1 5 de enero de 1968 se aproximaba la hora de la
verdad. Don Juan Carlos cumplía ese día treinta años, la edad
establecida en la Ley de Sucesión para poder ser designado a título
de Rey, y el día 30 nació su primogénito y heredero, el infante don
Felipe.
El 7 de febrero, treinta y siete años después de su exilio, llegó al aeropuerto de Barajas la reina Victoria Eugenia para asistir, en calidad de madrina, al bautizo de su bisnieto, el infante Felipe.
La reina se alojó en el palacio de Liria, que pertenecía a su ahijada Cayetana de Alba, donde tres mil personas hicieron cola para visitarla. Durante la larga audiencia, permanecieron a su lado Cayetana y su nieto predilecto, Alfonso de Borbón Dampierre, que no se separó de su abuela durante los tres días que estuvo en Madrid, ante el recelo de don Juan.
Durante el acto social que siguió al bautizo, la reina le dijo al Caudillo: «Franco, aquí tiene a los tres, elija. Designe rey en vida. Después no será posible».Y Franco contestó que así lo haría.'
Poco antes, la reina Victoria Eugenia le había dado un mensaje a Alfonso Osorio, vicepresidente en el primer Gobierno de Adolfo Suárez, para que se lo transmitiese a Franco:
Tú eres el yerno de Iturmendi [presidente de las Cortes], ¿no? Pues dile a tu suegro que le dé a Franco este mensaje: aunque para mí el rey es don Juan, todos nos hacemos viejos y nadie sabe lo que puede pasar si las cosas no se resuelven. Lo primero es España, lo segundo la monarquía, lo tercero la dinastía y lo cuarto es la persona.Y el príncipe [don Juan Carlos] está maduro.2
La Reina había lamentado ya, cinco años antes, la posibilidad de que pudiese descartarse a don Juan, en su conversación con José María Doussinague, embajador ante elVaticano.Victoria Eugenia sospechaba desde entonces que podía efectuarse el salto dinástico y aceptaba ahora, sin sorpresa, la sucesión en su nieto Juan Carlos.
Don Juan barruntaba también la posible traición de su hijo y optó por anticiparse a la designación con una carta, redactada por Pemán el 12 de octubre, en la que apelaba a la lealtad de don Juan Carlos:
[...] El hecho de haber cumplido los treinta años no debe, en manera alguna, modificar en ti esa posición leal y disciplinada, pero sí debe darte una nueva entereza frente a los que quisieran desviar tu camino, y también, como representante mío personal y legítimo...'
En la misma línea que su padre reclamaba, don Juan Carlos hizo unas declaraciones a la periodista francesa Francoise Laot, que publicó la revista Point de Vue el 22 de noviembre: «Nunca, nunca aceptaré la Corona mientras mi padre esté vivo».
Pero, por razones obvias, estas palabras disgustaron a don Juan Carlos en cuanto las vio publicadas en la revista francesa, y negó haberlas pronunciado.
López Rodó, sin embargo, admitía que pudieran ser ciertas: «Quizá eran consecuencia de la carta que don Juan escribió a su hijo el mes anterior». Mientras que Alfonso Armada las consideraba apócrifas.
¿Pronunció en realidad don Juan Carlos aquellas trascendentales palabras? La verdad es que la periodista francesa había recogido en su reportaje unas declaraciones efectuadas por don Juan Carlos en 1965 y publicadas en la revista Time el 21 de enero de 1966.
Un mes después del reportaje aparecido en Point de Vue, el 29 de diciembre, el corresponsal en Madrid de The NewYork Times, citando fuentes oficiales bien informadas, titulaba así su artículo: «El príncipe Juan Carlos ha hecho saber que subiría al Trono pese a la candidatura de su padre, si le fuera ofrecido».
Don Juan Carlos se apresuró a neutralizar el efecto negativo de su declaración sobre sus aspiraciones al trono, promoviendo la publi cación de otra entrevista firmada por el director de la agencia Efe, Carlos Mendo, en la que dejaba abierta la posibilidad de reinar algún día: «Cumpliré la promesa de servirla [a España] en el puesto en que pueda ser más útil al país, aunque esto pueda costarme sacrificios...».
Y esos «sacrificios» a los que aludía no eran otros que apartar a su propio padre del trono y acatar, como requisito ineludible, los Principios del Movimiento.

Mientras, su primo Alfonso de Borbón Dampierre veía esfumarse poco a poco sus esperanzas sucesorias, pero seguía reafirmándose en sus derechos dinásticos, siendo consciente de que la Ley de Sucesión le convertía a él también en candidato al trono.
Tampoco abandonaba su talante precavido, negándose a interferir en la gestación final de una decisión que Franco tenía ya prácticamente tomada en favor de Juan Carlos, a quien respaldaban al unísono Carrero Blanco y López Rodó.
El 24 de octubre, el almirante celebró un largo despacho con Franco en El Pardo, durante el cual le leyó un extenso informe de quince folios que había preparado con López Rodó. El documento llevaba por título «Consideraciones sobre la aplicación del artículo 6 de la Ley de Sucesión», y su principal conclusión era así de rotunda: don Juan Carlos era el mejor sucesor posible si juraba lealtad a los Principios del Movimiento. Don Juan y don Alfonso quedaban descartados. Pero Borbón Dampierre, advertía Carrero, «puede ser una conveniente reserva».
De todas formas, el veredicto del informe era bastante descorazonador para el duque de Cádiz: «El Príncipe don Alfonso, en quien pudo pensarse inicialmente por ser hijo del Infante don Jaime, no ha recibido la formación que se ha dado a su primo, tiene otras características personales menos favorables, está aún soltero y, en todo caso, sólo puede ser una conveniente reserva».4
Carrero ponía el dedo en la llaga: don Alfonso, en efecto, no se había educado en las mismas condiciones que su primo Juan Carlos, que llevaba en España desde 1948.
Este último se había formado en las Fuerzas Armadas y en la universidad, y desde mediados de los años cincuenta estaba presente en los medios de comunicación y en la vida pública, con una agenda de relaciones y cierto respaldo en los círculos de poder españoles y europeos.
Pero había otra diferencia que jugaba también en contra de los intereses de Borbón Dampierre, como era el hecho de que, al contrario que su primo Juan Carlos, él estaba entonces soltero y su boda con la nieta de Franco no se celebraría hasta tres años después.
Con razón, Juan Balansó afirmaba, muy seguro: «Si aquella boda [Borbón Dampierre-Martínez-Bordiú] se hubiera celebrado antes de 1969, posiblemente Juan Carlos no hubiese sido jamás proclamado sucesor».
Por si fuera poco, mientras don Juan Carlos preparaba ladinamente su camino hacia el trono, don Alfonso se distrajo abriendo dos nuevos paréntesis amorosos en su vida con las bellas actrices de cine italianas Eleonora Rossi-Drago y Marilú Tolo. Su inoportuno instinto de Borbón le hizo perder un tiempo precioso para sus aspiraciones.
Con Eleonora empezó a salir en 1959, cuando la actriz era ya famosa. Se conocieron durante el rodaje de Un maledetto ímbro lío, de Pietro Germi. El noviazgo duró cinco años. Ella se llamaba en realidad Palmira Omiccioli, pero gracias a la ocurrencia del director de cine Luigi Comencini, a cuyas órdenes trabajó la actriz, se puso el nombre artístico de «Eleonora», añadiendo después el apellido de su ex marido, Rossi, y uniendo a éste el de la principesca familia romana del Drago.
Mujeriego impenitente, el duque de Cádiz puso fin a la relación en cuanto se cruzó en su camino otra belleza transalpina: Marilú Tolo, con la que estuvo hasta poco antes de casarse con Carneen Martínez-Bordiú.
A diferencia de Rossi-Drago, que era una señora, Marilú Tolo montó un escándalo tras su ruptura con don Alfonso, asegurando en las revistas del corazón que fue ella la que cortó con el duque de Cádiz y entregándole, despechada, todos sus recuerdos: «Le he devuelto sus regalos sentimentales: un brazalete de diamantes, muchos discos, algu- nos libros, perfumes -las botellas ya estaban casi vacías, claro- y fotos».
Mientras don Alfonso, distraído, bebía aún los vientos por Marilú Tolo, el jefe del Estado tomó la gran decisión que había mantenido en vilo al país durante más de veinte años. Tras un breve silencio, Franco respondió escuetamente a Carrero: «Conforme con todo».
El vicepresidente del Gobierno dio cuenta a López Rodó de la decisión de Franco y éste informó de inmediato a don Juan Carlos, en La Zarzuela. Por eso la declaración aparecida en Point de Vue, en la que el príncipe prometía que no aceptaría el trono mientras su padre viviese, había disparado la alarma en los despachos del poder.

Pero antes de producirse la designación, otra nueva desgracia estaba a punto de sacudir a la rama más trágica de los Borbones.
El 10 de marzo de 1969, el mismo año de la designación de don Juan Carlos como sucesor, su primo Alfonso de Borbón Dampierre llamó por teléfono desde Lausana a su padre, que se encontraba en París, para comunicarle que el estado de salud de la reinaVictoria Eugenia empeoraba sin remedio, presintiéndose su cercano final.
A su regreso de España, donde había asistido al bautizo de su bisnieto Felipe,Victoria Eugenia había pasado una temporada en la casa de Montecarlo que le cedían sus amigos los príncipes Raniero y Grace. Pero tuvo la mala fortuna de tropezar en su dormitorio con uno de sus perros y darse un fuerte golpe en la cabeza. Encontrándose mejor, regresó a Lausana para reponerse pero contrajo allí una hepatitis que alarmó de nuevo a la familia, mientras en Vieille Fontaine, residencia de la reina, se seguía con sumo interés la posible restauración de la monarquía en España a raíz de la promesa que Franco había hecho a doña Victoria Eugenia en Madrid.
Tras escuchar el dramático mensaje de su hijo, don Jaime pasó toda la noche en vela. Quería a su madre con locura y siempre había buscado refugio en ella, muchas veces infructuosamente, manteniéndola al corriente de su tempestuosa relación con la prusiana Carlota Tiedemann, cuya hija, Helga Büchler, se hacía llamar Helga de Borbón en los círculos sociales franceses para dar la impresión de ser un genuino miembro de la Familia Real. Este hecho disgustaba a don Jaime, que en más de una ocasión había desahogado su indignación con la reina.
Otras veces había recurrido don Jaime a su madre para descargar la frustración que sentía cuando, en el curso de una conversación con una mujer atractiva durante una fiesta, se perturbaba y enojaba por su limitación para comunicarse con ella. Su recurso entonces era casi siempre el mismo: pronunciaba con los labios la palabra «cuarto» y señalaba con el índice hacia la parte superior de la casa.
Su madre le escuchaba, pero no le perdonaba su desordenada vida, incurriendo así en un agravio comparativo con su marido, el rey Alfonso XIII, a quien había dispensado sin rechistar sus continuas infidelidades.
La reina respetó siempre las decisiones de su esposo, sobre todo en materia de sucesión. Consideró en todo momento a don Juan como legítimo heredero de su padre pero, ante el riesgo de que la monarquía jamás fuese instaurada por Franco, acabó consintiendo que su nieto Juan Carlos fuese el sucesor.
Doña Victoria Eugenia tampoco perdonaba a don Jaime su actitud beligerante ante la sucesión, y se había opuesto a que anulase las renuncias para reivindicar sus derechos por encima de los de su hermano Juan y los de su sobrino Juan Carlos.
Pero, ante el doloroso trance de su madre, el corazón del hijo se resintió. Cuando don Jaime llegó a Lausana, donde la reina agonizaba, se encontraban ya allí su hermano don Juan y su sobrino Juan Carlos, junto a sus hijos Alfonso y Gonzalo.
Al ver aparecer a su padre acompañado de Carlota Tiedemann, éstos expresaron su malestar, especialmente Alfonso, que se mostró así de indignado ante Alderete:
-Esta mujer [Carlota] está loca, y mi padre no tiene ninguna voluntad. Instalarse aquí, en pleno centro de Lausana, cuando la reina se está muriendo... Es un verdadero desafio. Piensa que mi madre, a quien Guenguen quería mucho, se abstiene de estar presente. Ha venido hace quince días a darle su adiós, pero para ella es un deber el no complicar la situación.
Alderete intentó disculpar a Carlota:
-Piense que ella es la esposa legítima de su padre, y que no ha querido dejarle solo sabiendo que estaban aquí otros miembros de la familia que no le tratan precisamente bien.
Pero don Alfonso quiso averiguar lo que más le inquietaba:
-¿Crees que ella tiene intención de asistir a los funerales de la reina?
-Que tenga intención de hacerlo, puede estar convencido de ello; ahora bien, que lo haga es otra cosa.
Carlota, en palabras de Alderete, estaba dispuesta a librar «la batalla de su vida». Previendo que el acontecimiento reuniría en Lausana no sólo a la Familia Real y a la nobleza española, sino a toda la alta sociedad europea, se propuso reafirmar ante los que la desacreditaban su condición de esposa del infante y heredero de la Corona de España, don Jaime de Borbón y Battenberg.
Su primer paso, una vez adquirido el vestido y sombrero de duelo, fue atraerse incondicionalmente a don Jaime, lo cual logró sin mucho esfuerzo.
A continuación, en connivencia con Alderete, procuró arreglar el protocolo para que don Jaime presidiese los funerales de la reina, desplazando a don Juan.
El propio Alderete expuso así el ridículo plan a don Alfonso de Borbón Dampierre, intentando involucrarle en él:
Si don Juan insistiese en presidir el acto, don Jaime deberá rogarle cortésmente que le ceda el puesto; si don Juan rehusase hacerlo, don Jaime le empujará con suavidad; si don Juan resistiese, don Jaime acentuará el empujón. Pero si como es probable -pues la mayoría de los españoles que se desplazarán a Lausana son «juanistas»no se pudiese llevar a cabo la maniobra de don Jaime, entonces éste, que no debe permitir jamás una pelea fraternal junto al féretro de su madre, abandonará su sitio y, atravesando toda la iglesia, ocupará un lugar en la última fila de invitados. En ese momento, usted,Alfon so, y su hermano Gonzalo harán lo mismo que su padre, colocándose detrás de él.
Pero el duque de Cádiz rechazó aquel burdo montaje. Defendía, sin duda, los derechos de su padre y los suyos propios al trono de España,pero no estaba dispuesto a reivindicarlos sirviéndose del sepelio de su abuela.
El estado de la reina, sorprendentemente, se estabilizó durante unos días. Los doctores aseguraron que resistiría, pero apenas un mes después, el 15 de abril, fallecía a los ochenta y dos años.
«Fue el gran dolor de mi vida», recordaba Alfonso de Borbón Dampierre, que pasó horas interminables junto a su cabecera, mientras la reina le pedía que le diera masajes en las piernas y en los pies para paliar el fuerte dolor que padecía.
La última frase que ella le dirigió, en inglés, quedó para siempre grabada en el corazón de su nieto mayor: «Alfonso, darlin,q, I love yon so much!».
Llegado el momento de las exequias, surgieron las dos grandes dudas: ¿Presidiría don Jaime la ceremonia? ¿Asistiría el infante acompañado de su esposa? El primer asunto planteó problemas, dado que durante el entierro, en el cementerio de Bois deVaux, se produjeron momentos de tensión entre don Jaime y don Juan cuando el primero se empeñó en presidir el duelo alegando que era el hermano mayor. Pero las infantas Beatriz y Cristina, los Torlonia y los Marone lograron convencer a don Jaime de que su hermano era quien debía encabezar el acto.
Finalmente, para amortiguar los recelos de don Jaime, se acordó que éste presidiera el funeral, al que Carlota no asistió.

Meses después de la muerte de su madre, don Jaime y Carlota se trasladaron a vivir a Lausana. Ocuparon allí un coqueto chalé, que inauguraron con una pequeña fiesta el día de Santiago, patrón de España.
Hasta entonces habían residido en París, donde el veterano periodista Juan Bellveser, corresponsal de varios medios de comunicación españoles en Francia, había tenido ocasión de tratar a fondo a don Jaime.
El infante llevaba últimamente una vida apacible. Se levantaba temprano y sacaba a pasear a su teckel Caramba I, y luego a Caramba II en la «dinastía canina» del hogar.
Con frecuencia iba a dar una vuelta con Bellveser en su coche «topolino» que tanto le divertía, encogiéndose como un saltamontes gigante para poder entrar en el minúsculo automóvil.
Don Jaime, según Bellveser, era un excelente conductor (a pesar del atropello que había protagonizado en Italia, dejando inválida a su víctima).
Un día, el prefecto de París, Dubois, se dispuso a poner fin a los ruidos de vehículos en la ciudad, y prohibió el uso del claxon. El infante celebró aquella medida, habituado por su sordera a conducir en completo silencio.
El periodista daba fe de su sinceridad proverbial. En una ocasión, durante una cena con diplomáticos iberoamericanos y personalidades francesas, los comensales elogiaron la crema de langosta que acababan de servirles, elaborada por una cocinera bretona. Cuando estaban a punto de pedir que alguien fuese a felicitar a la brillante artífice de aquel plato, don Jaime intervino así de escueto:
-Esta sopa es de bote. La compramos en la tienda de al lado...
Solía recibir la visita de delegados legitimistas franceses, que le consideraban su auténtico rey, y a su hijo Alfonso, el delfin. Muchos de sus partidarios le besaban la mano en los actos presididos por él y le manifestaban su adhesión de forma a veces conmovedora.
En una ocasión, uno de esos delegados se regocijó ante don Jaime por la multitudinaria asistencia a una misa organizada por los legitimistas en la catedral de Reims, a la que el infante no pudo acudir.
-La iglesia estaba llena, monseñor -dijo, entusiasmado.
-No lo dudo -corroboró don Jaime.
Y acto seguido hizo poner los pies sobre la tierra a su emocionado partidario:
-Pero anteayer era domingo, ¿verdad?
Bellveser resaltaba el carácter bondadoso de don Jaime, quien, «por complacer a quienes miraba como amigos (y la verdad es que muy pocas veces tuvo suerte con las personas que le rodearon), accedía a dar el aval de su presencia, cuando no de su firma, a reuniones o gentes de las que lo menos que puede decirse es que no lo merecían».
Más de una vez se lamentó ante el periodista por el aislamiento en que le sumía su sordera, y a punto estuvo de echarse a llorar. «Entonces -advertía Bellveser-, buscando argumentos para consolarle, recordé a Charles Maurras -el gran doctrinario de la monarquía-, cuya sordera le ayudó a llevar una vida interior que se tradujo en una labor de escritor extraordinariamente fecunda. Don Jaime, sencillo y humilde, como siempre, me miró y dijo: "Sí, pero Maurras era un hombre muy inteligente..."».
Mientras residía en Lausana, tras la muerte de su madre, don Jaime solía avisar a Bellveser cada vez que iba a París. Una de esas noches cenaron cocido madrileño, el plato preferido del infante, y charlaron animadamente. Luego, el periodista le acompañó al hotel y sintió el abrazo cariñoso de don Jaime, quien, para poner punto final a la despedida, hizo un gesto muy suyo al que solía recurrir cuando vislumbraba una larga separación: trazó con la mano el signo de la cruz en la frente de su amigo.

A cientos de kilómetros de París, en la capital del nuevo Reino de España, «la gran traición», como la calificarían algunos partidarios de don Juan, estaba a punto de consumarse.
Días antes del fallecimiento de la reina Victoria Eugenia, don Jaime había conseguido que su sobrino Juan Carlos recibiese a su secretario Alderete, que al cabo de los años recordaba así su entrevista con el entonces príncipe:
-Señor, ¿qué pensáis hacer si, como dicen los rumores, Franco os designa sucesor? -se interesó Alderete.
-¿Qué quieres que haga?... Me esforzaré en hacer lo que mejor crea si, como espero, soy ayudado -aseguró don Juan Carlos.
-¿Ayudado por quién?
-Por todos los que, como yo, quieran el bienestar de España.
-¿No pensáis que debéis contar, en primer lugar, con la colaboración de los vuestros, de la familia?
-Por supuesto, pero ya sabes lo unidos que estamos.
Tanto Alderete, como don Juan Carlos, eludieron mencionar a don Juan.
El secretario de don Jaime prosiguió la conversación:
-Tengo entendido que estáis muy unido a vuestro primo Alfonso...
-Bastante. Estamos unidos como dos dedos de una misma mano.
Cuento con su apoyo y, como es un hombre particularmente inteligente, su ayuda me será preciosa.

Cuatro meses después de aquel revelador encuentro, el 15 de julio, don Juan Carlos visitó a Franco en El Pardo a su regreso de Estoril.
Era el día clave que iba a poner fin a todos los rumores y quinielas sobre la sucesión. Franco ya había cortado la baraja por el candidato más joven, de cuya formación se había ocupado durante más de veinte años y a quien había introducido en los intrincados recovecos del régimen.
Ese día Franco exigió el «sí» incondicional a don Juan Carlos y éste, que había ansiado con todas sus fuerzas que llegara ese nionlento, no titubeó.
Más tarde, tratando de quitar hierro al asunto, don Juan Carlos recordaba a su biógrafo Vilallonga su decisiva reunión con el general:
[...] Yo hubiera querido naturalmente que las cosas pasaran de otro modo, sobre todo por respeto a mi padre. Pero aquel día Franco nie puso entre la espada y la pared. Esperaba mi respuesta. Le dije: «1)e acuerdo, mi general, acepto». Sonrió imperceptiblemente y me estrechó la mano.
De regreso en La Zarzuela, donde residía desde febrero de 1963 con una asignación del Estado (lista civil) de 750.000 pesetas anuales, don Juan Carlos escribió esa misma tarde la siguiente carta a su padre, que le entregó personalmente Nicolás Cotoner, marqués de Mondéjar:
Madrid, 15-VII-1969
Queridísimo papá:
Acabo de volver de El Pardo adonde he sido llamado por el Generalísimo; y copio por teléfono no se puede hablar, me apresuro a escribirte estas líneas para que te las pueda llevar Nicolás, que sale dentro de un rato en el Lusítauía.
El momento que tantas veces te había repetido que podía llegar, ha llegado y comprenderás mi enorme impresión al comunicarme su decisión de proponerme a las Cortes congo sucesor a título de Rey.
Me resulta dificilísimo expresarte la preocupación que tengo en estos niomentos.Te quiero muchísimo y he recibido de ti las mejores lecciones de servicio y de amor a España. Estas lecciones son las que nle obligan como español y como miembro de la Dinastía a hacer el mayor sacrificio de mi vida y, cumpliendo un deber de conciencia y realizando con ello lo que creo es un servicio a la Patria, aceptar el nombramiento para que vuelva la Monarquía y pueda garantizar para el futuro, a nuestro pueblo, con la ayuda de Dios, muchos años de paz y prosperidad.
En esta hora para mí tan emotiva y trascendental, quiero reiterarte mi filial devoción e inmenso cariño, rogando a Dios que mantenga por encima de todo la unidad de la Familia y quiero pedirte tu bendición para que ella me ayude siempre a cumplir, en bien de España, los deberes que me impone la misión para la que he sido llamado.
Termino estas líneas con un abrazo muy fuerte y, queriéndote más que nunca, te pido nuevamente, con toda mi alma, tu bendición y tu cariño.
Franco escribió también a don Juan, recordándole que «la grandeza de la Monarquía está precisamente en ser un camino de sacrificio de las personas», y confiando en que «esta decisión no alterará los lazos familiares de vuestro hogar».
El Caudillo actuaba en connivencia con don Juan Carlos para apaciguar los ánimos de don Juan, que se veía traicionado por su hijo mediante una fría carta.
Como era previsible, la reacción del conde de Barcelona fue «tremenda», recordaba el propio don Juan Carlos a la periodista Pilar Urbano.
Mientras estaba con él en Estoril, nada sabía de las intenciones de Franco, pero su padre al principio no le creyó. Su indignación fue tal, que llegó a escribir una carta a todas las familias reales oponiéndose a la designación.
De todas formas, el recelo y la desconfianza iniciales de don Juan parecían justificados, máxime cuando padre e hijo habían mantenido días atrás, en Estoril, una conversación que reproducía López Rodó en su Larga marcha hacia la Monarquía y que la reina Sofia confirmaba que se produjo en estos mismos términos:
-Papá, si tú me prohíbes que acepte, hago las maletas, tomo a Sofi y a los niños,y me voy. No puedo seguir en La Zarzuela si en el momento decisivo se me llama y no acepto.Yo no he intrigado para que la designación recaiga en mí. Estoy de acuerdo en que sería mejor que el rey fueras tú; pero si la decisión está tomada, ¡qué le vamos a hacer!
-Puedes hacer mucho: lograr que ahora no se haga nada, que todo se aplace.
-Eso no está en mi mano.Y si, como yo creo, se me invita a aceptar, ¿qué harás tú? ¿Es que hay otra solución posible, distinta de la que Franco decida? ¿Eres capaz tú de traer la monarquía?

A la mañana siguiente de su encuentro con Franco, don Juan Carlos telefoneó a su primo Alfonso de Borbón Dampierre, que a esa hora aún dormía:
-Oye, Alfonso...
Su tono de voz tranquilizó al duque de Cádiz, haciéndole ver que no se trataba de una mala noticia. Pero sospechó enseguida que la decisión de Franco podía haberse producido. Poco después, al visitar a su primo en La Zarzuela, éste le abrazó y le dio la noticia:
-El Generalísimo me comunicó ayer que había decidido nombrarme su sucesor a la cabeza del Estado, con el título de Rey de España.
Borbón Dampierre aceptó deportivamente la derrota:
-Pues bien, querido primo, te felicito de todo corazón.
-Te lo agradezco profundamente -contestó Juan Carlos.Y le pidió un favor-: Quisiera que asistieras como testigo al acto de aceptación, así como tu hermano Gonzalo. ¿Puedo contar con vosotros?
-Puedes contar conmigo. Gonzalo está de vacaciones en Grecia. Hay que telegrafiarle, pues no queda mucho tiempo.
Acto seguido, don Juan Carlos, que ya había confirmado que podía contar con su Primo y hasta entonces rival, intentó despejar otra incertidumbre que aún le preocupaba:
-¿Se declarará en contra de mi nombramiento don Jaime?
Don Juan Carlos acababa de poner el dedo en la llaga. Su primo sabía que algunos grupos republicanos pretendían utilizar a su padre para lanzar un duro ataque contra él. Pero, ¿cómo parar el golpe, si don Jaime estaba en Francia y los acontecimientos se habían precipitado tanto que apenas había tiempo?
Días después, don Alfonso recibía a Baldomero Palomares, delegado nacional de juventudes y consejero nacional del Movimiento, en su casa de la calle Castelló. Palomares le informó de que había mantenido una conversación con el ministro José Solís sobre la conveniencia de hablar cuanto antes con don Jaime, ofreciéndose a viajar a París, donde aún residía el infante, en compañía de Mariano Calviño, también consejero nacional del Movimiento.
Don Alfonso escribió entonces una carta a su padre, fechada el 20 de julio, y se la entregó a Palomares para que la llevase a París. Decía así:
Querido papá:
Ante las horas trascendentales para el futuro de España que se acercan, creo de enorme importancia lo que tú vayas a manifestar, y precisamente para destacar aún más tu personalidad y el patriotismo que siempre movieron tus actos.
Es por esta razón que he decidido, ante la imposibilidad de trasladarme personalmente, enviarte dos íntimos amigos míos, amibos Consejeros Nacionales y Procuradores en Cortes: Don Mariano Calviño, que tú ya conoces, y Don Baldomero Palomares. Ellos te hablarán copio si yo estuviera presente para exponerte un proyecto que veo trascendental.
Que Dios te ilumine, recibe un abrazo con todo cariño de tu hijo,
Al día siguiente, Calviño y Palomares llamaron a la puerta del domicilio de don Jaime en París: un modesto pinito en un discreto barrio residencial, poco apropiado para un hijo de rey.
Les franqueó el paso una mujer enfundada en una bata estampada. Era Carlota Tiedemann, que enseguida les guió hasta un saloncito donde se acomodaron los dos emisarios, junto a don Jainie y Ranión Alderete.
Durante la entrevista, el secretario de don Jaime arremetió contra Alfonso y Gonzalo de Borbón Dampierre por tratar desconsideradamente a su padre, y criticó duramente al Estado español por incumplir sus compromisos económicos con don Jaime, a lo que éste asintió.
Sin embargo, Calviño y Palomares parecieron no inmutarse. Con paciencia y habilidad, lograron al final que don Jaime accediera a sus deseos, apelando a su patriotismo. Sin pérdida de tiempo, Palomares empezó a teclear en una máquina de escribir portátil una breve nota a Franco, a la que hizo acompañar la carta que ya había sido redactada y a cuyo pie el infante se limitó a estampar su firma. La nota decía así:
Excelencia:
Por mediación de los Consejeros Nacionales Don Mariano Calviño y Don Baldomero Palomares, que me han visitado en nombre del ministro Don José Solís, y todo ello aceptando el requerimiento de mi hijo primogénito el Príncipe Alfonso, le acompaño nota VE. que contiene mis sentimientos en estos trascendentes momentos de la Historia de España. De ella hará VE. el uso que estime conveniente.
Don Jaime insistió a Palomares en que pusiese al final de la nota «un abrazo», queriendo así reconciliarse con Franco, a quien con tanta firmeza había cuestionado en su carta a las Naciones Unidas.
La misiva, firmada por él la víspera de la designación oficial de don Juan Carlos como sucesor a título de rey, no decía en realidad nada nuevo sobre la sucesión; don Jaime seguía ratificándose como jefe de la Casa de España y primogénito de los Borbones, y dejaba a las Cortes la responsabilidad de votar la designación.
La carta, eso sí, revelaba un radical cambio de postura en la relación con Franco, de quien el infante aseguraba guardar un «recuerdo entrañable», mostrando ahora su «complacencia por la ingente labor desarrollada» por él:
Nota de S.A.R. el Infante Don Jaime de Borbón y Battenberg, duque de Segovia y de Anjou.
Yo, Jaime de Borbón y Battenberg,Jefe de todas las Casas Reales de Borbón y de España, en estos momentos trascendentales para el futuro de mi Patria, deseo dejar constancia de mis sentimientos copio un español más, y como debidas muestras de mi responsabilidad ante Dios y ante la Historia.
Para mí, como para mis hijos, el interés de España ha presidido nuestras vidas, y al mismo tiempo henos plegado siempre algunas de nuestras más íntimas convicciones e intereses, a nuestra Patria y nuestro pueblo, a su paz, su orden y su justicia, han sido siempre nuestras más caras ambiciones. Hemos seguido las dificultades y las vici situdes de nuestro pueblo en estos años, y mostrarlos nuestra complacencia por la ingente labor desarrollada a veces en un marco de incomprensión por su Excelencia el jefe del Estado.
Nuestro hijo primogénito, el Príncipe Alfonso, que ha tenido la suerte de convivir y trabajar en el seno del pueblo español, nos ha fortalecido y acompañado siempre en estos ideales.
Por ello, como jefe de todas las Casas Reales de España y de Borbón, en estos momentos de alto interés para mi pueblo y pórtico de un futuro en paz y prometedor, deseo dejar constancia de mi recuerdo entrañable paraVE. el jefe del Estado, y mi confianza en las Cortes Españolas, sobre las que cae tan grave responsabilidad en estos momentos.
Muestro mi más profunda complacencia por los lazos de unión y fraternal afecto que unen en estos momentos a mi primogénito el Príncipe Alfonso y su primo hermano y sobrino mío, el Príncipe Juan Carlos.
Pido a Dios con todo fervor colme de paz y prosperidad a mi querida España y a su pueblo.'
Al día siguiente, 22 de julio, llegó la hora de la verdad. Don Juan Carlos fue designado sucesor a título de rey en La Zarzuela, tras jurar lealtad al jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento y a las Leyes Fundamentales del Reino.
Alfonso de Borbón Dampierre y Luis Alfonso de Baviera (hijo de María Teresa, hermana de Alfonso XIII) fueron los dos únicos miembros de la familia que firmaron como testigos.
Gonzalo de Borbón Dampierre asistió al acto, pero no pudo firmar por no comunicar a tiempo su llegada. Fue muy significativa la ausencia de otros parientes próximos a don Juan Carlos.
La designación de don Juan Carlos había provocado un profundo cisma en el seno de la dinastía, aunque no en las Cortes, que la habían aprobado por 491 votos a favor, 19 en contra y 9 abstenciones.
Al duque de Cádiz le sobrevino entonces el patético recuerdo de don Juan: «Me era imposible en ese instante histórico no pensar en mi tío, suplantado, quiérase o no, por su propio hijo, cuando tanto tiempo había temido serlo por su sobrino».
Alfonso de Borbón Dampierre no se equivocaba. El propio don Juan reconocería a su consejero Sainz Rodríguez, el 9 de marzo de 1978, su temor a que Franco hubiese designado sucesor a su sobrino si su hijo declinaba el ofrecimiento:
Por eso te digo que si el Príncipe no juega, escogen al otro, que hubiese dicho amén y habría intentado ser el continuador. Entonces, hubieran negado que hubiese habido renuncia de mi hermano, aduciendo sólo que era el hijo mayor del hijo mayor... Todas esas cosas que produjo aquel periodo tan largo en España, con su lavado de cerebro, su ambiente... En la gente influyen muchos factores psicológicos, la manera de vivir...'
Al día siguiente, don Juan insistía en la misma idea a Sainz Rodríguez, con quien volvía a desahogar su aflicción después de tanto tiempo:
De modo que él Quan Carlos] sólo tuvo la opción de decir: «Bueno, lo siento por papá, pero por lo menos que la Corona quede en la Dinastía». Ésa fue la convicción suya; estoy seguro.Y, según marcha el tiempo, más seguro todavía. [...] La actitud de don Alfonso fue siempre ambigua. Nunca quiso reconocerme a mí como jefe, nunca quiso hacer nada ni estar a las órdenes de nadie. Siempre ha buscado él mismo su propia salida. ..Y estoy seguro de la influencia, de que las posibilidades de don Alfonso tuvieron una parte fundamental en la decisión de don Juanito.
Más tarde, el 26 de octubre de 1979, el conde de Barcelona ya no estaba tan seguro de que la verdadera causa de que su hijo aceptase fuera el temor a que la sucesión recayese en Borbón Dampierre.
Sainz Rodríguez volvió a formularle entonces la misma pregunta:
-¿Acaso presionó sobre don Juan Carlos el miedo a la designación de su primo, el hijo de don Jaime?
Don Juan respondió:
-Eso pudo intervenir algo, pero como él sabía también que Francojugaba con aquello de dividir a los monárquicos, no me parece que le influyera demasiado. Creo que lo que más pesó en su ánimo fue el convencimiento de la absoluta imposibilidad de acuerdo entre Franco y yo, mientras que con él la cosa se daba bastante bien y, por lo tanto, había un posible empalme.
Don Juan trataba de justificar así la decisión de su hijo, a quien dejó de hablar durante los meses siguientes a la designación.
Pero él no era el único decepcionado por la complicidad entre Franco y don Juan Carlos. Don Jaime y su primogénito sufrieron también una gran desilusión.
El infante reaccionó erigiéndose de nuevo en jefe de la Casa de Borbón y en legítimo heredero de su padre, el rey Alfonso XIII.
En una relevante carta redactada el mismo día de la designación, don Jaime ya no calló, como lo había hecho la víspera, en la misiva firmada en presencia de Calviño y Palomares.
Ahora, don Jaime se ratificaba en su alegato contra el régimen franquista, denunciando que en él faltaba lo más importante, «libertad», y que el Caudillo estaba desautorizado para decidir por sí mismo el futuro modelo de Estado en España.
Se aferraba el infante al principio hereditario de la monarquía para deslegitimar a su sobrino Juan Carlos, asegurando que «los Reyes no se hacen, nacen».
La misiva, casi desconocida, decía así:
Neuilly-sur-Seine, a 22 de julio de 1969
La designación por el general Franco de mi sobrino Juan Carlos, hijo de mi hermano menor Juan como su sucesor, me obliga a reafirmar solemnemente mi posición ante el problema de la sucesión al trono de España.
Mi renuncia a éste la hice cuando era hijo de familia y no cabeza de ella. Estaba soltero, creí deber obedecer a mi padre. Pero Alfonso XIII, como Rey Constitucional, carecía de autoridad, sin contar con las Cortes, para incapacitarme, siendo yo el primogénito real. Por lo demás, no estoy incapacitado constitucionalmente. Mi renuncia carece así de validez constitucional, en cuanto no refrendada por las Cortes.
Aun en el caso de que fuera admitida por las Cortes mi renuncia, la primogenitura real pasaría automáticamente a mi hijo Alfonso.
Efectivamente, la abdicación de Alfonso XIII era su derecho, pero lo que mi padre no podía hacer era designar su sucesor. Si se reconoce al Rey esa facultad, la Monarquía pierde su carácter de hereditaria, y se convierte en electiva. Ello no puede hacerse por la voluntad del Rey, que está obligado a respetar las leyes de sucesión.
Las cuestiones dinásticas tienen un estricto cuadro, que son las leyes. Éstas no las modifican ni los príncipes ni los hombres políticos. No es con cartas, ni con decisiones políticas partidistas como se reforman las disposiciones legales sucesorias. Cuando se intenta que ello sea así, se corre el riesgo de caer en el empleo de la fuerza, como ya por desgracia ocurrió en el siglo xix en España. Sólo el respeto a la Ley supone la paz, que España necesita y a la que yo me esforzaré en servir.
Después de reivindicar mis derechos y los de mis hijos al trono de mis antepasados, en el marco de la legitimidad y de la ley, afirmo que este proceso de la sucesión al trono no debe de intervenir antes que los españoles -todos los españoles sin excepción, pues reitero que le deniego a Franco el derecho de fijar el régimen futuro de España- se hayan pronunciado libre y soberanamente en unas elecciones que se efectúen con asistencia de los representantes calificados de nuestros hermanos de la América ibérica.
En efecto, he defendido, defiendo y defenderé que la proclamación de la Monarquía como régimen sucesorio de lo actual, sea decisión de la Soberanía del Pueblo. Si ésa fuera su voluntad, el Rey será el que, con arreglo a las leyes, es legítimo sucesor de Alfonso XIII. Mantengo el principio de que los Reyes no se hacen, nacen.
Los Reyes, si saben serlo, han de estar al margen de las contiendas políticas, pero sometidos a la Ley. El Rey ha de representar la tradición, y también el espíritu de los tiempos. La médula de la tradición es que todas las instituciones evolucionan. Las que no saben hacerlo, mueren.
Porque soy monárquico, creo que el pueblo español elegirá la Monarquía cuando goce de libertad. Si me equivocara, como ciudadano español, acataré el régimen que el pueblo haya elegido. Mi padre me dio el ejemplo.
Decepcionado por la decisión de Franco, don Jaime aún no era consciente de lo que el destino tenía reservado a su primogénito: nada menos que una boda con la nieta del dictador. Toda una ceremonia de la confusión que haría temblar de temor e incertidumbre a los partidarios de don Juan Carlos, quien, aunque ya era oficialmente el sucesor, todavía no había sido coronado rey.