CAPÍTULO IV TERCER CICLO: PRIMER VIAJE A MADRID PERITO EN LUNAS (1931-1933)

 

 

UN PASTOR EN LA CORTE

 

Miguel llega a la estación de Atocha en el amanecer del 2 de diciembre de 1931. Su primera visión de la capital debió de ser tan inhóspita como revela en una de sus cartas: «Madrid no es como yo lo soñaba. No me ha causado ninguna impresión grata. Tal vez porque está hoy sin sol. Hace mucho frío, las manos las tengo heladas... No he dormido en toda la noche.»87
Embutido en su abrigo y bien sujeto a su maleta, se dirige en metro a la pensión que le ha recomendado Alfredo Serna, cerca de la plaza de Santo Domingo, en la calle Costanilla de los Ángeles, 6. El lugar es modesto: una habitación con lavabo, espejo, cama de hierro y armario. La patrona parece una buena señora, «es joven aún, aunque muy gorda», según matiza el poeta. Poco después de instalarse, saldría a conocer la ciudad. Madrid y sus ruidos, cláxones, vocerío de multitud apresurada, aceras y asfalto, tranvías y coches que cruzan raudos por largas avenidas, escaparates y altos edificios. El ambiente le aturde.
Madrid era entonces un hervidero político, económico y cultural que acaparaba toda clase de voluntades y ambiciones. Hay que recordar que Miguel llega a la capital ocho meses después de ser proclamada la Segunda República. Todavía se percibía ese flameo de banderas, ese aire plagado de fervores. Hay curiosidad e inquietud por hallar el camino adecuado en esa encrucijada histórica donde las nuevas ideas, las revolucionarias y progresistas, chocaban con las viejas convicciones políticas, derrotadas pero no muertas tras las elecciones de abril.
Miguel, recuperado del viaje, no pierde ni un ápice de tiempo y se dirige al domicilio de Concha de Albornoz. Es la primera visita que tiene programada y ha pulido su aspecto en la medida de lo posible. No está acostumbrado a los zapatos, a los trajes, pero adereza su indumentaria para causar la mejor impresión ante la hija del ministro. La casa le impone. Los sirvientes le miran, e imagina que descubren en sus gestos, en alguna incorrección de su ropa, su origen provinciano. Después de esperar en el salón habilitado para tales menesteres, es recibido por fin por doña Concha, que acoge con complacencia e interés la carta de recomendación de Martínez Arenas. La misiva es clara y ella piensa de inmediato en lo que puede hacer por el chico. Sin duda, es una mujer bien relacionada. Frecuenta reuniones culturales y en su misma casa organiza tertulias. Pero lo que el muchacho quiere, además, es encontrar una colocación, algún medio que le permita mantenerse en Madrid mientras hace nuevos versos y despunta literariamente con su obra. Ella le habla entonces de escribir a un buen amigo de Alicante, Juan Guerrero Ruiz, muy introducido en los ambientes líricos y compañero de poetas tan notables como Lorca, Alberti, Bergamín... Precisamente, Guerrero, desde el pasado 4 de octubre, es secretario del Ayuntamiento alicantino. Por ahí y por otros contactos que se compromete a probar puede mover algunos resortes para conseguir la beca o la ayuda que el joven necesita. Doña Concha, que ha hecho acopio de toda su cortesía, apela también a la paciencia, a saber esperar, y Miguel le habla entonces de Ernesto Giménez Caballero y la recomendación de Sijé. Es una opción que la anfitriona no descarta e incluso le incita a ello, ya que le alivia, en cierto modo, de responsabilidades. No comulga, es verdad, con las ideas del director de La Gaceta Literaria, que ha perdido buen número de colaboradores por su marcado antiliberalismo político y sus manifestaciones filofascistas, pero no deja de ser un hombre de letras que ocupa una importante tribuna de opinión que puede beneficiar a Hernández.
Tras la visita a Concha de Albornoz y callejear lo suyo por Madrid, tocando en muchas puertas que se le cierran o escuchando el ibérico falsete del «vuelva usted mañana», se encamina al despacho de Giménez Caballero. Debió de ser hacia el 10 de diciembre, respirando ya los ambientes navideños, cuando el director de El Robinsón Literario de España (2.ª época de La Gaceta Literaria) recibe a Miguel. Gecé era ya un hombre a la defensiva, distanciado enormemente de los postulados ideológicos de sus compañeros de generación y encaminado a hacer de su obra un vehículo expositivo de las doctrinas fascistas. Se hallaba, en aquellos momentos, encumbrado en su obsesión de medro político tras haberse permitido la gran hazaña de protagonizar y dirigir, desde su revista, nada menos que la vanguardia literaria española. En aquel contexto y aquellas circunstancias, la visita de Miguel debió de parecerle, a simple vista, algo así como divertida y pintoresca, la de un «simpático pastorcillo, caído esta Navidad por este nacimiento madrileño», tal y como le definiría días después. Lo cierto es que Giménez Caballero pudo hacer por él mucho más de lo que estaba en su mano. Empleando un tono paternalista e irónico se dedica a advertirle de las dificultades de sus propósitos, le desmitifica la bohemia literaria y le insiste en lo complicado que resulta subsistir en el mundo de las letras. Se compromete, eso sí, a pedir una ayuda oficial para él y a publicar en su revista uno de sus poemas y una crónica que le sirva de presentación. Dos días más tarde, el 12 de diciembre, Hernández escribe a Sijé una carta en la que dice: «Te recordó, ha leído tu trabajo de El Sol [...]. Me ha prometido “sacarme a flote”. Tal vez en este próximo número incluya una foto mía con mis trabajos. He roto casi todos los que leíste. El que más le ha gustado ha sido uno que tú conoces y cuyo título es “Romance de Pastor”. Yo, como siempre, nunca satisfecho con nada de lo que hago. Siempre siento en mí un ansia de superación...»
Miguel debió de salir de aquella primera entrevista con Giménez Caballero algo esperanzado, de ahí su posterior carta a José Marín, pero de lo que no cabe duda es de que el director de El Robinsón Literario se la había jugado desde el primer momento. ¿Cómo entender, si no, que de todo su repertorio lírico, entre el que se encontraban sus últimas composiciones gongorinas, su «Elegía-media del toro» y otros textos menos regionalistas e ingenuos, eligiera como carta de presentación, precisamente, su «Romance de Pastor»? Lo que parece claro es que la perspicacia de Miguel no estaba preparada para aquellas maquinaciones, y sus ganas de soñar seguían todavía intactas. De cualquier modo, la piedra estaba lanzada y Hernández sólo debía esperar a que la citada entrevista apareciera y surtiera su efecto; además, Gecé, siguiendo la inercia de las cosas, le ha escrito unas líneas de recomendación para Arturo Serrano Plaja, un joven licenciado en Filosofía y Letras (apenas tres años mayor que Miguel) que ya ha sabido introducirse en los ambientes culturales y está ultimando, por esas fechas, su primer libro de versos: Sombra indecisa. Años después, el escritor madrileño hablaría del efecto chocante que le produjo ese primer encuentro con Hernández: «Realmente, con su traje velludo color tabaco, chaqueta ribeteada con cinta de seda, sin corbata, con alpargatas y sin calcetines, daba la impresión de andar por Madrid disfrazado de campesino o, lo que es peor, de pastor-poeta [...]. Mas aquella primera impresión que Miguel quiso ofrecerme de su persona no duró ni un cuarto de hora. Me propuso -o le propuse, o nos propusimos recíprocamente, como suele suceder a esta edad juvenil- leernos algunos poemas. Y para ilustrar los suyos -ilustrar es el término exacto que Miguel empleó-, al leer ciertos sonetos, de pronto se detenía en su lectura y se ponía a silbar, pero a silbar no como persona, sino como pájaro, o mejor aún, como los pájaros. Y entonces, en pleno paisaje urbano, pese a lo que a mí me parecía disfraz de su indumentaria, sin transición se aparecía el campo suyo, el de esos poemas con todos sus pájaros.»88
Su contacto con Arturo Serrano Plaja le sería, a largo plazo, beneficioso para abrirle paso hacia nuevas amistades, pero sus necesidades de entonces le llevan a soluciones más prácticas y recurre, siguiendo las recomendaciones de Giménez Caballero, a uno de los redactores más populares de la prestigiosa revista Estampa: Francisco Martínez Corbalán. Éste le realiza una entrevista que explota y ratifica los mismos tópicos que llamaron la atención de El Robinsón Literario, esto es, lo más superficial y raro de aquel joven criado entre animales que hace, curiosamente, versos y pretende alcanzar el éxito en el difícil enjambre de Madrid.
Son muchas las gestiones realizadas y escaso el resultado obtenido durante aquellas dos semanas en la capital. Ni siquiera el señor Montiel, a quien ha ido a visitar en la redacción del diario Ahora por recomendación de su paisano José Joaquín Hernández Quixano, le ha recibido como se merecía: «Me he presentado a Montiel y éste no me ha atendido como yo esperaba.» El dinero prácticamente se le ha agotado y el desaliento comienza a hacer efecto en él. No tiene más remedio que recurrir a los amigos de Orihuela que viven en aquella ciudad, en aquel «continuo lío de autos, tranvías, humo, gente que tropieza en todas las esquinas, calles en las que no da el sol más que por puro compromiso...». Gracias a las gestiones de Alfredo Serna, deja la pensión de Costanilla de los Ángeles, que ya no puede pagar, y se dirige entonces a una pequeña habitación que le habilitan en la Academia Morante, situada en el barrio de Ventas, 4. Allí le ofrecen un trabajo de fámulo en el que realiza las funciones de bedel y portero a cambio de cama, pero ha de pagarse la comida. Su dirección es ahora la que reza en el encabezado de la carta antes citada que escribe a Sijé el 12 de diciembre de 1931: «Academia Morante (antes Alonso). Director: Francisco Marí Morante, Calle Francisco Navacerrada, 4 - Madrid: Hermano, hermano: ¡Qué alegría he sentido al leer tu alentadora carta, al ver que me llamas hermano! Hermanos somos, sí... en todo.» Parece claro que Miguel ha empezado a experimentar la soledad y el lógico desamparo de quien no encuentra más que promesas y negativas. La expresión «hermano» que Pepito Marín ha empleado con él en su última carta le ha conmovido sin duda. Necesitado especialmente de afecto en aquellas circunstancias, era lógico que se mostrara sensible y receptivo ante una manifestación tan precisa de amor fraterno. Pese al sufrimiento moral que empieza ya a acusar, no puede ni debe moverse de Madrid y, mucho menos, regresar de vacío. Las cosas, como decía Concha de Albornoz, van despacio y requieren tiempo y paciencia. Todo es cuestión de aguantar un poco más, al menos hasta que salga publicada la crónica de Giménez Caballero y la entrevista de Martínez Corbalán. Pero nada de esto ocurre llegado el 18 de diciembre, mientras los problemas de subsistencia se agravan y el dinero mengua por momentos; de ahí que ese mismo día se anime a visitar por segunda vez a la hija del ministro para ver si han surtido efecto sus gestiones con alguna administración alicantina, con algún amigo influyente. Sin nada positivo que alivie su situación, recurre al día siguiente de nuevo, esta vez por carta, al director de El Robinsón Literario en términos casi desesperados: «Comprendo que no pueda usted desperdiciar un átomo de su tiempo, no he querido visitarle otra vez. Lo que había de decirle se lo escribo para que lo lea cuando quiera. Además, dada mi maldita timidez, no le hubiera dicho nada en su presencia. La vida que he hecho hasta hace unos días desde mi niñez, yendo con cabras u ovejas, y no tratando más que con ellas, no podía hacer de mí, ya de natural rudo y tímido, un muchacho audaz, desenvuelto, fino o educado. Le escribo, pues, lo que habría de decirle, que es esto: Las pocas pesetas que traje conmigo a Madrid se agotan. Mis padres son pobres y, haciendo un gran esfuerzo, me han enviado unas pocas más, para que pueda pasar todo lo que queda de mes. He pedido también a mis amigos de Oleza, que tienen bien poco, algo. Me lo han prometido. Lo que yo quisiera es trabajar en lo que fuera con tal de tener el sustento. La señora Albornoz no puede hacer por mí nada, aunque lo desea vehementemente. La visité ayer y la saludé en su nombre. Dijo que verá si sale algo... Yo no puedo aguantar mucho tiempo. Si usted no me hace el gran favor de hallar una plaza de lo que sea donde pueda ganar el pan, aunque sea un pan escaso, con tristeza tendré que volverme a Oleza, a esa Oleza que amo con toda mi alma, pero que asustaría ver de la forma que, si no se interesa usted por que me quede, tendré que ver.»
Estas palabras de Hernández, no sólo fueron leídas por Giménez Caballero, sino que tuvo además el detalle, abusando de la confianza del muchacho y del carácter privado de la correspondencia, de reproducirla tal cual en la crónica que apareció, a mediados de enero de 1932, en las páginas de su revista. Pero volviendo a lo que interesa, queda claro que Miguel, agobiado por el estado en que se encuentra, ha debido recurrir a su madre y hermanas, que le envían el poco dinero que han obtenido de vender un retal de higos, y a los amigos de Orihuela, que esas Navidades, según testimonio de Augusto Pescador, organizaron una colecta en el Hotel Palace y consiguieron reunir un simbólico aguinaldo de treinta duros que remitieron al poeta. Gracias a ello y al interés que siempre mostró por él Alfredo Serna, Miguel pudo sobrevivir al fin de año y comenzar el nuevo con algunos recursos. Pero anda todo tan justo que el 11 de enero, tras recibir una modesta suma de la madre de Sijé, a quien llama madrecita buena, hace saber al amigo que los problemas le amenazan de nuevo: «Mi madrecita buena (hasta ahora no he comprendido la inmensidad de su amor) me ha sacado de este apuro mandándome cincuenta pesetas que entregué al señor Morante enseguida. Con ellas he tenido pagado el mantenimiento hasta el día diez, pero si vosotros no hacéis un esfuerzo -¡otro!- no veo la forma de arreglármelas por esta vez [...]. Yo no sé, hermano, no sé. Tan pronto río lleno de alegría, como poseído de una feroz melancolía que arranca lágrimas de mis ojos, me acomete el desaliento; tan pronto veo que lo que hago vale un poquito la pena como que estoy haciendo el ridículo, me muerdo los puños de rabia e impotencia...»
EL ROBINSÓN ESPERPÉNTICO

 

El desconcierto de Miguel es enorme al ver que el artículo de Giménez Caballero todavía no ha visto la luz en las páginas de su revista: «He ido cien veces al lugar donde la imprimen: “No ha salido aún”, me dicen.» Se halla herido de ansiedad por el retraso de la prensa y por las amenazas del señor Morante, que cada vez perdona menos sus retrasos en el pago de la manutención. Por fin, cumpliéndose el milagro, la crónica del Robinsón ve la luz el 15 de enero de 1932 sin defraudar en nada, ya que la sirve sazonada, por supuesto, con su intratable ironía y su risueña actitud ante lo pintoresco del caso:

 

Llegó a mi casa el pastor poeta. Me fijé en su cara y en sus manos. Su cara, muy ancha y cigomática, clara, serena y violenta, de ojos extraordinariamente azules [...]. Las manos fuertes, camperas y tímidas. Le sometí a un interrogatorio de Juzgado municipal.
-¿Cómo se aficionó a leer y escribir?
-Pues ya ve, cogiendo todos los papeles que encontraba, yendo a la biblioteca del pueblo.

 

El entrevistador continúa con su tono habitual y reproduce, como muestra, un poema de la auténtica prehistoria literaria de Miguel -«En cuclillas ordeño / una cabrita y un sueño...»- para seguir insistiendo en la rusticidad del personaje:

 

(Salpico la mirada por todas las hojas sueltas de su cuadernillo. Es un auténtico pastor. Sabe a la hora que cantan los pájaros, y duermen las ovejas, y suspiran los pastores, y salen los luceros, y reluce la escarcha.)
-Pero hombre -le increpo-: ¿qué hace usted en Madrid vestido de gabán, tan señorito?
-Ya ve, quiero trabajar, colocarme en algo, sea como sea. Me vine con mis ahorrillos, aquello es muy estrecho, la Oleza de Miró [...].
Despedí a nuestro nuevo pastor poeta. Y le prometí que hablaría de él. Comprendí su ansia, su sueño. Simpático pastorcillo caído en esta Navidad, por este nacimiento madrileño.
A los pocos días tuve una carta suya, que transcribo. Carta desesperada y reveladora...

 

Ya lo hemos hecho nosotros y nos ahorramos de nuevo el comentario sobre el tema. Lo único positivo del asunto es que la amistad entre Miguel y un intelectual de la talla de Giménez Caballero no prosperó, aunque tampoco el eco de aquel artículo, que cayó simplemente en el vacío. Pocos años después, cubierto de soberbia, comentaría en una tertulia madrileña aquella breve relación con Hernández haciendo su particular valoración: «Miguel era un verdadero campesino del Levante español. Hablaba de cabritas, de ovejas, de yerbas, de pastores, de pájaros [...]. Quería colocarse. Yo entonces me dirigí a los camaradas literatos y al Gobierno de intelectuales republicanos en estos términos: -¿No tenéis algún intelectual que esté como una cabra para que lo pastoree este pastor-poeta? Pedí para él algún destinejo o algún premio para que el poeta no tuviera que volver con las orejas gachas a su pueblo. Luego se dijo que lo mío había sido un esperpento. ¿Qué otra cosa podía hacer yo? Y es que, amigo mío, no estaba la mesa para bollos.»89
La prueba de la intrascendencia que tuvo aquel artículo la pone de manifiesto el propio Miguel, quien, en carta remitida a José Marín el 22 de enero de 1932, siete días después de su publicación, ni siquiera lo menciona; sí alude, en cambio, a su terrible impaciencia porque aparezca la entrevista de Martínez Corbalán en la revista Estampa, ya que de ello depende que la hija del ministro tenga un sólido argumento para conseguir una beca de la Diputación de Alicante: «No te he escrito antes porque aguardaba a que apareciera la revista Estampa [...]. Yo creo que saldrán este sábado las dos poesías y la foto que me hicieron y otra que dejé yo al director de la revista... y nada... Para eso toda la semana diciéndome: “Ya faltan cinco días..., cuatro, tres...” ¡y tanto latido precipitado del corazón!... Ahora a esperar otra semana más, a desesperar... porque hasta que no aparezca eso no puede escribir Albornoz a la Diputación alicantina para pedir la pensión. Y que se la den... Y yo debo aquí en la Academia siete días de sustento... Y me hacen cara fea... ¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿No podías tú ir al Ayuntamiento y ver al señor Alcalde y hacer que me envíen quince o veinte duros?... Ve el modo de sacarle a Oleza algo más... Y si no te es posible, dímelo enseguida y no sigo más aquí..., no aguardo nada... Sin probar el néctar de la gloria: ya estoy harto...»
Las razones de Miguel para insistir tanto en una ayuda oficial que le saque por fin de sus apuros y le permita vivir con cierta dignidad mientras consigue una posición y un reconocimiento como escritor estaban más que fundadas. Existían conocidos precedentes que a Hernández no le resultaban nada lejanos. Era el caso del joven tenor de Orihuela, Pedro Sánchez Terol, que hasta julio de 1930 gozó de una beca institucional concedida por la Diputación de Alicante para realizar sus estudios de canto en Milán y subvencionar algunas de sus actuaciones. El silencio, sin embargo, del organismo alicantino respecto a un escritor principiante como era Miguel Hernández debería atribuirse a dos razones: a la inexistencia o desaparición de una partida presupuestaria que contemplara tales fines, o al escaso interés que pudiera despertar el mismo poeta, perdido en la corte por voluntad propia y sin libro que avalase sus méritos.
Está claro que la audacia y las esperanzas de gloria de Miguel le han llevado a un estrecho callejón. Sin obra publicada y sin experiencia poética mayor que aquellos versos que traía en una carpeta, la capital literaria e intelectual de España le debía resultar necesariamente hostil y no podía esperar de ella, en buena lógica, otra actitud que la más apremiante indiferencia o, en el mejor de los casos, como así fue, el recibimiento condescendiente y paternalista de quienes veían en él a una especie de poeta naïf, al prototipo ya casi extinguido del cabrero-poeta que irrumpe en los sagrados ambientes de la cultura nacional con su tosca indumentaria y su insolente rusticidad.
MODELO DE REVISTA

 

Si cierto era que en aquella urbe atropellada, cuajada de tráfico y de prisas, se hallaban esos poetas que leía con devoción (Alberti, Guillén, Salinas, Lorca), también era real la gran dificultad que suponía acceder al coto inexpugnable de aquellas figuras tocadas por la fama. Él no era nadie todavía y ni siquiera estaba al corriente de que cada uno de ellos, lejos de pasadas glorias comunes, había tomado su propio rumbo y andaba ya por derroteros más sociales que estéticos, más comprometidos en lo político que en lo puramente formal. Lo que tampoco sabían esos grandes líricos del momento era que aquel insignificante cabrero gozaba de un carácter y de una terquedad capaz de resistir mucho más de lo imaginable.
Asombra, sin duda, saber que entre tantas tribulaciones y argumentos para el desánimo, Miguel no dejara de escribir en ese tiempo. Todo lo contrario. Es en esos meses cuando, llevado por esa búsqueda insaciable de su forma, de una voz personal que le identifique y le rescate del coro de la mediocridad, produce más poesía que nunca. Dejando sus obligaciones -nada estrictas, por cierto- en la academia Morante, acude casi diariamente a la Biblioteca Nacional, para la que ha conseguido un pase. En un titánico esfuerzo de superación -la realidad le acucia más que nunca-, indaga y progresa en esa línea barroca que ha descubierto meses atrás y que ahora ha comprobado in situ, al tomar el pulso a la vida literaria madrileña y captar la significación del movimiento gongorino. Trata de penetrar en el significado culto de esas composiciones de gran complejidad, no ya de la mano directa del maestro del Siglo de Oro, sino también de los neogongoristas jóvenes que han bebido de él. Le entusiasma esa potencia creadora capaz de generar asombrosas imágenes, la perfección técnica que las envuelve y el punto de irracionalismo que albergan. Su inspiración, pese a tanto imponderable, es mucha y trata de vaciarla en moldes nuevos para él que supongan más contención que derroche, más concentración e intensidad que otra cosa. Y para ello prueba y ensaya con el endecasílabo y la octava real. Tal empeño le ayuda al mismo tiempo a superar la rudeza originaria, esas raíces de su vida que le atan a un pasado cargado de indignidad entre bestias y establos. Quiere hacer triunfar la inteligencia sobre el instinto, la belleza sobre la tosquedad que ha heredado. De modo que en ese tiempo, aunque en nada le compense para solucionar sus deudas con Morante, no se cansa de fatigar el diccionario, de indagar en la Segunda Antolojía de Jiménez, en las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, en el creacionismo, en Jorge Guillén y García Lorca, en los últimos resquicios de ese gongorismo que, apenas hacía unos años, había sido rescatado por poetas y teóricos como Alberti, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Alfonso Reyes, José María de Cossío, Lucien-Paul Thomas, Jean Cassou, Valéry Larbaud y Leo Spitzer entre otros. Y todo aquello le vale, agobiado como estaba por problemas económicos, para comprobar el espectacular crecimiento de su técnica verbal y conquistar con ello, empleando palabras de Leopoldo de Luis, «estadios cultos que le libren de sordideces ambientales y de fórmulas poco evolucionadas».90
No desaprovecha, pues, ese tiempo de espera, centrado en el objetivo de obtener una repercusión en la prensa de la capital que, de puro rebote, le facilite una beca del Ayuntamiento oriolano o de la Diputación alicantina. Y siente un importante espaldarazo cuando, por fin, el 20 de febrero de 1932, casi tres meses después de su llegada a la corte, aparece a toda página el reportaje de Francisco Martínez Corbalán en la revista Estampa. La presentación es vistosa. A la izquierda de la entrevista, ocupando un considerable espacio, figura impresa una fotografía de Miguel sosteniendo en su mano izquierda la carpeta blanca de sus poemas. Viste abrigo largo, traje, corbata y cuello mal ajustado. En el centro hay otra imagen del poeta en plena huerta, con su rebaño. Comparte, sin embargo, la crónica con un dramaturgo precoz de quince años llamado Virgilio Soler. Pero es Hernández quien acapara la mayor parte del trabajo de Corbalán. En él encontramos ingenuas confesiones:

 

Nosotros le estamos mirando con simpatía, y como vemos asomar por el bolsillo de su americana unas cuartillas, alargamos, sonriendo, la mano para que nos las entregue. El muchacho tiene un momento de vacilación:
-Yo... En fin; soy poeta... Mi padre es pastor de cabras en Orihuela, y lo mismo fui yo desde los catorce años. Antes fui a la escuela donde aprendí a leer y a escribir. Lo primero que leí fueron novelas de Luis del Val y Pérez Escrich. También he leído el Quijote [...]. Miró es el escritor que más me gusta y el que acaso haya influido más en mí [...]. He leído a Góngora, Rubén Darío, Gabriel y Galán, Machado y Juan Ramón. El que más me gusta es Juan Ramón.
Los primeros versos los escribió a los dieciséis años y pudo publicarlos en revistas de Orihuela. Está en Madrid desde diciembre. Y ha venido a luchar... Es despierto, rima con gran facilidad y apunta un fino sentido lírico, que si logra cultivar ha de dar a su tierra levantina motivos de satisfacción y orgullo.
Éste es el hombre. Tiene lo que no se compra; le falta lo que se puede adquirir. Porque sinceramente creemos que puede ser, le asomamos a nuestras páginas con la esperanza de que el Ayuntamiento de Orihuela o la Diputación alicantina le tiendan la mano, le ayuden a estudiar, a prepararse para ser.

 

Siendo un artículo que abunda en los mismos y almibarados tópicos de siempre, tiene al menos el aliento sincero de quien parece desear el éxito de Miguel. Sin embargo, tampoco alcanzó la repercusión esperada y fue, una vez más, una gota perdida en el mar, hecho que contribuye a desvanecer los sueños del poeta, que experimenta de nuevo el desdén y el hermetismo de las personas destinada a oír aquella voz de socorro.
Sí que llegó, pese a todo, la crónica de la revista Estampa a algunos rincones de Orihuela. En un taller de costura situado en el número 78 de la calle de San Juan, Carmen Samper, La Calabacica, ha reconocido el huecograbado de Miguel, con esa elegancia insólita que muestra en la imagen, y lo divulga entre sus compañeras. El revuelo es grande porque no es muy común que un muchacho del pueblo salte a las páginas de una publicación nacional, y mucho menos el poetico de la calle de Arriba, el Visenterre. Entre todas las costureras hay una, casi adolescente aún, de larga melena oscura, que escucha con cierta indiferencia los comentarios de sus amigas. Se llama Josefina Manresa, nunca ha oído hablar de Miguel y por esas fechas le trae sin cuidado que el muchacho de la imagen, poeta lírico además, salga en los papeles y sea vecino del pueblo.
A quien no le trae sin cuidado, ni mucho menos, su delicada situación es al propio Miguel. A primeros de marzo, la realidad le acosa implacable y alcanza límites de verdadera miseria. Por una carta fechada el día 6 de ese mes que dirige nuevamente a Ramón Sijé, podemos advertir un detalle estremecedor: Morante le ha echado por no pagar los atrasos y Pescador le ha dado las señas de una pensión para indigentes, la Posada del Peine. Debió de tratarse de un lugar tan inmundo, ratas y parásitos incluidos, que el poeta deambuló desde el viernes hasta las 10 de la noche del domingo por el metro y los puentes de Madrid. Finalmente, humillado y con el orgullo por los suelos, a fuerza de mil peripecias tristes, tendría que apelar a la caridad del señor Morante para que le diera de nuevo asilo. Sin embargo, en la misiva al amigo, no concede excesivo espacio ni relevancia alguna a estos detalles escabrosos. No quiere llegar a esos extremos, y descarga la cuartilla de toda gravedad bromeando sobre el aspecto que luce esos días Augusto Pescador -«si vieses a César Augusto de militar te asustabas»-, o dando divertidos recados para el compañero panadero: «Dile a Fenoll que cante y cante y cante.»
Estas situaciones se repetirán con relativa frecuencia durante esa primera y penosa estancia en Madrid. Hay constancia de que pasó hambre y de que en varias ocasiones hubo de dormir al raso, bajo las bóvedas del metro o en algún portal angosto. Lo que Miguel ignoraba precisamente ese día, el 6 de marzo de 1932, en que visitó por tercera vez a Concha de Albornoz sin ningún resultado, era que Alfredo Serna, su gran valedor en la capital, estaba consiguiendo para él lo que ningún mandatario de la cultura y la política había logrado hasta el momento. Serna era, además de farmacéutico y profesor en la academia madrileña, concejal del Ayuntamiento oriolano. Sus deberes de edil le obligaban a desplazarse con cierta asiduidad a la capital del Segura, y es a él a quien se debe la moción por la cual el Ayuntamiento orcelitano aprobó pocos días antes una pensión de diez duros mensuales para el poeta. Así consta en la noticia publicada por el diario La Verdad en la fecha citada: «El Ayuntamiento de Orihuela, en sesión celebrada el día 3 de marzo, ha concedido una pensión de 50 pesetas mensuales al poeta-cabrero Miguel Hernández, que se encuentra en Madrid ampliando estudios.»
La ampliación de estudios que estaba realizando Miguel en la capital consistía precisamente en andar de un lado a otro de pedigüeño, pasar necesidades y luchar hasta le extenuación para conseguir una ocupación o una ayuda lo suficientemente generosa como para no tener que regresar a su existencia de antes. «Él no quería -comenta Eutimio Martín- que su vida fuese la de un cabrero y ejerció la poesía como promoción social.»91 Sufría un problema de desclasamiento y nadie tenía derecho ni entonces ni después a reprocharle que se moviese por intereses materiales, que quisiera alcanzar un reconocimiento social que le permitiera vivir con holgura, tal y como el mismo poeta reconoce en una de sus primeras cartas a Sijé: «Mi única ilusión sería... ganar mucho, mucho dinero para volver a Oleza, y a la orilla del Segura estarme cantando hasta morir!»
Parece evidente que Miguel no había escogido el camino más corto para lograr sus propósitos. Los problemas seguían ahí, y la cantidad asignada por el municipio oriolano, si tuvo algún efecto real, desde luego no llegó a disfrutarla más de dos meses, ya que entre los sucesivos cambios que se producían dentro de la corporación municipal, quedó anulada la ayuda concedida.
SEXO EN INSTANTE

 

El aspecto que presenta Hernández a los cuatro meses de su estancia en Madrid comienza a evidenciar el deterioro moral y físico del poeta. Sus ilusiones por conocer a García Lorca a principios de marzo también se han esfumado. Se ha tenido que conformar con asistir al teatro, invitado por Pescador, para presenciar el recital poético de la actriz argentina Berta Singerman, que, al parecer, le deslumbra por su interpretación y por el virtuosismo de sus registros vocales, logrando mezclar canto, voces y silencios en un espectáculo que nada tiene que ver con los modos recitativos al uso.92 Pero más que la sorprendente declamación de la artista, lo que emociona a Miguel es el repertorio, ya que entre los poemas escogidos por la actriz hay algunos de Poeta en Nueva York («Son de los negros en Cuba»), obra de Federico que Hernández desconocía por completo.
Pero ni sus salidas por Madrid ni sus ratos en la Biblioteca Nacional o en el Museo del Prado consiguen distraerle de sus agobios materiales. Sigue obsesionado por esa beca de la Diputación que le puede sacar de la angustia que padece. Así lo manifiesta en carta a José Marín el 17 de marzo de 1932, víspera de su santo, en la que, tras felicitarle con un breve poema, pasa directamente a la carga: «Espero con impaciencia que me digas que ya has enviado el pliego a Alicante. Son desesperados estos días que pasan inútilmente. También aguardo dinero. He tenido que pedir a nuestros amigos Bellod y Pescador para el tranvía de algunos días; pero para Morante (que espera con ansia) necesito de ahí.» También aprovecha la misiva para comentar las lecturas en que anda ocupado: «Llevo leídos: Una noche en el Luxemburgo, de Gourmont; varios de Andreief; Un corazón virginal, también de Rémy; y el segundo tomo de El espectador, de Ortega y Gasset. Un libro precioso...» Pero el dato que más asombra es, sin duda, su desvelo por los otros, por el amigo, cuando quien más necesita de apoyo moral y de cuidados es precisamente Miguel. Lo hace con frecuencia en sus cartas, y en ésta, una vez más, deja clara su preocupación por la salud de Sijé: «No leas hasta las tantas de la noche que ya ves cómo te perjudica.»
Y en medio de la tempestad, en el vacío de las noches, mientras se mortifica en su cuarto acosado por Morante, comienza a echar de menos también a la muchacha que dejó en el pueblo. Se lo ha dicho a Pepito Marín en la posdata de la carta: «(Que lea esto Fenoll) Carlos: ¿Te acuerdas de la niña aquella que vi la última tarde de mi estancia en Orihuela? Pienso en ella a todas horas. No te rías. Aunque te parezca absurdo estoy como tú [...]. Haz el favor de darle (lo más discretamente que puedas y a solas si es posible) este sobrecito.»
Aunque en el recorrido que llevamos realizado de la vida de Hernández ha quedado claro a qué muchacha se podía referir el poeta, conviene insistir en que hasta aquella fecha no ha habido otro amor para Miguel que Carmen Samper Reig, aunque ésta no le hubiese correspondido en ningún sentido ni le diera esperanzas de ser su novia. Hernández, sin embargo, no se la puede quitar de la cabeza y ha tenido tiempo suficiente para idealizarla, si cabe, más aún. Es de recibo pensar que, con veintiún años cumplidos, Miguel echase de menos no sólo a la mujer que acapara sus desvelos amorosos, sino también el pleno goce sexual que su sangre le reclama. Un temperamento como el suyo, panteísta y encendido, no podía apartar de su vida un derecho tan fieramente humano. De todo ello hay sobradas huellas en los poemas que por esas fechas está elaborando. Metido ya en la órbita de su ciclo neogongorino, encontramos la composición «(Sexo en instante, 1)», donde, partiendo de una cita de Góngora (fulgor de mancebo altivo), reproduce el acto de la masturbación, el movimiento rítmico de la mano -un tic-tac-, y el sexo masculino que clama imperativo por su fuero hasta derramarse, al no encontrar acomodo en el vientre femenino: sin vértice de amor, holanda espuma. Sin embargo, como dirá en otro poema concebido en una etapa posterior, «Primera lamentación-de la carne», el peso de la educación católica que le ha adoctrinado en el sentido de la culpa y el pecado hará que esa práctica frecuente se vuelva muchas veces contra él y se convierta en una verdadera dictadura de la carne: «¡Conflicto! de mi cuerpo enamorado, / ¡lepanto! De mi sangre... sálvame de mi cuerpo y sus pecados, / mi tormento y mi alivio». Para acabar con una estrofa que no puede ser más elocuente:

 

La desgracia del mundo, mi desgracia
entre los dedos tengo,
¡oh carne de orinar! Activa y mala,
que haciéndome estás bueno.

 

De ese periodo es también su poema «Plenitud», una octava compuesta a raíz de recibir la noticia, por mediación probablemente de Fenoll, de que Carmen Samper, además de sus labores en el taller de costura, ha estado trabajando -práctica muy común entre las muchachas del pueblo- en la fábrica de seda. En él, después de llamarla la hortelana de los tres lunares, escribe: «Páranse, ya sin hilo, los telares / de los fríos gusanos carceleros / presos ya. Y bajo el cuello tus carrillos / lácteos se enveran dulces ya, amarillos». Pero es en la «Elegía de la novia lunada» donde sexo y amor, frustración y deseo, se reflejan de manera más clara. Ante los reiterados rechazos de la muchacha («bella a granel no mía / para siempre he perdido tu belleza»), al recordarla ahora, habla de sexo de acero y de tragedia, para acabar con la firme conclusión de quien sueña y no besa, de quien desea sin apenas esperanza:

 

Besando puertas voy, corriendo aldabas
contra el azahar, tu aliento,
y recordando un beso tan sin talla,
que no puedo jurar que te di un beso.

 

DECEPCIÓN Y VUELTA A CASA

 

Avanzado ya el mes de marzo, la situación de Miguel es todavía más penosa. Con la ropa deteriorada, amenazando convertirse en jirones, y los únicos zapatos que tiene, rotos y llenos de agujeros, se mueve por Madrid buscando aquello que no llega. En un derroche de generosidad e interés ha pedido a sus padres dos cajas de naranjas para Concha de Albornoz, que recoge en Atocha y tiene que llevar a hombros y andando desde la estación hasta el domicilio del ministro. No tiene los quince céntimos que cuesta el tranvía. Después se encamina a casa de Pescador a pedirle dinero, pero al no encontrarse en casa, ha de caminar más de diez kilómetros hasta la pensión. «Estoy casi desesperado -escribe a Sijé en carta del 22 de marzo- porque no has podido recoger nada. El pelo me llega casi a la nuca. Le pedí a mi padre y me ha escrito que no puede mandarme nada [...]. Tengo sólo una corbata y, ¿sabes cómo le quito las arrugas?, metiéndola de noche cuando voy a dormir entre las hojas del diccionario que es el libro de más peso que tengo...» Como esa «Rosa-entre páginas» que acaba de escribir, la corbata duerme también en lugar ilustrado: «en el capítulo aquel, / hoy, mejor, siendo el papel / plancha de dos pisos cultos».
Desde luego, Miguel no deja que la situación le venza por completo. Recurre, por ejemplo, a algún certamen literario con dotación económica. Envía así una composición muy a la medida de estos premios, «A la muy morena y muy hermosa ciudad de Murcia», haciendo concesiones que, si bien se ajustan muy poco a lo que por esas fechas escribe, tienen la virtud de complacer los gustos provincianos y otorgarle más posibilidades de obtener el galardón. «Tengo el presentimiento de que voy a salir premiado en Murcia», dice a Ramón Sijé el 23 de marzo. Pero nada de esto ocurre y, ante lo que debe en la pensión y lo incómodo que le resulta soportar amenazas y malas caras, piensa en cambiar de domicilio. Da, por si el traslado se produce, la dirección de Pescador, en Altamirano, 23, 1.º derecha, pero a mediados de abril vemos que aún continúa en la Academia Morante: «No puedo seguir por más tiempo en una casa [en la que ya] sé que soy una molestia. ¡Y cómo me marcho de ésta sin pagar lo que debo! [...]. No me quedan ganas de decir que soy [poeta]. Y que lo sepa todo el mundo o no ya me tiene sin cuidado [...]. [En lo sucesivo] seré cada día más del silencio y menos de nadie.» Su desesperación ha llegado a tal grado que habla con Augusto Pescador para tratar de recurrir de nuevo su excedencia de cupo en el servicio militar. Hace las gestiones precisas y pide un destino lo más alejado posible de Madrid y de Orihuela, pero ni esos desvelos le valen para que su petición sea atendida.
A comienzos de mayo, después de más de cinco meses de milagrosa resistencia en la capital, su salud ha comenzado a resentirse seriamente. Es posible que haya podido presenciar la multitudinaria manifestación del 1 de mayo, el paso por la Gran Vía de miles de obreros con banderas republicanas, rojas y negras también, en un ambiente enfebrecido, vestidos igual que él, con ropas humildes. Y es probable, como apunta Federico Bravo Morata93, que pensara por un momento que ese mundo y esa gente fueran los suyos, y no la sarta de intelectuales y políticos encumbrados a los que tiene que visitar para alcanzar un destino distinto, al fin y al cabo, al de ellos, al de esos trabajadores que agitan con orgullo los colores de su pobreza.
Lo cierto es que Miguel pasa hambre y duerme muchas veces en la calle para apaciguar los ánimos del señor Morante. Es muy probable que en aquellas circunstancias, bien a través de Arturo Serrano Plaja o de algún otro contacto, conociera a una pintora muy asentada en Madrid en esos años. Pudo ser un encuentro fugaz, pero lo suficientemente vistoso como para quedar registrado en la memoria de ésta, de modo que, muchos años después, al evocar a aquel muchacho que más adelante sí que tendría una gran significación en su vida, lo recordaría en estos términos: «Era como un fideo. Cuando llegó a Madrid vivía debajo de un puente...»94
Que tuvo que dormir al raso y padecer noches de intemperie y de miseria son hechos tan ciertos que, principiando ese mes, enferma y se ve afectado por una infección pulmonar que le tiene postrado una semana. La fiebre comienza a remitir, no así la tos, cuando el 5 de mayo de 1932 escribe a Sijé: «Hoy que ya estoy bien te lo digo: he estado verdaderamente enfermo [...], pero creo que para dentro de [unos días, según creo, habrá] desaparecido la tos.» Con las fuerzas que le restan, visita una vez más a Concha de Albornoz, que no ha podido recibirle. Ya la he molestado bastante, pensaría Miguel al regresar, una vez más, de vacío. Además, su aspecto, su vestuario tan penoso ya le provoca tal vergüenza que evita, en la medida de lo posible, menudear los lugares donde le conocen. De cualquier modo, la casa del ministro nunca fue sitio para él; y no hay más que reparar en el detalle de que a doña Concha, a quien nadie podrá negar su cortesía, nunca se le pasó por la cabeza admitir a Miguel en su selecto círculo de amigos ni en sus tertulias caseras, prueba ésta de que su buena voluntad estaba seriamente reñida con ciertos prejuicios que no vamos a calificar ahora.
Vencido, al fin, por tanto acopio de desdén e indiferencia, y en vista de que Madrid no tiene nada que ofrecerle, decide regresar a Orihuela, no sin antes quemar, en vano, su último cartucho con doña Concha de Albornoz. Sin medios para pagarse el billete de tren, recuerda las palabras del abogado José Martínez Arenas animándole a acudir, en última instancia, en su ayuda, y escribe de inmediato a Sijé: «Si no has podido recoger hasta hoy el dinero que necesito para marchar por esos cielos, ve enseguida a Martínez Arenas y pídeselo. Me dijo un día antes de mi primera salida que en que me hallara en la situación de éste, acudiera a él. No dejes de verlo hoy mismo si tus estudios te lo permiten. Es de extrema importancia que reciba lo necesario esta noche misma. Figúrate que esta semana ya no me han lavado la ropa interior y no tengo ni calcetines que ponerme. Además, los zapatos amenazan evadirse de mis pies; lo tienen pensado hace mucho tiempo. Te puedo escribir porque los sellos que me enviara mi hermana aún no los he agotado. Ayer he visto por fin a la señora Albornoz y me dice que no ha recibido contestación de Alicante. Me he despedido de ella definitivamente. ¿Qué esperanzas me quedan?»
La carta, fechada el 10 de mayo de 1932, es suficientemente elocuente para hacerse una idea de las últimas penalidades de Miguel en Madrid. Al recibirla, Sijé reacciona sin demora, pero para no interrumpir el ritmo de su estudio -¡ah, el asceta atormentado!-, en lugar de desplazarse a casa del abogado, muy próxima a la suya, le hace llegar la carta de Hernández, acompañada de una nota digna de mención:

 

Admirado amigo: Nuestro poeta, enfermo y pobre en Madrid, me pide para venirse a Orihuela. Le adjunto la carta. En una esquina de Madrid perdió el poeta su entusiasmo, que es pasión de dioses (Vd. es un hombre entusiástico y talento ardiente). Lo espero todo de Vd., tan atento a todas estas cosas del espíritu [...]. Nota: No voy a verle porque estudio. Temo quedar colgado de la esquina... Orihuela, 12 de mayo de 1932.

 

El último comentario de Pepito Marín acaso esté de más. Hay un juego de ironía impropio de quien siente y sufre la mala estrella de un amigo verdadero. Ese temor de «quedar colgado de la esquina», después de afirmar que el poeta perdió su entusiasmo «en una esquina de Madrid» es algo más que un juego literario, que sin duda lo es, si recordamos la expresión empleada por Miguel al decir que «Madrid es un lío de autos, tranvías, humo, gente que tropieza en todas las esquinas...»; palabras que parecen robadas de la propia vida de Miró, maestro de ambos, quien también, tras su llegada por primera vez a la corte, sintió igual desilusión y así lo manifestó en una deliciosa carta a su amigo Guardiola: «... Yo siempre fuera de mí, tropezando en todas las esquinas, y sin verme y sin conocerme [...]. Todo el día de calle en calle, sonriendo, saludando hasta con elegancia y, de cuando en cuando, bajo la frente como un ave el pico, y en vez de rascarme y despiojarme la pechuga, me golpeo en la conciencia preguntando por mí; y, yo, todavía no he llegado».95 La idea de andar perdido, sin norte, extraviado, como consecuencia de ese exceso de idealismo que todos recriminan a Hernández -Sijé el primero, aunque veladamente- se deduce de esas líneas que envía a Martínez Arenas y de una segunda nota que, al día siguiente, tras recibir contestación del abogado para que especifique la cantidad exacta que ha de enviarle a Miguel, Marín le responde con otra breve misiva en la que alude, desde su gran cordura, a la quijotesca aventura del poeta:

 

Admirado amigo: Primeramente -aunque, desde luego, lo esperaba-, agradecimiento en nombre del poeta, limpio de caridad oficial. (Parece que la República de Trabajadores españoles no se preocupa de los buenos trabajadores poetas españoles.) Sus tumbos por Madrid, sus aventuras de Quijote-poeta, fueron guiadas por Vd. Un diputado que nos representa en Cortes cerró su puerta a Hernández. ¿Y qué?... -se diría Miguel-, si yo lo perdono. Una vez más sé que hablar de Vd. es hablar del hidalgo (si hubiera vivido entonces Vd. hubiera peleado en Flandes) que, por nacer en el siglo XIX, ha venido a convertirse en «liberalote». (A.M.D.G.) Un abrazo de José Marín Gutiérrez. -Necesito 42 pesetas.

 

La labor de Sijé volvió a resultar eficaz, haciendo de intermediario y pedigüeño para el amigo, que recibió el viernes 14 de mayo un giro de cuarenta y una pesetas, descontando de la primera cantidad el precio del envío. Sin embargo, para esa fecha, víspera de su salida hacia Orihuela, consigue un billete gratuito (pasaje de estudios o de caridad) expedido a nombre de Alfredo Serna que éste, para ahorrarle los gastos del viaje, le cede gustoso. Tampoco encuentra su cédula de identidad (la ha debido de perder en los traslados y escapadas por Madrid) y se la pide a Pescador. La noche del día 15, con su maleta llena de ropa raída, inservible en su mayor parte, su pesado diccionario y algunos libros que ha conseguido por muy poco dinero, coge el tren en la estación de Atocha.
Los tiempos no son precisamente tranquilos. La República ha supuesto profundas y, en algunos casos, precipitadas transformaciones sociales que no son fáciles de asimilar por muchos sectores de la población. Hay cambios en el Ejército y decisiones gubernativas que afectan seriamente el orden religioso y cercenan progresivamente el poder del clero. Desde el diario ABC se insta a los monárquicos a rebelarse contra el nuevo régimen que ha legalizado los matrimonios civiles y ha llegado a disolver la Compañía de Jesús. En medio de ese ambiente enrarecido, Miguel cruza la meseta en el vagón de un tren que no avanza más allá de 35 kilómetros por hora. El revisor entra en el compartimiento y le pide el billete y la identificación. Pero Hernández, que sólo sabe de mentiras piadosas y a veces hace gala de una inmensa ingenuidad, trata de explicar el entuerto sin ninguna fortuna, ya que lleva una identidad falsa y comete el delito de utilizar un pase que no le corresponde. Es detenido y obligado a descender del tren en Alcázar de San Juan, donde dos guardias civiles le conducen esposado hasta la prisión. Recurre, como siempre, a Sijé, y en vista de que el telegrama que le envía esa misma mañana (domingo 16 de mayo) no recibe respuesta, le escribe al día siguiente una carta desesperada:

 

[...] llega la noche y salgo de Madrid [...] y enseguida me detienen... Me dicen que soy un estafador; que suplanto la personalidad de otro; me escarban en los bolsillos; me insultan y avergüenzan cien veces, y cuando llega el tren a Alcázar de San Juan, me hacen descender del tren y entrar en la cárcel escoltado, no por dos imponentes guardias civiles, por dos ridículos serenos viejos y socarrones [...]. No te cuento ahora lo que he pasado, desde las dos de la mañana del domingo hasta las cuatro de la tarde del lunes, en la cárcel. Por fin he salido [...]. Esta pasada noche he dormido en casa de este papel («La Alegría», Café-Bar para Viajeros, Ambrosio García Sierra, Paseo de la Estación, 25). Necesito enseguida las setenta pesetas que te pedía en mi telegrama que supongo has recibido. No me quedan más que unas pesetas para comer y dormir hoy martes. Pídeselas al señor Alcalde o a quien tú creas que te las dará. Envíamelas telegráficamente para poder salir mañana noche miércoles para Orihuela. Si no están aquí antes de las nueve, que es la hora que cierra Telégrafos, me moriré de hambre y de sueño por las calles de Alcázar. Si mi familia no sabe nada, no le digas nada. Si sabe, dile que has recibido carta mía y me hallo perfectamente. Manda a esta dirección: Santo Domingo, es la de la cárcel..., pero no puede ser otra. Abrázame. Perdóname, hermano.

 

El miércoles 19, tras recibir el dinero, salió de Alcázar de San Juan rumbo a Orihuela. La miseria había tocado fondo esos días perdidos en un pueblo manchego, en una cárcel y en un camastro en el que, tan sólo un día antes, había muerto un preso. Lo que no imaginaba Miguel era que aquella prisión no sería la última de su vida. Le quedaban doce más y un largo rosario de detenciones y desengaños que reducirían esta primera aventura de Madrid a un hecho meramente anecdótico.
TODO IGUAL, TODO DISTINTO

 

Hernández llega a Orihuela el 20 de mayo de 1932. Han sido seis meses de aventura y desaliento que muchos califican de fracaso. Sin embargo, al hacer balance, el poeta descubre que ese tiempo no ha resultado inútil. Le ha servido, entre otras cosas, para reconocer lo desfasada que estaba su poesía juvenil. Se ha puesto al día en muchas cosas y ha comenzado una trayectoria nueva en la que se empieza a escuchar, con verdadera nitidez, la poderosa voz de un poeta, de un escritor que, poco a poco, ha encontrado su tono y se siente capaz de sorprender, en cualquier momento, con un primer libro.
Su quebranto moral, físico incluso, encuentra alivio en los amigos que han ido a esperarle. La emoción de su madre y sus hermanas dan el toque íntimo y entrañable al acontecimiento que ha supuesto su regreso. El padre, sin embargo, se aferra a su sequedad, no es amigo de efusiones afectivas, y mucho menos después de haber oído comentarios poco favorables hacia su hijo por parte de amigos y vecinos. Ya le advirtió de su loca aventura y de las penalidades que le esperaban en Madrid, donde sin dinero y sin padrinos no hay manera de medrar. En el fondo, aunque no lo manifieste, le duele el fracaso de Miguel después de haberlo visto en los papeles y haber presumido, todo hay que decirlo, en el café de Levante ante sus compañeros con la revista Estampa en la mano. Hay atisbos de cordialidad entre sus quejas y comprende que las cabras ya no son para su hijo. Salvo eso, la vida en Orihuela ha cambiado muy poco.
Los primeros días ha sido el centro de las reuniones en la tahona de Fenoll. Hay alguna ausencia. Jesús Poveda está haciendo el servicio militar en la Base de Submarinos de Cartagena, aunque, por ventajas de proximidad, viene con frecuencia por el pueblo. El resto escucha ensimismado lo que Miguel cuenta de su odisea en la corte, sobre todo lo que de positivo ha supuesto la experiencia: el contacto directo con las corrientes artísticas del momento, su renovación de las ideas literarias y el choque con una actualidad y una generación de vanguardia que estaba lejos de su alcance.
El cambio más apreciable que detecta el poeta afecta al orden social y eclesiástico. Los jesuitas han sido expulsados de Orihuela y se han suprimido las manifestaciones religiosas por las calles. En efecto, el 24 de enero de 1932, un decreto general promulgado por el Gobierno republicano había disuelto las Comunidades de la Compañía de Jesús y había prohibido las ceremonias católicas en los cuarteles y en las escuelas. Incluso se ha dispuesto que no hubiera procesiones en todo el territorio nacional. El edificio de Santo Domingo había dejado de ser, por tanto, un colegio religioso, adscrito ahora al Instituto de Segunda Enseñanza «Gabriel Miró» y a las Escuelas Graduadas. La expropiación trajo, como era de esperar, su lógica polémica, provocando la campaña levantada por la población conservadora contra la incautación de una propiedad de la Mitra. Pero lo cierto es que carecían de razón, ya que a finales de 1931, al inscribir el obispo Irastorza los bienes de la Iglesia en el Registro, olvidó incluir en la relación el histórico edificio. A ello se acogieron las autoridades para publicar un comunicado firmado por la Comisión Pro-Instituto donde se declaraba que Santo Domingo era legalmente propiedad municipal. Pero lo que más preocupaba a las familias adineradas de Orihuela era la formación de sus hijos, mostrándose dispuestas a impedir que éstos recibieran una instrucción laica en un colegio del Estado; para lo cual hallaron una solución poco menos que clandestina, trasladando a sus vástagos a un centro aparentemente neutral, la Academia Loaces, entre cuyos profesores había unos cuantos jesuitas de paisano. Lejos de lo que pudiera pensarse y en contra de la disposición de la alcaldía oriolana que había ordenado a los padres jesuitas abandonar el término municipal en el plazo de doce horas, muchos de ellos se quedaron en la población vestidos de seglar, impartiendo clases a escondidas en centros como el ya mencionado o en las casas particulares de las familias pudientes.
Transformaciones tan drásticas en una ciudad tradicionalmente católica no podían dejar impasibles a ciertos jóvenes que, en plena ebullición de sus ideas, veían cómo los pilares de su espiritualidad sufrían las consecuencias del nuevo régimen. Entre ellos, era lógico que destacara la cabeza organizativa e inquieta de Ramón Sijé, quien, abrumado por las desagradables circunstancias, buscó el modo de crear un núcleo de resistencia que fuera bastión contra la progresía y lugar de cultivo de su neocatolicismo teórico. A la búsqueda de un maestro espiritual que aglutinara a aquellas almas perdidas entre las convicciones tradicionalistas y las ideas revolucionarias de la República, ese grupo de jóvenes cristianos encontró en el monje capuchino fray Buenaventura de Puzol (profesor de Teología y consiliario de la CEDA) la sombra protectora y el guía de sus propósitos. El convento de este religioso iba a ser para ellos un oasis de espíritu en esos años difíciles. Allí se reunirían José Marín, Tomás López Galindo, el joven abogado Juan Bellod Salmerón, el notario José María Quílez, Juan Colom, sacerdote catalán y catedrático de Filosofía en el Instituto de Segunda Enseñanza, y Jesús Alda Tesán, profesor de Lengua y Literatura castellanas en el mismo centro. Transcurrido un tiempo, esas reuniones hallarían su cauce de expresión en una publicación de marcada ideología católica que alcanzó singular trascendencia en la época.
Volviendo a Miguel, nada hace pensar que su regreso hubiera sido el retorno a lo de siempre. Él mismo ha cambiado y, pese a manifestar su carácter risueño y exultante en momentos determinados, se muestra más metido en sí mismo, más amigo que nunca de la soledad y del retiro, sensación que se agudiza durante las semanas de ese verano, cuando su experiencia madrileña ya sólo sea un recuerdo y Ramón Sijé se ausente de Orihuela.
Mientras tanto, y a escasos días de su llegada de la capital, Miguel empieza a trabajar como contable en la tienda de «Tejidos Marín», comercio que regenta el padre de Sijé. Ha sido un nuevo favor del amigo y su familia, con quienes tanto se ha compenetrado el poeta, hasta el punto de llamarles, con absoluta franqueza, padres y hermanos. Es un empleo flexible, cómodo, que no le mantiene sujeto a obligaciones ni a la rigidez horaria de una labor remunerada. Al menos le tiene lo suficientemente ocupado como para justificar ante don Miguel el abandono de su oficio de pastor, y le permite a la vez dedicarse casi por entero a la poesía.
Tampoco sus amigos pierden el tiempo. Sijé, encerrado como siempre en su estudio, ha publicado numerosos artículos en el diario El Día de Alicante, y Carlos Fenoll, para no ser menos, cuenta con bastantes poemas nuevos y ha pensado recogerlos en un libro que podría titularse El llanto encadenado. Miguel también tiene muy avanzado el suyo y durante el verano quiere dejarlo acabado. Se trata de esas composiciones de factura culta que ha escrito, en su mayor parte, durante su estancia en Madrid, y entre las que abundan las octavas reales, sin desdeñar otros metros como la décima, de clara inspiración guilleniana, o poemas extensos que ha concebido igualmente bajo la idea de que la poesía es, ante todo, enigma, ámbito hermético que encierra un delicioso secreto.
HOMENAJE A GABRIEL MIRÓ

 

Poco antes de ausentarse de Orihuela para acudir a un campamento universitario, Sijé ya está perfectamente informado de toda la producción nueva de Miguel y piensa que es el momento de que éste publique su primera obra. Sus contactos con los editores de Madrid aún no son lo suficientemente estrechos como para probar por esos cauces, y entonces piensa en un medio más próximo que, además, pertenece al órgano divulgativo que mejor controla Marín: la prensa católica. Él sabe que el diario La Verdad de Murcia ha creado recientemente una colección de poesía, «Sudeste», cuyo primer libro, publicado en abril, corresponde al poeta Antonio Oliver Belmás. Esta obra, titulada Tiempo cenital, no pasó inadvertida para el agudo olfato de Ramón Sijé, que tuvo la deferencia de dedicarle una amplia crítica en el Diario de Alicante. A raíz de ello, se generó una estrecha relación entre los dos jóvenes que, transcurridos unos meses, sería enormemente provechosa para Miguel, ya que Oliver facilitó el terreno para que ambos, Sijé y Hernández, hicieran una visita a los talleres de La Verdad y allí tomaran un primer contacto con los responsables del periódico. El viaje a Murcia tuvo lugar a primeros de julio, tal y como reza la crónica publicada el día 10 por este mismo diario:

 

El otro día estuvo en nuestra redacción el poeta oriolano Miguel Hernández. Es muy joven; los años de su niñez los pasó cuidando cabras; hace muy bellos versos y quiere ser marino para «cantar al mar». Le acompañó en su silencio de breñal el culto escritor Ramón Sijé, también oriolano y joven, que nos contó la vida interesante del poeta y nos dio un recital de sus versos.

 

Del texto se deduce que Miguel apenas abrió la boca y que fue su amigo quien llevó la voz cantante en aquel encuentro: contó su vida y recitó sus versos. Por otra parte, se advierte que aún siguen explotando la fórmula del poeta-pastor que sale de su oscura miseria gracias a la poesía. Pero conviene recordar, como apunta Eutimio Martín, que ese silencio de Hernández tiene más de comedia que de timidez, ya que es mucho menos ingenuo de lo que pudiera pensarse y sabe perfectamente que explotar su condición de pastor puede ser beneficioso para alcanzar sus ambiciones literarias. De hecho, en nota final del citado artículo, se alude al compromiso adquirido, tras la visita, por el director del periódico: «La revista Sudeste nos anuncia la inmediata edición de una recopilación de poesías del joven oriolano Miguel Hernández.» A título sólo de curiosidad, en la edición de ese día, junto a la crónica sobre Miguel, se podía leer la siguiente noticia: «El ilustre Rector del Instituto Católico de París, Monseñor Baudrillart -de particular significación en el futuro carcelario de Hernández-, una de las figuras más relevantes de la Iglesia de Francia, ha escrito un prólogo a un libro sobre persecución religiosa.»
En julio, pues, Miguel tiene comprometida ya la edición de su primer libro, aunque quedan aún muchos detalles por concretar y no ha hecho la selección definitiva de los poemas que piensa incluir en la obra. Ha conocido en la redacción de La Verdad a José Ballester y al responsable de la colección «Sudeste», Raimundo de los Reyes, con quien comenzará una fecunda relación, y ha tenido noticia, por una vía mucho más eficaz que la iniciada por Concha de Albornoz, de la existencia de Juan Guerrero Ruiz, secretario entonces del Ayuntamiento de Alicante. La vinculación con Murcia de este «Cónsul General de la Poesía», según lo definió García Lorca, era absoluta, ya que Juan Guerrero había dirigido años atrás, en esta misma ciudad, el suplemento cultural Verso y Prosa, imprescindible para entender la actividad literaria del grupo poético del 27, lo que justifica, entre otras cosas, su estrecha ligazón con los grandes poetas del momento. Además, ha sido secretario de Juan Ramón Jiménez y también de José Bergamín tras ser nombrado este último director general de Asuntos Sociales por el Gobierno de la República; datos, todos ellos, que hay que sumar y ponderar para comprender la enorme trascendencia que tal amistad, surgida por aquellas fechas, habría de tener para un joven poeta como Hernández.
Esos meses de verano, Miguel los dedica intensamente a escribir, a leer, a meditar también sobre su futuro. Su amigo Sijé se ha marchado al Campamento Universitario de Sierra Espuña que organiza la FUE, y esa ausencia conduce al poeta a un periodo de melancolía y aislamiento del que va a sacar un considerable provecho: «No me escribes casi nada, hermano -dice a José Marín en carta del 18 de agosto de 1932-. No he salido de mi huerto desde que te fuiste. No he visto un periódico. Me avergüenza ir por Orihuela con mi vieja y señera y vieja indumentaria. Hasta que no aparezca el libro no podré hacer otra cosa.» Su compañero, que se sigue moviendo con tanto interés como eficacia, aprovecha esas vacaciones para crear nuevos amigos -en su mayoría, estudiantes católicos- y ensanchar relaciones muy beneficiosas para el futuro de Hernández. Allí conoce Marín a Carlos Martínez Barbeito, Manuel Augusto García Viñolas, Félix Ros, José Zamora, y, sobre todo, se reencuentra con Antonio Oliver, esposo ya de la escritora Carmen Conde y fundador de la Universidad Popular de Cartagena.
Durante esos días ha sucedido algo imprevisto que, sin duda, afectará a la publicación del libro de Miguel. El 10 de agosto, el diario La Verdad ha sido suspendido y sus talleres clausurados por la censura, al determinar el Gobierno que dicho periódico había apoyado desde sus páginas el fallido pronunciamiento del general Sanjurjo; un verdadero contratiempo que Hernández asume con preocupación de autor neófito al que le persiguen las dificultades. Sin embargo, Sijé, que ha regresado ya de sus provechosas vacaciones, se ha ocupado de atar muy bien todos los cabos para que nada perturbe la prometida publicación. Sabe que la medida gubernativa contra el diario católico no puede durar mucho, y lo tiene todo dispuesto para estrechar mucho más, si cabe, los vínculos con sus amigos de Murcia. A ellos, como a todos sus contactos en la provincia y en otros puntos de España, ha sabido implicar sagazmente en el proyecto del homenaje a Gabriel Miró que, junto a otros prohombres de la cultura oriolana, ha organizado para el mes de octubre.
En efecto, desde la muerte del gran escritor alicantino en mayo de 1930, José Marín considera que Orihuela ha de ofrecer su tributo al autor que supo retratar con su magnífica prosa el espíritu de aquella ciudad levantina. De hecho, el 29 de junio de 1931, apoyado por José Olmedo Almeida, José María Pina Brotons y José María Ballesteros, abre una suscripción popular para erigir un monumento a Miró, dando para el envío de los donativos su propia dirección: Mayor, 27. Al parecer, la idea de dicho homenaje se acabó de gestar en la tertulia del Hotel Palace de Orihuela, donde se reunían Sijé, Juan Bellod, Mariano Cremades, Tomás López Galindo, Plácido Gilabert, Augusto Pescador, el juez José Olmedo, José María Pina y Alfredo Serna cuando su trabajo en Madrid se lo permitía. Pese a la oposición de algunos sectores locales, el proyecto está muy avanzado en las fechas en que Miguel regresa de su primer viaje a la corte, y todo el tiempo que resta, entre agosto y octubre de 1932, lo emplean en ultimar los preparativos del acto.
También ha pensado Sijé en una publicación que se sume a tan especial evento, una revista única que recoja colaboraciones de firmas de prestigio y que aglutine a personajes de la cultura que simpaticen con la obra de Miró. Así es como surge la joya bibliográfica El clamor de la verdad, título inspirado en un diario apócrifo que aparece citado en El obispo leproso. Su fecha de edición es el 2 de octubre de 1932 y fue impresa en tinta sepia en los Talleres Tipográficos de la Beneficencia, local muy próximo a la iglesia de Monserrate. Un simple repaso al sumario nos puede ayudar a medir el alcance de aquella edición y a interpretar futuras relaciones y consecuencias. La revista se abre con un artículo titulado «Gabriel Arcángel» que firma Anti-Alba Longa, nuevo seudónimo de José Marín tomado de uno de los personajes del novelista. Le siguen las siguientes colaboraciones: «Poemas», por María Cegarra Salcedo; «Orihuela y Gabriel Miró», por José M.ª Ballesteros; «El cuerpo derruido», por Antonio Oliver Belmás; «Dos poemas», por Carmen Conde; «En la puerta», por José M.ª Pina; «Limón» y «Yo-la madre mía», por Miguel Hernández; «Voces de silencio», por Carlos Martínez Barbeito; «Estampa mironiana», por Julio Bernácer; «Geografía de un claustro», por Ramón Sijé; y «Orihuela, principio y término de Sigüenza», por Raimundo de los Reyes. Hay también una Estafeta donde se citan las adhesiones de Ortega y Gasset, Fernando Varela, Gregorio Marañón y Julio Bernácer, además de un toque de atención a Pedro Salinas -«desconocido poeta sin domicilio»-, quien, al parecer, ni ha aceptado colaborar en la publicación, ni se ha dignado contestar o enviar una nota de excusa. El número cuenta también con un retrato del novelista alicantino realizado por el dibujante murciano Luis Garay, una fotografía de Gabriel Miró facilitada por Juan Guerrero Ruiz y otra de Santo Domingo, y una reproducción del busto encargado al escultor José Seiquer Zanón.
Es también por esas fechas, comienzos de octubre, cuando se inaugura el Instituto de Segunda Enseñanza, que supone la llegada a Orihuela de un grupo de profesores y maestros de excepcional influjo en la ciudad y la consecuente aparición de un foco cultural renovador. De aquellos educadores conviene reseñar los nombres de Francisco Ochoa, Gerardo Paños, Francisco Zaragoza, González Sáenz, M.ª de los Ángeles Vaquerizo, Portillo Sequeros, Juan del Amo y los ya citados Juan Colom, de gran influencia teológica y filosófica en el grupo católico de Sijé, y Jesús Alda Tesán.
Todos ellos fueron testigos del acto que, por fin, el 2 de octubre, rinde el esperado homenaje a Gabriel Miró en la Glorieta que, desde ese día, llevará el nombre del escritor. Sijé se podía sentir satisfecho de haber conseguido implicar para tal fin a las personas más significativas de la clase intelectual oriolana. La comisión organizadora había cursado previamente una invitación con el título de «Romería lírica a Oleza, con motivo de la inauguración del monumento al escritor levantino Gabriel Miró», que fue enviada a todas las instituciones culturales de la región. Al parecer, con la idea de conceder mayor realce al acto, se tanteó al poeta Pedro Salinas para que abriera el homenaje con un discurso, pero no hubo ni siquiera respuesta por su parte; también se hizo lo propio con Jorge Guillén, quien después de aclarar su amistad y admiración por el novelista alicantino, lamentó su imposibilidad de asistir. Tampoco fraguó la invitación cursada a un diputado a Cortes que hizo una lectura política del acto y se negó a participar en él. Finalmente, se pensó en la figura de Ernesto Giménez Caballero, quien hacía unas semanas había dedicado en su revista unas elogiosas palabras a Miró: «Por las calles de Oleza avanza en silencio triunfal el Obispo Leproso...» Sijé mantenía ya con el polémico director de El Robinsón Literario de España una profusa correspondencia en la que se adivinaba cierta confluencia ideológica, ambos cursaban Derecho en la Universidad de Murcia y sobraban razones para que Giménez Caballero aceptara hacer de orador en aquella fiesta literaria.
Cumpliéndose todas las expectativas, el homenaje comenzó con unas palabras introductorias de Sijé dedicadas a Miró: «Ven a mí porque me hiciste tuyo. Sea en mí tu palabra, flor, rosa. ¡Las viejas palabras beatas son en mí dulces palabras estéticas!» Tras él, la intervención de Giménez Caballero acaparó la atención del auditorio desde la primera frase, no sólo por el histrionismo de sus gestos, sino por un discurso que se prometía tan ofensivo como épico. No se podía esperar otra cosa de un provocador visceral que por aquellas fechas había dado sobradas muestras de descortesía y de cinismo. Sus desafueros y sus desplantes habían escandalizado ya al público de Madrid y ¿qué menos podía hacer ante una concurrencia provinciana, ingenua, que adoctrinarles con sus nuevas ideas? Para entonces, Giménez Caballero había caído en el descrédito literario por culpa de su obsesivo medro político y sus ideas filofascistas. Llegaba a Orihuela -tras regresar de un viaje por la Italia de Mussolini- con un libro recién publicado, Genio de España, cuyo contenido, según el propio autor, más que leído debía ser predicado entre los jóvenes. Y con todo ello a sus espaldas, sin respeto alguno hacia aquel público, comenzó la alocución manifestando su extrañeza por haber sido invitado a aquel acto, ya que él, ni por conocimiento personal ni por afinidades intelectuales, sentía especial interés por el homenajeado. Después de criticar la ausencia, sin embargo, de literatos que sí se jactaban de ser mironianos (en clara alusión a Guillén y a Salinas), comenzó a elevar su tono y a cargar las tintas contra un Gobierno que era capaz de expulsar a los jesuitas de Santo Domingo, augurando a continuación la vuelta de éstos. Sus declaraciones no cayeron bien en aquella reunión de amigos que habían ido a disfrutar de la inauguración del monumento a Miró sin pretensiones de otra índole. Entre los asistentes se encontraban Antonio Oliver y Carmen Conde, ambos republicanos de izquierda, la joven escritora de La Unión, María Cegarra, amiga del matrimonio, Raimundo de los Reyes y un nutrido grupo de conocidos de Sijé y Hernández que había colaborado en El clamor de la verdad y en los preparativos del acto. Pese a todo, Giménez Caballero, tras cesar el revuelo y los rumores que venían suscitando sus palabras, continuó la alocución insistiendo en sus salidas de tono, deseoso como estaba de airear, con el pretexto del homenaje, su apología fascista. Caldeado ya el ambiente, terminó por declarar en tono irónico que «él no estaba ni había estado nunca a régimen, pues el régimen era cosa de enfermos y él se encontraba sano de alma y de cuerpo».96 Fue en aquel momento, colmada ya la paciencia de muchos de los allí congregados, cuando Antonio Oliver Belmás interrumpió al orador para calificarlo de embustero en medio de un murmullo que aprobaba su enérgica protesta. El alboroto que desencadenó aquel desagradable percance se resolvió con la detención de Oliver que, obligado a abandonar el acto, fue conducido junto a su mujer hasta una dependencia policial. Miguel Hernández los acompañó y estuvo con ellos hasta que el incidente quedó aclarado.
Esa misma mañana, Carmen y Antonio acababan de conocer al poeta, de quien tenían sobradas noticias a través de Sijé. «Nos vimos gratamente halagados -comenta Oliver Belmás- al observar su presencia junto a nosotros, con cuya instintiva decisión, claramente reprobatoria de la actitud de Caballero, sellaba la que iba a ser una amistad fraternal, demostrando además la condición humana y espiritual del poeta oriolano. Por su mediación, y los informes llegados con premura, no tardamos en salir de allí, incorporándonos a la terminación del acto, en que Miguel, después de ser descubierta la escultura dedicada a Miró, depositó al pie de ella un gran ramo de flores...»97 Fue un encuentro entrañable que rubricaría para siempre la amistad entre los tres.
Sin embargo, y para acabar ya con Ernesto Giménez Caballero y su proselitismo político, conviene conocer su versión de los hechos y su posterior intento de implicar en su militancia fanática y antiliberal no sólo a Sijé -para lo cual quizá no le faltaran razones-, sino también a Hernández. Así, en su libro Memorias de un dictador, llegaría a incluir a Miguel en la nómina de fascistas oriolanos, de quien diría: «Miguel Hernández conmigo y Ramón Sijé y alguien más iniciamos un saludo de mano abierta ante el busto inaugural de Gabriel Miró.»98 Afirmación que resulta muy poco consistente si tenemos en cuenta que un gesto como ése, en un lugar público, hubiera supuesto, entre otras cosas, la ruptura de relaciones entre el poeta y el matrimonio Oliver-Conde. Pero hay más, ya que el 30 de julio de 1937, en plena contienda civil, el diario ABC de Sevilla publica un texto de Giménez Caballero donde hace memoria del incidente de Orihuela, presumiendo de haber estrenado ese día una camisa azul mahón que profetizaba el color elegido por la Falange, poco tiempo después, para uniformar a sus hombres:

 

Se elevó en Orihuela un busto a Gabriel Miró en recuerdo de su muerte. Como todos los intelectuales republicanos andaban buscando enchufes, nadie de ellos quiso ir a conmemorar al poeta de las Figuras de la Pasión. Yo tenía un grupito de amigos -de fascistizantes- en aquel rincón levantino. Y me invitaron a hablar. Me presenté con camisa azul, mientras imponía, ante un importante jaleo que se armó, mis teorías antiliberales y antisocialistas. Formaba entre aquel grupito un malogrado muchacho, Ramón Sijé, que murió. Un magnífico poeta que acababa yo de descubrir, José Hernández [sic], pastor de Orihuela. A ése le pasó algo peor que malograrse, descarriado en brazos de Bergamín, en su venenosa Cruz y Raya [...]. Al final del jaleo en que vaticiné esto: la vuelta de los Jesuitas a España, por nosotros, discípulos de quienes los habían expulsado, le di una predicación en el casinillo del pueblo a aquel romántico grupito de aurolianos [sic]. Recuerdo que traté de la forma y el color de la camisa para Falange [...]. No me equivoqué mucho. Nuestro jefe dictó el azul mahón, y me halagó aquel antecedente mío en Orihuela.»

 

PERITO EN SUEÑOS. PERITO EN LUNAS

 

Ese mes de octubre, y tras el sonado homenaje a Miró, Miguel ha tenido tiempo suficiente para meditar su situación y pensar de nuevo en salir de Orihuela. El diario La Verdad sigue clausurado (abrirá sus talleres el 7 de ese mes); teme que se esfumen las posibilidades de ver publicado su primer libro y, además, necesita fervientemente hallar una colocación, un empleo que le reconcilie con los suyos y le permita ganar el pan que se come. En vista de que no encuentra nada que satisfaga sus propósitos, prueba entonces con don Luis Almarcha, ya que ha leído en el Debate, diario derechista de la prensa católica, la concesión de becas para periodistas jóvenes. Con la ayuda del canónigo podría trabajar en un periódico nacional y vivir, ya sin miserias, en Madrid. A él se dirige en carta del 10 de octubre de 1932 disculpándose, de antemano, por su timidez y por las escasas visitas que ha hecho al vicario desde su vuelta de la capital: «[...] tengo, tendré siempre presente, sus consejos respecto a poesía, sus amenas conversaciones, en las que aprendí bastante, sus deseos de hacer de más grande solidez mi cultura, tan débil [...]. El caso, querido don Luis, que deseo vivísimamente estudiar y en casa no pueden o, no sé, no quieren, mantenerme si no trabajo [...]. Yo me ahogo en mi casa. Me dicen que no hago nada. Y yo no respondo que en los seis meses que no hago “nada” he hecho más que nunca (dar un salto enorme en la poesía, leer muchos libros y preparar uno para dentro de unos días), porque, ¿para qué? [...]. Ellos no sabrán nunca que leer y hacer versos e inclinarse sobre la tierra, o sobre las cabras, son la misma cosa y para leer y hacer versos, como para trabajar es necesario (¿verdad?) amor [...]. He leído en el Debate del sábado 8 la convocatoria que hace dicho periódico a los aspirantes a periodistas, así como los planes de estudio en su Escuela de Periodismo... ¿Quiere usted que vaya a visitarle a su casa esta noche, entre ocho y ocho y media, y me dice usted lo que sepa de esto? ¿Hará usted, querido don Luis, hará usted que puede por lograr una beca para mí, que no quiero trabajar
De nada sirvió este alarde desesperado de incomprensión familiar para ablandar el corazón de Almarcha. Simplemente, no hubo respuesta al respecto, al parecer porque el vicario seguía sin confiar demasiado en Miguel. Por eso, llegado el mes de noviembre y ante todo el silencio que encuentra en unos y en otros, escribe a Jesús Poveda para que le ayude a gestionar su ingreso en la Base Militar de Submarinos de Cartagena: «No pretendas obstaculizar mis deseos, amigo Poveda. Aunque sé que he de padecer servidumbre, que odio, he de marchar. Haz todo lo posible por que no me quede aquí [...]. Ya te contaré, despacio, lo que me sucede...» De estas palabras fechadas el 2 de noviembre de 1932 se deduce que a Miguel le acucian los problemas. Su permanencia en casa le resulta cada día más difícil, ya que después de medio año viviendo fuera de la potestad paterna, se le hace muy cuesta arriba tener que soportar de nuevo la disciplina familiar y los constantes reproches de don Miguel. Pero también han surgido las primeras discusiones serias con su amigo Sijé, debido probablemente a disparidad de criterios acerca de los poemas que ha de incluir en su libro y a ciertos aspectos de la difícil personalidad de Ramón que a Hernández le disgustan; entre ellos, su tendencia a imponer criterios y a creerse en posesión de la verdad.
Sus gestiones en Cartagena no cuajan tampoco, pero ha recibido noticias de Raimundo de los Reyes para seguir adelante con los trámites para la publicación de su primer libro. En efecto, las rotativas del diario La Verdad se han puesto de nuevo en marcha, no sin antes acusar al Gobierno, en un amplio editorial exculpatorio, de abuso de poder. Miguel se desplaza a Murcia y acepta las condiciones que el director de la colección Sudeste le propone para la impresión de la obra. En uno de los párrafos del contrato se puede leer: «El libro tendrá igual papel y formato que el titulado Tiempo cenital, editado en la colección Sudeste, y constará de un máximo de cuarenta y seis páginas...» Como venía siendo habitual en los acuerdos editoriales de esos años, era el autor quien corría con los gastos materiales de la impresión y encuadernación de la obra, pasando después a compensar la inversión con un buen porcentaje de los supuestos beneficios que el libro generase en las ventas. En consecuencia, Hernández se ve obligado a presentar un documento con el nombre y la firma de, al menos, tres avalistas, favor que recaba de Martínez Arenas, Luis Almarcha y Ramón Barber Marco, sacerdote vinculado al Círculo Católico de Orihuela.
Si hasta esos días le pesaba la incertidumbre por el destino de su obra, ahora lo que le mantiene ocupado es la tarea de hallar el título idóneo y de ordenar, seleccionar o eliminar del libro los poemas que estime o desestime para su edición definitiva. Divierte leer las cartas que entre noviembre y diciembre envía a Raimundo de los Reyes, en las que se muestra nervioso y ufano en su labor: «He hallado otro título que me parece más feliz, más breve y sencillo y creo que explica mejor el libro: POLIEDROS [...]. Ahí le envío cinco octavas más; si no le ha de reportar perjuicios póngalas con las que le dejé en lugar de éstas que le había mandado [...]. Perdone, amigo Raimundo, pero es que quiero, ya que voy a publicarme, hacerlo con lo mejor mío...» En efecto, el 1 de diciembre acude a la redacción de La Verdad para firmar el contrato de su libro, actuando como avalistas los prohombres citados. El mismo Martínez Arenas cuenta así los detalles del acuerdo: «Don Luis Almarcha y yo garantizábamos el pago del libro en el contrato editorial. En total, cuatrocientas veinticinco pesetas por trescientos ejemplares, las que don Luis pagó de su bolsillo. Se convino que Miguel lo reembolsaría cuando pudiera, lo que él trató de hacer más tarde, sin que don Luis aceptara...»99 No acudió, sin embargo, al acto de firma del contrato su amigo José Marín por razones que el mismo Miguel aclara en la carta que envía a Raimundo de los Reyes el 9 de diciembre de 1932: «Espéreme el jueves por la tarde con sus amigos si puede próximo. Sijé no vendrá conmigo, pues me he disgustado seriamente con él.» Las desavenencias a que se refiere Hernández se explican al repasar los originales de esa primera obra, donde aparece marcada con letra de Ramón Sijé la opinión que le merecía alguno de ellos: «No cabal; no, no, no y no.» Pero Miguel no estaba para más sometimientos y su docilidad se torna rebeldía cuando su criterio choca frontalmente con la opinión del amigo.
Con motivo de aquella fluida relación con Raimundo de los Reyes, Miguel hace continuos viajes a Murcia y acude a casa del periodista para corregir las pruebas del libro. Durante uno de aquellos encuentros, paseando ambos por la orilla del Segura, sorprendió a Hernández que los árboles se acumularan junto al cauce del río, dejando tras ellos una amplia explanada de tierra que, por hallarse algo escondida desde la zona alta por la que ellos circulaban, era el lugar elegido por los transeúntes para hacer sus necesidades. Ante tal espectáculo, Miguel -según cuenta Guerrero Zamora- dijo a su acompañante: «Claro: como aquí la gente viene a enseñar el tafanario, los pobres árboles, llenos de vergüenza, quieren suicidarse tirándose al río.»
En una de esas visitas, el 2 de enero de 1933, al llegar al domicilio murciano del editor, situado en el número 2 de la calle de la Merced, se lleva la grata sorpresa de hallar en la vivienda de Raimundo a uno de sus ídolos literarios: Federico García Lorca. En efecto, el poeta granadino se encontraba de gira con La Barraca por el sudeste español. Había actuado en Elche y Alicante, donde el día de San Silvestre tuvo la ocasión de reencontrarse en la capital levantina con Fernando de los Ríos, Pedro Salinas y Juan Guerrero Ruiz. «Yo he presenciado en Alicante -comentaba Federico en el diario El Sol el 15 de diciembre de 1932- cómo todo un pueblo se ponía en vilo al presenciar una representación de la cumbre del teatro católico español: ¡La vida es sueño! No se diga que no lo sentía. Para entenderlo, las luces todas de la teología son necesarias. Pero para sentirlo, el teatro es el mismo para la señora encopetada como para la criada.» En Murcia representaba La Barraca precisamente esos días La vida es sueño de Calderón y Los dos habladores de Cervantes, de ahí el encuentro de ambos poetas. Según testimonio del propio Raimundo de los Reyes, la emoción y el nerviosismo de Miguel se hicieron patentes al ser presentado a Lorca. Hablaron de las razones de la visita de Hernández -su corrección de las últimas pruebas del libro-, de los pintores murcianos Luis Garay y Ramón Gaya, y de Bodas de sangre, la obra que Federico estaba ultimando en esas fechas. Al parecer, anfitrión y poeta pidieron a Miguel que recitara alguna de las composiciones de su obra, y éste aprovechó la ocasión para intentar sorprender con sus versos y sus gestos: «Poniendo dramatismo en la interrogación retórica que se preludia, sus brazos se alzan, recortándose en su extremo las abiertas palmas de las manos; leve expresión de paroxismo contra el apagado fulgor de los visillos.»100 Lo que Lorca veía entonces era un muchacho de veintidós años vestido de campesino (pantalones de pana y alpargatas) con «el rostro moreno de soles montaraces que deja escapar los reflejos, algo verduscos, de unos ojos en los que se adivina, por intervalos, el asombro, la furia y la timidez.» No faltaron los elogios del granadino tras conocer los versos de Hernández, pero un comentario de éste, mal interpretado por Federico, parece que enturbió algo aquel encuentro. El periodista Santiago Delgado ha reconstruido la escena a partir de las declaraciones de Raimundo de los Reyes:

 

-¡Bravo, bravo; viva Miguel Hernández, mejor que Góngora, bravo!
-Muy bien, Miguel, muy bien -apostilla Raimundo, palmeando el hombro del poeta.
-Claro... ¡conque ya soy el primer poeta de España...! -contesta Miguel a ambos.
Federico, que abraza al rapsoda en ese momento, se aparta de él bruscamente. No obstante, se detiene enseguida y cediendo en su primer impulso, casi cara a cara con Miguel, acierta a decir en su mejor tono de broma:
-¡Hombre, no tanto, no tanto...!
Raimundo, anfitrión diplomático, se dirige rápidamente a Federico, en un intento de ahuyentar el fantasma del enfrentamiento.101

 

Miguel Hernández ha conocido por fin al gran poeta del momento, su admirado Lorca, aunque no hayan sido palabras muy afortunadas las suyas, que si han tenido el carácter inoportuno e ingenuo de un poeta debutante, no han sentado nada bien a quien, sin duda, se sentía en aquellos momentos en posesión de ese privilegio: ser el mejor poeta de España.
Después de los citados avatares, el libro de Hernández ve la luz el 20 de enero de 1933, con el título definitivo de Perito en lunas. Se edita en formato de cuarto mayor y lleva un breve prólogo de Sijé y un retrato a carboncillo del poeta realizado por Rafael González Sáenz, profesor de Dibujo en el Instituto «Gabriel Miró» de Orihuela. Aquella obra significaba mucho para Miguel y marca toda una época de la obra hernandiana. Sabemos el esfuerzo que debió de suponer para el autor dejar en sólo 42 poemas el amplio material que había recopilado en los últimos meses entre composiciones de una extensión considerable y piezas breves de ocho o diez versos. Pero el producto final era aquel libro homogéneo compuesto exclusivamente de octavas reales que mantenía el hermetismo y el enigma de esa poesía en la que creía ciegamente Miguel en ese periodo de su vida. Los poemas, dentro de esa concepción condensada del misterio, figuran sin título que desvele la realidad que encierran. En una versión, sin embargo, que conocemos de esta obra sí aparecen las composiciones encabezadas con título, y ello se debe al hallazgo de un ejemplar anotado por un lector, Federico Andreu Riera, conocido de Miguel, que le pidió al poeta una aclaración a cada octava y éste le fue dictando, como un acertijo, la solución y la clave. En opinión de Juan Cano Ballesta, es en esta obra primera donde «el rudo pastor-cabrero sale victorioso de la prueba, ofreciéndonos en un supremo esfuerzo de superación, no un manojo de extravagancias barrocas lejos de toda realidad, sino un conjunto de elementos contemporáneos en bouquet gongorino».102 Si hay algo que, en efecto, diferencia el neogongorismo de Perito en lunas de otras recreaciones culteranas como Cal y Canto de Rafael Alberti o ciertas obras de Gerardo Diego, es el material metafórico empleado por Hernández, que lejos ya de temas e imágenes de origen fabuloso, conectan con su vida más cercana, con su tierra, su paisaje, con las vibraciones de su mundo cotidiano. No estaría mal aprovechar estos juicios para recordar al lector que Perito en lunas no ha alcanzado todavía la consideración que merece, como tampoco la profunda lectura que exige un poeta tan exhaustivo como ya apuntaba ser Miguel. Su título inicial, Poliedros, advertía, no obstante, de esa conciencia creativa y predisponía al encuentro con un libro de concepción tan precisa y enigmática que, según Jorge Urrutia, «tiene tantos cajones secretos como un escritorio victoriano», señalando que «el número de poemas que contiene corresponde al total de caras que puede tener un poliedro de cristal de roca».103
SILENCIO Y DESENGAÑO

 

Como suele ocurrir con toda primera obra, a pesar de tanta expectativa, el libro pasó inadvertido y no contribuyó a reparar ninguna de las dificultades que apremiaban a Miguel. Y lo más doloroso del asunto es que pocos críticos supieron ver en Perito en lunas uno de los poemarios más crípticos (complejo, hiperculto y hermético) de la poesía española y un ejemplo dignísimo de la mejor poesía pura del momento. La primera reseña apareció publicada el 29 de enero de 1933 en el diario La Verdad de Murcia; su autor, José Ballester, periodista y amigo de Hernández, no escatima en ella elogios y apreciaciones positivas, pero reconoce la dificultad comprensiva y el hermetismo de los versos. Alfredo Marqueríe, en las páginas de Informaciones de Madrid (18 de febrero), habla del libro como un «curso estudioso de lección gongorina, bien aprendida, pero lección, al fin, que no puede ser confundida con la espontánea destreza», lo que supone también un oscurecimiento y un extravío de la realidad cuando lo que ha de alcanzar la poesía es pureza y nitidez. Ni que decir tiene que esta reseña crítica no sentó nada bien a Miguel, ya que en carta posterior a Federico García Lorca (10 de abril de 1933), escribe: «he quedado en ridículo porque de toda la prensa madrileña, sólo Informaciones se desvirgó hablando de mis poemas por el pico de Alfredo Marqueríe, diciendo cuatro burradas. El tío, antes de decir: ¡Qué burro soy!, dijo: ¡Se ha extraviado el poeta, se ha oscurecido!». Por su parte, Pedro Salinas también se ocupó del libro de Hernández en el número 2 de la revista Índice Literario (1933), definiéndolo como una trasmutación metafórica que dificulta su entendimiento «acercándose así, no ya por vía imitativa, sino por una especie de afinidad temperamental, al lejano modelo de Góngora». El resto de reseñas, salvo la de Pedro Mourlane Michelena en El Sol (6 de junio de 1933), proceden de amigos o conocidos del poeta. Así, Antonio Oliver dejó su testimonio del libro en el número 2 de la revista Presencia: cuaderno de afirmación de la Universidad (Cartagena, febrero de 1934), aclarando en la nota que se trataba de «poesía para cultos; poesía encerrada en moldes clásicos (octavas a la manera gongorina), que turban por su hermosa tradición lírica y desconciertan a los no iniciados por su atrevida y luminosa levantinidad». Rafael de Urbano habló de Perito en lunas en El Liberal de Sevilla (5 de marzo de 1933), correspondiendo de este modo a un antiguo favor, ya que Urbano había pertenecido a la redacción de la revista Isla, publicación con la que mantenía una relación muy cordial Ramón Sijé a raíz de realizar una elogiosa reseña del libro Trasluz, obra de Pérez-Clotet, director a la sazón de esta revista gaditana. Ello explica también la crítica que el propio Pedro Pérez-Clotet, en justa correspondencia, hace del poemario de Hernández en Isla de Cádiz, empleando en ella una cita de Goethe que revela la intencionalidad de la obra, esto es, el uso de la realidad no como modelo a imitar, sino como una vaga referencia: «Tened en cuenta la realidad, pero apoyad en ella un solo pie, porque eso es lo que ha hecho Miguel Hernández Giner, poeta de Orihuela, en este bello cartel poético que acaba de publicar. La realidad viene a ser para él una vaga referencia, sólo la necesaria para alzar sobre ella la delgada y pura arquitectura de su mundo. Es decir, que Hernández Giner es de esos poetas auténticos que saben bien que hacer poesía es ir dejando caer de las manos sobre la usual geografía -sentimental y física- que nos rodea, ya tantas veces cantada, pedazos nuevos y palpitantes de un nuevo orbe íntimo. De un orbe que quizá choque con ese de todos los días, pero que es tan verdadero y real como él.» Por último, sólo cabe añadir que a tales atenciones de Pérez-Clotet respondió el propio Miguel con un texto en prosa titulado «Trasluz», que publica el Diario de Cádiz el 20 de diciembre de 1933 y en el que el poeta oriolano ensalza la sensualidad de la obra y afirma: «Escojo lo más bello de su belleza, o lo que creo más bello, y me lo guardo para siempre.»
Lo que está claro es que Miguel no ve, tras la aparición de su libro, los inmediatos resultados que esperaba. Le duele la incomprensión y el silencio que encuentra por todos lados. Cree en su poesía, pero sabe también que quienes le apoyaban tan efusivamente en sus inicios ya no están con él. Se ha distanciado de muchos de aquellos que veían en sus versos la promesa de un gran poeta regional. Le ha ocurrido con el propio Almarcha, quien, en sus memorias, no tuvo pudor en confesar su parecer sobre Perito en lunas: «Mis gustos literarios no iban por ahí.» A lo que Miguel habría contestado: «No le pido consejo, sino apoyo...» Pero acaso la ruptura con ese mundo de poetas locales y estancados en una estética decimonónica la refleja Hernández en una carta que dirige a Juan Sansano en marzo de 1933, empleando en ella un tono mucho menos melindroso que el utilizado en otro tiempo con el director de El Día de Alicante:

 

Amigo Sansano:
En vista de que usted no me escribe lo hago yo. Dígame inmediatamente si ha hecho Abelardo Teruel y usted algo con mis libros. Si no los han vendido mándemelos a vuelta de correo, pues me los han pedido la Universidad Popular de Cartagena y una muchacha de Sevilla que publicaron hace unos días un gran elogio de mis poemas en El Liberal de esa capital andaluza. Ahí en Alicante se han quedado respecto a la poesía, como respecto a otras cosas, en Campoamor. Comprendo que no hayan comprendido el libro y no vean su valor.

 

Parecen claras las razones de Miguel para quejarse del escaso interés mostrado por sus supuestos valedores de antaño. Quienes habían profetizado el fulgurante nacimiento de un cabrero-poeta, respondían con la callada, precisamente ahora que tenía su primera obra en la calle y que necesitaba el eco de un elogio o de una simple reseña en la prensa alicantina.
Afectado de nuevo por la desesperación y el escaso interés que ha despertado su obra, acude a Lorca para buscar el consuelo y apoyo de quien sí tenía autoridad para hacerlo. En casa de Raimundo de los Reyes se habían intercambiado las direcciones y Miguel, amparándose en esa confianza y en los cordiales elogios del granadino hacia su Perito en lunas, le escribe el 10 de abril de 1933 para trasladarle sus lágrimas y su disgusto:

 

He pensado ante su silencio, que usted me tomó el pelo a lo andaluz en Murcia -¿recuerdaaa?-, que para usted fuimos, o fui, lo que recuerdo que nos dijo cuando le preguntamos quién era uno que le saludó. «Ése -dijo-, uno de los de: ¡adiós!, cuando les vemos» [...]. Perdone. Pero se ha quedado todo: prensa, poetas, amigos, tan silencioso ante mi libro, tan alabado -no mentirosamente, como dijo- por usted la tarde aquella murciana, que he maldecido las putas horas y malas en que di a leer un verso a nadie.
Usted sabe bien que en este libro mío hay cosas que se superan difícilmente y que es un libro de formas resucitadas, renovadas, que es un primer libro y encierra en sus entrañas más personalidad, más valentía, más cojones -a pesar de su aire falso de Góngora- que todos los de casi todos los poetas consagrados, a los que si se les quitara la firma se les confundiría la voz [...].
Federico: no quiero que me compadezca; quiero que me comprenda.
Aquí, en mi huerto, en mi chiquero, aguardo respuesta feliz suya, y pronto, o respuesta simplemente; aquí, pegado como un cartel a esta tapia, detrás de la cual viven padres pobres, con tantos hijos y tan poca casa, que para que los niños no vean los orígenes de su fabricación, el comienzo de sus hermanos, se salen al callejón a reanudarse las noches más empinadas.
Un abrazo.

 

La respuesta de Lorca llegó a finales de abril, más alentada por las provocaciones que lanzaba Miguel en su misiva, que por auténtico interés hacia un joven poeta presuntuoso y dolido como tantos otros que le acosaban por aquellas fechas:

 

Me acuerdo mucho de ti porque sé que sufres con esas gentes puercas que te rodean y me apeno de ver tu fuerza vital y luminosa encerrada en el corral y dándote topetazos por las paredes. Pero así aprendes. Así aprendes a superarte, en ese terrible aprendizaje que te está dando la vida. Tu libro está en el silencio, como todos los primeros libros, como mi primer libro, que tanto encanto y tanta fuerza tenía. Escribe, lee, estudia. ¡LUCHA! No seas vanidoso de tu obra. Tu libro es fuerte, tiene muchas cosas de interés y revela a los buenos ojos pasión de hombre, pero no tiene más cojones, como tú dices, que los de casi todos los poetas consagrados. Cálmate. Hoy se hace en España la más hermosa poesía de Europa. Pero por otra parte la gente es injusta. No se merece Perito en lunas ese silencio estúpido, no. Merece la atención y el estímulo y el amor de los buenos. Eso lo tienes y lo tendrás porque tienes la sangre de poeta y hasta cuando en tu carta protestas tienes en medio de cosas brutales (que me gustan) la ternura de tu luminoso y atormentado corazón.
Yo quisiera que pudieras superarte de la obsesión, de esa obsesión de poeta incomprendido, por otra obsesión más generosa política y poética. Escríbeme. Yo quiero hablar con algunos amigos para ver si se ocupan de Perito en lunas. Los libros de versos, querido Miguel, caminan muy lentamente. Yo te comprendo perfectamente y te mando un abrazo mío fraternal lleno de cariño y camaradería.

 

Para que el lector se haga una idea del carácter de ambos poetas y de lo compleja que resultó desde el comienzo la relación entre ellos, añadimos a continuación la carta de respuesta de un Miguel enojado que, tras dejar pasar un tiempo prudente para comprobar la sinceridad de las palabras de Federico y los efectos de su interés, al ver que todo caía en saco roto, escribe a éste con escaso tacto y empleando un calificativo alusivo a ese mito de la gitanería que tanto molestaba al granadino:

 

Dispensa, Lorca, amigo, calorré de nacimiento, el que haya dejado, ¡tanta!, anchura de tiempo entre tu carta y ésta. El dinero me ha faltado, el trabajo ocupado, abril, mayo, fútbol y mujer, agotado, distraído [...]. Tanto aprendo aquí, que creo que hasta estoy aprendiendo a dejar de ser poeta. No puedo leer por no tener libros, escribir por no leer, estudiar por no leer también, luchar porque mi enemigo es mi arma: mi poesía.
¿Que no sea vanidoso de mi obra? No es vanidad, amigo Federico Lorca: es orgullo malherido. Gracias por tu deseo de que mi obsesión de poeta incomprendido sea separada de mí. Aún no venía tu carta por el camino cuando ya me había divorciado de ella. Soy, sin ser nada, comunista y fascista.
¿Hablas con tus algunos amigos para que se ocupen del libro? Mándame los libros y revistas que puedas. Si me lo pides te mandaré algún poema para alguna. Pienso enviar mi libro próximo -a medias ya- al Concurso Nacional...

 

A partir de esta carta de Miguel fechada el 30 de mayo de 1933, Federico dio por concluida su relación con el poeta oriolano. Ni contestó a sus siguientes llamadas ni hizo nada por ayudarle en su posterior etapa madrileña. Estas y otras razones que apuntaremos en su momento fueron las que llevaron al autor del Romancero gitano a evitar en la medida de lo posible la presencia de Hernández, ya que consta por diversos testimonios, según señala Agustín Sánchez Vidal, «la alergia que le producía la rusticidad de Miguel, cuya insistencia podía resultar algo agobiante».104
EL ASCETA JUGLAR

 

Pese a las negativas impresiones que se desprenden de la citada carta de Hernández, no todo es tan desalentador. Desde la aparición de Perito en lunas, Miguel no ha abandonado en ningún momento su producción lírica, ha comenzado a trabajar en los poemas de su próximo libro y ha dado a la estampa varios textos en prosa que dejan entrever un narrador con serias posibilidades.
No hay que despreciar, en efecto, la labor prosística del poeta, quien ya desde el 15 de abril de 1930, cuando publicara en el diario El Pueblo de Orihuela su texto «Escenas», dejó claro que era ésta una faceta literaria muy estimable en su obra. Bajo la estricta influencia de Gabriel Miró, ha ido tejiendo esas estampas líricas que, paralelamente a su tarea poética, van formando un corpus de gran interés. En Madrid había escrito el 29 de diciembre de 1931 «Cosas del Segura», texto al que seguirían «Venta de higos», «La goma» y «El niño Flores». «Yo-la madre mía», lo incluyó en la citada publicación El clamor de la verdad. Pero es a partir de entablar relaciones con Raimundo de los Reyes y José Ballester, cuando inicia una serie de colaboraciones en prosa en el diario murciano La Verdad que, a lo largo de año y medio (de noviembre de 1932 a mayo de 1934), dan una imagen más plural de Hernández. Entre ellas cabe citar «Dentro-de la luz» y «Camposanto» (ambas de noviembre de 1932), «Pureza-pecadora» (abril de 1933), «Elegía a Gabriel Miró» (mayo de 1933), «Ciudad de mar ligero y campo rápido» (agosto de 1933), «Espera-en desaseo» (noviembre de 1933), «Muerto-dominical», «Paisaje-de Belén» y «Enfermo-de silencio» (7 de diciembre de 1933), «Pastor-plural» y «Ciegos-del cuerpo» (21 de diciembre de 1933), «Montero-campesino» (8 de febrero de 1934), «Marzo-hortado» (15 de marzo de 1934), y «Monarquía-de luces» (1 de mayo de 1934). Son otros muchos los textos en prosa que escribe en este tiempo, pero quizá sea «La tragedia de Calisto», escrita a su regreso del primer viaje a Madrid, la más reseñable por su extensión y por el propósito que entraña de novela autobiográfica siguiendo el modelo de Nuestro Padre San Daniel o El obispo leproso. Lo que ha de quedar claro es que Miguel, al margen de su poesía, cultivó este género sin interrupción y de modo paralelo, en pensamiento y evolución, al propio transcurso de su obra poética, de modo que, respetando todas las etapas de la vida de Hernández, es fácil encontrar en su práctica narrativa, como se ha visto y se verá, «prosas de adolescencia regionalista o gongorina, proclamas religiosas y herméticas, exaltaciones proletarias o de impureza nerudiana, crónicas bélicas y también repliegues intimistas».105
Pero seguimos en 1933, en los meses posteriores a la publicación de Perito en lunas y la época en que, tras limar las primeras asperezas que han podido surgir entre dos temperamentos fuertes, continúa al lado de Sijé. Su amigo no piensa consentir que las lógicas desavenencias entre ambos interrumpan un proceso de amistad y de proyectos que acaba sólo de empezar. Con el deseo de alentar al poeta, Ramón acepta la invitación de acudir ambos al Ateneo de Alicante para que Miguel dé una lectura de sus poemas ante el público de la capital levantina. Allí, el 29 de abril, Sijé ofrece una conferencia en la que diserta sobre un tema que ha titulado «El sentido bíblico de la danza», y Hernández recita su ya conocida «Elegía-media del toro» con la idea de repetir la experiencia del Casino orcelitano, acompañando la lectura de una charla explicativa e ilustrada sobre el texto. Han aprovechado, además, el viaje para conocer por fin a Juan Guerrero Ruiz, de quien tanto y tan bueno han escuchado de boca de Raimundo de los Reyes y los amigos murcianos; un encuentro del que Miguel no podía calibrar entonces la enorme trascendencia que habría de tener en su carrera literaria, pero que le fue suficiente para comprobar, en sólo unas horas, la confianza que despertaba aquel hombre sencillo que guardaba, bajo su enorme discreción, la llave de esa puerta secreta que conducía a las altas cimas de la poesía española.
Esta visita anecdótica a Alicante reporta también un interés especial, dado que la disertación de Marín en el citado acto suponía un claro precedente, por tema e intención, de la primera pieza teatral de Hernández, además de resultar un síntoma claro de por dónde iban los gustos y las ideas de Sijé y, en consecuencia, las del propio poeta, afectado entonces de sus mismas simpatías. La intervención de ambos en el Ateneo alicantino quedó reflejada en la prensa local, de la que dio puntual cuenta el diario El Luchador el 2 de mayo de 1933, destacando en un cuadro la noticia: «El sábado último ocuparon la tribuna de nuestro Ateneo dos jóvenes e interesantes escritores oriolanos: Ramón Sijé y Miguel Hernández Giner [sic]. Sijé afirmó: “la danza como actitud cósmica, lo barroco como método de actuación vital, un poco a la manera keyserliniana”, según el propio Sijé dijo. Definió la metáfora siguiendo una línea Góngora-Guillén, como centro mismo de la poesía, leyendo al finalizar su brillante conferencia unos versos de Perito en lunas, concebidos con arreglo a las teorías expuestas.»
Lo que parece claro es que Miguel trabaja intensamente durante esos meses a pesar de las agobiantes circunstancias familiares. En su casa sigue igual de desplazado, ya que el trabajo en la tienda de textiles, debido a lo poco que gana, es más simbólico que otra cosa. No se quita de la mente esa idea fija de salir de Orihuela, de alcanzar lo que sus aspiraciones le dictan más allá de ese pueblo que le asfixia, de esas gentes que siguen sin comprender su pasión y su obra. Por eso, el 23 de mayo, aprovechando esa reciente amistad, recurre a Juan Guerrero Ruiz, secretario en el Ayuntamiento de Alicante, para recabar sus primeros favores y enviarle el poema «Elegía a la novia lunada», tal y como le había prometido: «Perdone a éste tanta tardanza en mandarle lo prometido aquella agradable tarde de ahí. Si puede, haga por que aparezca en El Sol. Estoy pasando momentos difíciles para el poeta de mí. No puedo leer, conocer nada nuevo...» En vista de que Guerrero le contesta con interés, cosa extraña hasta ahora entre la gente de su especie, el 10 de junio le envía una segunda misiva para insistir en sus viejos propósitos: «¿No podría lograr para mí de ese Ayuntamiento, de esa Diputación, una subvención, una colocación para mí, descolocado y pobre? Creo merecer trabajar -aquí no hallo trabajo-, al menos para dejar de vivir en este desconcierto y sorda vida, humilde y humillado. Perdone que de un día que le conozco, aunque para siempre, le haya pedido, le pido, el alcance de un favor poético y político.»
Miguel es tenaz y no deja de tocar a todas las puertas que tiene a su alcance. Encuentra un empleo de botones en la sucursal oriolana del Banco Español de Crédito que dirige don Francisco Martínez Cremades, buen amigo de su padre, pero dura poco en el cargo porque, a las pocas semanas, le ofrecen un puesto eventual en la notaría de don José María Quílez, probablemente por mediación de Sijé. Pero este trabajo tampoco puede solucionar sus problemas de fondo. En su ofensiva, prueba de nuevo con el Ayuntamiento de Orihuela que, en su anterior corporación, le había concedido una modesta ayuda que apenas llegó a disfrutar. Sin perder tiempo, el 9 de junio se dirige por carta al alcalde de su pueblo y le pone al corriente de su delicada situación:

 

Por falta de dinero, por reclamación de la huéspeda, por no haber podido cumplir la hija culta de don Álvaro de Albornoz la promesa que me hizo de lograr para mí una subvención de la Diputación alicantina, tuve que reintegrarme a esta Orihuela nuestra que si quiero, veo tan incomprensiva y hostil contra mí.
Y aquí desde el estío pasado forjando poemas y buscando trabajo, un trabajo más digno que el de pastor que creo merecer en esta República de trabajadores, he pasado todo el tiempo que ha sido desde entonces hasta ahora.
Con mis poemas he logrado un libro que me ha valido algunos elogios, no pocas vergüenzas, y demasiada incomprensión, y trabajo ahora en casa del señor Quílez, notario. He logrado trabajar un mes escaso, y debido nada más a la amabilidad de este señor al que le sobra personal en su oficina. Y mis padres son pobres. ¿Comprende Vd.? Y yo tengo derecho, como artista y trabajador, a pedir a Vd. o un trabajo hasta que no halle «colocación» mi poesía, o una pensión hasta que no halle trabajo.

 

Asombra comprobar, por estas cartas y algunos testimonios, la inquebrantable voluntad que tenía Miguel. Cualquiera en su lugar hubiera renunciado ante tanto contratiempo y tanto golpe de incomprensión, aceptando finalmente una vida tranquila y sumisa al cuidado del rebaño familiar, relegando la poesía a una mera afición, como harían sus compañeros Carlos Fenoll, Murcia Bascuñana, Poveda y tantos amigos. Sin embargo tenía muy claro lo que deseaba y lo que sentía, lo que le pedía la fiebre de su alma, y a su paciencia le quedaba carburante suficiente como para resistir un tiempo más, quizá unos meses, hasta que emprenda su segundo viaje a Madrid.
El viaje que sí realiza ese verano es a la Universidad Popular de Cartagena. Invitado por sus ya buenos amigos Antonio Oliver y Carmen Conde, acude el 29 de julio de 1933 a la ciudad murciana para ofrecer uno de sus recitales ilustrados, acompañado de un gran cartel que le ha confeccionado para la ocasión el profesor de Dibujo Rafael González Sáenz. Iba cargado de ejemplares de su Perito en lunas para aprovechar la ocasión de la lectura y vender cuantos le fuera posible. Pero lo realmente interesante fue, al parecer, la actuación juglaresca de Miguel. Tras auxiliarse del cartelón que desplegó ante el asombro del auditorio para leer y comentar de nuevo su «Elegía-media del toro», acompañó de curiosos objetos el recitado de las octavas del libro. Desde su butaca de orador, fue depositando sobre la mesa en la que descansaban las cuartillas: un melón, una granada, una campana, un limón y una jaula. La originalidad y la sorpresa jugaban a su favor, pero he aquí un dato que nos parece de interés para corroborar alguna de las influencias más notables y menos comentadas de Perito en lunas: la adivinanza y el caudal metafórico de Ramón Gómez de la Serna y sus greguerías. La primera, de origen popular, no tenía por qué entrar en conflicto con la tradición culta. Góngora también era un fabricante de imágenes audaces que se apoyan en ese juego que invita a desentrañar la realidad y que forma parte del pueblo. El mismo Lorca apoya su poética en la fusión de lo popular y lo culto; de ahí que Hernández, con una habilidad escasamente reconocida, hiciera lo propio al fusionar sin suturas ni asperezas lo humilde y lo noble, lo bajo y lo alto, lo cotidiano y lo hiperculto. Por otra parte, la greguería es la herramienta de la que más y mejor se sirve Miguel, no sólo para su aguda exploración de la realidad en Perito en lunas, sino en su obra posterior, tanto en el registro taurino de El rayo que no cesa como en las deslumbrantes imágenes de su obra teatral El torero más valiente.106 Pero hay algo más que trasciende lo meramente literario y que se refiere a la actitud provocativa y excéntrica de Gómez de la Serna. Si su consagración en los años veinte había sobrepasado las fronteras madrileñas, ejerciendo un fecundo magisterio sobre los jóvenes a través de sus colaboraciones en Revista de Occidente y en El Sol, en los años treinta sigue siendo el maestro de la imagen intuitiva e ingeniosa que no sólo cultiva en decenas de obras de todos los géneros (excepto poesía), sino que divulga y representa en numerosas conferencias, donde sorprende al espectador encaramado en el lomo de un elefante, disfrazado de torero o de Napoleón incluso, ayudándose muchas veces de objetos absurdos o de carteles explicativos, de ese lienzo que lleva enrollado a todas partes y que no es otra cosa que el cuadro de la Tertulia de Pombo pintado por el mismísimo Gutiérrez Solana. Del barroquismo vital de ese Ramón por excelencia sobran probablemente los comentarios. Pero volviendo a Miguel, es comprensible que en su huida de sus orígenes aldeanos, de su rudeza original, revistiera su obra de un registro noble, culto y complicado que, a su vez, formaba parte del acervo popular y de la misma tradición. En otras palabras, lo que Hernández hace en sus lecturas de esa poesía que sabe hermética, es tratar de revelar al público no ya la realidad oculta del poema, sino la veta popular de la que, en buena medida, procede. Y para entender esta postura, nada mejor que las palabras que Jean Cassou ha escrito al respecto: «Hay que convencerse -afirma- de que, para España, el barroco, el conceptismo, el gongorismo, el preciosismo, etc., no son arte de corte o salón, sino expresión popular tanto como todo lo demás, como lo que es y se llama propiamente popular.»
Juego, greguería, imagen audaz, sorpresa ilustrada, verso e instante, todo ello servido desde una tribuna de la Universidad Popular de Cartagena en la que un joven poeta de provincias encierra un limón en una jaula y lee: «Si te suelto / en el aire, / oh limón / amarillo, / me darás / un relámpago / en resumen»; exactamente la misma figura retórica que ha empleado en otro poema titulado «Canario» y que le evoca semejante sensación: «Émula pluma del Celeste Imperio, / relámpago en resumen que persiste, / bajo un agua de alambre, en cautiverio». Y es que no se trata de una mera asociación cromática o visual, sino de una imagen que procede de la tradición, de una canción popular -«Cuando se murió el canario, puse en la jaula un limón»-, y de una experiencia vivida por el propio poeta en su adolescencia, cuando, afectado por la tristeza que a su hermana Encarna le produjo la muerte de su canario, colocó en el lugar del pájaro un limón como consuelo; así lo cuenta en su poema «Exequias-a mi canario» y en la prosa «Canario-mudo».
Lo popular y lo culto, pues, están siempre presentes en la poesía de Miguel, y esto es algo que ha de aceptar hasta la crítica más cerrada y recelosa, empezando por quienes nunca entendieron que el hermetismo de esta etapa hernandiana no era gratuito o casual, sino la condición necesaria -según la concepción que compartían muchos poetas del momento- para que hubiera poesía.
Al parecer, ese viaje a Cartagena fue muy productivo, no sólo por el éxito cosechado con su recital, sino por el reencuentro con Carmen y Antonio y, sobre todo, con esa muchacha que les había acompañado hasta Orihuela para la inauguración del monumento a Miró. Su incipiente amistad con María Cegarra, en circunstancias más relajadas que las de entonces, le resultó especialmente grata, más aún si tenemos en cuenta que por esas fechas, la joven de La Unión andaba en trámites de publicar en la colección Sudeste su primer libro de poemas, Cristales míos, entrando así a formar parte de aquel grupo de líricos redomados a los que les unían sólidos y fraternales motivos. No obstante, a María, la presencia del poeta de Orihuela no le despertaba por aquellas fechas más que curiosidad y algún chiste fácil con el que bromeaba en algunas cartas. Así se puede apreciar en dos misivas fechadas, respectivamente, el 2 y el 17 de agosto de 1933, que dirige a su inseparable Carmen Conde: «¿Has conocido al Perito en lunas? ¿Y a las astronomías indecisas?»; «Aceptados los recuerdos del poeta alucinado».
Ya de nuevo en Orihuela, Miguel se centra en su próximo libro y en la idea de volver a probar suerte en el Premio Nacional de Literatura. Durante ese verano, las relaciones con Sijé no sólo entran en una etapa menos áspera, sino que se intensifican si cabe mucho más debido a razones fácilmente comprensibles. La fundamental es que Hernández, consciente del fracaso de su primer libro, se halla predispuesto a seguir más que nunca los consejos del amigo para que sus esfuerzos encuentren el reconocimiento que hasta ahora se le ha negado. Hay, pues, una disponibilidad estética e ideológica más sensible que se traducirá en una poesía de acusado componente religioso en la que tiene enorme participación la influencia de Ramón Sijé.
En esas coordenadas se habrá de mover la producción lírica y dramática de Miguel durante los años 1933 y 1934, cuyos rasgos se pueden constatar en esos poemas de trasfondo ascético que hacia septiembre de ese año, 1933, ya tiene recogidos bajo el título de El silbo vulnerado. «Estoy acabando mi segundo libro -escribe Hernández el 29 de agosto a Pérez-Clotet- para enviarlo en octubre al Concurso Nacional. Definitivo original. Poemas de factura clásica. Al revés de Perito en lunas, éste es un libro descendido y descendiente de sol, solar. Claro y concreto...» Todavía en la onda formal de su primer poemario, esta nueva recopilación no es otra cosa que una muestra de poesía religiosa que bebe en las fuentes de San Juan de la Cruz, en la lírica primitiva de Lorca y Alberti y en las ideas reaccionarias y archicatólicas de José Marín. Siguiendo una estructura cíclica, Miguel va ordenando esas composiciones atendiendo a la evolución de las estaciones del año, desde el deshielo que supone el paso del invierno a la primavera, hasta la llegada del verano y la posterior inminencia del otoño que anuncia, en su final, la vuelta de los fríos y el regreso del invierno. En cuanto a la métrica, también se aprecia el cambio experimentado por Hernández en el uso de la polimetría y el abandono de formas tan estrechas como la octava real. Ahora se dedica al poema largo, a la silva, y a otros metros que se acoplen mejor a esa poesía profética, fluida y mucho más directa que cumple una misión casi pastoral y exhortativa.
No cabe duda de que Sijé ha logrado hacer de él aquello que desde siempre le dictaron sus propósitos: el poeta conceptista y ascético que llevara a cabo su ideario teocrático. Dentro del seno católico, tal y como señala Luis Felipe Vivanco en su Introducción a la poesía española contemporánea107, «a los curas -y en general a las jerarquías eclesiásticas- les toca velar, a la defensiva, por la pureza del dogma, pero los laicos tienen que luchar por su vitalidad y sus posibilidades de contagio fecundo. Y para eso hace falta imaginación y palabra poética: estilo». En más de una ocasión ha asistido Miguel, acompañando a Pepito Marín, a las reuniones en el convento de fray Buenaventura de Puzol y se ha empapado de esas discusiones filosóficas y teológicas en las que tanto hablan el padre Colom o el profesor Alda Tesán, sin despreciar los comentarios de Juan Bellod, Tomás López Galindo o el notario José María Quílez, presentes también en aquellos encuentros que se celebraban varias tardes por semana. El objeto principal de tan singular tertulia no era otro que esclarecer las ideas espirituales y mantener despierta la conciencia religiosa en un tiempo difícil y amenazado por las disposiciones anticlericales del Gobierno de la República. De aquel frente común y de la aguda visión adoctrinadora de Sijé saldrían muchos de los temas que Hernández incluía en su nuevo libro. Aunque son numerosos y claros los ejemplos, basta con citar los más notables de esta nueva etapa, «PROFECÍA-sobre el campesino» y «LA MORADA-amarilla», de los que daremos mayor cuenta en su momento. Pero ahora, como muestra de las ideas que rigen a un Miguel que amolda su potencial creador a los patrones ideológicos de su compañero del alma, conviene recordar que el primero de los poemas citados es una reacción exhortativa para que el campesino español, frente a la reforma agraria iniciada por el Gobierno republicano, actúe con una reforma religiosa, esto es, laborando con amor y docilidad el pan y el vino (el trigo y la vid) porque en ellos están Dios y las especies eucarísticas. Asombra, pues, encontrar en estos versos las tesis sijenianas, ese ideario católico que llega mucho más lejos en el poema «LA MORADA-amarilla», donde se ejerce una clara defensa de la unidad de España y el regreso a las glorias del Imperio. No hay más que leer un artículo publicado por José Marín en el Diario de Alicante el 21 de junio de 1932, para entender su visión de la Historia: «Se hace necesario defender de una manera literaria la castellanidad de España y el sentimiento castellano como sentimiento nacional y de unidad.» Una visión que Miguel recoge a la perfección en el mencionado poema invitando a recuperar los destinos católico-imperiales, con la salvedad de que frases como las acuñadas por Berceo -«Un regno, un imperio, un Rey, una essencia»- o por Hernando de Acuña -«Un monarca, un Imperio y una Espada»-, Hernández las adapta a su concepción cristiana en el verso que cierra la composición: «...un racimo, un cáliz y una espiga».
VIEJO AMOR NUEVO

 

La aparente docilidad de Hernández mantiene, sin embargo, un prurito de energía panteísta y carnal que muchas veces se asoma con desconcierto a sus prosas y sus versos de sesgo religioso. No cabe duda de que su voz ha encontrado una horma espiritual, pero también que su vitalismo pagano empuja, pugna y rompe hasta salir en sus composiciones con una fuerza difícil de aplacar. Además, no lo olvidemos, es un hombre exultante de sensualismo y de vida, de sangre y de naturaleza, que anda todavía enamorado de la muchacha que conoció en la tahona de Fenoll y a la que no ha dejado de rondar en esos meses.
Sin un empleo que le rescate de esa condición de parado forzoso, Miguel reparte su tiempo con los amigos y con una enfebrecida actividad creadora. No ha abandonado las reuniones en la panadería de Carlos. El equipo de fútbol de La Repartiora sigue contando con El Barbacha en su once titular. Los domingos, para no perder su vieja costumbre adolescente, sale con los amigos de la calle de Arriba, con los de la tahona, y recorren juntos la Glorieta y hacen el obligado itinerario por la calle Mayor, Alfonso XIII, Loaces, Calderón de la Barca, San Pascual y el puente que les devuelve de nuevo a la calle Mayor. Es la ronda habitual para seguir a las muchachas y escuchar los improvisados versos de Fenoll ensalzando las virtudes femeninas sin perder ni el paso ni la compostura. Es verano, agosto de 1933, y llegan las ferias de ganado y de atracciones. Hay toros, cucaña, golosinas, puestos ambulantes de frutos secos, de juguetes de cartón y de hojalata, moscones que acosan a las jóvenes, piropos y desplantes, la carcajada sonora de Miguel resonando entre el bullicio, su risa propagada desde el pecho con la frescura de los valles y los pájaros.
Cuando vuelve a sus asuntos, unos días después de su regreso de Cartagena y su deslumbrante lectura animada, ese 1 de agosto de 1933, escribe a Carmen Conde y a Antonio Oliver para agradecerles aquella hospitalidad y contarles por dónde anda su corazón y su cabeza: «Dad recuerdos a María en la que pienso mucho y en su pueblo. Dime, Antonio -¿ves como ya no te digo de usted?-, ¿cuándo haréis la excursión para, si puedo, ir? Me dejé olvidado en el tren el cartelón taurino. Una consecuencia más de lamentar de mi torpeza...»
De la carta se deduce que María Cegarra, la poeta del pueblo murciano de La Unión, ha hecho sus primeros estragos en Miguel. Pero la distancia y la notable diferencia de edad entre ambos -ella le llevaba diez años- no dan pie a mayores planteamientos en un poeta enamorado, sin correspondencia y con apenas esperanzas, de una muchacha que le disuade cada día más de sus firmes pretensiones. En efecto, Carmen Samper Reig, La Calabacica, sigue en sus trece y ha provocado no pocas quejas de amor en los versos de Hernández. Nunca hay respuesta ni consuelo en las palabras de la muchacha, y esa desesperación la traslada a su poema «Silencio-amoroso»: «Pendo del silencio / tuyo, como esa / araña colgante / pende de su tela. / ¿Sí o no? Responde. / ¿Sí? ¿No? ¿Sí? Contesta». Para mayor tormento, esos primeros días de otoño de 1933 Miguel recibe la sorprendente noticia de que su amigo Ramón Sijé ha iniciado un feliz noviazgo con Josefina Fenoll, la hermana de Carlos. Todos andan ya emparejados y él sigue torturándose en su soledad de amante despreciado. Pese a todo, muchas tardes, camino de su casa, se desvía por la calle de San Juan y se asoma discretamente a la ventana del taller de costura donde trabaja Carmen. Así ha quedado registrado en una bella prosa, «Espera-en desaseo», que publica el 9 de noviembre de 1933 en La Verdad de Murcia y que ha sido erróneamente asociada con la que habría de ser su esposa. Ni la fecha en que fue escrito el texto ni la descripción que hace de la muchacha, de cabellos rubios y piel muy blanca, se prestan a confusiones. Pero hay más datos, ya que Carmen era, como se ha podido comprobar, oficiala de costura y ambos habían sido vecinos en la infancia de la calle de San Juan, donde se encuentran el taller y la primera vivienda del poeta:

 

En el taller de sastra humilde de nuestra calle, ella la única oficiala y perfecta.
Sin siesta ya, las tardes de otoño llegan al portal de la sastrería conmigo y el sol de una luz en paz de dátil sin sofoco.
Con su traje blanco, o su pardo -aquél levanta su color de rubia soleada, éste lo eclipsa un poco-, de percal de su cuerpo, malhiere con la aguja, lloroso su ojo de hilo, sin hacer sangre, chaquetas huertanas.
Nos ofrecemos, saludándonos, los dientes de la sonrisa.
Mujer con voluntad de ser mujer, me dice su edad de adolescente última, aumentada -o sospecho-. Y sé que tiene la edad justa para que yo la quiera.
El diálogo se entabla fervoroso y poeta por encima de la maestra, entre ella y yo, que debe sentir su ancianidad rotunda invadida de juventud de espera.
-Mi voluntad es quererte -le digo-; y ella me mira como si su voluntad también lo fuera.
-Eres mi novia, aunque yo no sea tu novio; y me responde en nuestro idioma de aldea, bien nutrido de graciosidades cosas oscuras, maliciosas de mocencia, con un temblor de no saber explicarse.
-No te muevas. Cállate. Estáte quieta como el agua, a ver si así te aclaras [...].
La aguja avanza por la tela en su mano, asomándose y encendiéndose, huyendo de su huella delgada.
Las tijeras, abiertas baten la esgrima forzosa de sus alas.
La sastra suspira.
La máquina Singer espera su movimiento, su baile laborioso, de su sabroso pie, blanco, invisible su blancura adivinable en la medida, por la alpargata. Espera.
Con los ojos caídos, sin mirar con sospecha de que la mire, emocionada de mi contemplación, ella sabe que yo espero también.

 

No hubo suerte ni manera de doblegar el silencio de Carmen La Calabacica. Jamás se animó a entablar relaciones con Miguel, pero tampoco a responderle con una tajante negativa, de modo que siempre dejaba una puerta abierta para una nueva acometida del poeta. Tendría que llegar el nuevo año, ya avanzado enero de 1934, para que un suceso de apariencia intrascendente ayudara a Miguel a desencantarse por fin, o por un tiempo al menos, de los cansinos desdenes de la muchacha.
Durante el verano de 1933, ya entrado septiembre, se ha producido un hecho que va a cambiar sustancialmente la vida de Hernández, ya que le surge un nuevo empleo y no pierde la oportunidad. Don Francisco Giménez Mateo, director interino del Instituto «Gabriel Miró» (Escuela Nacional Graduada de ambos sexos de Santo Domingo) desde su nombramiento oficial el 11 de junio de 1932, y que había trabajado anteriormente de auxiliar en la notaría de don Luis Maseres Muñoz, habla con el poeta, a quien admira, y le sugiere el puesto de oficinista en el despacho del notario. Miguel lo acepta sin pensarlo dos veces, ya que cuenta con la experiencia de ese mes que estuvo trabajando para el también notario José María Quílez. Sabe que no es un empleo bien remunerado, pero está convencido de que merece la pena si lo compara con su pasado oficio de cuidar cabras y limpiar establos. La notaría, situada en la zona céntrica de Orihuela, en la calle Molino de Cox, le sigue salvando de madrugones y le permite dedicar tiempo suficiente a su actividad literaria. Tiene un horario cómodo, de diez a una de la tarde y de cuatro a ocho, en el que ejerce sobre todo de mecanógrafo. Para algo le han servido sus años de prácticas delante de una máquina de escribir copiando verso tras verso.
Desde esa fecha, en su camino diario hacia el trabajo, se va a encontrar más de una vez con un grupo de costureras que, al llegar a la calle Mayor, se desvía por Teniente Linares, frente a los Almacenes Peralta, y se introduce en el taller de modistas de las Civileras. No le llama la atención ninguna de ellas, pero unos meses más tarde, le parece reconocer entre el grupo a una empleada de la sastrería de la calle de San Juan, compañera de Carmen, acaso de su misma edad, pero de aspecto muy diferente. La joven en cuestión es morena, de tez algo más oscura, y una cabellera ondulada y negra que reclama poderosamente su interés. La conoce además de la última feria, antes de concluir el verano, cuando acompañado de Fenoll y Bascuñana, y animado por la verbena y por el vino, la acometió con alguna de sus metáforas y fue despachado con la prosa de un desplante. Era, sin duda, la misma. Y con su imagen última, prosigue su camino hacia Alfonso XIII y gira hacia la calle Molino de Cox donde se encuentra su oficina de trabajo, su nuevo empleo en la notaría del señor Maseres.
Desde aquel día, la niña de ojos grandes y pelo oscuro comienza a ocupar su pensamiento. Muchas veces se detiene junto a la reja del establecimiento de costura, la ventana que da a la calle Mayor, por la que se ve a las muchachas atareadas con la aguja o con la máquina de coser. Observa cautelosamente y la distingue enseguida. A partir de entonces, le costará mucho prescindir del mismo itinerario, evitar la acera que le obliga a desviar la cabeza hacia la ventana y el taller, aunque sólo sea de pasada, para verla de nuevo, apenas un instante, lo que dura una ráfaga de sus ojos sobre ella. Necesita saber algo de la chica, si tiene novio formal, su nombre al menos. Y pregunta e indaga con discreción sin ningún resultado. No sabe, sin embargo, que su disimulo no ha servido de nada. En la sastrería están muy al corriente de que el Visenterre ronda a una empleada del taller y es la comidilla de todos los días. Cuando le ven pasar con sus papeles bajo el brazo, comentan con alboroto que es el poeta, el chico de la calle de Arriba. Y él se retira y prosigue arrastrando su timidez, ignorando acaso que la muchacha que le ha empezado a gustar se ha dado cuenta de sus intenciones. Cualquier día tendrá que animarse de verdad y esperarla a la salida, seguirla o decirle claramente lo que siente por ella, pero transcurre enero, febrero, y no hay modo de abordarla como es debido o de saber cómo se llama, dónde vive, por qué dejó la sastrería de la calle de San Juan... Preguntas y más preguntas que no tendrán respuesta hasta algunos meses después, ya que ese año de 1934 le tenía reservado otro tipo de sorpresas que no admitían excusa ni demora.
Pero seguimos en los últimos días de 1933. Ese mes de diciembre, Miguel se entera por la prensa de que su libro El silbo vulnerado no ha obtenido ninguna mención en el Concurso Nacional de Literatura. No obstante, la solución a sus problemas parece encontrar un punto de esperanza al recibir la noticia de que uno de sus antiguos valedores, don José Martínez Arenas, ha sido elegido diputado y se ha trasladado a Madrid.
Por aquellas fechas, el abogado oriolano seguía defendiendo sus juveniles ideas liberales, en parte por la influencia y la buena relación con Álvaro de Albornoz, hecho que él mismo confiesa en sus memorias, a modo de justificación, cuando afirma que entonces «yo navegaba por los turbulentos mares de la demagogia. Mi amistad con Albornoz estaba en su máxima afección. Mi inquietud y mi vocación no dejaban en paz mis afanes y unos días me levantaba republicano y otros francamente moderado y conformista».108 Pero no debió de ser tan moderado en ideas cuando en octubre de 1932, por razones que entonces le podían comprometer políticamente, prefirió no participar en el mencionado homenaje a Miró. Esta conclusión explicaría su ausencia de la lista de adhesiones, de colaboradores o dentro del mismo comité organizador. Aunque no debe ser confundido su nombre con el de ese diputado que se negó a mantener el citado acto organizado por jóvenes católicos, ya que el único político cercano que se hallaba en Madrid en 1932 era el socialista Raimundo Rodríguez de Vera. Y la confusión la puede haber propiciado el mismo Martínez Arenas al eliminar en sus memorias, en sus capítulos dedicados a Miró, Sijé y Hernández, cualquier alusión al acto de inauguración del busto del escritor levantino. En su defensa, sólo cabe decir que su libro de semblanzas y comentarios se publicó en 1963, una época en que sus ideas estaban más que asentadas en el régimen franquista, era decano de la abogacía en Orihuela, y no podía permitirse ninguna mancha en su expediente. Sí reconoce, en cambio, que en 1933 entró en las filas del partido republicano conservador de Miguel Maura, disculpándose por ello en las páginas de su libro: «Confieso que me equivoqué una vez más al incorporarme al partido republicano conservador, si bien aclaro que mi error no consistió en afiliarme a tal partido, sino en creer que era posible hacer algo por España actuando pacíficamente en aquellas horas. Los caminos de la paz no podían salvar a España: el proceso evolutivo se había interrumpido por el hecho revolucionario consecuente a la implantación de la República.»109 La otra prueba de su voluntad de ocultación se adivina también al no hacer mención alguna a la carta que Miguel le remite el mes de diciembre de 1933 -no en octubre de 1932, como consta en la Obra Completa de Hernández y en las anteriores biografías110-, animado por la noticia de que Martínez Arenas puede ser nombrado ministro de Justicia:

 

Amigo -ahora que es usted Diputado más- don José: He de ir a Madrid un día próximo a recoger un libro enviado al concurso Nacional no premiado... Si puede usted sin otro sacrificio (no encuentro otras palabras aunque no me gusta este lugar común) personal, con su influencia, su estado, su acta de Diputado más de Diputado, Diputado por los mendigos de favores -¡habrá tantos ahora!-, hacer que vaya sin esfuerzo alguno de mi parte, de la parte de mi bolsillo mondo, haga porque sea enseguida y mándeme «poderes» en seguida, todo poderoso o poco menos don José, padre mío «político» [...]. Ya sabe que no quiero subvenciones ni enchufes de ninguna clase. Quiero «algo» que me lo gane con mi trabajo ahí si no es posible por aquí; si no perdone, amigo, que le recuerde lo que usted tal vez olvidó. Piense que los poetas no olvidamos nada, que nos acordamos de todo. Punto y aparte.
He sabido su dirección por don Luis Maseres, al que sirvo de mecanógrafo hace meses. Tres. Precisamente he llevado yo a teléfonos la felicitación que habrá recibido días pasados de este Notario, notable ochocentista.
Nota: Esta carta la debía haber escrito severamente como reclama mi estado. Prefiero reírme de estado, y del Estado. Las grandes injurias de grandes empresas. Salude a la Cibeles en mi nombre.

 

Las tres notas finales que añade a la misiva son francamente irónicas, quizá dolido por la distancia que el abogado ha sembrado entre ambos desde que Hernández regresara de Madrid. En ella, para darse Miguel cierta importancia, exhibe los nombres más sonoros del momento como prueba de un estatus literario que todavía no ha alcanzado:

 

Nota: Arriba, 73, Orihuela. Acta de Diputado.
Otra nota: Se ha rumoreado por estas calles que iba a ser Ministro de Justicia: mándeme usted. Hasta la suya que necesita inmediatamente en mi indecisión.
Abrazos cuando eso sea.
Otra nota: voy a Madrid también a ver si por Bergamín, García Lorca, Giménez Caballero logro editorial para el libro ese por recoger. Punto y aparte.

 

No hubo respuesta alguna de Martínez Arenas, pero las fuerzas del poeta no flaquearon por ello.
HACIA MADRID CON DIOS, CON AUTO Y CON ABARCAS

 

Miguel está decidido a guardar de momento el secreto de ese amor que no ha ido más allá de miradas furtivas y sutiles escarceos. Cuenta con la ventaja de que su intensa vida creativa le obliga a centrar el pensamiento en su nuevo libro de versos y en una pieza teatral que comenzó a escribir en otoño. Se trata de un auto sacramental inspirado en los dramas de Calderón, principalmente en La vida es sueño y El veneno y la triaca. Paralelamente a los poemas de El silbo vulnerado, Hernández se enfrenta ahora a uno de los mayores retos de toda su producción literaria: la elaboración, desde la ingeniería de una clara militancia católica, de una obra teatral que recoja las grandes pasiones humanas. Bajo el incesante aliento de José Marín, está a punto de crear la pieza cumbre del credo sijeniano, el manifiesto lírico y dramático del amigo inseparable -un teócrata incapaz de romper los esquemas de su racionalidad para transformar su atormentado pensamiento en belleza escrita-, el ideario de un pequeño filósofo provinciano y sin talento creativo que se sirve de ese poeta que él mismo ha adiestrado para denunciar las tentaciones del hombre, sermonizar contra el mal y realizar de paso el gran examen de conciencia del mundo y de la Historia.
Cuando se coloca ante las cuartillas en blanco, Miguel tiene el firme propósito de escribir una composición dramática de carácter alegórico que, ciñéndose a la definición tradicional del auto, ha de insistir en la exaltación Eucarística y en el fenómeno de la Comunión con Dios. El espíritu que le guía es el mismo que en el siglo XVII impulsó a Calderón a emprender con su teatro una labor contrarreformista frente a la amenaza protestante, erigiéndose en portavoz de unas doctrinas que deberían aleccionar a un público generalmente inculto, empleando para ello la espectacular aparatosidad barroca y la eficacia resultante de fundir teología, alegoría y acción. La contrarreforma, sin embargo, que podía emprender Hernández en 1933, dado el contexto político y social que le tocó vivir, no podía ser otra cosa que una reacción contra los efectos reformistas del régimen republicano, los nuevos planes agrarios, las reivindicaciones obreras instigadas por los rufianes de los nuevos tiempos, anarquistas y comunistas, que incitan a la quema de templos y a la huelga general.
Ni que decir tiene que Miguel es consciente de que, en esta composición dramática, las ideas están expuestas al dictado de Sijé, y en el fondo le son ajenas en bastantes sentidos. Pero también ha descubierto lo útil que resulta un sólido soporte ideológico para trazar una obra sistemática y coherente. Para él, lejos acaso de ese trasfondo social en un momento en que su conciencia política estaba poco menos que atrofiada o dormida, su auto sacramental era en principio una pieza destinada a describir y sintetizar la caída del Hombre de su estado de Inocencia y su posterior salvación gracias al sacrificio del Hijo de Dios, materializado en la Eucaristía. Y esa caída se debe a la tentación (Los Cinco Sentidos y el Deseo) de la Carne, que actúa como la danzarina lujuriosa que tienta, seduce, incita y arrastra al hombre hacia el pecado. He aquí la Salomé de los libros sagrados, la bailarina que sirvió a Ramón Sijé para ilustrar su conferencia en el Ateneo alicantino sobre «El sentido bíblico de la danza»; el mismo símbolo y la misma figura de la que se vale ahora Miguel para rotular su pieza teatral, después de muchas cavilaciones -Vidas de perfección, Vía Primera-, con el título de La danzarina bíblica.
La gran aportación de Miguel a este género es su descarado laicismo, la superación de esos antecedentes barrocos en favor de una humanización de la simbología teológica, la dotación a esos personajes arquetípicos de una humana elasticidad que les permita dudar ante su destino, el soberano protagonismo que concede a la sensualidad y a la naturaleza, su naturaleza (chivo, palmera, abeja, río, montaña...), dentro de una concepción panteísta capaz de revestir de sensualidad mediterránea la manifestación más religiosa.
Añadiremos sólo una última apreciación al respecto que atañe a la actitud de Miguel en este preciso periodo. Nos referimos a su gran coherencia poética y estética frente a los enormes vaivenes ideológicos que estaba destinado a padecer. Pero volviendo a lo mismo, hay que entender que, en 1933, Hernández se halla sumergido en el ambiente católico en que se movían Ramón Sijé y su consejero Luis Almarcha. Ambos han sido responsables de la publicación de su primer libro, con el que, mejor o peor, ha logrado ingresar en la historia de la literatura. Pero, además, a la Iglesia le debe económicamente la publicación de esa obra y de la Iglesia depende, él lo sabe, su ascenso en la carrera literaria. Continuar haciendo méritos al servicio de la causa católico-agraria, consagrarse en mito poético de ese grupo al acometer una obra de temática religiosa le garantizaba admiración y respeto en un tiempo en que el precio de sus ideas estaba muy por debajo de su autoestima creadora, lo que le conduce a ese pacto interior de realizar la gran síntesis dramática del mundo visto bajo el signo del pecado y la virtud, pero empleando para ello la iconografía de su naturaleza y la energía de su estilo. Como bien ha señalado Jesucristo Riquelme, Hernández se propone con su auto sacramental no sólo el alto empeño de «continuar una tradición española que había sufrido un largo paréntesis de más de siglo y medio», sino dotar a ese teatro «de gracia y atractivo, vitalizarlo, rejuvenecerlo y cargarlo de vigencia».111
Hacia el mes de febrero de 1934, Miguel ya tiene concluidos los dos primeros actos de su obra y un corpus suficiente de poemas como para pensar en la publicación del nuevo libro. Lo ha dispuesto todo para emprender ese segundo viaje a Madrid que promete ser muy diferente de aquel frustrado intento de 1931. Cuenta con un poemario publicado, Perito en lunas, y toda esa producción posterior que abulta generosamente en su carpeta. Desde comienzos de ese mes, sus amigos han estado planeando un acto de despedida que sirva, al mismo tiempo, para recaudar algún dinero que ayude al poeta a soportar los gastos de estancia y desplazamiento a la corte. El caluroso homenaje tiene lugar el 28 de febrero en el Círculo de Bellas Artes de Orihuela. En el programa impreso para la ocasión se puede leer: «Miguel Hernández, recio valor levantino, vuelve a Madrid. El Robinsón Literario de España saludó con un grito de esperanza al delicado poeta que Hernández lleva dentro. Cumple, pues, a sus amigos realizar este acto de reconocimiento y admiración. Al final se celebrará una colecta para ayudar económicamente al poeta pobre en la vida azarosa de Madrid.» El evento se inició con un concierto de la Orquesta de Cámara de Alicante, dirigida por José Juan, a quien Sijé y Miguel habían conocido en su visita al Ateneo alicantino. Posteriormente se sucedieron las intervenciones de José María Ballesteros, Carlos Fenoll y José Marín, que recitó el poema «Muerte de Flor-de-Rocío» del homenajeado. El cierre lo puso el propio Hernández con la declamación de varios poemas de Rubén Darío, Alberti, Vicente Medina, Juan Ramón, Amado Nervo y Alfonso Camín. La recaudación no alcanzó las expectativas deseadas, pero Sijé informó al final del acto que «el Ayuntamiento de Orihuela aportaba la cantidad de cincuenta pesetas para que Hernández estudie y se depure en Madrid». Al parecer, las gestiones habían dado su resultado, y la corporación municipal concedía a Miguel la modesta colaboración que se le había negado hasta entonces.
Con el dinero recaudado por los amigos, una pequeña ayuda familiar y los pocos ahorros que su trabajo en la notaría le había proporcionado, a mediados de marzo de 1934 emprende esa segunda acometida a la capital. Para garantizarse, al menos, un mínimo de éxito y no caer de nuevo en los errores cometidos dos años atrás, Miguel se valió esta vez de su influyente amigo Juan Guerrero Ruiz, quien le dispuso una entrevista con el director de la revista Cruz y Raya, José Bergamín, de quien había sido secretario, además de la red de relaciones que, por aquellas fechas, Sijé tenía ya establecida con algunos escritores de Madrid.