VI

Y comenzó:

—Tengo miedo, Javier. Hay alguien que te ha enredado en esto. Supongo que no has sido capaz de poner una grabadora bajo la mesa. En cualquier caso, no valdría como prueba sin mi consentimiento.

Estaba ya harto de tratar con una abogada, era horrible.

—Yo salí el viernes la última de la sucursal, en efecto. Pero cuando abandoné el banco, cerré la puerta y desconecté la alarma. En mi maleta ya estaba el dinero, seis millones de euros en billetes grandes, no te lo voy a negar. Y la cinta VHS de la cámara la dejé destrozada, de eso estoy segura. Pero la caja fuerte estaba intacta, de eso también lo estoy. Nadie tiene pruebas de que fui yo. Pero también intuyo que alguien te ha enviado a mí, a ciegas, para que obtengas las pruebas y el dinero. Como te dije antes, no pareces un chantajista, aunque sí un poco manazas como detective.

Preferí dejar correr su último comentario embriagado como estaba por la sorpresiva declaración.

—Mi intención era tomar un carguero en Portugal con destino lejano y no volver a preocuparme nunca de la férrea disciplina del banco. Ya ves qué decisión tan lamentable después de treinta años en el que iba a ser el trabajo de mi vida y en el que deposité toda mi ilusión después de mis estudios de derecho. Pero es inevitable que la rutina, esa vecina indeseada, acabe invitándose a tu mesa. Pasa en el trabajo y pasa en el amor.

Qué triste pensé, por lo segundo. Pero no encontré argumentos para negárselo. Pocos enemigos tan destructivos pueden encontrar una relación de pareja como la rutina.

—Pero una vez allí, no pude. Crecí en un barrio humilde de Madrid, soy hija de un empleado de banca y el poso cultural cumplió su efecto en el momento más inoportuno. No pude irme y me volví al banco el mismo lunes para llegar la primera y devolver el dinero. Te puedo jurar que esa era mi intención, devolver hasta el último euro —me dijo con una convicción que me resultó suficiente para que le creyera.

Sospechaba que me estaba contando la verdad, o cuando menos, de lo que sí estaba seguro, es de que ella se había procurado el contexto adecuado para favorecer esa opinión en mí.

—Pero Pepa se me había adelantado esa mañana y llegó al banco antes que yo, descubriendo que alguien sin acceso a la caja por métodos limpios, que no fui yo, había dejado todo desordenado. Alguien que lo único que encontró fue polvo y una cacerola oxidada que sí, efectivamente, yo había colocado allí. Quise que fuese la firma de una empleada que había dejado durante años su piel por el banco, para seguir siendo tan solo el blanco de la ira matinal de mi jefe de zona. Quería que la primera persona que abriera la caja el lunes se encontrara, para su sorpresa, mi rúbrica, una cacerola.

O sea que mi farol andaba bastante encaminado, salvo por la existencia de la segunda cinta. Partí de un señuelo aparentemente falso, el del doble robo, que podría resultar acertado de ser veraces las palabras que me acababan de llegar de Marisol.

Articulé una pregunta que me preocupaba:

—Tu Jefe de Zona sé que conocía que en la caja había seis millones. ¿Pudo él tratar de robar la caja?

—No, por lo menos solo —respondió—. Él no conocía la forma de desconectar la alarma. Hubiera necesitado de la complicidad de alguien de dentro y solo pudiera haber sido Antonio, Noelia y Pepa, que son los que conocían el código de la alarma.

—¿Y Pepa, confiabas en ella? —seguí preguntando—. ¿Por qué ha sido sustituida por Nuria?

—Pepa fue trasladada de sucursal, a petición mía, por bajo rendimiento y por desavenencias que en nada tienen que ver con este caso. Era una inepta que hacía lo que quería en lugar del trabajo encomendado. Una indisciplinada, pero no la creo capaz de buscar la complicidad de Luis para atracar el banco; pudiera ser, pero no lo creo. —Apreciaba ira en la descripción que de su compañera hacía, ¿o era otro sentimiento?

—¿Cómo era Pepa?, ¡háblame de ella! —quise saber intrigado.

Percibí que deseaba decirme algo, pero no podía. Así que esperé pacientemente con una mirada que invitaba a que continuase desvelando lo que en su interior bullía en ese momento.

—Era agradable, simpática, elegante y bastante guapa. Era de esas personas que transmitían ilusión y confianza con solo su mirada —dijo con cierta melancolía en sus palabras. No tardó en darse cuenta de la contradicción en que estaba incurriendo con respecto a lo que hacía un par de minutos me había contado sobre su ineptitud y calló unos instantes.

Al final, resuelto el debate interno, decidió liberarse:

—Bueno, te voy a contar algo, aunque me avergüenza. Pepa no era una inepta. De hecho, era una persona eficiente gracias a lo cual, después de un tiempo a mi lado, llegó a ser mi ayudante indispensable en el banco. Más que Antonio, el subdirector. —Continuó con su silencio unos segundos, midiendo las palabras que seguían a continuación—: Un día, me dijo que se encontraba sola ese fin de semana y que podíamos ir a bailar. Yo no andaba muy sobrada de planes y mi agenda social por esa época estaba en blanco, así que acepté gustosa. Bailamos durante toda la noche, ajenas al constante bombardeo a que nos sometían los varones, y nos tomamos un par de copas, o quizá fueran tres. Era ya una hora avanzada de la noche cuando sonó una romántica canción de Brian Adams, que, además, me traía agradables recuerdos, y juntamos nuestros cuerpos para bailar esa cálida balada, desoyendo las numerosas peticiones de los chicos que abarrotaban la pista de baile. Poco a poco, nos abrazamos más, hasta que llegó un momento en que nuestros labios se juntaron con deseo. —Permaneció unos segundos cabizbaja y prosiguió—: No te aburriré con detalles. Yo llevaba separada desde hacía unos cuantos meses, y, bueno, mantuvimos una relación que apenas duró unas semanas. Aunque estas fueron muy intensas.

La agarré de la mano en un claro de gesto de ayuda y comprensión por el mal rato que debía estar pasando al hablar de ello mientras se debatía con sus recuerdos. Agradeció con una mueca que emulaba ser una sonrisa y continuó:

—Llegamos incluso a hacer un viaje juntas en un crucero desde Barcelona hasta Sicilia, del que guardo un entrañable recuerdo. Yo esta desconcertada y dudaba de muchas cosas. Incluso llegué a pensar que estaba enamorada de ella, lo cual me aterraba. El caso es que tuve que poner fin a la situación, incapaz de afrontar lo que estaba ocurriendo.

No esperaba esa confesión y no supe qué decir. Y en esos casos, nada mejor que callar; así que nada dije. Continué con la resolución del caso que tenía por encargo, tratando de esquivar la mirada de Marisol que, con ella, pretendía penetrar en mis pensamientos.

—¿Crees que Pepa, por puro despecho, haya sido capaz de organizar esto con la ayuda de alguien más? —pregunté siguiendo mi lógica.

—No, taxativamente no —me increpó Marisol. Y lo hizo con un tono que en nada me permitía continuar por esa línea de investigación. O por lo menos de momento. Así que aparqué ese tema y continué con mis reflexiones que inevitablemente debían transcurrir por otros derroteros.

¿Por qué el banco acudió a un detective de medio pelo para investigar el robo? De nuevo la pregunta, por segunda vez en el día, se agolpaba en mi cabeza. Sospechaba que en esa pregunta radicaba parte de la solución al caso.

—¡Dime Marisol!, cuando tú avisas al jefe de zona de que hay un depósito extraordinario, ¿qué dicta el protocolo?, ¿cuál es la cadena de hitos que se deben suceder a partir de ese momento y quiénes son las personas afectadas? —pregunté con bastante curiosidad, sospechando que en la respuesta podría estar la solución que perseguía.

—Lo desconozco, son procedimientos editados por el departamento de seguridad corporativa. —Las palabras hicieron eco dentro de mi cabeza y la imagen de otra mujer se agolpó en mi interior. El departamento de seguridad.

Me dio un beso, se despidió y se fue, dejándome anhelando a la única mujer que hasta el momento me había hecho sonreír de felicidad.

***

La cama no conseguía darme el cobijo suficiente para que conciliara el sueño. La imagen de Marisol en mi despacho, mientras hacíamos el amor, enervaba mi espíritu. Pero había algo más. El caso se metía en mis sueños y no me dejaba dormir.

Marisol fue quién sustrajo el dinero, tenía su confesión, aunque no más evidencias. Bien podía dar un último empujón al caso y tratar de obtener las pruebas que permitieran a mi clienta Rose hacerse con el dinero, del cual me podría llevar una jugosa parte. Incluso podría negociar la comisión aumentando la cantidad comprometida en el acuerdo. Eso sería lo más productivo para mí y, a la vez, lo más profesional. No debía olvidar que tenía un encargo y que lo ético era cumplirlo. Pero había dos cosas que me impedían ir por ese camino.

Una, mi corazón, o Marisol, que resultaba ser lo mismo.

Dos, Marisol era tan culpable como la persona que después entró en la sucursal a tratar de llevarse el dinero, sin éxito. Una persona que sabía que había mucho dinero ese fin de semana en la caja. Una persona que tenía acceso a la clave para desconectar la alarma. Y una persona que me había contratado a mí, a un detective de medio pelo, para seguir el rastro del dinero. Esa persona se había valido de mentiras, a la vez que había despreciado mi intuición como detective y, por tanto, no se merecía mi respeto.

Ahora me explicaba el por qué el banco seguía una línea de investigación a través de un despacho de detectives modesto, en lugar de a través de otros medios, incluido la policía. Había encontrado la respuesta a la pregunta que tanto me había asolado. El encargo no venía de la mano del banco, procedía de una persona en solitario. Una persona que deseaba el botín que creía corresponderle.

El conflicto entre el bien y el mal me invadía. Pero lo que más me preocupaba era que no identificaba quién era quién en las dos voces que me llegaban a la cabeza. Estaba perdiendo el sentido de mi moral. Recodaba esas películas de dibujos animados donde un ángel y un demonio se situaban a ambos lados de la cabeza, cada cual con un mensaje opuesto al del otro. Pero como suele ocurrir en los cuentos infantiles, en esa escena, el bien estaba perfectamente diferenciado del mal y, además, eran perfectamente reconocibles para el que sufría el dilema y para el resto del público. Así no había confusiones. Uno, de azul con alas, con las manos juntas y una dulce sonrisa. El otro, identificado por el color rojo, con cuernos y rabo y con cara antipática.

Pero esa noche, en mi cama y con un sueño que no llegaba, pero que no se iba, en mis dos voces no había colores. El azul y el rojo se transformaban en el color de la confusión, el gris, como mis pensamientos. Se agolpaban entre mis sueños conceptos difuminados, como ocurre en la noche desvelada, entre los que destacaba el deseo que sentía por Marisol. La sentía en ese momento con su cabeza recostada en mi pecho, en la cama, dándome su calor mientras yo le juraba que envejeceríamos juntos, uno al lado del otro, dejándonos mecer por el susurro de las olas en una paradisiaca playa.

Pero no era así, esa noche, lo único que había recostado sobre mi pecho era el peso de una decisión.

¿Qué debía hacer? Me desperté sobresaltado y empapado de sudor. Había sido una mala noche, pero al final los sueños me habían aportado la clarividencia que necesitaba. Y supe lo que debía hacer.