Capítulo 8

 

EL SÁBADO solía ser el mejor día de la semana. Un día en el que podía levantarse tarde y hacer lo que le apetecía sin tener que ir a trabajar.

Pero aquel sábado era diferente, pensaba Terrie, mientras se ponía unos gastados vaqueros y una camiseta rosa. O, más bien, parecía un día normal.

La semana anterior tenía trabajo. No el mejor trabajo del mundo, desde luego, pero un trabajo al fin y al cabo. Algo con lo que pagar el alquiler y mantener cierto grado de autoestima.

Pero ya no tenía trabajo. Tras su ausencia el último día del seminario, había sido despedida. Aunque eso era de esperar y, además, estaba harta de trabajar en Addisons.

Y, como resultado de la aparición de Giovanni Cardella en su vida, tenía la autoestima por los suelos.

–¿Y ahora qué hago?

Pero la pregunta era absurda. No tenía nada que hacer.

Se había pasado la semana limpiando el apartamento, pero como era un pequeño estudio con salón–cocina y dormitorio, la tarea terminó pronto.

Y después de hacer la compra en el supermercado, el fin de semana se presentaba largo y aburrido.

Cuando sonó el timbre, Terrie casi saltó de alegría. El portal estaba cerrado, de modo que debía de ser algún vecino.

–¿Eres tú, Barbara?

Como esperaba ver a su vecina, la aparición de un hombre alto, moreno e impresionante la dejó sencillamente estupefacta.

–Buenos días, Teresa –dijo una voz con acento italiano que no había esperado oír nunca más en su vida.

–¡De eso nada!

Terrie empujó la puerta, pero Gio fue más rápido y la detuvo con el pie.

–Buenos días, Teresa –repitió, con una sonrisa que habría derretido un iceberg–. Es un placer verte de nuevo.

–No esperarás que el sentimiento sea mutuo. Si no recuerdo mal, dije que no quería volver a verte.

–Pensaba que el paso del tiempo te habría hecho reflexionar.

–¡Para nada! No tengo nada que reflexionar. Me parece que dejé mis sentimientos muy claros, Gio.

–Pero podríamos hablarlo, ¿no? –sonrió él. Terrie apretó los dientes–. Bueno, menos mal que he venido preparado.

–¿Preparado para qué?

Terrie se quedó boquiabierta cuando él le dio una bolsa.

–Te he traído un regalo.

–¿Qué?

A pesar de todo, la curiosidad pudo con ella. En la bolsa había una enorme botella de coñac, la más grande que había visto en su vida, y una copa de globo hecha del más delicado cristal.

–Pero…

–Se me ha ocurrido traerte munición. Por si acaso querías seguir tirándome cosas.

Terrie se encontró a sí misma sonriendo. Pero inmediatamente se puso seria.

–¿Qué significa esto, Gio?

–Creo que no expresaste tus sentimientos del todo la última vez.

–¿Ah, no?

¡Aquello era imposible, absurdo! Quería estar furiosa, disgustada. Quería esconderse tras la rabia que la asaltó en la habitación del hotel como si fuera un escudo protector. Pero no podía encontrarla.

La repentina aparición de Gio la había pillado por sorpresa. Y, además, usaba el único arma que no habría anticipado: el humor.

–Prometo no apartar la cara siquiera.

Su tono resignado fue la gota que colmó el vaso. Terrie intentó evitarlo, pero no pudo contener una carcajada.

–Muy noble por tu parte. ¿Se supone que esto es una disculpa?

–Creo que te la debo –dijo él.

¿Aquel era el mismo Giovanni Cardella que conoció en el hotel una semana antes o había sido abducido por los extraterrestres?

–¿Una disculpa por qué? –preguntó por fin.

–Por no decirte toda la verdad. Mira..

El tono de contrición desapareció inmediatamente, para ser reemplazado por una nota de controlada impaciencia. Aquel era el Gio que conocía.

–¿No sería más fácil hablar dentro? Aquí pueden…

–¡Menuda cara tienes!

Sorprendida por su aparición, por el regalo, por el tono humorístico, había estado a punto de dejarse engañar otra vez. Incluso dio un paso atrás para abrir la puerta.

Pero no pensaba dejarlo entrar en su casa. No podía hacerlo si quería mantener la cabeza sobre los hombros.

–¿Por qué no puedo entrar?

–Apareces aquí, de forma inesperada… ¿cómo has entrado en el portal? –preguntó Terrie entonces.

–Me dejó pasar una señora. Dijo que vivía enfrente de ti.

Barbara, por supuesto. Barbara estaba divorciada y se volvía loca por una cara bonita, de modo que Gio debía de haberle parecido irresistible. Si le había regalado una de sus sonrisas, seguramente se habría derretido. Y si, además, había utilizado el carismático acento italiano, sin duda Barbara habría estado a punto de desmayarse.

Pero ella no era tan fácil de convencer.

–Pues puedes marcharte por donde has venido. No tengo nada que decirte… y no hay nada que quiera oír.

–Mi mujer ha muerto –dijo Gio entonces.

–¿Qué?

Por un momento, le pareció que el mundo dejaba de girar y tuvo que cerrar los ojos para mantener el equilibrio. Intentó agarrarse a la puerta, pero lo que tocó fue la chaqueta de Gio. Podía sentir el calor de su piel a través de la tela…

Haciendo un esfuerzo, Terrie volvió a abrir los ojos y lo miró, horrorizada.

–No, no, Teresa. No quería decir que hubiese muerto recientemente.

Ella dejó escapar un largo suspiro de alivio. No quería ni pensarlo. Si Lucía hubiera muerto durante aquella semana se sentiría culpable para siempre por haberla traicionado en sus últimos días.

–Dios mío…

–Creo que deberías sentarte –murmuró él, llevándola hasta el sofá.

Por supuesto, estaba manipulándola de nuevo, pensó Terrie. No había querido dejarlo entrar y, con aquella nueva información, Gio consiguió lo que deseaba. De algún modo, siempre se salía con la suya.

–No quiero sentarme. Y creo que deberías darme una explicación.

Gio respiró profundamente. Hablar de ello era muy doloroso. Decir: «mi mujer está muerta» era todavía una frase que le partía el alma. Tuvo que decirlo sin pensar, como si le arrancaran las palabras, o habría vuelto a callarse como un cobarde.

Y se había jurado a sí mismo no volver a serlo con Teresa.

–¿Qué quieres saber?

–Quiero saberlo todo.

Durante aquella semana había intentado convencerse a sí mismo de que no sentía nada por ella, que todo era una ilusión. Que la noche que pasaron juntos no fue más que una aventura pasajera.

Se decía a sí mismo que ninguna mujer podía afectarle tanto, que no podía estar tan fascinado solo por una noche, que exageraba el efecto que Teresa ejercía en él.

Aquella obsesión era debida a que había estado dos años sin mantener relaciones sexuales, dos años de celibato tras la muerte de Lucía.

Teresa no podía ser tan inolvidable, tan irresistible.

Pero al verla de nuevo supo que se había engañado a sí mismo. Era todo lo que recordaba… y más. Cuando abrió la puerta se quedó sin aire. Y estar tan cerca de ella sin poder tocarla, sin poder besarla… era una tortura insoportable.

Pero tenía que mantener las distancias. Al menos, hasta que le hubiera dicho la verdad.

–¿Por dónde quieres que empiece?

La mirada de desprecio de Teresa habría fulminado a un hombre con menos carácter. Pero Gio no pensaba dejarse amedrentar.

–Lo mejor sería empezar por el principio.

El principio. Cuando Lucía y él eran jóvenes e inocentes. Poco más que unos niños cuando decidieron que estaban hechos el uno para el otro. Pero esos eran sus recuerdos. Teresa no tenía derecho a compartirlos.

–Gio… Si quieres contármelo bien, si no…

Terrie no terminó la frase. Sencillamente, miró hacia la puerta con la barbilla firmemente levantada.

Él se pasó una mano por el pelo, nervioso.

–Lucía y yo estuvimos casados más de diez años…

–¡Diez años! Entonces, debíais de ser…

–Novios desde muy jóvenes, sí. Ella era todo lo que yo quería en una mujer. La amé desde el primer día y nunca dejé de amarla.

Gio había amado a su mujer. No tenía duda de eso, lo veía en sus ojos, en su voz ronca, llena de emoción.

Lo que sintió por su mujer era verdadero amor. La clase de amor con la que ella había soñado, la clase de amor que esperaba encontrar algún día.

Pero Gio no sentía eso por ella. Le entregó el corazón a otra mujer mucho tiempo atrás y empezaba a preguntarse si quedaría algo para otra persona.

–¿Qué pasó?

–Nos casamos y durante un tiempo tuvimos todo lo que deseábamos, incluso el hijo con el que habíamos soñado.

–Paolo.

–Sí, Paolo.

Algo cambió en la expresión de Gio. Con un abrupto movimiento, se apartó de ella para acercarse a la ventana, con las manos en los bolsillos del pantalón. Parecía concentrado en el tráfico de la calle, pero a Terrie no le pasó desapercibido el sospechoso brillo de sus ojos.

El deseo de tocarlo, de consolarlo, era abrumador, pero no se atrevió a hacerlo. Si la rechazaba no podría soportarlo.

Desde que apareció en la puerta, sus emociones eran una montaña rusa: primero la alegría de verlo en su casa, después la desesperación al descubrir que nunca podía significar nada para él.

Quería odiarlo. Odiarlo por cómo la había tratado, por cómo la había usado para descartarla después. Pero no sentía odio por él. Lo intentó y, a pesar de todo, no pudo hacerlo.

Y eso le daba mucho miedo.

–Así que nació Paolo…

Tuvo que hacer un esfuerzo para hablar. La actitud de Gio era distante; más que eso, parecía decir: «Aléjate». «El que traspase esta línea será detenido». No tenía que decirlo. Las palabras estaban en el aire como una nube negra.

–¿Qué pasó?

–El niño nació bien, Lucía estaba bien. O eso pensó todo el mundo. Nos llevamos a Paolo a casa…

Gio se volvió y Terrie tuvo que morderse los labios. La expresión de dolor que había en sus ojos, en sus facciones, le encogía el corazón.

–Un día, empezó a quejarse porque le dolía la cabeza –suspiró él entonces–. Fue diez días antes del cumpleaños de Paolo. Murió esa misma noche. No pudieron hacer nada por ella. Una hemorragia cerebral, dijeron los médicos. Algo que nadie podía predecir.

–Oh.

Hubiera querido abrazarlo, llorar con él… Terrie alargó una mano, pero la apartó inmediatamente, temiendo ser rechazada.

–Y cada día desde entonces me he ido a la cama deseando haberle dicho que la quería una vez más.

–Yo…

–¡No! No digas que lo sientes. No quiero oír eso nunca más en toda mi vida. Tuve que oírlo mil veces tras su muerte. Todo el mundo decía que lo sentía…

–Solo intentaban consolarte, Gio.

–Pues no me consolaban en absoluto. ¿Por qué cree la gente que diciendo eso te ayudan?

–No lo sé –admitió ella–. No puedo saberlo porque nunca he sufrido una pérdida tan terrible.

–Al menos eres sincera. No te podrías creer la cantidad de gente que dice entender lo que sientes.

–Yo no lo intentaría siquiera.

Terrie deseaba poder hacer algo por él, cualquier cosa. Pero solo se le ocurría algo práctico, algo que borrase el pasado en la medida de lo posible.

–¿Quieres una copa? ¿Por qué no te sientas un momento?

–¿Quieres decir que esta vez puedo beberme el brandy? ¿No me lo tirarás a la cara?

Intentaba bromear y el esfuerzo que le costaba hacerlo decía más sobre sus sentimientos que todas las lágrimas. Terrie respondió con una sonrisa.

–Quizá es un poco pronto para el brandy. ¿Qué tal un café?

–Muy bien.

¿Sabía Gio cuánto agradecía poder escapar, aunque fuera solo durante unos minutos? ¿Se daba cuenta de que necesitaba recuperar la compostura o pensaría que estaba sencillamente siendo una buena anfitriona, que su dolor le daba igual?

Solo necesitaba unos minutos para concentrarse en los asuntos prácticos. Tenía que refugiarse de todas aquellas emociones.

Concentrándose como si fuera un asunto de vida o muerte, Terrie llenó la cafetera de agua, echó el café, sacó las tazas…

Estaba sacando la leche de la nevera cuando oyó la voz de Gio detrás de ella:

–Yo lo tomo solo.

Ella asintió, nerviosa.

–Muy bien. Casi mejor porque esta leche lleva aquí una semana…

Estaba hablando por hablar, para llenar el silencio, para olvidar el hecho de que él estaba a su lado, tan cerca que podía oír su respiración.

–¿Azúcar?

–No, gracias.

Tuvo que darse la vuelta. Tenía que hacerlo si no quería parecer una idiota. La cocina era diminuta, pero con la imponente presencia de Gio había quedado reducida al tamaño de una caja de cerillas.

–¿Por qué no me preguntas, Teresa?

–¿Preguntar qué?

–Sabes muy bien a qué me refiero. La pregunta que quieres hacer desde que abriste la puerta.

–¿Qué pregunta es esa?

Lo sabía perfectamente, por supuesto. Pero no quería decirlo en voz alta.

–Quieres saber por qué estoy aquí, qué quiero de ti. ¿Por qué no me lo preguntas?