Capítulo 1

—¿Está ocupada esta silla?

Mallory Stevens conocía bien esa seductora voz masculina y tuvo que hacer un esfuerzo para mirar los ojos de color gris verdoso y enfrentarse a quien haría que Adonis palideciese por comparación. Pero no sirvió de nada.

Zip, zag, zing.

Así de rápido, sus hormonas despertaron a la vida; tanto que se le doblaron las piernas. Era una reacción extraña, aunque mentiría si dijera que resultaba desagradable. Y tampoco era la primera vez. Había experimentado lo mismo una semana antes, cuando conoció a Logan Bartholomew.

Entonces pensó que era una reacción normal porque llevaba horas trabajando y apenas había dormido la noche anterior.

Pero acababa de ocurrirle otra vez. Y cuando ocurría algo así y tenía que ver con un miembro del sexo opuesto, se llamaba atracción.

Mallory llevó aire a sus pulmones antes de dejarlo escapar lentamente. Ella no tenía nada en contra de mezclarse con miembros del sexo opuesto, al contrario. Le gustaban los hombres, pero tenía ciertas reglas con respecto a mezclar el trabajo con el placer y Logan Bartholomew era trabajo. Aunque todo en él fuese increíblemente atractivo.

—Puede sentarse, doctor —le dijo. Aunque le costó, su voz había sonado más o menos calmada. Y esperaba que su sonrisa también pareciese normal.

Él dejó caer su atlético físico sobre la silla, a la vez elegante y masculino. Y, por enésima vez desde que lo conoció, pensó que era una pena que sus oyentes no pudieran verlo. Logan Bartholomew tenía un programa de radio que interesaba a todo Chicago.

—Pensé que habíamos quedado en que me llamarías simplemente Logan.

No habían quedado en eso, pero daba igual. Sobre todo porque ahora que él estaba allí, en el almuerzo de la asociación Mujeres en Acción que su editor le había pedido que cubriera, todo era mucho más interesante. Pero «sencillamente Logan» no era un nombre que se pudiera aplicar a un hombre como él.

Todo en Logan Bartholomew estaba por encima de los demás, desde su aspecto de estrella de cine y físico de atleta hasta cómo su programa había llegado a lo más alto del ranking en menos de un año. Era lógico que hubiera sido votado como él soltero más cotizado de Chicago en una reciente encuesta patrocinada por un periódico local.

Pero, como periodista, Mallory se recordó a sí misma que estaba interesada en algo más que su atractivo físico. Estaba interesada en una historia e intuía que allí había una. Y no necesariamente la que iba con su sofisticada colonia o la corbata de diseño. Y, desde luego, nada tan trivial como la que le habían asignado la semana anterior.

Pero nada podía ser tan perfecto como parecía serlo aquel hombre, con su título de Psiquiatría por la Universidad de Harvard y su deseo de apoyar causas solidarias. De modo que Mallory pensaba sacar los esqueletos de su armario y mostrárselos al público.

Tal vez entonces su editor la perdonaría por el embarazoso mal paso que había tenido al departamento jurídico del Herald luchando contra una demanda que perdieron y a Mallory escribiendo la clase de artículos aburridos que, en general, se les encargaba a los becarios.

—Debería darte las gracias por el artículo que escribiste sobre la charla que di a los alumnos del instituto alternativo de Chesterfield.

Un aburrimiento, definitivamente. Tanto que había terminado enterrado en una de las peores páginas del Chicago Herald.

—¿Lo has leído? —le preguntó ella, sorprendida.

—Todos los párrafos —sonrió Logan.

En realidad, Mallory había tenido que rellenarlo con el currículo de Logan Bartholomew para que ocupase un cuarto de página. Ah, cómo echaba de menos trabajar en la sección de política local. Dos meses escribiendo tonterías la tenían como una carnívora en la sección de verduras. Ella necesitaba carne, cuanto más cruda mejor. Y a menos que su instinto se equivocara, Logan era carne de primera calidad.

—¿Hay algo de cierto en los rumores de que el programa de radio va a emitirse a todo el país? ¿O que cierta cadena de televisión te haya hecho una suculenta oferta?

Si le había sorprendido la pregunta, no lo demostró. No parpadeó siquiera.

—¿Piensas publicar mi respuesta?

—Sí, claro.

—Entonces, no.

Mallory levantó una ceja.

—¿Y entre nosotros?

Logan se inclinó hacia ella, lo bastante cerca como para sentir el calor de su piel.

—Sin comentarios.

Mallory tuvo que disimular un escalofrío. Aquel hombre era letal; sexo envuelto en un traje de chaqueta que probablemente costaría un mes de su sueldo. Se había gastado todos sus ahorros en la falda tubo y la chaqueta ajustada que llevaba aquel día, pero no eran de diseño. Evidentemente, estaba en la profesión equivocada… aunque no pensaba cambiar. Le encantaba su trabajo y hasta hacía muy poco siempre había sido lo más satisfactorio y constante de su vida. Y quería que siguiera siendo así.

Echándose hacia atrás en la silla, Mallory sonrió.

—Lo descubriré tarde o temprano. Descubrir los secretos de la gente es lo que se me da mejor.

—Eso me han dicho —replicó él, amablemente—. De hecho, mi representante me llamó para advertirme que tuviera cuidado cuando fuiste a entrevistarme la semana pasada. Según ella, eres un pitbull.

—Un pitbull, ¿eh? —Mallory se pasó la lengua por los dientes.

—En realidad, dijo que eras un pitbull rabioso —rió Logan, como para suavizar la descripción—. Espero no haberte ofendido.

—¿Ofenderme? No, por favor. Esa descripción me halaga.

—No creo que ella lo dijera como un halago.

—Seguro que no —Mallory se encogió de hombros—. Pero yo me lo tomo como si lo fuera. En mi trabajo hay que tirarse a la yugular. Es la única manera de conseguir resultados.

Entonces miró su cuello. Si le quitaba aquella corbata de seda, seguro que Logan Bartholomew tendría un cuello delicioso.

—¿Y fuera del trabajo?

Esa pregunta la sorprendió.

—¿Qué quieres decir?

—¿Qué haces después del trabajo… para relajarte?

—Suelo trabajar hasta muy tarde.

Luego se iba sola a casa y compraba algo de comida por el camino. Y, normalmente, cenaba viendo la televisión antes de quedarse dormida. Sola.

—¿No tienes novio?

—Por el momento, no.

Claro que «por el momento» eran dos años.

—Ah, ya.

—¿Está analizándome, doctor?

—Logan —le recordó él.

—Sí, pero hablas como alguien que tiene un título en psiquiatría.

—Lo siento. Deformación profesional, me temo. Es que me resulta difícil creer que alguien tan inteligente, tan interesante y… en fin, tan atractiva como tú no tenga novio.

—Muchas gracias —sonrió Mallory, intentando disimular el placer que le producían esos halagos.

Inteligente, interesante, atractiva. ¿Qué mujer no querría ser considerada esas tres cosas, especialmente por un hombre tan atractivo como Logan Bartholomew?

Los camareros sirvieron entonces la ensalada y se dispusieron a comer. Durante su primera reunión Logan tenía un tiempo limitado, de modo que sólo había tenido oportunidad de hacerle preguntas sobre la charla que iba a dar. Ahora, como por hablar de algo, le preguntó:

—¿Y tú? ¿Qué haces cuando no estás en la radio?

—Para empezar, me gusta comer —sonrió él, probando la mezcla de lechugas con vinagreta de frambuesa.

—Y se nota.

Logan era un anuncio de buena salud. Y eso con la ropa puesta… no quería ni imaginar cómo sería sin el traje, pero esa idea la hizo toser.

Logan le dio un golpecito en la espalda.

—¿Estás bien?

—Sí, sí —consiguió decir Mallory—. Estabas diciendo algo sobre la comida.

—Me gusta comer. Y, por esa razón, aprendí a cocinar.

—¿Aprendiste a cocinar en el microondas o aprendiste a cocinar como un gourmet…?

—Aprendí a moverme en la cocina —la interrumpió él—. Por ejemplo, esta noche pienso marinar un filete de falda de ternera para hacerlo con arroz y una ensalada verde.

—¿Para ti solo?

—Imagino que sí.

—Estoy impresionada —sonrió Mallory. Y lo estaba—. Yo sólo sé hervir agua, que me viene muy bien porque es un paso importante para hacer macarrones.

—Hay otras maneras de comer, imagino que lo sabrás.

No, no lo sabía. En su limitada experiencia, lo único que había que hacer era calentar agua y añadir los macarrones. Cuando estaban hechos se tiraba el agua, se mezclaba un poco de leche con unos polvos que olían a queso y… voilá. La cena.

—He descubierto que cocinar es una válvula de escape estupenda para mi energía creativa —dijo Logan entonces.

Resultaba una admisión sorprendente, pero no era un gran secreto y su editor no le daría muchos puntos por revelar que al psiquiatra favorito de Chicago le gustaba hacer de chef en sus horas libres.

—¿Qué otras cosas haces cuando no estás trabajando? Sé que no frecuentas los sitios de moda.

—Soy un poco mayor para eso.

—Treinta y seis años no es exactamente ser mayor —dijo Mallory.

Especialmente cuando a los treinta y seis años se tenían unos hombros anchísimos, unas caderas estrechas y una buena mata de pelo rubio oscuro.

Los hombros en cuestión se encogieron.

—Las discotecas no son lo mío.

Tampoco eran lo de Mallory. Sí, le gustaba tomar una copa y pasarlo bien de vez en cuando, pero hacía tiempo que se había apartado del mercado de carne en que se habían convertido los bares de moda. Ahora, cuando salía era normalmente con una antigua compañera de facultad para tomar margaritas en un pequeño restaurante mexicano.

—¿Entonces qué es lo tuyo? —le preguntó.

Logan se quedó callado un momento, estudiándola con mirada retadora. Y Mallory se encontró conteniendo el aliento hasta que por fin contestó:

—Me gusta navegar.

—Ah, navegar —murmuró ella, dejando escapar el aire. Pero no podía evitar sentirse decepcionada. A menos que le dijera que guardaba narcóticos en el barco para hacer contrabando, aquella revelación tampoco era noticia—. ¿En un barco quieres decir?

—¿Hay otra manera de hacerlo? —rió él—. Mis padres tenían un catamarán cuando yo era un niño y me encantaba navegar en él, así que me compré un barco hace unos años. Suelo navegar por el lago Michigan tan a menudo como puedo… aunque la temporada aquí es muy corta.

Mallory no se consideraba a sí misma una mujer romántica, pero no tenía el menor problema imaginando a Logan Bartholomew en la cubierta de su barco, timón en mano, navegando sobre las aguas del lago.

—Suena bien —murmuró, casi sin voz. Porras, ¿qué le pasaba?

—Especialmente a primera hora de la mañana. No hay nada como sentarse en cubierta con una taza de café para admirar el amanecer en medio del mar.

Mallory tragó saliva. «Concéntrate», se dijo.

—¿Duermes en el barco?

—Sí, a veces. Se está muy tranquilo sin el estruendo de la ciudad, sólo el ruido de las olas golpeando el casco del barco y el grito ocasional de las gaviotas.

Mallory pensó en el tren elevado que pasaba frente a su apartamento a intervalos regulares. Lo que acababa de decir Logan Bartholomew sonaba celestial. Pero eso fue antes de imaginarlo con… ¿qué se pondría el doctor Bartholomew para dormir?

—¿Y duermes solo en el barco? Quiero decir… ¿con quién vas a navegar? —Mallory intentó arreglarlo al ver que levantaba las cejas.

La risa de Logan, rica y profunda, provocó un cosquilleo en su espalda, como una piedra rebotando varias veces en el agua.

—¿Estás preguntando si salgo con alguien?

Ella se aclaró la garganta.

—Muchas mujeres solteras que leen el Herald se mueren por saber si estás libre.

—Ah, esa maldita encuesta.

—Sí —asintió Mallory—. Pero a todos los hombres de Chicago les gustaría que su nombre apareciese en ella.

—¿Y tengo que darte las gracias a ti por ese favor?

—No, entonces yo no estaba en las páginas de sociedad.

—¿Pero eres una de esas votantes que tan interesadas parecen en mi vida personal?

—No he votado, pero sí estoy interesada en tu vida personal —Mallory sacó cuaderno y lápiz del bolso, que colgaba del respaldo de la silla—. Dime.

—No sabía que estuvieras aquí para hacerme una entrevista.

¿Era censura lo que veía en su mirada o decepción? No le gustaba ni lo uno ni lo otro, pero tampoco estaba dispuesta a echarse atrás. Un «pitbull rabioso», había dicho la representante de Logan. Bueno, pues se había ganado esa reputación por algo.

—Lo siento, es deformación profesional. Y no puedo dejar de pensar que tu historia es mucho más interesante que la del ganador que la asociación Mujeres en Acción ha elegido este año, además.

—¿Ah, sí?

—Eres una celebridad local. Nacido en Chicago, hecho a sí mismo y con mucho éxito. Pero también eres un poco misterioso. Aparte de tu título y algunos detalles sobre tu vida, no se sabe mucho sobre ti.

Logan se cruzó de brazos.

—Soy una persona discreta.

—Y a las lectoras les gusta eso —Mallory inclinó a un lado la cabeza—. Pero tirarles un hueso de vez en cuando siempre viene bien. Ellas son las que escuchan tu programa de radio. En realidad, podríamos decir que les debes tu éxito.

—Bueno, si lo dices así… —Logan seguía sonriendo.

Letal, volvió a pensar ella, mientras sus hormonas correteaban por su cuerpo como las bolas en un bombo del bingo. De repente, Mallory se encontró a sí misma inclinándose un poco hacia él, atraída como la proverbial polilla a la luz.

—¿Y bien?

—No tengo una relación con nadie por el momento.

—Ah.

¿Qué significaba eso? Los hombres, ella lo sabía de primera mano, definían las relaciones de manera muy diferente a las mujeres.

—¿Alguna otra pregunta?

Mallory tenía docenas de preguntas y aquel hombre, su billete para la redención laboral, le ofrecía la oportunidad de hacerlas. Desgraciadamente, con él mirándola de esa forma, se le quedó la mente en blanco.

Mallory agradeció que llegasen los entrantes, que la salvaron de parecer muda por primera vez en su vida profesional.

En silencio, comieron un pollo correoso y un arroz pilaf demasiado hecho mientras ella no podía dejar de pensar en el filete de falda. Fue casi un alivio cuando los camareros se llevaron los platos y empezaron los discursos. Salvo que, mientras la presidenta de la asociación hablaba sobre las muchas virtudes del galardonado, por el rabillo del ojo Mallory vio que Logan estaba observándola.

¿Qué estaría pensando?, se preguntó.

 

 

Logan no podía dejar de mirar a Mallory Stevens. Hablaba en serio al decir que era inteligente, interesante y atractiva.

Muy atractiva. No, más aún; con esa melena de color castaño enmarcando un rostro ovalado, dominado por el par de ojos más grandes que había visto en toda su vida, era irresistible. Pero, a pesar de ser muy guapa, era su personalidad lo que lo atraía. Le gustaban las mujeres inteligentes, cuanto más inteligentes mejor. Y si además eran guapas… bueno, entonces era una combinación letal. Mallory Stevens tenía las dos cosas, de modo que era un problema.

Logan había conocido a una mujer como ella, años atrás. Se había enamorado locamente, tanto que estuvo a punto de casarse con ella, dispuesto a prometerle amor y devoción eternos. Un mes antes de la boda, sin embargo, su prometida rompió la relación. Felicia decía necesitar tiempo y espacio para pensar, para reflexionar. Pero lo que quedó claro fue que no lo necesitaba a él porque se casó con otro.

Había pasado casi una década desde entonces y había sabido de ella sólo una vez, antes de su boda. Felicia le envió una carta desde Portland, Oregón. En la breve nota le pedía que la perdonase… pero aunque Logan hubiese querido hacerlo no habría podido porque la carta no incluía una dirección ni un número de teléfono. Y, por supuesto, él había entendido la indirecta. Desde entonces, la idea de comprometerse con alguien lo dejaba frío.

Eso no significaba que no le gustasen las mujeres. Sólo que nunca dejaba que ninguna relación se convirtiera en algo serio.

De nuevo, volvió a mirar a Mallory, que estaba tomando notas, absorta en el aburrido discurso del galardonado. Y, mientras la observaba, su interés, entre otras cosas, se acrecentó.

Un pitbull rabioso.

Su representante había insistido en que debía alejarse de aquella periodista. Mallory Stevens tenía fama de arruinar la vida de la gente, según Nina Lowman. Y, tal vez era una vena masoquista, pero Logan lo consideraba un reto. Además, él sabía manejarse con los periodistas. Llevaba haciéndolo desde que su programa de radio llegó a los primeros puestos del ranking.

De modo que cuando el galardonado bajó de la tarima, se inclinó un poco hacia ella para hablarle al oído:

—Tú me has hecho preguntas y yo tengo una para ti.

—¿Ah, sí?

—¿Qué vas a hacer esta tarde?

Mallory parpadeó, sorprendida. ¿Por qué hasta que recelase de él le parecía sexy?, se preguntó Logan.

—Terminar de escribir el artículo sobre este galardón. ¿Por qué?

—¿Cuánto tiempo tardarás en hacerlo?

—¿En escribir esto? —preguntó ella, desdeñosa. Y no era la primera vez que Logan se preguntaba por qué una periodista reputada como ella estaba cubriendo una historia de tan poca importancia—. Necesito un par de frases del galardonado, un comentario de alguien del comité y un par de párrafos resumiendo por qué han elegido este año a quien han elegido.

—En otras palabras, que podrías escribirlo dormida —concluyó él.

Mallory sonrió.

—Tardaré una hora, dos como máximo. ¿Por qué?

Logan sabía que estaba jugando con fuego y él no era así. Aunque le gustaban los retos, no solía arriesgarse tontamente. Y, sin embargo, se oyó a sí mismo preguntar:

—¿Has visto alguna vez la ciudad desde el agua?

—No —contestó ella.

—Yo atraco mi barco, el Tangled Sheets, en el club náutico. Y pienso salir a navegar a las cinco.

Algo brilló en sus ojos oscuros. ¿Interés? ¿Emoción? Logan se preguntó si era la mujer o la periodista quien estaba interesada. Y, sorprendido, descubrió que le daba igual.

—¿Qué club? En Chicago hay más de uno.

Logan no pensaba ponérselo demasiado fácil, de modo que se levantó de la silla.

—Tú eres periodista, Mallory. Si quieres verme, lo descubrirás por tu cuenta.