Lucas, Jota, Matthew, Reverte, Mónica, David, mis padres, Lorenzo y yo participamos en las batidas de búsqueda organizadas por la policía de para tratar de dar con el paradero de Andrea porque habían transcurrido dos semanas y no teníamos señales de ella. Si era un secuestro como se había sospechado en un principio, la teoría comenzaba a perder fuerza al no haber recibido ninguna llamada pidiendo algo a cambio. El dinero quedaba descartado como móvil por lo que todos estábamos expectantes a la espera de alguna señal. Una señal relacionada conmigo que parecía no llegar nunca y que nos tenía a todos al borde del ataque de nervios.
Estábamos en el apartamento de Lucas y Reverte, tomando algo, con la cabeza en cualquier lado menos allí. La comida transcurrió sin pena ni gloria, charlamos en un tono moderado pero algo enrarecía el ambiente. Probablemente yo no ayudaba metida cada dos por tres en WhatsApp contestando mensajes a mis amigos y a mi hermana. Según Mónica, Lorenzo era el que peor estaba llevando aquello: ya había pasado por el mal trago de una muerte al enviudar de la madre de Andrea y ahora se arriesgaba a perderla a ella. Para remate, estaba con las manos atadas igual que el resto, ya que no nos habían permitido seguir con la batida de búsqueda por riesgo de que actuaran de nuevo, según me había informado Lucas después de haber tenido una larga charla con Robles. Así que nuestra una alternativa era esperar que el milagro ocurriese.
—¿Novedades? —preguntó Reverte mientras se sentaba en el sofá negro y encendía la televisión.
Al despegar los ojos del teléfono vi que Lucas estaba justo a su lado. Habían recogido la mesa y fregado sin que yo no me hubiese dado cuenta de nada. Menudo desastre de compañera de piso me había vuelto.
—No, nada —admití.
—Bien porque yo acabo de recibir un mensaje de mi jefe. —Lucas con cara de mosqueo, miraba la pantalla de su móvil atentamente.
—¿En fin de semana? Se supone que tú solo trabajas de lunes a viernes —espeté haciendo memoria de lo que me había dicho en una ocasión anterior—. Además en las últimas fechas, no es la primera vez que te obligan a echar horas extras.
—Se suponen tantas cosas…. —Se puso en pie de un salto y fue directo a por su chaqueta que estaba colgada en el perchero del recibidor—. Lo siento, pero tengo que desaparecer durante un rato. Me reclaman para hacer inventario y me temo que no son horas extras más bien horas forzadas.
Debí poner una mueca de desilusión bastante grande, porque Lucas se rio en cuanto me vio. Me crucé de brazos y respiré hondo. Su jefe debía de ser un inoportuno de cuidado.
—Tranqui, Olivera. Yo te la vigilo. —Tomás habló desde el sofá mientras cogía el mando de la Play y comenzaba a jugar un videojuego de fútbol. Fui incapaz de discernir si se trataba del Fifa o del Pro Evolution Soccer.
—Sé cuidarme solita. —Me dirigí a la estantería que estaba repleta de cómics y manga y elegí uno al azar. Si Reverte iba a pasar la tarde jugando, yo lo haría leyendo.
Sentí la presencia de Lucas a mi lado.
—Volveré lo antes posible, que esta noche tú y yo vamos a salir un rato —me avisó. Seguía con la firme intención de ayudarme a salir, a distraerme y al fin y al cabo, de dejar atrás la ansiedad que me acompañaba. Con tantos problemas, no era fácil, pero Lucas era mi chaleco antibalas.
—Te echaré de menos. —Agité un pañuelo invisible tal y como hacían en las películas de época cuando el barco zarpaba y los que quedaban en tierra querían despedirse. Él no lo sabía pero era verdad, lo iba a echar muchísimo de menos.
—No más que yo a ti —susurró contra mi oreja, teniendo especial cuidado de que Reverte no se enterase. Me volví hacia él pillándole desprevenido y le robé un beso.
—Hasta luego, Lucas —repetí las mismas palabras que había dicho el día que nos conocimos, al despedirnos, mientras caminaba con él hasta la entrada del apartamento. La de cosas que habían pasado desde entonces…
—Si te despides así de mí, no podré irme. Más vale que me des un tortazo o algo —bromeó encaminándose decidido hacia el ascensor.
Le vi pulsar el botón de la planta baja y tras despedirme de él con un gesto de la mano, regresé a la sala y me puse a leer el manga al que le tenía tantas ganas: Chobits. No llevaba ni veinte minutos sumergida entre sus páginas cuando un mensaje me sobresaltó. Corrí desesperada por abrirlo y la sorpresa fue mayúscula:
![](/epubstore/M/I-Mackenzie/Cortocircuito/OEBPS/Images/00014.jpeg)
Junto al texto y el lugar, podía ver la imagen de mi mejor amiga. Estaba atada de pies y manos a una silla y la cabeza pendía en dirección a su hombro. Parecía desmayada o dormida y tenía un par de cortes en la mejilla y arañazos por el cuello. Tenía la ropa sucia como si se hubiese arrastrado por la tierra. Comencé a llorar bajito en cuanto asimilé lo que estaba ocurriendo. Si quería salvar a Andrea, tendría que actuar rápido.
—¿Estás bien, Ainara? —preguntó Reverte preocupado, mientras ponía el juego en pausa—. ¿Te ha llegado alguna noticia?
Intenté pensar una buena excusa. Si alguien me estaba vigilando no podía arriesgarme a decir nada que desvelase que iba a salir pitando a encontrarme con la persona que me había hecho la vida imposible y que ahora me chantajeaba con no volver a ver a Andrea. Pero de algún modo tenía que revelarle que algo no iba bien. Me había tragado demasiadas películas de intriga y no era tan tonta como para acudir sola al encuentro de un desconocido que pretendía hacerme daño. No es que quisiera que Tomás me acompañara, pero al menos si era listo y captaba lo que le decía…
—No —asentí lentamente con la cabeza, en un movimiento apenas perceptible—. Me han mandado un Power Point de gatitos y me he emocionado. Estoy sensible estos días.
—Ya veo, bueno no pasa nada mujer. Es normal con todo lo que te ha caído encima. Oye para que te distraigas, ¿por qué no nos repartimos las tareas de la casa? Ya que estas viviendo aquí por un tiempo, al tener la mente ocupada en otros quehaceres seguro que te encontrarás mejor.
—Buena idea —corroboré, poniéndome el móvil en el bolsillo.
Me fui en dirección a la pizarra de la cocina y escribí Me vigilan. No sabía si lo hacían con vídeo o era solo audio. Puedes escribir cogió el rotulador de nuevo para ponerme esas palabras, borrando con avidez las anteriores. Me puse en pie con cuidado de no hacer mucho ruido y arrebatándole el rotulador, esbocé un tímido Espero que sí. En cuanto estuve segura de que lo había captado, nos pusimos a intercambiar frases.
¿Qué ocurre? Me he dado cuenta de que pasa algo.
Me han citado para rescatar a Andrea, tengo que ir sola y no se lo puedo decir a nadie. Tengo una foto suya atada de pies y manos.
¿Alguna pista sobre quién está detrás?
Ninguna, pero debo irme ya porque me ha dado un plazo de media hora para llegar. Espera que pase un rato y mándale la dirección que te voy a anotar en un post-it al inspector Robles. Luego recoge a Lucas y dirigíos hacia allí. Dile a él que avise a Jota y a Matthew. Pero por favor, tened cuidado.
¿Estás segura de que no quieres que vaya contigo?
No, estaré bien. Voy a cambiarme de ropa y a recoger mi bolso. Pídeme un taxi a la puerta del bloque.
Hecho.
Puso una mano sobre mi hombro para infundirme fuerzas y después de que le correspondiese el gesto asintiendo, salí disparada hacia la habitación. Tiré el pijama, de mala manera sobre la cama y me apresuré a vestirme. Tomé del armario unas manoletinas negras, unos pantalones pitillo y un jersey de punto negro con rayas blancas. Me colgué el bolso al hombro, teniendo cuidado de añadir un pequeño bote de colonia que estaba en mi neceser. Solo que no era colonia sino el spray de pimienta casero que mi madre me ayudó a preparar a la mañana siguiente de que un hombre intentara abusar de una muchacha que vivía un par de calle más allá de mi casa, y que me obligaba a llevar siempre encima. Nunca le había hecho caso, hasta ese momento.
Regresé al salón como si tuviera un cohete pegado en al culo.
—¿Podrías hacerme un favor, Ainara? Ahora mismo no puedo salir porque estoy ocupado poniendo una lavadora.
—Dime, de qué se trata —repliqué con la voz temblándome ligeramente.
—Te he pedido un taxi para que vayas al supermercado a hacer unas compras. Aquí tienes la lista. Iría yo mismo, pero no doy abasto limpiando ropa. Y ya que tú querías encargarte de las compras te dejo hacer los honores. —Reverte me tendió un trozo de papel cuidadosamente doblado. Leí que había avisado a Lucas y que me pedía que no me moviera de allí sin él. Negué con la cabeza.
—Sin problema, pero antes tengo que hacer unos recados yo sola, por lo que tardaré un buen rato en volver. —Me agarré al bolso con fuerza deteniéndome en la puerta. Me encargué de remarcar «yo sola» para que Reverte pillase mi indirecta y se la transmitiese a Lucas. Probablemente irme así, sin protección, era una locura, pero tenía que hacer cuanto estuviese en mi mano por salvar a Andrea. Esperaba que mi novio lo entendiese.
—Si necesitas cualquier cosa, silba. —Señaló su teléfono dándome a entender que le escribiese un WhatsApp o le llamara.
—Nos vemos pronto, Tomás.
No me molesté en coger el ascensor. Bajé las escaleras de los tres pisos saltando de dos en dos los escalones. Al llegar al portal me encontré al taxista aguardando y no dudé dos veces: subí, sin mirar atrás. Tenía que salvar a mi mejor amiga a toda costa. Era el único modo de lograr salvarme a mí misma y exorcizar así todo el daño que sin proponerlo, había causado.