19

 

 

 

 

Ya está anocheciendo cuando Jackson amarra en el puerto. Yo había pensado bajar a Santa Cortez esta noche, pero solo hay luces en el muelle y en la zona que rodea el helipuerto, y ponernos a recorrer la isla alumbrándonos con linternas parece absurdo.

Además, ahora mismo me interesa más estar en brazos de Jackson que en mi isla. Además, es domingo; una chica tiene derecho a disfrutar de su fin de semana.

Estoy en el camarote de Jackson, arrebujada en su albornoz, mientras se me pasa todo esto por la cabeza. A decir verdad, lo único que quiero en este momento es a Jackson.

Como si un genio me hubiera concedido mi deseo, lo veo en la puerta. Tiene la sonrisa ladeada y un destello de picardía en la mirada, y solo puedo pensar en lo feliz que soy de que por fin hayamos llegado, y el barco esté amarrado y no tengamos que preocuparnos de que el piloto automático nos cruce en la dirección de un transatlántico.

En otras palabras, es hora de divertirse.

—Me gusta verte con mi albornoz. —Se apoya en el quicio de la puerta—. Me gusta mucho.

—Puede que te guste incluso más cuando no lo llevo.

—Puede. —El camarote es pequeño, con lo que está a mi lado en tres zancadas—. ¿Por qué no te lo quitas y te metes en la cama?

—Bien pensado —convengo.

Empiezo a desatarme el cinturón, pero sus palabras me inducen a detenerme.

—Deberíamos dormir un poco.

Vuelvo a ceñirme el cinturón y lo miro.

—¿Dormir?

Me planta un beso en los labios tan suave como un aleteo de mariposa.

—Después de todo lo que me has explicado…

Le cojo la mano.

—Después de todo lo que te he explicado, necesito esto. Por favor, Jackson, no hagas que me duerma con esos recuerdos en la cabeza. Te deseo. Quiero lo que me has prometido.

Me observa un momento con expresión inescrutable. Luego señala la cama.

—Quítate el albornoz.

—Jackson…

—No. —Me hace callar con el dedo—. No me discutas. No protestes. ¿Está claro?

Sí. Muy claro. Y tengo que contenerme para no sonreír con aire triunfal. En cambio, lo miro con el semblante impasible mientras me quito el albornoz y dejo que caiga al suelo. No me muevo, a la espera de que me diga qué quiere que haga.

Pero no dice nada. Se queda quieto, a mi lado, y el calor que irradia es tan intenso que temo que nos queme a los dos. Me devora con la mirada y veo el bulto de su erección bajo los vaqueros.

—Eres guapísima, joder. Podría pasarme toda la vida mirándote y nunca me hartaría de hacerlo.

Se acerca más y me pasa el dedo por el labio antes de ordenarme que se lo chupe. Obedezco y, con cada chupada, el calor que noto entre las piernas no hace sino crecer.

—Así, nena.

Con la otra mano, me coge una de las mías y me la mete entre las piernas. Me guía para que me toque. Mis dedos resbalan sobre mi sexo mojado; eso ya sería erótico en sí mismo, pero la combinación de su mano, la mía y su dedo en mi boca me excita cada vez más hasta llevarme tan al límite que lo único que quiero hacer es meterme nuestras manos juntas y correrme.

Sin embargo, justo cuando estoy a punto de hacer eso, Jackson me saca el dedo de la boca y me quita la mano del sexo con delicadeza. Me quedo ansiosa y jadeando, pero no protesto. Sé muy bien que iría contra las reglas.

—Échate sobre la cama. Separa las piernas.

Le hago caso, aunque me siento un tanto tímida. No obstante me veo recompensada con una mirada de pura pasión y eso me da valor. Me muerdo el labio inferior y las separo todavía más. Y después, sin despegar los ojos de los suyos, bajo la mano, me meto los dedos en el sexo y arqueo la espalda porque no me esperaba una sensación tan intensa, más potente aún porque me está mirando.

—Buena chica —dice—. Tócate. Acaríciate. Necesito un momento y, cuando vuelva, te quiero cachonda y lista para mí, así que no pares. Pero no te corras. Si lo haces, habremos terminado por esta noche, cariño.

¡Juegos eróticos! Pero me gustan y hago lo que me pide. Me acaricio y dejo que mi excitación aumente. Luego, como estoy decidida a ponerlo tan cachondo como él me ha puesto a mí, subo la otra mano y jugueteo con mi pecho, tocándome el pezón, sabiendo que no puedo dejarme llevar demasiado porque Jackson es un hombre de palabra y no quiero que esta noche termine sin tenerlo dentro de mí.

No me ha dicho que guarde silencio, de modo que lo llamo. Se ha sentado en el suelo, delante del armario abierto del camarote. Está sacando cosas de un baúl, pero no veo qué son. Hasta que se levanta y descubro que sujeta una cuerda y una tela negra y sedosa. Vacila y suelta la cuerda.

No me hace falta preguntarle para saber la razón. Salí corriendo la primera noche en el hotel. Jackson me ató y me vendó los ojos, y ahora teme que esa combinación sea excesiva.

Sin embargo, no lo es. Estoy segura de ello. Aunque tenga pesadillas, nunca volveré a echar a correr. A menos que corra a su encuentro.

—¿Me dirás qué hay en el baúl?

Sonríe cuando se acerca con la venda de seda negra.

—Haré algo mejor. Te lo enseñaré. Pero no esta noche. Esta noche no pienso dejarte ver nada. —Me indica con un gesto que me siente—. Arrodíllate —ordena—, pero mantén las rodillas separadas y las manos detrás de ti.

—Estás siendo demasiado blando conmigo —digo mientras me venda los ojos, procurando disimular cierto tono acusador.

—¿Que soy blando? —replica—. Estoy empezando despacio… para darnos margen. Pero si tienes quejas, no dudes en expresarlas.

Mientras hablaba me ha introducido el dedo, y arqueo la espalda en reacción a este placer inesperado.

No me había tocado hasta ahora y la penetración me sorprende, me pone a cien y me aguza los sentidos. Es como si fuera un resorte a la espera de saltar y, cuando saca el dedo, gimo para protestar porque ahora que no me toca estoy a merced de mi deseo y mi expectación.

Es un estado que desconozco y me siento más excitada que nunca. Así que, decididamente, no me quejo.

—Eres preciosa —insiste—. Tus pechos —susurra mientras me toca los labios—. Tu coño —murmura al pellizcarme el pezón—. Tus labios —añade cuando me acaricia el clítoris.

Ninguna caricia se corresponde con sus palabras, y me muerdo el labio inferior para intentar controlar la sensual sinfonía que está tocando en todo mi cuerpo.

—Así es como te quiero. Abierta a mí. Confiada. Tan excitada y hermosa. Encajamos, Sylvia. Nos compenetramos. Cada vez que te toco es un regalo. Cada vez que te beso me encuentro un poco más a mí mismo.

—Jackson…

Sus palabras me están derritiendo, estrujándome el corazón.

—Inclínate hacia delante —ordena—. Apóyate en los antebrazos.

Obedezco y noto que la cama se mueve cuando se coloca a mi lado. Intento determinar dónde me tocará por el movimiento del colchón, pero es inútil. Siento sus labios en la nuca, bajándome por la espalda. Luego me coge el trasero con ambas manos.

—Tienes un culo perfecto —dice, y me besa las nalgas como si les rindiera homenaje antes de instarme a separar las piernas.

Vacilo, pero no porque no quiera hacer lo que me pide. Al contrario, me asombra cuánto deseo hacerlo. Hasta qué punto me ha calado Jackson. El control que arrebataba a los hombres que hacía míos en lugares como Avalon solo era una ilusión. Una venda para tapar el dolor y los recuerdos. Pero esto… esto es lo que quiero. Lo que me hace sentir. Y confío lo suficiente en Jackson para abandonarme.

—Ahora.

Hago lo que me manda, y me estremezco cuando me acaricia el sexo y sube la mano por el perineo, el culo, el centro de la espalda, acercando su cuerpo más al mío conforme se inclina sobre mí. La sensación es estremecedora, como si me estuviera pasando un cable por el cuerpo y me encendiera al tirar de él.

No sé cuándo, pero se ha quitado la ropa. Notar su piel desnuda contra la mía hace que me ponga al rojo vivo.

—Debería alargar esto —dice—. Debería atormentarte hasta que estuvieras a punto de romperte. Pero, maldita sea, Sylvia, llevo todo el día deseándote. Te he imaginado en esa dichosa fiesta esperándome con el coño mojado y caliente. Te lo he lamido. Te he tenido desnuda entre mis brazos en cubierta. Me he imaginado follándote tantas veces hoy que no puedo esperar más.

—Pues no lo hagas…

Doblo los brazos para ofrecerme a él. Para que vea cuán mojada estoy.

—Oh, joder, Syl. Acabarás conmigo.

Lo noto moverse. Noto sus manos en mis caderas. Y, después, la dulce presión de sus dedos acariciándome, abriéndome y dilatándome antes de meterme la polla. La tiene dura, pero estoy más que lista y, cuando me penetra, al principio despacio y después cada vez con más ímpetu, grito de placer y me abandono.

Estoy doblada mientras él me embiste, una posición que me limita, con lo que me hallo a su merced, dejando que me sujete para moverme a su ritmo, permitiendo que me acaricie el clítoris con los dedos al compás de sus embates. Nunca me habían follado así y me gusta. Hace que me sienta abierta y desinhibida. Hace que me sienta suya.

Y cuando estalla dentro de mí, cuando continúa acariciándome el clítoris y me anima, diciendo «Déjate ir, nena, tú solo déjate ir», también alcanzo el clímax y estallo de una forma tan violenta que me quedo sin fuerzas y me desplomo sobre la cama, aún con los ojos vendados, completamente saciada.

Noto que la saca, ya blanda, y me limpia con un pañuelo de papel antes de abrazarme por detrás. Me quita la venda con delicadeza y me doy la vuelta hacia él. Empiezo a hablar, pero me acalla con un beso que es tan apasionado e intenso que me llena tanto como antes me ha llenado su polla y es al menos igual de sensual.

—Bueno —susurra cuando termina de besarme—, ahora sí que tienes que taparte y tratar de dormir.

—Solo si tú me acompañas.

—Cariño, no podrías echarme de aquí aunque quisieras.

Abre la cama, pero estoy tan agotada que tiene que ayudarme a ponerme bajo las sábanas. Cuando se acuesta a mi lado nos acurrucamos con las piernas entrelazadas y me quedo dormida entre sus brazos.

Horas después me despierta un agradable olor a café y canela.

—Podría acostumbrarme a esto —digo al recostarme en las almohadas y coger la bandeja con café, crema de leche y un bollo de canela caliente.

—Yo también —declara antes de besarme con dulzura.

Tomo un sorbo de café y lo disfruto, pero disfruto más mirando a Jackson mientras se pone un pantalón caqui y una informal camisa de lino.

—¿Me doy prisa?

—Tómate tu tiempo. Tengo cosas que hacer con el ordenador y la isla no va a irse a ninguna parte.

Me aprieta la mano y sale del camarote. Vuelvo a recostarme en las almohadas y paladeo la sensación de sentirme como en casa. De formar parte de este espacio. Su espacio.

Después de desayunar me ducho y me pongo las mallas de yoga y la camiseta de Megan. Luego subo a la cubierta superior y entro en su estudio. Tiene tres monitores de ordenador inmensos; en uno hay abierto un programa de diseño y dibujo, en otro un mapa topográfico de la isla, y en el tercero un procesador de texto.

Miro el mapa y caigo en la cuenta de que es uno de los que Nigel nos envió cuando adquirimos la Santa Cortez.

—¿Cómo lo has conseguido?

—Por Aiden —responde—. Le he llamado mientras estabas duchándote y me lo ha enviado. También ha dicho que estaría en tu área privada del directorio de Stark, pero que yo entendería que no puede darme acceso a tus archivos.

—Eres muy eficiente.

Me siento a su lado para acceder a la página web de la empresa y, después, a mi área privada. Tengo mis archivos abiertos en menos de cinco minutos y transfiero todos los mapas, estudios topográficos y fotografías de la isla a una carpeta del ordenador de Jackson.

—Ahora ya tienes la misma información que yo.

—Es excelente —observa conforme abre los archivos y teclea para imprimirlos—. Deja que organice todo esto y podremos ponernos en movimiento. Ya he puesto en la mochila algo para picar, pero si coges un par de botellas de agua, sería genial.

Me parece buena idea, así que lo hago. Me planteo llevar una botella de vino frío, pero decido no hacerlo. Esta puede ser una isla romántica y apartada, pero también es trabajo. Y probablemente es mejor que no mezclemos lo uno con lo otro.

Bajamos a tierra y echamos a andar por el muelle en dirección al helipuerto y la parte edificada de la isla.

Señalo el mismo camino que seguí para reunirme con Nikki y Damien hace solo unos días.

—Supongo que podemos ir por ahí y rodear la isla. No es enorme, pero tampoco minúscula. Se tardan unas tres horas en verla entera, más si nos paramos a tomar notas o hacer fotos.

Ojalá hubiera traído mi cámara, pienso. De todos modos, Jackson ha traído una de bolsillo que tiene un zoom decente, así que al menos podremos documentar zonas para completar sus anotaciones.

Estoy pensando en eso, y preguntándome si debería regresar al barco a toda prisa para coger otro cuaderno, cuando Jackson me coge de la mano, tira de mí y me da un beso largo e intenso. Casi me derrito. Hunde los dedos de una mano en mi pelo y la otra la introduce debajo de mis mallas. Me aprieta el culo sin dejar de besarme, y sé que ya estoy empapada.

Me separo, respirando de forma entrecortada.

—Esto no es muy profesional que digamos, señor Steele.

—Y no volverá a repetirse, señorita Brooks. Pero me ha parecido que necesitábamos un buen beso para pasar bien la jornada. Después de todo, si no vamos a acabar como en De aquí a la eternidad en el frío Pacífico, yo al menos quiero un beso bajo el sol.

No puedo evitar reírme. Le he dicho que tenemos que centrarnos en el trabajo, sobre todo porque mañana debemos volver a la oficina. Según parece, se ha tomado mi advertencia al pie de la letra.

—Pensándolo bien, no sé si nos merece la pena procurar ser profesionales —arguyo—. Señalo la cámara de vigilancia que seguro que ha grabado nuestro momento de pasión.

—No temas, tu reputación está a salvo conmigo.

Se acerca al poste, da con el mando que baja la cámara, abre la carcasa impermeable y saca un disco de memoria.

—¡Jackson!

—¿Algún problema?

Me mira con aire inocente y hago todo lo posible por mostrarme seria.

—¿Te das cuenta de que esto solo es una copia de seguridad? La filmación llega en tiempo real al puesto de seguridad de la Stark Tower.

Se limita a encogerse de hombros, sonríe y se mete el disco en el bolsillo.

—Un recuerdo —dice—. Creo que sacaré un fotograma para ponerlo como salvapantallas.

Me río, pero señalo el poste de la cámara.

—Debiste de ser muy travieso de pequeño.

—Ni te lo imaginas —responde—. Espera.

Y echa a correr hacia el barco mientras me quedo aquí plantada preguntándome qué puñetas hace.

Está tardando en regresar y pienso en seguirlo, pero decido aprovechar el tiempo para echar un vistazo al material almacenado aquí. Estoy a punto de abrir el cobertizo cuando vuelve. Me cruzo de brazos y golpeteo el suelo con un pie.

—Solo sigo tus instrucciones —arguye, y vuelve a meter el disco en la cámara antes de recolocarla en la posición original.

—Déjame adivinarlo: tienes un salvapantallas nuevo.

Me toca la punta de la nariz.

—Eres una mujer muy inteligente.

—Y tú un hombre muy juguetón.

—¿Cómo iba a ser de otra forma? He tenido una noche increíble. Me he despertado al lado de una preciosidad. Y ahora me han dado este lienzo tan extraordinario. —Mueve el brazo para abarcar la isla—. Gracias —añade, y las piernas me flaquean un poco al percibir genuina sinceridad en su voz.

—Siempre te quise a ti —confieso—. Glau solo era un sustituto, y no muy bueno.

—No, no lo era, joder —dice, y nos echamos a reír.

Recoge la mochila, que había dejado junto a la cámara de vigilancia, y señala el camino con la cabeza.

—Enséñame nuestra isla.

«Nuestra isla.»

Me gusta cómo suena.

Resulta que tenía razón cuando afirmaba que nos llevaría más de tres horas rodearla. De hecho, nos lleva seis. Pasamos el rato hablando sobre mis ideas para el resort. La parte de la isla pensada para los matrimonios, la zona destinada a las familias. Cómo se combinarán y sucederán las diversas actividades recreativas. El número y el tipo de restaurantes que tengo en mente.

Este resort estará orientado a las familias, pero, de todas formas, debería tener algunas zonas independientes. No quiero que ningún matrimonio que esté de luna de miel o celebrando su aniversario de bodas tenga la sensación de que este no es su sitio.

Ya casi hemos terminado de rodear la isla. Nos encontramos en una playa de arena a unos pocos centenares de metros del muelle.

—Quizá una zona exclusiva con bungalows de lujo y playas privadas. Donde la ensenada sería ideal —dice—. Deja que te lo enseñe.

Saca un cuaderno y se sienta en la arena, sin que le preocupe que las olas que le acarician los pies le estén humedeciendo el pantalón. Vamos descalzos porque nos hemos quitado los zapatos arriba junto a las dunas.

Miro su rostro y también el bosquejo que está cobrando vida sobre el papel. Está completamente concentrado, absorto en este mundo nuevo que, de momento, solo existe en su imaginación.

Su intensidad es fascinante y me siento junto a él para ver, extasiada, cómo vuelca sus ideas en el papel. Aunque solo sea un bosquejo, refleja todo lo que le he dicho que quiero, pero lo vuelve más audaz, mejor.

Cuando para y alza la vista tiene la mirada perdida, como si hubiera olvidado dónde está. No obstante, me mira, y sus pupilas se vuelven transparentes.

Enarca una ceja con aire inquisitivo.

—Perfecto —digo.

Le doy un beso en la mejilla y espero que entienda que no me refiero únicamente al resort.

Di mi nombre
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