X. El Premio Nobel Que No Existió

En mi opinión, el caso más triste de un científico que no vivió lo suficiente para obtener la satisfacción que merecía de observar las consecuencias de su descubrimiento es el de Henry Moseley. Concluiré este libro con una exposición de lo que hizo y de lo que le sucedió después…

Hace algún tiempo di una conferencia en una Universidad próxima, y la velada comenzó con una cena a la que se permitió asistir a los estudiantes aventajados. Naturalmente, los asistentes eran entusiastas de la ciencia ficción, que pensaban que sería estupendo estar conmigo, y eso me venía de perlas, porque yo pienso que es estupendo estar con personas que piensan que es estupendo estar conmigo.

Uno de los estudiantes era una exuberante muchacha de dieciocho años, cosa que yo encontré deliciosa porque hace muchos años que me aficioné a las muchachas exuberantes de dieciocho años, y nunca he llegado a superar por completo ese sentimiento. Se sentó a mi lado en la cena, y yo derroché jovialidad e ingenio, rezumando galantería y encanto. Pero a los postres, hice una pausa para tomar aliento, y en el silencio que siguió llegó hasta nosotros el sonido de las conversaciones que tenían lugar a lo largo de la mesa.

Nos paramos los dos a escuchar. Estaban hablando los otros estudiantes, todos ellos muchachos y muchachas profundamente interesados en los temas candentes del momento. Desde luego, yo iba a hablarles de los temas candentes del momento, pero, aun así, al escucharles me sentí un poco avergonzado por el hecho de haber agobiado a mi compañera de mesa con todo aquel cúmulo de frivolidades. Y justo cuando me disponía a formular graves consideraciones filosóficas, ella me dijo:

—Todo el mundo es muy serio aquí. Desde que llegué a la Universidad, no he conocido más que personas serias.

Hizo una pausa para reflexionar y, luego añadió, con muestras evidentes de absoluta sinceridad:

—La verdad es que, en todo el tiempo que llevo aquí, usted es la primera persona de dieciocho años que conozco.

Le di un beso.

Pero usted sabe que, por joven que me sienta, y aunque me comporte en consonancia con mi temperamento, mi forma de vida y mi constante relación con universitarios, tengo, no obstante, más de dieciocho años. Mis enemigos podrían, incluso, decir que tengo muchos más de dieciocho, y tendrían razón.

No hay, sin embargo, forma alguna de evitar el paso de los años si no es muriéndose, y eso no resulta nada divertido, como les mostraré en el caso del joven del que vamos a hablar en este capítulo…

Comencemos con la tabla periódica, que a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX había relacionado de forma ordenada los elementos y había predicho con exactitud la existencia de elementos desconocidos. No obstante, en la segunda década del siglo XX carecía aún de un fundamento firme. Funcionaba, pero nadie sabía por qué funcionaba. La contestación al «¿por qué?» empezó con algo visto por el rabillo del ojo.

El año de ese comienzo fue 1895; el lugar, el laboratorio de Wilhelm Konrad Roentgen, jefe del departamento de física de la Universidad de Würzburg, en Baviera. Roentgen estaba investigando los rayos catódicos, el tema de estudio favorito de la física en aquellos días. Una corriente eléctrica forzada a través de un vacío suficientemente bueno emergía como un chorro de lo que resultaron ser partículas mucho más pequeñas que los átomos (partículas subatómicas), que recibieron el nombre de «electrones».

Estos chorros de electrones poseían multitud de fascinantes propiedades. En primer lugar, producían luminiscencia cuando chocaban con determinadas sustancias químicas. Esa luminiscencia no era muy brillante, así que para estudiarla con más facilidad, Roentgen oscureció la estancia y forró el tubo de rayos catódicos con una fina cartulina negra.

Luego, el 5 de noviembre de 1895, activó su tubo de rayos catódicos y se dispuso a observar atentamente el interior de la caja y a realizar sus experimentos. Pero, antes de que pudiera hacerlo, sus ojos captaron un destello de luz en la oscuridad. Levantó la vista, y allí, a un lado del tubo, había un trozo de papel cubierto de platinocianuro de bario, una de las sustancias químicas que brillaban al recibir el choque de los fugaces electrones.

Lo que desconcertó a Roentgen fue el hecho de que el platinocianuro de bario no estaba en el camino de los electrones. Si el papel hubiera estado dentro de la caja de cartulina, en el extremo adecuado del tubo de rayos catódicos, bueno, muy bien. Pero el reluciente papel estaba a un lado del tubo de rayos catódicos, y, aun suponiendo que algunos de los electrones se escurriesen hacia un lado, no había forma de que pudieran atravesar la cartulina.

Quizás el destello era causado por algo completamente distinto y no tenía nada que ver con el tubo de rayos catódicos. Roentgen cortó el paso de la corriente eléctrica; el tubo de rayos catódicos quedó inactivo… y el papel revestido dejó de brillar. Fue encendiendo y apagando alternativamente la corriente eléctrica, y el papel brillaba y dejaba de brillar siguiendo exactamente el mismo ritmo. Llevó el papel a la estancia contigua, y observó que brillaba (más débilmente) sólo cuando entraba en funcionamiento el tubo de rayos catódicos.

Roentgen solamente podía llegar a una conclusión. El tubo de rayos catódicos producía alguna misteriosa radiación que era extraordinariamente penetrante, que podía atravesar la cartulina e, incluso, las paredes. No tenía la más mínima idea de qué podría ser esa radiación, así que la bautizó con el símbolo de lo desconocido. La denominó «rayos X», y ha conservado ese nombre desde entonces.

Roentgen experimentó frenéticamente y después, tras un intervalo increíblemente corto, logró publicar, el 28 de diciembre de 1895, el primer trabajo sobre el tema, informando de todas las propiedades básicas de la nueva radiación. El 23 de enero de 1896, pronunció su primera conferencia pública sobre el fenómeno. Produjo rayos X ante un excitado público, mostró que podían velar una placa fotográfica y que atravesaban la materia… algunos tipos de materia más fácilmente que otros.

Los rayos X atravesaban los tejidos blandos, por ejemplo, más fácilmente que el hueso. Si se colocaba una mano sobre una placa fotográfica y se la exponía a los rayos X, los huesos obstruirían de tal modo el paso de los rayos X que la porción de placa situada bajo ellos permanecería relativamente sin velarse. Los huesos aparecerían dibujados en blanco sobre un fondo negro. Un anciano fisiólogo suizo, Rudolf Albert van Kolliker, se ofreció voluntario, y fue tomada una fotografía de rayos X de su mano.

Ningún descubrimiento físico fue jamás aplicado tan rápidamente a la ciencia médica. La idea de que se podía ver el interior de organismos vivos e intactos causó intensa excitación, y sólo cuatro días después de que la noticia de los rayos X llegara a los Estados Unidos, la nueva radiación era utilizada con éxito para localizar una bala alojada en la pierna de un hombre. Al cabo de un año del descubrimiento de Roentgen se habían publicado ya un millar de trabajos sobre los rayos X, y en 1901, cuando se crearon los premios Nobel, el primero que se concedió en Física fue para Roentgen.

(La conmoción fue grande también entre los profanos. Asustados miembros de la legislatura de Nueva Jersey trataron de hacer aprobar una ley que prohibiera el uso de rayos X en los gemelos de teatro, a fin de proteger el pudor femenino… que estaba a la par del conocimiento legislativo de la ciencia).

Era evidente que la radiación no podía surgir de la nada. Los veloces electrones que formaban los rayos catódicos chocaban contra el cristal del tubo y eran detenidos más o menos súbitamente. La energía cinética de esos electrones tenían que aparecer en otra forma, y lo hacían en la forma de rayos X, que poseían energía suficiente para atravesar espesores considerables de materia.

Si esto ocurría cuando los electrones chocaban contra cristal, ¿qué sucedería cuando chocasen contra algo que fuese más denso que el cristal y que pudiese detenerlos más eficazmente? La mayor desaceleración debería producir rayos X más enérgicos que los primeramente observados por Roentgen. En consecuencia, se introdujeron en los tubos de rayos catódicos trozos de metal colocados en lugares en que fueran golpeados por los electrones. Y sucedió lo esperado. Se produjeron emisiones mayores de rayos X más enérgicos.

Los rayos X producidos por la colisión de electrones contra metal fueron estudiados con especial cuidado en 1911 por el físico inglés Charles Glover Barkla. Los físicos no habían desarrollado aún las técnicas adecuadas para medir con auténtica precisión las propiedades de los rayos X, pero se podía decir, al menos, que un determinado haz de rayos X podría atravesar un mayor espesor de materia que otro haz, y que, por consiguiente, el primero contenía más energía.

Barkla descubrió que para un metal dado, los rayos X eran producidos en gamas muy diferentes de energía, a juzgar por su calidad de penetración. Había lo que él llamó la serie K, la serie L, la serie M, y así sucesivamente, en orden decreciente de penetrabilidad y, por consiguiente, en orden decreciente de contenido energético. La gama de energía era discontinua. No podía hablarse de rayos X en niveles energéticos intermedios entre el K y el L, ni entre el L y el M, etcétera.

Más aún, cada metal diferente producía un conjunto de rayos X dotados de características energéticas propias. Si se centraba la atención en una serie determinada —la serie L, por ejemplo—, observaría que su energía aumentaba cuanto mayor fuese el peso atómico del metal que interceptaba a los electrones.

Puesto que los niveles energéticos de los rayos X eran característicos del metal utilizado para interceptar a los electrones, Barkla los denominó «rayos X característicos».

La x de los rayos X continuó siendo adecuada durante diecisiete años después del descubrimiento inicial de Roentgen.

¿Se hallaban los rayos X compuestos de partículas semejantes a los electrones pero dotadas de mucha más energía? ¿O estaban compuestos de haces de ondas electromagnéticas semejantes a las de la luz ordinaria, pero provistas de mucha más energía?

Si los rayos X se componían de ondas, serían desviados en su camino por una retícula de difracción, una retícula en la que hubiera numerosas líneas finas y opacas, paralelas entre sí, en una pantalla por lo demás transparente. La cuestión era que las líneas de tales retículas tendrían que estar separadas por pequeñas distancias. Cuanto más cortas fuesen las longitudes de onda de la radiación estudiada, menos espaciadas debían estar las líneas de difracción.

Se podían trazar, por medios mecánicos, líneas lo bastante finas y espaciadas para difractar las ondas de luz ordinarias, pero si los rayos X eran como la luz pero poseyendo mucha más energía, sus ondas tendrían que ser mucho más pequeñas que las de la luz. Simplemente, no se podrían trazar líneas lo bastante próximas para manipular rayos X.

A un físico alemán, Max Theodor Felix von Laue, se le ocurrió que no había por qué depender de líneas trazadas por el hombre. Los cristales se componían de átomos dispuestos con gran regularidad. Dentro del cristal habría láminas de átomos de una clase determinada orientadas a lo largo de un plano particular. Las láminas sucesivas de estos átomos se hallarían separadas justamente por las distancias precisas para difractar los rayos X. En otras palabras, un cristal era una retícula de difracción diseñada por la naturaleza para su utilización en el estudio de los rayos X (si quería uno adoptar una postura romántica al respecto).

Bien, pues, si se hacían pasar los rayos X a través de un cristal y resultaban difractados en una forma que se podía predecir por la teoría, suponiendo que los rayos X eran ondas semejantes a la luz, entonces los rayos X eran, muy probablemente, ondas semejantes a la luz.

En 1912, Von Laue y sus colaboradores hicieron pasar un haz de rayos X a través de un cristal de sulfuro de cinc, y resultó difractado. Los rayos X eran, pues, radiación electromagnética, como la luz, pero con mucha más energía. Los rayos X ya no eran x, pero conservaron, de todas maneras, el nombre.

Los científicos pudieron ir más lejos. Era posible hallar la distancia entre láminas de átomos en un cristal a partir de datos ajenos a los rayos X. A partir de ahí se podían calcular la difracción que deberían producir diferentes longitudes de onda. Por consiguiente, haciendo pasar rayos X a través de un determinado cristal de una sustancia pura, y midiendo la difracción resultante (cosa razonablemente fácil de hacer), se podía determinar con sorprendente precisión la longitud de onda de un haz concreto de rayos X.

Un joven estudiante australiano de física en la Universidad de Cambridge, William Lawrence Bragg, al tener noticia del experimento de Laue se hizo cargo enseguida de la cuestión. Su padre, que enseñaba física en la Universidad de Leeds, la captó también, y ambos, padre e hijo, empezaron a medir rápidamente las longitudes de onda de los rayos X y perfeccionaron la técnica.

Y esto me lleva al héroe de este capítulo, el físico inglés Henry Gwyn-Jeffreys Moseley, hijo de un profesor de anatomía que murió cuando Henry tenía solamente cuatro años.

Moseley era, simplemente, una lumbrera. Obtuvo becas para Eton y Oxford, y en 1910, a los veintitrés años de edad, se unió al grupo de hombres que estaba trabajando en la Universidad Victoria de Manchester bajo la dirección del neozelandés Rutherford y permaneció con él durante dos años.

Rutherford era uno de los grandes experimentadores de todos los tiempos y había ganado el premio Nobel en 1908. (Lo ganó en Química porque sus descubrimientos físicos habían sido de gran importancia para la ciencia de la química… no sin cierto desagrado por su parte, ya que, como todo buen físico, tendía a menospreciar a los químicos).

Es más, siete de los que en uno u otro momento trabajaron con él acabaron ganando también sus propios premios Nobel.

Hay, sin embargo, motivos para afirmar que, de todos los que trabajaron para Rutherford, ninguno fue más brillante que Moseley.

A Moseley se le ocurrió combinar el trabajo de los Bragg con el de Barkla. En lugar de diferenciar entre los diversos rayos X característicos asociados con diferentes metales conforme al criterio, un tanto tosco, de penetrabilidad de Barkla, los haría pasar a través de cristales, a la manera de los Bragg, y mediría con precisión sus longitudes de onda.

Así lo hizo en 1912 (época para la cual ya se había trasladado a Oxford y se dedicaba a la investigación independiente) con referencia a los metales calcio, titanio, vanadio, cromo, manganeso, hierro, cobalto, níquel y cobre. Estos elementos forman, por ese orden, una sólida franja en la tabla periódica… salvo que entre el calcio y el titanio debería estar el escandio, y Moseley no disponía de escandio con el que trabajar.

Moseley descubrió que una serie particular de los rayos X característicos asociados con cada metal experimentaban una disminución de longitud de onda (y, por consiguiente, un aumento de energía) a medida que se ascendía en la tabla periódica, y lo hacían de una manera regular. De hecho, si se tomaba la raíz cuadrada de la longitud de onda, la relación era una línea recta.

Esto revestía una importancia extraordinaria, porque los pesos atómicos, que habían sido hasta entonces la forma principal de juzgar el orden de los elementos en la tabla periódica, no mostraban una regularidad tan grande. Los pesos atómicos de los elementos estudiados por Moseley eran (con un decimal): 40,1; 47,9; 50,9; 52,0; 54,9; 55,8; 58,9; 58,7 y 63,5. El peso atómico del escandio, del que Moseley no disponía, era 45,0. Los intervalos de los pesos atómicos son, por lo tanto: 4,9; 2,9; 3,0; 1,1; 2,9; 0,9; 3,1; —0,2; 4,8.

Estos intervalos irregulares no podían, simplemente, compararse con la absoluta regularidad de las longitudes de onda de los rayos X. Más aún, había ocasionalmente en la tabla periódica lugares en que los elementos se encontraban desplazados si se utilizaban los pesos atómicos como criterio. Así, en base a sus propiedades químicas, era cierto que el níquel iba después del cobalto en la tabla, aunque el peso atómico del níquel era ligeramente menor que el del cobalto. Esto nunca sucedía con las longitudes de onda de los rayos X. Con arreglo a este criterio, el níquel tenía rayos característicos de mayor energía que el cobalto y debía ir después del cobalto.

Moseley se vio obligado a llegar a la conclusión de que el peso atómico de un elemento no era una característica fundamental y no explicaba enteramente, en sí misma y por sí misma, por qué un determinado elemento era un determinado elemento. Las longitudes de onda de los rayos X, por el contrario, representaban algo que era una característica fundamental de los elementos.

Moseley podía, incluso, señalar qué era ese algo.

Hacía justamente un año, el antiguo jefe de Moseley, Rutherford, había llevado a cabo una serie de excelentes experimentos que habían demostrado los principios básicos de la estructura atómica. El átomo no era la partícula anodina y final que durante todo el siglo XIX se había pensado que era. Por el contrario, poseía una compleja composición interna.

Casi toda la masa atómica se hallaba concentrada en el centro mismo de su estructura, en un «núcleo atómico» que ocupaba sólo la trillonésima parte del volumen del átomo. A su alrededor, llenando el resto del átomo, había electrones, que eran una pura insignificancia, pues un electrón tenía una masa equivalente a sólo 1/1837 de la de aun el átomo más ligero.

Cada electrón tenía una carga negativa que era de tamaño absolutamente idéntico en todos los electrones (que se supiera entonces y, en realidad, ahora). La carga del electrón suele representarse como —1.

El átomo como un todo, sin embargo, carecía de carga eléctrica. De ello se infería, por consiguiente, que el núcleo atómico central debía poseer una carga positiva compensadora.

Supongamos, entonces, que cada elemento diferente está compuesto de átomos que contienen un número característico de electrones. Los núcleos centrales de esos átomos deben contener el mismo número característico y compensador de cargas positivas.

Si un elemento tuviese átomos que contuvieran solamente un electrón, su núcleo tendría una carga de +1. Un átomo con dos electrones tendría un núcleo con una carga de +2. Uno con tres electrones, un núcleo con una carga de +3, y así sucesivamente.

Es posible, sin embargo, sustraer o añadir electrones en cantidades diversas a átomos concretos, dejando esos átomos con una carga neta positiva o negativa, respectivamente. Esto significa que el número de electrones no es en realidad fundamentalmente crucial para la naturaleza del átomo. El núcleo atómico, oculto en el centro mismo del átomo, no podía, sin embargo, ser manipulado mediante métodos químicos ordinarios. Se mantenía como un factor constante y era, en consecuencia, la propiedad característica de un elemento.

En la época de Moseley, nadie conocía los detalles de la estructura del núcleo atómico, naturalmente, pero tampoco era necesario todavía. El tamaño de la carga positiva del núcleo era suficiente.

Era fácil afirmar, por ejemplo, que los rápidos electrones de los rayos catódicos resultarían desacelerados más eficazmente al aumentar la carga del átomo contra el que chocasen. La energía de los rayos X producidos aumentaría de forma regular con el aumento de la carga, y si la carga aumentaba muy regularmente por unidades de carga, lo mismo sucedería con el contenido energético de los rayos X.

Moseley sugirió que cada elemento fuese representado por un número que expresara dos cosas diferentes: 1) el número de unidades de carga positiva existente en los núcleos de sus átomos, y 2) su posición en la tabla periódica.

Así el hidrógeno, como primer elemento de la tabla, estaría representado por el número 1 y, se esperaba, tendría una unidad de carga positiva en su núcleo atómico (lo que resultó ser correcto). El helio sería 2, representando esto el hecho de ser el segundo elemento en la tabla periódica y de tener dos unidades de carga positiva en los núcleos de sus átomos. Y así sucesivamente, hasta llegar al uranio, el último elemento entonces conocido de la tabla periódica, que, por los datos recogidos entonces y más tarde, tiene noventa y dos unidades de carga en sus núcleos atómicos y debe, por lo tanto, ser representado por el número 92.

Moseley sugirió que estos números se denominasen «números atómicos», y su sugerencia fue aceptada.

Moseley publicó su descubrimiento en 1913, y enseguida causaron una gran conmoción. En París, Georges Urbain pensó poner a prueba a Moseley. Había pasado muchos años separando cuidadosa y trabajosamente minerales raros, y preparó una mezcla de varios que consideraba que nadie más que un experto podría analizar, y eso sólo después de largos y tediosos fraccionamientos. La llevó a Oxford, y allí Moseley hizo rebotar electrones contra la mezcla, midió la longitud de onda de los rayos X producidos y, en un abrir y cerrar de ojos, anunció que la mezcla contenía erbio, tulio, itrio y lutecio… y era cierto.

Urbain quedó atónito, tanto por la juventud de Moseley (solamente tenía veintiséis años) como por el valor de su descubrimiento. Regresó a París, predicando con fervor el concepto de número atómico.

Ahora, la tabla periódica se apoyaba por fin en unos firmes cimientos. Cuando las longitudes de onda de los rayos X diferían en una determinada cantidad mínima conocida, los dos elementos eran adyacentes y tenían cargas nucleares que diferían en una sola unidad. No podía haber ningún elemento nuevo situado entre ellos.

Esto significaba que desde el hidrógeno hasta el uranio, inclusive, había exactamente noventa y dos elementos concebibles, ni más ni menos. Y en el medio siglo transcurrido desde el descubrimiento de Moseley no ha aparecido ningún elemento inesperado en la gama hidrógeno-uranio que se halle situado entre dos elementos designados como adyacentes por los datos de los rayos X. Desde luego, se han localizado nuevos elementos que sobrepasan al uranio, elementos con números atómicos 93, 94 y así sucesivamente hasta (en el momento de escribir esto) 104 y posiblemente 105, pero ésa es otra historia.

Además, si las longitudes de onda de los rayos X de dos elementos diferían en el doble del intervalo esperado, entonces había un elemento entre ellos, exactamente un elemento. Si no se conocía ningún elemento tal, era que estaba por descubrir, simplemente.

En la época en que se formuló el concepto número atómico, se conocían ochenta y cinco elementos en la gama del hidrógeno al uranio. Puesto que había espacio para noventa y dos elementos, ello significaba que faltaban por descubrir todavía exactamente siete nuevos elementos. Más aún, sus números atómicos eran: 43, 61, 72, 85, 87 y 91.

Esto resolvía el problema que preocupaba a los químicos con respecto al número total de tierras raras. Resultaba que sólo había una tierra rara no descubierta aún y se hallaba situada en el número 61, entre el neodimio (60) y el samario (62). Se tardó treinta años en descubrir los siete elementos que faltaban, y el último en ser descubierto resultó ser la tierra rara, el 61. Fue descubierto en 1948 y denominado prometio. (Mas para entonces se estaban descubriendo ya elementos situados más allá del uranio).

Gracias al concepto de número atómico de Moseley, los cimientos de la tabla periódica se tornaron firmes como una roca. Todos los descubrimientos realizados desde entonces no han hecho sino fortalecer el número atómico y la tabla periódica.

Evidentemente, Moseley merecía el premio Nobel en Física o en Química (eche una moneda al aire y elija, y yo alegaría que merecía uno de cada), y, con toda la seguridad que se puede tener en estas cosas, lo iba a recibir.

El 1914, el premio de Física fue concedido a Von Laue, y en 1915, a la combinación padre-hijo de los Bragg. En ambos casos el trabajo sobre los rayos X había servido de preliminar al trabajo culminante de Moseley. En 1916, pues, Moseley habría tenido que obtenerlo; no había forma de evitarlo.

Lo siento; había una forma de evitarlo. En 1914, estalló la Primera Guerra Mundial, y Moseley se alistó inmediatamente como teniente de los Ingenieros Reales. Esa fue su decisión, y merece respeto por su patriotismo. Sin embargo, el que un individuo sea patriota y quiera arriesgar una vida que no es enteramente suya no significa que los que toman las decisiones de los Gobiernos deban consentirlo.

En otras palabras, aunque Moseley se hubiera presentado voluntario mil veces, el Gobierno no tenía derecho a enviarlo al frente. Rutherford lo comprendió y trató de lograr que Moseley fuera destinado a tareas científicas, ya que era evidente que podía ser mucho más valioso para la nación y para el esfuerzo bélico si permanecía en el laboratorio en lugar de ir al campo de batalla. Para la Segunda Guerra Mundial, esto se comprendía ya plenamente, y Moseley habría sido protegido como un raro y valioso recurso bélico.

Pero no podía esperarse una cosa así en la monumental estupidez que se llamó Primera Guerra Mundial.

En la primavera de 1915, los ingleses concibieron la idea de desembarcar en Gallipoli, en la Turquía occidental, con el fin de dominar el angosto estrecho que une el Mediterráneo con el mar Negro. Forzando la apertura de un paso a través de él, podrían abrir una ruta de aprovisionamiento para los tambaleantes ejércitos rusos, que combinaban una enorme valentía individual con una igualmente enorme ineptitud administrativa. Estratégicamente, la idea era buena, pero tácticamente fue ejecutada con increíble torpeza. Aun en una guerra tan consistentemente estúpida, la campaña de Gallipoli destaca como el arquetipo de todo lo que no se debe hacer.

En enero de 1916, todo había terminado. Los ingleses habían lanzado medio millón de hombres y no habían conseguido nada. La mitad de ellos eran bajas.

En el transcurso de esta desdichada campaña, Moseley cayó víctima del fuego enemigo. El 13 de junio de 1915, embarcó para Gallipoli. El 10 de agosto de 1915, mientras telefoneaba una orden, una bala turca encontró su objetivo. Murió en el acto con la cabeza atravesada. No había cumplido aún los veintiocho años, y, en mi opinión, su muerte fue la pérdida individual más costosa para la especie humana en general, entre todos los millones de personas que murieron en aquella guerra.

Cuando llegó el momento de conceder el premio Nobel de Física de 1916, el galardón no fue otorgado. Fue fácil explicarlo diciendo que había una guerra, pero se había concedido un premio en 1915 y se concedería otro en 1917. El de 1917 fue para Barkla, otro hombre cuyo trabajo fue sólo preliminar al gran descubrimiento de Moseley.

Llámenme sentimental si quieren, pero no veo ninguna razón para que la colosal estupidez de la especie humana haya de forzar la perpetración indefinida de una vergonzosa injusticia. No es demasiado tarde, ni aun ahora, para que la comunidad científica colme esa laguna y declare que el premio Nobel de Física de 1916 (que no existió) pertenece a Moseley y que debe aparecer en todas las listas de galardonados que se publiquen.

No se lo debemos a él; no soy tan sentimental. Él está más allá de la deuda o del pago. Se lo debemos al buen nombre de la ciencia.

Y esto nos lleva al final del libro. No puedo por menos de sentir curiosidad acerca de si a aquellos a quienes ha gustado la ficción les ha gustado también la parte no ficción… y viceversa. Ciertamente, puede usted escribirme sobre ello, si lo desea, dirigiéndose al editor, y aunque no puedo prometer contestar a tales cartas, prometo leerlas todas, incluso (haciendo rechinar los dientes) las desfavorables.

Isaac Asimov
Nueva York