Barcelona

Durante mucho tiempo solo hubo dos ciudades: Barcelona y Madrid. Madrid era la fría, la rigurosa, la administrativa, la montañosa. Y Barcelona era la del mar, la barroca, la libre, la caliente, la marítima. Madrid la estirada y Barcelona la desaliñada, y a veces incluso la sórdida. Una capital en la tierra alta, no lejos del centro geográfico de España y un gran puerto Mediterráneo, durante mucho tiempo más poblado que Madrid, con un barrio oscuro lleno de prostitutas pobres, bromas salaces y cabarets imposibles. La arquitectura severa de la plaza Mayor frente a la exuberancia jamás acabada de la Sagrada Familia.

He asistido a discusiones interminables sobre los méritos de una y otra ciudad, sin saber por cuál debería decantarme. Además, ¿por qué elegir?

Tuve una vida en Barcelona, pero sin Buñuel. Jamás fui con él. Y sin embargo una de sus hermanas, Margarita, vivía allí. Lo mismo ocurrió con José Bergamín: solo lo vi en Madrid o en París.

Fui a Barcelona en 1966 o 1967 por otro motivo: primero para ver algunas de mis obras interpretadas en catalán y más tarde para participar en algún que otro debate, esos famosos «coloquios» que tanto nos ocupan y que tan pronto se olvidan.

Durante diez años, en cada uno de ellos, acudía a la Universitat Autònoma durante los últimos días del máster de guión que organizaba Lorenzo Vilches. Tenía entonces ocasión de conocer a jóvenes guionistas procedentes del mundo hispano y de poder trabajar un poco con ellos. Si se quiere aprender algo sobre la realidad de un pueblo, no hay nada mejor que la ficción, lo he constatado a menudo. Cada uno entra en el círculo con los primeros elementos de una historia posible, a menudo tomados de la vida cotidiana. Y todos trabajamos conjuntamente a partir de ahí. No se trata de copiar la realidad como en un documental, sino de inventarla.

También he ido a Barcelona por puro placer. Desde mi pueblo, en el Languedoc, solo se tarda tres horas en coche en ir y comer allí. Y pronto un tren de alta velocidad unirá en menos de cinco horas Barcelona y París.

Para un extranjero, ¿qué hay que hacer o ver en Barcelona? La catedral no es la más bella de España. Ningún conjunto de monumentos antiguos puede rivalizar con los de Toledo, Sevilla o Salamanca, pero allí reina, y todo el mundo lo sabe, un ambiente particular, un aparente dejarse llevar que recuerda a los franceses de la zona de Midi. Un gusto confesado por los placeres del cuerpo que no priva a la ciudad, más bien al contrario, de una permanente curiosidad cultural. Hay que perseguir Barcelona, puesto que se esconde. Me gusta mucho pasear por sus calles, pasar de una gran avenida a un callejón, visitar sus museos —el Tàpies o el de Picasso—, entrar en sus librerías, ir desde el barrio chino hasta los barrios de tiendas elegantes para hacer compras. Durante años y fielmente me compré los calcetines en la tienda Lotusse y la ropa en Adolfo Domínguez.

Un día llegué a escribir un artículo para decir que en Barcelona había una casa que consideraba la mía: el restaurante Casa Leopoldo. En cuanto entraba en el barrio chino —y a pesar de no haberme visto en dos tres años— me recibían siempre con un «¡Hola, Jean-Claude!». Y cuando llamaba por teléfono para preguntar si podía reservar una mesa, siempre me decían: «¡Faltaría más!».

Un canto fúnebre: el barrio chino ya no es lo que era. Es este un lamento universal por un infierno perdido, por un dédalo de calles sucias donde solo había bares apretados y oscuros y ante los que se sentaban mujeres de sesenta años para hablar y tricotar y que chasqueaban los labios cuando pasábamos por delante.

Un barrio único en el mundo, pensábamos. Sin embargo hoy ya se ha remodelado. Incluso, para colmo de males, hay hoteles chic.

En Barcelona —no soy el único—, me fascinó Gaudí. Creo haber visto todas las esquinas y los recodos que él diseñó, hasta el punto de haber llegado a preparar con Jean-Louis Buñuel una película sobre este inmenso personaje, una película que nunca pudimos producir. Antes de ver su obra jamás se me habría ocurrido que la imaginación humana pudiera aplicarse también a la arquitectura y que uno podría vivir agradable y cómodamente en nuestros sueños.

En uno de sus libros, Los cornudos del viejo arte moderno, Salvador Dalí, admirador confeso de Gaudí, cuenta cómo, ante la pregunta de Le Corbusier sobre el futuro de la arquitectura, él respondió que la veía «blanda y peluda», lo que hizo sonrojarse a aquel, al que Dalí denominaba el «arquitecto del autocastigo»; una frase que siempre me hizo sonreír.

¡Ojalá esa arquitectura «blanda y peluda» que Gaudí soñaba nos sea por fin dada! ¡Que nos acoja, que nos invada! ¡Y que nos libremos por fin de lo rectilíneo, de lo liso, de lo funcional, de lo repetitivo!

De Gaudí conservo una frase que siempre me emocionó y que no solo se aplica a la arquitectura: «La originalidad es el retorno al origen». Otra paradoja española más. Una de la más justas. Habría que ponerla junto a la frase de Eugenio d’Ors que ya he citado antes: «Todo lo que no es tradición es plagio». No importa en qué barco vayamos, siempre transitamos un río conocido.

Gaudí es entonces un plagiador. ¿De qué? De la naturaleza, nos diría, sin duda. Y se jactaría de ello.

Los Juegos Olímpicos han transformado la ciudad. Parece que se hubiera abierto al mar que antes apenas podía verse. Se dotó de un aeropuerto que durante años fue el más bello y el más elegante de España —aunque Madrid haya hecho un esfuerzo para ponerse a la altura—. Barcelona poco a poco ha confirmado su lugar a la cabeza de la moda española y más generalmente en la modernidad y en la novedad. Las actividades «culturales» se han multiplicado.

A los catalanes se les conoce desde hace tiempo por su habilidad manual y comercial. Ya en 1862, en su Viaje a España, Charles Davillier cita un antiguo dicho español que afirma que:

Dicen que los catalanes

de las piedras sacan panes.

Esta reputación, ¿es usurpada? No sé decirlo. Pero soy testigo de que de los habitantes de Barcelona son activos, inventivos y siempre están a la caza de la novedad.

Tras la movida, como si la ciudad solo esperara esa ocasión, se convirtió en uno de los centros de distribución de películas pornográficas. Picado por la curiosidad, acudí en una ocasión a una feria del sexo, con demostraciones públicas sobre estrados donde algunas chicas invitaban a los espectadores a que subieran para hacer el amor con ellas en público. Y yo me preguntaba: ¿de verdad estamos en el país de la Inquisición?

Esto sucedía en las calles, en los jardines públicos, ante unos espectadores que comentaban, que animaban y que a veces aplaudían.

Si Buñuel hubiera visto eso, ¿qué habría dicho? ¿Y Bergamín? Y yo mismo, ante esa desinhibición sexual, ¿qué sentía?, ¿qué pensaba? ¿Ante qué hoguera extinguida soñaba?

Desde hace tiempo en Barcelona existe una tradición de espectáculos kitsch, donde los mismos intérpretes, se decía, llevaban haciendo el mismo número en el mismo lugar desde hacía cuarenta años. Según Luis, ese mismo tipo de establecimientos existían también en Zaragoza.

El Molino era en cierto modo el conservatorio nacional de ese tipo de actuación indefinible: vulgar, animal, grosera, prodigiosamente démodé y sobre todo cursi. Aquí esta palabra cobra todo su sentido aunque siga siendo misteriosa para los extranjeros. Además, me pregunto si existe la palabra cursi en catalán.

En todos los puertos del mundo hay marineros que pasan y chicas que se quedan. En ocasiones las chicas sueñan con poder marcharse, y algunos marineros querrían quedarse. De estos dos deseos opuestos nacen ilusiones contradictorias, entre la tierra y el mar, entre el movimiento y la inmovilidad, entre el encierro y la libertad aparente. Deseos que nunca o casi nunca consiguen encontrarse. Separaciones previstas, apenas inevitables, sirenas de barcos, canciones siempre tristes.

En las pequeñas discotecas a las que solía acudir tarde por la noche, formas vagas sin alma y sin sexo se movían en una penumbra humeante que las protegía, mientras cantaban una canción en playback, que tarde o temprano conducían a la melancolía, a las lágrimas «fellinianas» o «goyescas». Cada silueta se desplazaba con su secreto. Barcelona había acaparado toda la tristeza de la noche.

Y no sin orgullo. Una noche, bastante tarde, cuando salí de uno de esos lugares, un vecino de Barcelona señaló dos ventanas en el primer piso de un edificio, y citando el nombre de un gran jugador de baloncesto estadounidense, me dijo: «Allí es donde Magic Johnson cogió el sida. Allí. ¿Te das cuenta? Exactamente allí».

Escribí con mi viejo amigo italiano Tonino Guerra el guión de una película, Una mariposa sobre la espalda, que Jacques Deray filmó enteramente en Barcelona. Lino Ventura era la estrella. Trataba de un hombre que, poco a poco y víctima de un desprecio, se mete en una historia criminal que no comprende y se pregunta si se ha vuelto loco. Queríamos dar la impresión de un paseo peligroso por el límite de lo oculto que se mueve alrededor de nosotros. A veces me he preguntado si la misma ciudad, esa ciudad soleada y calurosa en la que todo parece posible e incluso fácil, no disimula algo, como si fuera un pantano cautivador; esa profunda parte de sombra y los gérmenes de la locura.

Iba a Barcelona cada sábado, durante el rodaje, para trabajar el fin de semana y retocar esto o aquello. Vivíamos todos en el hotel Colón, frente a la catedral, y el domingo por la mañana hacíamos una pausa para mirar desde las ventanas a las mujeres que salían de misa con su ropa de domingo y ponían los bolsos en medio de la plaza, formando un gran montón, y cogiéndose de las manos se ponían a bailar alrededor de ellos.

Como contraste ante esa simpatía inmediata y fácil he de decir que, hacia el final de la película, un tirador anónimo mata a Lino Ventura. Anda por la acera y de pronto desaparece sin que hayamos oído el tiro. La escena debía filmarse a lo lejos, con teleobjetivo. No había ningún técnico visible. Cuando el actor cae, con la cara contra el suelo, todo el mundo sigue andando a su lado sin pararse, sin echarle siquiera un vistazo.

Jacques Deray dejó que la cámara grabara durante más de un minuto. Lino Ventura murió ese día en Barcelona y nadie quiso saberlo.

Descubriría la Barcelona secreta e histórica gracias a Ramón Soley, un erudito discreto, de aspecto tímido, que pasaba cada cierto tiempo por París y que se movía en una bicicleta sólex con tesoros en sus bolsas de plástico y que sabía todo lo que hay que saber sobre Barcelona o Cataluña. Durante años tuvo una librería de cartas y de libros raros a la que iba a menudo. Fue él quien descubrió por azar, o eso me dijo —el azar es el que escoge a sus víctimas—, el manuscrito del primer texto en catalán del siglo XIII. «Ese día creí que me desmayaba.»

A él le debo una cena sorpresa —en esa época el lugar todavía no era conocido mundialmente— en el restaurante de Ferrán Adrià. Allí se puede comprobar que la comida puramente espiritual o simplemente intelectual no dista tanto de las delicias terrestres. Puede que la una nos acerque a las otras.

A propósito de la comida, he de confesar una preferencia, que se ha visto confirmada en cada viaje, por un bar de tapas llamado Cal Pep. Resulta difícil encontrarlo y a veces hay que esperar una hora para conseguir sitio en la barra, pero dadas las delicias que allí se prueban, vale la pena. La cocina es muy sabrosa y el jefe del mostrador posee la voz más profunda y áspera, la más española, que jamás haya escuchado. A su lado, Francisco Rabal es una soprano.

En una ocasión recibí una carta de felicitación de Cal Pep. Nunca supe cómo había conseguido mi dirección, pero me sentí un privilegiado.

No tengo ninguna autoridad para inmiscuirme en las disputas de los independentistas y los demás. El último episodio de este tipo, que hizo que los catalanes prohibieran la tauromaquia, extrañó e inquietó a partes iguales a mis amigos franceses, amantes de las corridas. Opinaban que mientras semejante desgracia no llegara a Francia, todo iría bien. Pero la decisión gustó a aquellos que veían en ella un paso que los alejaba de la barbarie y se ha demostrado que muchos españoles consideraron la prohibición un acto político, un gesto de hostilidad. «Les importan un rábano los toros —dijo un periodista en la televisión—, lo único que quieren es librarse de España.»

¿Pueden considerarse las corridas una marca de colonialismo? Quizá, pero los catalanes dicen que los espectáculos taurinos en Cataluña no llenan las plazas de toros desde hace tiempo. Además, una de las plazas de Barcelona ya se ha transformado en un centro comercial. Y todo el mundo lo acepta.

Esta discusión me recuerda, pero pocas personas se acuerdan de ello, por lo menos en Francia, que las corridas se prohibieron en España en 1931 o 1932, cuando llegó la República, y que Franco les devolvió su honor perdido en 1939, tras su victoria.

La Generalitat retomaba una ley republicana y española. ¿Lo saben los catalanes?

No tengo la menor intención de erigirme en juez en este debate. No poseo ninguna competencia para hacerlo. No me gustan demasiado las corridas, pero no me dedico a prohibir a los demás sus espectáculos por el simple hecho de que a mí no me gusten. Mi punto de vista, aunque simpático, solo es el de un vecino, el de un extranjero.

Me indigné en su momento con la ejecución del anarquista catalán Puig Antich, cuando el Caudillo ya tenía un pie en la tumba. Sé todo lo que los catalanes —que ya han obtenido mucho— le pueden reprochar a Madrid. Me alegré con la creación de las cadenas de televisión catalanas, con la de sus periódicos, con la de sus radios, a pesar de que entienda mal el idioma. Admiré a partir de 1978 la moderación y la inteligencia de los líderes catalanes. La vida democrática en Cataluña me ha parecido desde siempre ejemplar. Durante mucho tiempo soñé que iba a durar y así creía que sería. Hoy en día no estoy tan convencido.

Por instinto, más que por experiencia, desconfío desde joven de todo nacionalismo, ya sea español, vasco o catalán. No creo que la independencia sea, para tal o cual pueblo, la solución milagrosa con la que todos los estados sueñan. Esa solución, a pesar de que enorgullece las ambiciones políticas de unos u otros —y aun cuando parezca económicamente ventajosa—, no está escrita en ninguna parte. No es una ley suprema indiscutible. De hecho, reemplaza un poder por otro. Y posiblemente crea más problemas que los que resuelve. Una vez adquirida tiene que inventarse cada día frente a diferentes peligros.

En cuanto se acuerda o se conquista la independencia, tras diferentes luchas, tal y como hemos podido ver en diferentes lugares, surgen nuevas divisiones. Y los catalanes deberían saberlo, ya que durante mucho tiempo algunos de ellos mantuvieron viva la idea del anarquismo.

Creo también que el encierro en uno mismo, la famosa apología de la identidad —una palabra que en el fondo apenas significa nada—, solo sirve para lanzar a unos pueblos contra otros. Sé también, lo he visto en muchas partes, que la autonomía jamás está satisfecha completamente, que siempre requiere más, que esas reivindicaciones en lugar de calmar, cuando se cede ante ellas, solo conducen cada vez a más exigencias.

Yo, que amo todas las Españas, desde el norte hasta al sur e incluso allende la mar, desearía que vivieran entre ellas sin problemas, que aceptaran una vida y una lengua común —¡qué cómodo resulta para los extranjeros!— mientras conservan sus preciosas diferencias.

Quizá resulte banal y se podría decir de toda Europa y de la tierra entera, pero si España tiene un ejemplo que dar al mundo, bien podría ser este.