Capítulo 44

—Joss...

El nombre fue un suspiro apagado en la garganta de Lilah, y nadie lo oyó. No podía acercarse a él, ni admitir que a sus ojos era más que un esclavo a quien profesaba agradecimiento. Su padre y sobre todo Kevin ya estaban irritados y se mostraban suspicaces, dispuestos a pensar lo peor de Joss... y de ella misma.

Porque Lilah había pasado casi dos meses sola con él. Si la sociedad de la isla sabía eso y nada más, Lilah sería el tema de un escándalo furioso. Si ella hubiese naufragado con un blanco joven y viril que fuese soltero y se pareciese a Joss, el padre de Lilah ya estaría planificando un matrimonio forzoso. Pero como Joss era mestizo, casi carecía de existencia real por lo que se refería a la sociedad. El tabú que prohibía que una dama blanca respetable aceptara como un amante a un hombre como Joss era tan intenso que casi excluía la posibilidad de que algo semejante pudiera suceder. Por lo menos, en la mente del padre de Lilah. Otros miembros del círculo social al que ellos pertenecían, algunos de los cuales desde hacía mucho estaban celosos de la belleza y la riqueza de Lilah Remy, recibirían con agrado la difusión de tales versiones. Lilah podía imaginarse a esas personas frotándose las manos al ver cómo ella caía... La idea la atemorizaba casi tanto como la perspectiva de presenciar la cólera de su padre si él llegaba a descubrir lo que su hija había hecho.

No podía reconocer públicamente que amaba a un hombre de color, que se había entregado a él varias veces. Sabía que era una actitud cobarde de su parte, pero sencillamente no podía decidirse a dar ese paso. Frente a nadie, ahora o nunca. Su buen nombre, su familia y Joss significaban demasiado para ella.

Si llegaba a confesar lo sucedido, estaría firmando la sentencia de muerte de Joss. Lilah sabía tan bien como conocía su propio nombre que su padre arreglaría las cosas de modo que Joss estuviese muerto antes de que amaneciera un nuevo día si llegaba a saber la verdad de lo que había sucedido en esa isla. Su propio padre le había demostrado sobradamente la realidad de la situación en que Lilah podía encontrarse fácilmente si ella o Joss no se mostraban discretos. Esa mañana, cuando llegó al Bettina respondiendo al mensaje del capitán Rutledge enviado a Heart's Ease, después de entrar en el puerto, su padre se había sentido profundamente complacido de verla, había derramado lágrimas sentimentales y la había apretado contra su corazón. Kevin también la había besado, y ella se lo había permitido, pues no le quedaba alternativa.

Después los dos hombres habían comenzado a formular preguntas acerca de Joss. ¿Él la había insultado? ¿Se había mostrado excesivamente familiar? ¿Se había atrevido a tocarla? ¿Cuántas noches habían pasado solos los dos, en qué condiciones?

Cuando escuchó la primera andanada de preguntas Lilah comprendió con absoluta claridad que el único modo de salvar a Joss era mentir en todos los detalles de lo que había sucedido entre ellos. Se habían despertado las sospechas de los hombres al insistir en que se atendieran las heridas de Joss a bordo del barco. El capitán Rutledge informó acerca del asunto cuando insistió en que el padre de Lilah pagase la atención médica de Joss, agregando esa suma a la recompensa prometida, además del pago de la manutención de Lilah y Joss a bordo de la nave.

El padre de Lilah, acicateado por el relato de Kevin acerca de la conducta escandalosa de Lilah en relación con Joss mientras estaban en las Colonias, se había mostrado más duro que nunca con ella. Sólo su antigua costumbre, es decir el modo en que adoraba a su hija única, le había permitido serenarse.

Pero, si ella demostraba por Joss más consideración que lo que imponía la mera gratitud, ponía en riesgo la vida de su amado.

Lilah lo miró ahora, dominado por una furia silenciosa mientras permanecía de pie, entrecerrando los ojos para defenderlos de la brillante luz del sol; formuló el deseo de que él entendiese. Aunque dudaba de ello. A causa de su propio carácter, Joss no era hombre de medir las consecuencias cuando amaba. Pero Lilah suponía, y la idea la abrumaba, que ella era cobarde. Sin embargo, las consecuencias en su caso eran demasiado terribles.

Con un leve estremecimiento Lilah vio que las ropas que vestía Joss estaban desgarradas y que los pantalones negros y la camisa de seda color zafiro estaban reducidos a jirones. Pisaba las tablas de la cubierta con los pies desnudos. Tenía los cabellos muy largos, y, como carecía de un cordel para sujetarlos, descendían en ondas negro azuladas hasta los hombros. El contorno del bigote se confundía con la barba, que había crecido durante una semana. Pero ni siquiera el desaliño podía disimular las dos líneas negras de las cejas, o los ojos, que exhibían el verde brillante del plumaje de un ave exótica. No podía disimular la actitud arrogante y la mirada firme de un hombre orgulloso.

Al contemplar la firmeza del mentón, las cejas enarcadas con arrogancia que miraba al grupo cuyos miembros a su vez lo miraban, Lilah se dijo que jamás un hombre hubiera podido parecerse menos a un esclavo.

Tenía anillos de hierro en las muñecas, unidos por unos treinta centímetros de cadena. Cuando su conciencia tomó nota por primera vez de este detalle, Lilah contuvo la respiración. Después consiguió, y con mucha dificultad, contener sus sentimientos antes de traicionarse. Con un gesto rápido desvió la mirada y observó a Kevin y después a su propio padre: los dos miraban a Joss con expresión dura.

Lilah rogó que Joss no dijese nada que los traicionase a ambos.

—¿Este es el esclavo?

El padre de Lilah habló al fin y en su voz se expresaba la incredulidad. Había hablado a Kevin. El bueno y severo Kevin, que había logrado llegar a una isla poblada esa noche terrible, que había vivido en Heart's Ease todo el período en que ella había estado en la isla con Joss. Todo el período que ella había necesitado para ver que su propio mundo cambiaba definitivamente. Y para comprobar que también su corazón cambiaba definitivamente, aunque Kevin no lo sabía. Y nunca podría saberlo.

—Es un hombre de color. Le dije que podría pasar por blanco.

—Entiendo.

Los dos hombres continuaron examinando a Joss como si este fuera un caballo u otro animal sometido a inspección.

Lilah, que ya no podía continuar soportando esa implacable mirada de los ojos verdes, se volvió hacia su padre.

—Papá, me salvó la vida.

—Eso dijiste. — Miró a Joss un momento más, frunciendo el entrecejo—. Eso no me agrada. Si llega a saberse que estuviste sola con él varias semanas... — Meneó la cabeza — Merece mi gratitud porque evitó que te ahogaras y te salvó de lo que podría haber sido un destino aún peor a manos de esos malditos piratas. Pero la verdad lisa y llana es que sería mejor venderlo. Podríamos dejarlo aquí y encargar a Tom Surdock que lo ofreciese en la subasta.

—¡No! — La reacción de Lilah fue instintiva. Al ver la tensión en la cara de su padre se apresuró a explicar el acento premioso de su propia voz. Su padre y Kevin no debían sospechar... — Si... si lo vendieses, él... podría hablar con alguien. Relataría que... estuvo solo conmigo todo ese tiempo. Por supuesto, jamás me tocó, pero, si la gente descubriese que naufragamos juntos... Sabes cómo la gente se complace en la murmuración.

Los ojos de Lilah se posaron apenas una fracción de segundos en Joss, mientras intentaba medir la reacción provocada por sus palabras. La cara de Joss permaneció impasible, aunque sus ojos se entrecerraron, clavados en la cara de Lilah. Lilah rogó que él permaneciera callado. Sintió un escalofrío al recordar el temperamento de Joss, que en más de una ocasión había desembocado en una terrible explosión. Si él ahora perdía los estribos, si cedía a la furia que, como ella bien sabía, debía estar bullendo en su interior, todo se perdería para los dos. Pero si Joss estaba furioso lo disimulaba muy bien bajo esa cara de líneas imperturbables. Los ojos de Lilah se posaron brevemente sobre él, recorrieron la cara de Joss con la rapidez y suavidad de las alas de una mariposa. Después desvió la mirada hacia su padre, que meneaba la cabeza para rechazar la petición.

Lilah habló de nuevo, ahora con más desesperación que antes.

—Papá, ¿no comprendes que sería mejor retenerlo en Heart's Ease, hasta que la gente cese de murmurar? Sabes que apenas vuelva a casa, todos ansiarán oír el relato de mi naufragio. Puedo decir que, además de un esclavo, me acompañaba otra mujer. Pero si él dice algo diferente... Si lo conocen, y comprueban... que parece un blanco y que... bien, creo que será mejor que nadie lo vea, ¿no te parece? Si lo apartamos de la vista de todos, en Heart's Ease, antes de que pase mucho tiempo la gente encontrará otro tema de conversación. Y entonces... puedes venderlo, si lo deseas.

Dirigió otra rápida mirada a Joss, esta vez con un sentimiento de profunda culpa. No advirtió que él interpretase el silencioso pedido de disculpas, y en todo caso no vio indicios de que su expresión se ablandara.

—Imagino que tienes razón — admitió renuente su padre después de un momento prolongado.

Kevin no pronunció palabra y se limitó a mirar a Joss con esa expresión maligna que no agradaba a Lilah. Kevin, que estaba al tanto de las murmuraciones de la relación anterior de Lilah con Joss y que había presenciado la chocante familiaridad de Joss en la subasta de esclavos, tenía motivos especiales para odiar el hecho de que Joss hubiese pasado todas esas semanas a solas con Lilah. La antipatía de Kevin por Joss se desprendió de él tan claramente como el débil olor de la transpiración. Más tarde o más temprano habría dificultades entre esos dos, si ella no descubría un modo de prevenir ese desenlace.

Pero Lilah no podía preocuparse ahora de ese asunto. Tenía que concentrar los esfuerzos en convencer a su padre, a Kevin y al mundo de que Joss nada significaba para ella, salvo el hecho de que le había salvado la vida. La gratitud del ama con el esclavo era un sentimiento aceptable, y para complacer al mundo ella debía demostrar que eso era todo lo que sentía por Joss. No era mucho, comparado con lo que en realidad sentía, pero serviría para explicar los esfuerzos especiales que quizás hiciera por él.

—Tú, muchacho. ¿Cómo se llama? ¿Joss? Tú, Joss, ven aquí.

El padre de Lilah habló bruscamente, y el súbito cambio de tono cuando se dirigió a un hombre en quien veía nada más que un esclavo fue sorprendente. Lilah vio que los dos hombres se cruzaban miradas afiladas como sables y contuvo la respiración. Formuló íntimamente el deseo de que Joss mantuviese quieta la lengua e hiciera lo que se le ordenaba. Su padre tenía un temperamento tan explosivo como el de Joss. Aunque era un amo bondadoso, Leonard Remy no toleraba ninguna insolencia de sus esclavos. Y, a sus ojos, era un esclavo, una propiedad perteneciente a Heart's Ease, y nada más. El único problema era que Joss rehusaba aceptar esa jerarquía inferior.

En su propia mente, aún era Jocelyn San Pietro, capitán inglés y hombre de negocios, y un hombre libre. Las diferentes percepciones que los dos hombres tenían del lugar de Joss eran una fórmula segura para provocar el desastre.

La única esperanza de Lilah era llevar a Joss a la relativa seguridad de Heart's Ease sin incidentes. Allí, en el orden natural de las cosas, Joss y su padre rara vez se cruzarían. Cuando lo tuviese sano y salvo en Heart's Ease y la tensión se aliviase un poco, Lilah haría lo posible para liberarlo.

¡Sólo necesitaba que Joss confiase en ella y se mostrase paciente hasta llegar ese momento! Pero, conociendo a Joss, no creía que él se mostrase paciente mucho tiempo. El milagro era que hubiese guardado silencio hasta ahora.

Joss se adelantó lentamente, deteniéndose a pocos metros del padre de Lilah, y ella emitió un silencioso suspiro de alivio. Se mostraba cauteloso y esperaba ver qué sucedería antes de hacer nada. ¡Gracias a Dios!

—Salvaste la vida de mi hija. Más de una vez. — Era una afirmación, no una pregunta—. ¿Por qué?

La pregunta fue formulada con voz dura, disparada sobre Joss como una bala. Los ojos no vacilaron un instante.

—No permito que sufra daño una persona inocente, si puedo impedirlo.

La respuesta era perfecta. Directa, pero sin revelar nada del secreto de ambos. Lilah pudo sentir que parte de la tensión se disipaba en el cuerpo de su padre. Por su lado, Kevin mantenía el cuerpo rígido como siempre. En sus ojos había sospecha y parecía que vigilaba a Lilah tanto como a Joss mientras esta hablaba.

—Mereces mi gratitud.

Joss se limitó a inclinar la cabeza. Leonard dirigió una mirada a su hija, que permanecía silenciosa y pálida a su lado, y después miró de nuevo a Joss.

—Dice que no hiciste nada que afecte su honor. Era tanto un desafío como una pregunta.

—¡Papá! — Lilah estaba escandalizada.

Miró hostil e indignada a su padre. ¿Cómo podía formular una pregunta así en presencia de tantas personas?

—¡Calla, muchacha! Más vale aclarar esto, y ahora mismo. — Desvió los ojos de Lilah a Joss y los entrecerró, en una actitud calculadora—. Bien, muchacho, ¡contesta! ¿Hiciste con mi hija algo que pueda avergonzarla?

—¡Papá, estás molestándome!

La protesta de Lilah se originaba tanto en la alarma como en la vergüenza. Conociendo a Joss, la aterrorizaba la posibilidad de que su orgullo no le permitiese mentir. Y, si reconocía algo que se asemejase a la verdad, era hombre muerto, y ella no estaría mucho mejor.

—¡Dije que calles!

El tono del padre de Lilah era tan duro como jamás lo había mostrado al hablar a su bienamada hija única. Obligada a callar, Lilah sólo pudo mirar a Joss en una actitud de silencioso ruego. Pero él no la miró. Tenía concentrada la atención en el señor Remy.

—Señor Remy, puede tener la certeza de que nunca he deshonrado y jamás deshonraré a una dama.

Lilah percibió el filo disimulado en la frase, pero se sintió tan aliviada ante la diplomacia de la respuesta que no protestó. De modo que Joss le informaba, y muy sutilmente, que no la consideraba una dama. Bien, ya le haría pagar sus palabras. Pero después, mucho después, y a su propio modo.

—Muy bien — dijo el señor Remy.

Sus ojos miraron brevemente a Lilah, y ella sintió que recuperaban ánimo al ver el alivio en el rostro de su padre. Sin duda, creía que ella mantenía un estado tan virginal como el día que había partido de Barbados. Bien, el sentimiento de culpa podía ser incómodo, pero la verdad era mucho peor. Su padre estaba apaciguado; ¡lejos de ella la intención de desilusionarlo!

Leonard se dirigió al capitán Rutledge, que se había mantenido al margen del diálogo.

—Si no tiene inconveniente, manténgalo a bordo hasta que yo pueda adoptar las medidas necesarias para transportarlo a mi plantación. Enviaré varios hombres hoy mismo, más tarde, o a lo sumo mañana por la mañana, para recogerlo. Le agradezco nuevamente la bondad que demostró con mi hija y ya sé que usted comprenderá si le digo que ansío volver a mi casa.

—Mi futuro yerno... — Aquí, la voz de Leonard trasuntó el orgullo que sentía y repitió las palabras acompañándolas con una mirada afectuosa a Kevin—. Mi futuro yerno y yo llevaremos a casa a la joven, y la mantendremos allí. ¡No habrá más excursiones para ella! Deseo verla bien casada, y que no me acarree más preocupaciones. Su madrastra sin duda está agobiada por la inquietud en este mismo momento y se preguntará por qué tardo tanto en volver con ella a nuestro hogar.

Leonard ofreció la mano al capitán Rutledge, que la aceptó y la estrechó con la primera sonrisa que Lilah veía en su cara.

—Los hijos son verdaderos demonios, ¿verdad? Tengo seis varones, de modo que sé muy bien las preocupaciones que acarrean. — Soltó la mano el padre de Lilah y la extendió para pellizcar la mejilla de Lilah en un estilo jocoso y paternal Señorita Remy, vaya ahora con su padre, y que sea muy feliz. Me siento muy agradecido al destino porque no permití que mi carácter se descontrolara cuando la sacamos del mar y no la ahorqué con su acompañante al mismo tiempo que ejecutamos a los piratas.

—Yo... también me siento agradecida, capitán — dijo Lilah, incapaz de formular otra respuesta.

Después su padre la tomó de la mano y comenzó a alejarse con ella. Mientras descendía por la planchada, Lilah tenía perfecta conciencia, con cada paso que daba, de que un par de ojos color esmeralda le perforaban la espalda.