Capítulo 9
SÉ POR qué has venido.
–Pues dímelo.
Terrie sabía que estaba evitando el tema y sospechaba que Gio lo sabía también. La cocina era tan pequeña y había tanta tensión entre los dos que apenas podía respirar.
–Has venido a pedirme perdón. Al menos, eso es lo que has dicho.
También había dicho: «Tú sabes por qué estoy aquí. Lo que quiero de ti», pero no pensaba entrar en ese territorio. Era demasiado peligroso. No sabía que amenazas, qué riesgos la esperaban.
–Pero no me has pedido perdón, ¿no?
No podía seguir mirando la cafetera sin parecer una idiota, de modo que levantó la cara.
–He dicho que lamento no haberte contado la verdad.
–Muy bien. ¿Y qué más quieres?
Había un reto en los ojos oscuros del hombre. ¿Se habría recuperado tan rápidamente o era un genio escondiendo sus emociones tras una máscara? Terrie no estaba segura de querer conocer la respuesta.
–No voy a disculparme por algo que consentimos los dos –dijo Gio entonces, clavando en ella sus ojos–. ¿O intentas decir que te forcé?
–Por supuesto que no –replicó Terrie. Era imposible porque sería una mentira–. No estoy diciendo eso.
–Bene! Yo no me siento culpable por algo que los dos queríamos –dijo él entonces, mirando descaradamente sus pechos–. Algo que los dos queremos hacer otra vez.
Aquello fue demasiado. Si había ido a insultarla…
–¡Puede que tú quieras hacerlo! –protestó ella, furiosa–. Pero yo no recuerdo haber dicho nada parecido.
–No lo has dicho, pero a veces no hay necesidad de decir ciertas cosas. Las señales están ahí, en una mirada, en una sonrisa… –mientras hablaba, Gio alargó una mano para acariciar su rostro–. Un brillo en los ojos que no se puede esconder…
Terrie se apartó.
–¡No! Te equivocas. O quizá sencillamente ves lo que quieres ver. Tus sórdidas fantasías no son ciertas, lo siento.
–¿No lo son?
La sonrisa perezosa del hombre le hizo sentir un escalofrío por la espalda, aunque no podría decir si de miedo o de emoción.
–Puedes negarlo todo lo que quieras, carina, pero soy yo quien te está mirando a los ojos… y te aseguro que no hay nada sórdido en mis fantasías, nada en absoluto. Sencillamente, quiero repetir los placeres de la noche que pasamos juntos. Y estoy seguro de que tampoco tú consideras esos placeres como algo sórdido. ¿Cómo ibas a hacerlo si fuiste tú quien instigó la mayoría de ellos?
La había acorralado; si no mental, físicamente. Y Terrie decidió no contestar. ¿Para qué? Era cierto.
Pero ese comentario había logrado despertar recuerdos que quería olvidar, proyectando escenas eróticas de aquella noche. El simple roce de su dedo le había hecho recordar el sabor de su piel y las zonas más íntimas de su cuerpo despertaron a la vida sin que pudiera evitarlo.
Y la razón para aquellos sentimientos estaba delante de ella, dominando el pequeño espacio de la cocina y haciéndola sentirse del tamaño de un guisante.
Tragando saliva, Terrie decidió cortar por lo sano.
–Creo que estaríamos más cómodos en el sofá.
¡Cómodos! Menuda ironía. Sentirse cómodo era imposible cuando estaba tan cerca de esa mujer. Todo su cuerpo se ponía en alerta roja solo con su olor, con el sonido de su voz.
Y tocarla había sido un error. Un terrible error.
En cuanto rozó su piel recordó los apasionados besos, el húmedo interior que lo había recibido incontables veces durante la noche… y el deseo de tomarla entre sus brazos y besarla hasta dejarla sin sentido empezaba a ser insoportable.
Pero no podía hacerlo. La última vez que la besó terminaron los dos en una situación que no pudieron controlar.
Y aquella noche se había prometido a sí mismo pensar con la cabeza y no con lo que había bajo su pantalón.
–Muy bien. Adelante.
Pero también eso fue un error, porque para que Teresa pudiera pasar delante de él en aquella diminuta cocina tuvieron que tocarse. El roce de sus nalgas sobre su ya endurecida entrepierna fue una tortura. El sedoso pelo rubio rozó su cara mientras pasaba delante de él con la bandeja y Gio tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no hundir los dedos en aquella seductora melena.
¿Cómo podía Teresa reducirlo a tal estado de esclavitud sexual? ¿Cómo era posible que el mínimo roce lo dejase sin aliento?
–¿Gio? ¿Vienes?
–Sí, sí. Claro que sí.
Pero no podía sentarse. Se sentía como si caminara sobre brasas. Y, sin saberlo, Terrie empeoró el asunto sentándose con las piernas dobladas sobre el sillón.
Parecía una niña inocente con el pelo rubio cayendo alrededor de su cara como un halo. Pero el cuerpo que había bajo aquella camiseta era el cuerpo de una mujer. La postura hacía que la tela de los vaqueros se pegase a sus caderas y sus muslos, añadiendo más provocación al tormento.
–¿Por qué has venido? –preguntó Terrie entonces, sirviendo el café.
¿Cómo podía contestar a eso? Nervioso, Gio tomó un sorbo de café para buscar tiempo. Pero quizá lo mejor sería decir la verdad.
–He venido porque no podía dejar de pensar en ti.
–Ya, claro –murmuró ella, escéptica.
–De verdad. Quiero ser sincero contigo…
–Y yo también.
–Te contaré la verdad si te callas y me dejas hablar, Teresa. ¿Nunca dejas hablar a la gente?
–En general, sí.
–Muy bien. Esta vez quiero contarte la verdad, toda la verdad.
Y nada más que la verdad. Esas palabras le recordaron que Gio era un abogado de renombre internacional. Desde que se conocieron, no dejaba de leer cosas sobre él en los periódicos. No entendía cómo nunca antes se había fijado en aquel nombre.
–Muy bien. Adelante.
–Como te he dicho antes, he venido porque no podía dejar de pensar en ti. La semana pasada creí que lo mejor era no volver a verte. Y pensé que eso era también lo que tú querías.
–¿Qué crees que quería yo?
–Un revolcón, una aventura de una noche, nada más. Un poco de diversión.
–¡Diversión! Pensabas que… bueno, déjalo. Sigue.
Gio estaba paseando por el salón con las manos en los bolsillos, como un tigre enjaulado.
–Pensé que podría olvidarme de ti, pero no he sido capaz de hacerlo.
Terrie se irguió en el sofá. Sin poder evitarlo, empezaba a albergar cierta esperanza.
–No podía comer, no podía dormir. No podía concentrarme en el trabajo… Tenía que verte. No podía marcharme sin verte una vez más.
–¡Marcharte!
–Me voy mañana, Teresa.
–¿Adónde?
–A mi casa, a Sicilia.
«Me voy», no «iba a marcharme» o «había pensado marcharme».
Terrie no sabía qué era peor, que se hubiera ido sin decir una palabra o tenerlo allí, delante de sus ojos, haciéndole albergar locas esperanzas de que lo suyo no fuera solo un revolcón de una noche, de que hubiera un futuro para aquella relación.
Y en ese momento se dio cuenta de lo importante que era esa esperanza para ella.
–Entonces, ¿esto es un adiós?
–No tiene por qué serlo.
–Pero eso es lo que has venido a decir, ¿no? Que te vas.
–Teresa…
Gio se sacó una mano del bolsillo para pasársela por el pelo.
–Tengo que irme. El martes mi hijo cumplirá tres años.
Claro. Paolo.
–¿Quién cuida de él?
Tenía que decir algo, cualquier cosa para llenar el silencio. Porque no sabía qué decir. Gio se marchaba a Sicilia y ella no podía detenerlo.
¿Quería detenerlo?
La idea de decirle adiós la llenó de angustia y esa fue la respuesta. Pero era una respuesta que no resolvía ningún problema. Todo lo contrario.
–… en Taormina –terminó Gio.
Horrorizada, Terrie descubrió que no lo había estado escuchando.
–Perdona, ¿quién vive en Taormina?
–Los abuelos de Paolo.
–Ah, ya.
Gio no cuestionó su falta de atención, afortunadamente. No podía decirle que estaba haciendo planes, que estaba rezando para que aquello no terminase allí.
–Mi madre y mi padrastro. Aunque a veces se queda con Cesare y Megan.
–Ah, Megan, tu cuñada.
El nombre le recordó la conversación que mantuvieron la noche del hotel. Justo antes de que se volviera con los brazos abiertos…
«Ven aquí, bellezza», le había dicho. «Vamos a terminar lo que hemos empezado».
–¿Cesare es tu hermano?
–Mi hermanastro. Mi padre murió cuando yo tenía un año y mi madre volvió a casarse. Tuvo a Cesare con su segundo marido, Roberto Santorino.
–¿Y desde cuándo no ves a Paolo?
–Desde hace tres semanas.
El gesto de Gio le dijo que no era de aquello de lo que quería hablar, pero a Terrie le daba igual. Cada palabra, cada pieza de información era un ladrillo más en el muro tras el que quería esconderse. La barrera con la que se defendería cuando le dijese adiós para siempre.
–Te habrá echado de menos.
–Hablo con él todos los días por teléfono, pero no es lo mismo. Eso no es igual que abrazar a alguien cada noche.
–No.
Terrie solo pudo decir eso porque tenía un nudo en la garganta. Si Gio volvía a Sicilia, se terminaría todo, jamás volvería a saber de él. Seguramente, ni siquiera volvería a recordar su nombre, a pesar de que, según acababa de decirle, no podía dejar de pensar en ella.
Y a ella solo le quedarían los recuerdos. Recuerdos que, a juzgar por lo que había sufrido durante aquella semana, la asaltarían por las noches, cuando estuviera sola.
–Supongo que… Paolo estará deseando que vuelvas.
–Y también está deseando conocer a mi nueva amiga.
Terrie levantó la mirada. No entendía…
–¿Qué? –exclamó entonces, con los ojos muy abiertos.
–Mi hijo está deseando conocer a mi amiga –repitió Gio–. Quiere conocerte.
–¿Qué quieres decir?
–Es muy sencillo, Teresa. Tengo que volver a Sicilia y quiero que vuelvas conmigo.
–Pero…
Terrie dejó la taza sobre la mesa. No tenía fuerzas para sujetarla.
¿Había dicho aquello o lo estaba soñando?
–Me voy a Sicilia esta noche y quiero que vengas conmigo.
–¿Por qué? –preguntó ella, casi sin voz.
Gio dejó escapar un suspiro impaciente.
–Teresa, cara, ya te lo he dicho.
–¡Pero no te creo!
No se atrevía a creerlo. No quería que le partiese el corazón… otra vez.
–Créelo porque es cierto –dijo él, apoyando las manos en ambos brazos del sillón–. Créelo, bellezza, porque es la verdad. Quiero que vengas a Sicilia conmigo porque esta semana creí que me volvía loco sin ti. Porque me he pasado los días pensando en ti cuando debería estar trabajando.
–¿De verdad?
–De verdad –contestó Gio.
Terrie levantó la mirada. Su corazón le decía: «Quiere que me vaya con él, quiere que me vaya con él».
–Pero yo no sé…
–Quiero que vengas conmigo porque por las noches sueño con abrazarte… con pasar los dedos por tu pelo, con besarte en los labios.
Gio enredó los dedos en su pelo y la besó en la boca con un desespero que la dejó sin aliento. Terrie, abandonada toda pretensión, le devolvió el beso con todo el fervor que había estado conteniendo aquellos días.
Entonces él la levantó del sillón para aplastarla contra su torso, como si hubiera estado toda una vida conteniéndose. Exploraba su cuerpo con manos temblorosas mientras la apretaba fieramente contra su pelvis.
Aquel beso le estaba robando el alma, llevándose con él su capacidad de pensar racionalmente, de razonar. Solo podía besarlo, abandonarse a aquella fuerza primitiva, a aquella atracción sexual que la ataría siempre a aquel hombre.
–No puedo dormir, Teresa. Sueño con besarte, con tocarte, con poseerte –murmuró Gio sobre su boca–. Me duele todo el cuerpo de desearte tanto. No podía irme sin verte otra vez. Por eso he venido… para pedirte que vengas a casa conmigo.
«A casa».
Esas palabras sonaban a gloria. Eran la esencia de sus sueños, de las esperanzas que nacieron la noche que lo conoció. Hablaban de compartir, de la posibilidad de un futuro.
Quería que fuese a casa con él. Para conocer a su hijo, a su familia. El corazón de Terrie se hinchó de alegría.
–¿Qué dices, cara? –preguntó Gio–. ¿Cuál es tu respuesta, vendrás conmigo? ¿Quieres…?
–¡Sí!
No necesitaba que terminase la pregunta porque ya lo había decidido. Las interminables noches en las que mojó de lágrimas su almohada le enseñaron algo: si había una oportunidad, por pequeña que fuera, de volver a estar con Gio, la aceptaría.
–¡Sí! –repitió, emocionada–. Sí, iré contigo. ¡Estoy deseándolo! ¡Tardaré un segundo en hacer la maleta y…!
–¿Y tu trabajo? –preguntó Gio entonces, el ardiente amante convertido repentinamente en un hombre práctico.
El abrupto cambio de actitud era desconcertante.
–¿Mi trabajo? Ah, eso no importa.
¿Por qué tenía que recordar eso ahora?, se preguntó Gio. ¿Por qué, cuando era lo último que deseaba, tenía que recordar en aquel momento la otra cara de Terrie, una cara más fría, más manipuladora?
«No se puede esperar que aparezca un padrino rico todos los días», le había dicho en el hotel. Y se preguntó si esperaba de él algo más material que una noche de amor.
–Dijiste que pensabas dejar tu trabajo.
–La verdad es que me despidieron. Me perdí la última conferencia en el seminario y eso, por lo visto, es un pecado imperdonable. De hecho, hoy estaba preguntándome qué iba a hacer para pagar el alquiler de este piso. Incluso pensaba irme a casa de mis padres.
Pero no tuvo que hacerlo porque él había aparecido de forma providencial.
Gio se sintió tentado de cancelar la invitación. Decir que había sido un error. No quería que fuese a Sicilia con él.
Pero sería mentira. Porque había ido a su casa para decirle que no podía marcharse sin verla otra vez, que tenía que tenerla una vez más o se volvería loco.
Le había dicho la verdad sobre el vacío que sintió aquella semana, pero hasta que lo dijo en voz alta no había pensado invitarla a ir con él. Quizá era lo mejor; de esa forma la tendría cuando quisiera.
–Entonces, ¿te apetece pasar cuatro semanas bajo el sol?
Terrie reconoció la frialdad en su voz. Y si hubiera tenido que definir su mirada, habría dicho «calculadora». El apasionado y seductor Gio se había esfumado y, en su lugar, aparecía un hombre que la hacía sentirse incómoda.
–¿Cuatro semanas?
No había pensado en un período de tiempo determinado. Gio no le prometió que estarían juntos para siempre, pero tampoco esperaba que hubiese puesto una fecha.
–Yo creo que cuatro semanas es tiempo suficiente para estar seguro.
Terrie se mordió los labios. ¿Seguro de qué? Unos minutos antes habría sido tan tonta como para pensar que era «seguro de que la amaba», pero su repentino cambio de actitud había hecho sonar campanas de alarma.
–¿De qué necesitas estar seguro?
–No te hagas la tonta, Teresa –exclamó Gio–. No eres ninguna niña. Tú sabes que aquella noche no tomamos ninguna precaución. Tú sabes muy bien cuál podría ser el resultado de nuestra aventura.
La sangre de Terrie se heló en sus venas. Y el frío pareció llegar hasta su cerebro.
–No pasó nada –replicó, dando un paso atrás–. Y lo que hubo entre nosotros no fue una aventura. Fue un sórdido revolcón en un hotel, nada más. ¡Y no habrá ningún resultado!
–¿Puedes jurarlo? ¿Debo entender que…?
–¡No!
No podía mentirle sobre eso. No tenía por qué hacerlo.
–Si estás preguntando si he tenido el período durante esta semana, la respuesta es «no». Pero no tienes que preocuparte.
–¿Estás tomando la píldora? –preguntó Gio. Al leer la respuesta en su cara, dejó escapar un suspiro–. No, nada de píldora, nada de protección. Pero sigues pensando que no estás embarazada.
«Embarazada». Aquella palabra pareció quedar colgada en el aire como una barrera infranqueable.
–No lo estoy.
En realidad, llevaba toda la semana reprochándose a sí misma haber sido tan impulsiva, tan poco cautelosa. Aquella noche con Gio podría haberla metido en el peor embrollo de su vida. Pero todos los reproches que se hacía a sí misma no podían compararse con el desdén que vio en los ojos oscuros.
–Solo fue una noche.
–Madre di Dio! –exclamó él.
El dolor que le causó su expresión de disgusto fue tan horrible, tan desesperado, que tuvo que agarrarse a la pared.
–Es imposible que…
–Solo es una cuestión de tiempo.
–Lo sé, no soy tonta.
–Entonces, no te portes como tal. ¡Enfréntate a los hechos! Puede que estés embarazada… y si es así, tendremos que tomar una decisión.
–¡Yo ya he decidido lo que voy a hacer!
–¡Sería mi hijo!
–¡Solo a medias, Gio!
Pero intuía que para Giovanni Cardella, siciliano de pura cepa, sería solo hijo suyo. La mujer lo llevaría dentro durante nueve meses, pero al nacer se convertiría en un Cardella y nada más. A menos que la mujer fuera… Lucía.
–Yo cuidaría de él. Se lo daría todo…
–¡Yo también puedo hacer eso!
–¿Cómo? –exclamó él–. ¿En este apartamento diminuto, sin un jardín en el que pudiera jugar? ¿Y cómo ibas a mantenerlo? Ni siquiera tienes trabajo, Teresa. ¿O esperabas que tus padres mantuviesen al niño?
–Nunca he dicho eso.
–Entonces, ¿qué piensas hacer?
–¿De qué estás hablando? ¡No estoy embarazada!
Sin embargo, ese pensamiento había dado vueltas en su cabeza durante toda la semana.
–Pero podrías estarlo.
–Si lo estuviera… buscaría la forma de mantener a mi hijo. No voy a dártelo, si eso es lo que crees.
–Yo no te lo he pedido. Es cierto, ni siquiera sabemos si estás embarazada, pero tenemos que considerar la posibilidad. Solo te pido que vengas a Sicilia conmigo unos días… hasta que sepamos si lo estás o no. Allí te cuidarán bien.
–¿Tienes miedo de que le haga daño al niño… en caso de que exista? O algo peor… ¿de que me acueste con otro hombre e intente hacer pasar al bastardo por un Cardella?
Gio apretó los dientes.
–Solo serán unas vacaciones. Dijiste que hacía tiempo que no tomabas vacaciones, ¿no?
Unas vacaciones. La idea era maravillosa. Unas vacaciones en Sicilia… con Gio.
Diez minutos antes habría corrido a hacer la maleta. Pero diez minutos antes era una tonta, perdida en la fantasía de que Giovanni Cardella la amaba.
–Tengo que pensarlo.
–A mí me parece la única solución. Puedes quedarte en mi casa durante un mes. Si al final del mes no estás embarazada, podrás hacer lo que quieras.
–¿Y si estoy embarazada? –preguntó Terrie–. ¿Qué pasará si lo estoy?
–Eso lo decidiremos más adelante. ¿Quién sabe? Para entonces puede que esa pregunta se haya contestado sola.
–¿Crees que nos llevaremos tan bien que querré seguir contigo? ¡Pues te equivocas!
Terrie intentaba que no le temblase la voz. No quería mostrarle cuánto daño le estaba haciendo. Y, sobre todo, no quería mostrarle cuánto deseaba que fuera así, que pudieran sentir algo profundo el uno por el otro.
–Cosas más raras han pasado.
–A mí no.
–Yo no estoy buscando otro amor, Teresa. Ya lo tuve con Lucía y no volverá a suceder.
–Si estás intentando convencerme de que podría haber un futuro para nosotros, me parece que no lo estás haciendo demasiado bien.
¿No se daba cuenta de cuánto dolía saber que ella siempre sería una segundona, que nunca podría quererla como quiso a Lucía? ¿Que había amado a su mujer, pero ella solo le interesaba porque podría estar embarazada de un hijo suyo?
–Solo quiero que seamos sensatos –suspiró Gio.
–¿Por qué crees que esto puede funcionar?
–¿Por qué no? Nos entendemos muy bien en la cama. Eso es importante.
–¿Y el sexo es la respuesta?
–Es un buen principio.
«Y un final», parecía decir su expresión. Lo único que le interesaba de ella. Cualquier otro sueño que hubiera tenido se convirtió en polvo en aquel momento.
Pero casi inmediatamente una absurda esperanza se instaló en su corazón. Quizá había una oportunidad. Si aceptaba el plan de Gio, quizá… solo quizá, a medida que se fueran conociendo, podrían llegar si no al amor, al menos a un entendimiento. Y de ese entendimiento podría nacer algo hermoso con el tiempo.
Y Gio le había ofrecido tiempo.
Cuatro semanas nada más. Pero eso era mejor que nada. Mejor que verlo desaparecer de su vida.
Podía intentarlo, se dijo. Tenía que hacerlo. Después de todo, no tenía nada que perder.
–¿Cuál es la respuesta? ¿Vienes conmigo?
Por su forma de mirar el reloj, Gio estaba impaciente. Y Terrie tenía que decidirse.
–Muy bien. Iré contigo.
Él no pudo disimular una expresión de triunfo. Había conseguido lo que quería.
–Bene!
Había dado un paso hacia ella, con la evidente intención de besarla. Pero en ese momento Terrie no estaba preparada para sus caricias.
–Con una condición.
–¿Cuál?
–Mientras estemos en Sicilia, no me tocarás. ¿Entendido?
Estaba claro que aquello era lo último que él esperaba.
–¿Por qué?
–Porque sí.
Gio sonrió entonces, como si aquello fuera un juego y estuviera seguro de que iba a ganar.
–¿Eso es un reto, cara?
¿Un reto? Ella lo miró, sorprendida. ¿Cómo podía tomarse un rechazo como un reto?
Terrie dio un paso atrás al ver el brillo de sus ojos.
–Gio…
–¿No deseas que te toque? Bueno, si eso es lo que quieres, carina… –sonrió él, arrinconándola contra la pared.
Terrie intentó apartarse, pero era imposible. Gio la besaba apasionadamente en la boca y en el cuello, con unas caricias irresistibles.
–Hay muchas formas de hacerle el amor a una mujer sin usar las manos. Muchas formas de acariciar sin tocarla…
Y procedió a demostrárselo.
Usaba la boca como un delicado instrumento para conquistarla, besándola, mordiéndola en el cuello. Después pasó la lengua por su oreja, haciéndola sentir escalofríos. Y solo cuando notó que Terrie no iba a resistirse buscó su boca de nuevo.
–Ábrete para mí, adorata. Ábrete y deja que te muestre cómo un hombre besa a una mujer cuya imagen ve en sueños… la mujer que lo vuelve loco.
Terrie quería apartarse, pero su cuerpo tenía otras ideas. Sus huesos parecían derretirse y le temblaban las rodillas.
Pero él seguía sin tocarla; tenía las manos apoyadas en la pared, a cada lado de su cara.
Y no era eso lo que quería. Su cuerpo parecía acercarse al de Gio sin que ella pudiera evitarlo, sus pechos estaban hinchados, deseando caricias… Pero él solo usaba la boca para darle placer. Y ese placer, combinado con la sutil crueldad del control que ejercía sobre sí mismo, solo hacía que lo desease más desesperadamente.
–Gio…
Pronunció su nombre como un suspiro de rendición y una protesta a la vez. Terrie se apartó de la pared para apretarse contra su torso y él inclinó la cabeza para buscar el escote de la camiseta. La besó allí suavemente, el calor de su aliento convirtiéndose en una tortura.
–Oh, Gio…
Él sonrió, mientras tomaba la manga de la camiseta con los dientes y empezaba a tirar de ella hacia abajo…
Aquello era insoportable. Deliciosamente insoportable.
–Gio, Gio…
Sin pensar, Terrie levantó los brazos para enredarlos alrededor de su cuello. Y entonces él dio un paso atrás.
–¡Nada de tocarse con las manos! Nada de tocarse, bellezza. Tú misma has puesto las reglas.
Pero Terrie quería romperlas. Aquellas caricias la habían excitado de tal forma que necesitaba sus brazos, sus besos, sus caricias.
–Pero…
–Nada de tocarse –repitió él, arreglándose la chaqueta–. Tus reglas, cara mia. Así querías jugar, ¿no?
Terrie no encontró palabras para responder. Y, por supuesto, no pensaba rogarle que le hiciera el amor, que la tomase en sus brazos para llevarla a la cama. No se rebajaría a eso.
No podía admitirlo porque si lo hacía admitiría cuánto la afectaba el poder que tenía sobre ella. Sospechaba que Gio lo sabía, pero no quería poner ese arma en sus manos.
Durante unos segundos él la miró a los ojos. Y entonces sonrió, con una de esas sonrisas que la dejaban temblando.
–Mi avión sale a las cinco. Vendré a buscarte a las tres. ¿De acuerdo?
Terrie no contestó, pero él no parecía esperar respuesta.
–Tú has puesto las reglas, carina. Así que será culpa tuya si esto no funciona. Mientras estoy fuera, puede que quieras pensártelo.
Un segundo después se había marchado y Terrie se dejó caer en el sofá. Demasiado exhausta, demasiado abatida como para llorar, solo pudo enterrar la cara entre las manos y gemir de pura desesperación.