Epílogo
Jackson se quedó de pie junto a la cama y la miró. Miró a la mujer que le aceleraba el corazón y hacía que le ardiera la sangre.
Ella lo calmaba. Lo centraba. Colmaba su corazón y su mundo.
Lo hacía mejor persona, él lo sabía. Lo creía. Joder, lo quería.
Y, cielo santo, también la quería a ella. Había estado muerto durante aquellos cinco años sin ella y no se había dado cuenta. Pero volvía a estar vivo, y era gracias a ella.
Procurando no despertarla, se metió en la cama. El corazón le dio un vuelco cuando ella lo buscó dormida y se acurrucó contra él, piel con piel.
Joder, cómo lo ponía.
Le pasó la mano por el pelo y, después, los dedos por el hombro. Como ella se había destapado mientras dormía, podía ver los tatuajes que le marcaban los pechos, solo algunos de los muchos que tenía. Eran cicatrices de un dolor ya pasado y él había sido el causante de algunos. La idea le retorció las entrañas, siniestra y desagradable, y, no por primera vez, deseó poder llevar sus cargas.
Ella había depositado su confianza en él, le había revelado sus secretos más íntimos. Y sabía que él tenía que hacer lo mismo. Pero el corazón se le desgarraba de solo pensarlo.
Quería seguir así para siempre, perdido en la oscuridad, entre el crepúsculo y el alba, donde la realidad parecía un sueño y él podía creer que todo era posible y todas las historias tenían un final feliz.
Pero había cosas que tenía que hacer. Lugares sombríos que necesitaba visitar. Batallas que debía librar.
Secretos que tenía que proteger.
Suspiró, la estrechó contra sí y sucumbió al dulce consuelo del sueño. No había nada más que hacer. No en realidad. No entonces.
En cambio, lo único que podía hacer era abrazarla y esperar que, en su lucha por ser el hombre que debía ser, no perdiera a la única persona que por fin le había hecho sentirse completo.