CAPITULO V
Stuart Lowell detuvo su «Ford» frente al 870 de Whitmore Avenue.
Correspondía a una bonita casa de dos plantas, que disponía de algunos metros de césped en la parte delantera, donde también se veían diversas plantas con hermosas flores.
Stuart salió del coche y caminó hacia la casa, cuyo timbre pulsó.
Treinta segundos después, la puerta se abría y una atractiva joven se dejaba ver.
Veintidós o veintitrés años.
Morena.
Alta.
Esbelta...
La chica, que lucía un ligero vestido de color manzana, con finos tirantes y escote cuadrado, por el que asomaban discretamente sus erectos y armoniosos senos, observó, visiblemente impresionada, el amplio moretón que el profesor de dibujo anatómico exhibía en su maxilar inferior.
—¿Quién le golpeó...?
—No se lo va a creer —repuso Stuart, rozándose el manchón azulado.
—¿Por qué?
—Fue una mujer quien me atizó.
—¿Una mujer...? —pestañeó la joven.
—Con un palo, supongo...
—Con el puño.
—No es posible.
—Le aseguro que sí. Me soltó un derechazo y rae puso fuera de combate.
—A un hombre tan alto y tan fuerte como usted...
—Yo fui el primer sorprendido, créame. Aunque me habían sorprendido ya tantas cosas, que por una más...
—¿Por qué le sacudió esa mujer?
—Es una larga historia.
—¿Por qué no me la cuenta?
—¿Es usted de la familia?
—¿De qué familia?
—De la familia Cramer.
—No, no pertenezco a ella.
—Pero los Cramer viven aquí, ¿no?
—Sí, ésta es su casa.
—He venido a hablar con ellos.
—Oh, pues lo siento mucho, pero en este momento no están.
—Qué mala suerte.
—Bueno, no creo que tarden en regresar. Si quiere pasar y esperarles...
—Sí, gracias.
—Entre.
Stuart penetró en la casa.
Esperó a que la atractiva morena cerrase la puerta y entonces se presentó:
—Me llamo Stuart Lowell y soy profesor de dibujo anatómico.
—Yo soy Kay Shepard, una amiga de los Cramer.
—Mucho gusto, Kay.
—El gusto es mío, profesor —sonrió con singular encanto la joven, estrechando la mano que le ofrecía Stuart.
—Por favor, llámeme Stuart.
—Anatómico viene de anatomía, ¿no?
—En efecto.
—O sea, que es usted profesor de dibujo del cuerpo humano.
—Exacto.
—Que interesante.
—¿De veras se lo parece?
—Olí, sí, mucho. Porque me imagino que los modelos, tanto hombres como mujeres, posarán desnudos para los alumnos...
—Completamente.
Kay Shepard le guiñó malévolamente el ojo.
—La de mujeres en traje de Eva que habrá visto usted, ¿eh, pillín?
—Muchas, es cierto —rió Stuart
—Ya no debe darle importancia a nada.
—Bueno, eso depende del momento.
Ahora fue Kay quien rió.
—Me parece que sé a lo que se refiere. Venga conmigo, Stuart —rogo.
El profesor de dibujo se dejó conducir por la simpática joven, quien le llevó a la sala de estar.
—Tome asiento, Stuart.
—Usted primero, Kay.
Kay Shepard se dejó caer en el sofá, y Stuart Lowell se sentó a su lado.
—¿Me cuenta ya la historia del sopapo? —dijo ella.
—Antes quisiera hacerle algunas preguntas, Kay, si no le importa.
—En absoluto. Pregunte lo que quiera.
—Por su edad, imagino que será usted más amiga de Jenny Cramer que de sus padres, ¿no?
El bello rostro de Kay Shepard se ensombreció.
—Lo era —murmuró.
Stuart Lowell frunció el ceño.
—¿Por qué habla en tiempo pasado?
—Jenny desapareció, ¿no lo sabía usted?
—¿Cuánto hace que desapareció?
—Un año justo.
Stuart respingó.
—¿Desde hace un año no saben sus padres nada de ella...?
Kay movió negativamente la cabeza.
—Absolutamente nada. La policía la buscó por todo el país, pero sin ningún resultado. No halló ni rastro de ella. Sus padres, y yo misma, pensamos que Jenny fue raptada por alguna pandilla de indeseables, seguramente para abusar de ella, y luego de saciar su sucio deseo la asesinaron e hicieron desaparecer su cadáver. Jenny era una muchacha preciosa, con una figura espléndida, y hay tanto desalmado por el mundo...
Stuart se mantuvo callado casi un minuto, mientras contemplaba a Kay, cuyos ojos se habían humedecido ligeramente.
De pronto dijo:
—Jenny no está muerta, Kay.
La joven respingó en el sofá.
—¿Cómo lo sabe usted? ¿Tiene alguna noticia de ella? ¿Conoce su paradero?
—La he visto, Kay.
Kay Shepard, muy nerviosa, le agarró por los hombros.
—¿Que la ha visto, dice...?
—Sí; esta misma tarde.
—¿Dónde?
—En la playa, a unos quince kilómetros de la ciudad.
Kay le apretó los hombros con fuerza.
—¿Está seguro de que era Jenny, Stuart?
—Bueno, ella dijo que se llamaba así, Jenny Cramer, y que sus padres vivían aquí, en el 870 de Whitmore Avenue.
—¡Dios bendito, qué alegría! —exclamó Kay Shepard, abrazándose al profesor de dibujo, con tanto ímpetu, que casi lo tumba de espaldas en el sofá.
Stuart le dio unas cariñosas palmaditas en la espalda.
—Serénese, Kay. Tenemos que seguir hablando de Jenny.
La joven se separó de él, los ojos llenos de lágrimas.
Stuart extrajo su pañuelo y sé lo ofreció.
—Séquese esos ojos tan bonitos.
Ella sonrió.
—Gracias, Stuart. Estoy tan contenta y tan emocionada que...
—Lo que voy a decirle le va a costar de creer, Kay, pero le juro por lo más sagrado que es cierto.
Kay Shepard se estremeció visiblemente.
—No me asuste, Stuart.
—No pretendo asustarla, sólo prepararla para lo que va a oír, no sea que me tome usted por loco y llame a un manicomio.
—¿Tan fantástico es lo que...? —parpadeó la joven.
—Juzgue usted misma, Kay —dijo Stuart, y pasó a referirle lo sucedido.
Todo.
Desde que él viera emerger del agua a Jenny, completamente desnuda, hasta que ella le dejara sin sentido de un tremendo puñetazo, aunque en varios momentos se vio interrumpido por las exclamaciones de asombro de Kay Shepard.
El relato dejó tan atónita a la joven, que al término del mismo fue incapaz de articular palabra, pese a que movió la boca con esa intención.
Finalmente consiguió balbucir:
—Así... así que fue Jenny quien le golpeó...
—Sí —asintió Stuart.
—Con una potencia increíble...
—Posee una fuerza sobrenatural, como ya le he contado.
—Enviada desde el Más Allá...
—Eso dice ella.
—¿Usted lo cree, Stuart?
—No sé qué pensar, Kay. Si Jenny hubiese admitido ser una bruja, o tener al menos conocimientos de brujería... Pero no, lo negó rotundamente. Repite una y otra vez que está muerta, y no hay quien la saque de allí.
—Su corazón no late...
—Claro que late.
Kay Shepard se desconcertó.
—¿No dijo usted que le puso la mano en el pecho, y...?
—Sólo dije que no pude percibir sus latidos, pero eso no quiere decir que su corazón no lata. Cuando un corazón se para, la persona muere, su cuerpo se queda blanco y frío... El cuerpo de Jenny está cálido, y tiene un color precioso —repuso Stuart Lowell.
—Tampoco encontró su pulso...
—Es cierto. Pero digo lo mismo de antes. Que yo no encontrara su pulso no quiere decir que no tenga. Jenny está viva, Kay. No sé qué diablos le ha ocurrido en el año que lleva sin dejarse ver por casa, pero está tan viva como usted y como yo.
Kay Shepard no habló.
Stuart Lowell, segundos después, preguntaba:
—¿Tiene usted idea de quiénes pueden ser esos tres tipos que, según Jenny, la desnudaron, la violaron, y luego la arrojaron al mar desde lo alto de un acantilado, Kay?
—No —respondió la joven.
—Jenny les conoce...
—¿No se los describió?
—No, no quiso decirme nada sobre ellos.
—Lo siento, Stuart, pero no tengo idea de quienes puedan ser.
—Pues es una lástima, porque es seguro que Jenny irá a buscarles, y si supiésemos quiénes son...
—¿Cree usted que les matará, Stuart?
—Con la fuerza que tiene, es muy posible. No me gustaría estar en la piel de esos tipos, desde luego.
—¿Qué podemos hacer, Stuart?
—No lo sé, Kay. Que los padres de Jenny decidan, cuando conozcan lo sucedido.
Kay Shepard se mordió los labios.
—Stuart...
—¿Sí, Kay?
—No diga nada a los padres de Jenny.
Stuart Lowell arqueó las cejas.
—¿Pretende que les oculte que...?
—Todo, Stuart.
—Kay, los padres de Jenny tienen derecho a saber...
—Ingrid, la madre de Jenny, está enferma del corazón. Ha sufrido mucho en este año, Stuart. También Edwin, su padre, está algo delicado. Una impresión tan grande podría ser fatal para ellos. Especialmente para Ingrid.
—Pero...
—Esperemos un poco, Stuart. Ya se lo diremos cuando sepamos dónde encontrar a Jenny, y qué es lo que le pasa realmente. Usted y yo la buscaremos y lo averiguaremos.
—El mar es muy grande, Kay.
—No bromee, Stuart. Usted sabe que Jenny no puede estar en el mar.
—De él emergió...
—Lo sé, pero tiene que haber una explicación lógica para eso.
—Sí, eso pienso yo.
—Seguramente utilizó un equipo de buceo,
—Es posible.
—¿Sabe lo que pienso, Stuart?
—¿Qué?
—Que Jenny le hará otra visita.
—¿A mí?
—Estoy segura.
—Ojala sea así, porque...
—La estaremos esperando, Stuart.
—¿Usted y yo?
—Sí. Me instalaré en su casa. No le importa, ¿verdad?
—No, claro que no.
—Decidido, pues.
El profesor de dibujo carraspeó.
—Kay...
—¿Sí, Stuart?
—Mi casa es más bien pequeña, y sólo dispongo de una cama; la mía.
—Oh, no se preocupe por eso. Soy delgada, ocupo poco espacio —sonrió Kay.
Stuart abrió la boca.
—¿No le importa dormir conmigo...?
—En absoluto. Siempre que sólo sea eso, dormir —puntualizó Kay, con malicioso gesto.
—Será difícil no pensar en otras cosas.
—Para usted, no. Ha visto tantas modelos desnudas...
—Pero no me he acostado con ellas.
—Con más de una habrá hecho el amor, no lo niegue.
—Bueno, yo... —tosió Stuart.
Kay rió y se puso en pie.
—Será mejor que se marche, Stuart, antes de que regresen los padres de Jenny.
—Sí, tiene razón —se levantó también el profesor de dibujo.
—Espéreme en su coche. En cuanto vuelvan los Cramer, me excusaré con ellos y me reuniré con usted.
—De acuerdo, Kay.
Kay Shepard tomó familiarmente del brazo a Stuart Lowell y le llevó hacia la puerta de la casa.