35
La mañana era muy calurosa y el valle se estaba achicharrando. Un camión de gran tonelaje había volcado en la autopista, inundando de huevos todos los carriles. Hasta el área de descanso estaba bloqueada y Milo soltó maldiciones hasta que el guardia de tráfico nos permitió pasar.
Llegamos al colegio universitario con diez minutos de retraso y alcanzamos el aula justo en el momento en que estaban entrando los últimos alumnos.
—Maldita sea —exclamó Milo—. Tenemos que darnos prisa.
Subimos los peldaños de la caravana y yo me quedé en la puerta mientras Milo se acercaba a la pizarra.
La pequeña estancia ocupaba la mitad de la caravana, tenía un tabique de separación y disponía de una mesa de conferencias y una docena de sillas plegables.
Diez de las sillas estaban ocupadas. Ocho mujeres y dos hombres. Una de las mujeres debía de tener sesenta y tantos años; las demás eran más jóvenes. Los hombres tenían cuarenta y tantos años. Uno era blanco y tenía una abundante melena de cabello castaño claro; el otro era hispano y llevaba barba. El blanco levantó brevemente los ojos y después volvió a enfrascarse en la lectura de un libro.
Milo tomó un puntero y dio unos golpecitos a la pizarra.
—Hoy el señor Jones no podrá venir. Yo soy el señor Sturgis, su sustituto.
Todos los ojos se clavaron en él, excepto los del lector.
Una de las chicas preguntó con voz afectada:
—¿Le ha ocurrido algo?
Tenía una larga melena de ondulado cabello negro y lucía unos pendientes hechos con esferas de plástico de color blanco y azul espliego, ensartadas en hilo de nailon. Su top de color blanco mostraba un busto exuberante y unos hombros bronceados. Lucía una sombra de ojos demasiado azul y una barra de labios demasiado pálida, ambas cosas en cantidad excesiva.
Aun así, estaba mejor que en la fotografía del grupo estudiantil.
—Pues más bien no, Kristie —contestó Milo.
La chica abrió la boca y los demás alumnos la miraron.
—Pero bueno, ¿qué es lo que pasa? —dijo, tomando su bolso.
Milo se metió la mano en el bolsillo y sacó la placa de policía.
—Eso lo tienes que decir tú, Kristie.
Se quedó paralizada en su sitio. Los demás alumnos no salían de su asombro. Los ojos del lector flotaron sobre las páginas del libro. Moviéndose muy despacio.
Vi que Milo le miraba y desviaba los ojos hacia el suelo.
Los zapatos.
Unos toscos zapatos negros con cordones y puntera redonda. No encajaban muy bien con su camisa de seda y sus pantalones de marca.
Milo entornó los ojos. El lector clavó los ojos en los míos y después se cubrió la cara con el libro.
Teorías de las organizaciones.
Kristie rompió a llorar.
Los demás alumnos se habían quedado petrificados como estatuas.
—¡Hola, Joe! ¡Cara cacarañada!
El lector levantó la vista con expresión pensativa. Solo un segundo, pero fue suficiente.
Rostro anodino. Como el del padre de Dick y Jane, los de la casa de al lado. De cerca, los detalles destruían la imagen paternal: sombras en la frente, señales de viruela en las mejillas, una cicatriz en la sien. Un tatuaje en una mano.
Y el sudor…, una capa de sudor tan lustrosa como laca recién aplicada.
Se levantó. Fríos ojos entornados; manos grandes y antebrazos poderosos. Más tatuajes, verdeazulados, vulgares. Como de piel de reptil.
Recogió sus libros y se apartó de la mesa sin levantar la cabeza.
—Quieto ahí —le dijo Milo—. Soy de muy buena pasta.
El hombre se detuvo, dobló el tronco, arrojó los libros contra Milo y corrió hacia la puerta.
Yo, rápido, le cerré el paso, formando una barrera con los brazos cruzados.
Me empujó con fuerza. El impacto me arrojó contra la puerta y esta se abrió.
Caí hacia atrás y aterricé violentamente sobre el suelo de cemento, golpeándome la rabadilla. Extendí las manos y agarré dos puñados de seda. Estaba encima de mí, golpeándome con rabia y empapándome de sudor.
Milo lo apartó, le golpeó en el rostro y el vientre y lo empujó contra el bungalow. El hombre forcejeó, Milo le propinó un fuerte golpe en los riñones y lo esposó antes de que se desplomara, soltando un gruñido de dolor.
Milo lo empujó hacia abajo y apoyó un pie sobre su espalda.
—Vaya, vaya, vaya, pero ¿quién tenemos aquí? Sobran, coma Karl, con K, Sebring, coma Carl, con C… Ramsey, coma Clark Edward. ¿Cuál es tu verdadero nombre, capullo, o acaso padeces un síndrome de múltiple personalidad?
El hombre no dijo nada.
Milo rozó uno de los zapatos negros con la puntera del suyo.
—Buenos zapatos de prisión. ¿Del condado o del estado?
No hubo respuesta.
—Necesitas tacones nuevos, tío.
Los músculos de la espalda del hombre se contrajeron bajo la camisa.
Milo se volvió a mirarme.
—Alex, busca un teléfono y llama a la subcomisaria de Devonshire. Diles que tenemos a un sospechoso buscado por la Brigada de Homicidios de Jefatura Superior y facilítales el nombre completo de Dawn Herbert.
—Mierda —dijo el hombre con voz ronca y pastosa.
Una de las jóvenes alumnas salió a la puerta de la caravana. Veinte o veintiún años, melenita rubia corta, vestido blanco sin mangas, cara de Mary Pickford.
—Kristie está muy disgustada —dijo con una voz muy tímida.
—Dile que enseguida estoy con ella —le contestó Milo.
—Vale. ¿Qué es lo que ha hecho Karl?
—Unos deberes desastrosos —contestó Milo.
El hombre emitió un gruñido y la chica se sobresaltó.
Con la rodilla sobre la espalda del hombre, Milo añadió:
—Tranquila… no pasa nada. Vuelve dentro y espera.
—Es una especie de experimento, ¿verdad?
—¿Un experimento?
—Uno de esos juegos de rol. El profesor Jones los utiliza muy a menudo para fortalecer nuestro nivel de conciencia.
—No me extraña. Pues no, esto es de verdad. Sociología en acción. Fíjate bien porque entrará en el examen final.