tono con que había dicho aquello la hizo parpadear, confusa.

Un mechón de pelo rubio había quedado prendido a sus labios y Gio alargó la mano para apartarlo. Pero no lo soltó inmediatamente; lo enredó entre sus dedos hasta que Terrie se vio obligada a inclinar un poco la cabeza para que no le hiciera daño.

–Nunca… –dijo Gio entonces, mirándola a los ojos.

Ella tragó saliva, pero tenía la boca seca. Los otros clientes del restaurante parecían haber desaparecido. Era como si estuvieran solos en el mundo.

Soltando el mechón de pelo, Gio se lo colocó detrás de la oreja con tal ternura que a Terrie le dio un vuelco el corazón.

–Recuerda que nunca halago a nadie –repitió, tomando su mano–. ¿Un café, algún licor?

–Café.

Terrie tuvo que hacer un esfuerzo para hablar, tan alterada estaba.

–Lo tomaremos en el vestíbulo.

Era una orden, no una sugerencia. Gio no soltó su mano mientras se levantaban, y apenas le dio tiempo para tomar la chaqueta y el bolso antes de dirigirse hacia la puerta del restaurante.

También Gio parecía sentir la necesidad de estar en algún sitio más tranquilo, con menos gente… más íntimo. Igual que ella. Sus pensamientos, las sensaciones que aquel hombre despertaba no eran adecuados para el restaurante de un conocido hotel de Londres.

Y temía que esos sentimientos estuvieran impresos en su cara, que aunque encontrasen el sitio más oscuro, más apartado, el calor que sentía por dentro quemaría a cualquiera que pasara a su lado.

Pero si querían paz y tranquilidad aquel no era el sitio, porque los cómodos sofás del vestíbulo estaban ocupados. Casi todos los clientes que habían cenado en el restaurante estaban tomando café allí y no parecían a punto de levantarse.

–No hemos tenido suerte –dijo Gio.

–¿Crees que nos llevarían el café a nuestra… a tu… a mi habitación?

No sabía qué la había hecho pronunciar esas palabras. Y nada más hacerlo deseó que se la tragara la tierra. Sin embargo, por su expresión, él parecía estar pensando exactamente lo mismo.

–¿Es lo que quieres?

Gio estaba esperando una respuesta, pero Terrie había perdido el valor y solo pudo asentir con la cabeza.

Le daba igual que fuera una locura, le daba igual que fuese un riesgo subir a su habitación con un desconocido. Solo sabía que aquello no podía terminar allí, en el vestíbulo. No podía dejar que aquel hombre desapareciese de su vida sin saber hasta adónde podía llegar aquella inesperada relación.

Si hacía eso, lo lamentaría el resto de su vida.

De modo que asintió de nuevo, con más firmeza aquella vez, carraspeando para aclararse la voz.

–Sí –dijo por fin–. Eso es exactamente lo que quiero.