20
Creo comprender qué buscaba Glau al concentrar todas las instalaciones recreativas en una sola zona —me dice Jackson cuando las puertas del ascensor se abren y entramos en el vestíbulo del despacho del ático.
Hemos pasado la mañana en la planta veintiséis, en el espacio antes vacío que Stark International ha puesto a disposición de Jackson y su equipo mientras dure el proyecto.
Ahora estamos a punto de reunirnos con Damien, pero Jackson aún tiene en la cabeza los bocetos que ha pegado a la pared y se ha puesto a corregir de inmediato con lápiz azul de trazo grueso.
—No solo es un uso espantoso del espacio natural, sino que también limita la flexibilidad del resort en su conjunto. —Alza la vista, ve a Rachel indicándonos que nos acerquemos y la saluda sin mucho énfasis mientras pasa más páginas del cuaderno que lleva en la mano—. También quiero hablar de la cuadrilla de operarios. A menos que estés obligada por contrato, me siento más cómodo con la mía.
—Si nos surge alguna dificultad, recurriremos a Aiden, pero eso podemos resolverlo solos. ¿Está libre el señor Stark? —pregunto a Rachel cuando llegamos a su mesa.
Bajo la vista y veo, por la luz del teléfono, que no lo está. Miro mi reloj y frunzo el entrecejo. Damien es extremadamente puntual. y Me pregunto por qué sigue al teléfono cuando estamos citados con él ahora mismo.
Me digo que no es problema mío.
Sin embargo, me cuesta convencerme de ello. He pasado tanto tiempo tras la mesa que ocupa Rachel que me resulta extraño no estar sentada aquí entre semana, aunque la razón sea que me han ascendido.
—¿Qué tal te va? —pregunto a Rachel, picada por la curiosidad.
—Voy más liada que los fines de semana —responde—. Gracias por darme el lunes y hoy.
—No me des las gracias. Yo también estoy encantada. Así tengo más tiempo para dedicarme al resort.
—Hablando de eso, ¿sabes con quién me fui de copas anoche?
—¿Con Aiden?
Rachel es guapa y divertida, y siempre he pensado que Aiden y ella harían buena pareja. Pero niega con la cabeza y responde:
—No, con Trent.
Su sonrisa me indica que no lo considera plato de segunda mesa.
Y, aunque a mí no me entusiasmaría salir con él, debo reconocer que Trent es tan agradable como competente, aunque bastante aburrido. Me abstengo de mencionar esto último.
—¿Y…? —digo—. Detalles, por favor.
—No hay mucho que contar —responde. Sin embargo, el rubor de sus mejillas da a entender lo contrario—. Vino anoche. Yo estaba aquí por si Damien, que mantenía desde su casa una de sus videoconferencias internacionales, me necesitaba para consultar archivos o ese tipo de cosas.
—¿Por qué vino Trent? ¿La videoconferencia era por el proyecto de Century City o por el de las Bahamas? —pregunto; aunque no sean mis proyectos, espero estar oficialmente en ese departamento pronto y, si algo pasa, quiero estar enterada.
—Oh, no. No dijo por qué había venido, pero, como me invitó a salir, creo que la verdadera razón de que se plantara aquí fui yo. Se quedó durante toda la videoconferencia. Hasta me sustituyó cuando tuve que ir pitando al piso de Damien para coger unas carpetas que se había dejado en la cocina —añade, refiriéndose a la vivienda que ocupa la otra mitad de esta planta—. Después de eso, nos tomamos una botella entera de vino en Baltminore’s. Y creo que, si no hubiéramos tenido que madrugar, seguiríamos juntos.
Le dedico una sonrisa sincera.
—Me alegro por ti.
—Sí, ¿verdad? Hace un siglo que no lo hago con nadie.
Lanza una mirada a Jackson, como si no nombrarlo fuera a impedirle captar de qué hablamos.
Estoy a punto de preguntarle qué sucedió con el último hombre con quien salió cuando suena el interfono.
—¿Han llegado?
Frunzo el ceño. Damien rara vez tiene la voz tan tensa, y me pregunto qué crisis ha tenido que resolver con Rachel en recepción en vez de mí.
—Iba a hacerles pasar —responde ella.
Mientras Jackson se levanta del sofá hago un rápido gesto afirmativo con la cabeza a Rachel y ella pulsa el botón que abre la puerta.
Damien está junto al ventanal cuando entramos. En cuanto la puerta se cierra pulsa el botón del mando a distancia que tiene en la mano. De inmediato las persianas automáticas se bajan y dejan el despacho sumido en la oscuridad.
La pantalla de proyección desciende y en ella aparece un titular sensacionalista.
«¡Sexo y adulterio en una playa de Stark!»
—¿Podría alguno de los dos explicarme qué coño es esto? —Damien tiene la voz tan tensa que parece a punto de quebrársele.
Miro a Jackson, que, en vez de prestarme atención, está con los ojos clavados en la pantalla, donde ahora aparece un artículo bajo el titular, junto con los hipervínculos de otros artículos de la página web LA Scandal.
Damien Stark, cuyo lugar en el firmamento de los escándalos quedó asegurado con su reciente juicio por asesinato (en el que se desestimaron los cargos, ¡no es que fuera absuelto!) y con el acuerdo tan conveniente como sexual provechoso al que llegó con su actual esposa, Nikki Fairchild [más información aquí], ¡puede haber vuelto a las andadas!
¿Ha ofrecido a sus inversores su polémico resort aún en proyecto de la isla de Santa Cortez recién adquirida para que lo utilicen como su parque de recreo particular? ¿Como un escondrijo secreto para aventuras ilícitas? Echen un vistazo a este fotograma del imán de los escándalos Dallas Sykes y su amiguita Melissa Baronne y saquen sus propias conclusiones. ¡Podemos imaginarnos qué estará pensando el marido de la señora Baronne!
—Oh, santo Dios —exclamo al ver en la pantalla una fotografía de Sykes abrazando y besando a una veinteañera despampanante—. ¿Cómo…?
—Muy buena pregunta —apunta Damien, y en sus ojos de colores distintos percibo sus esfuerzos por dominarse. Los tiene clavados en Jackson—. Ni tan siquiera tenemos planos suyos aún, señor Steele, y ya hemos dado que hablar. Esto no solo perjudica al ambiente familiar que busco para el resort, sino que ahora esta empresa ha colaborado en difundir rumores sobre uno de nuestros inversores clave. Y no digamos ya un hombre con quien actualmente mantengo otras negociaciones.
—¿Es una acusación, Stark? —pregunta Jackson.
—El domingo había pocos invitados en mi casa cuando Nikki habló de Sykes y su novia.
—A menos que esas cámaras sean una antigualla, las imágenes se envían digitalmente a su departamento de Seguridad. Y es probable que también se copien de forma simultánea en su servidor y en un servidor de seguridad.
El tono de Jackson ha sido tan cortante y preciso como un escalpelo. Yo, por mi parte, tengo bastantes ganas de vomitar.
—Ustedes tienen un departamento que supervisa todas las grabaciones, ¿no? —continúa—. Y apostaría a que revisar las grabaciones de la isla es responsabilidad de al menos un guarda de seguridad. Si no pensaran supervisar la actividad que graba un equipo tan caro, ¿para qué instalarlo?
Mira alrededor como si buscara alguna cosa.
—No fui el único invitado de su fiesta, señor Stark. Y esa imagen la han visto muchos ojos —declara—. Pero ¿soy el único que recibe un rapapolvo?
—Si me entero de que alguno de ellos está descontento por un antiguo arreglo de negocios, no dudaré en hacerle venir —arguye Damien mientras dirige el mando hacia la pantalla para seguir pasando el artículo.
Continúo leyendo y me entran incluso más ganas de vomitar.
Los conflictos con el afamado arquitecto Jackson Steele quizá estén creando tensiones en Stark International. Nuestros informadores sostienen que Steele es la última incorporación al equipo del resort de Santa Cortez, pero que no es un gran admirador de Damien Stark. Hace solo unos meses anunció que no le interesaba trabajar en un proyecto de Stark International. Así pues ¿qué podría haber ablandado el corazón de este hombre de acero? ¡Nos olemos un escándalo!
—¿Le importaría explicarse?
—Eso ya se lo dije a su esposa hace unos meses —arguye Jackson en tono afable—. Y se lo repetí a usted. No puedo controlar lo que alguien que nos oyera publica o explica a un periodista.
—¿Está descontento por lo que pasó en Atlanta, señor Steele?
—¿Qué? —exclama Jackson y, de inmediato, me lanza una mirada.
—Con el Brighton Consortium —continúa Damien sin alterar la voz—. Me he enterado de que, si el proyecto hubiera prosperado, el contrato para proyectar y construir el complejo en las más de ciento sesenta hectáreas habría sido suyo.
Los miro. No era consciente de cuánto perdió Jackson cuando las negociaciones fracasaron.
—Yo no fui el único perjudicado cuando usted se entrometió, Stark. El consorcio tenía inversores, pero usted manejó los hilos para hacerse con tantos de aquellos terrenos que me resultó imposible construir el complejo en su totalidad. Todos los participantes salieron perdiendo. Todos… salvo usted.
—Soy un empresario, señor Steele, no una ONG.
—Ya veo. Debieron de confundirme las alusiones a extorsión y fraude que se hicieron en su día.
Tengo una mano apoyada en la mesa de Damien para sostenerme. Quizá no conozca los detalles de lo que sucedió en Atlanta, pero sé que la inquina que se respira en este despacho es más que tóxica.
—Así pues, deduzco que lleva cinco años resentido conmigo por su versión distorsionada de los hechos y que, cuando le ha surgido la oportunidad de arrojarme unos cuantos dardos envenenados, no la ha dejado escapar y, de paso, ha perjudicado a la señorita Brooks y al departamento Inmobiliario.
—¿De veras está insinuando que perjudicaría un proyecto que ahora lleva mi nombre solo para vengarme de usted?
Damien da un solo paso hacia Jackson.
—Me conozco. Tengo mi propio código y sé cuánto valoro mi trabajo y lo que he construido en estos años. En cambio, sé muy poco de usted, señor Steele. Por ahora le concederé el beneficio de la duda. Pero si descubro que está detrás de esto, le prometo que acabaré con usted.
—Entendido —dice Jackson.
Se da la vuelta para salir del despacho y me dispongo a seguirlo. Quiero saber qué le ronda la cabeza.
—Quédate —dice Damien.
Jackson me mira, asiente y sale con la actitud serena y calmada de un hombre que es libre como el viento.
—¿Qué has observado? —me pregunta Damien en cuanto la puerta se cierra.
Me obligo a ponerme erguida y no dejar que me domine el pánico.
—Que no lo ha negado.
—No —constata cuando se sienta a su mesa—. No lo ha hecho.
—¿Qué significa eso? —pregunto, aunque temo saberlo ya.
Damien me sorprende negando ligeramente con la cabeza.
—Puede que no signifique nada. —Me mira a los ojos—. Si yo hubiera estado en su situación, tampoco habría reconocido ni negado nada. ¿Por qué darle esa satisfacción al cabrón que te pone contra las cuerdas?
Respiro hondo y me relajo un poco, aliviada.
—Entiendo.
No obstante, el alivio se me pasa por completo cuando recuerdo que hay algo que Damien no sabe: Jackson extrajo de la cámara de la isla el disco de memoria. Pienso en ello, y siento que la ira y el sentimiento de traición me bullen en las entrañas.
—Pero los vigilaré a él y al proyecto. Está en una posición única para hacer verdadero daño. Tú también deberías vigilar —añade, y por su tono de voz intuyo que el daño del que habla no se refiere a la empresa sino a mí.
Fuerzo una sonrisa.
—Lo haré. Claro.
Doy medio paso hacia la puerta, impaciente por marcharme, pero las palabras de Damien me disuaden.
—Tienes que ver otra cosa.
Su tono de voz me infunde pavor y me vuelvo hacia él despacio.
—¿Qué pasa?
Me señala la pantalla con la cabeza. El artículo de LA Scandal desaparece, sustituido por una sola fotografía.
Trago saliva y las mejillas me arden de vergüenza. Es una imagen de Jackson y yo abrazados. Y no nos estamos dando el dulce beso con que terminan muchas películas. No, la fotografía es de cuando Jackson me arrimó a él de un tirón y me devoró la boca, casi me la folló con la lengua. Tiene una mano hundida en mi pelo y está a punto de meterme la otra bajo las mallas de yoga para tocarme el culo.
Me estremezco de solo mirar la fotografía, porque me avergüenza, sí, pero también porque me refresca la memoria.
—Damien… —Me aclaro la garganta; la voz me ha temblado demasiado—. Yo…
Me doy por vencida porque no sé si debo empezar disculpándome por no haber tenido cuidado o por no ser profesional. Y porque tampoco estoy segura de cómo expresarlo.
—Siéntate.
Obedezco. Tomo asiento con las piernas juntas, las manos en el regazo y la mirada baja.
—Mírame.
Inspiro y alzo la cabeza, preparada para recibir un rapapolvo. Pero, aunque espero ver censura en su rostro, solo veo preocupación.
—No estás en un lío, Syl —dice con dulzura—. Pero me preocupas.
Siento que me relajo de inmediato.
—No pensé en las cámaras de vigilancia. Y después, cuando me acordé, bueno, no pensé que tú… que nadie lo vería.
No es del todo cierto. Sabía que los guardas lo harían, pero ninguno de ellos habría mandado la fotografía a Damien sin avisarme.
—Dudo que me hubiera enterado de no ser por el artículo de LA Scandal. Soy el único que ha visto la cinta.
—Entonces ¿no es del dominio público?
Solo cuando lo he dicho he sido consciente de que me preocupaba un poco que esto pudiera dar pie a otro artículo en LA Scandal.
—Que yo sepa, no lo ha visto nadie aparte de Nikki y yo. Lo he descubierto en casa. Ella estaba conmigo. Lo siento.
—No, tranquilo. —Me paso los dedos por el pelo, sin saber muy bien cómo me siento aparte de profundamente avergonzada y muy poco profesional—. Deberías saber que…
Una vez más me interrumpo. Estaba a punto de negarlo, pero ¿negar qué? ¿Que Jackson y yo estamos liados? Lo estamos. ¿Que lo nuestro no tiene nada que ver con el resort? Lo tiene.
Por fin me decido por responder con generalidades.
—Deberías saber que, aunque estoy tremendamente avergonzada porque lo hayas visto, esto no perjudica al resort. Ni influye en mi dedicación al proyecto o a Jackson.
—Solo voy a decirlo una vez: te creo. Pero si sale mal, te quitaré el proyecto y se lo daré a Trent tan rápido que ni te enterarás.
Me retuerzo los dedos.
—Lo entiendo.
—No obstante, esa no es mi mayor preocupación.
—No hay una normativa que prohíba salir con colegas, y…
—Maldita sea, Sylvia.
Me quedo petrificada.
—Damien…
—Esto no es por la normativa. Es por ti.
Espero, sin saber muy bien adónde quiere llegar.
—Eres una buena empleada, pero también eres una buena amiga. Conozco a los hombres como Steele y no quiero ver cómo te hace sufrir.
—Yo… Oh.
Inspiro.
—No me fío de él. Le he concedido el beneficio de la duda con la foto de Sykes, pero aquí la palabra clave es «duda».
—Lo entiendo. De todos modos, yo le creo.
Eso último no es del todo cierto. Porque ahora mismo no estoy segura. Quiero creer que Jackson no haría nada semejante, que no aprovecharía el tiempo que hemos pasado en la isla para cargarse el proyecto. A Stark.
Quiero creerlo. Aun así, no puedo quitarme de la cabeza el dichoso disco de memoria.
No obstante, Damien no necesita saberlo. Además, tengo cada vez más ganas de vomitar. Porque noto que mi enfado y mi preocupación crecen por momentos y porque no me gusta ocultar cosas a mi jefe.
Damien me sonríe sin convicción.
—Sé que confías en él. Y por eso me preocupas.
Le quita importancia con un gesto de la mano.
—De momento olvidemos el tema. Pero, Syl, estaré pendiente. Y acabaré con él si creo que te utiliza para cargarse el proyecto o considero que te hace sufrir. Protejo a mis empleados, señorita Brooks. Y también velo por mis amigos.
Asiento, conmovida por sus palabras, aunque me asuste la preocupación que las ha suscitado. Porque, entre saber lo que ha ocurrido con el disco de memoria y la duda que Damien ha sembrado en mí, tengo la cabeza a punto de estallar. Me levanto, dispuesta a salir y ordenar mis ideas.
—Una cosa más antes de que te vayas. Es posible que mi padre esté involucrado en esto.
—¿Tu padre?
—No es la primera vez que se entromete en mis negocios, informa a la prensa sensacionalista o manipula los hechos para beneficiarse.
Asiento. Sé de sobra que lo que Damien dice es cierto.
—Y es la clase de hombre que sembraría cizaña.
—¿Crees que alguien de los nuestros le está pasando información?
Frunzo el entrecejo al recordar que Jeremiah Stark asistió a la proyección del documental. Evelyn me dijo que estaba en el consejo del Proyecto de Protección Histórica y Arquitectónica Nacional, al igual que Michael Prado. ¿Significa eso que conoce a Jackson? Y, aunque así sea, ¿qué?
Me dispongo a mencionar ese vínculo a Damien, pero cambio de idea. Lo cierto es que no hay ningún vínculo; solo es mi mente imaginando conspiraciones. Y hasta que no se lo pregunte a Jackson no hay motivo para que diga nada, aunque estas malditas dudas mías me estén zumbando en la cabeza como mosquitos.
—Creo que es posible —responde—, pero no le des demasiadas vueltas. Céntrate en el trabajo, no en los chismes. Solo son ruido, Sylvia.
Asiento. Desde su perspectiva, tiene razón. Desde la mía, necesito preguntar a Jackson por el rumor y por el dichoso disco de memoria. E incluso por el maldito Jeremiah Stark.
—Salgo en unas horas. No me gusta irme de viaje cuando alguien está puteando a mi empresa.
—Sé cómo ponerme en contacto contigo si pasa algo —digo—. O si nos enteramos de algo concreto.
Consigo mantenerme calmada y con una actitud profesional durante el resto de la reunión mientras repasamos los planes de viaje de Damien y los asuntos de los que debo ocuparme personalmente o pasar a Rachel.
No obstante, cuando me marcho he acumulado tanta preocupación y tanto miedo que estoy a punto de estallar.
—¿Qué pasa? —pregunta Rachel, pero le indico con un gesto de la mano que este no es un buen momento.
Aunque tengo que ponerle al día de muchas cosas, tendrá que esperar. Ahora mismo necesito hablar con Jackson.
Lo encuentro en la planta veintiséis, en el despacho esquinero que es la única sala totalmente terminada de esta planta. El resto se equipará en las semanas siguientes para albergar a los delineantes y otros técnicos que Jackson necesite incorporar al proyecto.
También hay una mesa justo delante del despacho para la sobreprotectora secretaria de Jackson. Aún está en Nueva York, pero Jackson me dijo que quizá se la traería y cerraría su estudio neoyorquino durante un tiempo mientras estuviera en la costa Oeste.
Recuerdo que me dio largas cuando intenté reunirme con él. Esta vez no hay ninguna bruja montando guardia, de modo que abro la puerta de golpe e irrumpo en su despacho.
Jackson está junto a una mesa de delineación y me mira, sorprendido, cuando entro como una exhalación.
El despacho está hecho un desastre. Papeles diseminados por doquier, cajas volcadas, y no sé si este caos se debe a la mudanza o lo ha creado Jackson.
Sospecho lo segundo, y eso solo reaviva mi enfado y mis temores con respecto al disco de memoria.
—Debería haberlo sabido. —Mi tono es áspero pero mesurado. Demasiado mesurado—. Me lo dijiste tú. Me dijiste que esto era una venganza. Pensaba que te referías a mí. Pero desde el principio intentabas vengarte de Damien, ¿es eso?
Levanta un dedo y me señala, con las facciones tan crispadas que sé que está esforzándose por no estallar. A decir verdad, conozco la sensación.
—No me vengas con esas —me suelta—. No entres aquí hecha una furia para decirme que crees lo que afirma ese hijo de perra.
—Maldita sea, he confiado en ti. Muchísimo. En lo más íntimo. No puedes joder esa confianza así, Jackson. No puedes.
Por un momento me parece ver dolor en su mirada. Luego solo advierto frío cálculo.
—¿Qué crees saber exactamente?
—Lo del disco de memoria y esa chorrada tuya sobre el salvapantallas… ¡Me has utilizado! —Me escuecen los ojos, pero, por primera vez en la vida, agradezco no ser capaz de llorar—. Me has utilizado, joder. ¿Y por qué? ¿Para dejar a Damien en mal lugar?
—No sabes lo que dices —declara Jackson muy despacio—. Y en cuanto a la confianza, tampoco veo que tú me tengas mucha.
Respiro hondo para serenarme.
—Está bien. De acuerdo. —Me paso los dedos por el pelo e intento calmarme—. ¿Conoces a Jeremiah Stark?
—¿El padre de Stark?
—Damien cree que su padre puede estar saboteando la empresa.
Trato de interpretar su expresión, de saber si está al caso, pero no me transmite nada aparte de desconcierto. Eso me alivia.
—¿Por qué?
—No sería la primera vez. No puedo darte detalles, pero no me chupo el dedo y he visto a ese hombre hacer cosas bastante censurables, y el hecho de que Damien sea su hijo solo lo empeora. Es decir, los padres deberían proteger a sus hijos, no utilizarlos.
Jackson da un paso hacia mí, pero ahora mismo no quiero su compasión. He permitido que mis problemas personales se cuelen en la conversación y no pienso seguir por ahí.
Alzo la cabeza, hago acopio de valor y le pregunto a bocajarro:
—¿Trabajas con Jeremiah Stark?
Se para en seco, y la amabilidad que he percibido hace un momento en él desaparece.
—Joder, ¿me tomas el pelo?
—Jeremiah Stark estuvo en la proyección de tu documental —arguyo—. Lo vi. Y ahora quiero una respuesta. ¿Lo conoces? ¿Trabajas con él?
—Por supuesto que no trabajo con Jeremiah Stark —reponde, y le creo.
No obstante, sigo sin saber qué pensar. Sé lo que he visto con el disco de memoria. Recuerdo lo que Trent me dijo sobre el estudio topográfico que Jackson había realizado de la isla antes incluso de que le ofreciéramos el proyecto.
Pienso en todo ello y no sé qué significa.
—¿Qué pasa aquí? —pregunta Jackson—. ¿Tu jefe me ha despedido?
Niego con la cabeza.
—No. No hay pruebas. —Lo miro a los ojos—. Damien no sabe que cogiste el disco de memoria.
—Cogí el disco porque quería tener una foto de los dos. Ya te lo dije.
—Sí —reconozco—. Eso alegaste… Y también dijiste que querías vengarte. —Inspiro—. Lo cierto es que no sé qué pasa, Jackson. Pero lo importante es que no permitiré que me jodas el resort para que te vengues de Damien por una compra de terrenos que ocurrió hace cinco años.
—Ya lo tienes claro, ¿eh? —dice con frialdad.
—Lo que tengo claro es que debo andarme con cuidado —replico—. Que he de ser inteligente.
Me da miedo, mucho miedo, haberme sincerado demasiado con este hombre. Haber confiado en él cuando no debería haberlo hecho. Y estar pagando ahora las consecuencias.
—Entonces ¡sé inteligente! —exclama—. Porque si piensas con la cabeza sabrás que nunca pondría este proyecto en peligro. Mi reputación significa demasiado para mí. Tú significas demasiado para mí. Todo lo que me has contado… Todas las partes de ti que me has entregado… ¿De veras crees que violaría esa confianza?
—No lo sé —reconozco, y me siento como si el corazón se me estuviera partiendo—. Sencillamente, no lo sé.
—¿No? Pues deberías saberlo.
—Jackson…
—Vete —dice.
—Jackson, maldita sea, tenemos que…
«Ahora mismo, Sylvia, necesito que te vayas.»