Capítulo 5
VEN AQUÍ, vamos a terminar lo que hemos empezado».
Aquellas palabras se repetían como un eco en su cabeza mientras esperaba que Terrie tomara una decisión.
Terminar lo que habían empezado.
¿Qué habían empezado? Y, sobre todo, ¿cómo iba a terminar? ¿Sería capaz de dejarlo en un revolcón, como había pretendido? No lo sabía y, en aquel momento, no le importaba.
Al día siguiente se marcharía sin mirar atrás. Podría decirle adiós y seguir adelante con su vida.
A la mañana siguiente.
Porque lo único cierto era que en aquel momento no podría hacerlo. No podría marcharse sin haberle hecho el amor a esa mujer, sin comprobar si la realidad de Terrie estaba a la altura de la promesa, del ansia que habían despertado esos besos.
Después de dos años de controlar sus impulsos sexuales, de trabajar hasta caer rendido en la cama, era como si el dique se hubiera roto. El muro que él mismo levantó cuando murió Lucía había caído y no podía controlarse. La quería aquella noche y, aunque solo fuera aquella noche, iba a tenerla.
–¿Teresa?
Terrie habría ido a cualquier parte con tal de oír su nombre pronunciado de esa forma. Sin embargo, la corta distancia que había entre la cama y los brazos del hombre le parecía imposible de atravesar.
No podía moverse, le temblaban las piernas y solo era capaz de mirarlo a los ojos. Y allí encontró las fuerzas para levantarse. Era todo lo que necesitaba.
Era dar un paso hacia lo desconocido y necesitaba coraje. No sabía qué pasaría después, solo que debía cerrar los ojos y dar el salto, confiando en que él no la dejaría caer.
Como en el ascensor, sus brazos estaban allí, esperándola. Y cuando levantó la cara, los labios del hombre cayeron sobre ella, duros, exigentes, apasionados.
Las vacilaciones desaparecieron mientras se entregaba a la caricia, el miedo se vio reemplazado por el deseo. Se sentía embriagada por el calor de su cuerpo, por el olor de su colonia.
Gio sujetaba su cabeza, enredando los dedos en su pelo para besarla a placer. Y lo que él quería era lo que Terrie quería. Todo lo que deseaba estaba en aquella pequeña habitación. El resto del mundo, su pasado, las preocupaciones por el futuro habían desaparecido. Solo existía el presente, aquel hombre y las llamas que se encendían entre los dos.
Y esas llamas la envolvían por completo.
Gio parecía saberlo, intuirlo quizá, porque empezó a tocarla apasionadamente, acariciando sus zonas más sensibles.
Sin embargo, esas caricias no saciaban el deseo de Terrie. Despertaban otro, más profundo, más primitivo. Uno tan potente y tan salvaje como la naturaleza y que exigía satisfacción inmediata.
–Gio…
Lo había dicho como un ruego, como una protesta. Quería más que aquella exploración de su cuerpo a través de la ropa. Quería sentir las manos del hombre sobre su piel, el calor de su carne, la expresión más básica del deseo de un hombre.
Y, al mismo tiempo, quería prolongar aquel momento hasta el infinito, quería que durase una vida entera. Porque solo una vida entera sería suficiente con Giovanni Cardella.
Nunca volvería a ser todo tan nuevo, tan desconocido, tan fresco. Y quería vivirlo todo porque se lo pedía a gritos el corazón. Pero sabía que, por mucho que quisiera retrasarlo, por mucho que quisiera disfrutar y saborear aquel momento, pronto tendría que terminar.
–Oh, Gio…
Aquella vez el tono era impaciente y sintió la sonrisa del hombre sobre su cara.
–Calma, bella mia, calma –susurró él sobre su boca–. Tenemos toda la noche.
Pero sabía que era mentira. No podía esperar, no podía retrasarlo más. Era aferrándose a las diferencias como había conseguido mantener el control hasta el momento. Las diferencias entre Teresa y Lucía; la única mujer en su vida durante muchos años.
Y las diferencias le habían parecido importantes al principio. El color de su pelo, por ejemplo. La larga melena rubia cuando el pelo de Lucía había sido corto y oscuro. Las piernas tan largas, que su cara estuviera mucho más cerca de la suya cuando se besaban…
En esos primeros segundos todo le había parecido diferente. Pero cuando Terrie lo besó, Gio abandonó el pasado. Lo único que le importaba era aquel momento.
Y Teresa estaba allí en aquel momento.
Y era lo que deseaba.
Lo que deseaba con todas sus fuerzas.
De modo que la besó de nuevo, perdiéndose en su boca. El calor de esos labios hacía que le hirviera la sangre. Quería disfrutar de todo el placer que le ofrecía, pero al mismo tiempo quería saborearlo, estirarlo, hacer que durase todo lo posible.
Deseaba que la blusa tuviera botones y desabrochar uno a uno para descubrir su tesoro, quería la emoción de la espera… pero cuando se la quitó de un tirón, el deseo enloquecido creció hasta el límite.
Sus esperanzas de ir despacio se fueron por la ventana y, cuando vio sus pechos envueltos en aquel sujetador de encaje rosa pálido, supo que estaba perdido.
–Teresa –murmuró, con voz ronca de deseo–. Teresa, cara mia, bella mia…
Terrie estaba perdida en aquel mundo de sensaciones, en el sonido de la voz masculina, en el exótico acento italiano que la hacía temblar de anticipación. El roce de sus manos, la caricia de sus dedos por encima del fino encaje del sujetador…
Esa caricia que despertaba una respuesta salvaje, creando un incendio entre sus piernas.
–Te deseo, Gio. Te deseo…
–¿Crees que no lo sé, angelina? Sé lo que deseas porque yo lo deseo también.
De nuevo la besó, sin dejar de acariciar sus pechos.
–No…
–Sé lo que quieres, cara –repitió Gio–. Estoy intentando ir despacio. Quiero que disfrutes…
Hablaba como si le costase un mundo contenerse, como si empezara a perder la cabeza. Terrie, más excitada que nunca en toda su vida, apretó la pelvis contra la dura erección del hombre.
Apretando los dientes, Gio bajó una mano para apretar sus nalgas, aplastándola con fuerza contra él.
–Pero si sigues restregándote así, no voy a poder controlarme.
–¿Te he pedido yo que te controles? –preguntó Terrie, provocativamente.
–No quieres que me controle, ¿eh? –murmuró él, sonriendo.
La tiró sobre la cama entonces, casi con brutalidad–. Tú lo has pedido, señorita…
Gio tiró del sujetador hacia abajo, aprisionándole los brazos y dejando los pechos desnudos expuestos a su hambrienta mirada. Cuando se metió un pezón en la boca y empezó a chuparlo con fuerza, Terrie sintió que se mareaba de placer.
–Gio… oh, Gio…
Su nombre era una letanía incoherente, tan incoherente como el temblor de sus manos mientras le desabrochaba la camisa.
Él la ayudó a quitársela y la tiró al suelo. Después, levantó su falda hasta las caderas.
–Medias de seda –murmuró, acariciando el encaje que apretaba sus muslos–. ¿Sabes cómo me ponen unas medias?
Terrie sacudió la cabeza, la melena rubia flotando alrededor de su cara. No lo sabía, pero podía imaginarlo al ver el brillo de sus ojos.
Las braguitas fueron descartadas inmediatamente. Gio la acariciaba con dedos expertos, atormentándola, hasta que Terrie abrió las piernas, sin vergüenza alguna.
–Gio…
–Lo sé, cara, lo sé…
Entre los dos consiguieron quitarse toda la ropa, pero la sensación de la piel desnuda solo consiguió encenderla más. Estaba tan cerca del momento que no podía esperar. Y cuando él pareció dudar un momento, se asustó.
–¿Qué ocurre?
–Teresa. No llevo… nada. ¿Y tú?
–No, no, no. No importa. Gio, por favor…
Lo había dicho con desesperación, con un anhelo urgente. Y, al mismo tiempo, levantaba las caderas, invitándolo.
Oyó que Gio lanzaba un suspiro de rendición antes de colocarse encima para embestirla con todas sus fuerzas.
En ese momento parecía haber perdido por completo el control. La tomaba casi con violencia, haciéndole perder la cabeza, olvidarse de todo excepto del hombre que estaba sobre ella… hasta que sintió una explosión que los envolvió a los dos.
Los primeros rayos del sol entrando a través de las cortinas despertaron a Gio y, por un segundo, se preguntó dónde estaba.
Podía oír el ruido de los coches, pero aquella no era su habitación. No era la elegante suite en la que había despertado desde que llegó a Londres.
Mientras su mente intentaba descifrar la información, un murmullo, como el maullido de un gatito, lo despertó del todo.
Teresa.
Los recuerdos golpearon a Gio con la fuerza de una bala.
Teresa. Terrie.
La mujer con la que había compartido cama aquella noche, con la que había hecho el amor. Y en cuyos brazos había olvidado durante unas horas la soledad y el vacío de su existencia.
Con ella había compartido algo que lo saciaba y lo dejaba hambriento a la vez. No pudo dormir hasta que la tomó una y otra vez, con un deseo abrumador que no pensó experimentar de nuevo en su vida.
En su cama encontró el olvido. Y en aquella mujer encontró una satisfacción sensual que no había experimentado nunca.
La mujer con quien había traicionado el recuerdo de su esposa.
–Oh, Lucía.
Haciendo un esfuerzo, se tragó un gemido de dolor y culpa. A su lado, Terrie se movió de nuevo, la despeinada melena rubia escondiendo su rostro dormido.
Gio se apoyó en un codo para estudiarla. Habría deseado apartar el pelo de su cara, pero el sentido común le decía que no lo hiciera.
Si la tocaba podría despertarla y no estaba dispuesto a arriesgarse… porque si se despertaba todo empezaría otra vez. Si lo miraba con aquellos ojos azules, nacería de nuevo el deseo de la noche anterior, la pasión que lo mantuvo prisionero durante horas.
Pero no podía engañarse a sí mismo. El simple recuerdo lo excitaba, el roce de su piel dormida, tan cálida, empezaba a hacerlo perder la cabeza. Era como una droga.
Tenía que enfrentarse con la realidad; la deseaba de nuevo. La noche de locura que habían compartido no consiguió saciarlo del todo. La deseaba en aquel momento, con un anhelo que ni el sentimiento de culpa ni los remordimientos podían aniquilar.
–Inferno! –musitó entre dientes, apartando el edredón, sin importarle que Terrie despertase o no.
Ella debía de estar demasiado cansada porque, aunque se movió de nuevo, siguió dormida, emitiendo una especie de suspiro que le llegaba al corazón.
Pero no podía tocarla. Una noche, se había dicho a sí mismo. Solo una aventura pasajera. No había sitio en su vida para nada más.
Su ropa estaba tirada por el suelo; los pantalones colgando de una silla, la camisa hecha una bola sobre los zapatos. Incrédulo, Gio se pasó una mano por el pelo.
Lo que necesitaba era una ducha. Una larga y reparadora ducha.
O una ducha fría. Algo que pudiera congelar el deseo que lo quemaba por dentro.
Pero no podía arriesgarse. El sonido de la ducha despertaría a Teresa. Y si iba a buscarlo…
–¡No!
Imaginarse en la ducha con ella, desnudos, con el agua caliente cayendo sobre sus cuerpos…
Gio tomó su ropa y entró en el cuarto de baño, cerrando la puerta tras de sí.
Tenía un aspecto terrible. El hombre que lo miraba desde el espejo tenía ojeras y sombra de barba. Su cabello, completamente despeinado, le recordó a Teresa, que había hundido los dedos en su pelo durante un orgasmo que sacudió su cuerpo como si fuera una descarga eléctrica.
Pero tenía que dejar de pensar en ella, tenía que dejar de recordar.
Después de lavarse la cara con agua fría, se pasó las manos por el pelo para intentar recuperar una imagen sobria; la imagen que tenía de sí mismo antes de que una bomba llamada Teresa le hubiera explotado en la cara.
Ella seguía dormida cuando salió del baño, de lado, con la cara oculta por el pelo.
Debería marcharse de allí inmediatamente. Desaparecer sin decir nada.
Pero no podía hacerlo. No podía marcharse. Tenía que decirle algo, aunque solo fuera un adiós.
Suspirando, Gio se dejó caer sobre una silla. Tenía que despertarla.
Dormida, tumbada allí en la cama, era demasiado bonita, demasiado vulnerable. Demasiado inocente.
Por fin, algo debió de despertarla. Gio observó el cambio en su respiración, cómo alargaba una mano para tocar el otro lado de la cama…
–Gio…
La vio parpadear, apartar de sí las telarañas del sueño. Sabía lo que sentía; la desorientación de despertar y no encontrar lo que uno espera.
–Estoy aquí.
Teresa sonrió. Una sonrisa todavía dormida que le daba un aspecto casi angelical.
–¿Qué haces ahí? ¿Y por qué estás ya vestido? ¿Tienes que ir a alguna parte?
–No… no es nada importante.
–En ese caso, quítate la ropa y vuelve a la cama.
–Me temo que eso no es posible.
–¿Por qué?
Su confusión la hacía parecer aún más vulnerable, más joven, más irresistible.
–¡Teresa, no!
–¿Qué?
–No me mires así. Por Dios bendito…
De nuevo, Gio se pasó una mano por el pelo, el gesto más expresivo que cualquier palabra.
–¿Cómo voy a dejarte si me miras así?