21
Ahora mismo, Sylvia, necesito que te vayas.»
Esas palabras me hieren en lo más hondo. Son mis palabras, las que yo le dije hace tantos años. Y durante más de una hora no me las puedo quitar de la cabeza mientras me ducho y me retoco el maquillaje en el vestuario de mujeres.
Cuando ya no puedo seguir escudándome en eso para esconderme, subo a la planta veintisiete, me siento a mi mesa e intento avanzar un poco con el resort, esperando que mantenerme ocupada y concentrada me impida pensar en Jackson.
Sin embargo, teniendo en cuenta que mi proyecto de hoy es lidiar con la Administración Federal de Aviación por el pequeño helipuerto, mi estado de ánimo no ha mejorado mucho cuando dejo de trabajar y bajo a pie al bufete de Bender, Twain & McGuire, donde Cass ha quedado con Ollie para hablar sobre su franquicia.
He venido a este bufete montones de veces con Damien, de modo que no me sorprende cuando Cyndee, la recepcionista, me hace pasar directamente a la pequeña sala de reuniones. Las persianas están bajadas, y me siento culpable en cuanto reparo en que he llegado con cinco minutos de retraso y la reunión ha comenzado sin mí.
Llamo a la puerta, entro y me quedo sin habla cuando veo a Jackson sentado junto a Cass.
Ollie, al otro lado de la mesa, alza la vista.
—Sylvia, acabamos de empezar. Coge una galleta.
Me señala la familiar bandeja de galletas danesas. Es lo que más gusta de las reuniones a las que asisto en este bufete. El picoteo aquí es una pasada.
Cojo una de avena con pasas y me siento al lado de Cass para tenerla de parapeto entre Jackson y yo. Sé que él me está observando, pero no vuelvo la cabeza. No puedo estar segura de no desmoronarme si lo miro. Y Cass se juega mucho para que yo permita que mis problemas personales me confundan o le fastidien la reunión.
Pese a sus nervios y miedos, las preguntas que Cass plantea a Ollie son inteligentes. Ollie también me deja impresionada. Nunca he trabajado codo con codo con él, pero sé que pasó un tiempo en el departamento de Litigios y temía que no estuviera al día de los pormenores de crear una franquicia. No obstante, es un experto y no solo describe a Cass todas las gestiones que tiene que realizar para ponerse en marcha sino que también es tremendamente paciente con sus preguntas y no recurre a la jerga legal.
Jackson tampoco está aquí de adorno e interviene varias veces para aclarar lo que Ollie ha dicho o pedirle más explicaciones. Es de tanta ayuda que, a pesar de que sigo con los nervios crispados, agradezco que haya venido.
—Te he dado mucho en que pensar —dice Ollie al final de la reunión—. Tus deberes son reflexionar acerca de cómo captar inversores. Eso disminuirá de manera sustancial tu riesgo, pero también tu participación. Todo se reduce a riesgo y rentabilidad. Y control —añade—. Ahora mismo tú eres la única cara de Totally Tatto y ya llevas tiempo siéndolo. Plantéate si estás dispuesta a renunciar a eso.
—Lo haré —promete Cass.
Nos despedimos y nos dirigimos al vestíbulo mientras Ollie echa a andar en el sentido contrario, camino de su despacho.
—Muchísimas gracias por venir, chicos —dice Cass mientras me abraza. Se vuelve hacia Jackson y le da otro abrazo—. Eres tan increíble como afirma Syl.
—¿Ah, sí? —declara él mirándome por encima de su cabeza.
Me muerdo el labio al darme cuenta de que esta es la primera vez que se ven. Y también de que no he tenido tiempo de informar a Cass de nuestro último drama.
—A Zee le ha sabido fatal que no pudiéramos vernos justo después del trabajo, así que voy a intentar alcanzarla para ir a tomar algo. ¿Queréis venir?
Niego con la cabeza.
—Tengo una clase de fotografía con Wyatt. Y antes necesito ir corriendo a casa para cambiarme de ropa y coger la cámara.
He pensado en anular la clase cuando Nikki me ha dejado un mensaje de voz muy ilusionada porque Damien ya le ha dicho que se la lleva a Nueva York esta noche. Pero lo cierto es que últimamente no he pasado suficiente tiempo detrás de la cámara. Y ahora mismo la he cagado tanto que la idea de olvidarme de todo y concentrarme solo en la forma, la luz y la composición me resulta muy atractiva.
—Pásatelo bien —me desea Cass. Señala el ascensor—. ¿Bajáis?
Me dispongo a decir que sí, pero Jackson me toca el codo.
—Baja tú —responde—. Quiero hablar con Sylvia un momento.
Cass sonríe.
—Pues claro. —Señala la recepción con la cabeza, donde Cyndee está atendiendo una llamada—. Pero sed discretos.
Nos guiña el ojo y se aleja camino de los ascensores.
—Gracias —digo cuando Cass ya no está—. Ha sido un detalle que vinieras.
—Te dije que lo haría.
—Sí. —Cambio el peso al otro pie porque detesto sentirme tan incómoda con él—. Pensaba que no vendrías.
—Deberías tener más fe en mí —arguye, y sé que no se refiere a Cass.
Quizá tenga razón. Quizá debería hacerlo. Pero no digo nada de eso en voz alta. Solo me encojo de hombros y me repito.
—En fin, me alegra que hayas venido. Significa mucho para ella.
—Y para ti.
—Sí. Y para mí.
Me mira un momento, tan fijamente que parece que esté memorizando mi rostro.
—Tú ya lo sabes, Sylvia. No te cuestiones.
Le rehúyo la mirada. No me gusta cómo me hieren sus palabras, cómo despiertan todos mis miedos.
Pero, ante todo, temo haberla cagado. Y haber vuelto a perderlo.
El miércoles vuelvo a estar en recepción, y el día es tan frenético entre la ausencia de Damien y los diversos fuegos que tengo que apagar que apenas me da tiempo a pensar en Jackson.
Agradezco esta pequeña bendición.
Agradezco incluso más no verlo en todo el día. No obstante, cuando se hacen las siete y el edificio empieza a vaciarse me descubro pensando cada vez más en él. Es absurdo, porque no estoy preparada para volver a verlo. No sé qué quiero decirle ni de qué manera.
Pero eso no cambia el hecho de que ansío verlo, y saber que no ha subido a verme, que no ansía verme también, me fastidia más de lo que me gusta reconocer.
Así pues, aunque vuelvo a sentirme como si fuera una colegiala, llamo a seguridad y pregunto a Joe si Jackson está en el edificio.
—No, señora… señorita Brooks. Hoy no ha venido.
Cuando cuelgo el teléfono me siento tonta. Porque la verdad es que podría haberme ido a casa hace una hora y, en vez de eso, he estado haciendo tiempo con la esperanza de ver a Jackson, y él ni tan siquiera ha venido.
Estoy hecha un lío y lo sé. Camino de casa en el coche llamo a Cass, que parece tan agobiada como yo.
—¿Qué pasa?
Patético, quizá, pero me alegra descubrir que no soy la única que ha tenido una mierda de día.
—Nada. Solo estoy muerta de miedo por el asunto de la franquicia. Zee cree que es un error.
—¿Por qué?
—No lo sé. —Cass parece agotada y exasperada—. Dice que es una obligación demasiado grande. Que me ocupará demasiado tiempo. Dice que ya lo está haciendo, porque me he pasado casi todo el día leyendo toda la información que Ollie me dio, y hasta más. Encima, está cabreada porque ayer apenas nos vimos.
Frunzo el entrecejo.
—Quiere estar contigo —arguyo, esperando tener razón—. Acabáis de empezar, así que está celosa de todas las personas que te roban tiempo. Eso incluye tu trabajo.
—Supongo. Oye, tengo un dolor de cabeza mortal, y hoy cerramos tarde y no tengo un minuto libre. Voy a tomarme un ibuprofeno y prepararme para mi próximo cliente. Eh —añade, de pasada—, ¿por qué me has llamado? ¿Estás bien?
—Genial —miento, y dejo que cuelgue.
Me digo que debería creerme mis palabras y, al entrar en el piso, las repito como un mantra. «Soy genial. Soy increíble. Me va de perlas.»
El mantra no me hace demasiado efecto, de modo que decido seguir el ejemplo de Cass y automedicarme.
No obstante, mi droga favorita no es el ibuprofeno, sino una buena ración de helado de vainilla con Kahlúa y tantos capítulos de Friends como sea capaz de soportar.
Sé que me he quedado dormida cuando Ross sale de la pantalla y se convierte en Bob.
—No eres real —digo—. Ya no. No eres más que un sueño.
—Soy de lo más real, y los dos lo sabemos. —Da un paso hacia mí con la cámara, enfocándome la cara—. ¿Qué creías? ¿Que él te salvaría? Te ha puteado igual que hice yo.
Niego con la cabeza.
—No.
—Él no puede ayudarte. Pero yo puedo darte lo que quieres. Los dos sabemos que te gustaba.
—No.
Alarga la mano y noto sus dedos fríos cuando me los pasa por la piel. Intenta agarrarme por la muñeca, pero me suelto y echo a correr por pasillos oscuros, entre rascacielos en construcción y por largas vigas de acero suspendidas en el cielo.
—Él no puede salvarte. Ni tan siquiera tú puedes salvarte.
Se está acercando, pero no debo dejar que me atrape. Miro alrededor, histérica, sin saber qué busco pero consciente de que tengo que encontrarlo.
Y entonces lo veo.
¡Jackson!
Está en el suelo, al menos treinta pisos más abajo.
Extiende los brazos.
—¡Salta, Sylvia! ¡Salta y yo te cogeré!
Al volverme veo que Bob está más cerca.
—Nadie puede cogerte —dice—. Vas a estrellarte contra el suelo y arder en llamas.
—¡Maldita sea, Sylvia, confía en mí!
Oigo la voz de Jackson con mucha claridad pese a la distancia que nos separa.
Y, aunque me da miedo saltar, aunque estoy a punto de lanzarme al abismo sin contar con nada más que sus brazos para salvarme, salto al vacío y me precipito por el tormentoso cielo azul hacia el hombre que aguarda en el suelo para salvarme.