17
Señor Steele —dice Nikki al pie de la escalera, con la mano tendida hacia Jackson—. Es un verdadero placer volver a verle. Y, Syl, me encanta tu vestido.
—Gracias. Tú estás increíble, como siempre.
Nikki tiene la suerte de ser tan guapa como para ganar concursos de belleza, pero también tan sencilla como para que los meros mortales no la odiemos. Hoy lleva un vaporoso vestido azul que resulta elegante e informal a la vez. La melena, rubia, hasta los hombros, le enmarca la cara. Hoy parece resplandecer de felicidad.
—Permitan que les traiga algo de beber —continúa, y se coloca entre Jackson y yo para cogernos del brazo y llevarnos a la imponente escalera que sube al salón del segundo piso—. Me puse muy contenta cuando Damien me dijo que había accedido a construir el resort, señor Steele. Creo que aportara algo muy especial al proyecto.
—Me alegro de formar parte del equipo —declara Jackson, y no puedo evitar preguntarme si Nikki se ha fijado en cómo me ha mirado de reojo—. Siento el retraso.
—Había muchísimo tráfico en la carretera de la costa del Pacífico —añado, esperando que Nikki no se haya dado cuenta de que me arden las mejillas.
Porque lo cierto es que no me apetece en absoluto estar aquí. No en este momento. Cuando no llevo nada debajo de este vestido y lo único que quiero es que Jackson me toque.
—No hay problema —nos disculpa Nikki en tono relajado, y agradezco que no pueda leerme el pensamiento—. Como he dicho, queremos que esto sea una reunión informal. —Nos detenemos al pie de la escalera—. Permítanme repasar quién ha venido para que lo sepan. La lista es corta. Ustedes dos, Damien y yo, por supuesto, y además están Trent y Aiden, que trabajan en el departamento Inmobiliario —explica a Jackson.
—Conozco a Aiden —observa él—. Estaba en el despacho de Damien cuando accedí a participar en el proyecto.
—Ah, bien —dice Nikki.
—Tengo la sensación de que debería disculparme por haber rechazado el proyecto de las Bahamas. Espero que no pensaran que soy un grosero.
Nikki se echa a reír.
—Grosero no, solo sincero. Y lo entiendo perfectamente. Damien se ha ofrecido a ayudarme con mi propia empresa montones de veces y yo siempre le digo que no. Puede que, cuando esté más establecida, me plantee asociarme con alguna de sus filiales, pero, ahora mismo, quiero demostrar que puedo hacerlo sola. No obstante, a diferencia de mí, usted ya lo ha demostrado con creces.
—Eso es verdad —convengo, tan orgullosa de los logros de Jackson como si sus edificios los hubiera proyectado yo.
—Agradezco el cumplido —dice él cuando empezamos a subir la escalera—. ¿A qué se dedica usted?
—Al software —responde Nikki—. Principalmente, para dispositivos portátiles, aunque también creo aplicaciones para internet. Muy pronto sacaré una a la que Damien tiene echado el ojo. Le está volviendo loco que me resista a darle la concesión —añade, y me dirige una sonrisa.
—Es cierto —digo, porque Damien me ha hablado del software de Nikki en más de una ocasión para recalcar cuánto podría facilitar el flujo de trabajo en la oficina.
Aun así, cada vez que Nikki se lo niega la aplaudo en silencio. Porque, en toda mi experiencia como asistente de Damien, creo que Nikki es la única persona del mundo que ha conseguido dar un no a Damien Stark.
Ella y Jackson, rectifico, al pensar en las Bahamas.
—… Porque proyectó esta casa —está diciendo Nikki.
—Perdonad, me he despistado. ¿Ha venido Nathan Dean?
—Sí. He pensado que a Jackson podría gustarle hablar con otro arquitecto. Y Evelyn completa la lista de invitados. —Se encoge de hombros—. Eso es todo. Solo un reducido grupo de gente relacionada con el resort, con Stark Real Estate Development o personalmente con Damien. No quería que fuera agobiante.
—Nathan es un poco callado, pero es majo —explico a Jackson.
Sé de lo que hablo. Pasé mucho tiempo al teléfono y en reuniones con Damien y Nathan durante la proyección y construcción de la casa.
—Y tiene mucho talento —añade Jackson—. Al menos, esta casa es prueba de ello. Es increíble —dice a Nikki.
Sé que por fuera la ha encontrado impresionante, porque me lo ha comentado en el coche. Le ha gustado el modo en que parece formar parte de las colinas y realza, en vez de eclipsar, las vistas del mar a lo lejos. La entrada es igual de formidable. Por ella se accede a un salón diáfano con una pared acristalada al fondo que permite ver la piscina desbordante del jardín. Y la ancha escalera es un segundo foco de atención y dirige a quienes están dentro de la casa a la segunda planta, que es donde se recibe a los invitados.
—Gracias —responde Nikki—. Estaba casi terminada cuando conocí a Damien. Me adjudico el mérito de los muebles y de algunos de los colores de las paredes. Pero eso es todo, más o menos.
—Los colores son impresionantes —opina Jackson, y hace que Nikki se ría y que yo sonría.
Aprecio mucho a Nikki. De momento, creo que Jackson le cae bien.
Llegamos al rellano del segundo piso y nos detenemos. A decir verdad, es imposible subir esta escalera sin pararse al final, porque lo que se ve aquí es tan increíble que te deja sin respiración. El espacio es enorme y está pensado para celebrar fiestas y, desde nuestra posición, vemos tanto el patio (ahora las puertas acristaladas están abiertas y hay unas vistas alucinantes del mar) como la chimenea de piedra, en ángulo con la escalera y orientada asimismo hacia el mar, que es sin duda la pieza central del salón. Sobre ella hay un cuadro de una mujer desnuda pintada a tamaño natural, con el rostro vuelto para ocultar su identidad. No obstante, gracias a filtraciones a la prensa, casi todo el mundo sabe ya que es un retrato de Nikki.
No conozco los detalles, pero sí sé que Damien le pagó un millón de dólares para que accediera a posar desnuda. Tengo la sospecha de que su acuerdo incluyó más condiciones, probablemente algunas muy sensuales, pero, a menos que se lo pregunte a Nikki, nunca lo sabré a ciencia cierta.
Aun así, no puedo evitar encontrar paralelismos entre su relación con Damien y la mía con Jackson. De hecho, me da esperanza. Porque, pese a todo lo que han tenido que pasar, son la pareja más sólida que conozco.
—Es precioso —dice Jackson sin despegar los ojos del retrato—. Debería estar muy orgullosa de él.
—Lo estoy —confirma Nikki—. Siempre lo he estado. Pero eso no significa que no me cabreara cuando la prensa dio a conocer mis secretos.
—Sé exactamente a qué se refiere. —Jackson piensa en la película, seguro—. Me encantaría conocer al pintor.
—Es Blaine. —Miro a Nikki—. ¿Ha venido con Evelyn?
—No. Está en Vancouver exponiendo su obra. Pero estoy convencida de que le encantaría hablar con usted cuando vuelva. Ah, Wyatt sí ha venido. Antes se me ha olvidado mencionarlo.
—Es nuestro fotógrafo —explico a Jackson—. Tengo que enseñarte las fotos que ha sacado de la isla. Quiero incluirlas en un folleto publicitario, y he pensado que también quedarán preciosas en las zonas públicas y quizá en las habitaciones. Todavía no he escogido interiorista. Pero me gustaría que me dieras tu opinión sobre eso. Quiero asegurarme de que contratamos a una persona que sea afín a tu proyecto y que no colisione con él.
Me mira a los ojos.
—Desde luego.
Asiento satisfecha y me doy cuenta de que estoy feliz. Porque no solo estamos juntos en el plano personal sino también en el profesional. Y la perspectiva de colaborar con una persona con el talento de Jackson Steele me entusiasma aún más que trabajar para alguien como Damien. No es que no adore mi profesión ni piense que Damien no es brillante, pero lo que Jackson hace, proyectar edificios, cambiar la fisonomía del mundo, siempre ha sido mi pasión. Y poder compartir ahora esa parte tan esencial suya, bueno, lo pienso y ya me da vértigo.
Se le ensancha la sonrisa y no me cabe ninguna duda de que sabe qué estoy pensado.
—Venga —digo con una sonrisa de satisfacción—. Vayamos a saludar a Damien.
—De hecho, me ha pedido que lo disculpéis —interviene Nikki—. Hay un problema en una de sus fábricas de Malasia y ha tenido que atender la llamada. Entretanto, dejad que os traiga algo de beber y que haga las presentaciones. ¿Vino o algo más fuerte? —pregunta a Jackson mientras nos conduce a la cocina, que está al otro lado del salón, detrás de una pared de piedra.
Dado el tamaño de esta casa de ensueño, de más de novecientos metros cuadrados, es una cocina pequeña, exclusiva para fiestas. Sin embargo, deja en ridículo a la mayoría de las cocinas. De todos modos hay otra, la principal, en la planta baja, que está equipada con más electrodomésticos que muchos restaurantes de cinco tenedores.
Lo que más me impresiona no es la distribución ni el lujo, sino que Nikki y Damien no hayan contratado camareros para la fiesta. Ni tan siquiera veo a Gregory, el asistente personal de Damien, que hace las veces de mayordomo. Porque, pese a los miles de millones que tiene Damien y el helipuerto del patio trasero, en el fondo tanto mi jefe como su mujer son personas bastante sencillas.
Sé que Jackson tiene problemas con Damien, pero desconozco cuáles. Y espero que puedan resolverse, porque aprecio y respeto a mi jefe y valoro sinceramente la amistad que he forjado con Nikki.
Una vez que Jackson y yo nos hemos aprovisionado de un whisky escocés en su caso y una copa de vino en el mío, regresamos al salón para relacionarnos. Estoy un poco nerviosa por nuestro nuevo acuerdo, y durante los primeros diez minutos más o menos me noto inquieta y crispada porque temo —y, sí, espero también— que me lleve a un rincón para meterme la mano por debajo de la falda.
No lo hace, y no me queda claro si estoy defraudada porque no haya forzado los límites aquí o complacida de que haya adoptado una actitud tan profesional.
Desde luego, eso último es innegable. Se muestra tranquilo y seguro con todos los invitados. Saluda a Aiden con entusiasmo y, una vez más, le da las gracias por la oportunidad de trabajar en un proyecto tan vanguardista. Halaga mi capacidad como directora del mismo y consigue que Aiden me elogie efusivamente, un beneficio de tener a Jackson de mi parte que no me esperaba.
—Encaja a la perfección en el equipo de la planta veintisiete. Esperamos poder robársela a Damien para siempre, ¿verdad, Trent?
Aiden lanza una mirada a Trent Leiter, quien asiente con vehemencia.
—¡Claro que sí! —conviene.
—¿Y cuál es su función? —pregunta Jackson a Trent—. ¿Desarrollo internacional? Está a cargo del proyecto de las Bahamas, ¿no es así?
—De hecho, superviso la zona del sur de California. Ese proyecto fue una especie de trabajo aislado para mí. Ahora mismo estoy pendiente, sobre todo, de un centro para oficinas y locales comerciales que estamos construyendo en Century City.
Jackson nos mira a Trent y a mí.
—Entonces ¿mi cadena de mando es Sylvia, usted, Aiden y el señor Stark?
—Con un poco de suerte, no tendrás que pasar nunca por encima de mí.
Me río en cuanto lo he dicho, esperando quitar hierro a la situación. Jackson no tiene forma de saberlo, pero a Trent no le hizo ninguna gracia que Damien me nombrara directora del proyecto del resort de Cortez saltándoselo a él.
—Y nos tomamos las cosas con mucha calma cuando es necesario —añade Aiden—. Puede acudir a mí siempre que quiera. O a Damien, claro está.
—¿Para qué tiene que acudir a mí? —pregunta Damien, que se acerca a nosotros por detrás.
Tiende la mano a Jackson, quien se le estrecha con cordialidad y disipa mi temor de que su desdén por mi jefe fuera a rezumarle por los poros y manchar el suelo de madera encerada.
—Solo para decirle cuánto voy a disfrutar con este trabajo —responde Jackson.
Me dirige una sonrisa fugaz que me despierta una honda gratitud. No sé si ha percibido la envidia, el desdén o lo que sea que amarga a Trent, pero agradezco el cambio de tema.
—Me alegra mucho oír eso —afirma Damien—. Fue una decepción para todos cuando rechazó el proyecto de las Bahamas. No se lo pregunté el sábado, pero tengo curiosidad. ¿Qué le hizo cambiar de opinión?
Jackson se mueve solo lo suficiente para mirarme.
—Como expliqué, la señorita Brooks es muy persuasiva. Y puede que esta vez los astros estén mejor alineados.
Damien me mira como si estuviera reflexionando.
—Espero que trabajar con Stark International le resulte tan beneficioso como lo es para nosotros. Me lo pienso mucho antes de contratar a mis colaboradores. Su talento dice mucho de usted. Y el entusiasmo de la señorita Brooks también ha tenido un gran peso.
—En ese caso, parece que tengo bastantes cosas que agradecer a la señorita Brooks. —La sonrisa de Jackson es únicamente para mí—. El resort de Cortez solo es una de tantas.
Nikki se une al grupo y nos pregunta quién necesita otra copa. Me ofrezco a ocuparme. Para que pueda relacionarse con sus invitados, pero también, sobre todo, para alejarme antes de que el cuerpo me estalle del calor que me han provocado las insinuaciones de Jackson.
Estoy en la cocina abriendo otra botella de whisky escocés cuando Trent entra para ponerse más hielo en el vaso.
—Me alegro de que lo hayas fichado para sustituir a Glau. Fue una putada que se largara a la India sin avisar.
—Al Tíbet —puntualizo.
—Para el caso… Me pregunto qué esconde.
—¿Glau? Si te soy sincera, estoy tan molesta con él que ni siquiera me importa.
—Yo tengo curiosidad —reconoce Trent—. Pero no me refería a Glau, sino a Steele.
—¿Cómo que qué esconde?
He perdido el hilo de la conversación.
—Es que me parece muy raro que se negara rotundamente a trabajar para Stark en las Bahamas y que ahora, de repente, ¿esté entusiasmadísimo?
—Créeme, no ha sido fácil convencerlo.
—Y eso también es raro —apunta Trent—, dado que le tenía echado el ojo al proyecto de Cortez desde el principio.
Dejo la botella de whisky.
—¿Qué quieres decir?
—La semana pasada fui a sacar varios permisos para Century City y hablé con una de mis amigas del despacho del secretario del condado. Me comentó que este había autorizado algunos estudios topográficos de la isla.
—¿Por qué demonios hablasteis de Cortez?
Se encoge de hombros.
—Supuso que el proyecto era mío.
—La semana pasada ni tan siquiera le habíamos ofrecido el trabajo.
—Pues por eso —exclama Trent—. Creo que el señor Steele se estaba haciendo de rogar. Lo que no sé es por qué.
Como ignoro qué responder no digo nada y, cuando Trent coge su vaso y se marcha, me tomo un momento para respirar hondo. Lo que ha dicho no tiene sentido. Así que ¿a qué coño jugaba Jackson?
Regreso al salón y Aiden se ha ido, y Damien y Jackson están conversando solos, con mucha cortesía aún. Me doy cuenta de que sigo esperando percibir tensión entre ambos, pero no la hay. En cambio, veo a dos hombres que tienen más en común de lo que probablemente creen. Si Damien es arrogante, también lo es Jackson, porque ambos son resueltos y tienen las cosas claras.
También se parecen físicamente. Son morenos, tienen facciones clásicas y parecen galanes de Hollywood.
Ambos son la clase de hombre que puede postrar a una mujer de rodillas. He de reconocer que conmigo Jackson ha hecho justo eso.
—Es como estar mirando la portada de una dichosa revista de hombres, ¿no? —dice Evelyn mientras coge uno de los vasos de whisky que llevo en la mano y lo apura de un solo trago—. Antes he hablado con tu arquitecto. Creo que será bueno para el proyecto. Y me alegro de que hayáis superado ese obstáculo que teníais que vencer.
—Y yo.
Me arden las mejillas cuando pienso en el entusiasmo con que hemos superado ese obstáculo en particular.
Evelyn se ríe y yo me sonrojo todavía más.
—No te preocupes —dice—. Tu secreto está a salvo conmigo. Pero ten cuidado, ¿eh?
—¿Cuidado?
—Jackson Steele no tiene fama de ser hombre de una sola mujer, y tú nunca me has parecido la clase de chica que aguantaría a un donjuán.
—No, él no es…
Pero me interrumpo. Lo cierto es que tiene razón. Y, aunque he preguntado a Jackson al respecto de esas mujeres, no tengo forma de saber lo que realmente pasó con ellas.
—Tú solo ándate con cuidado —repite Evelyn.
Esta vez lo único que hago es asentir.
Voy a la cocina para reponer el vaso de whisky que Evelyn acaba de llevarse y, a mi regreso, Nathan Dean se ha unido a los dos hombres.
—¡Sylvia! —exclama, y me besa en las mejillas sin siquiera rozármelas—. Me alegro mucho de volver a verte. Ahora que Damien ya no me necesita, echo de menos repasar la lista de tareas contigo.
—Siempre es buen momento —bromeo, y hago reír a los tres hombres—. ¿En qué trabajas ahora?
—Pues en una residencia de Brentwood. Para Trent Leiter.
—No lo sabía —digo—. Eso es estupendo.
—Aiden le habló de mí —explica Nathan—. Que es como, de hecho, entré en contacto con Damien. Conozco a Aiden desde hace años y, desde luego, su amistad me ha salido muchísimo a cuenta.
—Aquí has hecho un trabajo asombroso, nadie lo niega —interviene Jackson—. Esta casa es impresionante.
—Gracias —dice Nathan—. Pero como Damien es un hombre que sabe casi de todo, bastantes cosas del proyecto fueron idea suya.
—Está diciendo que trabajar conmigo es una pesadilla —apostilla Damien.
—No es verdad. Agradezco las opiniones de los demás. Este es uno de mis mejores proyectos.
—Esta planta es extraordinaria —continúa Jackson—. Un hombre de tu posición debe de dar muchas fiestas.
—Pues mi intención no era esa. Hasta hace poco casi nunca daba fiestas en casa, y tampoco puedo afirmar que me entusiasmara salir.
—Pero apuesto a que será agradable cuando viene la familia.
Frunzo el entrecejo, sin tener muy claro si Jackson está haciéndole preguntas con un propósito o solo dándole conversación.
—Si te soy sincero, ni mi mujer ni yo tenemos mucha familia. Yo no me llevo demasiado bien con mi padre; si lees la prensa del corazón, no te vendrá de nuevo. En cuanto a Nikki, bueno, su madre vive en Texas. Podríamos decir que, en lo que respecta a la familia, estamos empezando de cero.
Se instaura un incómodo silencio antes de que Jackson hable.
—Lo siento. No quería tocar un tema espinoso.
—No te preocupes —dice Damien—. Mi padre será lo que sea, pero no me quita el sueño.
En lo que imagino que es un intento de cambiar de tema, Jackson se dirige de nuevo a Nathan.
—Imagino que te dedicas exclusivamente a proyectar casas.
—Fundamentalmente, pero no de forma exclusiva. —La voz de Nathan es un poco más aguda de lo habitual, como si también estuviera intentando disipar las malas vibraciones—. He estado haciendo contactos, intentado tener más presencia en el sector comercial, pero, desde luego, mis avances no tienen nada que ver con los suyos. Tiene usted mucha experiencia, señor Steele.
—Llámame Jackson, por favor. Y, aunque comprendo tus ganas de diversificarte, insisto en que destacas en lo que haces. Lo que he dicho de esta casa lo decía en serio. Es una joya.
—Viniendo de ti, es un gran elogio. ¿Te importa si te pido la opinión sobre unas cuantas cuestiones?
—En absoluto.
—Creo que van a hablar de trabajo —me dice Damien—. ¿Te importa si te acaparo un momento para lo mismo?
—Claro que no.
Mientras Jackson y Nathan se dirigen al balcón para hablar sobre cimientos, arcos o cualquier otro detalle arquitectónico sigo a Damien a la cocina, donde me pone rápidamente al día de su programa semanal.
—Hay una función de Broadway que Nikki quiere ver, y tengo que reunirme con Isabel por el lanzamiento de los nuevos productos. He pensado en matar dos pájaros de un tiro y llegar a Manhattan el martes por la noche.
—Parece un buen plan. ¿Viajaréis a Bruselas desde Nueva York?
Nikki asiste a un congreso digital y Damien también irá. Tenían pensado salir de Los Ángeles el viernes.
—¿Aún quieres que Grayson os lleve? ¿O prefieres un vuelo comercial?
—Asegúrate de que el cambio de fecha no jode a Grayson ningún plan que tenga. Si está libre, reserva también una suite para él. Puede pasar unos días de relax en Nueva York antes de que hagamos el viaje.
Sonrío.
—Le encantará.
—Se pasará la vida en el aeropuerto mirando los aviones de otros pilotos —anticipa Damien.
—Sea como sea, le encantará.
—Pon a Rachel al día y asegúrate de que sabe cuanto hay que saber para organizarme el viaje. Cuanto menos estés en recepción, más pendiente de todo tendrá que estar.
—Por supuesto, Damien.
—Y, Sylvia…
—Dime.
—También estás haciéndolo genial en todo lo demás.
El elogio me ilumina la cara.
—Gracias. ¿Alguna cosa más?
—Solo pásatelo bien hoy.
—En eso estoy.
Empiezo a alejarme, pero me detengo.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Desde luego.
Vacilo, sin saber muy bien cómo expresarlo. Dado que no parece haber una forma delicada, lo digo sin rodeos.
—Me preguntaba qué pasó en Atlanta. Con el Brighton Consortium.
—Ah, eso…
No dice nada más, y me mira tan fijamente que casi me intimida.
—Es que comentaste algo el sábado. Antes de que Jackson accediera a formar parte del proyecto, me refiero.
—¿Que unos cuantas compras de terrenos mías le perjudicaron?
—Sí.
—¿Te ha preguntado Jackson al respecto?
Pienso en nuestra conversación del coche. Lo hemos hablado, pero Jackson no me ha preguntado nada.
—No —respondo con seguridad.
Damien se apoya en la isla de la cocina con las manos en los bolsillos.
—Es complicado —arguye—, pero, resumiendo mucho, lo que pasó fue que el consorcio estaba mal gestionado y eso me brindó la oportunidad de ofrecerme a adquirir unos terrenos de primera. Un trato de negocios, lisa y llanamente, al menos en lo que a mí concernía.
—¿En lo que a ti concernía?
—Si el acuerdo hubiera seguido adelante, tú y muchas otras personas os habríais visto implicadas en un enredo monumental solo porque habríais trabajado demasiado estrechamente con uno de los principales participantes.
—Reggie.
Damien asiente.
—Vale —digo despacio mientras reflexiono sobre el asunto—. ¿En qué sentido estaba mal gestionado? ¿Qué clase de enredo? ¿Habría afectado a Jackson?
—Sí a lo último. Lo otro opino que son preguntas para Reggie. ¿Seguís en contacto?
—Un poco —respondo—. Se fue a vivir a Houston, pero ha venido a Los Ángeles dos veces en estos últimos cinco años. Hemos comido juntos.
—Si aún tienes curiosidad, la próxima vez que comáis juntos pregúntale. Si no, déjalo correr, Sylvia. Déjalo correr y considérate afortunada.
—¿Por…?
—Si Reggie no hubiera decidido desmontar el tenderete, puede que siguieras trabajando para él. No tendrías Cortez. Y yo jamás habría contratado a una asistente tan increíble como tú.
—Oh, vaya. Gracias.
—A veces las cosas chungas pasan por una razón.
—Supongo que sí —convengo—. Gracias por explicármelo.
—Hay más, pero no es asunto mío. Llama a Reggie si tienes curiosidad. En cualquier caso, eso pasó hace mucho tiempo. Mi consejo es que lo olvides.
—Lo haré.
No tengo claro si me refiero a llamar a Reggie o a olvidarlo todo.
Cuando regresamos al salón descubrimos que todos han salido al patio. Hace una tarde magnífica y el océano Pacífico se extiende a lo lejos como un manto azul.
—¡Aquí estás! —Wyatt me coge de la mano para que me una a su conversación con Nikki y Jackson—. Acabo de comentar a Nikki que tenemos que cambiar la clase. ¿Cómo te va el martes? Podemos fotografiar la puesta de sol en Santa Mónica. Si a ti no te importa venir a Santa Mónica —dice a Nikki.
—Por mí bien —responde ella—. Luego podemos tomar algo, ¿te parece bien, Syl?
Lanzo una mirada a Damien porque sé que Nikki habrá salido de viaje mucho antes de esa hora. Pero él asiente de forma casi imperceptible y le sigo la corriente. En definitiva, el viaje es una sorpresa y siempre podemos volver a cambiar la clase más adelante.
—Me parece bien.
—Y me gustaría que encontraras tiempo para venir a la isla —dice Jackson—. Puedo hacer unas cuantas fotos por mi cuenta, pero, según cómo sea el terreno, es posible que quiera tener un repertorio más completo para el proyecto.
—Cuando quieras. La isla me encanta. Estoy deseando volver.
—Damien ha ido esta mañana —explica Nikki.
—¿Tú no? —pregunto.
—He llevado a un inversor —aclara Damien—. Dallas Sykes. Me estoy planteando adquirir parte de su operación. Y quería tranquilizarlo después de que se enterara de lo de Glau.
—Damien ha llevado a Sykes y a su último ligue —suelta Nikki en un tono que deja claro que hemos pasado al terreno de los chismes.
La conversación continúa en esa línea, pasando de los chismes a la familia y los amigos, hasta que Jackson anuncia que él y yo también tenemos intención de inspeccionar la isla y que deberíamos ponernos en marcha.
Nos despedimos, y veo que Jackson y Damien se estrechan la mano como si fueran dos hombres que no tienen el menor problema entre ellos.
Suelto el aire despacio y caigo de pronto en la cuenta de lo preocupada que estaba, incluso mientras los estaba mirando.
Pero ahora parece que todo marcha sobre ruedas y que cualquier mal rollo que Jackson pudiera tener con Damien o se ha resuelto o está poco menos que olvidado.
Y si eso es así, es estupendo.