Capítulo 4
LAS PUERTAS del ascensor estaban cerrándose cuando Gio la abrazó. Aún podía oír el ruido metálico cuando sintió que la atraía hacia él. Y el saltito del aparato al empezar a elevarse la hizo caer sobre su torso.
–Bellezza… mia bella…
El ronco sonido de la voz masculina se perdió al sentir los fuertes latidos de su corazón bajo la cara; un sonido que se repetía como un eco en el suyo.
Unas horas antes había fantaseado sobre cómo sería estar entre sus brazos. Pero la realidad era mucho más intensa, más sensual, más excitante de lo que hubiera podido imaginar.
El sonido de su respiración y el calor de su aliento la envolvían, ahogándola en sensaciones.
–Teresa…
De nuevo, pronunciaba su nombre como si fuera algo raro, exótico, algo especial para él, y eso hacía que el corazón de Terrie diera saltos de alegría.
Desde el momento que tomó la decisión, había sido solo cuestión de segundos encontrar a un camarero y pedirle que subiera los cafés.
–Por supuesto, señor Cardella. ¿Los subimos a su suite?
–No, a la habitación… –Gio miró a Terrie.
–La 504.
Su habitación era la 504, de modo que estaba en la quinta planta… y el ascensor tardaba un poquito en subir.
Y Gio aprovechó esos segundos para tomar su cara entre las manos, para besarla en el pelo, en la frente, en los párpados… pero nunca en la boca.
Y durante esos segundos, abrazados como estaban, Terrie podía sentir la fuerza del deseo masculino rozando su estómago, la potente erección despertando en ella un anhelo desconocido.
–Gio…
Terrie tiró del fino material de su camisa. No podía esperar hasta llegar a la habitación, necesitaba tocar su piel allí mismo.
Le temblaban las manos mientras acariciaba su estómago plano, los marcados abdominales. Lo sintió estremecerse violentamente como reacción al contacto, oyó su respiración jadeante, el preludio de aquella noche de amor.
Maldiciendo en voz baja, Gio la aplastó contra la pared del ascensor. Estaban apretados el uno contra el otro en un fiero abrazo… la fuerza de su deseo entre las piernas de Terrie. Acariciaba con urgencia sus brazos, su cara, tirando del escote de la blusa para tocar sus pechos.
Ella intentaba moverse, aprisionada contra la pared, levantando la cara para ofrecerle su boca.
Pero Gio seguía sin besarla en los labios y Terrie se sentía privada de algo que deseaba con todas sus fuerzas.
–Gio… Gio, bésame.
Pero la boca del hombre seguía eludiendo la suya. Estaba tocando sus pechos, la atormentaba sensualmente apretando sus pezones con los dedos en una caricia tan devastadoramente placentera que casi dolía.
–¡Gio, maldita sea, bésame!
Sin poder soportarlo más, Terrie enredó los dedos en el pelo oscuro y buscó su boca.
Pensó que no iba a conseguirlo, que él iba a apartarse, pero cuando estaba a punto de emitir un gemido de derrota, los labios del hombre rozaron los suyos.
Pensó que iba a desmayarse de placer… aunque solo duró unos segundos. Unos segundos en los que nada importaba más que aquel beso.
Pero, de repente, él se apartó casi con desdén.
Y entonces el ascensor se detuvo.
–Creo que ya hemos llegado –murmuró Terrie, sin mirarlo.
Gio, respirando con dificultad, sus pómulos teñidos de un tono ligeramente más oscuro, estaba metiéndose los faldones de la camisa.
–Sí –murmuró, la voz ronca de pasión–. Claro.
Salieron del ascensor y recorrieron el pasillo sin decir nada. Terrie parecía tan abrumada por aquel momento de pasión como él. Le temblaban las manos al sacar la tarjeta del bolso y cuando intentó meterla en la cerradura se le cayó al suelo.
–Deja. Yo lo haré.
Gio tomó la tarjeta y la introdujo no sin cierta dificultad, murmurando una maldición entre dientes.
El tamaño de la habitación lo sorprendió. O, más bien, lo diminuta que era. No había visto una más pequeña en toda su vida.
–¿Esta es tu habitación?
En realidad, agradecía aquella distracción. Cualquier cosa que pudiera hacerle olvidar el beso en el ascensor.
–Esta es. ¿Qué pasa, Gio? ¿Te sorprende ver cómo vive la gente normal?
–¿Y cuánto has pagado por esto?
–No lo pago yo, lo paga mi empresa. Además, no todo el mundo puede pagar una suite. Hay un cuarto de baño… no muy grande, claro –sonrió Terrie, encendiendo la luz–. ¡Por favor! –exclamó, al verse en el espejo–. ¿Has visto qué pinta tenemos? Menos mal que no nos hemos encontrado con nadie en el pasillo. ¿Qué habrían pensado?
–Que acabamos de tener una pelea… o que venimos de una orgía.
Pretendía disimular el temblor de su voz haciendo una broma, pero no tenía ganas de bromear. Si era sincero, no podría poner nombre a lo que estaba sintiendo.
Y todo por un beso.
Solo un beso.
No. No «solo» un beso. Era la primera vez que besaba apasionadamente a una mujer… que no fuera su esposa.
El primer beso de su vida no lo había afectado de esa forma. La experiencia tuvo lugar muchos años atrás, cuando era un adolescente, y ya no recordaba el nombre de la chica.
Pero sí recordaba la primera vez que besó a Lucía. Lo recordaría siempre, toda la vida. Fue como volver a casa, como si todos sus sueños se hubieran materializado en aquella mujer pequeña y preciosa a la que había amado desde entonces.
Pero aquello… Aquello había sido diferente. Totalmente diferente del beso juvenil que compartió con Lucía. Había sido un beso como ningún otro. Y, aunque se negaba a creerlo, el beso más fieramente apasionado de su vida.
Al principio, cuando ella tomó su cara entre las manos, quiso apartarse. Pero cuando sus labios se rozaron…
Solo cuando el ascensor se detuvo pudo apartarse. Pensar que alguien podría verles evitó que hiciera el ridículo más espantoso.
–¡El café!
–¿Qué?
Gio estaba mirándose al espejo. Despeinado, con la mitad de la camisa fuera del pantalón, la corbata torcida… No podía creerlo. Pero menos podía creer que, después de cinco minutos, siguiera sintiendo el sabor de la boca de Terrie. No sabía si pasarse una mano por los labios para borrar aquel beso o mantenerlo allí, excitante, abrumador, recordándole lo que había sentido.
Y lo que quería volver a sentir.
–El camarero estará a punto de subir con los cafés. Será mejor que nos pongamos un poco presentables –dijo ella, tomando un cepillo para pasárselo por el pelo.
–No.
Terrie se detuvo, sorprendida.
–¿Qué…?
Pero no pudo terminar la frase porque, de repente, Gio la estrechó en sus brazos y buscó sus labios con desesperación.
De nuevo se veía tragada por el caleidoscopio de sensaciones que la habían asaltado en el ascensor. No podía pensar y le habría importado un rábano que un ejército de camareros entrase en la habitación.
Solo vivía para las manos de Gio, para los labios de Gio, para el ansia que sentía entre las piernas… un ansia que él había creado y solo él podría saciar.
Aquella vez, el beso fue una combinación de dureza y ternura; al principio violento, después suave mientras abría sus labios con la lengua, en una caricia tremendamente erótica. Gio sujetaba su cabeza con las dos manos; una indicación de su fuerza y de la facilidad con que podía usarla para excitar o controlar.
Terrie se sujetó a sus hombros porque le temblaban las piernas. Se sentía como perdida, como si no fuera ella misma.
No oyeron inmediatamente los golpes en la puerta, pero el camarero debía de haber llamado varias veces. Solo se separaron cuando sonó un móvil.
Gio la soltó, murmurando una maldición en italiano.
Abandonada tan inesperadamente, Terrie tuvo que dejarse caer sobre la cama. ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué le estaba pasando con aquel hombre?
Gio cruzó la habitación en dos zancadas y, mientras sacaba el móvil del bolsillo, le hizo un gesto al camarero para que dejase la bandeja sobre la mesilla.
–¿Dígame?
Debía de estar esperando esa llamada porque su rostro se transformó por completo. Los duros rasgos parecieron suavizarse y la sonrisa… aquella sonrisa hizo que el corazón de Terrie se detuviera durante un segundo.
La conversación era en italiano, pero entendió una palabra: «cara».
Querida.
«Cara mia».
Y esas palabras fueron como una bofetada, como un jarro de agua fría.
Cuando lo miró, tenía un nudo en la garganta y la sensación de haber encontrado algo muy especial… pero que acababan de arrancarle de las manos.
–Buona notte, cara.
Terrie apenas esperó un segundo. En cuanto Gio cortó la comunicación, decidió pedirle explicaciones:
–¿Estás casado?
–¿Casado? –repitió él, sin mirarla.
Había algo turbador en su reacción, algo frío, duro.
–Te he oído llamar «querida» a esa mujer. No hablo italiano, pero todo el mundo sabe lo que significa «cara». ¿A quién llamabas «querida»?
Gio tiró el teléfono sobre la cama.
–A mi cuñada. Megan Santorino, la mujer de mi hermanastro Cesare. Si no me crees, puedes pulsar el botón de última llamada.
–¡No necesito pulsar ningún botón! –exclamó Terrie.
–¿Me crees o no?
Ella lo pensó un momento.
–Te creo.
Gio tenía los dientes apretados, en un gesto casi violento. Pero entonces se pasó una mano por el pelo, dejando escapar un largo suspiro.
–No pasa nada.
¿Qué significaba eso? ¿Se cancelaba el tema? ¿Seguían donde lo habían dejado?
Pero aquella conversación lo había cambiado todo. Le había mostrado algo que era evidente: no conocía a aquel hombre, no sabía nada de él.
Y también había revelado otra cara de Giovanni Cardella, una muy diferente de la que le había mostrado en el restaurante. Había visto al Giovanni Cardella abogado, el hombre que había estado en los tribunales aquella mañana para ganar un caso de fraude internacional.
Y, francamente, ese hombre daba miedo.
–Está embarazada de siete meses.
–¿Quién?
–Mi cuñada. Espera un niño para mayo. Llamaba para quejarse del calor.
–¡El calor!
Terrie miró hacia la ventana. Como casi siempre en Londres, estaba lloviendo.
–Sicilia tiene un clima muy diferente de Inglaterra.
–Sí, claro.
Gio sonrió. Y ella necesitaba esa sonrisa. Necesitaba ese cambio de actitud. Porque aquello iba demasiado rápido. No lo hubiera creído posible, pero se sentiría devastada si tuviese que dar marcha atrás.
–Bueno, han traído el café.
El camarero también había llevado brandy, el líquido de color ámbar brillante dentro de las copas.
–¿Quieres café, Teresa?
Le gustó aquel tono íntimo, aquella nota invitadora que era como la promesa de un principio, no de un final.
–No –susurró–. No me apetece.
Lo que le apetecía estaba escrito en sus ojos.
Gio respiró profundamente, asintiendo. Y cuando se movió fue para alargar un brazo, invitándola a acercarse.
–Ven aquí –dijo con voz ronca–. Ven aquí, bellezza. Vamos a terminar lo que hemos empezado.