CAPÍTULO OCTAVO
EL ARTÍCULO LITERARIO
El artículo literario es el soneto del periódico.
Francisco UMBRAL
El periodismo literario
Consideraba Oscar Wilde que la diferencia entre la literatura y el periodismo radica en que este es ilegible y aquella nadie la lee.
Dejando de lado la ironía, el dicho abunda en el duradero prejuicio que ha rodeado, por lo general, a esa «literatura de urgencia» que es el periodismo. Algo agravado, seguramente, por los escritores, a quienes les ha gustado demasiado a menudo mirar por encima del hombro a sus primos hermanos periodistas.
Al mismo tiempo, ese prejuicio convive con la conciencia de que desde hace más de un siglo las mejores plumas del planeta son colaboradoras habituales en prensa. Y, consecuentemente, como decía Umbral, «la mejor literatura se publica en los periódicos».
¿Cómo casar ambas cosas? ¿No parece una contradicción flagrante?
En realidad, la contradicción desaparece si se observa que dentro de cualquier diario existe un espacio específicamente literario: el del artículo de opinión, en sus diversas variantes, con la columna a la cabeza, que viene a ser, de nuevo en palabras de Umbral, «el violín de la orquesta periodística».
Es un espacio donde se exige la máxima calidad literaria y donde se le concede a uno una libertad total. Siempre, claro está, dentro de los límites de la actualidad: la ley ineludible del periodismo. Si en la sección informativa prima la objetividad, el artículo de opinión es el reino de la subjetividad y la originalidad.
Comparado con los géneros tradicionales, el artículo quedaría en algún lugar entre la epístola y el ensayo.
Decía Voltaire que la carta es el lugar donde se captura a vuelapluma una intuición, una idea, una sensación. El artículo de opinión también plasma la fluctuación anímica de un escritor, a través de las ondas y remolinos que provoca una noticia en el lago de su sensibilidad.
Los artículos literarios son cartas abiertas dirigidas al mundo entero. Mensajes embotellados que los escritores lanzamos desde nuestras islas mentales al océano informativo que nos rodea.
El género lindaría igualmente con el ensayo, entendido como lo hacía Montaigne, como un intento, esbozo o boceto reflexivo, absolutamente libre y personalísimo, sin pretensiones de ser concluyente.
A medio camino entre ambos —y muy marcado por el aspecto argumentativo y persuasivo de la retórica clásica— el articulismo ha fructificado a lo largo del siglo XX y goza todavía hoy de una salud extraordinaria.
Vayamos con algunos de sus más destacados cultivadores.
Mariano José de Larra (1809-1837)
Recuerdo que, en noviembre de 2003, Letizia Ortiz le regaló a Felipe de Borbón un libro por su compromiso matrimonial: era una primera edición de El doncel de don Enrique el doliente, la novela histórica de Larra.
Creo no exagerar si digo que hoy en día resulta difícil encontrar a alguien a quien no le guste Larra.
Eso no deja de ser curioso, teniendo en cuenta que el grueso de su producción fue articulística, un género mal avenido con la posteridad («recuerda —reza un conocido precepto— que tus artículos de hoy servirán mañana de envoltorio a las cajas de zapatos»), y que además fue una voz incómoda y nada complaciente con la sociedad de la época, capaz de censurar la mala educación de los jóvenes, la falta de modales generalizada y hasta los ataques al matrimonio.
Larra fue un azote para las costumbres nacionales. Eso debiera de haberlo convertido en una figura antipática, por mucho que el suicidio lo rodee de un aura que contrasta con sus opiniones.
Las dos circunstancias son excepcionales.
Larra fue, si no el primer periodista profesional de la literatura española, al menos el primer autor cuyos textos periodísticos, recopilados en vida, adquirieron notoriedad y carta de nobleza.
Desde las páginas de la prensa y bajo el seudónimo de «Fígaro», lanzó a la sociedad sus brillantes artículos de costumbres, siguiendo con fortuna un modelo que hacía furor en la prensa europea. Jouy y Addison fueron ejemplos cercanos. Aunque tampoco ellos eran realmente novedosos: la pintura de caracteres remite a una tradición que arranca con Teofrasto y nos llega a través de La Bruyère. Ya lo dice el Eclesiastés, no hay nada nuevo bajo el sol.
El tono de sus artículos tiene una deuda indudable con la tradición dieciochesca ilustrada.
Consideraba nuestro autor que la literatura había de ser útil y servir para reformar las costumbres. En eso no hay gran diferencia con el proyecto de Cadalso, Feijoo, Iriarte o Moratín, sus mayores por pocos años. Y se le dice satírico, cuando, más que el vitriolo de la sátira, lo que rezuman sus artículos es un humor inteligente; penetrante, sí, pero fino y delicado hasta con lo que ridiculiza.
Larra no es Juvenal. Ni tampoco Quevedo.
Lo que ridiculiza, eso sí, no es poco: la incultura, la chabacanería, el casticismo, los toros, la tosquedad de modales del castellano viejo, la tontería, la ignorancia de los jóvenes, la avaricia de los empeñistas, la farsa carnavalesca social, la pereza nacional, la educación, la sinsustancialidad de la vida madrileña, la pena de muerte, el calaverismo, la importación de modas sin arraigo…
Pese a lo cortés del tono, no deja títere con cabeza, y a cualquier español le duele la imagen del país que presenta. A nadie le halaga verse reflejado en semejante espejo.
Pero esa fue la misión que se encomendó a sí mismo: azuzar nuestras conciencias para que fuéramos mejores.
Su patriotismo, cuestionado por el afrancesamiento de su familia (su padre, médico, emigró a Francia con José Bonaparte y no volvió hasta que se dictó una amnistía en tiempos de Fernando VII), me parece inseparable de la honda preocupación que demuestra por la sociedad de su época. Nadie dedica tantos esfuerzos a algo que no ama profundamente: a Larra le dolía España tanto o más que a Jovellanos o a Unamuno.
De Larra me gusta el encontrarme en una geografía familiar, como lector de novela decimonónica. Pasearme por las tertulias de café. Por fondas como la famosa Genieys, uno de los primeros restaurantes de comida francesa, o por la Fontana de Oro, que inmortalizará después Galdós.
Me gusta el brío y la agilidad de su estilo. Un estilo sorprendentemente poco afrancesado para alguien de su educación. A diferencia de Azorín, quien supo trasladar el espíritu analítico francés a su prosa —en ese sentido, Azorín es el más francés de nuestros escritores—, Larra se deja arrastrar por el ritmo queísta castellano y también incurre en vicios peninsulares, como el doble hubiera o el leísmo.
Sí percibo, en cambio, afrancesamiento en cierto uso del presente verbal, y en algún tramo de ritmo entrecortado, demasiado staccato, sobre todo en los cierres de artículos:
… pero, ¿quién es el autor? ¿Es un principiante, un desconocido? ¡Qué nube! ¿Es algo más? ¡Qué reticencias! ¡Qué medias palabras! ¡Qué exacto justo medio!
¡Después de todo esto, haga usted comedias!
Un año hizo ayer de la muerte de Carlos; su familia, sus amigos, le lloran todavía.
¡He aquí el mundo! ¡He aquí el honor! ¡He aquí el duelo!
De sus artículos más celebrados, mis favoritos son los que le dedica a la figura del calavera, y, por lo patético, «Un reo de muerte».
También me hacen gracia, entre sus personajes, los sobrinos de Fígaro, y el francés de «¿Entre qué gente estamos?».
Aunque no siempre comulgo con sus ideas, constato que según envejezco empatizo cada vez más con Larra. Me parece que, cuando acierta, lo hace de lleno. Y un buen botón de muestra sería la reivindicación que hace en «Vuelva usted mañana» de la figura del extranjero.
Ese extranjero que se establece en este país, no viene a sacar de él el dinero, como usted supone; necesariamente se establece y se arraiga en él, y a la vuelta de media docena de años, ni es extranjero ya ni puede serlo; sus más caros intereses y su familia le ligan al nuevo país que ha adoptado; toma cariño al suelo donde ha hecho su fortuna, al pueblo donde ha escogido una compañera; sus hijos son españoles, y sus nietos lo serán; en vez de extraer el dinero, ha venido a dejar un capital suyo que traía, invirtiéndole y haciéndole producir; ha dejado otro capital de talento, que vale por lo menos tanto como el del dinero; ha dado de comer a los pocos o muchos naturales de quien ha tenido necesariamente que valerse; ha hecho una mejora, y hasta ha contribuido al aumento de la población con su nueva familia. Convencidos de estas importantes verdades, todos los Gobiernos sabios y prudentes han llamado a sí a los extranjeros.
No viene mal recordarlo en tiempos, como los actuales, de creciente xenofobia.
Esta opinión es buena muestra de lo contemporánea que puede ser, aún hoy, la inteligencia de Larra.
Sus retratos costumbristas, la gracia con la que esboza sus viñetas, y al mismo tiempo las reflexiones de altura que va hilvanando sobre la realidad que nos presenta, hacen que la lectura de estos textos sea un auténtico deleite, al cabo de dos siglos, cuando de aquella realidad no queda otra cosa que polvo.
Azorín (1873-1967)
Azorín no dejó novelas perdurables y sus ensayos se fueron difuminando en un articulismo que es donde pervive su memoria. A título personal, considero los artículos de Baroja tan interesantes o más que los de Azorín. Hoy, sin embargo, de Baroja, lo que se leen, si acaso, son las novelas. Y sus memorias.
En cambio a Azorín se le recuerda y se le estudia como articulista.
Al cabo de un siglo, su estilo riguroso, ordenado, minucioso, preciso, sencillo y de una claridad cristalina (es un estilo que no hace trampas ni se esconde detrás de las mangas), sigue siendo un modelo de prosa en las escuelas de periodismo. El propio Vargas Llosa, cuando reivindica su figura —fue el último académico que le dedicó su discurso de ingreso—, exalta, antes que nada, esa calidad estilística.
Su magisterio parece ser ante todo formal, lo que no es poco.
Y es que no se suele reflexionar en torno a las implicaciones profundas de un estilo.
Azorín buscaba controlar su pensamiento y tuvo el mérito de desmentir, como preconizaba Gracián, los achaques de su país.
El mismo estilo, en Francia, sería banal. Pero en una España corroída hasta los huesos por la imprecisión retorizante, su ejemplo resulta refrescante y absolutamente necesario: es de los raros antídotos locales contra el barroquismo intelectual que, desde hace siglos, campa a sus anchas por estas tierras.
Azorín nada contracorriente y entronca con el afluyente más minoritario pero mejor de nuestras letras. Por eso le gustaba tanto Larra. Como escribe en Un discurso de La Cierva:
Una de las ideas más fundamentales en Larra, acaso la más esencial de todas es la de la confusión, desorden e incoherencia de la vida española.
Azorín, que fue siempre persona de orden, detectó rápidamente el espíritu clásico que habitaba en «Fígaro». Hay una clara comunidad de temperamento entre ambos.
A los dos les habría gustado repetir con San Agustín aquello de que «la razón humana es una fuerza que tiende hacia la unidad». Y si —siguiendo otra idea azoriniana— la literatura es el lugar «donde se ve el carácter y las particularidades de un pueblo», resulta evidente que Azorín no podía encontrarse profundamente a gusto más que con un puñado de escritores anteriores a él. Larra, Gracián, a lo mejor Fray Luis de León.
Por mucho que se dedicara a las hagiografías literarias, había poquitos clásicos peninsulares que le fueran a su carácter.
Y esto es lo que importa de Azorín.
Todo lo demás —su celebrado detallismo («Los conciertos diminutos de las cosas son tan interesantes para el psicólogo y para el artista como las grandes síntesis universales»), su doloroso sentir y esa profunda tristeza («Azorín cultiva cada vez más la soledad. Tanto que esta su soledad no consiste ya simplemente en que se halle sin nadie al lado, sino que se ha convertido en una realidad, en un cuerpo transparente y sólido, en un caparazón cristalino que llevase en torno de su persona», escribió Ortega), que son, no digo que no, elementos constitutivos de su personalidad; su honda preocupación por España y la política (al final escribió más sobre política que sobre cualquier otra cosa)— me importa en realidad un pimiento.
Por el contrario, su filosofía estética es para enmarcar.
Reflexionaba Azorín que la obra del hombre a través del tiempo consistía en hacer lógica la vida, en poner coherencia en ella, en procurar que no sea cosa confusa y arbitraria, sino acorde y armónica con los grandes ideales del bien, de la verdad, de la justicia.
Diremos que para nosotros la obra del progreso humano, la obra de la civilización, es una cuestión de lógica; a mayor civilización, mayor lógica; en las naciones rudimentarias, caóticas, lógica fragmentaria, irregular, tortuosa, es decir, ilogismo.
Y dado que en un espíritu lógico, según él, «una página literaria corresponde, con exactitud, a una concepción sociológica o una teoría cosmogenética», esa estructuración, ese ordenamiento tranquilo de su prosa es el gran legado que nos ha dejado.
Julio Camba (1882-1962)
Confieso que yo a Camba me lo imaginaba como un buen burgués, reportero curioso, sí, aunque conservador. En la línea de Pla. Astuto como un campesino. Pero de los que nunca han cruzado la raya ni han alzado la voz fuera de sus columnas.
No podía equivocarme más.
Camba empezó escapándose de casa.
Con apenas trece años se embarcó como polizón en un transatlántico con destino a Argentina, donde muy pronto destacó en los cenáculos anarquistas y se dedicó a redactar proclamas y panfletos.
Aquello duró hasta que su activismo le valió que lo expulsaran junto con el lote correspondiente de extranjeros.
Y no fue sino a su vuelta cuando empezó a colaborar en prensa. Primero en publicaciones ácratas como El porvenir obrero, luego en rotativos republicanos como El País. En España Nueva fue cronista parlamentario y, a partir de 1913, corresponsal de El Mundo y del monárquico Abc: es donde yo lo ubicaba.
Soy un rendido admirador de esa prosa chispeante de un hombre que tuvo la inteligencia de nunca querer asomar la cabeza por encima del género que le iba.
Quizás de sus libros el más interesante sea La ciudad automática, que recopila las crónicas de su viaje a Nueva York. Son de una lucidez extrema. Están repletas de opiniones pertinentes, sugerentes. Hasta cuando mea fuera de tiesto, lo hace con gracia y brillantez. La finura con que analiza una sociedad industrializada, «fordizada», los contrastes y similitudes que establece con España, Europa, Rusia o con el imperio inca («la América de Manco Capac»), tienen un encanto impagable.
De golpe y porrazo nos hallamos en el epicentro del mundo contemporáneo. En el vientre de la ballena capitalista, que es, por necesidad, el lugar más fascinante para cualquiera interesado en desentrañar el sentido del presente (¿qué otra cosa es un periodista?).
El proyecto prometía, y Camba no defrauda. La visión que nos traslada es absolutamente original, llena de intuiciones brillantes.
Nueva York es la ciudad esencialmente «romántica».
Todas las comparaciones que se me ocurren para definir la clase de atracción que Nueva York ejerce sobre mí pertenecen por entero al género romántico: la vorágine, el abismo, el pecado, las mujeres fatales, las drogas malditas…
Y es así porque:
Nuestra época sólo Nueva York ha acertado a encarnarla, y probablemente ésta sea la verdadera causa de que la gran ciudad nos atraiga y nos rechace a la vez de un modo tan poderoso. Nos atrae porque uno no puede vivir al margen del tiempo, y nos rechaza por la estupidez enorme del tiempo en que le ha tocado vivir a uno.
Es la ciudad de las orgías bursátiles, la ciudad que tiene calefacción y frigorificación, pero no clima («Toda la temperatura de Nueva York es importada. El frío viene directamente del Polo, a gran velocidad, y el calor procede del golfo de Méjico»), con un ritmo comparable al del cinematógrafo acelerado.
La ciudad de los negros de Harlem, de los barbudos judíos, de los self-service, del comer exprés, el lugar más ruidoso y al mismo tiempo el más silencioso del planeta (gracias al sound-proof), la ciudad de los thrills, de los millonarios, de los rascacielos, de la nueva advertising literature, de los racketeers y los gangs, de los trajes y los crímenes en serie.
Sobre todo ello reflexiona a vuelapluma Camba, a quien las impresiones le sirven de punto de partida para desgranar sus pensamientos respecto de la vida y la ciudad contemporáneas, los Estados Unidos, el propio sistema capitalista. Unos pensamientos que, a tenor de su sensibilidad de raigambre anarquista, no pueden sino mostrarse críticos.
En la antigua América de Manco Capac, cuando nacía un niño se le metía el cráneo en una prensa y con estas prensas a guisa de sombreros, los ciudadanos conservaban hasta el fin de sus vidas una mentalidad completamente infantil. El objeto de las autoridades era lograr la uniformidad ideológica del pueblo por medio de la uniformidad craneana, suponiendo que las ideas se adaptan siempre a las cabezas en donde cuecen, y que con una cabeza periforme no se pueden concebir más que pensamientos igualmente periformes; pero en la América moderna del presidente Roosevelt se sigue un procedimiento enteramente opuesto. Aquí le cogen a usted el cráneo cuando está todavía tiernecito, lo llevan a una escuela, y se lo atiborran a usted de Historia, Moral, Derecho, etc., etc. Lo probable es que salga usted de la escuela con el cerebro tan atrofiado como si lo hubiese tenido en la propia prensa de los incas; pero si la escuela no ha conseguido idiotizarle a usted del todo, la Universidad se encargará del resto. Luego vendrán los periódicos, las conferencias y los Clubs de lectura, y a los veinticuatro o veinticinco años no tan sólo estará usted incapacitado para pensar de un modo distinto al de los demás, sino que hasta su misma cabeza, al adaptarse a las tres o cuatro ideas generales que el Estado metió dentro de ella, habrá tomado la forma y el aspecto de todas las otras.
Su visión del mundo queda retratada en fragmentos como este, donde también se hacen evidentes sus virtudes estilísticas: la limpieza de expresión, la precisión, el ritmo, la sutileza, la ironía, la ligereza volteriana.
Es mi articulista preferido de todos los tiempos.
César González Ruano (1903-1965)
No sé si fue el propio Umbral, o a lo mejor Raúl del Pozo en una de sus columnas, quien cuenta que Umbral lloró el día en que murió González Ruano. Los dos estuvieron presentes en su entierro. No hay prueba mejor de la filiación tan profunda que sentía Umbral con uno de los articulistas más brillantes de la época franquista.
El que fuera corresponsal de Abc en Roma, París o Berlín, y coetáneo de la Generación del 27, a la que nunca frecuentó, fue un modelo para el joven Umbral, dueño de un estilo inconfundible y tendente a la sencillez ejemplar, «que comunica bien la palpitación de la calle, la electricidad del tiempo, la directa emoción de la gente y la música de la memoria soñando en pianos de nostalgia que ya están hechos astillas y a veces gritan».
El problema de Ruano es que se trataba de un escritor sin género, como Pla o como el propio Umbral, que fueron abducidos por un periodismo que, aun dando gloria en el presente, por lo general disuelve al hombre de letras.
Sin la referencia de Umbral, yo nunca habría leído a este dandi de uñas lacadas, con modales de señorito capitalino, capaz de afirmar «no me gusto como hombre» y «soy un pobre pelele». «A mí me enseñó desde muy pronto el camino inexorable y un poco salvaje del periodismo literario, que es lo más leído por la España que no lee», escribió el de Valladolid.
Como dijera el propio Ruano en Mi medio siglo se confiesa a medias:
Nunca me interesó mucho ni poco el periodismo como el periodismo, y lo tomé como medio más que como fin, procurando desde mis primeros momentos hacer literatura en periódicos, más exactamente que periodismo literario.
Ya sabemos hoy quién fue su mejor discípulo.
El periódico, según Umbral[21] (1932-2007)
Una ciudad sin periódicos es una ciudad sin alas. Como periodista más o menos de izquierdas, no va uno a escribir una sola palabra contra la huelga de repartidores o «ruteros», pero sí a reseñar cómo Madrid, en estos días sin Prensa, es una ciudad miope, ciega, analfabeta, un pueblo que anda a tiendas, un aldeón de ciegos.
La radio es ruido y la televisión es persil. Sólo la Prensa escrita (expresión redundante) es parvulario de la gente, libro del día, tribunal del aire. Dicen estos días los directores y empresarios de Prensa que los periódicos son «un servicio», una necesidad pública de interés general, al margen del juego de las huelgas y contrahuelgas.
Mucho más que un servicio, yo digo que la Prensa es los cinco sentidos del lector reunidos y servidos en un papel: gozos de la vista, del tacto (podemos conocer nuestro periódico a ciegas, por la calidad del papel), perfume acre de la tinta impresa, que huele a urgencia y linotipista muerto, etc., más ese sexto sentido que tiene y educa al lector de periódicos para leer más de lo que se escribe. Un periódico, sencillamente, es cultura. El resto de los media es ruido, furia y detergente. El diario impreso es hijo de la Enciclopedia, una hoja suelta y volandera del gran tomo, el periódico es el albatros de la Ilustración, con alas demasiado grandes, de papel, para volar más allá de la dimensión de un día.
Voltaire, con sus escritos breves y satíricos, está haciendo editoriales de periódico antes de que existiera el periodismo, está haciendo columnas de tipografía verbal, criminal y genial en la plana caligráfica, ilustrada y esbelta que fue todo el Siglo de las Luces. Aquí viene bien aquello de la «democracia sin periódicos», que efectivamente no es democracia.
Los periódicos son el Pentecostés matinal de una democracia, la lengua de fuego que se posa sobre la cabeza de cada lector mientras se desayuna. Hay que aprender también de lo malo, y el conato adverso de una huelga de repartidores (esos porteadores de la cultura, esos estibadores de la noticia) nos manifiesta por carencia lo necesarios que son los periódicos para una sociedad ilustrada, informada, avanzada, y el peligro de ceguedad y desoriente en que nos están poniendo los políticos con sus coacciones a la Prensa (publicidad discriminatoria, juego con los cupos de papel, sanciones a los periodistas, incautación invidente de periódicos, con el consiguiente cierre). Aquí, en estos días de Madrid sin periódicos, que es como si Cibeles se hubiera quedado sin palomas, debemos reflexionar sobre «el parlamento de papel», que se decía en el tardofranquismo, y que hoy sigue siendo en España el único parlamento vivo.
(…)
Esta huelga es un conato, ya digo, pero nos viene todo el neoscurantismo del 2001, la concentración progresiva de la Prensa, reunida en una gran pira de papel que luego arderá gloriosamente en la noche televisada de la informática. La televisión es el arte de tener a la gente desinformada, de dar una imagen por una verdad.
Pero lo que sigue valiendo son las mil palabras como dieta ideológica diaria de un lector de periódicos. Ahí es donde se hace un hombre informado, con opinión, un hombre pluridimensional, un lector, un ciudadano que critica al crítico de periódico (único lector que aquí nos interesa).
Los articuentos de Millás (Valencia, 1946)
Millás es el mejor exponente del modernismo o incluso del posmodernismo dentro del género.
Hubo una época en la que le seguí bastante en aquella columnita de la contraportada de El País. La mayoría de los lectores estarán de acuerdo en que, dentro de ese medio, los articulistas más brillantes siempre fueron Manuel Vicent y él.
Vicent era como es en persona. Introvertido, observador, agudo como un estilete, sin compromisos pero tremendamente controlado. Uno tiene la impresión de que, en su vida, hay pocas cosas que escapen a su control.
Vicent nos viene bien como contrapunto y trampolín para saltar hasta Millás, quien, en el otro extremo, es todo lo contrario. Un tipo que, como Woody Allen, da la impresión de que no controla ni entiende nada, de quien se diría que hasta los electrodomésticos se le rebelan.
De esa sensación de vulnerabilidad total ante el caos contemporáneo, de incomprensión absoluta, de desamparo existencial («no venimos de ninguna parte ni vamos a ningún sitio»), nace esa mirada tan singular sobre el mundo.
Millás es capaz de tejer sobre las noticias un cúmulo extraordinario de absurdos surrealistas y que, no obstante, acaban remitiendo al objeto primero, configurando una narración lúcida que, a través del espejo deformado de la ficción, nos deja un poso y a menudo una reflexión más sugestiva que cualquier opinión primaria al respecto.
Decía Proust que el secreto del estilo radica en el punto de vista, y eso es especialmente cierto con este autor. Dueño de una prosa poco musical, toda su genialidad radica en el punto de vista que escoge para narrar sus historias. Millás demuestra con sus artículos («articuentos», los llama) que el de dónde se narra es tan importante como el cómo o el qué.
Millás busca siempre el enfoque más original y su temperamento esencialmente paradójico lo lleva a resaltar la contradicción o el absurdo.
En la búsqueda del enfoque insólito cae a veces en el surrealismo.
Eso y la pasión por las cosas lo asemejan a Ramón.
También podríamos tildar de ramoniana la riqueza intelectual de sus operaciones imaginativas: la personificación de seres inanimados, la prosopopeya, el tomar las expresiones figuradas literalmente, etcétera.
Millás consigue proyectar una luz extrañificadora sobre la realidad. Sus técnicas son las del género fantástico. Desdoblamientos, pérdida de identidad, metamorfosis, alteración de sentidos.
Sus personajes son seres hipocondríacos, hiperestésicos, hiperimaginativos: un escritor «analógico» obsesionado con que han usurpado su identidad cibernética, padres e hijos acomplejados porque no son adoptivos, una mujer que le tiene pavor a la dicha, seres que empatizan con bogavantes a punto de ser hervidos, jueces que separan siamesas, chicas que toman Viagra y tienen erecciones fantasma, tribus africanas que no creen en la existencia de la espalda, escritores «autófagos», que se comen sus propias páginas…
Decía Ruano que lo más difícil del columnismo es conseguir ideas. Y ahí destaca Millás: sus columnas están repletas de ideas, ideas a raudales con las que nos sorprende, como un prestidigitador que se presenta con un nuevo truco cada día. Es raro que le cacemos repitiendo truco.
Eso, para alguien que publica regularmente, es un mérito extraordinario.
Recuerdo que la única vez que coincidí con él me habló de Carver. Le gustaba, decía, porque no se le veía el mecanismo. Estaba hablando de sí mismo.
Con Millás nunca sabes cómo acabará una historia.
Millás ha conseguido sacar el género de la opinión de su estancamiento, abrirlo a la fantasía más desconcertante. Su manera de mirar, además de obligarnos al ejercicio intelectual de desencriptar unas metáforas sugerentes, nos lleva a cuestionar la naturaleza misma de la realidad que a continuación percibimos enriquecida por la nueva óptica.
Ahí es nada.
José Luis Alvite (Santiago de Compostela, 1949)
Todos los que frecuentamos la prensa escrita hemos acabado alguna vez entrando en el Savoy. Este bar literario es de los secretos mejor guardados del periodismo español actual.
En el Savoy hay gente buena y gente mala. Nadie le pide la documentación a nadie. El barman tiene un paño azul para las manchas corrientes y un trapo rojo para las manchas de sangre. El jefe se las arregla para que al abrir la puerta se renueve el aire sin que se vaya el humo.
He visto bajar las escaleras del club a los tipos más diversos sin que nadie se interesase lo más mínimo por ellos. Al Savoy puede venir cualquiera. Ernie Loquastro no le pone mala cara a nadie.
Pues eso.
Sobre el reseñismo
Hay quien piensa que, con tanto blog, los críticos son una especie a extinguir; pero se equivocan.
Como indica Germán Gullón: «es verdad que el Web 2.0, la segunda generación de Internet, ha originado una proliferación de bitácoras escritas por aficionados, repletas de críticas y reseñas de libros, pero la mayoría contienen comentarios literarios superficiales o bien ajustes de cuentas, donde por lo general la ambición personal pisotea cualquier posible juicio objetivo. Nada conseguirá en el inmediato futuro (…) sustituir a nuestros mejores periodistas o críticos, que llevan tiempo leyendo y enjuiciando libros».
En líneas generales, estoy de acuerdo.
Aunque a menudo no lo parezca, la crítica literaria es un género mayor de la literatura. Exige sensibilidad estética, un profundo conocimiento del panorama cultural de la época y de la historia del arte, un aparato conceptual forjado a base de criterios sólidos y originales, dominio del lenguaje, poderío de expresión, erudición, inteligencia, gusto, curiosidad, originalidad, independencia, elegancia, musculatura, finura. Casi nada, vamos. «La patria se puede fiar más de un crítico que trabaja, que de un entusiasta que vocifera», escribió d’Ors.
El crítico debería mostrar una cierta ecuanimidad en el juicio de la obra donde nunca todo es diamante ni todo escoria.
Eso lo advertía hasta el severísimo Clarín:
Se condena un libro de escritor excelente, porque en tal libro predomina lo que no merece aplauso; pues el libro ya es un criminal, y para que la pena no se escape por las mallas de las circunstancias atenuantes, el tinte de lo malo se extiende por lo bueno, y se habla de lodo en montón sin justicia, cometiendo una abstracción fetichista y absurda, dando una solidaridad, que no existe, a lo bello y a lo feo, porque marchan unidos bajo un mismo nombre, el de la obra. En lo que se refiere a la composición (…), unas partes pueden afear las otras (…); pero en todos los demás elementos literarios que hay que considerar en un libro estético, y son muchos, para la verdadera crítica, lo bello es tan bello en tal obra, que, en conjunto, no es un dechado, como pudiera serlo en otra parte; el olvidar esto y tratar con desdén y de prisa y corriendo la hermosura que se ve en tales ocasiones, es dar prueba de ligereza, de falta de gusto, de juzgar por apariencia, cuando no demostrar mala fe insigne.
También Ramón y Cajal acertaba con una regla de cortesía que rara vez se guarda:
En los ingenios, como en las higueras, el primer fruto es la breva, que suele ser insípida, aparatosa y grande. Esperemos, para emitir juicio, el brote de los higos.
Todos los reseñistas deberían sentir por su objeto de estudio, si no devoción, por lo menos el mismo interés y hasta cariño que demuestran los oncólogos por un cáncer.
Deberían de ser capaces de extasiarse y descubrir las bellezas de las nuevas criaturas, separándolas, si es menester, de sus defectos, y ayudar a hacérnoslas inteligibles con un mínimo de prejuicios.
El problema es que esa es la labor que rara vez cumplen. Por eso los escritores les tenemos tanta tirria.
—Hoy se ha muerto un tirano… —masculló por el colmillo cierto literato en el funeral de Clarín.
Para hacer un compendio de lindezas dichas por los autores, prefiero primero, salir, fuera de nuestras fronteras.
La crítica es «la actividad por medio de la cual se adquiere, con poco gasto, importancia» (Sam Johnson); «ocupación de aficionados fracasados» (Goethe); de «jueces que no pudieron erigirse en reyes» (Hebbel); «de los que fracasaron en la literatura o el arte» (Disraeli); «mordaza de la opinión» (hermanos Goncourt); «algo tan imbécil como el esperanto» (Cendrars); «una cárcel eterna» (Aragon); «una especie de enfermedad infantil que afecta en mayor o menor grado a los libros recién nacidos» (Lichtenberg).
También se ha observado que los críticos son «gente que enturbia el gusto y envenena los sabores» (Joubert), hombres que esperan milagros y «tábanos que impiden a los caballos trabajar la tierra» (Gorki).
Pero quien lo clavó fue Dostoievski: «Era un ser insignificante, inútil, majadero, un aborto de la sociedad, sin aprovechamiento posible, pero repleto de un amor propio enfermizo y desmedido que ninguna cualidad justificaba. Era la encarnación personificada de esa vanidad sin límites que se encuentra especialmente en algunas nulidades envenenadas por las humillaciones y los ultrajes, rezumando envidia por todos sus poros al menor éxito ajeno. Y todo ello sazonado por la más extravagante susceptibilidad». Eso se llama dar en la diana.
Aquí, entre los contemporáneos, Trapiello lo tiene claro: «No sé por qué, ni creo que lo sepa nadie, los críticos tienden a confundir pedantería con inteligencia y estilo con pesantez. Para ellos una cosa clara es tonta y una página sencilla, un descuido imperdonable del autor».
En cuanto a los clásicos, un olímpico Unamuno pensaba que al crítico debían de serle tan indiferentes los escritores «como ranas o conejillos de Indias». Baroja indicó que «el crítico limita el campo del autor. El autor limitaría, si pudiera, el campo de los críticos, y no les dejaría más especialidad que la de dar bombos». «Un crítico puede tener razón contra una obra y la obra mayor razón contra el crítico», apuntaba Benavente. «La crítica te puede catapultar o enterrar», reconocía Blasco Ibáñez. Y Azorín se callaba, porque ejercía de crítico.
Cadalso, en el nada apreciado siglo XVIII, decía que eran como los toros, «forman la intención, cierran los ojos, y arrementen a cuanto encuentran por delante».
Moratín lo puso en verso:
Tu crítica majadera
de los dramas que escribí,
Pedancio, poco me altera;
más pesadumbre tuviera
si te gustaran a ti.
¿Quién te mete a censurar
lo que no sabes leer?
Y yendo un poquito más atrás, Lope observaba que «en diferencia igual silba cualquier animal, pero sólo el hombre escribe», y Cervantes, que «nunca dijo bien la crueldad con la valentía».
Criticar, parece claro, siempre fue más fácil que imitar.
Por añadir una anécdota personal, yo tenía un crítico enemigo que cada vez que nos cruzábamos en la feria del libro se escabullía entre los plátanos, a espaldas de las casetas de libreros instalados en el Retiro. Era uno de esos que, a diferencia de Clarín (que tenía el valor de mostrarse como creador), se empeñan en poner la barra imposiblemente alta para justificar que no saltan y, en el fondo, para hacer creer que no tiene sentido saltar. Como si por el hecho de que hayan existido antes grandes saltadores no pudiera uno disfrutar dando brincos.
Clarín al menos tuvo la decencia de demostrar que la exigencia que le demandaba a los demás era la misma que se imponía a sí mismo. «Quien tu obra censura, que muestre la suya», dice el refranero. Y Clarín jamás criticó a quien, como Galdós, saltaba más alto que él.
Pero sobre todo el crítico suele ser alguien que comprende que, a mayor exigencia, mayor poder sobre los demás. Muchos creen que el colmo del buen gusto es hacerse, no de miel, como en el XIX, sino de hiel. Y, paradójicamente, les funciona. Son bastantes los escritores que desarrollan con respecto a ellos un auténtico victimismo. Algunos incluso les envían sus obras a sabiendas de que tienen muchas papeletas de que se las despedacen.
Por suerte, también están los que sencillamente disfrutan de la literatura con la pasión y el entusiasmo de quien espera una revelación en cualquier página. La decepción es la norma, pero no por ello pierden la ilusión y se mantienen alerta para descubrir la excelencia allí donde se encuentre.
Lectores voraces, con una curiosidad insaciable, a quienes les gusta detectar el talento en ciernes, o bien saludar al artista contrastado, y que procuran en cada caso explicar dónde radica el interés de la obra, más atentos a virtudes que a defectos, ansiosos siempre de compartir su deleite.
Los hay que hasta comprenden que, cuando no hay deleite, lo más elegante es callarse.
Un puñado de buenas lecturas articulísticas: Artículos de Mariano José de Larra, La ciudad automática, Mis cien mejores artículos, Iba yo a comprar el pan, Articuentos, Almas del nueve largo…