Capítulo 11
Las siguientes semanas pasaron a toda velocidad. Mallory no recordaba haber sido tan feliz en toda su vida. Y, considerando que seguía escribiendo artículos mediocres para la sección de sociedad del periódico, y soportando los comentarios sarcásticos de Sandra en la oficina, eso era increíble.
Últimamente Sandra, además de mostrarse sarcástica, no se molestaba en disimular su satisfacción. Pero su antipática colega era lo último en la mente de Mallory.
El trabajo había pasado a segundo plano. Estaba menos tiempo en la oficina, trabajando ocho horas y no catorce como hacía antes, cuando se pasaba las veinticuatro horas del día pensando en artículos, en los ángulos para una historia, en posibles editoriales…
No, ahora sólo podía pensar en Logan. Pasaba gran parte del día con él, navegando en su barco, o en su dúplex, donde él se había empeñado en enseñarle los rudimentos de la cocina. Y estaba aprendiendo muchas cosas… no sólo a saltear verduras, sino sobre sí misma.
Le gustaba quién era cuando estaba con Logan. No sentía la necesidad de ser perfecta o de hacerse la dura. Con sus defectos y sus problemas, Logan Bartholomew había dicho que la quería.
Aun así, Mallory aún no le había contado lo del niño, cuya existencia había sido ya confirmada por su ginecólogo.
Aunque se decía a sí misma que no debía estarlo, la verdad era que estaba asustada. ¿Cuál sería la reacción de Logan? Quería creer que la noticia de que iba a ser padre le haría feliz a pesar de las circunstancias. Y también que Logan no se parecería en absoluto a su padre, pero no era fácil olvidar una vida entera de dolor y abandono.
Además, tenía tiempo para contárselo. Sólo estaba embarazada de dos meses y entre Logan y ella todo era nuevo, perfecto. Necesitaba tiempo para acostumbrarse a vivir en pareja antes de decirle que, además, iban a ser padres.
Mallory estaba buscando algo que ponerse, e intentando recordar qué había hecho con el delantal blanco que había comprado esa mañana, cuando sonó el teléfono.
—Sé paciente, amor mío —le dijo, a modo de saludo.
—¿Mallory, eres tú? —además de la agitación habitual en la voz de su madre, Maude parecía perpleja.
—Ah… sí, mamá, soy yo —suspiró ella, lamentando no haber mirado la pantalla—. Pensé que eras otra persona…
—Sí, eso está claro.
—Es que… me iba ahora mismo, mamá. Tengo que ir a un sitio y llego tarde. ¿Puedo llamarte después?
—Imagino que quieres decir mañana —replicó Maude entonces, sin disimular su enfado—. Pensé que habías jurado alejarte de los hombres después del último. ¿Cómo se llamaba?
Mallory no se molestó en contestar. El pasado era irrelevante.
—He conocido a una persona especial, mamá.
—Oh, no… y te crees enamorada, claro.
No era exactamente lo que una chica quería escuchar después de dar tal noticia, pero en fin…
—No me creo enamorada, mamá, estoy enamorada —suspiró Mallory.
—No caigas en la trampa en la que caí yo, hija. Yo perdí catorce años de mi vida esperando a tu padre, creando un hogar para él y poniendo sus necesidades por encima de las mías. ¿Y sabes lo que me quedó de todo eso cuando se marchó? Nada.
«Me tenías a mí», hubiera querido decir Mallory. «Tenías una hija que se sintió abandonada no sólo por su padre sino por su madre». Pero sabía que sería inútil intentar explicarle eso.
—Tú te ganas bien la vida en el periódico —siguió Maude—, tienes una carrera, dinero, un propósito en la vida; todo lo que yo debería haber tenido si no hubiera dejado que tu padre me convenciese para que me casara con él. Yo también creía estar enamorada entonces.
Mallory tuvo que morderse la lengua. Si sus padres no se hubieran conocido, ella no estaría en este mundo. La amargura de su madre la cegaba por completo y no se daba cuenta de lo insultantes y dolorosos que eran esos comentarios para ella.
—Que tenga una carrera y no dependa de un hombre no significa que mi vida esté completa, mamá. Ni que sea feliz. ¿Es que no quieres que sea feliz?
—¿Me hablas así? ¿Después de todos los sacrificios que he hecho por ti, para que tuvieras todo lo que yo no pude tener?
Mallory estuvo a punto de disculparse, no porque lamentase lo que había dicho sino porque sabía que así terminaría antes la conversación. Pero, por una vez, iba a decirle a su madre lo que pensaba:
—Mira, mamá, yo agradezco mucho todos los sacrificios que hiciste por mí, pero no me gusta que me los recuerdes constantemente. Hiciste lo que se espera que haga una madre por su hija y, sí, es verdad que hiciste más desde que papá nos abandonó…
—Tampoco fue un padre para ti mientras vivía con nosotras, Mallory. Tú no tienes ni idea de los sacrificios que tuve que hacer.
—Pero podrías tener una vida interesante ahora, mamá. Podrías hacer algún curso, buscar un trabajo que te gustase…
—¿A mi edad?
—Tienes cincuenta y cuatro años. Aún eres una persona joven.
Al otro lado de la línea hubo un silencio.
—Ese hombre con el que sales te ha hecho perder la cabeza, ¿verdad?
—Es una buena persona, mamá.
El mejor. E iba a ser el mejor padre también. Mallory no estaba dispuesta a dejar que el pasado envenenase su futuro.
—Todos empiezan así, pero luego…
—No todos los hombres son iguales —la interrumpió ella.
—Escúchame, hija…
Su madre estaba a punto de lanzar otra de sus deprimentes diatribas, pero Mallory no estaba de humor.
—Tengo que irme, de verdad. Logan está esperándome. Pero hablaremos mañana, te lo prometo.
—Tienes un aspecto diferente esta noche —dijo Logan, mientras Mallory cortaba pimientos rojos en la cocina del dúplex.
Estaba usando el cuchillo Santoku como él le había enseñado a hacerlo, dejando la punta sobre la tabla y moviéndolo arriba y abajo como un profesional. Ya había hecho lo mismo con una cebolla, dos calabacines y dos tomates para preparar unas verduras salteadas.
—Son las luces de tu elegante cocina —sonrió Mallory. Aunque una parte de ella se preguntó, asustada, si Logan se habría dado cuenta de que estaba embarazada.
—No —insistió él—. Es más que eso.
—Me estás avergonzando, tonto —rió ella, intentando disimular su nerviosismo—. Y si sigues mirándome así me voy a cortar un dedo.
—Pareces más… ligera.
—¿Quieres decir que antes estaba gorda?
—No, no —rió Logan—. No me refiero a eso. Más ligera de espíritu.
—Cuidado, doctor Bartholomew. Está a punto de analizarme.
—No estoy a punto, estoy haciéndolo —sonrió él, tomando un trozo de pimiento—. Bueno, ¿qué ha pasado?
Mallory soltó el cuchillo y se dio la vuelta.
—He hablado con mi madre antes de venir.
—Ah, ya. ¿Por eso has llegado tarde?
—Sí —contestó ella.
—¿Se encuentra bien?
—Sí… bueno, no, la verdad es que no. Me da pena mi madre, Logan.
—¿Por qué?
—Es incapaz de olvidar a mi padre… o más bien la amargura que le causó su abandono.
—A veces el paso del tiempo es irrelevante si el dolor es muy profundo. Yo he dejado pasar diez años antes de tener una relación seria con una mujer.
—Por culpa de Felicia.
Logan asintió con la cabeza y esa revelación la sorprendió. Habían hablado de muchas cosas durante esos días, pero no habían vuelto a mencionar a su ex prometida.
—Un poco irónico, ¿no? Yo le doy consejos a la gente sobre las relaciones sentimentales y, sin embargo, me he pasado una década en el limbo.
—Ahora no estás en el limbo.
—No, es verdad —sonrió Logan, inclinando la cabeza para darle un beso en los labios—. Aún no sé si prefiero hacer lo que hago o sería más feliz teniendo una consulta privada pero, por primera vez desde que empecé a trabajar en la radio, ya no me siento como un fraude.
—Me alegro mucho.
—Bueno, cuéntame qué ha pasado con tu madre.
—Que tiene que rehacer su vida de una vez. No es que esté en el limbo, es que está en el purgatorio desde que mi padre nos abandonó. Y encantada de arrastrarme allí con ella. Está sola y amargada y absolutamente decidida a seguir así.
—¿Has aceptado tú que su infelicidad no es culpa tuya?
—Sí, bueno, eso lo acepté hace mucho tiempo. Pero cuando ha empezado con su típica charla sobre lo horribles que sois los hombres… sí, mi madre cree que sois unos monstruos.
—Ya veo.
—Pero hoy, por fin, me he atrevido a llevarle la contraria.
—¿Nunca habías discutido con tu madre? ¿Tú?
—¿Estás insinuando que soy discutidora?
Logan le dio otro beso en los labios.
—No me atrevería. Bueno, cuéntame.
—He discutido con mi madre sobre muchas cosas, pero nunca sobre los hombres o sobre las relaciones sentimentales porque sé que es un callejón sin salida. Hasta hoy.
—¿Por qué hoy? ¿Qué ha cambiado?
—Yo he cambiado. Hasta hace poco era una adicta al trabajo. No sólo disfrutaba trabajando sino que lo había convertido en el centro de mi existencia. Los hombres con los que he salido en el pasado… en fin, no eran para mí. Y es posible que, a un nivel inconsciente, no haya querido ir en serio con ninguno para no acabar siendo como mi madre. La ironía es que he conseguido muchas más cosa que ella y, sin embargo, mi vida estaba tan vacía como la suya.
—Ahora entiendo que parezcas más ligera —sonrió Logan—. Has tirado por la borda un montón de cosas innecesarias.
—Sí, es verdad.
—Y lo has hecho tú sólita. Oye, si todo el mundo pudiera hacer lo que tú has hecho, me quedaría sin trabajo.
—Pero yo te sigo necesitando —Mallory besó tiernamente su mano—. Gracias.
—¿Por qué?
—Por no ser un monstruo.
—Ah, gracias —rió Logan.
—Bueno, yo estoy muerta de hambre —dijo Mallory entonces, quitándose el delantal.
—¿Qué pretendes?
—¿Has hecho el amor en la cocina alguna vez?
—¿En esta cocina? —la voz de Logan sonaba mucho más ronca que antes y su mirada se oscureció cuando, después de quitarse el delantal, Mallory empezó a desabrochar los botones de su blusa.
—En cualquier cocina.
—No.
—Yo tampoco —la blusa se reunió en el suelo con el delantal. Llevaba un sujetador nuevo, de ésos que, con ayuda de un relleno, te hacían parecer más «dotada» de lo que eras en realidad. Pero resultaba muy sexy.
Aún tenía el estómago plano, pero sus pechos parecían más grandes desde que quedó embarazada. Mallory desabrochó la cremallera de su falda y la dejó caer al suelo. Y si tenía alguna duda sobre su aspecto, la expresión entusiasmada de Logan la borró de inmediato.
—Pregúntamelo otra vez dentro de una hora —sonrió, mientras empezaba a desabrochar los botones de su camisa.
—Una hora, ¿eh? Eso es mucho tiempo. Debes estar muy seguro de ti mismo.
Mallory agradecía que Logan se tomara su tiempo, pero estaba tardando demasiado con la camisa, de modo que lo ayudó con los botones.
El deseo que sentían el uno por el otro era inevitable, urgente.
—Muchas cosas pueden ocurrir en una hora —dijo él, mientras tiraba al suelo la camisa.
—Cuento con ello.
—Una periodista del Herald al teléfono. Insiste en hablar con usted, doctor Bartholomew —le dijo su secretaria cuando acababa de terminar el programa—. ¿Le digo que deje un mensaje?
—No, no —sonrió él, recordando la escena en la cocina un par de noches antes. Y la escena en el cuarto de baño esa misma noche. Si seguían así acabarían agotados—. Pásamela, por favor… —Logan esperó hasta que su secretaria le pasó la llamada—. Estaba pensando en ti, cariño —le dijo, a modo de saludo.
—¿Ah, sí? Qué sorpresa.
También Logan se quedó sorprendido al escuchar la voz al otro lado de la línea. Porque no era Mallory.
—Disculpe, pensé que era otra persona.
—Eso es evidente. Soy Sandra Hutchins. Nos conocimos durante una cena benéfica hace un par de meses.
—Sí, me acuerdo. ¿A qué se debe su llamada?
—Querría que me confirmase cierta información. He descubierto recientemente que estuvo usted comprometido con Felicia Grant hace diez años.
Logan sintió náuseas, pero logró disimular.
—Sí, es cierto.
—Pero no se casó con ella.
—No.
—¿Por qué?
—No creo que eso sea asunto suyo, señorita Hutchins.
—Tengo entendido que fue un problema de… infidelidad —siguió ella, como si no lo hubiera oído—. La señorita Grant se casó con otro hombre poco después de cancelar su boda con usted.
—Insisto: no es asunto suyo.
—Tal vez no —el alborozado tono de la reportera lo preocupó—. Pero supongo que sabrá la razón por la que la señorita Grant se divorció de su marido un año después de casarse.
—No sabía que se hubieran divorciado. Se marchó de Chicago después de casarse y no he vuelto a saber nada de ella. No había ninguna razón para que siguiéramos en contacto.
—¿No había ninguna razón? —repitió Sandra Hutchins, irónica.
—Siento mucho que Felicia se haya divorciado, señorita, pero no es asunto mío. Al contrario de lo que usted parece pensar, yo no siento el menor rencor por ella.
Especialmente ahora que estaba enamorado de Mallory. El pasado ya no tenía la menor importancia. Era el presente y el futuro en lo que debía concentrarse ahora.
—¿Y por su hijo? ¿Qué siente por él, doctor Bartholomew?