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Mi primer gran caso

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Mi mal de amores eres tú

de Emma J. Care

PRÓLOGO

—Alondra —pronunció el nombre de su hermana captando su presencia antes de verla.

—Faith —respondió, entrando en la salita—. Tu sobrina nieta va a venir. —Una sonrisa se le dibujó en la cara. Era la expresión de la misma felicidad.

—Lo sé, nuestra pobre niña necesita curar el alma. —Su rostro se tornó más contrito.

—Sabes que lo conseguirá, es fuerte como una roca, aunque ahora no lo vea así. —Tomó asiento en su mecedora situada al lado de la de Faith—. Y él está de camino.

La expectación de su hermana despertó con ese simple comentario.

—¿Estás segura? La última vez dijiste lo mismo y cambió de opinión —reprochó abiertamente.

—Lo he visto, Faith. Necesita volver a casa tanto como el aire que respira. No sabe por qué, a veces lo intuye, mas siempre desatina en las conclusiones. —Unió las manos encima de su vientre. Su mirada se perdía más allá del río Hudson, donde la vista de los comunes mortales no lograba alcanzar.

—Quiero pensar que viene motu proprio, no porque una vieja bruja aburrida así lo haya decidido. —Su voz continuaba reflejando cierta reprobación al tiempo que cogía de la mesita aledaña su copa de zumo de arándanos recién exprimido. De un sorbo, lo terminó y la depositó de nuevo en su lugar.

—Hace mucho que no lo hago —resopló Alondra con resignación, pero callando ciertos secretos.

—Solo espero que tenga coraje, no como sus ancestros.

—No lo dudes.

Como un resorte, Alondra se levantó de su mecedora entusiasmada, mirando hacia el mismo lugar que su hermana: la puerta de la entrada.

—Faith, en veinte segundos él timbrará. Tú y yo no sabemos nada —le advirtió.

El sonido del viejo timbre irrumpió en casa de las hermanas Wells consiguiendo que las dos mujeres, casi octogenarias, sonrieran como adolescentes. Prestas, acudieron a la llamada para abrir su hogar al hombre que estuvieron esperando el último año.

—Faith, Alondra —saludó el recién llegado con voz cansada.

—Adelante. Ya estás en casa, muchacho. —Faith se mostró alentadora porque los presagios eran ciertos. Aquello que estuvieron aguardando tanto tiempo al fin llegaba junto a ellas.

Las dos hermanas compartieron una mirada que no ocultaba la alegría que sentían.

Capítulo 1 - Welcome to… SLEEPY HOLLOW

Seis meses después

Mucha gente ha pensado que la vida era como una fotografía. Esa instantánea que capturamos para no olvidarnos de ella. Ese momento feliz, único e irrepetible guardado en un álbum, en el ordenador, en una carpeta, custodiado en un lugar de nuestro corazón como el mayor de los tesoros. Por eso, al volverla a ver, los recuerdos se tornan más vívidos inundando nuestra mente, las anécdotas nos invaden arrancándonos la misma sonrisa, haciéndonos brillar los ojos de nuevo. Lo sentimos con más intensidad que la primera vez, cuando posamos y lo inmortalizamos al sonido de un clic.

A lo largo de mi vida, por mis propias experiencias, nunca pensé así. Para mí, la vida era un lienzo en blanco que poco a poco lo pintabas a través de lo vivido, lo experimentado, porque de ello aprendimos y forjamos quienes somos. A medida que crecimos, lo llenamos de trazos firmes o inseguros, de líneas rectas, curvas, finas o gruesas, más claras u oscuras, también de tachones, de borrones y cuentas nuevas, de avances inesperados, de retrocesos necesarios. Pero más allá de los colores elegidos, lo que hicimos fue retratarnos a nosotros mismos, con nuestras luces, con nuestras sombras, con las virtudes y los defectos que nos conforman, con nuestras penas y alegrías. Sin embargo, solamente al final, una vez terminado, discernimos en él nuestra felicidad, desde la más grande a la más pequeña, porque incluso ella se nutrió de nuestros trazos más dolorosos, de nuestras lágrimas más amargas. Como Washington Irving dijo: «Hay algo sagrado en las lágrimas. No son señal de debilidad, sino de poder. Hablan con mayor elocuencia que diez mil lenguas. Son las mensajeras de una pena abrumadora y de un amor indescriptible».

Y tenía razón.

Así estaba yo, sosteniendo la mayor de las penas sobre mis hombros desde hacía varios años e inconsciente de que iba a vivir el amor más intenso, el deseo más irrefrenable en brazos de un hombre del que, según mi historia familiar, debía escaparme, repelerlo, ahuyentarlo y huir de él como si se tratase de la serpiente más letal de la tierra porque tenía el poder y la fuerza de destruirme. Él podía despojarme de toda vida, destrozar mi alma, partirme en mil pedazos imposibles de unir otra vez. Enterrarme viva o muerta a dos metros bajo tierra.

No, él no lo sabía.

Yo tampoco cuando esa mañana monté en mi coche para dejar mi pequeño apartamento de Manhattan y regresar a casa por prescripción insistente de mis jefes que, conocedores de mi historia familiar más reciente, se vieron obligados a darme unas vacaciones forzadas porque mi vida, completamente descontrolada, se había convertido en un caos emocional. Estaba postrada ante el rencor, el dolor, los remordimientos que no supe canalizar y que, por ende, influyeron de manera directa en mi trabajo. Era un retorno en contra de mi voluntad. No quería, sin embargo, debía.

Manhattan, en otrora, me ayudó a revivir mostrándome su cara más dulce. Poner tierra de por medio fue la mejor decisión que por aquel entonces pude tomar. Sentí la imperiosa necesidad de desaparecer, de aislarme. Lo conseguí. Por otro lado, desbarré. La vida me puso en esa tesitura de tener que encararme a la fuente de mi dolor, enfrentarme conmigo misma y aceptar lo que soy. Nunca, pensé un día. Se me olvidó que esa palabra no la recoge el diccionario del Destino.

Conduje a Sleepy Hollow, ese pequeño pueblo protagonista de uno de los relatos de terror más conocidos, además de innumerables películas. Él fue quien me vio nacer, crecer, a la par me mostró la crueldad de la humanidad. A unos cincuenta kilómetros de mi querida Manhattan, conduje hacia casa cuando me prometí que no volvería. Lo único que eché de menos durante este tiempo fueron las vistas al río Hudson. El pueblo estaba situado en su orilla este, sumado a la situación privilegiada que me proporcionaba la casa de mis tías abuelas, Alondra y Faith, tenía las más hermosas vistas del valle del Hudson.

A medida que el coche avanzaba por la calzada, a medida que la gran ciudad se iba quedando atrás, una parte de mí se entristecía y a la vez se tensaba a causa de los nervios por volver a ese cáliz lleno de víboras. Esa parte rota en mí sabía que dejaba de ser anónima o, simplemente, un nombre más, para convertirse en alguien repudiado por sus convecinos. No era lo mismo ser una Wells en Manhattan, que ser una Wells en Sleepy Hollow. Allí era sinónimo de bruja.

Con este estigma crecimos mi hermana y yo, sufriendo todo tipo de miradas insidiosas, señaladas, separadas socialmente de la gente, sin relación interpersonal alguna. Esa marca que nos diferenciaba del resto hizo que me alejara al tener la primera oportunidad, desvinculándome de todo y de todos, solo manteniendo contacto esporádico con mis tías por teléfono. En todo ese tiempo evolucioné, en cambio, Sleepy Hollow se mantuvo impasible. Esa sensación me embargó cuando circulé por su calle principal antes de girar en dirección a las afueras, donde la casa de las Wells se levantaba orgullosa. Aparqué el coche delante de la verja blanca, bajo la atenta mirada de mis tías que estaban de pie en el porche esperando mi llegada.

El regreso de la sobrina nieta pródiga.

Un retorno, una vuelta a casa, en el que no albergaba esperanza alguna.