NOTA DE AUTOR
Después de cincuenta años, hice lo que deseaba, escribir. Y para tan noble tarea, me ayudé de un personaje de ficción que en nada se parece a los héroes de las novelas negras con las que crecí. Pero él, Javier Holmes, no lo sabe. No sé cuánto de él hay en mí, ni sé cuánto de mí hay en él, porque una vez que tomé la pluma para darle voz, la línea que nos separa a ambos se ha difuminado.
Javier Holmes es un personaje de ficción creado con retazos de otros personajes detectivescos que dejaron huella en su autor, entre los que destaca uno. En su primer libro, Holmes dice: «… si en algún detective hubiera de reencarnarme, si es que eso fuera posible, ese sería en Philip Marlowe». En él encuentra Holmes a su mentor, que lo guiará en la resolución de sus casos.
Se trata de un héroe con personalidad propia, con sus complejos y virtudes, con sus vicios (entre los que destaca un desayuno con churros, nunca más de tres) y, sobre todo, con un código ético en el que cree y por el que lucha. Un héroe que mantiene una dura batalla contra su corazón, el cual está en manos de la principal sospechosa de su primer caso, Marisol Romerales.
Yo nací en Valladolid, estudié Ciencias Económicas y después un MBA en la Universidad Politécnica de Madrid. He dedicado toda mi vida al mundo del ferrocarril y, algún pequeño período intercalado, a la también noble tarea de la enseñanza.
E hizo falta una increíble mujer, con la que contraje matrimonio hace no tanto, para que me inspirase y ayudase a escribir. Una mujer de la que tampoco sé cuánto hay en común con la protagonista de las aventuras de Holmes, pero algo habrá.
Son tres las aventuras de estos detectives que el papel ha dado vida: Mi primer gran caso, la obra que da vida al personaje reflejando su metamorfosis hasta llegar a ser el detective que es, Por un puñado de vides, obra que ha quedado finalista en el Premio Fernando de Lara en 2016 y que consolida al detective, y Olivas de Acero, aventura en la que aparece un nuevo y entrañable personaje como ayudante de los dos detectives.
En este momento se encuentran viviendo su cuarta aventura por tierras saharauis, combinando el pasado, cuando en 1976 las tropas españolas abandonaban el Sáhara Occidental, con una misteriosa desaparición actual. Pero esa novela aún está fluyendo a través de la pluma de su autor.
Espero que el temperamento de los dos detectives me guíe en futuras aventuras que, para ellos, tengo en mente y que están deseando ver la luz.
www.javierholmes.es
Y el próximo mes de junio...
POR UN PUÑADO DE VIDES
JAVIER HOLMES
PREFACIO
Karim Cepeda salía por la puerta de los juzgados de Valladolid donde acababa de prestar declaración ante el juez instructor, durante aproximadamente dos horas, acerca de la muerte de Don Amadeo Roldán para el cual trabajaba desde hacía dos años. Estaba cansada y sus ojeras así lo evidenciaban. Habían sido unos días duros en los que apenas había podido dormir más de una hora seguida.
Mientras descendía por la escalinata de piedra que daba a la calle de Las Angustias, recordaba cuando llegó a un país del que apenas conocía algo para abrirse camino. No tenía aún los veintiocho años cuando llamaba a la puerta de una casona en un pueblo a poco más de diez kilómetros de la capital castellana, en respuesta a una oferta de trabajo publicada en el periódico local. En ella se demandaba una empleada del hogar en régimen de interna, que fuera joven y mujer, para que a la vez de hacer las tareas domésticas asistiese a un anciano. Acababa de llegar de Lima cediendo a las presiones de su hermana Clara que trabajaba en la ciudad limpiando una casa donde también estaba trabajando como interna.
El salario convenido, novecientos euros al mes, más el alojamiento y la comida, parecieron más que suficiente para un trabajo que, aunque parecía duro, estaba segura de poder hacer. Las tareas de la casa poco a poco se fueron haciendo rutinarias y, a pesar de los cuidados que Amadeo precisaba, aún le sobraba algo de tiempo que dedicaba al estudio y a la lectura. Pretendía convalidar en España la carrera de Ciencias Empresariales que había cursado en la Universidad de Lima y, en breve, comenzaría los trámites necesarios.
Lo peor de todo empezó con los excesos del anciano, que no desaprovechaba ocasión para posar sus manos sobre cualquier parte del cuerpo de Karim. Al principio le repugnaba la situación y no estaba segura de cómo actuar sin poner en peligro su trabajo. Se conformaba con retirarle la mano, siempre de manera amable y con una sonrisa que, cada vez más, le costaba fingir. Pero como era previsible, Amadeo insistía de nuevo en cada ocasión que se le presentaba.
No tardó el señor de la casa en conseguir su propósito con Karim. Fue a los cinco meses de estar trabajando para él. Aunque después de ese tiempo, la joven ya había aprendido a sacar partido de las debilidades de su anciano patrón, encontrando la compensación que consideraba justa a la repugnancia que le provocaba la proximidad de aquel hombre.
Amadeo no era tan anciano, pues en aquel momento tenía sesenta y ocho años, pero su salud era muy endeble. Su rostro cargado de arrugas, el aspecto enjuto y encorvado y la casi total falta de cabello, le atribuía más edad de la que tenía. La diabetes que le diagnosticaron hacía varios años, le había ido poco a poco consumiendo. Karim le tenía que pinchar insulina tres veces al día, además de estar pendiente de sus citas médicas. Raras veces se inyectaba el mismo.
De carácter agrio y autoritario, éste había conseguido ahuyentar a sus tres hijos los cuales apenas venían a visitarle. Por tanto era ella la que le cuidaba y atendía sus quejas. Tan sólo Obdulia, una amiga dos años más joven que él y con la que Karim sospechaba que tuvo un romance hacía tiempo, era la que le visitaba con asiduidad.
De hecho, el día antes de su muerte, ésta acudió con su hija Lourdes para visitar a Amadeo. Aunque la visita duró mucho menos de lo habitual y no debió ser igual de cordial a juzgar por el tono y volumen de la conversación que le llegaba a Karim desde el salón hasta su dormitorio, donde se encontraba recostada. Además, no le solicitaron las pastas con una copita de mistela que servía en una bandeja de alpaca plateada, como siempre solía hacer durante esas visitas.
El juez le había recriminado a Karim, nada más sentarse ante él, no haber acudido asistida por un abogado. Recordaba que así se lo hicieron notar en la citación que recibió. Pero ella no lo creía necesario, al menos de momento. Además, las preguntas que tanto el juez como el fiscal le habían hecho, habían sido sencillas de responder. Sí es cierto que imponía bastante la sala en la que le tomaron declaración, con la bandera de España al fondo junto al retrato del rey Felipe VI y todo ese mobiliario austero pero de madera noble tras el cual se sentaron el juez, el fiscal y la secretaria judicial. Mientras, un joven que parecía ser el oficial de justicia, tomaba rápidas notas de lo que ella declaró ante un micrófono que le situaron frente a la gran mesa.
Cuando salía por la puerta de los juzgados, ya más relajada de lo que estaba al entrar, pensaba que se había desenvuelto muy bien. Estaba satisfecha y, sobre todo, tranquila.
El peor momento se produjo cuando tuvo que contar, a la vez que recordaba, como dejó caer las dos bolsas con la compra que llevaba, una en cada mano, cuando vio el cuerpo de Amadeo colgando de una viga de la cocina, con la cara totalmente desencajada y una silla caída debajo de él. La televisión del salón estaba encendida, y el sonido de ésta apenas disimuló el grito que profirió Karim mientras salió corriendo hacia afuera de la casa, desde donde un poco más sosegada, consiguió llamar por teléfono a la policía. Karim, había salido a hacer la compra como hacía casi todos los días sobre las doce de la mañana, pero ese día su regreso se había retrasado un poco más ya que se había tomado un refresco con Gabi, un amigo que le estaba esperando y con el que se veía, siempre que el trabajo se lo permitía, desde hacía más de seis meses. Creía haber estado una hora y media fuera de casa, aproximadamente, aunque no estaba totalmente segura del tiempo exacto. Así lo había declarado.
Efectivamente la llamada a la policía desde su móvil se había registrado poco después de la una y media. Pero no había registro de la hora a la que había salido a comprar y, por tanto, cuánto tiempo había estado fuera de la casa.
Le preguntaron cómo era su vida junto a Amadeo desde que trabajaba para él. No mencionó durante su declaración que cedía de vez en cuando a los caprichos del anciano, los cuales la mayoría de las veces conseguía saldar con una caricia. Aunque no siempre era así. No declaró como se estremecía de repugnancia cuando sentía su presencia por detrás, mientras estaba en la cocina trabajando, y éste trataba de abrazarla y le besaba en el cuello. Su aliento era fétido, recordaba aún con un escalofrío.
Tampoco le contó al juez y al fiscal que tenía una cuenta de ahorro en Perú que ascendía aproximadamente a doscientos mil euros y que había ido engrosando de forma paciente durante los dos últimos años mientras el señor miraba hacia otro lado. Karim disponía de acceso a una cuenta corriente para atender todos los gastos y Amadeo, que andaba sobrado de dinero, nunca se preocupaba de vigilar el saldo de ésta. Parecía estar feliz con ella y no le importaba que le sisase. Si es que a esa cantidad de dinero se le podía llamar sisa.
En cambio sí hizo constar ante el fiscal el cambio de actitud de los tres hijos, Elena, Bonifacio y Marcial, durante el último mes. Los dos menores, los varones, habían ido a visitar al anciano a menudo durante las últimas semanas, cosa que no tenían por costumbre hacer. Y hasta había venido su hija mayor, la cual era menos frecuente aún de ver en la casa que a sus hermanos. De hecho Karim no la conocía hasta que vino la semana antes de la muerte de su patrón. Le resultó una persona bastante estirada, y así lo había declarado.
La hija vivía en un pueblo de la provincia de Valencia en las tierras de la familia. Karim sabía que cultivaban vides y que explotaban una bodega bastante afamada con la cual debían ganar bastante dinero, El Roble de Requena se llamaba. Según le había dicho Amadeo, la bodega era la joya de la familia, aunque éste no se preocupara del negocio y lo tuviera delegado en su hija mayor que actuaba como administradora de él.
Más extraño aún fue el que viniese a ver a su padre acompañada de un amigo de su marido Francisco Revilla y que se presentó como Reinaldo Ruiz. Desgraciadamente tanto en esta visita como en las últimas de los otros dos hijos, no le habían permitido a Karim permanecer en el interior de la casa, despachando su presencia con no muy decorosos modales y argumentando cualquier excusa para que saliera a la calle y permaneciera ajena a lo que se hablaba en la casa.
El juez, antes de abandonar los juzgados, le había prohibido salir de España retirando su pasaporte hasta que se aclarase todo. En ningún momento le habían acusado de algo, ni le manifestaron que hubiera sospechas fundadas de un mal comportamiento de ella para con el señor Roldán. Por eso estaba confiada.
Sabía que estaban investigando la posibilidad de que la muerte de Amadeo no hubiese sido un suicidio. Había bastantes personas que podían tener interés en que éste falleciese. Y quizá Karim fuera una más de ellas. Lo sabía.
***
Habían pasado unas semanas desde la declaración de la asistenta peruana ante el juez instructor. Ahora trabajaba en la misma casa donde su hermana servía en régimen de interna y le ayudaba en las tareas domésticas compartiendo en su habitación la única cama que en ella había. Fue una deferencia de la señora para la que trabajaba Clara, después de que ésta conociera el trágico suceso ocurrido en una casona de Fuensaldaña, pueblo muy próximo a Valladolid.
Se trataba de una medida temporal ya que esperaba irse pronto de regreso a su casa en Lima, o por lo menos ese era su deseo. El caso de la muerte de Amadeo estaba archivado ya, concluyendo que se trató de un suicidio. Podía irse a su país cuando quisiera, tenía de nuevo el pasaporte en su poder y una cuenta de ahorro que le esperaba para comenzar su vida, otra vez, en el lugar que la vio nacer. Pero no lo había hecho aún.
Había recibido la llamada de un notario de Valladolid que le había citado en su despacho para comunicarle que era beneficiaria de una parte de la herencia del difunto Amadeo. Nada menos que la hacienda que regentaba su hija mayor en un pueblo de la comunidad valenciana y que comprendía además de una casa enorme de varias plantas, la bodega El Roble de Requena que estaba en las mismas tierras y una extensión de vides que no alcanzaba a cubrir la vista. Además de medio millón de euros.
No pareció sorprenderle mucho a Karim la noticia cuando se lo comunicó el notario.
Ahora sí, había contratado a un abogado que le ayudase en los trámites para hacerse cargo de la herencia y registrar las propiedades a su nombre. Necesitaría también ayuda para tomar la mejor decisión en cuanto a su futuro. Podía acudir a su nueva propiedad y regentarla, sabía que tenían allí una persona al frente del negocio que podría trabajar para ella. O también podía deshacerse de las propiedades, vendiéndolas y volver a su país con mucho más dinero del que esperaba cuando todo esto comenzó.
Karim estaba pasando el aspirador en uno de los dormitorios de la casa en la que trabajaba, mientras su hermana se ocupaba en ese momento de planchar. Vibró el teléfono móvil que llevaba en el bolsillo trasero de su pantalón vaquero. Paró el aspirador y escuchó la melodía de la llamada, Highway to Hell de los AC/DC, marcó el botón verde y escuchó una voz masculina al otro lado del teléfono que le saludaba por su nombre, le preguntaba por cómo estaba y le pedía una entrevista para charlar sobre la muerte de Amadeo.
Dijo ser un investigador contratado por los hijos del finado, como así se refirió a su señor ya muerto.
Tenía un apellido peculiar, como el detective de los libros de Sir Arthur Conan Doyle que recordaba haber leído hacía ya una eternidad, cuando furtivamente entraba en el despacho de su padre a olisquear sus libros.
Cuando colgó, habiendo aceptado la propuesta de verse al día siguiente, no pudo por menos que sentir una cierta congoja y unos nervios que le revolvían el estómago. Aún perduraba en su cabeza los acordes del tono de su teléfono móvil, autopista hacia el infierno.