18
¿Un barco?
Estoy en un muelle cerca del pueblo de pescadores de Marina del Rey, mirando un barco increíble de color crema y preguntándome qué narices hacemos aquí.
—Ya estaríamos en la isla si hubiéramos pedido a Clark o a Grayson que nos llevaran en el helicóptero —echo en cara a Jackson, pero solo se encoge de hombros y continúa con lo que quiera que está haciendo con su móvil—. Hemos tardado más en venir hasta aquí en coche desde Malibú de que lo habríamos tardado en plantarnos en Santa Cortez volando.
Espero una respuesta, pero Jackson sigue sin decir nada.
—¿Me escuchas siquiera?
Alza la vista.
—Estoy comprobando que todo está en orden. —Me muestra el móvil—. Y he mandado un mensaje al equipo de seguridad para que sepan que vamos en barco.
Me cruzo de brazos y me lo quedo mirando. Trato de decidir si esto me irrita o me divierte. Me decanto por lo segundo.
—¿Se puede saber por qué vamos a la isla en un barco?
—No es un barco —arguye—. Es mi barco. Además, quería enseñártelo.
—¿Tienes un barco?
—Sí. Ese de ahí
Señala el barco junto al que estamos. —Eres una caja de sorpresas. —Lo cierto es que estoy encantada. Hace una eternidad que no voy en barco y esto se está pareciendo cada vez más a una aventura—. ¿Va muy rápido? ¿Cuánto tardaremos en llegar a Santa Cortez?
—Unas dos horas.
Miro el cielo. Son las cuatro y el sol ya ha empezado a descender.
—Estamos en octubre. Cuando lleguemos apenas nos quedará una hora de luz.
—Es una suerte que mi habitación esté a bordo. Podemos empezar mañana.
Sonríe, y se parece tanto a un niño entusiasmado que no puedo evitar imitarlo.
—De acuerdo, tú ganas. Háblame del barco. —Me interrumpo—. Un momento… ¿Has dicho «habitación»? ¿Acaso vives aquí?
—Me pareció sensato. Y más barato que seguir yendo de hotel en hotel siempre que venía a la ciudad. Por supuesto, pensé montar una tienda de campaña en mi parcela, pero el barco tiene váter.
—Tomaste una buena decisión —digo muy seria.
—¿A que sí? Lo cierto es que me he reunido con varios clientes en Santa Bárbara. De esta forma puedo ir con mi oficina. —Señala lo que parece ser el segundo nivel del barco, un espacio cerrado con muchas ventanas—. Hay una zona inmensa detrás de la cubierta superior pensada para fiestas. La he convertido en una especie de estudio. Hay mucha luz natural. Está la brisa marina… Además, los barcos siempre me han encantado.
—No lo sabía.
—Como te dije, mi padre no venía a verme a menudo; sin embargo, me enseñó a manejar un velero.
Recorro este barco enorme con la mirada.
—Esto no es un velero.
—Mírate. No tenía ni idea de que supieras tanto de embarcaciones.
Sonrío con suficiencia y ando por el muelle hasta llegar al extremo del barco. Que puede o no ser la proa. A diferencia de Jackson, la verdad es que no sé nada de embarcaciones. No obstante, sé que les ponen nombres. Esta se llama Verónica.
—¿Quién es?
—Mi barco —responde.
—Muy gracioso. Me refiero a quién se llama así.
—¿Quién dice que le he puesto el nombre de alguien? —Me tiende la mano—. Vamos. Deja que te lo enseñe y levemos anclas. Estoy deseando ver nuestra isla.
Le cojo la mano y subo a bordo con él. No insisto en el asunto del nombre, sobre todo porque está claro que no quiere que lo haga. Pero mi curiosidad es tan inevitable como mi desagradable ataque de celos.
No obstante, se me pasa en cuanto embarcamos. Es difícil seguir teniendo celos de un nombre cuando un hombre está tocándote por todas partes y besándote de forma apasionada.
—¿Tienes idea de lo que me ha costado no llevarte al baño en casa de Stark para follarte hasta no poder más? —pregunta al tiempo que ya sube las manos por debajo de mi vestido.
—¿Tienes idea de lo mucho que yo lo deseaba?
Hace una eternidad que no voy sin ropa interior y, desde luego, jamás lo había hecho porque un hombre me lo había exigido. Un hombre cuyas manos ansío desde hace horas. De manera que, aunque he conseguido apartarlo de mi mente y comportarme como una empleada responsable, pensar que Jackson llevaba mis bragas en el bolsillo me ha vuelto un poco loca.
—De hecho, sí —responde después de acariciar mi sexo y encontrarme húmeda y dispuesta. Me mordisquea el labio inferior—. Ha sido un placer torturarte.
—Capullo.
Se ríe entre dientes cuando me mete el dedo y me hace gritar.
—Me perdonarás cuando te compense.
—Puede vernos alguien.
Mi protesta es poco convincente porque ahora me está excitando sin prisa, introduciéndome el dedo y rozándome el clítoris al sacarlo, y tanta sensualidad me está derritiendo.
—Aquí no hay nadie.
—Jackson…
—No. Calla. Solo quiero oírte cuando te corras. ¿Me entiendes?
No digo nada y asiento, tal como se supone que debo hacer. Luego echo la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos y los descubro cargados de lujuria y deseo. Cambio de postura a propósito para facilitarle el acceso y lo observo cuando la prueba de mi claudicación se refleja en su rostro, como una tormenta a punto de desatarse.
Gime de placer y me rodea por la cintura con el otro brazo para sujetarme mientras me acaricia con los dedos. Luego me besa para excitarme también con la lengua. Estoy totalmente a su merced, y me da igual que puedan vernos porque solo quiero más de lo que está dándome. Este intercambio enfebrecido, este placer de vértigo.
Llevo todo el día excitada y, por mucho que quiera paladear la dulce sensación de sus caricias, no puedo contenerme y, antes de estar preparada, la fuerza de mi orgasmo nos sorprende a los dos. Jackson deja de besarme y, al momento, vuelve a abrazarme.
—¿Sabes cuánto me satisface tenerte entre mis brazos y sentir que me respondes de esta forma?
Consigo sonreír con picardía.
—Créeme, el placer es mío.
Se ríe, me coge en brazos y echa a andar por cubierta mientras, entre risas, le pido que me deje en el suelo.
—Por desgracia, voy a tener que complacerte. —Me deja en cubierta y señala la escalera de mano con la cabeza—. Probablemente es mejor no arriesgarnos a bajarla juntos.
—Probablemente —convengo.
Miro el muelle con el entrecejo un poco fruncido.
—¿Te lo estás repensando?
Mi sonrisa es radiante y muy sincera.
—Solo por la ropa. —Le señalo el vestido—. No puedo ir a la isla vestida así.
—Por mucho que me gustaría proponerte que corretearas por ahí desnuda y descalza, me parece que tienes razón.
—¿Me llevas a mi piso?
Pienso en el tráfico que habrá entre Marina del Rey y Santa Mónica y hago una mueca. Vamos a tardar siglos.
—Tengo una idea mejor. Ven conmigo.
Baja por la escalera y lo sigo a la espaciosa zona que ahora es su estudio. Sin embargo, no tengo tiempo de echarle un vistazo porque baja otro nivel, donde veo dos puertas al final de un estrecho pasillo. La de la derecha está abierta; es el dormitorio de Jackson, lo sé. Teniendo en cuenta que esto es un barco, tiene un tamaño decente y todo está muy ordenado. Empiezo a mirar alrededor para hacerme una idea mejor de dónde estoy, pero de repente la fotografía colgada de la pared cerca de la puerta capta toda mi atención.
Es de una mujer pelirroja con una niña de pelo oscuro en brazos. Están en un parque, y las han fotografiado sin que ellas se den cuenta mientras sonríen y ríen.
Reconozco a la mujer: es la pelirroja de la proyección del documental.
Miro a Jackson, de pronto insegura.
—Ella te importa —digo, incapaz de disimular mi tono acusador.
Frunce el ceño.
—¿Qué?
—En el coche has dicho que ninguna de las mujeres con las que te habías acostado te importaba. Pero ella te importa.
Detesto los celos que enturbian mi voz, pero no puedo evitarlo.
Se acerca y se queda a mi lado. Luego descuelga la fotografía.
—Nunca me follé a Megan —dice—. No como me follé a las demás.
Me vuelvo hacia él, picada por la curiosidad y, sí, celosa por la ternura que percibo en su voz.
—Me acosté con ella, pero fue un momento de debilidad para los dos.
—¿Quién es?
—Una amiga —responde y, aunque espero que sea más explícito, no es así—. Fue un error. ¿Puedes entenderlo?
Pienso en Louis y todos los errores que he cometido.
—No es asunto mío con quién te has acostado en estos últimos cinco años.
—No lo es —conviene—. Pero, de todas formas, para mí es importante que lo sepas.
Asiento, con cierta culpa por guardarle secretos. En el coche le he dicho que no me había acostado con ningún hombre después de él. Y es cierto, en teoría. Pero me acosté con Cass. Una vez que cometimos la estupidez de emborracharnos después de que yo regresara, y las dos supimos de inmediato que había sido un error. Y, aunque creo que debería explicárselo, no quiero que haya mal rollo entre mi mejor amiga y mi novio, porque, pase lo que pase, en este momento, son las dos personas más importantes de mi vida.
Así que solo asiento.
—Tranquilo —digo—. Sé lo que es cometer errores.
—Aún es amiga mía —continúa—. Ella y Ronnie significan mucho para mí.
—¿Ronnie?
Pasa el dedo por la imagen de la niña.
—Su hija.
—Es una monada.
—Es una cría estupenda.
Vuelve la cabeza y me mira, pero lo hace durante tanto rato que empiezo a sentirme incómoda.
—¿Qué?
—Nada. Solo estoy contento de tenerte aquí. —Me abraza y me besa—. Quiero que las conozcas, algún día —añade mientras vuelve a colgar la fotografía—. En todo caso, tienes más o menos la talla de Megan. Creo que en el otro camarote hay ropa que puedes ponerte para la isla.
Me lleva al camarote cerrado. Es similar al suyo, pero más pequeño.
—¿Es su camarote?
—Es el cuarto de invitados —responde con firmeza—. Ella viene a menudo como invitada.
—Vale. Perdona. Aún estoy un poco celosa.
Se ríe.
—Creo que me gusta que estés celosa. Dentro de un orden.
—Bien —digo cuando abre un cajón y saca un par de mallas de yoga y una camiseta.
—También hay vaqueros, si lo prefieres.
Miro la talla de las mallas y me las pego a las piernas.
—No, creo que estas me servirán. ¿Y calzado?
Eso tampoco resulta ser un problema porque Megan ha dejado unas chancletas y unas zapatillas de lona en el armario. Me quedan un poco grandes, pero no tanto como para que sea un problema.
—Supongo que ya lo tengo todo —digo.
—Estupendo. Porque lo único que quiero hacer ahora mismo es sacar el barco del puerto, poner el piloto automático y hacerte el amor en cubierta.
—Bueno —replico encantada—, eso no lo pongo en duda.
Lo sigo a cubierta y veo, con cierta sensación de inutilidad, cómo desata las amarras y sale del puerto maniobrando con cuidado.
Cuando estamos en mar abierto me ofrece sentarme al timón.
—¿En serio?
—Es como conducir un coche —explica y, aunque no es exactamente lo mismo, se parece bastante.
De hecho, es un poco más fácil porque solo tengo que ir hacia delante, sin preocuparme de salirme del carril.
Se queda de pie detrás de mí con las manos en mis hombros, rozándome el pelo con los labios, mientras gobierno el yate e intento concentrarme en lo que hago.
—Sabes que estás distrayéndome, ¿verdad?
—Pero no me preocupa que choquemos.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Por supuesto.
—¿Por qué estaba enfadada Megan el día de la proyección?
Tensa las manos.
—Porque yo había hecho una estupidez.
Vuelvo la cabeza para mirarlo.
—¿Y lo has resuelto?
—Sí —responde—. Creo que sí.
No me da más explicaciones y no le insisto. En cambio, dejo que ponga el piloto automático y me lleve al otro lado de la cubierta superior, donde hay una colchoneta enorme y mesas bajas para tomar aperitivos.
—Pronto atardecerá —dice—. Voy a buscar vino.
Lo veo bajar mientras el sol cae a plomo sobre mí. Hace fresco, pero este barco está construido de tal forma que la cubierta superior queda un poco hundida y me protege del viento mientras el yate avanza.
Aun así, Jackson está bien preparado, porque encuentro mantas y almohadas en un pequeño arcón de madera. Las saco y las dispongo sobre la colchoneta para que los dos podamos acurrucarnos entre ellas.
Luego, como me siento juguetona y quiero que lo sepa, me quito el vestido y me meto bajo una de las mantas.
—Vaya… Qué interesante. —Ha regresado con el vino y me mira con tanto deseo que me alegra haberme quitado la molesta ropa. Echa un vistazo a la silla sobre cuyo respaldo he dejado el vestido antes de volver a mirar hacia donde estoy recostada en unas almohadas, con la manta subida para cubrirme los pechos—. Pero que muy interesante, sí.
Se inclina sobre mí y pulsa un interruptor de la caja gris del tamaño de un baúl que está a unos palmos de nosotros.
—Calefacción —explica, en respuesta a mi mirada interrogante—. Pienso destaparte y no soportaría que te enfriaras.
Sonrío.
—Qué detalle por tu parte. ¿Y qué piensas hacer cuando me quites la manta?
—Muchas cosas.
Dudo un momento, pero enseguida intento parecer segura cuando digo:
—¿La clase de cosas de las que hablabas en el coche?
Me mira de soslayo mientras se tumba a mi lado.
—¿Es lo que quieres? —Pasa un dedo por el borde superior de la manta. Apenas me roza, pero es tal la descarga que casi me vuelvo loca—. ¿Sexo salvaje? ¿Un poco de morbo?
Ha bajado la voz, pero su tono se ha vuelto más autoritario. Es una combinación intensa, y noto que mi sexo responde ya a sus palabras.
—¿Deseas someterte por completo, confías en que te daré lo que necesitas? ¿En que te llevaré a donde los dos sabemos que quieres ir?
Asiento, sin estar segura de poder articular palabra. Su sonrisa es pausada, sexy y triunfal. Se inclina sobre mí y me besa en los labios con suavidad.
—Bien. Yo también quiero eso.
Mete el dedo por debajo de la manta y, despacio, me va destapando. Los pechos, la cintura, las caderas, el sexo. Oigo su quedo gemido y paladeo el placer que me provoca saber que me desea. Luego me estremezco cuando termina de bajar la manta y me destapa las piernas, los pies, los dedos.
—Preciosa.
Su tono es de asombro, como si acabara de descubrir un tesoro, y tiemblo de placer sabiendo que soy yo quien acapara sus cinco sentidos.
Se agacha, se mete mi dedo gordo del pie en la boca y me lo chupa con suavidad. Arqueo la espalda ante la inesperada sensación, la sensual corriente de placer que me sube por la cara interna de los muslos hasta el sexo, ya palpitante.
—Oh, Dios mío…
—¿Te gusta? —pregunta mientras se acuesta a mi lado, aún vestido.
—Qué va —respondo.
—Hay castigos por mentir.
—¿Ah, sí? —Me muerdo el labio inferior—. Esa información es muy interesante.
Nunca me han azotado; no era la clase de actividad que encajaba con mi anterior forma de entender el sexo. Pero en este momento, con este hombre, estoy deseando explorar todas las posibilidades.
Se ríe y me besa.
—Alguien tiene ganas de portarse mal.
—Debe de ser la brisa marina.
—Sí.
Me pasa un dedo por el pecho y, aunque su caricia es dulce, mi reacción es salvaje.
—Sigo sin conocer las historias que encierran todos estos.
—¿Por qué no pruebas a adivinarlas?
Se sienta y llena dos copas de vino.
—¿Qué me das si acierto?
—Un beso.
—¿Cómo voy a rechazar ese desafío? —Traza un círculo en el aire con el dedo—. Date la vuelta.
Obedezco y en cuanto estoy boca abajo noto sus dedos en mi piel, acariciándome, repasando los tatuajes. Luego los sube por mi columna vertebral hasta llegar al pequeño símbolo que tengo tatuado justo entre los omóplatos.
—Este.
—Ese es… difícil —digo.
—Es lo bastante fácil para ver qué es. Las flechas para rebobinar, avanzar rápido y poner en marcha un aparato. El cuadrado para parar y el cuadrado partido para la pausa. Son las teclas de una grabadora digital.
—Qué listo. Pero lo difícil es acertar qué significa.
—No tengo ni idea —reconoce—. Sin embargo, la curiosidad me pica lo suficiente para sacrificar un beso.
—Me corté el pelo —explico—. Solía llegarme justo ahí. Y cuando… —Respiro hondo y vuelvo a empezar—. A Bob le gustaba mi pelo. Siempre decía maravillas de él. Así que, cuando todo terminó, me lo corté. Y Cass me hizo ese tatuaje.
—Control —reflexiona en voz alta—. Tú lo controlas. Lo corto o largo que lo llevas. El color.
Me doy la vuelta y me apoyo sobre un codo para darle un beso, largo y apasionado, y, cuando me aparto, le mordisqueo el labio inferior.
—Se te da muy bien este juego.
—Me apetece seguir jugando —declara, y me colma el deseo que percibo en su voz.
Me dispongo a ponerme otra vez boca abajo, pero me lo impide.
—No. Este ahora.
Señala el símbolo femenino entrelazado con una rosa que tengo tatuado en el pecho.
He de contenerme para no moverme, porque es el tatuaje sobre Cass y no estoy segura de querer hablarle de eso. Pero la que ha empezado este juego soy yo y no creo que pueda escaquearme sin más. Lo cierto, por otra parte, es que ya le he ocultado suficientes secretos. No necesito seguir guardando este.
—Vale —digo—. Pero no lo adivinarás. Es una lástima, porque tenía muchas ganas de darte tu premio.
—Tienes muy poca fe.
—Por el contrario, estoy muy segura.
—Dame un momento.
Se pone a horcajadas sobre mí. Sigue vestido y sus vaqueros me rozan la piel desnuda de un modo que no debería ser provocativo, pero lo es. Me pone las manos en la cintura y las sube hasta mis pechos. Me acaricia el derecho y juguetea con el pezón mientras, con la otra mano, me resigue el tatuaje.
—Estás haciendo tiempo —arguyo entre jadeos.
No solo tengo la respiración entrecortada por la magia que está obrando en mi pecho, sino porque está sentado sobre mi sexo y, aunque no soporto todo su peso, noto su calor y el roce de sus vaqueros. Y, sinceramente, me estoy poniendo como loca.
—Puede que un poco —reconoce—. Pensaba que el retraso podía gustarte.
Reconozco para mí que en eso ha acertado.
Me obligo a ignorar cómo mi cuerpo ansía más que este contacto tan sutil y empiezo a tararear la sintonía del concurso de televisión Jeopardy!
Se echa a reír.
—Ya lo tengo. —Me mira a los ojos—. Este te lo tatuaste después de acostarte con Cass.
Estoy segura de que mi expresión refleja puro asombro.
—¿Cómo lo has sabido a partir de un tatuaje?
—No de un tatuaje. De este tatuaje. Y lo he sabido porque te conozco. Y cuando me dijiste que era lesbiana, até cabos.
Me ha dejado boquiabierta. También me siento un poco aliviada. Si mi mejor amiga fuera un tío, esa pregunta surgiría de forma natural. «¿Os habéis acostado?», y luego hablaríamos de ello. Pero, aunque debería ser igual, un hombre jamás pregunta a su novia si se ha acostado con su mejor amiga. Y, aunque me siento extrañamente incómoda por algo de lo que no me avergüenzo en absoluto, me alegra que Jackson lo sepa. No quiero tener secretos con las personas a las que estoy más unida.
Suspiro, porque acabo de darme cuenta de cuánto me importa Jackson y de la rapidez con que ha llenado mi vida.
Aunque, si lo pienso, teniendo en cuenta el tiempo que hemos desperdiciado, en realidad no ha sido nada rápido.
Jackson me está mirando fijamente.
—¿Te molesta que te lo haya preguntado?
—No. De hecho, estaba pensando que es un alivio.
—Entonces ¿salisteis juntas?
—No… no, solo fue una vez, y las dos estábamos un poco achispadas. Ella me tiró los tejos y supongo que podría decirse que yo los cogí. —Me encojo de hombros—. Nos lo pasamos bien. Fue agradable. Es decir, me gustó, ¿sabes? Pero no soy lesbiana, aunque supongo que quizá quería serlo. Con lo mal que me pongo, quizá pensaba que me resultaría todo más fácil. En cualquier caso, Cass no esperaba nada y después ni siquiera nos sentimos incómodas. —Vuelvo a encogerme de hombros—. Es mi mejor amiga y la quiero, pero solo somos amigas, en serio.
Sigue observándome con mucho interés.
—Confías en ella.
—Por supuesto.
—Por eso estuvo bien.
Se aparta y aprovecho para cubrirme con la manta porque, de repente, me siento extrañamente expuesta.
—Ella mandaba, Syl. Era la que tenía el poder. Pero tú te sentiste bien. Y no tuviste pesadillas. Y te gustó.
Asiento despacio. Jamás me lo había planteado así.
Me coge la mano y se la acerca a los labios.
—También puedes confiar en mí.
—Ya lo sé —digo.
No obstante, veo la verdad en sus ojos. No estamos hablando de forma genérica. Habla de mi pasado. De mis secretos.
Habla de Bob.
Consigo sonreír y cojo mi copa de vino.
—Confío en ti —afirmo sin dudarlo—. Aunque no sé muy bien por qué. A fin de cuentas, no cumples tus promesas.
—¿No?
—Antes me has prometido que habría morbo —explico—. ¿No era ese el plan que me has descrito en el coche cuando íbamos a casa de Damien? En vez de eso, lo único que hemos hecho es hablar y hablar.
Dejo caer la cabeza en la almohada como si estuviera aburrida.
—Tienes razón —reconoce—. Lo que pasa es que estamos navegando con el piloto automático y es posible que lo que quiero hacerte no esté en la lista de actividades permitidas por la guardia costera. Pero en cuanto echemos amarras…
Sin terminar la frase, se inclina sobre mí y me roza el vientre con los labios.
—Hasta entonces, avísame si te da la impresión de que vamos a impactar contra una ballena o a empotrarnos contra una isla.
Sus labios dejan una estela de besos tan candente en mi vientre que los músculos me tiemblan y el cuerpo me arde. Cuando llega al pubis se coloca entre mis piernas y me besa el sexo; me excita con la lengua mientras me sujeta por las caderas para que no pueda eludir este placer salvaje que está creciendo tan deprisa porque llevo todo el día excitada.
Pero no deseo hacerlo todavía. He decidido lo que voy a contarle después. No todo. Pero sí la mayor parte. Porque confío en él. Y quiero que me entienda.
Así que me contendré. Será mi premio por compartir un secreto.
—Jackson… —digo cuando me tiene al límite—. Para.
Hundo los dedos en su pelo y le levanto la cabeza.
Me mira con una expresión interrogante en los ojos rebosantes de pasión.
—Quiero quedarme así, al borde. Me gusta. No quiero correrme todavía.
—¿Ah, no? Lo recordaré.
Trago saliva mientras me pregunto qué puerta sensual acabo de abrir.
—El caso es —continúo— que aún no te he dado el beso por el segundo tatuaje. Y como no creo que esté capacitada para estar pendiente del rumbo del barco, tendrías que ir a sentarte al timón.
—¿Ah, sí?
Me limito a sonreír con aire inocente.
Se ríe, pero obedece y, un momento después, voy tras él a la cubierta superior. La silla del capitán está tapizada y me recuerda los asientos de los todoterrenos de lujo, con brazos que suben y bajan. Es giratoria y ahora mismo está orientada hacia delante. Jackson tiene la mano en el timón. Hemos dejado atrás las luces de Catalina y veo Santa Cortez a lo lejos, cada vez más grande.
—¿Cuánto falta?
—Una media hora —responde.
—Bien —digo, y hago girar la silla.
Me arrodillo y pongo la mano en su entrepierna, mirándolo a los ojos. Quiero decirle que a su lado me siento segura. Que confío en él. Pero soy incapaz de articular palabra.
Espero que lo entienda por mis actos.
Bajo la mirada y me concentro en sus vaqueros. Despacio, le bajo la cremallera y le saco la polla. La tiene dura y enorme. Quiero hacer esto. Quiero saborearlo. Quiero sentir cómo se excita. Necesito darle esto, a este hombre que ya me ha dado tanto.
Necesito darle este placer antes de enfrentarlo a la cruda realidad de mis secretos.
Lo excito con la punta de la lengua. Dejo una mano en su mulso, pero le cojo la polla con la otra y noto que se le tensa la musculatura. Cambia de postura para exigirme más sin palabras. La siento y me gusta. Esta sensación de poder. De saber que lo estoy llevando a un lugar sublime.
No puedo comérsela entera, lo sé. Pero me la meto en la boca y utilizo la lengua y la mano para acariciarla mientras se la chupo con los labios apretados, intentando llevarlo al límite y excitándome cada vez más con cada gemido que se le escapa. Cuando siento que crispa los dedos enredados en mi pelo. Al notar que la polla se le endurece en mi boca y se contrae cuando está casi a punto.
—Para —me ordena en voz baja mientras me levanta con delicadeza.
Separo la boca a regañadientes, pero me pongo de pie y lo beso con la lengua para que conozca el sabor de su propio placer.
—¿Estás seguro?
—Yo también quiero estar al borde.
—¿En serio?
—Tengo planes para ti —responde.
—Qué interesante.
—Ven aquí —dice, y me sienta en su regazo.
La silla tiene el brazo bajado y estoy acurrucada entre sus brazos. Tengo un poco de frío, por el viento, pero como no quiero moverme para ir a coger la manta me apretujo contra él. Suspiro cuando pulsa el botón del tablero de instrumentos que pone en marcha los calefactores dirigidos a la silla del capitán.
Me siento abrigada, segura y protegida, y empiezo a hablar como si explicarle esto fuera la cosa más natural del mundo.
—Hay más, ¿sabes? Sobre Bob, quiero decir.
Noto cómo se tensa y cuando habla lo hace con las palabras precisas.
—¿Quieres contármelo?
—No sé si quiero, pero me parece que lo necesito.
Alzo la vista solo el tiempo suficiente para que su forma de mirarme me dé fuerzas. Luego me apretujo contra su pecho, porque es más fácil hablar así, envuelta en sus brazos.
—Fue violación, lo que hizo. Eso lo sé. Pero creo que antes no te he dado la impresión correcta cuando te lo he explicado. No… no me forzó.
—Te sedujo —dice con la voz cargada de odio—. Si así es como llaman a esa clase de conducta con una niña de catorce años.
Asiento, sintiéndome como si volviera a tener esa edad.
—Me tocaba cuando me arreglaba un traje. Me decía que era guapa. Que quería tocarme el pelo. Que solo quería que luciera. —Me noto la boca como si la tuviera llena de algodón, pero me obligo a seguir hablando porque quiero explicárselo todo. Por alguna razón, en este momento contárselo me parece la cosa más importante del mundo—. Halagos, palabras bonitas. Y razones para justificar la ausencia de sus empleados. Y luego me…
Inspiro hondo y trago saliva.
—En mis pesadillas nunca es como pasó en realidad. Por lo general estoy desdoblada. Una de mis yoes está mirando y la otra está con él. Casi siempre me ata. O me obliga a estar de pie en una determinada postura. O se muestra más duro y me mete las manos por debajo de la camisa. Me amenaza. Me atrapa, de algún modo. —Me paso la lengua por los labios—. Pero, en realidad, no fue así. Es decir, sé… sabía que lo que Bob hacía estaba mal y, sin embargo, todo era más o menos puro.
Levanto la cabeza para mirarle la cara y por su expresión deduzco que querría no haber oído esa palabra. Pero no sé cómo describirlo de otra forma. Porque eso es parte de lo que odio tanto.
—Eso lo empeora —digo—. Porque el caso es… El caso es…
—Que tú respondías. Que llegabas al clímax.
Vuelvo a pegar el rostro contra su pecho y asiento.
—Odiaba lo que Bob me hacía, ¡lo odiaba!, pero la sensación me gustaba. Era incapaz de controlarla. Era intensa. Incontenible. Y por mucho que me esforzara en aguantar, no podía. No quería, y aun así…
—Te arrebató el control. —Sus palabras, firmes pero mesuradas, están tan cargadas de ira que temo que una sola palabra equivocada mía lo haga estallar—. Pervirtió tu placer. Ese hijo de puta te ha dejado una cicatriz igual de honda que si te hubiera clavado un cuchillo, Sylvia.
Me levanta la cabeza con delicadeza para que lo mire a los ojos. Y, cuando habla, su voz es tan dulce como un beso.
—Tú no hiciste nada malo, nena, mientras que él era un monstruo. Y juro por Dios que si alguna vez encuentro a ese hijo de puta lo mataré.