lla le mató...
Hasta que escuché aquel estremecedor veredicto, la conversación había discurrido plácidamente en el amplio y luminoso salón que compartía aquella mañana de diciembre con mi anfitrión, un Grande de España.
Mientras charlábamos, de vez en cuando yo miraba furtivamente a los dos veladores de estilo inglés con barandillas y al bureau de caoba repletos de imágenes enmarcadas, en un intento fugaz por viajar retrospectivamente a la época de la Familia Real.
Junto a personajes de la corte y familiares ignotos para mí, distinguí a unos metros de distancia las inconfundibles siluetas de los reyes Alfonso XIII yVictoria Eugenia,padres del protagonista de nuestro encuentro, don Jaime de Borbón y Battenberg.
Me incorporé del butacón aterciopelado para examinar de cerca el retrato de Alfonso XIII.
-Es un grabado de Bartolomé Maura;puede comprobar que está fechado en 1906, el mismo año de la boda del rey -me indicó él, desde su asiento.
Un jovencísimo monarca de veinte años parecía mirarme fijamente a los ojos enfundado en su uniforme de capitán general de gala, con la Gran Cruz del Mérito Militar cruzándole el pecho. Su semblante parecía mucho más relajado tras la celebración del enlace.
Desvié ligeramente la vista a mi derecha para contemplar a continuación el grabado de doña Victoria Eugenia, que aquel 31 de mayo de 1906 hizo esperar media hora al monarca en la iglesia de San jerónimo. El nerviosismo del rey estaba más que justificado: días antes había recibido un anónimo con la fotografia de Mateo Morral, advirtiéndole de que tratarían de evitar a toda costa la boda, asesinándole a él o a su prometida. Por eso estaba aterrado cuando vio que ella se retrasaba.
Victoria Eugenia, en cambio, miraba al retratista ligeramente de lado, luciendo un traje blanco de encaje y una diadema con las tres flores de lis en la cabeza, el símbolo de los Borbones. El grabador había puesto especial cuidado en reproducir las joyas de la reina, a las que era tan aficionada: llevaba un hilo de brillantes de Riviére, y un broche con una perla en forma de pera que, durante muchos años, ella confundió con La Peregrina, la codiciada alhaja que Felipe II regaló a Isabel deValois.
-Lástima que su felicidad durase tan poco -lamenté yo, reanudando la conversación al cabo de unos segundos.
-El rey -dijo él-jamás perdonó a su esposa que hubiera transmitido la hemofilia a sus hijos Alfonso y Gonzalo. Fíjese si no lo hizo, que eligió como moneda de pago la infidelidad constante, prácticamente desde el nacimiento de su primogénito. Para colmo, al año de nacer éste, vino al mundo otro hijo tarado que fue un desgraciado toda su vida. Aunque don Jaime, eso sí, siempre fue un hombre bondadoso que supo ganarse el afecto de la gente. Recuerdo que un republicano español decía de él que era el ser más democrático que había tratado en su vida.Y tenía razón, porque la misma libertad con que actuaba él la prodigaba luego en los demás. Era muy humilde también. Pese a sus muchos títulos (caballero de la Orden delVellocino de Oro, de las Reales Maestranzas de Caballería de Sevilla y Zaragoza, comendador mayor de la Orden Militar de Calatrava...), solía comentar: «Los blasones más valiosos son los del espíritu». Jamás hizo daño a nadie. Disfrutaba mostrando su simpatía. Cuando vivía en París, le encantaba pasear a orillas del Sena y visitar de incógnito las tabernas españolas, donde se esforzaba por hacerse entender, y luego bromeaba: «Estuve tanto tiempo sin poder hablar que ahora no me canso de hacerlo». La verdad es que el pobre jamás consiguió expresarse con cierta corrección. Era un hombre que intuyó hasta su propia desgracia: «¡Tengo mala estrella!», confesó en cierta ocasión...
Fue entonces cuando el noble caballero enarcó las cejas y, sin dejar de mirarme, se inclinó hacia delante para susurrarme al oído, como si temiese que alguien más pudiera escucharle:
-Ella le mató...
-¡Quién! -inquirí yo, intrigado.
-Su segunda mujer.
-¿Carlota Tiedemann?
-Ella... ella le mató -sentenció de nuevo.
-¿Cómo supo eso?
-Me lo contó la hermana del pobre don Jaime.
-¿Cuál de las dos?
-Cristina de Borbón y Battenberg -enfatizó para disipar cualquier duda sobre la terrible acusación.
Y añadió:
-Fui a verla una tarde de verano, a finales de los setenta, a su coqueto pisito de la calle Velázquez, donde la infanta se instalaba dos veces al año (en junio y en diciembre) para después regresar otra vez a Turín. Pasaba temporadas en Madrid desde el fallecimiento de su marido, Enrico Marone, dueño de la empresa Cinzano, a finales de los sesenta. Su hermano Jaime y ella se parecían bastante en forma de ser. Ambos eran afables, cariñosos y muy sensibles. Cristina, como su tía abuela, la infanta Isabel («La Chata»), que fue madrina de su bautizo, era muy querida por la gente, especialmente en Cantabria, de cuyo municipio de Cabezón de la Sal fue nombrada alcaldesa honoraria. Como a la infanta Isabel, a ella le encantaba acudir a actos benéficos o culturales. De hecho, presidió durante varios años la junta de Damas de la Asociación de Lucha contra el Cáncer...
A medida que transcurría el tiempo, crecía mi interés por conocer los detalles de la trágica muerte de don Jaime. ¿El infante, asesinado por su segunda mujer? ¿Estaba ante un caso de homicidio silenciado?
Decidido a llegar al fondo del asunto, retomé el momento álgido de nuestra conversación:
-Y bien, ¿qué le dijo la infanta aquella tarde?
-Aquella tarde... -tragó saliva-, mientras tomábamos café en su saloncito privado, Cristina me reveló la dolorosa verdad sin poder contener aún lágrimas de rabia y emoción.
-¿Le dio algún detalle del presunto homicidio? -insistí.
-Sí, claro -dijo atenuando la voz-. Fue horrible: me dijo que Carlota Tiedemann le sacudió un botellazo en la cabeza a don Jaime y que luego éste se desplomó en la calle golpeándose de nuevo.
En un acto reflejo, dirigí la mirada hacia el diminuto piloto rojo encendido para confirmar que mi grabadora seguía aún en marcha sobre la mesa de centro en bronce con mármol.
-Seguro que ella estaba ebria -aseveré.
-Sí; habían bebido los dos. Discutieron... y ella le propinó el botellazo. Luego, cogió a don Jaime, que residía en Lausana desde la muerte de la reina Victoria Eugenia, en un chalecito que él llamaba Chemin Primerose [Camino primoroso], lo metió en un coche y se lo llevó lejos de allí, abandonándole a la puerta de una clínica en SaintGall, en la Suiza oriental.
-¿Ahí quedó todo?, ¿nadie reclamó una investigación? -alegué yo, entre perplejo e indignado.
Él simplemente dijo, haciendo una mueca de cinismo:
-La Familia Real, precisamente no. Estas cosas, en la Corona se tapan.

Indagando después sobre el caso, pude comprobar que la versión escuchada de labios del «Grande de España» (así me rogó él que le llamase para preservar su anonimato) coincidía en lo esencial -el botellazo- con la de jean LouisAujol, abogado de don Jaime y miembro de la Comisión Internacional de juristas.
Aujol había confesado ajean-Pierre Ollivier, amigo íntimo del duque de Segovia, a quien éste nombró conde de Villanueva de San Bernardo en un momento de euforia, cómo a su entender sucedieron los hechos: «Don Jaime -mantenía el letrado Aujol- había visitado a Carlota Tiedemann en Saint-Gall, donde ésta se sometía a una cura de desinto xicación. Había salido de la habitación de la duquesa con un traumatismo craneal, y se había desmayado poco después en la calle».'
Es decir, que Carlota le golpeó con algo -Aujol no dice con qué- cuando estaban los dos en Saint-Gall, y no en Lausana.
Don Jaime quedó tendido en la acera, semiinconsciente. Varios transeúntes que pasaban por allí se apresuraron a socorrerle. Uno de ellos intentó identificarle echando mano de su cartera, pero el infante no llevaba la documentación encima. Llamaron a una ambulancia, que al cabo de unos minutos trasladó al desfallecido hasta el hospital cantonal de Saint-Gall.
Una vez allí -aseguraba Aujol- tardaron dos días en darse cuenta de que el desconocido de la sala de reanimación no era otro que el segundo hijo de don Alfonso XIII.2
El príncipe Alfonso -añadía el abogado, refiriéndose al primogénito de don Jaime- estaba en Saint-Gall, a la espera de trasladar el cuerpo de su padre a Lausana en cuanto se produjese el fallecimiento. Según el príncipe Alfonso, el hecho de cambiar de cantón disminuiría el riesgo de una orden de autopsia.'
El abogado de don Jaime sugería así claramente que Alfonso de Borbón Dampierre no era partidario de alentar una investigación judicial sobre los hechos, lo mismo que el resto de miembros de la Familia Real, proclives a pasar página para evitar el escándalo.
El entorno de la Familia Real se encargó de hacer circular una versión oficial que, según Aujol, era la siguiente:
El infante había muerto a consecuencia de una desgraciada caída en la calle; la duquesa [Carlota], muy conmovida, no estaba en disposición de asistir al funeral. El alcoholismo había llevado poco a poco a Carlota a la locura y al drama.'
Carlota fallecería cuatro años después, en 1979, con su organismo minado por el alcohol.
La prensa española se hizo eco de esa versión oficial. Santy Arriazu, enviado especial de la revista Semana a Saint-Gall, aseguraba en su crónica que el infante se había golpeado en la cabeza al resbalar fortuitamente en la calle mientras paseaba con su perro, y que fue él mismo quien indicó a su chófer que le llevase hasta el hospital de SainGall por encontrarse indispuesto:
En Lausana -escribía el periodista en 1975-, el 24 de febrero pasado, sufrió [don Jaime] un accidente que desencadenó este penoso desenlace. Don Jaime cumplía aquel lunes la rutinaria tarea de sacar a pasear a su perro. Cuando volvía de regreso [sic] a su casa dio un traspiés y cayó al suelo con tan mala fortuna que se golpeó en la cabeza. Se produjo una herida en el temporal izquierdo, de la que fue atendido, y donde le dieron siete puntos de sutura. Bajo ningún concepto parecía revestir la importancia que realmente tenía. Tanto es así que, dos días más tarde, el miércoles 26 de febrero, salía de nuevo a la calle. Pero... ¿qué ocurrió durante ese paseo? Lo evidente es que don Jaime entró en un bar semiinconsciente. ¿Habría sufrido otra caída? [...] El hecho es que al circular cerca de esta ciudad [se refería a Saint-Gall], don Jaime se sintió repentinamente enfermo, y pidió a su chófer que le trasladase al hospital. Entró por su propio pie, pero media hora más tarde caía en coma.
La revista ¡Hola! contaba más o menos lo mismo, haciendo alusión al paseo de don Jaime con su perro, pero añadiendo que la caída se produjo no por un traspié, sino por un «desvanecimiento» mientras caminaba por una calle de Saint-Gall.
El propio Alfonso de Borbón Dampierre se limitó a reproducir en sus Memorias la versión que le dieron nada más llegar a Saint-Gall, según la cual su padre se fracturó el cráneo tras caerse por las escaleras de su casa, en Lausana. Nada dijo el duque de Cádiz sobre la violenta discusión que mantuvo su padre con Carlota, confirmada, como veremos a continuación, por nuevos testimonios. Pero se negó en cambio a eximir de toda responsabilidad a Carlota, asegurando que la caída, calificada por él de «muy grave», «no parecía haber preocupado demasiado a su mujer».
Atravesaron -añadió- Suiza de un extremo al otro, siempre en taxi, congo si no sucediera nada y, cuando llegaron a la clínica, no fue de Mme. Tiedemann de quien hubo que ocuparse, sino de mi padre.
El escritor Juan Balansó refería la opinión del periodista valenciano Juan Bellveser, que trató a don Jaime en vida, según la cual la pareja mantuvo en Lausana una tempestuosa disputa y como consecuencia de ella el infante se produjo una contusión craneal sin hemorragia cerebral. Reconocido de inmediato por el médico, éste le aconsejó reposo, pero aun así Carlota Tiedemann decidió partir con su marido en taxi a Saint-Gall, donde ella debía someterse a una cura de desintoxicación etílica.
Al llegar a la ciudad del cantón alemán, don Jaime tuvo un ataque cerebral producido por la agitación del vehículo durante el viaje. En semejante estado, la clínica rechazó su ingreso y recurrió a lo administrativamente más cómodo: telefonear al hospital cantonal. El enfermo ingresó allí poco después en estado comatoso y falleció al cabo de tres semanas.
La versión relatada por Bellveser a su amigo el abogado Luis Zarraluqui coincidía en líneas generales con la mantenida por el escritor José Luis de Vilallonga en su libro de conversaciones con el rey don Juan Carlos:
Don Jaime -escribía Vilallonga en El Rey5 exhaló su último suspiro el 20 de marzo de 1975, en extrañas circunstancias, en el hospital de Saint-Gall, Suiza. Unos días antes, en París, en el curso de una violenta discusión con Carlota, el Infante se había caído y se había herido en la cabeza. El médico que le prestó los primeros auxilios no halló ni fractura del cráneo ni hemorragia cerebral, pero recomendó reposo absoluto durante varios días. Carlota, sin embargo, que acababa de reservar habitaciones en el hospital de Saint-Gall donde debía someterse a una cura de desintoxicación, decidió que el Infante era perfectamente capaz de soportar el viaje en automóvil. Dejaron, pues, París en taxi y llegaron a Suiza después de numerosas paradas solicitadas por el Infante, que se encontraba cada vez peor.Tan pron to como llegó a Saint-Gall, don Jaime se acostó presa de una gran fatiga. Falleció aquella misma noche, víctima de un derrame cerebral.
Vilallonga, lo mismo que Bellveser, aludía a la violenta discusión de la pareja, durante la cual se produjo el botellazo que habría hecho desmoronarse luego al infante en la calle y golpearse de nuevo en la cabeza. Sin embargo,Vilallonga incurría en dos errores de bulto. Primero: la disputa matrimonial no tuvo lugar en París, sino en todo caso en Lausana, donde don Jaime se había trasladado a vivir tras la muerte de su madre; y segundo: el duque no falleció la misma noche de su llegada a Saint-Gall, sino más de tres semanas después, tras una intensa agonía, corroborada por el parte médico del hospital cantonal de Saint-Gall emitido el 20 de marzo, el mismo día de la defunción.

Al día siguiente del botellazo (miércoles, 26 de febrero de 1975), Carlota Tiedemann, alcohólica redomada, debía someterse en efecto a una cura de desintoxicación en Saint-Gall. Sin importarle el grave estado de su marido, atravesó con él Suiza, de un extremo a otro, a bordo de un coche (en este aspecto coinciden el Grande de España, Alfonso de Borbón Dampierre, Juan Bellveser y Vilallonga).
Al llegar a su destino, recorrió el casco antiguo en forma de violín, rodeado de casas de ladrillo amarillo con fachadas oscurecidas por el tiempo. El eje de simetría de la parte vieja de la ciudad, con clara influencia germánica, correspondía a la Marktgasse, que salía del convento y enlazaba con la Marktplatz. Las Multergasse y Spisergasse recordaban las eses del violín, mientras que la Webergasse, la Neugasse y la Brühlgasse subrayaban, en el punto límite de los antiguos fosos de la metrópoli, el contorno del instrumento musical.
En uno de los extremos se encontraba el hospital cantonal de Saint-Gall, a cuya entrada Carlota Tiedemann dejó a su marido... y se marchó, según el Grande de España. La salud del infante se había resentido considerablemente debido al continuo traqueteo del vehículo por las angostas carreteras del norte.
Esa misma noche, don Jaime ingresó en la clínica con una fractura de cráneo, aquejado de un hematoma intercerebral en el temporal izquierdo y de otro agudo de origen traumático producidos por el botellazo y la posterior caída.
El primero que acudió a verle fue su hijo Gonzalo, que esquiaba durante esos días en la estación suiza de Gstaad. El mayor, Alfonso, llegó poco después, cuando su padre ya había sido operado de urgencia por el neurocirujano Benini para extirparle los dos coágulos de sangre que tenía en la cabeza, localizados por el doctor Ketz,jefe de Neurología Clínica del hospital.
Horas antes, el duque de Cádiz había encargado a su secretaria que contactara con la agencia de viajes, disponiéndose a telefonear a su primo Juan Carlos:
-Perderás el tiempo -le dijo el futuro rey de España- con las líneas regulares. Te encontraré un medio más rápido.
Poco después, Alfonso de Borbón Dampierre embarcaba en un Mystére del subsecretario de Estado de la Aviación Civil, con destino a Zurich. Una vez allí, tomaba el coche para ir a Saint-Gall acompañado por su mujer, Carmen Martínez-Bordiú.
Al franquear la puerta blanca de la sala quinta de reanimación del hospital y llegar hasta el pie de la cama, le pareció que su padre hacía ademán de incorporarse; pudo leer su nombre en los labios, pero poco después don Jaime se sumió en un coma profundo.
El infante compartía la sala con otras cinco personas: dos niños, un joven y dos señoras, una de ellas argentina. Sobre la mesilla situada junto a la cabecera de su cama había un crucifijo. En las horas siguientes, su primogénito Alfonso colocaría también un cartel escrito por él a mano, que decía: «¡Hola, papá! Tus hijos Alfonso, Gonzalo y Carmen, y tu hermana Cristina estamos aquí».
El domingo, 2 de marzo, el paciente fue intervenido de nuevo para efectuarle una traqueotomía como consecuencia de la fuerte bronconeumonía desatada. Pese a que sus constantes biológicas eran aceptables, su situación parecía irreversible. Sólo un milagro podía salvarle.
El miércoles, 5 de marzo, llegó su hermana, la infanta Cristina; su otra hermana, Beatriz, no pudo acudir por encontrarse hospitalizada en París a causa de una lesión de cadera. Esa misma tarde, el paciente recibió la extremaunción de manos del sacerdote Joan Serra, responsable de la misión católica española en Sangarle.
El enfermo mantuvo su pulso firme hasta la tarde del viernes, 7 de marzo, cuando el electrocardiograma detectó ciertas alteraciones a causa de una hemorragia gástrica. Durante las horas siguientes,Alfonso, Gonzalo y la infanta Cristina acudieron alarmados por dos veces al hospital presintiendo el trágico final.
Carmen Martínez-Bordiú regresó a Madrid aquella misma noche, sin que al día siguiente los duques de Cádiz pudiesen celebrar juntos su tercer aniversario de boda. Aun así, don Alfonso recibió el consuelo de saber que el corazón de su padre había mejorado levemente, lo cual hizo que los médicos autorizasen la visita de tres miembros del Consejo Legitimista Francés (Esclafer, Hervé Pinoteau y el conde Pierre de La Forest Divonne), que habían llegado por la mañana de París.
La agonía del enfermo se prolongaría durante más de tres semanas. En realidad se le mantuvo con vida gracias a la moderna maquinaria médica. En Suiza, la ley no obligaba a pedir autorización a los familiares para desentubar al moribundo; pero los médicos, por tratarse de la familia del segundo hijo de Alfonso XIII, decidieron consultar al duque de Cádiz. Éste pidió que le dejasen unas horas para recapacitar y telefoneó al doctor Joaquín Carbonell, eminente especialista en neurología. El médico español se trasladó enseguida a SaintGall para realizar varios encefalogramas al paciente. Tras comparar los resultados, trasladó su conclusión al duque de Cádiz:
-El 95 por ciento de los signos -le dijo- indican la ausencia de actividad eléctrica cerebral. Pero el restante 5 por ciento está a favor de una tal actividad y, por tanto, a favor de la vida. La decisión es suya.
La determinación de don Alfonso estaba tomada: apostó al 5 por ciento y pidió que dejaran a su padre el equipo conectado.
Don Jaime sostenía entre sus manos un rosario y era vigilado por tres enfermeras, día y noche. Sólo se le podía visitar de siete a siete y cuarto de la tarde. Salvo sus hijos Alfonso y Gonzalo, que podían hacerlo tres veces al día: una hacia las diez y media de la mañana, otra por la tarde, y la última sobre las diez de la noche.
Su vida iba apagándose irremediablemente, mientras el doctor Carbonell, presidente de la Sociedad Española de Electroencefalogramas y Neurología, advertía a los periodistas expectantes en SaintGall:
Nada se puede hacer, sino esperar los resultados de aquí a quince o veinte días. Cualquier persona con menos constitución física que don Jaime, en estas mismas circunstancias, hubiera muerto ya. En cualquier caso, deseo decir que don Jaime no ha podido ser mejor atendido, y que se le sigue suministrando el medicamento previsto para ver si sufre una evolución favorable del mal que padece. Creo necesario informar que la muerte total coincide con la muerte cerebral.
El día 13, cuando don Juan fue recibido por su hermana Cristina en Lausana para dirigirse con ella luego a Saint-Gall, la temperatura de don Jaime bajó a 34,5 grados. El enfermo se recuperó ligeramente al día siguiente, pero volvió a recaer el día 16, cuando su temperatura corporal descendió a 33 grados y comenzó a sufrir acusados accesos cardiacos, que la rebajaron aún a 31,6 grados la jornada siguiente.
Cinco días después, el jueves 20 de marzo, a las cuatro y veinte de la madrugada exactamente, se producía el desenlace fatal. Minutos después, el profesor G.Weber, del hospital cantonal de Saint-Gall, hacía público este escueto comunicado:
Su Alteza Real el infante Don Jaime de Borbón y Battenberg, duque de Segovia, ha muerto hoy, 20 de marzo, de una hemorragia cerebral producida por un accidente ocurrido el 25 de febrero de 1975.
En el momento del fallecimiento se encontraban junto a su padre Alfonso y Gonzalo de Borbón Dampierre, acompañados de la duquesa de Cádiz y la infanta Cristina. El cadáver de don Jaime fue trasla dado, diez horas después, al hospital cantonal de Lausana para ser embalsamado, tarea que ocupó todo el viernes, 21 de marzo.
El hotel Royal de Lausana acogió a la Familia Real española hasta el momento del entierro, que se celebró a las dos de la tarde del día 24 en el pequeño cementerio del bosque de Vaud. Casualidades del destino: la regia familia había aguardado seis años atrás, en el mismo hotel, la muerte de la reina Victoria Eugenia, quien, como su hijo Jaime, tuvo una larga agonía.
Como el fin de semana no se celebraban servicios funerarios en Lausana, el cuerpo del infante tuvo que ser instalado en una capilla ardiente en la funeraria de San Roque, hasta la celebración de los funerales en la recoleta iglesia del Sagrado Corazón de Ouchy.
Los condes de Barcelona se encontraban ya en Lausana al producirse el deceso. En las horas siguientes empezaron a llegar otros familiares y amigos íntimos: la duquesa de Alba y su hijo el duque de Huéscar, el duque de Alburquerque, doña Sol de Baviera, el conde de Ruiseñada, la duquesa de Fernán Núñez, la condesa de San Miguel de Castellar, el conde de Figuerola, el marqués de Castelldosrius, los señores de Samaranch...
En la tarde del sábado, los príncipes de España, Juan Carlos y Sofía, que se encontraban en Barcelona, embarcaron en un Mystére rumbo a Ginebra. Iban acompañados por las infantas Pilar y Margarita y sus respectivos maridos, el duque de Badajoz y el doctor Carlos Zurita.También viajó con ellos la hija de los duques de Badajoz, la pequeña Simoneta.A su llegada a Ginebra fueron recibidos en el aeropuerto por los duques de Cádiz y Gonzalo de Borbón Dampierre.
Aquella noche del sábado, la Familia Real estaba ya al completo en el hotel Royal. Al día siguiente, por la mañana, el obispo de Friburgo, Lausana y Ginebra, monseñor Mainie, dirigió el rezo del santo rosario ante el cuerpo presente de don Jaime, amortajado con un sudario de hilo blanco; el duque de Segovia sostenía entre sus manos un rosario que le había colocado su hermana, la infanta Cristina.
La noche se hizo larga velando al cadáver; Alfonso y Gonzalo se turnaron hasta que, a las ocho de la mañana del lunes, se cerró defi nitivamente el féretro en presencia del obispo de Friburgo, viejo amigo del fallecido.
A las doce y media, los restos mortales fueron conducidos en un furgón hasta la iglesia del Sagrado Corazón de Ouchy para celebrar los funerales; en el mismo templo tuvieron lugar también las honras fúnebres en memoria de la reinaVictoria Eugenia. El ataúd iba cubierto por una bandera española sobre la que los legitimistas franceses habían depositado el collar del Espíritu Santo y la enseña de los Borbones, azul con tres flores de lis en oro; también se colocó el collar del Toisón de Oro.
La puerta de la iglesia estaba cubierta de coronas, entre las que podía verse la del jefe del Estado español, compuesta de claveles rojos y margaritas amarillas, y la del rey de Suecia.
Destacaba también la que habían enviado los paisanos segovianos del difunto. La muerte de don Jaime había causado gran conmoción en La Granja de San Ildefonso, donde había nacido el infante hacía sesenta y siete años. La última vez que estuvo allí fue el 9 de marzo de 1972, con motivo de la boda de su primogénito Alfonso.
En el transcurso de un almuerzo, el alcalde de la ciudad le impuso la insignia de Segovia, que él prometió no quitarse nunca, y recibió también un alfiler de corbata de la Diputación con el escudo provincial. En el libro de oro del mesón Cándido, don Jaime dejó escrito:
Con mi alegría de ver mi querida Segovia y al mismo tiempo tu buena cocina para los buenos segovianos que come tan bien [sic] para los demás. Con un fuerte abrazo a todos. Tu pobre hijo predilecto. Viva Segovia.
Bajo esas palabras, su hijo Gonzalo anotó: «Un día emocionante para mí y una alegría inmensa, que es ver a mi padre, por fin, en su Segovia de siempre».
Tres años después de aquella jornada entrañable, comenzaba en Lausana el funeral oficiado por el párroco, padre Zagren, que había pronunciado también la misa de réquiem por el alma de la reinaVictoria Eugenia.
Ocupó un lugar destacado, en representación de Franco, el príncipe Juan Carlos. Frente a él, se situó el resto de la Familia Real por el siguiente orden:Alfonso de Borbón Dampierre, Carmen MartínezBordiú, Gonzalo de Borbón Dampierre, los condes de Barcelona, la infanta Cristina, la princesa Sofia y don Marino Torlonia. Detrás se colocaron las infantas Pilar y Margarita con sus respectivos maridos, junto a las hijas de la infanta Cristina -María Teresa, Giovanna y Ana Sandra, ésta con su esposo Stavros-, y Olimpia deTorlonia, también con su marido.
En otros bancos destacados estaban los marqueses de Villaverde, la duquesa de Alba, con su hijo el duque de Huéscar, el barón de Gotor, y el duque de Sevilla, entre otros nobles venidos de España.
En representación de otras casas reales de Europa figuraban el príncipe de Nápoles,Víctor Manuel de Saboya, comisionado por el rey Humberto, el rey Miguel de Rumanía con su esposa, la duquesa de Génova, tres princesas egipcias, hijas de Faruk, el príncipe Bagration, y la princesa María Gabriela de Saboya con su esposo, Robert de Balkany.
Concluido el funeral, se rezó un responso y el féretro fue conducido hasta el cementerio de Bois deVaux, en Lausana. En torno a la fosa abierta, donde yacían los restos de la reina Victoria Eugenia y del infante don Gonzalo, fallecido en accidente de automóvil en 1934, se agrupó toda la familia de don Jaime. En primer término podía verse a sus hijos Alfonso y Gonzalo, visiblemente emocionados, junto a la duquesa de Cádiz.
El momento más sentido se produjo justo antes de cerrarse el sepulcro, cuando Alfonso y Gonzalo se acercaron hasta él portando un saquito de tierra de Segovia que su padre había recogido en su última visita a la ciudad, tres años atrás, y comenzaron a extenderla sobre el féretro. Fue entonces cuando se mostraron incapaces de contener el llanto. Allí quedaron provisionalmente inhumados los restos mortales de don Jaime, salpicados de su amada tierra segoviana, de la cual se había visto obligado a permanecer alejado durante tantos años. Una década después, en 1985, fueron trasladados al monasterio de El Escorial.
La mala estrella a la que había aludido en vida don Jaime se había cebado, y aún seguiría haciéndolo, con la rama borbónica de Alfonso XIII. Por algo los supersticiosos se opusieron, cuando nació el monarca, a que éste fuera bautizado con el nombre de Alfonso. Precisamente para que no llevara el número 13 durante su reinado.
Pero hubo muchas más coincidencias nefastas para los agoreros. El padrino del monarca fue el papa León XIII. El escritor Ríos Mazcarelle reparaba también en que el atentado de París contra su vida tuvo lugar un 31 (13 al revés) de mayo de 1905; lo mismo que el perpetrado otro 31 (13 también al revés) de mayo de 1906, al regresar a palacio tras contraer matrimonio conVictoria Eugenia. Un tercer atentado se registró el 13 de abril de 1913.Y no acabó ahí la cosa. Hubo otras muchas casualidades, o no, en la vida de Alfonso XIII: el 13 de diciembre de 1930 se produjo la sublevación de jaca; otro 13 de abril, de 1931, se decidió en las urnas el derrumbamiento de la monarquía; don Gonzalo, el benjamín del rey, murió el 13 de agosto de 1934...Y, para colmo, cuando Alfonso XIII falleció en Ronia, en 1941, su familia más directa estaba compuesta por 13 personas: la reina, cuatro hijos y ocho nietos.
Supersticiones aparte, lo cierto era que la vida de la Familia Real estuvo demasiadas veces marcada por la desgracia. Diecinueve años antes de la trágica muerte de don Jaime, el destino cruel se había vuelto a ensañar con otro de sus miembros más débiles.